La pizarra de Yuri: termodinámica
Mostrando entradas con la etiqueta termodinámica. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta termodinámica. Mostrar todas las entradas

jueves, 27 de mayo de 2010

Así funciona un arma nuclear.

¿Qué hay en unas pelotas de metal pulido y una bolsa de polvo blancuzco para que sean capaces de aniquilar una gran ciudad?

La gente suele tener dos reacciones cuando observa por primera vez las tripas de un arma termonuclear, no necesariamente excluyentes entre sí. La primera es el sobrecogimiento: hasta el más zoquete intuye que no se halla ante una cosa corriente, sino ante un poder inquietante, asombroso y letal. La segunda es la decepción, porque aquello tiene las pintas de una poca chatarrería como la que podrías encontrar en cualquier garaje. Cuencos, tubos y aros de metal pulido. Moldes de una especie de gel amarillento, que recuerdan vagamente a las formas de un balón de fútbol. Otros, de poliestireno (sí, poliestireno común). Y los consabidos cables y circuititos electrónicos. Todo lo cual cabe perfectamente encima de una mesa cualquiera.

Entonces, el cachondo de tu guía podría decirte: "no, no, lo que explota es eso de ahí". Y tú mirarías, claro. Ahí, dentro de unos contenedores similares a neveras de camping, verías tres tipos de objetos. El primero, unas esferas metálicas pulidas muy parecidas a bolas de petanca. El segundo, una bolsa de polvo blanco. El tercero, una especie de termo de café pequeño.

–¿Eso es todo? –preguntarías, quizás.
–Eso es todo –te contestarían.
–¿Con eso puedo matar a cinco millones de personas?
–Como si jamás hubieran existido.

Si eres del tipo valiente o al menos curioso, a lo mejor te daba por acercarte al primero de los objetos. Descubrirías que es sólo lo que parece: pelotas de metal muy pesado, tibio al tacto. Y a lo mejor preguntabas con algún escalofrío en la voz:

–¿Esto es...?
–Sí. Eso es plutonio. Aunque envuelto en berilio.
–¿Y por qué está caliente?
–Porque es radioactivo. Pero no te preocupes: ahora está en fase alfa, no pasa nada.

A menos que seas del tipo especialmente valiente, lo más normal es que apartes la mano en ese mismo instante, claro. Entonces, puede que el graciosillo que te hace de guía te lance a los brazos la bolsa de polvo blanco. Igual te asustas y esperas un golpe, pero cuando te cae en las manos descubres que no pesa nada. Es sólo un polvo tenue, muy fino, muy blanco, inocente. Ni frío, ni caliente, ni fresco, ni tibio. Neutro. Seco. Tu acompañante levanta en su mano el pequeño termo de café y lo pone ante tus ojos.

–¿Y esto qué es? –te atreves a preguntar, aunque con un temblor indefinible desde la coronilla hasta la horcajadura.
–Esto es la materia de la que están hechas las estrellas –te contestan.
–No j*das.
–Lo que oyes. Eso que tienes en las manos es deuteruro de litio. Lo llamamos liddy. Y lo que hay aquí dentro es tritio: un gas. Todo son isótopos del hidrógeno y del litio. Con esto puedes encender una estrella sobre una ciudad.
–Ah.

Es posible que sientas la tentación de dejarlo todo en su sitio y salir corriendo de allí dando educadamente las gracias pero tan deprisa como te permitan tus piernas. O igual te puede la curiosidad –o el morbo, vamos– y te quedas un poquito más. Sólo un poquito más, ¿eh? Por interés cultural. Científico. ¡Nadie lo duda! Tu guía, que seguramente llevará un uniforme militar o una bata blanca, sonríe. Ya eres de los nuestros, piensa. Pero sólo dice:

–¿Te gustaría saber cómo funciona?

Fisión.

El corazón de un arma nuclear moderna es tan solo una esfera hueca de plutonio-239 supergrade al 99% o más, normalmente envuelta en otra concéntrica de berilio. Si es un arma muy avanzada, contendrá menos de tres kilos de plutonio; con lo denso que es, eso te cabe en el puño aunque seas de manos pequeñas. Hueca y todo, no es más grande que una bola de petanca. Si fuera de mediana tecnología, serán unos cuatro o cinco kilos y un poco mayor, como una pelota de voleibol. La bomba de Nagasaki usó 6,2 kg.

Todas estas cifras son inferiores a la masa crítica del plutonio-239 a temperatura y densidad corrientes, que es de aproximadamente diez kilos. Recuerda esto de la temperatura y densidad, porque va a ser importante. ¿Y qué es esto de la masa crítica? La masa crítica es la cantidad de material fisible –normalmente uranio-235 o plutonio-239– necesaria para que éste inicie una reacción en cadena espontánea. Vamos a ver qué es esto de la reacción en cadena.

Todas las sustancias radioactivas son inestables. Esto quiere decir que sus átomos tienden a emitir energía –la radioactividad propiamente dicha– en forma de ondas y partículas (¿recuerdas los fundamentos de mecánica cuántica?). Algunas sustancias, además de radioactivas, son fisionables. Es decir, que los núcleos de sus átomos son tan grandes e inestables que pueden partirse con facilidad y de hecho lo hacen; por ejemplo, el uranio-238 o el plutonio-240. Cuando el núcleo de un átomo se parte, se convierte en núcleos más pequeños y libera energía como estas ondas y partículas.

¿Qué es lo que hace que un núcleo fisione, es decir, se rompa? No gran cosa. Ocurre constantemente en la naturaleza, por simple probabilidad cuántica o cualquier estímulo exterior. Los núcleos grandes e inestables tienden a romperse y, según una determinada probabilidad, lo hacen a todas horas. Por ejemplo, la mayor parte del uranio existente en la naturaleza ha fisionado ya a lo largo de los últimos miles de millones de años, y por eso es tan raro en la actualidad. Esto se llama fisión espontánea, y va ocurriendo a su ritmo. En la imagen de la derecha, un núcleo de uranio-235 absorbe un neutrón, se convierte en uranio-236 altamente inestable y fisiona en dos elementos nuevos, kriptón-92 y bario-141 (sí, como en la transmutación de los alquimistas). Al hacerlo, libera varios neutrones más y una cantidad importante de energía en forma de radiación.

Algunas sustancias en particular, además de radioactivas y fisionables, son fisibles. Fisible significa que fisionan intensamente y además de una manera especial. Lo hacen fragmentándose en núcleos mucho más pequeños y emitiendo neutrones rápidos, muy energéticos (como el núcleo de U-235 de la imagen). Tan energéticos, que desestabilizan rápidamente los demás átomos que haya alrededor. Entonces, estos resultan estimulados para fisionar también, y así una y otra vez, en una reacción en cadena que se va amplificando cada vez más. Los dos elementos más fisibles del universo conocido son el uranio-235 y el plutonio-239. Por eso son los que se usan como combustible en las centrales nucleares. Y como explosivo en las armas atómicas.

Sin embargo, la reacción en cadena se interrumpe rápidamente si no hay bastante material alrededor. Esto se debe al sencillo hecho de que los átomos de la materia están enormemente separados entre sí –la inmensa mayoría de lo que ven tus ojos y tocan tus manos es espacio vacío, aunque no lo parezca–. Por ello, la mayor parte de los neutrones que surgen en estas fisiones espontáneas no llegan a alcanzar otros núcleos fisibles y se pierden hacia el exterior en forma de radiación neutrónica. Es preciso acumular una cierta cantidad de material para que haya muchos núcleos fisibles por todas partes, la probabilidad de que los neutrones alcancen alguno de ellos aumente y la reacción se mantenga a sí misma.

Esto es la masa crítica: la cantidad de material fisible que necesitas acumular para que se produzca una reacción en cadena sostenida. Cuando usas uranio-235, esta cantidad es de 52 kilos. Usando plutonio-239, es de sólo diez kilos. Por eso, las bombas de plutonio son mucho más pequeñas y ligeras que las de uranio, lo que facilita su uso militar práctico. A la izquierda, vemos una masa subcrítica (arriba) donde la mayor parte de los neutrones escapan; una masa crítica (al medio) donde hay reacción en cadena sostenida; y una masa también crítica (abajo) que, a pesar de ser tan pequeña como la primera, está envuelta en un reflector neutrónico (como el berilio) y eso le permite alcanzar criticidad.

Porque, ¡un momento! Hemos dicho que una bomba de plutonio usa 6,2 kg en sus versiones más primitivas y menos de tres en las modernas. Entonces, ¿cómo puede producir una de estas reacciones en cadena? ¡No hay material suficiente!

Aquí radica, precisamente, la genialidad de un arma de fisión. Sí, es genialidad, qué demonio. Por no contener suficiente material para producir una reacción en cadena sostenida, la bomba es segura por completo en condiciones ambientales normales. Puedes usar la pelota de plutonio como bala de cañón y no pasará gran cosa; sólo causarás un poco de contaminación por los alrededores, más tóxica que radioactiva (el plutonio es muy venenoso).

El plutonio es mejor que el uranio por otra razón. Aunque su procesado metalúrgico resulta mucho más difícil que el del uranio –lo que requiere el uso de tecnologías industriales más avanzadas–, su emisión de neutrones por fisión espontánea es baja. Esto significa que tarda más en iniciar la reacción en cadena, pero cuando lo hace, lo hace más de golpe. Más explosivamente, como si dijéramos.

La pequeña explosión, la gran explosión.

En primer lugar, tomamos la esfera hueca de plutonio-239 y la envolvemos en otra concéntrica de berilio. El berilio no es fisionable, ni fisible, ni siquiera radioactivo. Está ahí porque constituye un reflector neutrónico de primera. Es decir: cuando recibe los neutrones rápidos del plutonio que hay dentro, tiende a devolvérselos e incluso añadir unos cuantos más. Esto ayuda a sostener la reacción en cadena, pues los neutrones que escapan de la misma al exterior resultan rebotados de vuelta al interior.

Entonces, tomamos esta esfera hueca de plutonio-berilio y la rodeamos a su vez con un explosivo convencional en una disposición muy similar a las costuras de un balón de fútbol. Hoy por hoy, este explosivo es habitualmente TATB, por tres razones: resulta extremadamente estable –lo que reduce el riesgo de detonación accidental–, la onda de choque que produce es muy simétrica (va a avanzar como una esfera perfecta hacia fuera y hacia adentro; recuerda esto de hacia adentro), y su velocidad de detonación es alta, para completar el proceso muy deprisa. Por lo demás, es un explosivo corriente de la familia de los nitrobencenos / nitrotoluenos (como el TNT).

Antiguamente, pondríamos en el centro de la esfera hueca una bolita de polonio-berilio o algo así, como fuente neutrónica; hoy en día, se usa gas de deuterio/tritio, dos isótopos del hidrógeno. Lo que estamos intentando es, en esencia, ultracomprimir bruscamente la esfera hueca de plutonio de tal modo que quede atrapada entre una fuente neutrónica –la bolita de polonio o el gas– y un reflector de neutrones –la funda de berilio–; de tal modo que aumente enormemente su densidad, su temperatura y su flujo neutrónico. Porque entonces la masa crítica efectiva se reduce de golpe y cae de los diez kilos en condiciones normales a mucho menos de tres kilos, con lo que se volverá supercrítica instantáneamente. ¡Ojo, que esta es la clave! Vamos a explicarlo un poquito mejor:

Dijimos que la masa crítica del plutonio es de unos diez kilos en condiciones normales de densidad y temperatura. Pero resulta que la masa crítica es inversamente proporcional a la densidad, la temperatura y la cantidad de neutrones rápidos que haya circulando por dentro. Cuanto mayor es la densidad, la temperatura y el flujo neutrónico, menor es la masa crítica. Si conseguimos comprimir muy deprisa la esfera hueca de plutonio en forma de una esfera compacta a alta temperatura, presión y flujo neutrónico, el plutonio saltará rápidamente de ser muy subcrítico a ser muy supercrítico, lo que iniciará una reacción en cadena sostenida e instantánea de alta energía hasta que el material se agote o disperse por la propia explosión resultante. Como además –dijimos más arriba– al plutonio le cuesta un poquito empezar a emitir neutrones, cuando empiece a suceder sucederá de golpe, en avalancha, formando un pico de energía más breve pero más intenso que el del uranio. (En la imagen de la izquierda, 5,3 kg de plutonio-239 militar supergrade al 99,96%, antes de su procesado metalúrgico; suficiente para volar una ciudad).

Evidentemente, la manera más práctica de comprimir deprisa un material es rodeándolo con un explosivo de detonación rápida y haciéndolo estallar. Estos eran los moldes de material amarillento que vimos encima de la mesa al principio. Dispuestos alrededor de la esfera de plutonio-berilio y detonados con mucha precisión –para eso eran los cables y circuitos electrónicos– van a provocar una onda de choque esférica y muy rápida que avanzará hacia el exterior –como en cualquier otra explosión– pero también hacia el interior, en lo que denominamos una implosión. De hecho, a toda esta clase de armas se las llama de detonación por implosión.

 
¿Estamos listos para volar algo serio? Pues vamos allá. Atención, porque va a ocurrir todo en pocos microsegundos:
1. Nosotros nos limitamos a activar los detonadores exteriores del explosivo convencional, y ya no tenemos que hacer nada más. De lo único que tenemos que asegurarnos es de que la detonación sea muy precisa, pues de lo contrario la onda de choque será asimétrica y el material no implosionará perfectamente hacia el centro.
2. El explosivo convencional que envuelve la esfera de plutonio-berilio estalla. La parte de la onda de choque que viaja hacia el interior comprime violentamente la esfera hueca hacia su centro geométrico, aumentando su densidad y temperatura a alta velocidad.
3. El hueco interior desaparece. La esfera es ahora sólida y se está ultracomprimiendo contra la fuente neutrónica interior.
4. Si la bomba está bien diseñada y ejecutada, ocurren cinco fenómenos simultáneamente en menos de un microsegundo:
  •  El plutonio se vuelve supercrítico, con lo que ya puede iniciar la reacción en cadena.
  •  La fuente neutrónica del centro se activa por temperatura/presión e inunda instantáneamente el plutonio con neutrones rápidos que lanzan la reacción en cadena por todas partes a la vez.
  •  La reacción en cadena del plutonio se inicia en avalancha. Comienza a producirse energía.
  •  La esfera exterior de berilio rebota los neutrones que intentan escapar de nuevo hacia el interior.
  •  Todo esto coincide con el pico máximo de presión ocasionado por la onda de choque del explosivo convencional, con lo que la reacción, en vez de disgregarse, se concentra cada vez más.
5. Se produce una reacción en cadena instantánea de alta energía durante un cuarto de microsegundo. El centro geométrico del arma salta de golpe a estado plasmático, con una temperatura equivalente a cientos de miles de grados centígrados, con lo que la reacción se embala aún más.
6. Estas reacciones producen una violenta oleada de radiación fotónica electromagnética –luz visible, radiofrecuencia, infrarrojos, gamma, rayos X– que escapan al aire circundante a la velocidad de la luz. Se inicia el destello más brillante que un sol. Conforme la funda de berilio termina de desintegrarse durante otro cuarto de microsegundo, se le unen los neutrones rápidos que escapan de las reacciones en cadena en forma de radiación neutrónica.
7. La energía así generada comienza a disgregar el material y supera por muchos órdenes de magnitud la "energía implosiva" producida por el explosivo convencional, que se torna irrelevante en comparación. El plutonio que no ha fisionado todavía se vuelve de nuevo subcrítico y la reacción en cadena se interrumpe.
En menos de cinco microsegundos, el fenómeno ha finalizado y tenemos un cogollo de alta energía ultraconcentrada que se irradia velozmente en todas direcciones; la mayor parte, a la velocidad de la luz. Cuando esto ocurre dentro de la atmósfera, lo que hay en todas direcciones es, fundamentalmente, aire. Este aire absorbe parte de la radiación ultravioleta, parte de la gamma y casi todos los rayos X.

Como consecuencia, el aire se calienta en forma de una burbuja que se expande a varias decenas de millones de grados centígrados; esto se conoce como esfera isotérmica y brilla como cientos de millones de soles, desintegrando súbitamente todo lo que esté a su alcance. Cualquier persona que mire en su dirección quedará ciega al instante. Unos cien microsegundos después, su temperatura ha descendido a 300.000 ºC y ya sólo brilla como diez millones de soles; entonces, comienza a formarse una onda de choque en su superficie. Esto es la separación hidrodinámica. Esta onda de choque, que echa a correr a cien veces la velocidad del sonido (sí, Mach 100), no sólo transporta una brutal energía cinética sino que calienta por compresión las capas de aire de alrededor hasta unos 30.000 ºC: cinco veces la que hay en la superficie del sol. Todo lo que quede dentro de esta región (unos 220 metros para una bomba de 20 kilotones, menos que Nagasaki) resulta reventado y vaporizado sin importar de qué material estuviera hecho. No existe materia bariónica en el universo conocido capaz de resistir estas temperaturas ni muy remotamente. Estamos en la llamada área de aniquilación.

En este punto, la temperatura va cayendo a unos 3.000 ºC. Esta primera bola de fuego deja de brillar y se vuelve transparente, fenómeno conocido como la ruptura (breakaway). Pero entonces la esfera isotérmica aparece de nuevo por detrás, aún a 8.000 ºC; impacta contra la onda de choque que ha ido perdiendo velocidad y la realimenta violentamente, provocando así una tormenta ígnea en todas direcciones a miles de grados de temperatura y velocidades supersónicas. Es la onda de choque termocinética o segundo pulso, causante de la destrucción extensa típica de las armas nucleares, que en las más potentes puede llegar a decenas de kilómetros. Las personas mueren abrasadas, reventadas y por efecto del colapso de los edificios y el impacto de los proyectiles que vuelan a gran velocidad hacia todas partes (notoriamente, los cristales). Conforme aumenta la distancia, poco a poco, la onda de choque se va disipando (las colinas y otras irregularidades del terreno pueden proteger a lo que haya inmediatamente al otro lado). La cosa no acaba aquí; qué va.

Volvamos al principio. Teníamos un cogollo de alta energía irradiando a su alrededor. Hemos visto lo que ocurre con la parte de esta energía que interactúa con el aire, pero resulta que el aire es transparente al resto. El resto de la energía, pues, viaja libremente a su través hasta chocar con otras cosas sin que nada la pare por el camino, decreciendo sólo con el cuadrado de la distancia (por teoría de campos). Hay una parte de los rayos gamma, por ejemplo, que atraviesa el aire sin más e irradia lo que haya alrededor, incluyendo por supuesto a los seres vivos. A los seres vivos, la radiación gamma masiva les sienta fatal, pero fatal de veras: la tierra se vuelve estéril y la gente y los animales mueren al momento o más tarde, de síndrome radioactivo agudo. Esta es la irradiación directa de un arma nuclear.

¿Te acuerdas de todos esos neutrones que escaparon cuando finalizaba la reacción en cadena?  Bueno, pues esos también llegan detrás, y la radiación neutrónica es extremadamente penetrante. La más penetrante de todas, capaz de atravesar metros de hormigón armado. Bien es cierto que estos interactúan un poco más con el aire... para producir más radiación gamma. Pero los neutrones hacen algo que no hacen las otras formas de radiación: cuando alcanzan los átomos circundantes, los desestabilizan y los vuelven radioactivos también. Y a continuación viene la onda de choque, para pulverizarlos y esparcirlos por todas partes: es la primera fase de la contaminación radiológica, a la que pronto se sumarán los restos de la bomba y los isótopos radioactivos formados al paso de la esfera isotérmica. Cuando la onda de choque cese, la nube en hongo y los vientos terminarán de esparcirlos por todas partes.

¡Volvamos otra vez al principio! Una vez más, sólo una vez más: te lo prometo. La bomba ha emitido también grandes cantidades de energía fotónica/electromagnética en forma de radiofrecuencia, a las que hay que sumar las emisiones de los átomos excitados de la esfera isotérmica. Esto produce varios fenómenos curiosos, que eran en su mayor parte secretos hasta hace poco tiempo. Para empezar, por ejemplo, tenemos los pulsos electromagnéticos; no obstante, cuando la explosión se produce dentro de la atmósfera estos pulsos no llegan muy lejos y sus efectos sobre los equipos eléctricos y electrónicos resultan indistinguibles de la misma destrucción ocasionada por el arma. Sin embargo, también se producen otros más extraños como el oscurecimiento (blackout), que bloquea las ondas hertzianas (y con ellas las transmisiones de radio o televisión, el rádar y demás). Este oscurecimiento radioeléctrico es todavía muy poco conocido a nivel público, pero se sabe que se origina al menos de tres maneras diferentes y puede durar horas o días (hasta que se disipa el aire altamente ionizado).

Así funciona una bomba de fisión como la de Nagasaki y en general las primeras que hicieron los EEUU, la URSS o cualquier otro país. Su principal problema es que existe un límite práctico a la potencia que pueden liberar, directamente dependiente de la cantidad de plutonio que cargue y tu pericia científico-técnica a la hora de extraerle una eficiencia máxima. En el mundo real, resulta impráctico hacer armas de fisión pura con más de quinientos kilotones; y sale antieconómico superar los ochenta o cien (cuatro veces Nagasaki). Además, son muy poco flexibles.



Grapple-Orange Herald (31 de mayo de 1957). Desarrollada por el Reino Unido, fue el dispositivo de fisión más potente detonado jamás: cerca del límite teórico máximo, con 720 kilotones efectivos (cincuenta veces Hiroshima). Las armas de fisión de este calibre son muy costosas e imprácticas.

–¿Y entonces? –le preguntas a tu guía, el simpático.
–Entonces, aprendimos a hacer estrellas –contesta él.
–Creí que me habías dicho que esto ya era como un sol.
–Ah, sí, pero no es un sol de verdad. Los soles de verdad no funcionan así. Son mucho más poderosos. Así que hicimos estrellas de verdad.
–No me lo puedo creer.
–¿Y para qué te crees que es ese polvo blanco que tienes ahí y este termo que tengo yo aquí?
–¿La materia de la que están hechas las estrellas?
–Sí. Y las pesadillas.

EL LIBRO DE LA PIZARRA DE YURI:
La Pizarra de Yuri
Pídelo en tu librería: Ed. Silente, La Pizarra de Yuri, ISBN 978-84-96862-36-4
o pulsa aquí para comprarlo por Internet

·
La Pizarra de Yuri se ha mudado a www.lapizarradeyuri.com
Por imposibilidad de atender dos blogs a la vez, los comentarios en este quedan cerrados. Puedes ponerte en contacto conmigo a través del correo electrónico o en el nuevo blog.

jueves, 20 de mayo de 2010

Tecnologías supuestamente suprimidas: El motor de agua.

El agua es ya el resultado de una combustión y no se puede usar como combustible otra vez sin aportarle primero más energía de la que proporciona.


Son muchas las personas que piensan que determinadas tecnologías prometedoras han sido suprimidas por diversos poderes políticos o económicos, generalmente con el propósito de proteger sus inversiones o apuestas y –en los extremos ya más absurdos de la ilógica conspiranoica– por motivaciones siniestras de mucho mayor alcance. Desde que un servidor puede recordar, el motor de agua ha sido la más popular de estas tecnologías supuestamente suprimidas en la mitología social contemporánea.

En su forma original y más básica, la leyenda afirma que alguien inventó un motor capaz de funcionar usando agua corriente como combustible y éste fue suprimido por el poder mediante una diversidad de medios, según la imaginación del que lo cuenta: adquiriendo y enterrando la patente, comprando al inventor, matándolo, etcétera. El objetivo de esta supresión sería evidente: proteger a las grandes compañías energéticas y a los estados que tienen o puedan tener detrás, privando así al pueblo sencillo de una fuente de energía casi ilimitada, limpia y muy barata o gratuita por completo. Adquiere así características comunes en los mitos sociales, las leyendas urbanas y las conspiranoias.

Verne, Franco y los cuentistas.

El origen aparente de la leyenda resulta fácil de determinar: se halla en una obra notable de Julio Verne, La Isla Misteriosa, que ya planteaba en 1875 el problema del agotamiento de las energías no renovables. Entonces, uno de los protagonistas –un inteligente inventor llamado Ciro Smith– realiza las siguientes afirmaciones:
«Sí, amigos míos, creo que el agua se usará un día como combustible, que el hidrógeno y el oxígeno que la constituyen, utilizados aislada y simultáneamente, producirán una fuente de calor y de luz inagotable y de una intensidad mucho mayor que la de la hulla. Un día el pañol de los vapores y el ténder de las locomotoras en vez de carbón se cargarán con esos dos gases comprimidos, que arderán en los hornos con un enorme poder calorífico. No hay que temer, pues: mientras esta tierra esté habitada, suministrará elementos para satisfacer las necesidades de sus habitantes, los cuales no carecerán jamás de luz ni de calor, como tampoco de las producciones de los reinos vegetal, mineral y animal. Creo que, cuando estén agotados los yacimientos de hulla, se producirá el calor con agua. El agua es el carbón del porvenir.»
El carácter maravillosamente visionario de muchas de las creaciones de Julio Verne ha conducido a muchas personas a creer a pies juntillas cualquier afirmación que aparezca en las mismas, olvidando que se trata de obras de lo que hoy en día llamaríamos ciencia ficción próxima:  tomar elementos ya existentes en la ciencia y la técnica de tu tiempo y forzarlos en el presente o proyectarlos en el futuro hasta que te queda una historia de lo más estupenda y realista. Otro autor muy conocido de este género es Michael Crichton, entre muchos más.

Sin embargo, a diferencia de lo que se suele creer, Julio Verne no inventó nada. Verne era un escritor capaz con buena cultura científica y muy bien informado de lo que se cocía en su época, pero en sus libros no aparece nada que no se estuvieran planteando ya los científicos de su tiempo aunque fuese como conjetura. Esto le condujo a incontables aciertos y también a algunas –brillantes– meteduras de pata. La más conocida es la del viaje tripulado a la Luna mediante un disparo de cañón, que –además de impráctico– convertiría a los ocupantes en pasta cárnica para hamburguesas debido a la súbita aceleración. Y tiene perfecto sentido, porque cuando Verne escribió De la Tierra a la Luna (1865) aún faltaban casi cuarenta años para que el papi de la astronáutica Konstantin Tsiolkovsky publicara su obra clave La exploración del espacio cósmico por medio de dispositivos a reacción (1903). En cambio acertó plenamente con el lugar del lanzamiento –Florida–, pues en tiempos de Verne los Estados Unidos ya despuntaban como potencia científico-técnica y los matemáticos ya sabían que el lugar idóneo para este tipo de lanzamiento está cerca del ecuador.

Para este otro caso que nos ocupa, Verne se apoyaba en la hidrólisis del agua realizada por Michael Faraday en 1853. No obstante, en los tiempos de La Isla Misteriosa las Leyes de la Termodinámica –aunque ya conocidas– aún no se comprendían en profundidad ni estaban bien extendidas: la primera y segunda leyes acababan de formalizarse y el descubrimiento de la tercera tendría que esperar hasta principios del siglo XX. En 1875 las Leyes de la Termodinámica eran ciencia tan puntera y abstracta como lo que hoy en día se hace en el LHC; tanto que a Verne se le escapaba un poquito, lo que se plasma en varios otros lugares de sus obras.

Más intrigante y oscura es la vía por la que este error de Verne pasa a la mentalidad social colectiva en varios países de modo más o menos simultáneo. Parece –parece– que fue más popular en los países del Eje y sus aliados o simpatizantes, en torno a la Primera y Segunda Guerras Mundiales; entrelazándose con la injusticia nacional percibida de que nuestras patrias no dispusieran de recursos energéticos fácilmente accesibles, a diferencia de nuestros enemigos, los aliados (y de manera notoria, los Estados Unidos, el Reino Unido y la Unión Soviética). Es conocida la tendencia de la mente humana a inventarse –y creerse– fábulas cuando los hechos no concuerdan con sus miedos, prejuicios y deseos; de hecho, este ha sido siempre el principal motivo creador de mitos y religiones.

Así, en este tiempo y lugar surgieron numerosos intentos para lograr combustibles alternativos, extendiéndose desde la gasolina sintética nazi –basada en el proceso Bergius y practicable, pero económicamente ruinosa– hasta fraudes ridículos como la gasolina en polvo de origen vegetal que el estafador Albert von Filek le colocó a Franco. Otro ejemplo paradigmático de esta tendencia fueron los vórtices fluidos de Viktor Schauberger, que llegó a reunirse varias veces con Hitler antes de terminar en un campo de concentración o un hospital psiquiátrico, según fuentes.

Conforme el mundo desarrollado seguía su camino, fue dejando atrás estos sueños de autarquía energética por impracticables o ruinosos (en la foto de la derecha, una planta alemana abandonada de producción de gasolinas sintéticas). Sin embargo, en los países más pobres y menos desarrollados perduraron aún un poco más, apoyándose en el desconocimiento popular de las materias científicas. Así, en fecha tan tardía como 1970, aún tuvimos en España a un personaje llamado Arturo Estévez Varela que alcanzó cierta notoriedad social con exhibiciones de motores de agua más un aditivo secreto. En esta ocasión fue el mismo Franco quien ordenó a la prensa que dejara de darle pábulo, después de consultar al Colegio de Ingenieros Industriales, porque «ya se ha hecho bastante el ridículo».

Pero, inevitablemente, la idea permaneció en la mitología popular como ejemplo paradigmático de tecnología suprimida. Por ello, cuando los conspiranoicos anglosajones de la energía libre y gratuita comenzaron a dejarse oír en España y otros países latinoamericanos, nuestras sociedades estaban preparadas para darles un inmerecido crédito.

Los conspiranoicos de la energía libre y gratuita.

En el mundo anglosajón, la cosa del motor de agua (o con otros combustibles curiosos) fue siempre más propia de inventores particulares fracasados, sin llegar a alcanzar los ámbitos del poder que hemos visto en los entornos continentales. Hay cientos de patentes al respecto: varias oficinas de patentes anglosajonas son conocidas por pantentar todo lo que les presenten. En Estados Unidos, un padre patentó a nombre de su hijo de siete años la manera de balancearse en un columpio; en Australia, un abogado patentó la rueda. Y así, muchas más.

Estos inventores frustrados y quienes apoyan sus obras han venido a constituirse en un sector significativo del pujante movimiento conspiranoico, una industria muy rentable que deja significativos beneficios a una variedad de editoriales y productoras, por no mencionar a ciertos políticos y periodistas. En esta ocasión, el planteamiento del motor de agua se presenta bajo un aspecto un poco más sofisticado (esencialmente: más lioso) de tal modo que se camuflen mejor sus debilidades; y ha quedado incorporado en el apartado de supuestas supresiones de la energía libre y gratuita, una temática conspi habitual.

Esta nueva iteración se olvida ya de Julio Verne y de los Seat 600 con motor de agua para adentrarse en la tecnología de células de combustible acuosas de Stanley A. Meyer, que viene a ser lo mismo pero más rimbombante. Después de que un tribunal lo condenara a devolver 25.000 dólares a dos inversores que se sintieron estafados, y sobre todo tras su muerte súbita por aneurisma cerebral, Meyer se convirtió inevitablemente en un ídolo del sector conspi que aprecia estas cosas como verdadero científico asesinado por las fuerzas del mal.

Todas sus patentes en los Estados Unidos siguen disponibles y accesibles por Internet (5149407, 4936961, 4826581, 4798661, 4613779, 4613304, 4465455 y 4421474 y 4389981). En ellas, lo único que hace es liar por vías cada vez más complicadas un sencillo dispositivo de hidrólisis, que naturalmente consume energía en vez de producirla. Ninguna de ellas explica de qué manera se puede obtener energía en vez de consumirla –más allá de sus propias afirmaciones–, ni mucho menos determina el mecanismo de acción o el balance energético final. Esta ausencia de claridad sobre el mecanismo de acción y el balance energético es característica de las conspis con componente científico, que hemos visto recientemente en las numerosas chaladuras sobre el HAARP. En caso de duda, tú siempre pregunta cómo funciona, cuánta energía entra y cuánta energía final exige el trabajo. Así te mantendrás siempre al calor de las leyes de la Termodinámica. ;-) En la imagen podemos ver uno de los dibujos originales de Meyer, donde el fuel cell water capacitor desempeña la función de cajita mágica para la hidrólisis del agua en hidrógeno y oxígeno; ningún punto de las patentes detalla cómo lograrlo sin consumir más energía de la que se produce.

En general, los defensores de estas supuestas energías libres y gratuitas ignoran un hecho bastante simple: las regiones próximas a la corteza terrestre son ya muy estables, resultado de miles de millones de años de violentísimas reacciones. Debido a esa razón, han quedado en un estado bajo de energía (y si fuera más alto, nos mataría): ya han generado y consumido la mayor parte de la energía que podían generar y consumir con facilidad. Por eso, sus reacciones son ahora lentas y progresivas; también por eso, nos resulta tan difícil encontrar fuentes cercanas de energía concentrada y fácilmente disponible. Los hidrocarburos son un regalo de Mamá Naturaleza, que no se repetirá pronto.

Pero entonces, ¿por qué no puede ser?

La razón fundamental de que el motor de agua no sea practicable es en realidad muy sencilla. Simplemente, el agua ya es el resultado de una combustión, ocurrida durante miles de millones de años, a lo largo de buena parte de la historia del universo. El agua es H2O: o sea, hidrógeno oxidado (quemado con oxígeno). El hidrógeno primordial y el oxígeno estelar se combinaron para formar agua, liberando energía en el proceso: este es el origen del líquido elemento. Al agua, por tanto, no le queda apenas energía química que liberar: se encuentra ya en un estado base muy estable. A todos los efectos prácticos, es una ceniza resultante de la combustión del hidrógeno en presencia de oxígeno a lo largo del tiempo.

Para transformar el agua de nuevo en hidrógeno y oxígeno capaces de liberar energía al combinarse otra vez, primero hay que desensamblarla –hidrolizarla– aportándole la misma energía que cedió más un porcentaje adicional, con objeto de compensar las pérdidas inevitables. Por muchos trucos que intentemos, por muchos pasos que incorporemos, por mucho que compliquemos el proceso, el balance energético final será el mismo: si quieres que el agua libere energía, tienes que aportársela primero, porque la suya ya la perdió cuando se formaba. Lo contrario implicaría una violación radical de la primera y la segunda leyes de la termodinámica, que en este universo nos vemos obligados a respetar: estaríamos ante una máquina del movimiento perpetuo, imposible por esta misma razón.

Obviamente, existe una vía para obtener grandes cantidades de energía del agua, o más bien del hidrógeno que contiene: la fusión nuclear. En este caso la cosa cambia, pues saltamos de procesos químicos a procesos físicos, enormemente más energéticos. Por supuesto, no hay en esto violación alguna de las leyes de la termodinámica, dado que hablamos de reacciones de naturaleza completamente distinta: la energía que el agua perdió al formarse durante la larga historia del universo (lo que le impide servir como combustible convencional) era de naturaleza química, no física (lo que, una vez hidrolizada, permitirá su uso como combustible nuclear cuando la fusión esté lista).

Alternativamente, podría decirse que la energía hidroeléctrica o maremotriz se obtiene del agua, pero evidentemente no estamos hablando de esto. En esta variante, la energía no está en el agua, sino en la energía cinética o potencial de su masa: funcionaría igual con cualquier otra cantidad de materia análoga.

Pero a nivel químico –que es lo que permite funcionar a un motor convencional, no nuclear– el agua no sirve como fuente energética por el simple motivo de que ya la cedió casi toda durante su formación. No le queda energía para suministrarnos. Y por ello el motor de agua, a pesar de lo muy querido que pueda resultar para la mitología popular, simplemente ni pudo, ni puede, ni podrá ser.

EL LIBRO DE LA PIZARRA DE YURI:
La Pizarra de Yuri
Pídelo en tu librería: Ed. Silente, La Pizarra de Yuri, ISBN 978-84-96862-36-4
o pulsa aquí para comprarlo por Internet

·
La Pizarra de Yuri se ha mudado a www.lapizarradeyuri.com
Por imposibilidad de atender dos blogs a la vez, los comentarios en este quedan cerrados. Puedes ponerte en contacto conmigo a través del correo electrónico o en el nuevo blog.

domingo, 29 de noviembre de 2009

El calendario maya y otras maneras de contar hasta el fin del mundo

Tiempo y medida del tiempo son cosas distintas.

Según el Calendario de Cuenta Larga Mesoamericano, hoy es
....
(Script cortesía del Fourmilab)


Dicen algunos que, cuando este calendario marque 13.0.0.0.0, el 21 de diciembre de 2012 (lo que viene a ser la figurita de la izquierda en jerogrífico maya), algo le pasará a nuestro mundo. Uno, que va peinando alguna cana (¿algún amable lector o lectora conoce algún método eficaz de liquidarlas, malditas sean?) ya ha sobrevivido a algunos días del Juicio Final según los esclarecidos profetas habituales. Recuerdo especialmente las muchas que hubo a principios de los años '80, quizá porque yo empezaba a ser un chaval en aquellos tiempos y consiguieron impresionarme.

Mi difunto señor padre, hombre sencillo aunque con gran interés por el mundo que le rodeaba y talante cachondo, llegó a espetarle una vez a cierta damisela que trataba de convencernos de que el mundo se terminaría en la Nochevieja de 1983: "el 1 de enero de 1984 voy a tu casa y te echo un polvo." Según supe tiempo después, fue demasiado caballeroso para ir a exigirle el pago de la apuesta (y eso que era viudo y no tenía que dar explicaciones a nadie). De risas, le pregunté el porqué, y repuso: "bastante hecha polvo estaría la pobre". Cosa que en su día se me antojó extrañamente enigmática.


No he logrado identificar de qué olla de grillos en particular se había escapado esta joven, pero más por hastío que otra cosa: ha habido decenas, cientos, miles de predicciones del fin del mundo, el fin de los tiempos o lo que cada uno se imagine para tales eventos del juicio final. Los testigos de Jehová han sido especialmente prolíficos a la hora de meter la pata hasta el corvejón con sus profecías fallidas: 1914, 1915, 1918, 1920, 1925, 1941, 1975 y 1994 se cuentan entre las fechas propuestas por la Sociedad Atalaya de Pennsylvania para tan extraordinario suceso. Cualquiera diría que desde esa atalaya no se ve muy bien. Después de perder aproximadamente la mitad de sus fieles con cada una de estas pequeñas equivocaciones en las que miles de personas habían comprometido sus vidas y fortunas, han decidido ya sumarse a la corriente mayoritaria entre los protestantes milenaristas y decir que "ningún hombre puede saber cuándo, pero pronto."


No han sido los únicos. A los milleristas y quienes se han dejado influir por ellos les va mucho la marcha del fin del mundo: Adventistas del Séptimo Día, mormones y otros muchos vienen creyendo en un inminente fin de los tiempos y en uno u otro momento adelantaron fechas para sus seguidores. Se ve que el Gran Chasco de 1844 no fue suficiente lección. La Iglesia Católica –más sabe el diablo por viejo que por diablo– también picó en sus tiempos, pero aproximadamente desde el siglo IV consideraron heréticos tales planteamientos. Sin embargo, ello no impidió el pánico del año 1000 (los historiadores debaten sobre su alcance, pero lo hubo), o que el Papa Inocencio III (1161-1216) advirtiera del fin del mundo en 1284 como parte de la campaña de propaganda para la Quinta Cruzada, a través de su encíclica Quia Maior. Tampoco evitó que en el siglo XVI algunos eclesiásticos usaran una supuesta profecía de San Malaquías para tratar de imponer un Papa; esta es la famosa Profecía de los Papas, que por cierto anda a punto de caducar: sólo quedarían el presente y otro más. O el decepcionante Tercer Secreto de Fátima, que al final no fue ni chicha ni limoná y vale lo mismo para un cosido que para un fregado.

Tampoco es de extrañar que, en una cultura cuyo libro sagrado termina con una profecía apocalíptica –la Revelación de San Juan– el número de personas tratando de poner fecha a tan notable evento u otro parecido haya sido elevado. El más conocido de todos ellos es, indudablemente, el médico y astrólogo occitano Miquèl de Nostredame, conocido en francés como Michel de Nôtre-Dame y en casi todos los idiomas por su latinización Nostradamus. Aunque Nostradamus no predice propiamente un fin del mundo, y de hecho, es tan críptico que no predice nada en particular, las pocas veces en que dio una fecha para algún suceso apocalíptico, no parece que ocurriera gran cosa:
 
X Centuria, Cuarteta LXXII en Les Propheties de M. Michel Nostradamvs, Benoist Rigaud, Lyon, 1568. El texto (en francés antiguo) se traduce como "El año 1999, a los siete meses | del cielo vendrá un gran Rey terrorífico | resucitar el gran Rey de Angolmois | antes después Marte reinar por dicha". Además de que el texto es indescifrablemente ambiguo, en julio o agosto de 1999 no parece que ocurriera nada por el estilo sin retorcer mucho el lenguaje.
A lo largo del último medio siglo vivimos bajo una amenaza que fue lo más parecido a un verdadero aviso del apocalipsis, pero no se trataba de una profecía, sino de algo mucho más palpable: el riesgo de que una guerra nuclear a gran escala ocasionara inmensa mortandad y devastación, pudiendo llegar a la extinción de la especie humana en sus formas más extremas. Sin embargo, hasta el día presente hemos sido más cuerdos que todo eso y las armas preparadas para la última de todas las guerras siguen dormitando pesadillas neutrónicas en sus lanzadores y almacenes. No obstante ello, de manera acorde al signo de los tiempos, fue la primera vez en que todos comenzamos a creer en una profecía apocalíptica laica, no religiosa. Naturalmente, pronto comenzaron a surgir otras menos tangibles, a caballo entre la pseudociencia y la religión; muy propio de la evolución sincrética a donde están yendo las sociedades occidentales en materia espiritual.


Esto ya venía notándose entre grupúsculos de naturaleza esotérica, astrológica, contactista y demás, pero se manifestó con toda claridad en el año 2000 –a los milenaristas, por motivos obvios, les encantan los números exactos–. Todos recordaremos que, debido a unos supuestos fallos informáticos en cadena derivados de la fecha de dos dígitos que caracterizaba a la mayoría de ordenadores de su tiempo, el mundo tal y como lo conocemos se iba a terminar primero en la Nochevieja de 1999 y luego con el cambio de siglo. Lógicamente, los técnicos tomaron las precauciones oportunas, se hicieron las modificaciones necesarias, se corrigieron los fallos aparecidos y el mundo prosiguió su curso exactamente como el día anterior.

Desacreditadas las profecías religiosas, y saturado el público del temario habitual de Papas y cuartetas, quienes se ganan la vida con esto del milenarismo tuvieron que recurrir a saberes más olvidados y exóticos para mantener la clientela. El problema es que cuando uno se sale del entorno cultural de las grandes religiones monoteístas occidentales (cristianismo, judaísmo, islamismo y el zoroastrismo que impregna a las tres) el concepto de fin del mundo no es tan popular, pues les resulta bastante ajeno. Por ahí fuera creen en ciclos kármicos, ruedas de la vida y cosas así, lo que resulta difícil de conciliar con gloriosas Segundas Venidas o durísimos Días del Juicio Final. El sincretismo, una vez más, es la solución: buena parte de la literatura apocalíptica habla ya de cambios de ciclo o transformaciones de paradigma, normalmente relacionados con un suceso catastrófico pero no tanto y echando a la cazuela astrología, pseudociencia y elitismo. Lo mejor de todos los mundos, vaya.

La profecía de los mayas de 2012.


En esta búsqueda de nuevas fuentes de inspiración aptas para el gran público, los apocalípticos se encontraron con el Calendario Mesoamericano de Cuenta Larga, inventado probablemente por los olmecas pero conocido gracias a su vinculación con la cultura maya. Para usos cotidianos, los mesoamericanos precolombinos usaban un calendario religioso de 260 días y otro civil, solar, de 365. Pero ninguno de ellos servía para contar años, por lo que sus astrónomos crearon un calendario perpetuo con objeto de referirse a fechas lejanas en el pasado o en el futuro. Este es el Calendario de Cuenta Larga en cuestión.


La verdad es que el asunto da para un buen argumento. Los mayas fueron un pueblo nativo americano, surgido en lo que hoy en día viene siendo México y parte del extranjero, donde acostumbraban a vivir hasta la llegada del Conquistador. Curiosamente no conocían la rueda, pero parece que fue lo único en lo que no cayeron: estaban ocupados creando grandes ciudades, ziggurats llenos de jeroglíficos y una asombrosa astronomía más o menos en la época en que aquí los visigodos agonizaban para dejar paso al musulmán. Sus matemáticos conocieron el número cero y sus escribas redactaban la historia y los mitos de aquella cultura. Tenían una religión cañera, con sacrificios humanos y todo. Y lo que es más raro: en el siglo IX, a pesar de hallarse en plena expansión civilizatoria, los mayas meridionales abandonaron todo –incluso grandes expansiones urbanas en construcción– para desaparecer en las selvas. Se habla de un colapso ecológico agravado por cierta pertinaz sequía, pero en realidad nadie tiene ni idea del porqué. Lo que se encontró el Conquistador fue un pueblo en completa decadencia, fácil de invadir y asimilar, casi un okupante de todas aquellas riquezas antiguas.

El Calendario Largo que nos ocupa fue uno de los logros de estos olvidados mayas o sus predecesores olmecas. En su conjunto, puede usarse para calcular fechas durante cientos de miles de millones de años. Lo cual se nos antoja especialmente inquietante, sobre todo si tenemos en cuenta que por aquella época todo el mundo pensaba que el mundo tendría unos miles de años y los abismos cósmicos que hoy en día nos resultan naturales ni siquiera se habían empezado a sospechar. Por otra parte, claro, el hecho de que alguien elabore matemáticamente un sistema de contar hasta casi el infinito no implica que sepa lo que hay hasta casi el infinito. Más quisiéramos.


Al igual que el calendario occidental arranca en el año (falso) de nacimiento de Cristo, el Calendario Largo cuenta a partir de lo que nosotros llamaríamos el 11 de agosto del 3.114 a.C. Esta fecha se correspondería con un mito maya de la creación, y el Calendario Largo la expresa como 13.0.0.0.0 en su versión abreviada y 13.13.13.13.13.13.13.13. 13.13.13.13.13.13.13.13. 13.13.13.13.0.0.0.0 en la completa. Como hemos visto, la versión abreviada consta de cinco cifras, y era la de uso más corriente. Usando la versión abreviada, hay otra fecha que se podría indicar como 13.0.0.0.0: el 21 de diciembre de 2012 según el calendario común.

Y eso es todo. La profecía maya del 2012 se sustenta por completo en esta observación.

Si no ha estado expuesta a los envoltorios de misterio comercial y esoterismo de andar por casa, cualquier persona contestaría: "bueno... ¿y qué?" O sea, la versión abreviada de la Cuenta Larga marca otro 13.0.0.0.0 en torno al solsticio hiemal de 2012, así como la versión abreviada del calendario occidental marca 31 de diciembre cada Nochevieja, 1 cada vez que empieza el mes o lunes siempre que comienza la semana. Significa que cambiamos de baktun, igual que todos los siglos cambiamos de siglo, con la única diferencia de que un baktun dura 394 años y pico. Ya está. Nada más que decir, a menos que seas un vendedor de miedos, en cuyo caso te sacarás de la manga alineamientos galácticos (o de agujeros negros, que da más yuyu) corrientuchos para presentarlos como inquietantes; el fliposo planeta Nibiru de los contactados o su más cutre versión hispánica, el Hercólubus del Venerable Maestro Rabolú (no es coña); inversiones geomagnéticas relacionadas con el máximo solar (que se da cada 11 años y, por cierto, cae en 2013, no 2012); o delirantes disquisiciones sobre la numerología, el I Ching, el Hunab Ku o la mitología del Popol Vuh.


En realidad, cualquier cosa que suene bien para impactar a las almas cándidas olvidando que hablamos simplemente de un "arrancar la hoja del calendario" en versión mesoamericana antigua. Entre estas almas cándidas, por cierto, no se cuentan los descendientes genuinos de los mayas, que pasan bastante de todo el asunto (excepto los que aprovechan el invento para sacarle algún dólar, muy legítimamente, a los bobos del Primer Mundo en busca de la verdad).

Y es que los antiguos astrónomos olmecas y mayas –y quizá sus remotos descendientes– jamás habrían caído en semejante error: mezclar el tiempo con la forma de contar el tiempo, una tontada antropocéntrica que sólo las clases medias occidentales mal leídas y peor estudiadas podían pergeñar. Aunque algunos tengan carrera y todo, y por eso se crean el más sabio del lugar. Como dice Rafa Pla, hay mucha gente que pasa por la universidad, pero la universidad no pasa por ellos. O ellas. Veámoslo.

Del tiempo y de la manera de contar el tiempo.


El tiempo es un concepto que se les atraganta a muchos, e incluso algunos creen erróneamente que es una construcción arbitraria de la mente humana, recogiendo a sabiendas o sin saberlo las enseñanzas del budismo y de algunos sofistas griegos (si así fuera, entonces, ¿cómo habría evolucionado el universo hasta el momento en que los humanos pudimos surgir?). El tiempo es una dimensión, como lo son las del espacio, y sobre estas dimensiones espaciotemporales se desarrolla la realidad: el marco de referencia universal, por así decirlo. Se trata de una magnitud fundamental estrechamente relacionada con el calor y la entropía, siguiendo la Segunda Ley de la Termodinámica; fue la bajísima entropía del universo primigenio quien determinó la presente flecha del tiempo que avanza en un solo sentido.

Lo que pasa es que los humanos, para manejarnos con las magnitudes, inventamos unidades de medida. Nos sirven para saber cuánto hay de una magnitud determinada –tiempo, espacio, energía, masa, lo que sea– y éstas sí son esencialmente arbitrarias, creadas por el ser humano y dependientes de la cultura. El metro, por ejemplo. Un metro no es el espacio, sino una forma humana de medir una cantidad de espacio. Lo inventó en 1675 el científico veneciano Tito Livio Burattini, describiéndolo como la longitud de un péndulo de segundos.


Es cosa sabida que diversas culturas utilizan distintas maneras de medir el espacio, de manera igualmente eficiente, puesto que como descripción arbitraria que es funciona igual de bien o mal usemos la que usemos. Este es el caso de los anglosajones con su conocido Sistema Imperial en millas, pies y pulgadas, surgido de los navegantes marítimos y especialmente bien adaptado para barcos y aviones. O las unidades históricas, que a nuestros tatarabuelos les servían bien: la legua, el pie castellano, la toesa, la versta, al igual que la hanegada o fanega de tierra para el área, y el celemín o la arroba para el peso y el volumen. A decir verdad, la única gracia significativa del metro es que, como parte del sistema métrico decimal, resulta muy fácil convertir unas unidades en otras, a diferencia de lo que sucedía con estas medidas tradicionales.

Pero un metro no es el espacio. Confundir el espacio con la manera de medir el espacio es un error. Pensar que las unidades de medida humanas tienen algún efecto sobre el espacio, sus propiedades, su naturaleza o las cosas que suceden en él, una idea insólita y descabellada (a menos que este conocimiento nos permita modificar la realidad a través de la tecnología).


Lo mismo ocurre con el tiempo. Sólo que el caso del tiempo es aún más inaprehensible para los sentidos. Por lo general, desde muy antiguo se vincula a los ciclos de la luna, el sol y las estrellas, esto es, a fenómenos cíclicos de fácil observación con períodos percibidos como estables. Esto viene sucediendo desde mucho antes de que supiéramos que las órbitas de los astros se vienen a comportar como un "péndulo" muy preciso gracias a sus enormes masas gravitacionales. El paso de un día es obvio para cualquiera que tenga ojos en la cara, pero su duración varía a lo largo del año. Existen indicios de que venimos usando el mes lunar desde el Paleolítico, entendido como el tiempo que transcurre entre inicio de cuarto creciente e inicio de cuarto creciente. El año es también bastante antiguo, aunque ya requiere un poquito más de astronomía para darse cuenta de que el sol y las estrellas hacen las mismas cosas una vez, más o menos, cada doce meses lunares (en realidad las hacemos nosotros, al describir una órbita completa alrededor de nuestra estrella). Los antiguos persas ya lo usaban con normalidad, y seguramente venimos utilizándolo al menos desde los inicios de la agricultura y la civilización.

Más delicado es el asunto de la hora, el minuto y el segundo; al no haber nada inmediatamente obvio a los ojos que los determinen, su medición ha sido mucho más arbitraria y variable entre civilizaciones. Nuestra hora actual la inventaron los egipcios, dividiendo por doce el tiempo en que hay sol en el cielo por imitación de los doce meses lunares que hay en un año, y nos ha llegado a través de griegos y romanos. Los sesenta minutos que hay en una hora y los sesenta segundos que hay en un minuto son probablemente invención babilónica, que contaban en base 60, pero no tuvieron gran utilidad hasta que hubo relojes modernos. Por el extremo contrario, el siglo de 100 años y el milenio de 1.000 han ido apareciendo y desapareciendo de la mano de las culturas que usaban sistemas decimales, y no se generalizó su uso hasta la llegada del calendario gregoriano de 1582, el que nos sirve en la actualidad.


El ámbito de civilización mesoamericano estaba radicalmente separado del conglomerado cultural del Levante-Mesopotamia-Egipto-Mediterráneo Oriental donde se gestó la civilización occidental, y no consta ningún contacto sostenido antes de que Colón llegara hasta allá. Por ello, utilizaron una manera de contar diferente, en base 18 y 20, que es precisamente este Calendario de Cuenta Larga que nos ocupa, dividido en kins (días), uinals (20 días), tuns (360 días), katuns (7.200 días) y baktuns (144.000 días). Cambiar de baktun, por tanto, viene a ser como cambiar de siglo en la cultura occidental.

Y, por supuesto, no significa nada más. Un baktun no es el tiempo, como no lo es el año o el milenio. Confundir el tiempo con su unidad de medida es también un error. Pensar que las unidades de medida humanas para el tiempo tienen algún efecto sobre el tiempo, sus propiedades, su naturaleza o las cosas que suceden en él, una idea insólita y descabellada. Por mucho que los apocalípticos del 2012 y buena cantidad de astrólogos insistan en lo contrario.


Y sin embargo, escuchando a sus proponentes, cualquiera diría que el mundo va a cambiar de bases o ser directamente aniquilado el 21 de diciembre de 2012. Es más: da la sensación de que lo estén deseando. Entonces me acuerdo de mi difunto padre y su enigmática contestación. Pues sí, cualquiera diría que están deseando que suceda algo, algo gordo. Como no creo que lleguen al extremo de desear que se acabe el mundo con tal de tener razón –aunque nunca se sabe–, pienso más bien que operan en ellos mecanismos típicos de la mentalidad mágica y conspiranoica. Por un lado, ese deseo de sentirse parte de una élite exclusiva e incomprendida, la calidez de saber algo que el resto del mundo no sabe, de tener una razón de fondo. Por otro, una profunda insatisfacción y sentimiento de injusticia en su relación con este mundo, deseando de forma oculta que verdaderamente ocurra algo que cambie todo y ponga las cosas en su sitio. Todo ello, claro, sin levantarse demasiado del sillón. Y también la necesidad de creer en cosas y fuerzas ocultas que dominan el devenir de los tiempos, ante la imposibilidad de comprender sociedades y conocimientos que se les antojan demasiado complicados: desear que su explicación personal cuadre.


Por todo lo que sabemos, la Tierra no se acabará hasta dentro de unos cinco mil millones de años, cuando se la trague el Sol. Y el universo... bueno, empezaremos a discutir de ello cuando vayamos por un uno seguido de cuatrocientos ceros de años. Lamentable o afortunadamente, y salvo catástrofe personal de alguno de nosotros, nos veremos por aquí el día 13.0.0.0.1, que vendrá siendo el 22 de diciembre de 2012. Será otro día más, el mundo seguirá su ritmo, los apocalípticos buscarán algún nuevo temor que satisfaga esas necesidades secretas de tanta gente. Y si eres guapa, déjate de fines del mundo, mándame un e-mail y lo celebramos al estilo de papá.  :-D








EL LIBRO DE LA PIZARRA DE YURI:
La Pizarra de Yuri
Pídelo en tu librería: Ed. Silente, La Pizarra de Yuri, ISBN 978-84-96862-36-4
o pulsa aquí para comprarlo por Internet

·
La Pizarra de Yuri se ha mudado a www.lapizarradeyuri.com
Por imposibilidad de atender dos blogs a la vez, los comentarios en este quedan cerrados. Puedes ponerte en contacto conmigo a través del correo electrónico o en el nuevo blog.