La pizarra de Yuri: antropología
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jueves, 15 de julio de 2010

Erika, la que regresó del frío.

Criopreservación, crionización y animación suspendida.

En el invierno de 2001, siendo 24 de febrero, una bebé canadiense de trece meses llamada Erika Nordby cometió la mayor travesura de su corta vida; la clase de trastada infantil que debería haberla matado sin remisión. Mientras su madre dormía, Erika se escapó de la cuna y de la casa por la puerta trasera. Fuera, hacía veinticuatro grados bajo cero y ella ya no fue capaz de encontrar el camino de regreso al calor del hogar. Sólo llevaba puesto su pañal por toda protección.

La encontraron cuatro horas después convertida en un minúsculo montoncito de carne azul en medio de la nieve y el hielo, con una temperatura corporal de 16 ºC. Estaba, por supuesto, clínicamente muerta; llevaba al menos dos horas en parada cardiorrespiratoria. Pero como un intento in extremis de resucitación cardiopulmonar obtuvo algún resultado, la enviaron con la máxima urgencia al Hospital Universitario de Alberta en Edmonton. Allí, con técnicas de medicina intensiva avanzada y amplia experiencia en casos de hipotermia, consiguieron sacarla adelante.

Hoy en día, Erika tiene diez años y no recuerda nada, pues era demasiado pequeña para recordar; pero está bien, no le falta ninguna extremidad y no le han quedado secuelas. Como siempre en estos casos se habló de milagro (entonces, ¿estos otros qué fueron?) y hasta le dedicaron una canción. Erika gateó al frío, murió y regresó de entre los muertos agarrada a la mano de la ciencia. Y ella, a cambio, le hizo un regalo a la ciencia: la demostración palmaria de que es posible morir de frío y retornar sin daños significativos. De que, en último término, la animación suspendida podría tener alguna posibilidad más allá de la pura ciencia-ficción.

Morir y no-morir de frío.

Por supuesto, el caso de Erika no es único; pero sí, con mucha probabilidad, el mejor documentado y más extremo. En 2006, por ejemplo, un funcionario japonés llamado Mitsutaka Uchikoshi se fue con unos colegas a hacer una barbacoa en lo alto de los Montes Rokkō –un destino habitual para excursionistas–. Cuando llegó la hora de bajar los demás lo hicieron en teleférico, pero él decidió darse un paseo por la nieve hasta el valle. Uno podría pensar que el señor Uchikoshi, de 35 años de edad, se había pasado un pelín con el sake; aunque según los médicos sólo consumió agua mineral junto con el resto de productos propios de una barbacoa. El caso es que se perdió, resbaló sobre el hielo y se partió la pelvis. Lo encontraría un montañero veinticuatro días después, ensangrentado y medio sepultado por la nieve.

Sin embargo, Mitsutaka no estaba muerto. Debería haber muerto por al menos media docena de razones –entre ellas hipotermia, deshidratación, hemorragia interna, embolismo graso e inanición– pero presentaba algo de pulso, muy débil, y una temperatura corporal de 22 ºC. Trasladado a un hospital de Kobe, se repuso también por completo de sus lesiones y de haber estado expuesto a la intemperie con temperaturas tan bajas. En su caso no llegó a morir como la pequeña Erika –mantenía la actividad cardiopulmonar, aunque reducida a un mínimo–; lo cual es, si nos ponemos, casi aún más asombroso. Según sus declaraciones, "al segundo día, el sol se había ido... Estaba en un campo, y me sentía muy bien. Eso es lo último que recuerdo."

Los casos de Erika y Mitsutaka son excepcionales. Lo normal en semejantes circunstancias es morir definitivamente: la exposición al frío extremo puede acabar con una persona incluso en pocos minutos. Al menos hasta hace algún tiempo, los procedimientos operacionales de la OTAN para tiempos de guerra sólo contemplaban la búsqueda de un piloto derribado sobre el Atlántico Norte en invierno durante un máximo de una hora; prolongarla más sería una pérdida inútil de tiempo y recursos muy necesarios durante un gran conflicto, pues sin duda el pobre tipo estaría ya pajarito, sumergido en agua a cerca de 0 ºC.

En general, la hipotermia es un viejo enemigo que se nos lleva con facilidad y una extraña dulzura, esa sensación de bienestar que mencionó nuestro superviviente nipón. Se ha llamado de siempre la muerte dulce, pues al parecer hay un momento en que se deja de sentir el frío atroz y éste se ve reemplazado por una especie de fuerte borrachera muy agradable –señal de que te estás muriendo–. No es raro encontrar a los congelados con una sonrisa en la cara, que muchos creen rictus, pero según quienes han logrado sobrevivir se correspondería más bien a ese singular colocón. Y sin ropa: por algún motivo cerebral desconocido, tendemos a desnudarnos paradójicamente cuando nos estamos muriendo de frío.

Más allá de la muerte clínica –el momento en que se interrumpe la actividad cardiopulmonar– los tejidos congelados tardan bastante en morir del todo. En realidad, lo que ocurre cuando nos congelamos es una progresiva ralentización y finalmente paralización de los procesos metabólicos que nos mantienen vivos pero también de los de la muerte (pues unos y otros no son sino reacciones químicas que sólo pueden ocurrir dentro de un determinado rango de temperaturas, como cualquier otra). Con lo cual estamos ante una especie de parálisis inducida, que permite a algunos animales adaptados evolutivamente congelarse y descongelarse con normalidad.

Sin embargo, en humanos –y en los seres de sangre caliente en general– la cosa se complica, pues dependemos de una serie de complejos equilibrios térmicos para que nuestros órganos no sufran daños. De manera muy notoria, la parada cardiorrespiratoria –con la subsiguiente interrupción del flujo de oxígeno y nutrientes– provoca rápidamente graves lesiones isquémicas en el cerebro, que suele congelarse más tarde y por tanto sigue teniendo necesidades de suministro; el encéfalo queda destruido antes de detenerse también, lo que imposibilita la recuperación posterior. Esto es precisamente lo que hace extraordinario el caso de la bebé Erika, que estuvo parada durante más de dos horas.

Conforme la temperatura sigue descendiendo y baja de cero grados, se produce otra lesión masiva y definitiva: la destrucción celular. Por un lado, se forma hielo entre las células, separándolas y provocando daños mecánicos y químicos. Por el otro, si la velocidad de congelación excede la pérdida de agua por ósmosis a los espacios intercelulares, el citoplasma forma cristales que rompen la membrana y dañan la célula irreversiblemente. Un cuerpo congelado, pese a su aspecto posiblemente saludable, tiene las células destruidas y no se puede recuperar. Está definitivamente muerto.

Criopreservación.

Hace muchos años que sabemos cómo conservar algunos tejidos en frío sin que sufran esta clase de daños. En la actualidad se congelan normalmente materiales humanos como el semen, los óvulos, los embriones o la sangre para su utilización posterior. Fue James Lovelock –el de la Hipótesis Gaia– quien se dio cuenta por primera vez de que el daño causado a los glóbulos rojos de la sangre durante la congelación estaba estrechamente relacionado con el ritmo de pérdida de líquidos por ósmosis; y propuso un mecanismo sencillo para impedirlo mediante la modificación de su salinidad. A Lovelock se le recuerda también por la invención del detector de captura de electrones, todo lo cual le pone intelectualmente bastante por encima de la mayoría de sus críticos.

Los órganos para transplantes también se suelen transportar refrigerados (aunque no congelados). En la actualidad, diversas técnicas médicas enfrían al paciente para reducir su metabolismo y ralentizar así los daños causados por un proceso patológico mientras se intenta corregir; como, por ejemplo, en la terapia cardio-hipotérmica.

La idea de congelar a un ser humano para resucitarlo con posterioridad es aún más antigua, y se deriva directamente de la momificación, de la observación de las propiedades conservantes del enfriamiento (por ralentizar o detener todas las reacciones químicas, incluyendo los metabolismos) y de los animales que se pueden hibernar e incluso congelar sin sufrir daños cuando vuelve el calor. El concepto ya fue acariciado por Ben Franklin y por los cosmistas rusos, pero no resultaría plasmado en su forma moderna hasta los años '60 del siglo XX, a raíz de los trabajos del científico norteamericano Robert Ettinger y del particular Evan Cooper; en esencia, ambos propusieron la congelación controlada del cuerpo humano para preservarlo durante un tiempo indefinido.

Los motivos para investigar estas técnicas son variados y potentes: la obligación ética de proteger la vida de un paciente por todos los medios posibles hasta que aparezca en el porvenir una manera de curarlo; la posibilidad de hacerlo hasta que se descubra algún modo de detener o revertir el envejecimiento; facilitar vuelos espaciales a grandes distancias u otras actividades de muy larga duración; avanzar en la medicina de urgencias; mejorar radicalmente la tecnología de conservación para transplantes, permitiendo así el surgimiento de bancos de órganos mucho mejores que los actuales; y otros muchos. Sus críticos también son diversos y fuertes, extendiéndose desde numerosos ámbitos de la ciencia (que lo consideran una remota posibilidad futura y las ofertas comerciales actuales, un simple fraude) hasta la religión, siempre recelosa ante todas estas cuestiones de la vida, la muerte y la reproducción que escapan radicalmente de sus tradiciones y capacidades.

El concepto es sencillo. Consiste en congelar un cuerpo humano o al menos su cerebro a la temperatura del nitrógeno líquido, en la que puede perdurar durante un periodo de tiempo muy largo, de tal manera que sea posible su descongelación y reanimación en el futuro. A partir de aquí, claro, empiezan las dificultades; y no sólo de índole científico-técnica, sino de orden humano común. Por ejemplo: es muy difícil hacer predicciones a largo plazo. Cualquier cálculo a más de veinte o treinta años vista resulta sumamente aventurado, y a más de cincuenta, fantasía.

La conservación del cuerpo y sus condiciones puede verse afectada por numerosos hechos frecuentes en la historia de la humanidad, como guerras y revoluciones de importancia o transformaciones sociales, políticas, ideológicas, religiosas y económicas. El hecho de que en la actualidad estos intentos sean cosa de entidades privadas incrementa la incertidumbre, pues éstas se hallan característicamente sujetas a vaivenes del mercado, la moda, cambios de modelo político-económico o simples cuestiones de éxito y fracaso empresarial. Cuanto mayor sea el plazo antes de la reanimación, mayores serán estas inseguridades: las pirámides de Egipto han perdurado cuatro milenios y medio, pero sus contenidos fueron saqueados antes de que transcurriese el primero (y por tal razón los siguientes faraones optaron por esconder sus enterramientos en desiertos remotos como el Valle de los Reyes, con parecido éxito: ninguno). Y eso que aquella fue una sociedad singularmente estable y ordenada, más lenta y con una duración mucho mayor que cualquiera de las modernas.

Técnicamente, el problema está también lejos de ser resuelto a pesar de la esperanza que nos aportan casos como el de Erika o Mitsutaka. Ambos, y sobre todo la primera, demuestran que es posible un proceso de congelación sin daño cerebral isquémico significativo; sin embargo, la razón exacta de que salieran tan bien parados aún no está clara. Hace poco, investigadores del Centro Fred Hutchinson de Investigación sobre el Cáncer propusieron que pudo deberse –paradójicamente– a que ambos quedaron acostados boca abajo sobre la nieve, con la nariz y la boca bloqueadas al menos parcialmente, y por tanto privados de oxígeno en alguna medida; al parecer, esta privación en condiciones de frío extremo podría lanzar un proceso denominado animación suspendida por anoxia inducida. Y aseguran haberlo aplicado con un 97% de éxito usando unos gusanitos cuyo metabolismo es muy parecido al nuestro.

Parte del problema de todo esto, claro, es que la experimentación aplicada resulta de lo más peliagudo. En todos los países del mundo, congelar a un ser humano hasta pararlo sin reanimarlo inmediatamente a continuación constituye –simplemente– homicidio. Y aunque no fuera así, mediante la incorporación de alguna exención voluntaria, ya estarían los comités de ética dispuestos a echarse las manos a la cabeza. Esto significa que sólo se puede congelar un cadáver, concepto que puede variar según países, costumbres y prácticas generalmente admitidas, pero que siempre implica parada cardiorrespiratoria previa y certificado de defunción. De la misma forma que no se permite la eutanasia en la mayoría de países por mucho que el paciente la pida, tampoco se permite la criogenización en vivo (pues, a efectos legales, sería una forma de eutanasia; no existe ninguna legislación que prevea un tercer estado suspendido además de vivo o muerto, y alguien que no respira ni palpita ni presenta actividad cerebral está técnicamente muerto, con lo que hallaríamos ante un homicidio por eutanasia).

Esto complica enormemente toda posible investigación y convierte a la criopreservación integral, hoy por hoy, en una forma de enterramiento; lo que genera sus propios problemas con las religiones, pues muchas de ellas no la admiten como práctica funeraria. Esto no es lo más grave. Lo más grave es que, al tener que esperar necesariamente a que el paciente esté legalmente muerto, se dificulta muchísimo cualquier posible intento futuro de reanimación (porque los tejidos están ya muy dañados y los procesos de descomposición, iniciados).

Pero, ¿está la criopreservación lo bastante avanzada como para empezar a plantearse estos problemas? Pues depende de quien lo diga. El mero hecho de que estas investigaciones estén tan severamente restringidas, por supuesto, retrasa toda la disciplina. En la actualidad existe la demostración palmaria de que una persona puede pararse en frío –como la pequeña Erika, que no es la única– sin sufrir daños cerebrales dignos de mención. Paralelamente, se está trabajando en las llamadas técnicas de vitrificación y en el uso de crioprotectores (sustancias similares a las que producen de manera natural los seres que son capaces de congelarse y descongelarse sin daños). Pero si alguien plantea directamente la pregunta "¿es posible hoy por hoy congelar a un ser humano con la perspectiva razonable de reanimarlo en el futuro?" la respuesta es "muy probablemente, no".

Sin embargo, hay matices a ese "no". En primer lugar, casi por definición –dado que no podemos prever el futuro– no es posible saber si en tal o cual década será posible reanimar cuerpos que hoy en día consideramos difuntos y bien difuntos; sí es posible predecir razonablemente que, cuanto menos dañado se encuentre el sistema nervioso central, más fácil resultará. Por otra parte, es posible que incluso pequeños avances en vitrificación y crioprotección representen saltos importantes en la posibilidad de criogenizar un cuerpo humano con expectativas sensatas de que se pueda resucitar. En tercer lugar, una apertura legal a la suspensión voluntaria (con las garantías que se quiera) podría acelerar significativamente estas investigaciones sin tener que estar pendientes de accidentes espantosos e incontrolados como el de la pequeña Erika. Que volvió del frío de la mano de la ciencia y, si ella pudo, otros podrán.

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jueves, 20 de mayo de 2010

Tecnologías supuestamente suprimidas: El motor de agua.

El agua es ya el resultado de una combustión y no se puede usar como combustible otra vez sin aportarle primero más energía de la que proporciona.


Son muchas las personas que piensan que determinadas tecnologías prometedoras han sido suprimidas por diversos poderes políticos o económicos, generalmente con el propósito de proteger sus inversiones o apuestas y –en los extremos ya más absurdos de la ilógica conspiranoica– por motivaciones siniestras de mucho mayor alcance. Desde que un servidor puede recordar, el motor de agua ha sido la más popular de estas tecnologías supuestamente suprimidas en la mitología social contemporánea.

En su forma original y más básica, la leyenda afirma que alguien inventó un motor capaz de funcionar usando agua corriente como combustible y éste fue suprimido por el poder mediante una diversidad de medios, según la imaginación del que lo cuenta: adquiriendo y enterrando la patente, comprando al inventor, matándolo, etcétera. El objetivo de esta supresión sería evidente: proteger a las grandes compañías energéticas y a los estados que tienen o puedan tener detrás, privando así al pueblo sencillo de una fuente de energía casi ilimitada, limpia y muy barata o gratuita por completo. Adquiere así características comunes en los mitos sociales, las leyendas urbanas y las conspiranoias.

Verne, Franco y los cuentistas.

El origen aparente de la leyenda resulta fácil de determinar: se halla en una obra notable de Julio Verne, La Isla Misteriosa, que ya planteaba en 1875 el problema del agotamiento de las energías no renovables. Entonces, uno de los protagonistas –un inteligente inventor llamado Ciro Smith– realiza las siguientes afirmaciones:
«Sí, amigos míos, creo que el agua se usará un día como combustible, que el hidrógeno y el oxígeno que la constituyen, utilizados aislada y simultáneamente, producirán una fuente de calor y de luz inagotable y de una intensidad mucho mayor que la de la hulla. Un día el pañol de los vapores y el ténder de las locomotoras en vez de carbón se cargarán con esos dos gases comprimidos, que arderán en los hornos con un enorme poder calorífico. No hay que temer, pues: mientras esta tierra esté habitada, suministrará elementos para satisfacer las necesidades de sus habitantes, los cuales no carecerán jamás de luz ni de calor, como tampoco de las producciones de los reinos vegetal, mineral y animal. Creo que, cuando estén agotados los yacimientos de hulla, se producirá el calor con agua. El agua es el carbón del porvenir.»
El carácter maravillosamente visionario de muchas de las creaciones de Julio Verne ha conducido a muchas personas a creer a pies juntillas cualquier afirmación que aparezca en las mismas, olvidando que se trata de obras de lo que hoy en día llamaríamos ciencia ficción próxima:  tomar elementos ya existentes en la ciencia y la técnica de tu tiempo y forzarlos en el presente o proyectarlos en el futuro hasta que te queda una historia de lo más estupenda y realista. Otro autor muy conocido de este género es Michael Crichton, entre muchos más.

Sin embargo, a diferencia de lo que se suele creer, Julio Verne no inventó nada. Verne era un escritor capaz con buena cultura científica y muy bien informado de lo que se cocía en su época, pero en sus libros no aparece nada que no se estuvieran planteando ya los científicos de su tiempo aunque fuese como conjetura. Esto le condujo a incontables aciertos y también a algunas –brillantes– meteduras de pata. La más conocida es la del viaje tripulado a la Luna mediante un disparo de cañón, que –además de impráctico– convertiría a los ocupantes en pasta cárnica para hamburguesas debido a la súbita aceleración. Y tiene perfecto sentido, porque cuando Verne escribió De la Tierra a la Luna (1865) aún faltaban casi cuarenta años para que el papi de la astronáutica Konstantin Tsiolkovsky publicara su obra clave La exploración del espacio cósmico por medio de dispositivos a reacción (1903). En cambio acertó plenamente con el lugar del lanzamiento –Florida–, pues en tiempos de Verne los Estados Unidos ya despuntaban como potencia científico-técnica y los matemáticos ya sabían que el lugar idóneo para este tipo de lanzamiento está cerca del ecuador.

Para este otro caso que nos ocupa, Verne se apoyaba en la hidrólisis del agua realizada por Michael Faraday en 1853. No obstante, en los tiempos de La Isla Misteriosa las Leyes de la Termodinámica –aunque ya conocidas– aún no se comprendían en profundidad ni estaban bien extendidas: la primera y segunda leyes acababan de formalizarse y el descubrimiento de la tercera tendría que esperar hasta principios del siglo XX. En 1875 las Leyes de la Termodinámica eran ciencia tan puntera y abstracta como lo que hoy en día se hace en el LHC; tanto que a Verne se le escapaba un poquito, lo que se plasma en varios otros lugares de sus obras.

Más intrigante y oscura es la vía por la que este error de Verne pasa a la mentalidad social colectiva en varios países de modo más o menos simultáneo. Parece –parece– que fue más popular en los países del Eje y sus aliados o simpatizantes, en torno a la Primera y Segunda Guerras Mundiales; entrelazándose con la injusticia nacional percibida de que nuestras patrias no dispusieran de recursos energéticos fácilmente accesibles, a diferencia de nuestros enemigos, los aliados (y de manera notoria, los Estados Unidos, el Reino Unido y la Unión Soviética). Es conocida la tendencia de la mente humana a inventarse –y creerse– fábulas cuando los hechos no concuerdan con sus miedos, prejuicios y deseos; de hecho, este ha sido siempre el principal motivo creador de mitos y religiones.

Así, en este tiempo y lugar surgieron numerosos intentos para lograr combustibles alternativos, extendiéndose desde la gasolina sintética nazi –basada en el proceso Bergius y practicable, pero económicamente ruinosa– hasta fraudes ridículos como la gasolina en polvo de origen vegetal que el estafador Albert von Filek le colocó a Franco. Otro ejemplo paradigmático de esta tendencia fueron los vórtices fluidos de Viktor Schauberger, que llegó a reunirse varias veces con Hitler antes de terminar en un campo de concentración o un hospital psiquiátrico, según fuentes.

Conforme el mundo desarrollado seguía su camino, fue dejando atrás estos sueños de autarquía energética por impracticables o ruinosos (en la foto de la derecha, una planta alemana abandonada de producción de gasolinas sintéticas). Sin embargo, en los países más pobres y menos desarrollados perduraron aún un poco más, apoyándose en el desconocimiento popular de las materias científicas. Así, en fecha tan tardía como 1970, aún tuvimos en España a un personaje llamado Arturo Estévez Varela que alcanzó cierta notoriedad social con exhibiciones de motores de agua más un aditivo secreto. En esta ocasión fue el mismo Franco quien ordenó a la prensa que dejara de darle pábulo, después de consultar al Colegio de Ingenieros Industriales, porque «ya se ha hecho bastante el ridículo».

Pero, inevitablemente, la idea permaneció en la mitología popular como ejemplo paradigmático de tecnología suprimida. Por ello, cuando los conspiranoicos anglosajones de la energía libre y gratuita comenzaron a dejarse oír en España y otros países latinoamericanos, nuestras sociedades estaban preparadas para darles un inmerecido crédito.

Los conspiranoicos de la energía libre y gratuita.

En el mundo anglosajón, la cosa del motor de agua (o con otros combustibles curiosos) fue siempre más propia de inventores particulares fracasados, sin llegar a alcanzar los ámbitos del poder que hemos visto en los entornos continentales. Hay cientos de patentes al respecto: varias oficinas de patentes anglosajonas son conocidas por pantentar todo lo que les presenten. En Estados Unidos, un padre patentó a nombre de su hijo de siete años la manera de balancearse en un columpio; en Australia, un abogado patentó la rueda. Y así, muchas más.

Estos inventores frustrados y quienes apoyan sus obras han venido a constituirse en un sector significativo del pujante movimiento conspiranoico, una industria muy rentable que deja significativos beneficios a una variedad de editoriales y productoras, por no mencionar a ciertos políticos y periodistas. En esta ocasión, el planteamiento del motor de agua se presenta bajo un aspecto un poco más sofisticado (esencialmente: más lioso) de tal modo que se camuflen mejor sus debilidades; y ha quedado incorporado en el apartado de supuestas supresiones de la energía libre y gratuita, una temática conspi habitual.

Esta nueva iteración se olvida ya de Julio Verne y de los Seat 600 con motor de agua para adentrarse en la tecnología de células de combustible acuosas de Stanley A. Meyer, que viene a ser lo mismo pero más rimbombante. Después de que un tribunal lo condenara a devolver 25.000 dólares a dos inversores que se sintieron estafados, y sobre todo tras su muerte súbita por aneurisma cerebral, Meyer se convirtió inevitablemente en un ídolo del sector conspi que aprecia estas cosas como verdadero científico asesinado por las fuerzas del mal.

Todas sus patentes en los Estados Unidos siguen disponibles y accesibles por Internet (5149407, 4936961, 4826581, 4798661, 4613779, 4613304, 4465455 y 4421474 y 4389981). En ellas, lo único que hace es liar por vías cada vez más complicadas un sencillo dispositivo de hidrólisis, que naturalmente consume energía en vez de producirla. Ninguna de ellas explica de qué manera se puede obtener energía en vez de consumirla –más allá de sus propias afirmaciones–, ni mucho menos determina el mecanismo de acción o el balance energético final. Esta ausencia de claridad sobre el mecanismo de acción y el balance energético es característica de las conspis con componente científico, que hemos visto recientemente en las numerosas chaladuras sobre el HAARP. En caso de duda, tú siempre pregunta cómo funciona, cuánta energía entra y cuánta energía final exige el trabajo. Así te mantendrás siempre al calor de las leyes de la Termodinámica. ;-) En la imagen podemos ver uno de los dibujos originales de Meyer, donde el fuel cell water capacitor desempeña la función de cajita mágica para la hidrólisis del agua en hidrógeno y oxígeno; ningún punto de las patentes detalla cómo lograrlo sin consumir más energía de la que se produce.

En general, los defensores de estas supuestas energías libres y gratuitas ignoran un hecho bastante simple: las regiones próximas a la corteza terrestre son ya muy estables, resultado de miles de millones de años de violentísimas reacciones. Debido a esa razón, han quedado en un estado bajo de energía (y si fuera más alto, nos mataría): ya han generado y consumido la mayor parte de la energía que podían generar y consumir con facilidad. Por eso, sus reacciones son ahora lentas y progresivas; también por eso, nos resulta tan difícil encontrar fuentes cercanas de energía concentrada y fácilmente disponible. Los hidrocarburos son un regalo de Mamá Naturaleza, que no se repetirá pronto.

Pero entonces, ¿por qué no puede ser?

La razón fundamental de que el motor de agua no sea practicable es en realidad muy sencilla. Simplemente, el agua ya es el resultado de una combustión, ocurrida durante miles de millones de años, a lo largo de buena parte de la historia del universo. El agua es H2O: o sea, hidrógeno oxidado (quemado con oxígeno). El hidrógeno primordial y el oxígeno estelar se combinaron para formar agua, liberando energía en el proceso: este es el origen del líquido elemento. Al agua, por tanto, no le queda apenas energía química que liberar: se encuentra ya en un estado base muy estable. A todos los efectos prácticos, es una ceniza resultante de la combustión del hidrógeno en presencia de oxígeno a lo largo del tiempo.

Para transformar el agua de nuevo en hidrógeno y oxígeno capaces de liberar energía al combinarse otra vez, primero hay que desensamblarla –hidrolizarla– aportándole la misma energía que cedió más un porcentaje adicional, con objeto de compensar las pérdidas inevitables. Por muchos trucos que intentemos, por muchos pasos que incorporemos, por mucho que compliquemos el proceso, el balance energético final será el mismo: si quieres que el agua libere energía, tienes que aportársela primero, porque la suya ya la perdió cuando se formaba. Lo contrario implicaría una violación radical de la primera y la segunda leyes de la termodinámica, que en este universo nos vemos obligados a respetar: estaríamos ante una máquina del movimiento perpetuo, imposible por esta misma razón.

Obviamente, existe una vía para obtener grandes cantidades de energía del agua, o más bien del hidrógeno que contiene: la fusión nuclear. En este caso la cosa cambia, pues saltamos de procesos químicos a procesos físicos, enormemente más energéticos. Por supuesto, no hay en esto violación alguna de las leyes de la termodinámica, dado que hablamos de reacciones de naturaleza completamente distinta: la energía que el agua perdió al formarse durante la larga historia del universo (lo que le impide servir como combustible convencional) era de naturaleza química, no física (lo que, una vez hidrolizada, permitirá su uso como combustible nuclear cuando la fusión esté lista).

Alternativamente, podría decirse que la energía hidroeléctrica o maremotriz se obtiene del agua, pero evidentemente no estamos hablando de esto. En esta variante, la energía no está en el agua, sino en la energía cinética o potencial de su masa: funcionaría igual con cualquier otra cantidad de materia análoga.

Pero a nivel químico –que es lo que permite funcionar a un motor convencional, no nuclear– el agua no sirve como fuente energética por el simple motivo de que ya la cedió casi toda durante su formación. No le queda energía para suministrarnos. Y por ello el motor de agua, a pesar de lo muy querido que pueda resultar para la mitología popular, simplemente ni pudo, ni puede, ni podrá ser.

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lunes, 18 de enero de 2010

Aquella vez en que no fuimos muchos más de mil.

Eventos ligados a nuestra extinción. O casi.


En el corazón de cada una de nuestras células, de lo que somos, acecha un misterio inquietante. El estudio del ADN mitocondrial –que se transfiere de madres a hijas desde el principio de la reproducción sexuada– ha establecido repetidamente que todos nosotros, tú y yo, estamos emparentados con una misma hembra homo sapiens que vivió en África hace entre 140.000 y 200.000 años: la llamada Eva mitocondrial. Esto se pudo determinar gracias a que el ADN mitocondrial acumula mutaciones capaces de transferirse a la siguiente generación una vez cada 3.264 años aproximadamente. Contando el número de mutaciones que separan a los humanos más distantes genéticamente entre sí, fue posible establecer esta datación.

No sólo eso. El estudio del cromosoma Y –que se transfiere de padres a hijos– ha permitido descubrir también que hace entre 60.000 y 90.000 años vivió también en África un cierto Adán cromosómico-Y, con el que todos estamos igualmente emparentados. La técnica del reloj molecular es determinante para conocer estas fechas.

Hay mucha gente que ha oído campanas sobre este asunto, pero con frecuencia de forma distorsionada. Por ejemplo: en contra de lo que muchos creen, esto no significa que Eva mitocondrial fuera la única hembra que vivió en su momento, como tampoco Adán cromosómico-Y fue el único macho de su tiempo; ni se puede afirmar que ambos coincidieran en el tiempo: les separan de 60.000 a 140.000 años . Lo que sí significa es que todos estamos emparentados al menos a través de ellos, y para que pudiera darse un caso así, tuvimos que ser muy pocos en esos momentos. Muy, muy pocos. Menos de quince mil. Según algunos autores, poco más de mil, de los cuales la mayor parte serían niños. Eso quiere decir que al menos en dos ocasiones habríamos debido estar en la lista roja de la IUCN como especie en peligro de extinción. Si hubiera habido algún observador externo en esos momentos, es muy posible que la enorme dificultad de encontrar alguna pareja humana sobre la faz de este mundo le hubiese conducido a pensar que estábamos en peligro crítico o, simplemente, extinguidos.

Este fenómeno de coalescencia genética se puede observar muy bien en la actualidad gracias al estudio de especies que estuvieron recientemente en peligro de desaparecer, como el bisonte europeo, el elefante marino del norte, el guepardo o el hámster dorado. Incluso se puede estudiar en los animales domésticos de pura raza, a quienes los criadores inducen un cuello de botella genético artificial por el método de cruzarlos únicamente con otras parejas de similar pedigrí.


En resumen: que, según estos indicios y otros más, hubo dos veces en que fuimos muy poquitos: un grupo o algunos minúsculos grupos interconectados vagando por los bosques africanos en un intento desesperado de sobrevivir. Quien hubiera observado entonces a aquellas lamentables criaturas difícilmente habría podido imaginar que, unos milenios después, sus descendientes tendrían problemas de sobrepoblación en un mundo plagado de ellas por todas partes.

Eva mitocondrial nos es de utilidad –entre otras muchas cosas, bastantes de ellas con interesantes aplicaciones en medicina genética– para ubicar y poner fecha al momento y lugar aproximados en que el homo sapiens sapiens surgió en el planeta Tierra. Adán cromosómico-Y nos cuenta un relato distinto: el de aquella otra vez en que casi nos fuimos de aquí. Pero, ¿por qué?

La hipótesis Toba.


Hace entre 700 y 750 siglos, la Caldera de Toba (que actualmente se halla en la Isla de Sumatra, Indonesia) estalló en la erupción volcánica más poderosa de los últimos dos millones de años. Liberó un gigatón de energía (aproximadamente la mitad que todas las armas nucleares existentes en la actualidad, juntas) y propulsó a los cielos materia suficiente para cubrir toda Indonesia y partes de Malasia con seis metros de cenizas o más y el subcontinente indio entero, con quince centímetros. Entre otras cosas, emitió a la atmósfera cien millones de toneladas de ácido sulfúrico, provocando una lluvia ácida masiva.

Para que nos hagamos una idea, la erupción volcánica más potente de los tiempos históricos –la del Tambora, no muy lejos de allí, en 1815– fue unas diez veces más pequeña, y aún así provocó graves efectos climatológicos. Este fue el año sin verano debido a que los gases y cenizas taparon la radiación solar por todo el mundo, provocando pésimas cosechas y la muerte de mucho ganado por la pérdida de los pastos, lo que causó la peor hambruna del siglo XIX en Europa, Norteamérica, China y otros muchos lugares.

La hipótesis Toba vincula la explosión de este volcán con una gran mortandad de aquellos humanos primitivos que pudo empujarnos al borde de la extinción hace de 70.000 a 75.000 años, precisamente en los tiempos del Adán cromosómico-Y. Según este análisis, aquella erupción volcánica pudo dejarnos durante varios años compitiendo por unos escasos restos de comida con el resto de animales, con los corredores ecológicos dislocados, ateridos de frío entre la bruma y las tinieblas; una situación análoga a la que produciría una guerra termonuclear total a pequeña escala, aunque sin radiactividad. Cualquiera diría que, realmente, se pareció mucho a un evento ligado a la extinción.

El largo cuello de botella.

Otros autores, en cambio, opinan que el suceso de Toba no fue más que la puntilla en un largo proceso de alta presión evolutiva que afectó al homo sapiens sapiens y sus inmediatos ancestros durante una buena parte de su existencia. El número de fósiles humanos durante los primeros 100.000 años que pasamos aquí es francamente reducido, muy distinto de lo que cabría esperar en una especie que ha demostrado sobradamente su capacidad de reproducirse más allá de la sensatez. Los rápidos cambios que condujeron desde los primeros homo erectus al humano moderno nos hablan también de una evolución acelerada, lo que sería compatible con un entorno muy hostil que exigía constantes adaptaciones al medio. Hawks, Hunley, Lee y Wolpoff proponen, incluso, un cuello de botella de dos millones de años de duración –la práctica totalidad de la presencia homínida en este planeta–, donde Toba sólo sería una anécdota y los tiempos presentes, una excepción; o, al menos, una serie constante de cuellos de botella a lo largo de nuestra prehistoria.



Los estudios paleoclimáticos apuntan a que África sufrió una serie de sequías mayores durante un larguísimo periodo, desde hace 135.000 años hasta hace 90.000. Recientemente se ha apuntado que estos u otros fenómenos mantuvieron a las poblaciones humanas muy reducidas y aisladas entre sí, llegando incluso a estar a punto de dividirse en dos especies distintas. En todo caso, parece claro que hasta la Edad de Piedra Tardía, durante el Paleolítico Superior, no comenzamos a multiplicarnos y extendernos significativamente. O, dicho de otra manera, sólo comenzamos a abandonar el borde de la extinción cuando fuimos capaces de desarrollar las tecnologías de la revolución paleolítica.

Provistos de estas herramientas que nos facilitaban la supervivencia, pudimos abandonar África por segunda vez, como nuestros antepasados homínidos lo habían hecho algún millón de años antes. Así terminaríamos llegando a Eurasia, donde desplazamos al Neandertal. O, más probablemente, lo exterminamos, pese a lo que digan las –cada vez más difíciles de sustentar– hipótesis de absorción. Buenos somos nosotros cuando nos disputan la tierra, el cielo y el mar.

Hipótesis multirregional frente a hipótesis africana.

En el mundo científico ya prácticamente no quedan defensores de la hipótesis multirregional, según la cual el ser humano habría evolucionado en distintos lugares de manera más o menos simultánea, a partir de los homínidos precedentes que salieron de África mucho antes. Merece la pena mencionarla por motivos históricos, pero tanto los estudios paleoantropológicos como sobre todo los genéticos hacen muy difícil ya sustentarla. Específicamente, estos análisis del ADN mitocondrial y el cromosoma Y nos hablan de una población humana reducida y estrechamente emparentada durante la mayor parte de nuestra existencia, lo que no sería el caso si hubiéramos evolucionado en lugares y momentos diferentes.

Según casi todo lo que sabemos en la actualidad, somos por dos veces africanos. La primera vez, cuando el homo habilis, el primer constructor de herramientas, evolucionó en la Cuenca de Olduvai (actualmente, Tanzania) a partir de los australopitecos precedentes. Estos homos y sus sucesores permanecieron en África, aunque algunos de ellos fueron saliendo lentamente hacia otras latitudes para ir transformándose en otras especies como, por ejemplo, el Neandertal. La segunda vez fue cuando homo sapiens sapiens evolucionó a su vez en algún punto del África subsahariana y, tras sobrevivir a estos cuellos de botella, se dotó de nuevas herramientas y conquistó el mundo.


Es bueno recordar de dónde venimos, entre otros motivos para hacernos una idea de a dónde vamos. Somos una especie delicada, que depende enormemente de la estabilidad medioambiental y de su ciencia y su tecnología para sobrevivir en la inmensa mayoría de los lugares que ocupamos, y no digamos ya para intentar vivir en otros. Hubo al menos una vez en que, siendo ya como somos tú y yo, estuvimos muy cerquita de extinguirnos. Y todos nosotros, todos los que sobrevivimos, somos mucho más parientes de lo que algunos quisieran saber. De todo esto no hace millones de años. Por aquel entonces, ya estábamos tallando diseños geométricos en las piedras de África del Sur, que treinta mil años después se convertirían en el en arte rupestre de Namibia, Francia y otros lugares; y, sesenta y pico mil después, en las pirámides de Egipto y los ziggurats de Mesopotamia. Quienes vivieron aquello ya eran como nosotros y vivían de manera muy parecida a la de algunas de las comunidades más primitivas del presente. Ya eran nosotros.

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domingo, 29 de noviembre de 2009

El calendario maya y otras maneras de contar hasta el fin del mundo

Tiempo y medida del tiempo son cosas distintas.

Según el Calendario de Cuenta Larga Mesoamericano, hoy es
....
(Script cortesía del Fourmilab)


Dicen algunos que, cuando este calendario marque 13.0.0.0.0, el 21 de diciembre de 2012 (lo que viene a ser la figurita de la izquierda en jerogrífico maya), algo le pasará a nuestro mundo. Uno, que va peinando alguna cana (¿algún amable lector o lectora conoce algún método eficaz de liquidarlas, malditas sean?) ya ha sobrevivido a algunos días del Juicio Final según los esclarecidos profetas habituales. Recuerdo especialmente las muchas que hubo a principios de los años '80, quizá porque yo empezaba a ser un chaval en aquellos tiempos y consiguieron impresionarme.

Mi difunto señor padre, hombre sencillo aunque con gran interés por el mundo que le rodeaba y talante cachondo, llegó a espetarle una vez a cierta damisela que trataba de convencernos de que el mundo se terminaría en la Nochevieja de 1983: "el 1 de enero de 1984 voy a tu casa y te echo un polvo." Según supe tiempo después, fue demasiado caballeroso para ir a exigirle el pago de la apuesta (y eso que era viudo y no tenía que dar explicaciones a nadie). De risas, le pregunté el porqué, y repuso: "bastante hecha polvo estaría la pobre". Cosa que en su día se me antojó extrañamente enigmática.


No he logrado identificar de qué olla de grillos en particular se había escapado esta joven, pero más por hastío que otra cosa: ha habido decenas, cientos, miles de predicciones del fin del mundo, el fin de los tiempos o lo que cada uno se imagine para tales eventos del juicio final. Los testigos de Jehová han sido especialmente prolíficos a la hora de meter la pata hasta el corvejón con sus profecías fallidas: 1914, 1915, 1918, 1920, 1925, 1941, 1975 y 1994 se cuentan entre las fechas propuestas por la Sociedad Atalaya de Pennsylvania para tan extraordinario suceso. Cualquiera diría que desde esa atalaya no se ve muy bien. Después de perder aproximadamente la mitad de sus fieles con cada una de estas pequeñas equivocaciones en las que miles de personas habían comprometido sus vidas y fortunas, han decidido ya sumarse a la corriente mayoritaria entre los protestantes milenaristas y decir que "ningún hombre puede saber cuándo, pero pronto."


No han sido los únicos. A los milleristas y quienes se han dejado influir por ellos les va mucho la marcha del fin del mundo: Adventistas del Séptimo Día, mormones y otros muchos vienen creyendo en un inminente fin de los tiempos y en uno u otro momento adelantaron fechas para sus seguidores. Se ve que el Gran Chasco de 1844 no fue suficiente lección. La Iglesia Católica –más sabe el diablo por viejo que por diablo– también picó en sus tiempos, pero aproximadamente desde el siglo IV consideraron heréticos tales planteamientos. Sin embargo, ello no impidió el pánico del año 1000 (los historiadores debaten sobre su alcance, pero lo hubo), o que el Papa Inocencio III (1161-1216) advirtiera del fin del mundo en 1284 como parte de la campaña de propaganda para la Quinta Cruzada, a través de su encíclica Quia Maior. Tampoco evitó que en el siglo XVI algunos eclesiásticos usaran una supuesta profecía de San Malaquías para tratar de imponer un Papa; esta es la famosa Profecía de los Papas, que por cierto anda a punto de caducar: sólo quedarían el presente y otro más. O el decepcionante Tercer Secreto de Fátima, que al final no fue ni chicha ni limoná y vale lo mismo para un cosido que para un fregado.

Tampoco es de extrañar que, en una cultura cuyo libro sagrado termina con una profecía apocalíptica –la Revelación de San Juan– el número de personas tratando de poner fecha a tan notable evento u otro parecido haya sido elevado. El más conocido de todos ellos es, indudablemente, el médico y astrólogo occitano Miquèl de Nostredame, conocido en francés como Michel de Nôtre-Dame y en casi todos los idiomas por su latinización Nostradamus. Aunque Nostradamus no predice propiamente un fin del mundo, y de hecho, es tan críptico que no predice nada en particular, las pocas veces en que dio una fecha para algún suceso apocalíptico, no parece que ocurriera gran cosa:
 
X Centuria, Cuarteta LXXII en Les Propheties de M. Michel Nostradamvs, Benoist Rigaud, Lyon, 1568. El texto (en francés antiguo) se traduce como "El año 1999, a los siete meses | del cielo vendrá un gran Rey terrorífico | resucitar el gran Rey de Angolmois | antes después Marte reinar por dicha". Además de que el texto es indescifrablemente ambiguo, en julio o agosto de 1999 no parece que ocurriera nada por el estilo sin retorcer mucho el lenguaje.
A lo largo del último medio siglo vivimos bajo una amenaza que fue lo más parecido a un verdadero aviso del apocalipsis, pero no se trataba de una profecía, sino de algo mucho más palpable: el riesgo de que una guerra nuclear a gran escala ocasionara inmensa mortandad y devastación, pudiendo llegar a la extinción de la especie humana en sus formas más extremas. Sin embargo, hasta el día presente hemos sido más cuerdos que todo eso y las armas preparadas para la última de todas las guerras siguen dormitando pesadillas neutrónicas en sus lanzadores y almacenes. No obstante ello, de manera acorde al signo de los tiempos, fue la primera vez en que todos comenzamos a creer en una profecía apocalíptica laica, no religiosa. Naturalmente, pronto comenzaron a surgir otras menos tangibles, a caballo entre la pseudociencia y la religión; muy propio de la evolución sincrética a donde están yendo las sociedades occidentales en materia espiritual.


Esto ya venía notándose entre grupúsculos de naturaleza esotérica, astrológica, contactista y demás, pero se manifestó con toda claridad en el año 2000 –a los milenaristas, por motivos obvios, les encantan los números exactos–. Todos recordaremos que, debido a unos supuestos fallos informáticos en cadena derivados de la fecha de dos dígitos que caracterizaba a la mayoría de ordenadores de su tiempo, el mundo tal y como lo conocemos se iba a terminar primero en la Nochevieja de 1999 y luego con el cambio de siglo. Lógicamente, los técnicos tomaron las precauciones oportunas, se hicieron las modificaciones necesarias, se corrigieron los fallos aparecidos y el mundo prosiguió su curso exactamente como el día anterior.

Desacreditadas las profecías religiosas, y saturado el público del temario habitual de Papas y cuartetas, quienes se ganan la vida con esto del milenarismo tuvieron que recurrir a saberes más olvidados y exóticos para mantener la clientela. El problema es que cuando uno se sale del entorno cultural de las grandes religiones monoteístas occidentales (cristianismo, judaísmo, islamismo y el zoroastrismo que impregna a las tres) el concepto de fin del mundo no es tan popular, pues les resulta bastante ajeno. Por ahí fuera creen en ciclos kármicos, ruedas de la vida y cosas así, lo que resulta difícil de conciliar con gloriosas Segundas Venidas o durísimos Días del Juicio Final. El sincretismo, una vez más, es la solución: buena parte de la literatura apocalíptica habla ya de cambios de ciclo o transformaciones de paradigma, normalmente relacionados con un suceso catastrófico pero no tanto y echando a la cazuela astrología, pseudociencia y elitismo. Lo mejor de todos los mundos, vaya.

La profecía de los mayas de 2012.


En esta búsqueda de nuevas fuentes de inspiración aptas para el gran público, los apocalípticos se encontraron con el Calendario Mesoamericano de Cuenta Larga, inventado probablemente por los olmecas pero conocido gracias a su vinculación con la cultura maya. Para usos cotidianos, los mesoamericanos precolombinos usaban un calendario religioso de 260 días y otro civil, solar, de 365. Pero ninguno de ellos servía para contar años, por lo que sus astrónomos crearon un calendario perpetuo con objeto de referirse a fechas lejanas en el pasado o en el futuro. Este es el Calendario de Cuenta Larga en cuestión.


La verdad es que el asunto da para un buen argumento. Los mayas fueron un pueblo nativo americano, surgido en lo que hoy en día viene siendo México y parte del extranjero, donde acostumbraban a vivir hasta la llegada del Conquistador. Curiosamente no conocían la rueda, pero parece que fue lo único en lo que no cayeron: estaban ocupados creando grandes ciudades, ziggurats llenos de jeroglíficos y una asombrosa astronomía más o menos en la época en que aquí los visigodos agonizaban para dejar paso al musulmán. Sus matemáticos conocieron el número cero y sus escribas redactaban la historia y los mitos de aquella cultura. Tenían una religión cañera, con sacrificios humanos y todo. Y lo que es más raro: en el siglo IX, a pesar de hallarse en plena expansión civilizatoria, los mayas meridionales abandonaron todo –incluso grandes expansiones urbanas en construcción– para desaparecer en las selvas. Se habla de un colapso ecológico agravado por cierta pertinaz sequía, pero en realidad nadie tiene ni idea del porqué. Lo que se encontró el Conquistador fue un pueblo en completa decadencia, fácil de invadir y asimilar, casi un okupante de todas aquellas riquezas antiguas.

El Calendario Largo que nos ocupa fue uno de los logros de estos olvidados mayas o sus predecesores olmecas. En su conjunto, puede usarse para calcular fechas durante cientos de miles de millones de años. Lo cual se nos antoja especialmente inquietante, sobre todo si tenemos en cuenta que por aquella época todo el mundo pensaba que el mundo tendría unos miles de años y los abismos cósmicos que hoy en día nos resultan naturales ni siquiera se habían empezado a sospechar. Por otra parte, claro, el hecho de que alguien elabore matemáticamente un sistema de contar hasta casi el infinito no implica que sepa lo que hay hasta casi el infinito. Más quisiéramos.


Al igual que el calendario occidental arranca en el año (falso) de nacimiento de Cristo, el Calendario Largo cuenta a partir de lo que nosotros llamaríamos el 11 de agosto del 3.114 a.C. Esta fecha se correspondería con un mito maya de la creación, y el Calendario Largo la expresa como 13.0.0.0.0 en su versión abreviada y 13.13.13.13.13.13.13.13. 13.13.13.13.13.13.13.13. 13.13.13.13.0.0.0.0 en la completa. Como hemos visto, la versión abreviada consta de cinco cifras, y era la de uso más corriente. Usando la versión abreviada, hay otra fecha que se podría indicar como 13.0.0.0.0: el 21 de diciembre de 2012 según el calendario común.

Y eso es todo. La profecía maya del 2012 se sustenta por completo en esta observación.

Si no ha estado expuesta a los envoltorios de misterio comercial y esoterismo de andar por casa, cualquier persona contestaría: "bueno... ¿y qué?" O sea, la versión abreviada de la Cuenta Larga marca otro 13.0.0.0.0 en torno al solsticio hiemal de 2012, así como la versión abreviada del calendario occidental marca 31 de diciembre cada Nochevieja, 1 cada vez que empieza el mes o lunes siempre que comienza la semana. Significa que cambiamos de baktun, igual que todos los siglos cambiamos de siglo, con la única diferencia de que un baktun dura 394 años y pico. Ya está. Nada más que decir, a menos que seas un vendedor de miedos, en cuyo caso te sacarás de la manga alineamientos galácticos (o de agujeros negros, que da más yuyu) corrientuchos para presentarlos como inquietantes; el fliposo planeta Nibiru de los contactados o su más cutre versión hispánica, el Hercólubus del Venerable Maestro Rabolú (no es coña); inversiones geomagnéticas relacionadas con el máximo solar (que se da cada 11 años y, por cierto, cae en 2013, no 2012); o delirantes disquisiciones sobre la numerología, el I Ching, el Hunab Ku o la mitología del Popol Vuh.


En realidad, cualquier cosa que suene bien para impactar a las almas cándidas olvidando que hablamos simplemente de un "arrancar la hoja del calendario" en versión mesoamericana antigua. Entre estas almas cándidas, por cierto, no se cuentan los descendientes genuinos de los mayas, que pasan bastante de todo el asunto (excepto los que aprovechan el invento para sacarle algún dólar, muy legítimamente, a los bobos del Primer Mundo en busca de la verdad).

Y es que los antiguos astrónomos olmecas y mayas –y quizá sus remotos descendientes– jamás habrían caído en semejante error: mezclar el tiempo con la forma de contar el tiempo, una tontada antropocéntrica que sólo las clases medias occidentales mal leídas y peor estudiadas podían pergeñar. Aunque algunos tengan carrera y todo, y por eso se crean el más sabio del lugar. Como dice Rafa Pla, hay mucha gente que pasa por la universidad, pero la universidad no pasa por ellos. O ellas. Veámoslo.

Del tiempo y de la manera de contar el tiempo.


El tiempo es un concepto que se les atraganta a muchos, e incluso algunos creen erróneamente que es una construcción arbitraria de la mente humana, recogiendo a sabiendas o sin saberlo las enseñanzas del budismo y de algunos sofistas griegos (si así fuera, entonces, ¿cómo habría evolucionado el universo hasta el momento en que los humanos pudimos surgir?). El tiempo es una dimensión, como lo son las del espacio, y sobre estas dimensiones espaciotemporales se desarrolla la realidad: el marco de referencia universal, por así decirlo. Se trata de una magnitud fundamental estrechamente relacionada con el calor y la entropía, siguiendo la Segunda Ley de la Termodinámica; fue la bajísima entropía del universo primigenio quien determinó la presente flecha del tiempo que avanza en un solo sentido.

Lo que pasa es que los humanos, para manejarnos con las magnitudes, inventamos unidades de medida. Nos sirven para saber cuánto hay de una magnitud determinada –tiempo, espacio, energía, masa, lo que sea– y éstas sí son esencialmente arbitrarias, creadas por el ser humano y dependientes de la cultura. El metro, por ejemplo. Un metro no es el espacio, sino una forma humana de medir una cantidad de espacio. Lo inventó en 1675 el científico veneciano Tito Livio Burattini, describiéndolo como la longitud de un péndulo de segundos.


Es cosa sabida que diversas culturas utilizan distintas maneras de medir el espacio, de manera igualmente eficiente, puesto que como descripción arbitraria que es funciona igual de bien o mal usemos la que usemos. Este es el caso de los anglosajones con su conocido Sistema Imperial en millas, pies y pulgadas, surgido de los navegantes marítimos y especialmente bien adaptado para barcos y aviones. O las unidades históricas, que a nuestros tatarabuelos les servían bien: la legua, el pie castellano, la toesa, la versta, al igual que la hanegada o fanega de tierra para el área, y el celemín o la arroba para el peso y el volumen. A decir verdad, la única gracia significativa del metro es que, como parte del sistema métrico decimal, resulta muy fácil convertir unas unidades en otras, a diferencia de lo que sucedía con estas medidas tradicionales.

Pero un metro no es el espacio. Confundir el espacio con la manera de medir el espacio es un error. Pensar que las unidades de medida humanas tienen algún efecto sobre el espacio, sus propiedades, su naturaleza o las cosas que suceden en él, una idea insólita y descabellada (a menos que este conocimiento nos permita modificar la realidad a través de la tecnología).


Lo mismo ocurre con el tiempo. Sólo que el caso del tiempo es aún más inaprehensible para los sentidos. Por lo general, desde muy antiguo se vincula a los ciclos de la luna, el sol y las estrellas, esto es, a fenómenos cíclicos de fácil observación con períodos percibidos como estables. Esto viene sucediendo desde mucho antes de que supiéramos que las órbitas de los astros se vienen a comportar como un "péndulo" muy preciso gracias a sus enormes masas gravitacionales. El paso de un día es obvio para cualquiera que tenga ojos en la cara, pero su duración varía a lo largo del año. Existen indicios de que venimos usando el mes lunar desde el Paleolítico, entendido como el tiempo que transcurre entre inicio de cuarto creciente e inicio de cuarto creciente. El año es también bastante antiguo, aunque ya requiere un poquito más de astronomía para darse cuenta de que el sol y las estrellas hacen las mismas cosas una vez, más o menos, cada doce meses lunares (en realidad las hacemos nosotros, al describir una órbita completa alrededor de nuestra estrella). Los antiguos persas ya lo usaban con normalidad, y seguramente venimos utilizándolo al menos desde los inicios de la agricultura y la civilización.

Más delicado es el asunto de la hora, el minuto y el segundo; al no haber nada inmediatamente obvio a los ojos que los determinen, su medición ha sido mucho más arbitraria y variable entre civilizaciones. Nuestra hora actual la inventaron los egipcios, dividiendo por doce el tiempo en que hay sol en el cielo por imitación de los doce meses lunares que hay en un año, y nos ha llegado a través de griegos y romanos. Los sesenta minutos que hay en una hora y los sesenta segundos que hay en un minuto son probablemente invención babilónica, que contaban en base 60, pero no tuvieron gran utilidad hasta que hubo relojes modernos. Por el extremo contrario, el siglo de 100 años y el milenio de 1.000 han ido apareciendo y desapareciendo de la mano de las culturas que usaban sistemas decimales, y no se generalizó su uso hasta la llegada del calendario gregoriano de 1582, el que nos sirve en la actualidad.


El ámbito de civilización mesoamericano estaba radicalmente separado del conglomerado cultural del Levante-Mesopotamia-Egipto-Mediterráneo Oriental donde se gestó la civilización occidental, y no consta ningún contacto sostenido antes de que Colón llegara hasta allá. Por ello, utilizaron una manera de contar diferente, en base 18 y 20, que es precisamente este Calendario de Cuenta Larga que nos ocupa, dividido en kins (días), uinals (20 días), tuns (360 días), katuns (7.200 días) y baktuns (144.000 días). Cambiar de baktun, por tanto, viene a ser como cambiar de siglo en la cultura occidental.

Y, por supuesto, no significa nada más. Un baktun no es el tiempo, como no lo es el año o el milenio. Confundir el tiempo con su unidad de medida es también un error. Pensar que las unidades de medida humanas para el tiempo tienen algún efecto sobre el tiempo, sus propiedades, su naturaleza o las cosas que suceden en él, una idea insólita y descabellada. Por mucho que los apocalípticos del 2012 y buena cantidad de astrólogos insistan en lo contrario.


Y sin embargo, escuchando a sus proponentes, cualquiera diría que el mundo va a cambiar de bases o ser directamente aniquilado el 21 de diciembre de 2012. Es más: da la sensación de que lo estén deseando. Entonces me acuerdo de mi difunto padre y su enigmática contestación. Pues sí, cualquiera diría que están deseando que suceda algo, algo gordo. Como no creo que lleguen al extremo de desear que se acabe el mundo con tal de tener razón –aunque nunca se sabe–, pienso más bien que operan en ellos mecanismos típicos de la mentalidad mágica y conspiranoica. Por un lado, ese deseo de sentirse parte de una élite exclusiva e incomprendida, la calidez de saber algo que el resto del mundo no sabe, de tener una razón de fondo. Por otro, una profunda insatisfacción y sentimiento de injusticia en su relación con este mundo, deseando de forma oculta que verdaderamente ocurra algo que cambie todo y ponga las cosas en su sitio. Todo ello, claro, sin levantarse demasiado del sillón. Y también la necesidad de creer en cosas y fuerzas ocultas que dominan el devenir de los tiempos, ante la imposibilidad de comprender sociedades y conocimientos que se les antojan demasiado complicados: desear que su explicación personal cuadre.


Por todo lo que sabemos, la Tierra no se acabará hasta dentro de unos cinco mil millones de años, cuando se la trague el Sol. Y el universo... bueno, empezaremos a discutir de ello cuando vayamos por un uno seguido de cuatrocientos ceros de años. Lamentable o afortunadamente, y salvo catástrofe personal de alguno de nosotros, nos veremos por aquí el día 13.0.0.0.1, que vendrá siendo el 22 de diciembre de 2012. Será otro día más, el mundo seguirá su ritmo, los apocalípticos buscarán algún nuevo temor que satisfaga esas necesidades secretas de tanta gente. Y si eres guapa, déjate de fines del mundo, mándame un e-mail y lo celebramos al estilo de papá.  :-D








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