Criopreservación, crionización y animación suspendida.
En el invierno de 2001, siendo 24 de febrero, una bebé canadiense de trece meses llamada Erika Nordby cometió la mayor travesura de su corta vida; la clase de trastada infantil que debería haberla matado sin remisión. Mientras su madre dormía, Erika se escapó de la cuna y de la casa por la puerta trasera. Fuera, hacía veinticuatro grados bajo cero y ella ya no fue capaz de encontrar el camino de regreso al calor del hogar. Sólo llevaba puesto su pañal por toda protección.
La encontraron cuatro horas después convertida en un minúsculo montoncito de carne azul en medio de la nieve y el hielo, con una temperatura corporal de 16 ºC. Estaba, por supuesto, clínicamente muerta; llevaba al menos dos horas en parada cardiorrespiratoria. Pero como un intento in extremis de resucitación cardiopulmonar obtuvo algún resultado, la enviaron con la máxima urgencia al Hospital Universitario de Alberta en Edmonton. Allí, con técnicas de medicina intensiva avanzada y amplia experiencia en casos de hipotermia, consiguieron sacarla adelante.
Hoy en día, Erika tiene diez años y no recuerda nada, pues era demasiado pequeña para recordar; pero está bien, no le falta ninguna extremidad y no le han quedado secuelas. Como siempre en estos casos se habló de milagro (entonces, ¿estos otros qué fueron?) y hasta le dedicaron una canción. Erika gateó al frío, murió y regresó de entre los muertos agarrada a la mano de la ciencia. Y ella, a cambio, le hizo un regalo a la ciencia: la demostración palmaria de que es posible morir de frío y retornar sin daños significativos. De que, en último término, la animación suspendida podría tener alguna posibilidad más allá de la pura ciencia-ficción.
Morir y no-morir de frío.
Por supuesto, el caso de Erika no es único; pero sí, con mucha probabilidad, el mejor documentado y más extremo. En 2006, por ejemplo, un funcionario japonés llamado Mitsutaka Uchikoshi se fue con unos colegas a hacer una barbacoa en lo alto de los Montes Rokkō –un destino habitual para excursionistas–. Cuando llegó la hora de bajar los demás lo hicieron en teleférico, pero él decidió darse un paseo por la nieve hasta el valle. Uno podría pensar que el señor Uchikoshi, de 35 años de edad, se había pasado un pelín con el sake; aunque según los médicos sólo consumió agua mineral junto con el resto de productos propios de una barbacoa. El caso es que se perdió, resbaló sobre el hielo y se partió la pelvis. Lo encontraría un montañero veinticuatro días después, ensangrentado y medio sepultado por la nieve.
Sin embargo, Mitsutaka no estaba muerto. Debería haber muerto por al menos media docena de razones –entre ellas hipotermia, deshidratación, hemorragia interna, embolismo graso e inanición– pero presentaba algo de pulso, muy débil, y una temperatura corporal de 22 ºC. Trasladado a un hospital de Kobe, se repuso también por completo de sus lesiones y de haber estado expuesto a la intemperie con temperaturas tan bajas. En su caso no llegó a morir como la pequeña Erika –mantenía la actividad cardiopulmonar, aunque reducida a un mínimo–; lo cual es, si nos ponemos, casi aún más asombroso. Según sus declaraciones, "al segundo día, el sol se había ido... Estaba en un campo, y me sentía muy bien. Eso es lo último que recuerdo."
Los casos de Erika y Mitsutaka son excepcionales. Lo normal en semejantes circunstancias es morir definitivamente: la exposición al frío extremo puede acabar con una persona incluso en pocos minutos. Al menos hasta hace algún tiempo, los procedimientos operacionales de la OTAN para tiempos de guerra sólo contemplaban la búsqueda de un piloto derribado sobre el Atlántico Norte en invierno durante un máximo de una hora; prolongarla más sería una pérdida inútil de tiempo y recursos muy necesarios durante un gran conflicto, pues sin duda el pobre tipo estaría ya pajarito, sumergido en agua a cerca de 0 ºC.
En general, la hipotermia es un viejo enemigo que se nos lleva con facilidad y una extraña dulzura, esa sensación de bienestar que mencionó nuestro superviviente nipón. Se ha llamado de siempre la muerte dulce, pues al parecer hay un momento en que se deja de sentir el frío atroz y éste se ve reemplazado por una especie de fuerte borrachera muy agradable –señal de que te estás muriendo–. No es raro encontrar a los congelados con una sonrisa en la cara, que muchos creen rictus, pero según quienes han logrado sobrevivir se correspondería más bien a ese singular colocón. Y sin ropa: por algún motivo cerebral desconocido, tendemos a desnudarnos paradójicamente cuando nos estamos muriendo de frío.
Más allá de la muerte clínica –el momento en que se interrumpe la actividad cardiopulmonar– los tejidos congelados tardan bastante en morir del todo. En realidad, lo que ocurre cuando nos congelamos es una progresiva ralentización y finalmente paralización de los procesos metabólicos que nos mantienen vivos pero también de los de la muerte (pues unos y otros no son sino reacciones químicas que sólo pueden ocurrir dentro de un determinado rango de temperaturas, como cualquier otra). Con lo cual estamos ante una especie de parálisis inducida, que permite a algunos animales adaptados evolutivamente congelarse y descongelarse con normalidad.
Sin embargo, en humanos –y en los seres de sangre caliente en general– la cosa se complica, pues dependemos de una serie de complejos equilibrios térmicos para que nuestros órganos no sufran daños. De manera muy notoria, la parada cardiorrespiratoria –con la subsiguiente interrupción del flujo de oxígeno y nutrientes– provoca rápidamente graves lesiones isquémicas en el cerebro, que suele congelarse más tarde y por tanto sigue teniendo necesidades de suministro; el encéfalo queda destruido antes de detenerse también, lo que imposibilita la recuperación posterior. Esto es precisamente lo que hace extraordinario el caso de la bebé Erika, que estuvo parada durante más de dos horas.
Conforme la temperatura sigue descendiendo y baja de cero grados, se produce otra lesión masiva y definitiva: la destrucción celular. Por un lado, se forma hielo entre las células, separándolas y provocando daños mecánicos y químicos. Por el otro, si la velocidad de congelación excede la pérdida de agua por ósmosis a los espacios intercelulares, el citoplasma forma cristales que rompen la membrana y dañan la célula irreversiblemente. Un cuerpo congelado, pese a su aspecto posiblemente saludable, tiene las células destruidas y no se puede recuperar. Está definitivamente muerto.
Criopreservación.
Hace muchos años que sabemos cómo conservar algunos tejidos en frío sin que sufran esta clase de daños. En la actualidad se congelan normalmente materiales humanos como el semen, los óvulos, los embriones o la sangre para su utilización posterior. Fue James Lovelock –el de la Hipótesis Gaia– quien se dio cuenta por primera vez de que el daño causado a los glóbulos rojos de la sangre durante la congelación estaba estrechamente relacionado con el ritmo de pérdida de líquidos por ósmosis; y propuso un mecanismo sencillo para impedirlo mediante la modificación de su salinidad. A Lovelock se le recuerda también por la invención del detector de captura de electrones, todo lo cual le pone intelectualmente bastante por encima de la mayoría de sus críticos.
Los órganos para transplantes también se suelen transportar refrigerados (aunque no congelados). En la actualidad, diversas técnicas médicas enfrían al paciente para reducir su metabolismo y ralentizar así los daños causados por un proceso patológico mientras se intenta corregir; como, por ejemplo, en la terapia cardio-hipotérmica.
La idea de congelar a un ser humano para resucitarlo con posterioridad es aún más antigua, y se deriva directamente de la momificación, de la observación de las propiedades conservantes del enfriamiento (por ralentizar o detener todas las reacciones químicas, incluyendo los metabolismos) y de los animales que se pueden hibernar e incluso congelar sin sufrir daños cuando vuelve el calor. El concepto ya fue acariciado por Ben Franklin y por los cosmistas rusos, pero no resultaría plasmado en su forma moderna hasta los años '60 del siglo XX, a raíz de los trabajos del científico norteamericano Robert Ettinger y del particular Evan Cooper; en esencia, ambos propusieron la congelación controlada del cuerpo humano para preservarlo durante un tiempo indefinido.
Los motivos para investigar estas técnicas son variados y potentes: la obligación ética de proteger la vida de un paciente por todos los medios posibles hasta que aparezca en el porvenir una manera de curarlo; la posibilidad de hacerlo hasta que se descubra algún modo de detener o revertir el envejecimiento; facilitar vuelos espaciales a grandes distancias u otras actividades de muy larga duración; avanzar en la medicina de urgencias; mejorar radicalmente la tecnología de conservación para transplantes, permitiendo así el surgimiento de bancos de órganos mucho mejores que los actuales; y otros muchos. Sus críticos también son diversos y fuertes, extendiéndose desde numerosos ámbitos de la ciencia (que lo consideran una remota posibilidad futura y las ofertas comerciales actuales, un simple fraude) hasta la religión, siempre recelosa ante todas estas cuestiones de la vida, la muerte y la reproducción que escapan radicalmente de sus tradiciones y capacidades.
El concepto es sencillo. Consiste en congelar un cuerpo humano o al menos su cerebro a la temperatura del nitrógeno líquido, en la que puede perdurar durante un periodo de tiempo muy largo, de tal manera que sea posible su descongelación y reanimación en el futuro. A partir de aquí, claro, empiezan las dificultades; y no sólo de índole científico-técnica, sino de orden humano común. Por ejemplo: es muy difícil hacer predicciones a largo plazo. Cualquier cálculo a más de veinte o treinta años vista resulta sumamente aventurado, y a más de cincuenta, fantasía.
La conservación del cuerpo y sus condiciones puede verse afectada por numerosos hechos frecuentes en la historia de la humanidad, como guerras y revoluciones de importancia o transformaciones sociales, políticas, ideológicas, religiosas y económicas. El hecho de que en la actualidad estos intentos sean cosa de entidades privadas incrementa la incertidumbre, pues éstas se hallan característicamente sujetas a vaivenes del mercado, la moda, cambios de modelo político-económico o simples cuestiones de éxito y fracaso empresarial. Cuanto mayor sea el plazo antes de la reanimación, mayores serán estas inseguridades: las pirámides de Egipto han perdurado cuatro milenios y medio, pero sus contenidos fueron saqueados antes de que transcurriese el primero (y por tal razón los siguientes faraones optaron por esconder sus enterramientos en desiertos remotos como el Valle de los Reyes, con parecido éxito: ninguno). Y eso que aquella fue una sociedad singularmente estable y ordenada, más lenta y con una duración mucho mayor que cualquiera de las modernas.
Técnicamente, el problema está también lejos de ser resuelto a pesar de la esperanza que nos aportan casos como el de Erika o Mitsutaka. Ambos, y sobre todo la primera, demuestran que es posible un proceso de congelación sin daño cerebral isquémico significativo; sin embargo, la razón exacta de que salieran tan bien parados aún no está clara. Hace poco, investigadores del Centro Fred Hutchinson de Investigación sobre el Cáncer propusieron que pudo deberse –paradójicamente– a que ambos quedaron acostados boca abajo sobre la nieve, con la nariz y la boca bloqueadas al menos parcialmente, y por tanto privados de oxígeno en alguna medida; al parecer, esta privación en condiciones de frío extremo podría lanzar un proceso denominado animación suspendida por anoxia inducida. Y aseguran haberlo aplicado con un 97% de éxito usando unos gusanitos cuyo metabolismo es muy parecido al nuestro.
Parte del problema de todo esto, claro, es que la experimentación aplicada resulta de lo más peliagudo. En todos los países del mundo, congelar a un ser humano hasta pararlo sin reanimarlo inmediatamente a continuación constituye –simplemente– homicidio. Y aunque no fuera así, mediante la incorporación de alguna exención voluntaria, ya estarían los comités de ética dispuestos a echarse las manos a la cabeza. Esto significa que sólo se puede congelar un cadáver, concepto que puede variar según países, costumbres y prácticas generalmente admitidas, pero que siempre implica parada cardiorrespiratoria previa y certificado de defunción. De la misma forma que no se permite la eutanasia en la mayoría de países por mucho que el paciente la pida, tampoco se permite la criogenización en vivo (pues, a efectos legales, sería una forma de eutanasia; no existe ninguna legislación que prevea un tercer estado suspendido además de vivo o muerto, y alguien que no respira ni palpita ni presenta actividad cerebral está técnicamente muerto, con lo que hallaríamos ante un homicidio por eutanasia).
Esto complica enormemente toda posible investigación y convierte a la criopreservación integral, hoy por hoy, en una forma de enterramiento; lo que genera sus propios problemas con las religiones, pues muchas de ellas no la admiten como práctica funeraria. Esto no es lo más grave. Lo más grave es que, al tener que esperar necesariamente a que el paciente esté legalmente muerto, se dificulta muchísimo cualquier posible intento futuro de reanimación (porque los tejidos están ya muy dañados y los procesos de descomposición, iniciados).
Pero, ¿está la criopreservación lo bastante avanzada como para empezar a plantearse estos problemas? Pues depende de quien lo diga. El mero hecho de que estas investigaciones estén tan severamente restringidas, por supuesto, retrasa toda la disciplina. En la actualidad existe la demostración palmaria de que una persona puede pararse en frío –como la pequeña Erika, que no es la única– sin sufrir daños cerebrales dignos de mención. Paralelamente, se está trabajando en las llamadas técnicas de vitrificación y en el uso de crioprotectores (sustancias similares a las que producen de manera natural los seres que son capaces de congelarse y descongelarse sin daños). Pero si alguien plantea directamente la pregunta "¿es posible hoy por hoy congelar a un ser humano con la perspectiva razonable de reanimarlo en el futuro?" la respuesta es "muy probablemente, no".
Sin embargo, hay matices a ese "no". En primer lugar, casi por definición –dado que no podemos prever el futuro– no es posible saber si en tal o cual década será posible reanimar cuerpos que hoy en día consideramos difuntos y bien difuntos; sí es posible predecir razonablemente que, cuanto menos dañado se encuentre el sistema nervioso central, más fácil resultará. Por otra parte, es posible que incluso pequeños avances en vitrificación y crioprotección representen saltos importantes en la posibilidad de criogenizar un cuerpo humano con expectativas sensatas de que se pueda resucitar. En tercer lugar, una apertura legal a la suspensión voluntaria (con las garantías que se quiera) podría acelerar significativamente estas investigaciones sin tener que estar pendientes de accidentes espantosos e incontrolados como el de la pequeña Erika. Que volvió del frío de la mano de la ciencia y, si ella pudo, otros podrán.
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¿Microsoft? ¿Wal-Mart? ¿General Electric? ¿ExxonMobil? ¿Petrochina? Tonterías. Si esa gente te parece importante, es porque no conoces a estos.
Sede central de Saudi Aramco en Dhahran. En primer plano, la mezquita
Al-Mujjama. Detrás a la izda., el edificio de ingeniería; y a la dcha., las
dos torres que albergan la administración.
Es la empresa más grande del mundo, una de las que más beneficios deja, y constituye la infraestructura real de una de las peores tiranías del planeta. Nadie sabe hasta dónde llegan sus tentáculos, pero se le conocen inversiones y lobbies en todos los lugares donde se toman decisiones. Tras ella y a través de ella, un extenso clan de teócratas islámicos interviene libremente en los principales mercados globales sin que nadie les tosa ni un poquitín. Hablamos de Saudi Aramco, el gigantesco conglomerado petrolero, gasístico y financiero con sede en Dhahran. ¿Habías oído hablar alguna vez de ella?
Dios, Patria, Rey, Empresa.
Arabia Saudí es una monarquía absolutista al estilo tradicional, donde la religión, el estado, la casa real y Saudi Aramco constituyen un todo inseparable e indistinguible. Cuatro veces más extensa que España, ocupa la mayor parte de la Península Arábiga a caballo entre el Mar Rojo y el Golfo Pérsico. Sin embargo, su población es relativamente baja (veintiocho millones de habitantes, de los cuales 5,5 millones son inmigrantes extranjeros); se halla concentrada sobre todo en la capital Riad y en una estrecha franja de la costa oeste que se extiende desde Jizan, al sur, hasta Jeddah, La Meca y Medina en el norte. La mayor parte del país se encuentra fundamentalmente despoblada, pues está ocupada por el Desierto Arábigo. Este desierto contiene algunos de los lugares más alienígenas del planeta Tierra, como el inquietante Rub' al-Khali, el lugar vacío.
Aunque el país tiene una larga historia –que incluye, notoriamente, la creación del Islam y el Califato original entre La Meca y Medina a principios del siglo VII–, el estado moderno no se fundó hasta fechas recientes: 1932, para ser exactos. En realidad, fue una creación anglosajona a partir del Tratado de Darin (1915), que convertía los territorios bajo control del clan de los Ibn Saud en un protectorado del Imperio Británico. Gracias a ese apoyo, los Ibn Saud –una familia aristocrática tradicional con características culturales beduinas, que ya habían fundado un par de estados antecesores en el área– consiguieron dominar militarmente el territorio allá por 1926. Mediante el Tratado de Jeddah (1927), el Reino Unido reconoció la independencia del entonces llamado Reino de Nejd y Hejaz, bajo el dominio absolutista del monarca Abdul Aziz ibn Saud. Sus oponentes de la casa de los Rasheed –apoyados por el Imperio Otomano– fueron absorbidos o eliminados. En 1932, Nejd y Hejaz fueron unificados como la Arabia de los Saud. Es decir, Arabia Saudita.
El conflicto tuvo un componente religioso. Los Rasheed eran chiítas bastante corrientes; los Saud, sunitas en una versión especialmente estricta y reaccionaria conocida como wahhabismo (aunque ellos prefieren el término salafismo). El wahhabismo o salafismo es uno más de los supuestos retornos a los orígenes que las religiones presentan de vez en cuando, hasta cierto punto parecido a las ramas ultraconservadoras del protestantismo cristiano: reacción ante un clero corrupto y frente a innovaciones (como el sufismo), literalismo e inerrancia de su libro sagrado (para unos la Biblia y para otros el Corán), defensa de la pureza religiosa y los valores familiares tradicionales, oposición a la idolatría (incluyendo las imágenes, monumentos e iconos), oposición radical a cualquier forma de religión popular o tradicional (magia, talismanes, etc), denuncia del culto a los santos o cualquier otro intermediario ante su dios, así como severo puritanismo moral, social y sexual con elementos sexistas y clasistas muy fuertes.
Como consecuencia, el desarrollo de la identidad nacional saudí quedó estrechamente vinculado a este salafismo y a la Casa de Saúd, por oposición al chiísmo, a la Casa de Rasheed y a sus amigos otomanos (o sea: turcos). El país nunca se dotó de una Constitución, ni de instituciones independientes, ni de nada ni remotamente parecido a una separación de poderes, ni de separación entre iglesia y estado, ni de ninguna otra libertad, derecho o característica propia de un estado moderno; en el mundo musulmán, se sitúa así en el extremo opuesto de la Turquía de Kemal Ataturk que vino a reemplazar al Imperio Otomano. No fue hasta 1992, después de la Primera Guerra del Golfo, cuando Arabia Saudí promulgó por primera vez una Ley Básica a modo de Constitución para quedar bien ante sus aliados occidentales; sus artículos 1, 2, 3, 6,7, 8 y 9 rezan como sigue:
1. El Reino de Arabia Saudita es un estado árabe islámico soberano, y el Islam es su religión. Su Constitución es el Libro de Dios [el Corán] y la Sunnah [tradición] de su Profeta [Mahoma], que las oraciones y la paz de Dios sean con él. El árabe es su idioma y Riad, su capital. 2. Las festividades públicas del estado son el Id al-Fitr y el Id al-Adha [el último día del Ramadán y la celebración del sacrificio de Abraham]. Su calendario es el calendario de la Hégira. 3. La bandera estatal será como sigue: (a) será verde [el color del Islam]; (b) su anchura será igual a dos tercios de su longitud; (c) las palabras "No hay más que un Dios y Mahoma es Su Profeta" se inscribirán en el centro con una espada a sus pies [...]
6. Los ciudadanos deben lealtad al Rey de acuerdo con el Sagrado Corán y la tradición del Profeta, en sumisión y obediencia, en tiempos fáciles y difíciles, en la fortuna y en la adversidad. 7. El Gobierno de Arabia Saudí deriva su poder del Sagrado Corán y la tradición del Profeta. 8. [Los principios del] Gobierno de Arabia Saudí se sustentan en la justicia, la consulta y la igualdad según la Ley de Dios [Shari'ah]. 9. La familia es el núcleo de la sociedad saudí; sus miembros serán educados sobre la base de la fe islámica, la lealtad y la obediencia a Dios, su Profeta y sus guardianes [...]
...y sigue por un estilo durante decenas de artículos de los 83 que contiene. La propiedad privada es sagrada (artículos 18 y 19), los impuestos se impondrán sólo cuando haya necesidad (art. 20) y la propiedad, el capital y el trabajo son derechos personales de acuerdo con la Ley de Dios (art. 17). Con respecto a las libertades y derechos democráticos, en cambio, sólo encontramos lo siguiente:
12. La consolidación de la unidad nacional es un deber, y el Estado impedirá cualquier cosa que pueda conducir a la desunión, la sedición y la separación. 26. El estado protegerá los derechos humanos según la Ley de Dios [Shari'ah]. 44. Las autoridades del estado son: el poder judicial, el poder ejecutivo y la autoridad reguladora. [...] 45. El poder judicial es una autoridad independiente [...] excepto en lo relativo a la Ley de Dios [Shari'ah].
Por su parte, el poder ejecutivo está totalmente concentrado en el Rey. Pero... ¡un momento! ¿No nos falta el poder legislativo? Quiero decir, ya sabes, legislativo-ejecutivo-judicial y todo ese rollo...
No, obviamente no falta. El poder legislativo está igualmente concentrado en la Casa Real, los clérigos (ulemas) que interpretan la Ley Divina y los jueces que la aplican. Estamos, pues, ante una teocracia absolutista de rasgos medievales, a años luz de la Revolución Francesa y lo que ésta significó. El imperio de la ley es el imperio de la ley del rey, el clero y la patria. Dios, Patria, Rey. Y Empresa.
El oro negro y el amigo americano.
Desde su mismo origen, la historia de Arabia Saudí está inextricablemente vinculada al petróleo que abunda a mares bajo sus arenas inhóspitas.Ya en 1932, geólogos norteamericanos de Standard Oil de California (hoy en día Chevron) encontraron petróleo en otro protectorado británico de facto sito en la misma Península Arábiga, o casi: Bahréin. En 1933, apenas un año después de la fundación del país, los Saúd concedieron una concesión a esta misma compañía petrolera para realizar prospecciones en su territorio. En 1936, la Texas Oil Company (ahora llamada Texaco) compró a Standard Oil el 50% de esta concesión. Ya en 1938 estas compañías abrieron el primer campo, precisamente en Dhahran, donde ahora se encuentra la sede de Saudi Aramco.
Durante la Segunda Guerra Mundial, tales pozos ya apoyaron marginalmente el esfuerzo de guerra aliado. Sin embargo, no fue hasta el final de la misma cuando estas compañías norteamericanas comenzaron a explotar a fondo las riquezas petrolíferas de la región; así, dejaron en un remoto segundo lugar a sus primos británicos de BP, que se concentraron en la explotación de los pozos iraníes. En 1944, Standard Oil cambió el nombre a su subsidiaria local –hasta entonces denominada Casoc, o California Arabian Standard Oil Company– por Aramco: Arabian American Oil Company. En 1945, esta Aramco abrió la gigantesca refinería de Ras Tanura, que durante muchos años sería la más grande del mundo y aún hoy ocupa la quinta posición.
En 1948, otras dos de las siete hermanas (ahora conocidas como ExxonMobil, la segunda empresa privada más grande del mundo después de Petrochina) se sumaron al negocio, comprando importantes participaciones en Aramco. De esta forma, las cuatro hermanas estadounidenses –lejos de competir– cooperaron durante décadas para explotar la riqueza petrolera saudí a gran escala.
La Guerra Árabe-Israelí de 1948 comenzó a complicar las cosas. En esta guerra, tanto Estados Unidos como la Unión Soviética se pusieron de parte de Israel y dejaron solos a los árabes, con el resultado que se puede suponer. Entre esto y que los yanquis se estaban haciendo de oro con el petróleo saudí sin que la Casa de Saúd viera más que las sobras, en 1950 amagaron con nacionalizar Aramco por primera vez, imitando lo ocurrido en Venezuela poco antes. En esencia, querían el 50% de los beneficios. ExxonMobil, Texaco y Chevron entraron en pánico y pidieron ayuda al gobierno de los Estados Unidos. El presidente Truman se la prestó, y de qué manera: garantizó a estas compañías petrolíferas una reducción de impuestos equivalente al 50% de los beneficios sobre las ventas de combustibles, de tal modo que le pudieran dar el otro 50% a los Ibn Saúd sin reducir sus ganancias. El dinero se canalizó directamente a través del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos. Este trato de favor a gran escala se conoce como el golden gimmick.
Como en Arabia Saudí no existe separación alguna entre la monarquía y el estado, todas estas riquezas inmensas iban a parar de hecho a las arcas de la Casa Real, que a lo largo de los siguientes años se hicieron famosos en el mundo entero por su estilo de vida lujoso hasta extremos absurdos. Bien es cierto –todo sea dicho en justicia– que aprovecharon para levantar el país, aunque en la práctica el país les pertenecía también. Paralelamente, los países productores de petróleo comenzaron a ser conscientes de los enormes beneficios que podían obtener –y que hasta ese momento se llevaban sobre todo estas compañías extranjeras–, por lo que comenzaron los movimientos para fundar la OPEP.
Y los Estados Unidos protegieron a la Casa de Saúd frente a todos sus enemigos exteriores e interiores, a pesar del problema con Israel. A cambio de esto y de su 50%, el Rey permitía que Aramco siguiera forrándose con el petróleo saudí. Participaron en la Guerra de los Seis Días, por aquello de la solidaridad entre hermanos árabes, musulmanes, etcétera, pero sin muchas ganas (y mucho menos para ayudar a los egipcios, con quienes no se pueden ni ver). Sin embargo, la Guerra del Yom Kippur de 1973 complicó bastante las cosas: la tibieza del riquísimo estado saudí frente al enemigo sionista comenzó a estar muy mal vista en todo el mundo árabe y la Casa Real temió por su estabilidad; pero, por otra parte, tenían las manos atadas porque la muy norteamericana Aramco era la casi única fuente de riqueza para el país y sus monarcas.
La brutal derrota de los árabes en esta guerra del Yom Kippur forzó a Arabia Saudí a participar en el embargo del petróleo de 1973 contra Estados Unidos y Europa Occidental. Y funcionó. La OPEP se hizo consciente de pronto de su poder global; la Casa de Saúd, también. Ahora ya no eran simplemente ricachos, hombres de paja de poderes extranjeros: se habían convertido en operadores de alcance planetario. Pronto, el Movimiento de Países No Alineados –la mayor alternativa que existió jamás a la hegemonía de los Estados Unidos y la URSS– estaba en marcha, incorporando a casi toda la OPEP. En ese mismo año de 1973, la monarquía saudí utilizó una parte de la fortuna acumulada durante todos estos años para adquirir el 25% de Aramco, en lo que constituyó el primer paso para su nacionalización.
A lo largo de los siguientes siete años, la Casa de Saúd (o el estado saudí, que lo mismo da) fue adquiriendo participaciones cada vez mayores en la empresa. En 1980 compraron la última acción, con lo que la otrora norteamericana Aramco se convirtió en saudita por completo; de esa forma, Riad recuperaba el control completo sobre su producción y exportación de petróleo sin depender de los Estados Unidos. Así, ganó una mayor libertad política para moverse entre los polvorines del Oriente Próximo y en los mercados del mundo entero.
Sin embargo, la Casa de Saúd nunca se sintió cómoda lejos del amigo americano, sobre todo teniendo en cuenta que sus rivales egipcios se estaban alejando de la URSS y acercándose a los Estados Unidos. No querían dejar de ser los favoritos de Occidente en el mundo árabe. De tapadillo, siguieron cooperando a todos los niveles. Las operaciones norteamericanas para crear el integrismo islámico moderno contra la URSS en Afganistán y los regímenes seculares prosoviéticos en todo el Oriente Medio se ejecutaron fundamentalmente a través de Arabia Saudita y Pakistán (esos eran los tiempos en que Hollywood nos obsequiaba con un Rambo amigo de los muyahideen contra el pérfido oso comunista). El durísimo salafismo islámico fue exportado a un –por aquel entonces– bastante secularizado Afganistán a través de un tal Osama Bin Laden y sus talibanes con dinero saudita y estadounidense. (Y también misiles de alta tecnología al Irán de los ayatolás a través de –no te lo vas a creer– Israel, sí, Israel, en lo que vino a ser el asunto Irán-Contras).
Durante la presidencia de Ronald Reagan, el apoyo norteamericano a los integristas islámicos se extendió a su maquinaria de propaganda. En la imagen, dos capturas de la película Rambo III donde el héroe estadounidense lucha codo con codo junto a los muyahideen (ahora llamados "terroristas") contra el enemigo soviético. Uno de los organizadores principales de estos muyahideen era Osama Bin Laden, y la ayuda se canalizó fundamentalmente a través de Pakistán y Arabia Saudí.
Saudi Aramco.
Y Aramco siguió creciendo y creciendo y creciendo, ahora bajo control exclusivo saudí. Poseen el campo de Ghawar –el más grande del mundo– y también los de Safaniya-Khafji, Shaybah, Abqaiq, Berri, Manifa o Faroozan más otros muchos por todo el planeta en los que han ido adquiriendo participaciones. Poseen el 20% de las reservas de petróleo de la Tierra. Construyeron el Master Gas System, la red de hidrocarburos más grande del mundo, así como enormes refinerías y plantas de gas licuado. Compraron superpetroleros. Con la permanente ayuda estadounidense, desarrollaron avanzadas tecnologías de extracción, procesamiento y distribución. Se instalaron gigantescos gasoductos y oleoductos, terminales de carga, de todo. En 1988, la empresa fue estatalizada definitivamente bajo el nombre Saudi Aramco.
Saudi Aramco es propiedad exclusiva al 100% de Arabia Saudí –de la Casa de Saúd–, no tiene más accionistas y no sale a bolsa, con lo cual siempre permanece en un discreto segundo plano; carece de obligación de aportar a nadie más que el monarca cuentas de resultados, balances, auditorías y demás cosillas para pobres. En 2005 (actualizado en 2006), un singular documento de Financial Times desveló que las empresas más valiosas del mundo –más grandes en términos económicos– no eran ni Microsoft, ni Wal-mart ni ninguna de esas: la lista estaba encabezada por los gigantes petrolíferos estatales que no tienen que rendir cuentas a nadie más que a sus propios estados.
Y arriba del todo, destacando a enorme distancia de todas las demás, estaba Saudi Aramco.
Con un valor total estimado de 781.000 millones de dólares –repite conmigo: setecientos - ochenta - y - un - mil - millones - de puñeteros dólares–, la muy estatal y muy islámica Saudi Aramco era ya en 2005-2006 tan grande como las dos compañías privadas más grandes del mundo juntas: esas eran, por aquellos tiempos, ExxonMobil y General Electric.
Sus ingresos anunciados en 2008 fueron de 233.000 millones de dólares –repítelo–. Esto la pone en un modesto sexto lugar con respecto a empresas más pequeñas; de ahí come la práctica totalidad de Arabia Saudí. Saudi Aramco es quien paga todas las facturas, a través de una densa trama de nepotismo, clientelismo e ingenierías contables tanto dentro como fuera del país. Controla el 90% de la riqueza nacional. Arabia Saudí es Saudi Aramco.
Saudi Aramco tiene enormes inversiones en el exterior, y de manera muy notable en los Estados Unidos, donde ha estado estrechamente vinculada con los dos presidentes de la familia Bush. Lo hace a través de subsidiarias conocidas y de inversiones mucho menos obvias en los mercados globales. Nadie sabe hasta dónde llegan sus tentáculos. Pero llegan muy lejos.
Aviones de Saudi Aramco en el aeropuerto Rey Fahd.
La tiranía discreta de alcance global.
En Arabia Saudí no existen los derechos humanos. Es el tercer país que más gente ejecuta per capita –incluyendo menores–; las amputaciones de miembros y las tandas de cientos de latigazos se aplican libérrimamente. Su imperio de la ley depende del rey y de los clérigos. Las minorías sexuales son reprimidas brutalmente; el sexo fuera del matrimonio es ilegal. Los derechos de la mujer son un chiste (y los del hombre, sobre todo cuando es pobre, también). Los inmigrantes extranjeros (los pobres, claro) son carne de cañón para el sistema judicial, si es que se le puede llamar así. La policía política está por todas partes. Sin embargo, el caso saudí casi siempre aparece como una nota a pie de página en las declaraciones grandilocuentes sobre la protección de los derechos humanos. En serio, ¿cuántas veces has oído hablar del problema de los derechos humanos en Arabia Saudí?
En Arabia Saudí no existen ni siquiera las formas de una democracia, aunque sea de papel. Los partidos políticos y los sindicatos están rigurosamente prohibidos, y quienes intentaron formar alguno, encarcelados o muertos. No hay ni siquiera un Parlamento de coña. No hay elecciones. No hay ninguna manera mediante la que el pueblo pueda intervenir en el poder. La monarquía es intocable. No se tolera ninguna clase de disidencia. Es como Corea del Norte, pero con pasta. Sin embargo, ¿cuántas veces has oído hablar de la necesidad de llevar la democracia a Arabia Saudí?
Entrevista (subtitulada en inglés) a un verdugo saudí:
En Arabia Saudí no existe la libertad de opinión. Ningún medio de comunicación ni ningún ciudadano particular puede criticar al poder o al Islam. Los periodistas están estrechamente vigilados. Incluso bloggers moderadamente críticos como Fouad Al-Farhan son detenidos durante meses en confinamiento solitario. El acceso a Internet está censurado y controlado mediante un firewall que no tiene nada que envidiar al chino, provisto por la compañía norteamericana Secure Computing. Sin embargo, ¿cuántas veces has oído hablar de los problemas con la libertad de opinión, prensa e Internet en Arabia Saudí?
En Arabia Saudí no existe la libertad de religión. Vamos, ni de coña. Mucho menos que en China, por decir algo. Arabia Saudí es islámica y salafista, punto. La policía religiosa –mutaween– es omnipresente. Los extranjeros que quieran celebrar ritos, pueden hacerlo en su habitación del hotel o del complejo gubernamental para guiris. No se permite difundir materiales de ninguna otra religión (ni siquiera de otras versiones del Islam). Convertirse a otra religión es apostasía, condenada con la pena de muerte; ni en la URSS de Stalin, ni en Corea del Norte ni en la Alemania nazi se vio esto. La minoría chiíta está severamente oprimida y discriminada. La mera idea de construir un templo de algo distinto al salafismo constituye una especie de broma de poco gusto. Según estos absolutistas, cualquier cosa que suene remotamente a relativismo es motivo más que suficiente para hacerlo desaparecer en las arenas, incluso sin juicio. Sin embargo, ¿cuántas veces has oído hablar de la represión religiosa o ideológica en Arabia Saudí?
Ciudadanos prominentes de Arabia Saudí –una tiranía donde todo está controlado– han financiado abundantemente grupos terroristas por todo el mundo, y se dice que siguen haciéndolo. En una situación kafkiana, reprime en su propio país a los mismos militantes que ha fomentado –y puede que fomente– en otros muchos lugares. Allá donde hay mujahideen, hay ciudadanos saudíes, dinero saudí, teología saudí; sea Afganistán, Bosnia, Chechenia, Kosovo... o Nueva York. De los diecinueve autores materiales de los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Manhattan y Washington DC, quince fueron saudíes. Y sin embargo... eso.
El único país del mundo que posee aviones AWACS E-3 Sentry fuera de la OTAN es Arabia Saudí; ni siquiera Israel los tiene. Junto con Kuwait, es también el único país fuera de los Estados Unidos con carros M1A2 Abrams; y uno de los cuatro que opera cazas y cazabombarderos F-15 Eagle. Es el único país fuera de Europa que tuvo el Panavia Tornado y que tiene el Eurofighter Typhoon. A pesar de ser una conocida tiranía con extraordinarias violaciones de los derechos humanos, todo el mundo le vende material policial y represivo por toneladas. No es como si no pudiera pagar todo ello y mucho más, claro; pero las decisiones de compraventa de estas armas tan sofisticadas y poderosas no se rigen exclusivamente por motivos económicos. Ni lo hace el vendedor, ni lo hace el comprador.
Mientras tanto, Arabia Saudí –Saudi Aramco, la Casa de Saúd, el Islam salafista, todo en uno– sigue exportando 360.000 barriles de petróleo por hora –cien por segundo, más que Rusia y los Emiratos Árabes Unidos juntos– hacia todo el sediento mundo. Es el quinto poseedor de reservas de divisa del planeta con 395.000 millones de dólares, inmediatamente detrás de China (2,5 billones), Japón (990.000 millones), la Eurozona (668.000 millones) y Rusia (447.000 millones). Su fondo soberano de inversión SAMA es el tercero de esta Tierra, con 431.000 millones de dólares. La deuda pública nacional asciende al 13,5% del PIB (la de Estados Unidos es del 86,1%, la de Alemania del 77% y la de España del 50%, datos de 2009, por poner tres ejemplos); en deuda externa, eso son 58.600 millones de dólares, menos que Nueva Zelanda y equivalente a su producto nacional bruto de... 57 días. Todo ello según declaración pública, lo que difícilmente incluye las inversiones privadas de los miembros de la extensa familia real.
Sin el petróleo saudí, el mundo se detendría de inmediato. Sin el dinero saudí, los mercados colapsarían de la noche a la mañana.
El resultado es obvio: estos no son moros sino señores árabes a quienes nadie se atreve a incomodar, no vaya a ser que ocurra algo con el petróleo o con las monumentales inversiones que mantienen en todos los sectores. Sus palancas políticas y geoestratégicas son extensas y profundas, y cuanto más desarrollada es una sociedad, más depende de que esos superpetroleros cargados hasta la bandera sigan llegando a su hora –por no mencionar posibles desinversiones en, digamos, los sectores más delicados de tu economía, o de tus negocios en particular–. Mientras tanto, la que probablemente sea la peor tiranía teocrática del mundo sigue su camino suavemente, prósperamente, globalmente. Discretamente. Y de fondo, las inmensas refinerías de Saudi Aramco rielando desde el Mar Rojo hasta el Golfo Pérsico y el mundo entero, acariciadas por las ardientes arenas del lugar vacío.
Un sector de la gigantesca refinería de Rabigh, propiedad de Saudi Aramco. Con una capacidad de procesamiento de 400.000 barriles/día, es la segunda más grande del país y una de las mayores del planeta.
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Y el misterio sin resolver de los ataques biológicos de 2001 en los Estados Unidos.
En castellano, el ántrax es una infección cutánea de poca gravedad causada por un estafilococo y se suele curar con higiene, compresas calientes y algún antibiótico. Cuando hablan por ahí de anthrax no se refieren a estas molestias menores, claro, sino a algo muchísimo peor: lo que en nuestro idioma se ha llamado siempre carbunco. El carbunco está provocado por una bacteria totalmente distinta, el bacillus anthracis, y su fama temible se debe a razones sencillas: es muy infeccioso, es muy letal y constituye una excelente arma biológica.
Bacillus anthracis.
El carbunco (o ántrax maligno) es un viejo conocido de la humanidad. Se trata, fundamentalmente, de una enfermedad del ganado y otros mamíferos y aves, incluyendo a los seres humanos. Anthrax significa carbón, en griego (ανθραξ, y de ahí viene también la palabra antracita). Carbunco, que en castellano antiguo era carbunclo o carbúnculo (y en catalán, por ejemplo, carboncle) se deriva del latín carbunculus, que significa asímismo carboncillo. En francés se dice directamente charbon; o sea, carbón. Y en ruso karbunkyl o úlcera siberiana, por ser allí muy común ya mucho antes de que nos pusiéramos a hacer perrerías con él.
El motivo de estos nombres tan carboníferos –ya mencionados así en la Ilíada de Homero, las Geórgicas de Virgilio y en los textos del protomédico Hipócrates– no es otro que su síntoma más característico en su variante cutánea: unas úlceras o pústulas negruzcas en la piel. Sin embargo, no siempre aparecen, pues dependiendo de la vía de infección el carbunco se presenta en tres variedades (o una combinación de las tres): respiratorio, gastrointestinal y cutáneo. Históricamente, la variante cutánea mataba al 20% de los enfermos, la gastrointestinal al 60% y la respiratoria al 95%. Con los tratamientos propios del siglo XXI y diagnosticándolo en fase temprana, estas cifras han caído a prácticamente el 0% (cutánea), el 25% (gastrointestinal) y el 45% (respiratoria). Tales datos convierten al carbunco pulmonar en una de las enfermedades más mortíferas que existen.
El motivo de tanta mortalidad es que el microorganismo que lo provoca, el bacillus anthracis, está envuelto en una cápsula capaz de inhibir la acción de los fagocitos mientras produce una compleja toxina compuesta por tres elementos diferentes. Estos elementos actúan sinérgicamente de varias maneras distintas para producir edemas o la destrucción celular. En el caso respiratorio no sólo es que los pulmones van resultando rápidamente destruidos con edema torácico masivo, sino que además el bacilo y su toxina se esparcen por todo el cuerpo de manera muy virulenta a través de los alveolos y el torrente sanguíneo, aniquilando los tejidos por donde pasa. El carbunco pulmonar tiene un periodo de incubación entre uno y seis días, pero tan pronto como se declara, rara vez tarda más de 72 horas en matar al paciente y normalmente menos de 48.
El bacillus anthracis es una bacteria gram-positiva con forma de palo o rectángulo alargado que suele tener de tres a seis milésimas de milímetro a lo largo y entre una y 1,2 a lo ancho. Es la única bacteria conocida que puede generar esa cápsula o cubierta proteínica que la protege de los fagocitos, y también la única causante de enfermedades capaz de transportar su propio factor de virulencia EF que provoca el edema característico. Se desarrolla tanto en condiciones aeróbicas como anaeróbicas y carece de movilidad propia. El carbunco es un patógeno sometido al nivel de bioseguridad 3 (excepto las muestras diagnósticas y el instrumental clínico, para los que resulta suficiente el 2). La variante pulmonar cursa con fiebre, cansancio y síntomas parecidos a los del resfriado común o la gripe. Tras una breve mejoría, aparecen abruptamente problemas respiratorios severos, neumonía, shock y complicaciones multiorgánicas generalizadas que conducen a la muerte con rapidez.
Este bacillus anthracis tiene otra propiedad: es capaz de formar unas esporas ovaladas que duran largo tiempo fijadas al suelo y la vegetación (incluyendo los pastos). Cuando está protegido por esta espora, el bacilo resulta extremadamente resistente al calor, al frío, a la falta de agua, a la luz ultravioleta, a la radiación gamma y a la mayor parte de los desinfectantes y otros tratamientos químicos, lo que le permite sobrevivir largo tiempo al aire libre. Estas esporas se desarrollan en cuanto la bacteria detecta que el ambiente le es hostil –por ejemplo, a partir de la muerte del huésped o cuando abandona su cuerpo por cualquier otra razón– y resultan muy difíciles de erradicar: pueden perdurar décadas e incluso siglos. Así, el territorio entero –y no sólo los seres vivos– se transforma en un reservorio del bacilo. Debido a esta característica, el carbunco ha sido endémico a lo largo de la historia en diversas regiones como África Occidental, el Caribe, el Oriente Próximo, el Territorio Noroeste de Canadá, el Sur de Siberia, Texas Occidental, partes de Europa Central, Grecia, Turquía, la ex-Yugoslavia y... España. Sí, España: a nuestros tatarabuelos, el carbunco se los comía con patatas. Está especialmente presente en la Meseta Central y actualmente se dan unos cincuenta casos al año (hace veinte años eran cien aproximadamente).
El carbunco pasa a los humanos sobre todo mediante la interacción con el ganado; más raramente, mediante la interacción con otros mamíferos como los perros. En general, la inmensa mayoría de casos de carbunco humano están relacionados con la ganadería y los productos ganaderos; en España, ovejas y cabras fundamentalmente. El mortífero carbunco pulmonar ha sido históricamente una enfermedad profesional de las personas que trabajan con pieles y pelos animales (como el cuero y la lana). Eso que queda tan guay de beber leche directamente de la ubre en plan Heidi es la manera más natural de contraer un estupendo carbunco cutáneo o gastrointestinal; y así caían los niños como chinches antes de que llegara la pasteurización (por Louis Pasteur, claro). Los veterinarios, ganaderos y sus familias han sido siempre la población de mayor riesgo.
El tratamiento contra el carbunco está basado en antibióticos capaces de matar al bacillus anthracis. Entre tales antibióticos se encuentra la doxicilina y otras tetraciclinas, la penicilina, la ciprofloxacina y la levofloxacina (en niños). Los pacientes graves, además, pueden recibir corticosteroides por vía intravenosa. La eficacia del tratamiento es significativamente mayor cuanto más pronto se detecta la enfermedad. Usando estos tratamientos, la medicina moderna es capaz de salvar a más de la mitad de las personas infectadas. No obstante, su letalidad sigue siendo pavorosamente alta y –al igual que ocurre con todos los microorganismos– el bacillus anthracis va evolucionando constantemente y aumentando su resistencia a los antibióticos.
Existen vacunas contra el carbunco desde los tiempos de Pasteur, pero su uso en humanos presenta relevantes efectos secundarios y su administración es compleja y no exenta de riesgos. En Estados Unidos, el programa de inmunización militar con Biothrax AVA ha causado graves controversias, y en Israel también. Ningún servicio sanitario del mundo las considera todavía aptas para su uso generalista entre la población civil, y como consecuencia no se vende al público. Notoriamente, el Ejército Ruso restringe el uso de sus múltiples vacunas contra el carbunco a "adultos sanos" en grave riesgo de quedar expuestos a cepas virulentas del bacilo. Es decir: soldados en un entorno de guerra biológica.
Arma biológica.
Pues, en todos estos casos, estamos hablando del carbunco natural. Pero resulta que todas estas propiedades tan curiosas del bacillus anthracis y muy particularmente del carbunco pulmonar –elevada tasa de mortalidad, acción relativamente rápida, grandes posibilidades de supervivencia y persistencia del bacilo fuera de un huésped, tendencia a permanecer en el mismo lugar sin extenderse incontroladamente, daño simultáneo a seres humanos y a la cabaña ganadera, resistencia térmica, hídrica y a desinfectantes y radiaciones, difícil vacunación– han hecho que se transformara en un candidato idóneo a arma biológica. Su flexibilidad y adaptabilidad a técnicas de selección evolutiva inducidas artificialmente y de ingeniería genética terminaron de convertirlo en el chico más popular del curso de medicina oscura durante muchísimos años.
Esta especie nuestra ha usado armas biológicas desde muy antiguo. Ya algunos textos hititas datados milenio y medio antes de nuestra era hablan de enviar enfermos de peste a territorio enemigo como estrategia militar. El uso de agentes infecciosos en puntas de flechas y lanzas –heces, sangre humana, venenos– era una práctica generalizada, así como la contaminación de las fuentes de agua del enemigo mediante técnicas que se encuentran a caballo entre la guerra química y la guerra biológica. Arrojarles animales venenosos vivos como serpientes o escorpiones, o cadáveres en descomposición, parece haber sido bastante común también. Durante la Edad Media, se usaron catapultas frecuentemente para arrojar los cuerpos de víctimas de la peste negra y otras fuentes infecciosas al interior de las ciudades sitiadas. Durante la colonización de Norteamérica, existen numerosos indicios que apuntan al contagio deliberado de la viruela contra las poblaciones indias nativas –más allá de la propia difusión natural de la enfermedad– y es posible que también se utilizara el sarampión contra los aborígenes polinésicos.
El primer uso del carbunco como arma biológica se produjo en 1916, durante un episodio muy poco conocido de la Primera Guerra Mundial. Desde 1809, el Gran Ducado de Finlandia había formado parte del Imperio Ruso de los zares. La Alemania del Segundo Reich, tratando de debilitar al enemigo ruso por todos los medios, suministró a los independentistas finlandeses ampollas de bacillus anthracis para usarlas contra los establos de la caballería zarista. Al parecer Alemania usó armas biológicas en más ocasiones durante la Primera Guerra Mundial –una guerra conocida por el uso extensivo de armas químicas–. El resultado fue inconcluyente.
La primera investigación seria sobre el uso del carbunco como arma biológica fue obra del famoso e infame Escuadrón 731 del Ejército Japonés, en Manchuria. En su singular afán por acumular tantos crímenes de guerra y contra la humanidad como fuera posible, estos japoneses infectaron con diversas enfermedades a cientos de miles de civiles chinos, muchos de los cuales perecieron. Entre tales enfermedades se encontraban varias versiones del carbunco. Los dirigentes del Escuadrón 731 y sus organizaciones paralelas que cayeron en manos soviéticas tras la Segunda Guerra Mundial fueron juzgados y condenados; pero las condenas fueron relativamente suaves, se dice que a cambio de los resultados de estos experimentos. Los que cayeron en manos norteamericanas pactaron directamente su libertad a cambio de estos mismos resultados y ni siquiera llegaron a pisar un tribunal (de manera notoria, el Dr. Shiro Ishii, máximo responsable de semejantes atrocidades).
La cepa Vollum-14578 y Gruinard Island, Escocia, 1942.
Y es que la investigación sobre armas biológicas modernas ya llevaba su recorrido tanto en Occidente como en la URSS; por supuesto, siempre bajo la excusa formal de la investigación defensiva. Al parecer, los británicos fueron los primeros en obtener una cepa especialmente virulenta y proclive a ser usada como arma biológica de manera específica: la llamada cepa Vollum-14578, por el bacteriólogo Roy Lars Vollum de la Universidad de Oxford, quien la aisló en 1935 a partir de una vaca de Oxfordshire. Tras su victoria en la Batalla de Inglaterra, el Reino Unido comenzaba a intensificar su campaña de bombardeos estratégicos contra la Alemania Nazi y consideraron la posibilidad de incorporar a la misma el uso de armas biológicas. Bajo órdenes de Churchill –un gran aficionado al uso de gas venenoso y otras armas de destrucción masiva–, los científicos de Porton Down dirigidos por Sir Paul Fildes comenzaron a estudiar en profundidad la forma de contaminar Alemania con algún patógeno capaz de matar a grandes cantidades de población o al menos ganado, para rendirlos por hambre. Naturalmente, la cepa Vollum-14578 ocupó de inmediato el primer puesto de la lista.
El equipo de Sir Paul Fildes desarrolló dos programas paralelos. El primero fue la Operación Vegetarian, así, con coñita, que consistió en preparar cinco millones de pasteles de lino –por lo visto, le gusta mucho a las vacas– contaminados con carbunco para lanzarlos sobre las regiones ganaderas de Alemania; como indica el nombre, la idea era matar masivamente al ganado para dejar a los alemanes sin carne (o, complementariamente, que la enfermedad pasara a la población rural causando gran mortandad y forzando la evacuación de las zonas ganaderas). El segundo consistió en el desarrollo de una llamada "bomba N" (término que mucho después se reutilizaría para la bomba de neutrones, pero no tiene nada que ver). Esta bomba N era un concepto más sofisticado sobre la misma idea: una especie de bomba de racimo con submuniciones de carbunco, para su uso tanto en las regiones rurales como alrededor de las ciudades, de donde procedía buena parte de los suministros alimentarios consumidos por la población urbana.
Los cinco millones de pasteles de lino eran fáciles de preparar y se almacenaron en el propio Porton Down listos para su uso. Estas bombas-N, en cambio, necesitaban algunas pruebas para comprobar su funcionamiento y efectividad. Y se eligió la Isla de Gruinard, un islote deshabitado a apenas 1.100 metros de la costa escocesa que expropiaron a sus dueños. El equipo de investigadores de Porton Down dirigido por Fildes se estableció allí en 1942 para hacer numerosas pruebas de dispersión de esporas de carbunco contra el ganado (ovejas y vacas) y se sugiere que también contra típicas mascotas tanto rurales como urbanas (perros y gatos). Al parecer, el resultado de los estudios fue espectacular y Sir Paul Fildes y su equipo concluyeron que el carbunco no sólo podía usarse para destruir la ganadería enemiga, sino que era capaz de dejar inhabitables sus ciudades "durante décadas".
El equipo de guerra biológica de Porton Down grabó filmó sus actividades en la Isla de Gruinard. Este video, secreto hasta 1997, muestra algunas de las mismas.
En noviembre de 1942, Fildes y un colega viajaron a Washington D.C. para solicitar a los Estados Unidos que iniciaran la fabricación de grandes cantidades de esporas de carbunco ("agente N") y también toxina botulínica ("agente X"). Los norteamericanos accedieron y en 1943 se fundaba el Laboratorio de Guerra Biológica del Ejército de los Estados Unidos en un aeródromo militar decomisionado que pasó a llamarse Camp Detrick y luego Fort Detrick. Su director científico fue el bacteriólogo Ira L. Baldwin y el investigador jefe, George W. Merck, presidente de la multinacional farmacéutica Merck. Que, curiosamente, era en su origen una empresa alemana.
Sin embargo, el Presidente Franklin D. Roosevelt no estaba tan dispuesto como Churchill (y algunos de sus propios generales, como Marshall) a iniciar una guerra biológica contra Alemania. Roosevelt insistía en que los aliados debían respetar el Protocolo de Ginebra de 1925. Por otra parte, durante 1943 quedó demostrado que la combinación de grandes cantidades de bombas explosivas e incendiarias sobre las ciudades e industrias alemanas resultaba suficientemente devastador, por lo que estas "bombas N" no serían necesarias. Los constantes bombardeos sobre Colonia, la destrucción de Hamburgo en el verano de 1943 y los grandes avances soviéticos a partir de agosto de este mismo mismo año convencieron a muchos de que el recurso a esas armas inciertas y temibles no estaba justificado. Además, el Proyecto Manhattan para la construcción de la bomba atómica iba a buen ritmo y al mismo tiempo se temía que Alemania respondiera con la misma moneda al Reino Unido si se veía atacada con armamento biológico.
Debido todos estos motivos, la Operación Vegetarian fue quedando relegada. Churchill aún quiso reactivarla en marzo de 1944, y pidió a los Estados Unidos que fabricaran 500.000 bombas de carbunco; éstas empezaron a construirse en Canadá. El éxito del desembarco de Normandía y la evidencia de que pronto serían los aliados quienes estarían administrando una Alemania derrotada terminó de desactivar el proyecto.
Los cinco millones de pasteles de pasto infectado con carbunco fueron incinerados en Porton Down a finales de 1945. Sin embargo, todos los intentos de descontaminar la isla de Gruinard, donde el carbunco se había dispersado efectivamente, resultaron inútiles debido a la durabilidad de las esporas y su resistencia a la mayor parte de desinfectantes químicos. No quedó otro remedio que ponerla en cuarentena durante los siguientes 48 años.
A partir de 1981, diversas iniciativas ciudadanas –vinculadas sobre todo al ecopacifismo y al nacionalismo escocés– comenzaron a presionar con fuerza al gobierno británico para que limpiaran Gruinard. Esta limpieza se produjo finalmente en 1986, retirando el suelo más contaminado y cubriendo el resto con formaldehído disuelto en agua de mar. Dejaron un rebaño de prueba, que en 1990 seguía gozando de buena salud, con lo que la isla fue declarada segura por fin. En la actualidad sigue deshabitada excepto por el rebaño en cuestión.
Vista actual de la isla de Gruinard desde la costa con Google Street View.
La cepa 836 y Sverdlovsk, 1979.
Esta no es la clase de carrera en la que la URSS estuviera dispuesta a quedarse atrás. El lysenkoísmo hizo un daño inmenso a la biología soviética (y a su producción agrícola), pero en el mismo año en que murió Stalin (1953), el Ejército Rojo recuperó el control de todas las investigaciones biológicas militares. Y lo mantuvo durante los siguientes veinte años, hasta que toda traza de lysenkoísmo hubo desaparecido de la URSS y el programa era ya tan monumental y llegaba a tantos ámbitos a la vez que se justificaba la creación de un inmenso conglomerado mixto civil-militar bajo el nombre –más o menos confidencial– de Biopreparat.
Biopreparat siguió al pie de la letra el argumento universal de que las investigaciones en guerra biológica son estrictamente defensivas. Sin embargo, el número, tamaño y tecnología de sus instalaciones conocidas durante unas inspecciones internacionales realizadas en los años '90 cuentan más bien una historia de producción industrial masiva de algo. O algos.
Entre estas instalaciones se contaron como mínimo el Instituto VECTOR de Virología y Biotecnología (Novosibirsk, con instalaciones de nivel de seguridad 4, uno de los dos repositorios legales de viruela que quedan en el mundo y más o menos equivalente al Centro de Control de Enfermedades y el Mando de Defensa Química y Biológica del Ejército de los Estados Unidos a la vez); el Instituto de Preparados Bioquímicos Ultrapuros de San Petersburgo; el Instituto de Bioquímica Aplicada de Kirov; el antiguo Instituto Científico-Técnico de Microbiología de Stepnagorsk (ahora en Kazajstán y desactivado como el campo de pruebas de la isla Vozrozhdeniye, la Gruinard soviética); y al menos cuatro grandes fábricas por todo el país. Más la instalación original: el Complejo 19 de Sverdlovsk (actualmente Ekaterinburgo). Fue en Sverdlovsk donde ocurrió algo muy malo durante la primavera de 1979.
La verdad es que aún no se sabe lo que pasó. Las autoridades entonces soviéticas y ahora rusas siguen diciendo que tuvo su origen en una partida de carne incontrolada sanitariamente, procedente de granjas próximas y vendida al público en el mercado negro. Las agencias de espionaje y numerosos especialistas occidentales insisten una y otra vez en que se trató de una fuga de material militar del Complejo 19. A partir del día 2 de abril de 1979, y en un breve periodo de tiempo, hasta 68 personas murieron de carbunco en esta entonces ciudad cerrada situada 1.450 km al este de Moscú (sigue habiendo al menos dos localidades cerradas en las proximidades: Lesnoy y Novouralsk; pero parece que ambas están relacionadas con el armamento nuclear). Otras fuentes elevan la cifra a 105, aunque esto es bastante dudoso; la versión original, por su parte, hablaba de 13 o 17. La mayor parte de los muertos estaban relacionados con una fábrica de cerámica cercana; aparentemente, no hubo víctimas en el propio complejo. El diagnóstico más común fue "neumonía infecciosa". El KGB y la policía local anduvieron tiroteando perros y otros mamíferos vagabundos durante varias semanas para incinerar sus cadáveres a continuación.
Y esto es todo lo que se puede decir honestamente sobre los sucesos de abril de 1979. En todo caso, si fue un escape de carbunco del Complejo 19, tuvo que producirse en una cantidad francamente baja (en principio compatible con una verdadera investigación defensiva para la producción de vacunas o para el estudio de la dispersión en caso de ataque biológico enemigo). La fuente más fiable (Meselson) afirma que fue una fuga en estas cantidades reducidas, ocasionada por un error humano al retirar un filtro exterior obstruido sin notificarlo apropiadamente al turno siguiente. Ken Alibek opina que este carbunco pertenecía a su cepa 836, pero las declaraciones de Ken Alibek se han demostrado cada vez más dudosas con el paso de los años (y cada vez más relacionadas con sus intereses en la industria farmacéutica militar). Aparentemente la cepa 836 existe o existió: se han encontrado rastros de la misma en la instalación abandonada de Stepnogorsk y en la isla Vozrozhdeniye; pero resulta imposible determinar si este fue el origen de la infección en Sverdlovsk-19.
Tampoco se sabe si Biopreparat sigue existiendo en la actualidad, o no, o todo lo contrario. Tanto el Instituto VECTOR de Novosibirsk como el Complejo 19 de Ekaterinburgo han sido recientemente ampliados y mejorados, al menos en lo que se puede ver desde el exterior (nuevas instalaciones, medidas de seguridad perimetral avanzadas, etc.). Algunas fuentes hablan de la existencia de una cepa de carbunco mucho más avanzada, modificada mediante técnicas de ingeniería genética, que llevaría el nombre de H-4. Al igual que ocurriera en tiempos soviéticos, el programa ruso de defensa biológica continúa en la más completa oscuridad. Y, por supuesto, es investigación estrictamente defensiva. Faltaría más.
En este mismo año de 1979, el penúltimo gobierno blanco del África Subsahariana se tambaleaba agónicamente ante los mismos ojos de la Sudáfrica del apartheid. Rodesia, una antigua posesión británica que había declarado unilateralmente su independecia en 1965 ante la negativa de Londres de descolonizar territorios africanos donde no hubiese un gobierno de la mayoría, combatía contra al menos tresguerrillasnegras diferentes: la Guerra del Matorral. Y los blancos iban perdiendo.
Fue en este contexto donde se produjo el mayor brote de carbunco de la historia contemporánea. El carbunco no es endémico en África meridional, y durante el periodo 1950-1978 sólo hubo 334 casos humanos al sur de Rodesia (lo que ahora se llama Zimbabwe). Sin embargo, a finales de 1978 las cifras comenzaron a multiplicarse; pero, curiosamente, sólo lo hicieron en los territorios concedidos a los agricultores y ganaderos negros –las Tribal Trust Lands–, mientras que las tierras en posesión de colonos blancos no resultaban alcanzadas por el bacilo.
Durante 1979 este brote se convirtió en el principal problema sanitario del país, y para finales de año un tercio de las tierras tribales (el 17% del territorio nacional) estaba plagado de carbunco. Hasta mediados de 1980 se registraron 10.738 casos en humanos (treinta y dos veces más que en los 28 años anteriores, sumados). Estas infecciones eran fundamentalmente de tipo cutáneo; 182 personas perecieron y centenares más quedaron con graves secuelas. Centenares de miles de cabezas de ganado resultaron afectadas.
Finalmente el acuerdo de Lancaster House terminó con la guerra y con el dominio blanco de Rodesia, mediante unas elecciones generales un poco raritas que ganó el actual presidente Mugabe. Y, aparentemente, también acabó con el brote. Para finales de 1980, los casos de carbunco comenzaban a volver a sus cifras históricas. Al parecer, la cepa causante del brote era de origen local. La cuestión es que estas cepas locales nunca habían causado problemas y no han vuelto a hacerlo desde entonces.
Inevitablemente, pronto surgieron acusaciones de que las fuerzas armadas blancas –y muy específicamente los escuadrones de la muerte llamados Selous Scouts– habían utilizado carbunco como arma de guerra biológica contra las comunidades negras, a la desesperada, antes de ser derrotados. El origen de este carbunco no sería otro que el programa sudafricano de armas de destrucción masiva, cuyo ámbito químico y biológico estaba dirigido por el cardiólogo Wouter Basson –médico personal del Primer Ministro Botha– bajo el nombre en clave Proyecto Costa (publicación de UNIDIR al respecto). Otro personaje que rondaba por allí en aquellos tiempos era el virólogo Steven J. Hatfill, a quien nos vamos a encontrar de nuevo un poquito más adelante. Casualidades de la vida, y eso.
Nunca se pudo establecer si el brote de Zimbabwe se trató de un ataque biológico, y en su caso si el carbunco procedía de la Sudáfrica del apartheid. En sus declaraciones ante la Comisión para la Verdad y la Reconciliación, el profesor Basson no aportó ninguna información clara (informes del juicio). La posición del actual gobierno sudafricano –pese al cambio de régimen– es muy similar a la del ruso, también a pesar de sus propias transformaciones políticas: aquí nunca hubo un programa de guerra biológica, y si alguna vez lo hubo, fue estrictamente defensivo. Hoy por hoy, todo el asunto permanece en la oscuridad.
La cepa Vollum-1B y Saddam Hussein.
Otro país conocido por sus relaciones con el carbunco fue, claro, el Iraq de Saddam Hussein (antes de 1991). En los tiempos en que el dictador iraquí era uno de our bastards, Occidente le suministró extensivamente tecnologías para desarrollar armas de destrucción masiva, y las armas biológicas no constituyeron una excepción.
Donald Rumsfeld, entonces enviado especial del Presidente Ronald Reagan, se entrevista con Saddam Hussein y su viceprimer ministro Tariq Aziz en 1983.Según las detalladas notas existentes sobre el encuentro, el tirano iraquí se mostró muy complacido con la visita del estadounidense, durante la que trataron sobre cuestiones regionales de interés mutuo, compartieron la enemistad hacia Irán y Siria y conversaron sobre los esfuerzos de Estados Unidos para encontrar rutas alternativas para transportar el petróleo de Iraq interrumpido por estos dos países.
Todas las cepas biológicas militares del Iraq de Saddam procedían de American Type Culture Collection (ATCC), una entidad privada norteamericana estrechamente vinculada al Gobierno de los Estados Unidos. Específicamente, la cepa de carbunco militar era un subtipo más virulenta de la Vollum-14578 usado durante la Segunda Guerra Mundial para la Operación Vegetarian que vimos más arriba. Se la conoce generalmente como Vollum-1B.
Se dice que esta cepa Vollum-1B fue aislada en uno de varios accidentes biológicos ocurridos en los Estados Unidos. Al parecer, en 1951 un microbiólogo llamado William A. Boyles inhaló Vollum-14578 mientras trabajaba en Fort Detrick y murió poco después víctima de una forma muy agresiva de carbunco pulmonar. Esta variante demostradamente letal –puede que mutada dentro de su organismo– pasó a ser la niña bonita del programa norteamericano y británico durante los años '60 y fue también la suministrada a Iraq por ATCC en 1986, junto a otras de menor virulencia para el desarrollo de vacunas. Con esta cepa Iraq produjo unos 8.000 litros de carbunco militar, parte de los cuales fueron militarizados en bombas y misiles pero nunca se llegaron a utilizar. Al igual que el resto del programa NBQ iraquí, este carbunco fue desactivado y eliminado en los años '90, mucho antes de la invasión de 2003. Nadie ha encontrado prueba alguna de que pudiera haber sido transferido a otros países, como dijeron algunos para salvar la cara después de que se comprobara que en Iraq no quedaban armas de destrucción masiva a pesar de toda la propaganda belicista con que nos obsequiaron.
La cepa Ames y Estados Unidos, 2001.
Oficialmente, los Estados Unidos destruyeron todas sus armas biológicas en 1969, bajo la presidencia de Richard Nixon. Hecho esto, firmaron la Convención de Armas Biológicas, al igual que la Unión Soviética, Sudáfrica, Iraq y muchos más. A partir de ese momento, se sumaron también al discurso habitual de que nuestra investigación es estrictamente defensiva, aunque negándose sistemáticamente a que los protocolos de verificación se extiendan a las empresas privadas (incluso las empresas privadas que tienen estrechos lazos con el Gobierno).
Desde 1981, los Estados Unidos utilizan para su investigación defensiva una cepa de carbunco nueva y aún mucho más virulenta que la Vollum-1B: la llamada cepa Ames. Según cuentan, la encontraron en una vaca fallecida en Texas en 1981.Estas investigaciones se desarrollan en el USAMRIID, que es en lo que se convirtieron las antiguas instalaciones de Fort Detrick; y también en el Centro Médico Walter Reed y un par de unidades navales. Tanto el USAMRIID como el Walter Reed y la Armada trabajan habitualmente con numerosas empresas privadas; entre ellas, una llamada SAIC.
En 2001, poco después de los ataques del 11-S, se produjo un suceso que creó gran escándalo y paranoia y que seguramente recordarás: dos senadores demócratas y varios medios de comunicación recibieron envíos postales con carbunco. Veintidós personas resultaron infectadas, once de ellas con carbunco pulmonar: murieron cinco, una tasa de letalidad del 45% a pesar de los avanzados medios médicos que se usaron para salvarles la vida. Se trataba de dos trabajadores postales que manejaron las cartas –Thomas Morris y Joseph Curseen–, Robert Stevens del diario sensacionalista Sun y dos personas que nadie sabe realmente cómo entraron en contacto con el bacilo: la enfermera de origen vietnamita Kathy Nguyen de Nueva York y la anciana Ottilie W. Lundgren de Connecticut.
Las cartas contaminadas iban acompañadas por notas manuscritas con textos del tipo "muerte a América, muerte a Israel, Alá es grande" y temáticas al uso. Mientras la Administración Bush argumentaba que estaban ante un nuevo ataque de Al Qaeda seguramente realizado con las armas de destrucción masiva iraquíes, y con ella la mayor parte de los medios de comunicación estadounidenses, el FBI se puso a investigar. Lógicamente, recurrieron al USAMRIID para todo el análisis científico-técnico.
La cosa comenzó a complicarse cuando se demostró que el bacilo utilizado en estos atentados era idéntico a la cepa Ames del propio USAMRIID. Los informes de esta institución asegurando que las muestras contenían bentonita o sílicio –sustancias utilizadas en la militarización del carbunco– se contradijeron, se reafirmaron y se volvieron a contradecir, determinando al final que era silicio. Una investigación interna demostró que había esporas de carbunco por buena parte del edificio de USAMRIID, fuera de las áreas seguras. Y entre el personal de USAMRIID que podía haber tenido acceso a esta cepa se encontraba un tal Steven Hatfill. ¿Te suena? Sí, es el mismo que anduvo por la Rodesia del supremacismo blanco durante el brote de carbunco de 1978-1980, y que llegó a trabajar para el Gobierno a través de la empresa SAIC tras su retorno a los Estados Unidos.
Hatfill se convirtió de inmediato en el primer sospechoso para el FBI por este motivo y por un paper que había redactado previamente describiendo un ataque muy parecido. Su nombre se filtró a la prensa y los medios lo despellejaron. Entonces se produjo un giro imprevisto: el FBI comenzó a fijarse en otro científico del USAMRIID, el doctor Bruce E. Ivins, un católico extremista que había participado en la primera investigación de los atentados. Tanto con Hatfill como con Ivins, estaban ante una situación de lobo cuidando a las gallinas. Así que el FBI empezó a buscarse otros laboratorios para proseguir los análisis (sobre todo, los Laboratorios Nacionales Lawrence Livermore) mientras iba abandonando la pista de Hatfill para centrarse en la de Ivins. Según la familia y los abogados de este último, la presión llegó a ser extrema e Ivins fue ingresado por depresión.
En la mañana del 27 de julio de 2008, el doctor Ivins se zampó dos frascos enteros de Tylenol, lo que viene siendo paracetamol. Lógicamente murió un par de días después, de fallo hepático y renal; una forma de morir bastante perra. Se decretó suicidio, algo ciertamente digno de consideración en un católico tan cañero. No se hizo autopsia. Apenas ocho días después, el Ministerio de Justicia declaraba a Ivins "único autor" de los atentados con carbunco de 2001 y la investigación se cerró o al menos desapareció de la vista del público (documentos del caso). El exculpado Hatfill ha obtenido al menos diez millones de dólares del estado y de la prensa en concepto de daños y perjuicios.
Numerosas personas y medios han protestado por lo que hasta el Wall Street Journal considera un caso poco claro. El antiguo vicecomandante del USAMRIID, Richard O. Spertzel, declaró en su día que "en mi opinión, hay quizá cuatro o cinco personas en todo el país que podrían ser capaces de hacer este material, y yo soy una de ellas [...] E incluso con un buen laboratorio y personal para llevarlo, me costaría un año conseguir un producto tan bueno." Antes, había dicho "no creo que la ciencia pueda identificar el laboratorio o país del que se derivan estas esporas de carbunco. La calidad del producto contenido en la carta al senador Daschle es mejor que lo que se ha encontrado en los programas de armas biológicas estadounidense, soviético o iraquí, especialmente en términos de pureza y concentración de las esporas." Eso fue antes de que la ciencia descubriese que la cepa procedía del propio USAMRIID, claro.
Todo lo relacionado con las armas biológicas se mantiene en el más riguroso secreto, hablemos de Estados Unidos, de Rusia o del antiguo Iraq. Y el uso militar del carbunco, como estrella tradicional de los investigadores en guerra bacteriológica, no constituye una excepción. La ingeniería genética y otras técnicas que permiten multiplicar su resistencia a los antibióticos y vacunas seguramente harán que sigamos oyendo hablar de este viejo enemigo de la humanidad durante una buena temporada más. El antiguo carbón de los griegos y romanos ha encontrado su camino a los arsenales –o al menos a los laboratorios– más sofisticados de nuestro tiempo. Y, como siempre hizo, no se marchará fácilmente.
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