La pizarra de Yuri: política
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domingo, 4 de julio de 2010

Saudi Aramco, la discreta tiranía global.

¿Microsoft? ¿Wal-Mart? ¿General Electric? ¿ExxonMobil? ¿Petrochina? Tonterías. Si esa gente te parece importante, es porque no conoces a estos.

Sede central de Saudi Aramco en Dhahran. En primer plano, la mezquita
Al-Mujjama. Detrás a la izda., el edificio de ingeniería; y a la dcha., las
dos torres que albergan la administración.
Es la empresa más grande del mundo, una de las que más beneficios deja, y constituye la infraestructura real de una de las peores tiranías del planeta. Nadie sabe hasta dónde llegan sus tentáculos, pero se le conocen inversiones y lobbies en todos los lugares donde se toman decisiones. Tras ella y a través de ella, un extenso clan de teócratas islámicos interviene libremente en los principales mercados globales sin que nadie les tosa ni un poquitín. Hablamos de Saudi Aramco, el gigantesco conglomerado petrolero, gasístico y financiero con sede en Dhahran. ¿Habías oído hablar alguna vez de ella?

Dios, Patria, Rey, Empresa.

Arabia Saudí es una monarquía absolutista al estilo tradicional, donde la religión, el estado, la casa real y Saudi Aramco constituyen un todo inseparable e indistinguible. Cuatro veces más extensa que España, ocupa la mayor parte de la Península Arábiga a caballo entre el Mar Rojo y el Golfo Pérsico. Sin embargo, su población es relativamente baja (veintiocho millones de habitantes, de los cuales 5,5 millones son inmigrantes extranjeros); se halla concentrada sobre todo en la capital Riad y en una estrecha franja de la costa oeste que se extiende desde Jizan, al sur, hasta Jeddah, La Meca y Medina en el norte. La mayor parte del país se encuentra fundamentalmente despoblada, pues está ocupada por el Desierto Arábigo. Este desierto contiene algunos de los lugares más alienígenas del planeta Tierra, como el inquietante Rub' al-Khali, el lugar vacío.

Aunque el país tiene una larga historia –que incluye, notoriamente, la creación del Islam y el Califato original entre La Meca y Medina a principios del siglo VII–, el estado moderno no se fundó hasta fechas recientes: 1932, para ser exactos. En realidad, fue una creación anglosajona a partir del Tratado de Darin (1915), que convertía los territorios bajo control del clan de los Ibn Saud en un protectorado del Imperio Británico. Gracias a ese apoyo, los Ibn Saud –una familia aristocrática tradicional con características culturales beduinas, que ya habían fundado un par de estados antecesores en el área– consiguieron dominar militarmente el territorio allá por 1926. Mediante el Tratado de Jeddah (1927), el Reino Unido reconoció la independencia del entonces llamado Reino de Nejd y Hejaz, bajo el dominio absolutista del monarca Abdul Aziz ibn Saud. Sus oponentes de la casa de los Rasheed –apoyados por el Imperio Otomano– fueron absorbidos o eliminados. En 1932, Nejd y Hejaz fueron unificados como la Arabia de los Saud. Es decir, Arabia Saudita.

El conflicto tuvo un componente religioso. Los Rasheed eran chiítas bastante corrientes; los Saud, sunitas en una versión especialmente estricta y reaccionaria conocida como wahhabismo (aunque ellos prefieren el término salafismo). El wahhabismo o salafismo es uno más de los supuestos retornos a los orígenes que las religiones presentan de vez en cuando, hasta cierto punto parecido a las ramas ultraconservadoras del protestantismo cristiano: reacción ante un clero corrupto y frente a innovaciones (como el sufismo), literalismo e inerrancia de su libro sagrado (para unos la Biblia y para otros el Corán), defensa de la pureza religiosa y los valores familiares tradicionales, oposición a la idolatría (incluyendo las imágenes, monumentos e iconos), oposición radical a cualquier forma de religión popular o tradicional (magia, talismanes, etc), denuncia del culto a los santos o cualquier otro intermediario ante su dios, así como severo puritanismo moral, social y sexual con elementos sexistas y clasistas muy fuertes.

Como consecuencia, el desarrollo de la identidad nacional saudí quedó estrechamente vinculado a este salafismo y a la Casa de Saúd, por oposición al chiísmo, a la Casa de Rasheed y a sus amigos otomanos (o sea: turcos). El país nunca se dotó de una Constitución, ni de instituciones independientes, ni de nada ni remotamente parecido a una separación de poderes, ni de separación entre iglesia y estado, ni de ninguna otra libertad, derecho o característica propia de un estado moderno; en el mundo musulmán, se sitúa así en el extremo opuesto de la Turquía de Kemal Ataturk que vino a reemplazar al Imperio Otomano. No fue hasta 1992, después de la Primera Guerra del Golfo, cuando Arabia Saudí promulgó por primera vez una Ley Básica a modo de Constitución para quedar bien ante sus aliados occidentales; sus artículos 1, 2, 3, 6,7, 8 y 9 rezan como sigue:
1. El Reino de Arabia Saudita es un estado árabe islámico soberano, y el Islam es su religión. Su Constitución es el Libro de Dios [el Corán] y la Sunnah [tradición] de su Profeta [Mahoma], que las oraciones y la paz de Dios sean con él. El árabe es su idioma y Riad, su capital.
2. Las festividades públicas del estado son el Id al-Fitr y el Id al-Adha [el último día del Ramadán y la celebración del sacrificio de Abraham]. Su calendario es el calendario de la Hégira.
3. La bandera estatal será como sigue: (a) será verde [el color del Islam]; (b) su anchura será igual a dos tercios de su longitud; (c) las palabras "No hay más que un Dios y Mahoma es Su Profeta" se inscribirán en el centro con una espada a sus pies [...]
6. Los ciudadanos deben lealtad al Rey de acuerdo con el Sagrado Corán y la tradición del Profeta, en sumisión y obediencia, en tiempos fáciles y difíciles, en la fortuna y en la adversidad.
7. El Gobierno de Arabia Saudí deriva su poder del Sagrado Corán y la tradición del Profeta.
8. [Los principios del] Gobierno de Arabia Saudí se sustentan en la justicia, la consulta y la igualdad según la Ley de Dios [Shari'ah].
9. La familia es el núcleo de la sociedad saudí; sus miembros serán educados sobre la base de la fe islámica, la lealtad y la obediencia a Dios, su Profeta y sus guardianes [...]
...y sigue por un estilo durante decenas de artículos de los 83 que contiene. La propiedad privada es sagrada (artículos 18 y 19), los impuestos se impondrán sólo cuando haya necesidad (art. 20) y la propiedad, el capital y el trabajo son derechos personales de acuerdo con la Ley de Dios (art. 17). Con respecto a las libertades y derechos democráticos, en cambio, sólo encontramos lo siguiente:
12. La consolidación de la unidad nacional es un deber, y el Estado impedirá cualquier cosa que pueda conducir a la desunión, la sedición y la separación.
26. El estado protegerá los derechos humanos según la Ley de Dios [Shari'ah].
44. Las autoridades del estado son: el poder judicial, el poder ejecutivo y la autoridad reguladora. [...]
45. El poder judicial es una autoridad independiente [...] excepto en lo relativo a la Ley de Dios [Shari'ah].

Por su parte, el poder ejecutivo está totalmente concentrado en el Rey. Pero... ¡un momento! ¿No nos falta el poder legislativo? Quiero decir, ya sabes, legislativo-ejecutivo-judicial y todo ese rollo...

No, obviamente no falta. El poder legislativo está igualmente concentrado en la Casa Real, los clérigos (ulemas) que interpretan la Ley Divina y los jueces que la aplican. Estamos, pues, ante una teocracia absolutista de rasgos medievales, a años luz de la Revolución Francesa y lo que ésta significó. El imperio de la ley es el imperio de la ley del rey, el clero y la patria. Dios, Patria, Rey. Y Empresa.

El oro negro y el amigo americano.

Desde su mismo origen, la historia de Arabia Saudí está inextricablemente vinculada al petróleo que abunda a mares bajo sus arenas inhóspitas.Ya en 1932, geólogos norteamericanos de Standard Oil de California (hoy en día Chevron) encontraron petróleo en otro protectorado británico de facto sito en la misma Península Arábiga, o casi: Bahréin. En 1933, apenas un año después de la fundación del país, los Saúd concedieron una concesión a esta misma compañía petrolera para realizar prospecciones en su territorio. En 1936, la Texas Oil Company (ahora llamada Texaco) compró a Standard Oil el 50% de esta concesión. Ya en 1938 estas compañías abrieron el primer campo, precisamente en Dhahran, donde ahora se encuentra la sede de Saudi Aramco.

Durante la Segunda Guerra Mundial, tales pozos ya apoyaron marginalmente el esfuerzo de guerra aliado. Sin embargo, no fue hasta el final de la misma cuando estas compañías norteamericanas comenzaron a explotar a fondo las riquezas petrolíferas de la región; así, dejaron en un remoto segundo lugar a sus primos británicos de BP, que se concentraron en la explotación de los pozos iraníes. En 1944, Standard Oil cambió el nombre a su subsidiaria local –hasta entonces denominada Casoc, o California Arabian Standard Oil Company– por Aramco: Arabian American Oil Company. En 1945, esta Aramco abrió la gigantesca refinería de Ras Tanura, que durante muchos años sería la más grande del mundo y aún hoy ocupa la quinta posición.

En 1948, otras dos de las siete hermanas (ahora conocidas como ExxonMobil, la segunda empresa privada más grande del mundo después de Petrochina) se sumaron al negocio, comprando importantes participaciones en Aramco. De esta forma, las cuatro hermanas estadounidenses –lejos de competir– cooperaron durante décadas para explotar la riqueza petrolera saudí a gran escala.

La Guerra Árabe-Israelí de 1948 comenzó a complicar las cosas. En esta guerra, tanto Estados Unidos como la Unión Soviética se pusieron de parte de Israel y dejaron solos a los árabes, con el resultado que se puede suponer. Entre esto y que los yanquis se estaban haciendo de oro con el petróleo saudí sin que la Casa de Saúd viera más que las sobras, en 1950 amagaron con nacionalizar Aramco por primera vez, imitando lo ocurrido en Venezuela poco antes. En esencia, querían el 50% de los beneficios. ExxonMobil, Texaco y Chevron entraron en pánico y pidieron ayuda al gobierno de los Estados Unidos. El presidente Truman se la prestó, y de qué manera: garantizó a estas compañías petrolíferas una reducción de impuestos equivalente al 50% de los beneficios sobre las ventas de combustibles, de tal modo que le pudieran dar el otro 50% a los Ibn Saúd sin reducir sus ganancias. El dinero se canalizó directamente a través del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos. Este trato de favor a gran escala se conoce como el golden gimmick.

Como en Arabia Saudí no existe separación alguna entre la monarquía y el estado, todas estas riquezas inmensas iban a parar de hecho a las arcas de la Casa Real, que a lo largo de los siguientes años se hicieron famosos en el mundo entero por su estilo de vida lujoso hasta extremos absurdos. Bien es cierto –todo sea dicho en justicia– que aprovecharon para levantar el país, aunque en la práctica el país les pertenecía también. Paralelamente, los países productores de petróleo comenzaron a ser conscientes de los enormes beneficios que podían obtener –y que hasta ese momento se llevaban sobre todo estas compañías extranjeras–, por lo que comenzaron los movimientos para fundar la OPEP.

Y los Estados Unidos protegieron a la Casa de Saúd frente a todos sus enemigos exteriores e interiores, a pesar del problema con Israel. A cambio de esto y de su 50%, el Rey permitía que Aramco siguiera forrándose con el petróleo saudí. Participaron en la Guerra de los Seis Días, por aquello de la solidaridad entre hermanos árabes, musulmanes, etcétera, pero sin muchas ganas (y mucho menos para ayudar a los egipcios, con quienes no se pueden ni ver). Sin embargo, la Guerra del Yom Kippur de 1973 complicó bastante las cosas: la tibieza del riquísimo estado saudí frente al enemigo sionista comenzó a estar muy mal vista en todo el mundo árabe y la Casa Real temió por su estabilidad; pero, por otra parte, tenían las manos atadas porque la muy norteamericana Aramco era la casi única fuente de riqueza para el país y sus monarcas.

La brutal derrota de los árabes en esta guerra del Yom Kippur forzó a Arabia Saudí a participar en el embargo del petróleo de 1973 contra Estados Unidos y Europa Occidental. Y funcionó. La OPEP se hizo consciente de pronto de su poder global; la Casa de Saúd, también. Ahora ya no eran simplemente ricachos, hombres de paja de poderes extranjeros: se habían convertido en operadores de alcance planetario. Pronto, el Movimiento de Países No Alineados –la mayor alternativa que existió jamás a la hegemonía de los Estados Unidos y la URSS– estaba en marcha, incorporando a casi toda la OPEP. En ese mismo año de 1973, la monarquía saudí utilizó una parte de la fortuna acumulada durante todos estos años para adquirir el 25% de Aramco, en lo que constituyó el primer paso para su nacionalización.

A lo largo de los siguientes siete años, la Casa de Saúd (o el estado saudí, que lo mismo da) fue adquiriendo participaciones cada vez mayores en la empresa. En 1980 compraron la última acción, con lo que la otrora norteamericana Aramco se convirtió en saudita por completo; de esa forma, Riad recuperaba el control completo sobre su producción y exportación de petróleo sin depender de los Estados Unidos. Así, ganó una mayor libertad política para moverse entre los polvorines del Oriente Próximo y en los mercados del mundo entero.

Sin embargo, la Casa de Saúd nunca se sintió cómoda lejos del amigo americano, sobre todo teniendo en cuenta que sus rivales egipcios se estaban alejando de la URSS y acercándose a los Estados Unidos. No querían dejar de ser los favoritos de Occidente en el mundo árabe. De tapadillo, siguieron cooperando a todos los niveles. Las operaciones norteamericanas para crear el integrismo islámico moderno contra la URSS en Afganistán y los regímenes seculares prosoviéticos en todo el Oriente Medio se ejecutaron fundamentalmente a través de Arabia Saudita y Pakistán (esos eran los tiempos en que Hollywood nos obsequiaba con un Rambo amigo de los muyahideen contra el pérfido oso comunista). El durísimo salafismo islámico fue exportado a un –por aquel entonces– bastante secularizado Afganistán a través de un tal Osama Bin Laden y sus talibanes con dinero saudita y estadounidense. (Y también misiles de alta tecnología al Irán de los ayatolás a través de –no te lo vas a creer– Israel, sí, Israel, en lo que vino a ser el asunto Irán-Contras).
Durante la presidencia de Ronald Reagan, el apoyo norteamericano a los integristas islámicos se extendió a su maquinaria de propaganda. En la imagen, dos capturas de la película Rambo III donde el héroe estadounidense lucha codo con codo junto a los muyahideen (ahora llamados "terroristas") contra el enemigo soviético. Uno de los organizadores principales de estos muyahideen era Osama Bin Laden, y la ayuda se canalizó fundamentalmente a través de Pakistán y Arabia Saudí.

Saudi Aramco.

Y Aramco siguió creciendo y creciendo y creciendo, ahora bajo control exclusivo saudí. Poseen el campo de Ghawar –el más grande del mundo– y también los de Safaniya-Khafji, Shaybah, Abqaiq, Berri, Manifa o Faroozan más otros muchos por todo el planeta en los que han ido adquiriendo participaciones. Poseen el 20% de las reservas de petróleo de la Tierra. Construyeron el Master Gas System, la red de hidrocarburos más grande del mundo, así como enormes refinerías y plantas de gas licuado. Compraron superpetroleros. Con la permanente ayuda estadounidense, desarrollaron avanzadas tecnologías de extracción, procesamiento y distribución. Se instalaron gigantescos gasoductos y oleoductos, terminales de carga, de todo. En 1988, la empresa fue estatalizada definitivamente bajo el nombre Saudi Aramco.

Saudi Aramco es propiedad exclusiva al 100% de Arabia Saudí –de la Casa de Saúd–, no tiene más accionistas y no sale a bolsa, con lo cual siempre permanece en un discreto segundo plano; carece de obligación de aportar a nadie más que el monarca cuentas de resultados, balances, auditorías y demás cosillas para pobres. En 2005 (actualizado en 2006), un singular documento de Financial Times desveló que las empresas más valiosas del mundo –más grandes en términos económicos– no eran ni Microsoft, ni Wal-mart ni ninguna de esas: la lista estaba encabezada por los gigantes petrolíferos estatales que no tienen que rendir cuentas a nadie más que a sus propios estados.

Y arriba del todo, destacando a enorme distancia de todas las demás, estaba Saudi Aramco.

Con un valor total estimado de 781.000 millones de dólares –repite conmigo: setecientos - ochenta - y - un - mil - millones - de puñeteros dólares–, la muy estatal y muy islámica Saudi Aramco era ya en 2005-2006 tan grande como las dos compañías privadas más grandes del mundo juntas: esas eran, por aquellos tiempos, ExxonMobil y General Electric.

Sus ingresos anunciados en 2008 fueron de 233.000 millones de dólares –repítelo–. Esto la pone en un modesto sexto lugar con respecto a empresas más pequeñas; de ahí come la práctica totalidad de Arabia Saudí. Saudi Aramco es quien paga todas las facturas, a través de una densa trama de nepotismo, clientelismo e ingenierías contables tanto dentro como fuera del país. Controla el 90% de la riqueza nacional. Arabia Saudí es Saudi Aramco.

Saudi Aramco tiene enormes inversiones en el exterior, y de manera muy notable en los Estados Unidos, donde ha estado estrechamente vinculada con los dos presidentes de la familia Bush. Lo hace a través de subsidiarias conocidas y de inversiones mucho menos obvias en los mercados globales. Nadie sabe hasta dónde llegan sus tentáculos. Pero llegan muy lejos.

Aviones de Saudi Aramco en el aeropuerto Rey Fahd.

La tiranía discreta de alcance global.

En Arabia Saudí no existen los derechos humanos. Es el tercer país que más gente ejecuta per capita –incluyendo menores–; las amputaciones de miembros y las tandas de cientos de latigazos se aplican libérrimamente. Su imperio de la ley depende del rey y de los clérigos. Las minorías sexuales son reprimidas brutalmente; el sexo fuera del matrimonio es ilegal. Los derechos de la mujer son un chiste (y los del hombre, sobre todo cuando es pobre, también). Los inmigrantes extranjeros (los pobres, claro) son carne de cañón para el sistema judicial, si es que se le puede llamar así. La policía política está por todas partes. Sin embargo, el caso saudí casi siempre aparece como una nota a pie de página en las declaraciones grandilocuentes sobre la protección de los derechos humanos. En serio, ¿cuántas veces has oído hablar del problema de los derechos humanos en Arabia Saudí?

En Arabia Saudí no existen ni siquiera las formas de una democracia, aunque sea de papel. Los partidos políticos y los sindicatos están rigurosamente prohibidos, y quienes intentaron formar alguno, encarcelados o muertos. No hay ni siquiera un Parlamento de coña. No hay elecciones. No hay ninguna manera mediante la que el pueblo pueda intervenir en el poder. La monarquía es intocable. No se tolera ninguna clase de disidencia. Es como Corea del Norte, pero con pasta. Sin embargo, ¿cuántas veces has oído hablar de la necesidad de llevar la democracia a Arabia Saudí?

Entrevista (subtitulada en inglés) a un verdugo saudí:



En Arabia Saudí no existe la libertad de opinión. Ningún medio de comunicación ni ningún ciudadano particular puede criticar al poder o al Islam. Los periodistas están estrechamente vigilados. Incluso bloggers moderadamente críticos como Fouad Al-Farhan son detenidos durante meses en confinamiento solitario. El acceso a Internet está censurado y controlado mediante un firewall que no tiene nada que envidiar al chino, provisto por la compañía norteamericana Secure Computing. Sin embargo, ¿cuántas veces has oído hablar de los problemas con la libertad de opinión, prensa e Internet en Arabia Saudí?

En Arabia Saudí no existe la libertad de religión. Vamos, ni de coña. Mucho menos que en China, por decir algo. Arabia Saudí es islámica y salafista, punto. La policía religiosa –mutaween– es omnipresente. Los extranjeros que quieran celebrar ritos, pueden hacerlo en su habitación del hotel o del complejo gubernamental para guiris. No se permite difundir materiales de ninguna otra religión (ni siquiera de otras versiones del Islam). Convertirse a otra religión es apostasía, condenada con la pena de muerte; ni en la URSS de Stalin, ni en Corea del Norte ni en la Alemania nazi se vio esto. La minoría chiíta está severamente oprimida y discriminada. La mera idea de construir un templo de algo distinto al salafismo constituye una especie de broma de poco gusto. Según estos absolutistas, cualquier cosa que suene remotamente a relativismo es motivo más que suficiente para hacerlo desaparecer en las arenas, incluso sin juicio. Sin embargo, ¿cuántas veces has oído hablar de la represión religiosa o ideológica en Arabia Saudí?

Ciudadanos prominentes de Arabia Saudí –una tiranía donde todo está controlado– han financiado abundantemente grupos terroristas por todo el mundo, y se dice que siguen haciéndolo. En una situación kafkiana, reprime en su propio país a los mismos militantes que ha fomentado –y puede que fomente– en otros muchos lugares. Allá donde hay mujahideen, hay ciudadanos saudíes, dinero saudí, teología saudí; sea Afganistán, Bosnia, Chechenia, Kosovo... o Nueva York. De los diecinueve autores materiales de los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Manhattan y Washington DC, quince fueron saudíes. Y sin embargo... eso.

El único país del mundo que posee aviones AWACS E-3 Sentry fuera de la OTAN es Arabia Saudí; ni siquiera Israel los tiene. Junto con Kuwait, es también el único país fuera de los Estados Unidos con carros M1A2 Abrams; y uno de los cuatro que opera cazas y cazabombarderos F-15 Eagle. Es el único país fuera de Europa que tuvo el Panavia Tornado y que tiene el Eurofighter Typhoon. A pesar de ser una conocida tiranía con extraordinarias violaciones de los derechos humanos, todo el mundo le vende material policial y represivo por toneladas. No es como si no pudiera pagar todo ello y mucho más, claro; pero las decisiones de compraventa de estas armas tan sofisticadas y poderosas no se rigen exclusivamente por motivos económicos. Ni lo hace el vendedor, ni lo hace el comprador.

Mientras tanto, Arabia Saudí –Saudi Aramco, la Casa de Saúd, el Islam salafista, todo en uno– sigue exportando 360.000 barriles de petróleo por hora –cien por segundo, más que Rusia y los Emiratos Árabes Unidos juntos– hacia todo el sediento mundo. Es el quinto poseedor de reservas de divisa del planeta con 395.000 millones de dólares, inmediatamente detrás de China (2,5 billones), Japón (990.000 millones), la Eurozona (668.000 millones) y Rusia (447.000 millones). Su fondo soberano de inversión SAMA es el tercero de esta Tierra, con 431.000 millones de dólares. La deuda pública nacional asciende al 13,5% del PIB (la de Estados Unidos es del 86,1%, la de Alemania del 77% y la de España del 50%, datos de 2009, por poner tres ejemplos); en deuda externa, eso son 58.600 millones de dólares, menos que Nueva Zelanda y equivalente a su producto nacional bruto de... 57 días. Todo ello según declaración pública, lo que difícilmente incluye las inversiones privadas de los miembros de la extensa familia real.

Sin el petróleo saudí, el mundo se detendría de inmediato. Sin el dinero saudí, los mercados colapsarían de la noche a la mañana.

El resultado es obvio: estos no son moros sino señores árabes a quienes nadie se atreve a incomodar, no vaya a ser que ocurra algo con el petróleo o con las monumentales inversiones que mantienen en todos los sectores. Sus palancas políticas y geoestratégicas son extensas y profundas, y cuanto más desarrollada es una sociedad, más depende de que esos superpetroleros cargados hasta la bandera sigan llegando a su hora –por no mencionar posibles desinversiones en, digamos, los sectores más delicados de tu economía, o de tus negocios en particular–. Mientras tanto, la que probablemente sea la peor tiranía teocrática del mundo sigue su camino suavemente, prósperamente, globalmente. Discretamente. Y de fondo, las inmensas refinerías de Saudi Aramco rielando desde el Mar Rojo hasta el Golfo Pérsico y el mundo entero, acariciadas por las ardientes arenas del lugar vacío.
Un sector de la gigantesca refinería de Rabigh, propiedad de Saudi Aramco. Con una capacidad de procesamiento de 400.000 barriles/día, es la segunda más grande del país y una de las mayores del planeta.

EL LIBRO DE LA PIZARRA DE YURI:
La Pizarra de Yuri
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domingo, 23 de mayo de 2010

¿Dónde está el futuro de la exploración espacial?

Incertidumbres tecnológicas, económicas y políticas nos mantienen atados en las órbitas próximas a la Tierra.

No se escapa a nadie que los grandes proyectos de la humanidad viven tiempos inciertos. Durante las dos últimas décadas, parecemos haber caído en una especie de decadencia tecnificada, acomodados, timoratos e incapaces de dar pasos colectivos en una dirección clara. La verdad es que llevamos una buena temporada dejando el pabellón muy bajo. Esto se plasma de manera notoria en la exploración espacial humana, resumen y símbolo contemporáneo de lo que somos capaces de hacer. ¿A dónde vamos, en este preciso momento de nuestra historia?

Breve recuerdo de la exploración espacial.

La historia de la exploración espacial humana se puede dividir en tres etapas, más una etapa cero. Esta etapa cero se extiende desde el redescubrimiento en 1903 de la Ecuación del Cohete por el padre de la astronáutica Konstantin Tsiolkovsky hasta las V-2 nazis de la Segunda Guerra Mundial. Hay quien considera a las V-2 como el primer vehículo espacial, pues algunas de ellas tenían el apogeo de su trayectoria balística por encima de la línea Kármán, que separa convencionalmente el espacio aéreo terrestre del espacio exterior. Sin embargo, su incapacidad para permanecer en el espacio o entrar en órbita las convierte más bien en el primer SRBM y el antecesor inmediato del cohete espacial.

Muy a grandes rasgos, estas tres etapas de la exploración espacial humana son las siguientes:
  • Etapa 1 o los tiempos heroicos: Comienza con el lanzamiento del Sputnik 1 en 1957, las primeras llegadas automáticas a la Luna de 1959 (Luna 2, Luna 3) y el vuelo de Yuri Gagarin en 1961. Se extiende más o menos hasta los vuelos tripulados a la Luna de 1969-1972 (Apolo 11 a Apolo 17) y las misiones interplanetarias automáticas a Venus que se iniciaron en 1965.

  • Etapa 2 o los tiempos de consolidación: El esfuerzo primario se centra ahora en conquistar sólidamente las órbitas próximas a la Tierra. La apuesta emblemática norteamericana es el transbordador espacial, iniciado durante los años 70, que voló por primera vez en 1981; su retirada está prevista este año. Los soviéticos, por su parte, apostaron por un denso programa de estaciones espaciales (Salyut 1 a Salyut 7, de 1971 a 1986) que culminaría con la no menos emblemática Mir (1986-2001); la nave más representativa de esta opción es la Soyuz, que sigue en activo.
  • Etapa 3 o los tiempos de comercialización: tras la disolución de la URSS en 1991 y las nuevas políticas económicas en Occidente orientadas a la reducción del gasto público y la liberalización económica, así como con el surgimiento de nuevos competidores, los grandes programas espaciales se van viendo retrasados o suprimidos en favor de aproximaciones con una rentabilidad más inmediata o cooperaciones internacionales mediante tecnologías probadas como la Estación Espacial Internacional (que está construida en torno de lo que iba a ser la Mir 2).

Merece la pena detenerse un poco en esta última etapa, pues es la que estamos viviendo ahora mismo. Los grandes proyectos que se daban por descontados durante las dos etapas anteriores (regreso a la Luna, viajes tripulados a Marte y Venus, inicio de la exploración extensiva de las lunas de Júpiter y Saturno, comienzo de la industrialización del espacio) languidecen o han desaparecido en el pozo de unos presupuestos cada vez más reducidos, algunas de cuyas expresiones más extremas dieron lugar a problemas notorios.

La situación actual.

Por un lado van los programas militares, a su rollo; su expresión más notable hoy por hoy siguen siendo los satélites de telecomunicaciones especiales, navegación (GPS/GLONASS) y de reconocimiento estratégico. Los planteamientos de combate espacial –de manera muy conocida, la Guerra de las Galaxias de Reagan– han ido quedando cancelados por su coste, baja confiabilidad y rápida obsolescencia, cuando no por ser simplemente impracticables; hoy por hoy, se reducen a débiles aproximaciones ASAT. En todo caso, los militares están firmemente anclados a las órbitas cercanas a la Tierra, por la sencilla razón de que lo que le interesa a los militares ocurre sobre todo en la Tierra. Los lanzamientos estatales/militares siguen constituyendo aproximadamente el 50% del total, sobre todo en lo que hace referencia a Estados Unidos y en menor medida Rusia.

Los programas científicos se han ido desarrollando con altibajos a lo largo de estos últimos años y los más notables –como los Grandes Observatorios del tipo del Hubble, el Chandra y el Spitzer– orbitan también en las cercanías de nuestro planeta, entre otros motivos porque no necesitan estar más lejos para cumplir su misión estupendamente. Aunque de cuando en cuando las agencias espaciales y las universidades nos obsequian con alguna excitante misión más allá, a nadie se escapa que estas misiones son mucho menos ambiciosas que sus equivalentes de unas décadas atrás. ¿Alguien se imagina algo tan radical y revolucionario como las Venera, las Apolo, el transbordador o la Mir en la actualidad? Sea como fuere, los lanzamientos científicos suelen formar entre el 10% y el 15% de los lanzamientos totales.

El sector más vigoroso de la exploración espacial presente está, sin duda, en el ámbito comercial. Hoy por hoy, entre el 20% y el 40% de los lanzamientos espaciales son comerciales. Esto es, una carga de un tercero (estatal o privado) contratada para su lanzamiento a alguna potencia con la capacidad de realizarlos, pagando buen dinero a cambio. Esta potencia suele ser Rusia, que trimestre a trimestre acapara entre el 30% y el 60% de todos los lanzamientos comerciales por su fiabilidad, conveniencia y bajo coste. Lanzar con los europeos sale caro, y con los estadounidenses, caro y medio (a continuación veremos esto con más detalle).

Estudio de los lanzamientos espaciales comerciales (total mundial) en periodo 2000-2010, con detalle del reciente quinquenio 2005-2010 y evolución a lo largo de la década (clic para ampliar).

Los dos grandes problemas.

Los dos grandes problemas que afectan a las posibilidades de exploración espacial humana en el futuro inmediato son fáciles de expresar, pero difíciles de resolver.

El primero de estos problemas radica en las ciencias y tecnologías de la propulsión. Enviar cosas al espacio sigue siendo brutalmente caro y bastante difícil. El pozo gravitatorio de la Tierra nos obliga a usar grandes cohetes propulsores y cantidades enormes de combustible muy costoso; además, el número total de lanzamientos es muy bajo en comparación con cualquier otro medio de transporte, por lo que las economías de escala juegan a la contra. Cada kilogramo de carga típica en órbita baja cuesta un mínimo de tres o cuatro mil dólares, que ascienden a quince mil para los lanzamientos a órbita geoestacionaria (obsérvese que el enlace está en libras: 1 kg son 2,2 lb). Y eso, usando los cohetes rusos más económicos. La cifra asciende a entre ocho mil y veintipico mil, respectivamente, utilizando propulsores europeos Ariane-5; y desde diez mil a cincuenta mil si quisiéramos lanzar con el transbordador espacial norteamericano. Por kilo.



De media, una botella de agua mineral de litro cuesta en el espacio un mínimo de tres mil euros y más probablemente unos siete mil: un euro para comprarla y el resto para lanzarla. Hay algunas iniciativas en marcha para reducir este coste al rango de los mil euros por kilo durante los próximos años, pero de momento no tienen nada claro y ya acumulan muchos retrasos. Aún así, seguiríamos hablando de cifras bastante espectaculares.

Pero el problema no se acaba aquí. En el espacio, las distancias son abismales. Ir a la Luna son sólo tres días de viaje con las tecnologías presentes, pero para Venus ya hacen falta cuatro meses y si salimos hacia Marte, al menos seis y más habitualmente nueve (con lanzamientos especialmente costosos, mucho más que los de las órbitas corrientes mencionadas arriba). A partir de aquí, las distancias y tiempos comienzan a crecer monstruosamente. Hoy por hoy, el viaje interestelar (entre sistemas solares distintos) es simplemente un sueño. Por supuesto, el límite absoluto de la velocidad de la luz en el vacío pesa como una maldición cósmica sobre los viajeros futuros, pero a nosotros aún nos falta un tanto para tener que preocuparnos por él: las naves espaciales más rápidas construidas hasta hoy por la especie humana volaron a dos diezmilésimas partes de la velocidad de la luz.

En realidad, no es demasiado difícil hacer una nave espacial capaz de acelerar hasta la mitad de la velocidad de la luz más o menos (a partir de ahí empiezan otros problemas con peor arreglo). Bastaría llevar el combustible suficiente para mantener el motor encendido durante algún tiempo: a una aceleración de 9,8 ms-2 (equivalente a la de la gravedad terrestre, para que sus ocupantes vayan cómodos) se puede alcanzar el 50% de la velocidad de la luz en menos de doscientos días, con muy pocos efectos relativistas. Sin embargo, los problemas de índole práctica y económica son enormes: requiere construir y lanzar una nave inmensa, para poder cargar todo ese combustible; o, alternativamente, usar tecnologías que en estos momentos sólo empezamos a vislumbrar.

El segundo problema que afecta al futuro de la exploración espacial es más simple aún: el dinero, a pelo. En cuanto nos planteamos cosas más grandes de las que estamos haciendo por el momento, estos costes ya de por sí altos se multiplican por muchos órdenes de magnitud. Sencillamente, como especie no tenemos esa clase de dinero aún (es decir: de recursos fácilmente accesibles); y lo que podemos hacer con nuestros recursos actuales no permite obtener unos retornos que justifiquen la inversión en el plano económico. No se justifica hoy por hoy una Flota de las Indias Cósmicas que vuelva cargada de oro y plata; para empezar, porque ese oro y plata –o lo que ocupe su lugar– sería enormemente caro, mucho más que el disponible en la Tierra debido a los altos costes del viaje espacial. Al menos con los sistemas político-económicos presentes, sería un negocio ruinoso.

Rusia: el deseo y la impotencia.

Las dos grandes potencias cósmicas presentan distintos problemas para liderar la reactivación de la exploración espacial humana.

Rusia tiene la tecnología, los expertos, la voluntad política y el mercado comercial más grande del mundo, pero le falta la clase de riqueza a gran escala que generaba la economía soviética hasta 1990. En la actualidad, y a pesar de una sobresaliente recuperación en años recientes, la economía rusa tiene apenas un 41% del tamaño que tuvo la soviética en el último año de existencia de la URSS (y todas las economías ex-soviéticas juntas, un 56%). Esta reducción del volumen de recursos disponibles ha constreñido severamente el programa espacial ruso, tanto en solitario como con las colaboraciones ucranias y kazajas. El mal comportamiento de la economía ucrania en estos años (es uno de los pocos países de la ex-URSS cuya economía es aún más pequeña hoy que durante la catástrofe de 1992-1993) sugiere que la participación de este país en la exploración espacial finalizará, al menos temporalmente, cuando el nuevo Angara desplace al Zenit.

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A pesar de estas restricciones económicas, Rusia mantiene un programa bastante ambicioso. El Plan Federal 2006-2015 prevé las siguientes actuaciones, que se extenderán más allá de 2015:
  • Sustitución de las naves tripuladas Soyuz por su sucesor PPTS (que algunos llaman súper-Soyuz). Las indecisiones de la Agencia Espacial Europea –que primero iba a cooperar, luego que no, luego que sí, luego que no otra vez, hasta que los rusos se hartaron y tiraron por la calle de enmedio– han retrasado fuertemente este proyecto, junto a los propios problemas de financiación rusos. Al parecer, TsSKB Progress de Samara, la inmensa fábrica de cohetes en serie, ha empezado ya a trabajar en el lanzador Rus-M para este nuevo vehículo.
  • El retorno a la Luna, con cuatro naves automáticas Luna-Glob, la primera de ellas en cooperación con Japón. No es previsible que el primer lanzamiento se produzca antes de 2012.
  • Un nuevo intento a Marte, con Fobos-Grunt, programada para 2011.
  • El retorno a Venus, con Venera-D, programada para 2016.
  • Completar el experimento humano MARS-500 para la simulación de un vuelo tripulado a Marte. Las dos primeras fases se realizaron satisfactoriamente en 2008 y 2009, y está previsto iniciar la tercera el 3 de junio de este año, simulando una misión tripulada al planeta rojo de 520 días.
  • Introducción del cohete lanzador pesado Angara, reemplazando una variedad de lanzadores obsolescentes heredados de la época soviética. Aunque ya se han realizado bastantes pruebas parciales y el GKNPTs Krunichev de Moscú tiene los trabajos muy adelantados, es improbable que se produzca el primer lanzamiento antes de 2013.
  • Restablecer la constelación de satélites de navegación GLONASS con 18 unidades; esto ya se ha logrado, y hay 21 en servicio actualmente (más dos en reserva). A partir de ahora se lanzarán satélites de tercera generación hasta un total de 30 en 2011, mejorando así su precisión y la disponibilidad global del servicio. 
  • Lanzamiento de los nuevos satélites de monitorización terrestre Resurs-P (vinculados al proyecto militar Persona) en sustitución de los Resurs-DK, así como los Smotr y Arkon.
  • Inicio de la constelación Vulkan para la alerta temprana frente a terremotos y otros desastres naturales. 
  • Completar el segmento ruso de la Estación Espacial Internacional.
  • Misiones científicas: Koronas-Foton (investigación solar, lanzada en 2009 y fallida), Spektr-R (radioastronomía, prevista en 2010), Spektr-RG (radioastronomía de rayos X y gamma, en rediseño), Spektr-UV (radioastronomía de radiación ultravioleta, en rediseño), Intergelizond (investigación solar, 2011), Celesta (astronomía estelar, 2018), Terion (geofísica, 2018) y restablecimiento de las misiones Bion de estudio de los efectos del viaje espacial sobre los seres vivos.
  • Nuevos satélites meteorológicos y climatológicos de los tipos Elektro-L (2011) y electro-P (más allá de 2015).
  • Numerosas misiones militares clasificadas.
Podemos ver que, a pesar de sus limitaciones económicas, el programa ruso sigue apuntando claramente en las direcciones precedentes. Incluso se habla de construir el primer astillero espacial, llamado OPSEK, cuando finalice la cooperación con la Estación Espacial Internacional. Este sería sin duda el primer paso para una futura industrialización del espacio. Claramente, tienen una visión, tienen la ciencia, tienen la tecnología, tienen la infraestructura, siguen contando con inmenso apoyo popular en su país y sólo les falta el dinero.

Estados Unidos: potencia sin norte (ni sur, ni...).

Estados Unidos tiene la ciencia, tiene la tecnología, tiene la infraestructura, tiene el dinero... pero nadie sabe a dónde va. Es un secreto a voces que la potencia norteamericana no tiene una visión de lo que quiere hacer en el espacio. El programa del transbordador espacial se acaba este año, y nadie había previsto un sustituto realista, hasta el extremo de que a partir del año próximo los Estados Unidos pasarán a depender de las Soyuz rusas para todas sus misiones tripuladas durante un tiempo indeterminado. El programa Constellation con la nave Orion y el nuevo cohete lanzador Ares están esencialmente cancelados, o en remojo, o lo que quiera que sea: el caso es que nadie sabe cuándo volarán, si es que vuelan; esto representa un hachazo enorme a las posibilidades norteamericanas para la exploración espacial.

La Vision for Space Exploration, que apostó brevemente por el regreso a la Luna y el viaje tripulado a Marte, es extremadamente dependiente del programa Constellation (además de poco realista, poco innovadora y probablemente inadecuada). Con Constellation en estado crítico, la VSE no se sostiene. Resulta obvio que Obama desea cancelar el paquete completo; y no le falta alguna razón, porque toda la idea estaba sustancialmente desenfocada y carecía de perspectivas claras.

Lo único que parecen tener claro los Estados Unidos es que desean mantener una fuerte presencia militar en el espacio. Sin embargo uno de sus componentes fundamentales, la Future Imagery Architecture de reconocimiento estratégico avanzado, fue cancelada en 2005 debido a monumentales sobrecostes económicos y diversos fracasos tecnológicos; ni uno solo de sus componentes llegó a entrar en órbita. Boeing gastó miles de millones de dólares de dinero público antes de que les cancelaran el contrato. El New York Times lo llamó "el fallo más costoso y espectacular en cincuenta años de satélites de reconocimiento estratégico". En su lugar, Lockheed Martin está implementando ahora satélites más convencionales. No obstante ello, Estados Unidos mantiene y mantendrá una fuerte presencia militar en el espacio durante los próximos años.

Estados Unidos quiere apostar por proyectos privados como el Falcon 9 con la nave espacial Dragon de SpaceX, el Taurus con la nave espacial Cygnus de Orbital Sciences Corporation, y el ya quebrado Rocketplane Kistler. Esto es absurdo. Todos estos proyectos son meramente subcontratas para hacer a gran coste y con poca experiencia lo mismo que hace ya cualquier Zenit, Soyuz o Proton (de hecho, OSC está subcontratando extensivamente con los ucranios e incluso con los rusos). El Taurus II incorpora motores rusos NK-33 de NK/Kuznetsov y tripas ucranias de Yuzhnoye (prácticamente toda la primera fase). Es tan parecido a un Zenit que hasta han tenido que darle el mismo diámetro para que las piezas encajaran: 3,90 metros; con la diferencia de que el Zenit es uno de los lanzadores más baratos que existen y el Taurus, uno de los más caros. Los motores Merlin para el Falcon 9 de Space X son de construcción propia, pero menos potentes, menos eficientes y con menor impulso específico que los NK-33 rusos de los años '70 utilizados por OSC.

En realidad, todo el concepto carece de sentido realista. Estas pequeñas empresas privadas no están ni cerca de sus competidores estatales internacionales. En el mejor de los casos están veinte años por detrás, y cincuenta en el peor. Puede que terminen consiguiendo algunos lanzamientos baratos (y yo no pondría la mano el el fuego), pero esto no es el futuro. En realidad, a Estados Unidos le saldría mucho más barato (y seguro) firmar ahora mismo cincuenta cohetes con los ucranios y los rusos y despreocuparse del tema por completo. Total, ya los están subcontratando, y más que lo van a hacer.

Por el otro extremo, los grandes lanzadores de Lockheed y Boeing son poco competitivos en el mercado comercial. En el año 2009-2010, como hemos visto más arriba, sólo lograron copar un 20% de los lanzamientos comerciales. Y el público estadounidense, a diferencia del ruso, pasa millones de su programa espacial y siempre está dispuesto a votar a cualquiera que prometa bajarles los impuestos metiéndole otro tijeretazo más.

En su situación actual, el programa espacial norteamericano no va a ninguna parte. Yo creo que al final serán capaces de salir de esta trampa en la que ellos mismos se han metido –Estados Unidos sigue siendo un gran país con mucha más capacidad de reacción de lo que muchos creen–, pero les va a costar años, puede que décadas, y muchísimo dinero.

Europa: la siempre prometedora, la siempre segundona.

O tercerona. Es muy curioso. La Unión Europea es la mayor economía del mundo, una de las más prósperas, dispone de avanzada ciencia y tecnología... y la voluntad política de un caracol. Se suele definir a la UE como un gigante económico y un enano político, y vive dios que es verdad. En política espacial, esto se nota enormemente. Aunque sus lanzadores Ariane 5 han logrado un pequeño porcentaje del segmento comercial, y durante las últimas década se ha animado con algunas misiones científicas, la Agencia Espacial Europea es sólo una sombra de lo que podría ser nuestro proyecto espacial en este siglo XXI que viaja rápidamente hacia la multipolaridad geoestratégica.

Y sin embargo, hablamos mucho de los yanquis y de los rusos pero tampoco vamos a ninguna parte en particular. Al menos, ellos lo intentan en serio. Un presupuesto anual típico de la ESA oscila entre 3.000 y 3.500 millones de euros (3.600 en 2009). En Rusia, a pesar de que su economía presente es catorce veces más pequeña que la europea, sólo Roskosmos cuenta con un presupuesto de 1.900 millones de euros (2009) y junto al resto de organizaciones espaciales rusas, probablemente supere los 3.000 millones (y los usan de una manera francamente más eficaz). La NASA, con todos sus recortes e incertidumbres, tiene un presupuesto anual de 15.000 millones de euros (2010) para un país cuya economía es sólo el 85% de la europea.

Los europeos no tenemos excusa. Somos un continente envejecido sin más ambición que languidecer en nuestras casitas tan cucas, detrás de nuestros altos muros, añorando tiempos pasados mientras el mundo cambia velozmente de forma a nuestro alrededor. Casos como el LHC son más la excepción que la norma (y porque sale barato de narices para lo que puede aportar: 6.000 millones de euros en total; como seis años de financiación de la deuda de las televisiones autonómicas españolas). El lentísimo progreso del Galileo y la ridícula bajada de pantalones ante Estados Unidos son bien expresivas.

Al menos, tenemos un programa científico de alguna envergadura. Aunque desde luego, no es Europa quien va a liderar la exploración espacial humana en los próximos años. Obviamente, hay otros deseando hacerlo.

China en ascenso.

El presupuesto anual de la CNSA es ya superior a mil millones de euros, y aumenta año tras año. La República Popular China quiere ir al cosmos, y quiere competir en los mercados espaciales internacionales.

El programa tripulado (proyecto 921) está, básicamente, reproduciendo paso por paso –pero de manera acelerada– los programas rusos Sputnik-Vostok-Soyuz 7K-OK. A fin de cuentas, si algo funcionó tan bien, ¿por qué no imitarlo para ganar tiempo (y dinero)? Sus naves Shenzhou se van pareciendo cada vez más a una Soyuz grande y provista de propulsión orbital autónoma. China puso su primer hombre en el espacio en 2003 (Shenzhou-5, tripulada por Yang Liwei), realizó su primer paseo extravehicular con una tripulación de tres hombres en 2008 (Shenzhou-7) y se dispone a montar una pequeña estación espacial a partir de 2011.

China dispone ya de cuatro espaciopuertos (Jiuquan, Taiyuan, Xichang y Wenchang) más una base suborbital (Guangde). Ha lanzado decenas de satélites, de tipo civil/comercial, científicos y militares. Su programa militar incluye satélites de reconocimiento estratégico, sistemas antimisil y sistemas antisatélite. Dispone de un programa experimental de satélites de navegación (Beidou) y quiere desplegar uno equivalente al GPS, GLONASS o Galileo (Compass); y estos no se van a bajar los pantalones. La serie Dong Fang Hong (que significa el Este es Rojo) desempeñan una pluralidad de servicios de telecomunicaciones, reconocimiento y observación. El Chang'e-1 ya fue a darse una vueltecita por la Luna, hay programadas tres más y ya están hablando de Marte y Saturno.

Los cohetes Larga Marcha, en sus varias versiones, constituyen uno de los lanzadores espaciales más económicos y eficientes que existen en la actualidad. Sin embargo, aún no son muy aptos para la comercialización abierta.

China todavía no es una potencia espacial a gran escala, en el sentido en que lo son Estados Unidos o Rusia. Pero en breve plazo ya podrá tratarse con la Unión Europea de tú a tú (en algunos ámbitos, ya está por encima) y no hay ningún motivo para pensar que no pueda convertirse en uno de los líderes futuros para la exploración cósmica.

Los pequeños, que son cada vez menos pequeños.

A Japón le pasa un poco como a Europa: es la tercera economía del mundo, pero su presupuesto anual para la JAXA apenas alcanza 2.000 millones de euros. Y su programa tampoco es especialmente ambicioso. Después de muchos años de problemas con sus cohetes, parecen haber estabilizado una tecnología fiable con los H-IIA y B de Mitsubishi; pero resultan muy caros para el segmento comercial. El J-1 de Nissan nunca llegó a imponerse por su altísimo coste y pocas posibilidades. Al igual que Europa, Japón ha lanzado algunas misiones científicas notables. Y de la misma manera que Europa, no se le ven trazas de que vaya a liderar nada en un futuro próximo.

India, con un presupuesto anual de mil millones de euros, parece bastante más decidida. Sus cohetes PSLV se han hecho un hueco en el segmento comercial ligero, y están trabajando con los GSLV, que en la versión actual han dado algunos problemas. Este país opera normalmente decenas de satélites de telecomunicaciones, radiodifusión, meteorología, reconocimiento y observacion. Ha lanzado ya una nave a la órbita lunar.

Brasil tiene un pequeño programa espacial de trescientos millones anuales, sustentado actualmente con tecnología rusa (programa Cruz del Sur, basado en el cohete Angara). Opera un reducido número de satélites de observación.

El programa israelí es fundamentalmente militar y de poca envergadura, con un presupuesto declarado de unos 70 millones de dólares anuales (probablemente sea cuatro o cinco veces más, en asignaciones clasificadas). Sus lanzadores Shavit son una variante del misil balístico Jericó; de ocho lanzamientos, tres han resultado en fallos. Opera los satélites Ofeq y TecSAR, (reconocimiento estratégico), Amos (telecomunicaciones), EROS (observación) y unos pocos de interés científico.

Existen algunos otros países con pequeños programas espaciales, como Irán o Corea del Sur, que en la actualidad no son muy relevantes.

Una situación abierta.

Realmente, en estos momentos, no sabemos por dónde puede tirar la exploración espacial de la especie humana. Las dos grandes potencias tradicionales, Estados Unidos y Rusia, no están temporalmente en condiciones de desempeñar su papel de liderazgo por distintos motivos (falta de visión y exceso de presiones en Estados Unidos, falta de dinero en Rusia). Europa sigue a verlas venir, preocupadísma con que ningún subcomité pise ningún callo a ningún político, lobby o votante. China avanza rápidamente, pero aún le falta un poco para llegar. India y los demás están más retrasados. Las iniciativas privadas son irrelevantes.

La verdad es que, bien pensado, difícilmente se puede hacer una mejor descripción de todos estos países que a través de sus proyectos espaciales. En fin. El caso es que, por el momento, parece que vamos a seguir vagando por nuestros alrededores, sin grandes planes o posibilidades realistas de ir mucho más allá.

Y sin embargo, nuestro destino está allá. La humanidad no puede permitirse, en el medio y largo plazo, permanecer atada a un solo planeta cada vez más superpoblado y con recursos más restringidos. Si no acertamos a encontrar nuestro camino a las estrellas, este mundo empeorará y se arruinará en una larga decadencia sin perspectivas ni ningún futuro en particular; por no mencionar el riesgo obvio de tener todos los huevos en la misma cesta ante cualquier suceso de escala mayor.

Pero ocurrirá, no me cabe duda; dentro de diez, cien o mil años, esta especie nuestra encontrará su camino. Entonces, las generaciones recordarán a nuestros padres y abuelos como aquellos que abrieron las puertas del futuro para toda la humanidad; sería lamentable que nos recordaran a nosotros como la panda de mezquinos, mediocres y pusilánimes que fueron incapaces de estar a la altura.

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La Pizarra de Yuri
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jueves, 20 de mayo de 2010

Tecnologías supuestamente suprimidas: El motor de agua.

El agua es ya el resultado de una combustión y no se puede usar como combustible otra vez sin aportarle primero más energía de la que proporciona.


Son muchas las personas que piensan que determinadas tecnologías prometedoras han sido suprimidas por diversos poderes políticos o económicos, generalmente con el propósito de proteger sus inversiones o apuestas y –en los extremos ya más absurdos de la ilógica conspiranoica– por motivaciones siniestras de mucho mayor alcance. Desde que un servidor puede recordar, el motor de agua ha sido la más popular de estas tecnologías supuestamente suprimidas en la mitología social contemporánea.

En su forma original y más básica, la leyenda afirma que alguien inventó un motor capaz de funcionar usando agua corriente como combustible y éste fue suprimido por el poder mediante una diversidad de medios, según la imaginación del que lo cuenta: adquiriendo y enterrando la patente, comprando al inventor, matándolo, etcétera. El objetivo de esta supresión sería evidente: proteger a las grandes compañías energéticas y a los estados que tienen o puedan tener detrás, privando así al pueblo sencillo de una fuente de energía casi ilimitada, limpia y muy barata o gratuita por completo. Adquiere así características comunes en los mitos sociales, las leyendas urbanas y las conspiranoias.

Verne, Franco y los cuentistas.

El origen aparente de la leyenda resulta fácil de determinar: se halla en una obra notable de Julio Verne, La Isla Misteriosa, que ya planteaba en 1875 el problema del agotamiento de las energías no renovables. Entonces, uno de los protagonistas –un inteligente inventor llamado Ciro Smith– realiza las siguientes afirmaciones:
«Sí, amigos míos, creo que el agua se usará un día como combustible, que el hidrógeno y el oxígeno que la constituyen, utilizados aislada y simultáneamente, producirán una fuente de calor y de luz inagotable y de una intensidad mucho mayor que la de la hulla. Un día el pañol de los vapores y el ténder de las locomotoras en vez de carbón se cargarán con esos dos gases comprimidos, que arderán en los hornos con un enorme poder calorífico. No hay que temer, pues: mientras esta tierra esté habitada, suministrará elementos para satisfacer las necesidades de sus habitantes, los cuales no carecerán jamás de luz ni de calor, como tampoco de las producciones de los reinos vegetal, mineral y animal. Creo que, cuando estén agotados los yacimientos de hulla, se producirá el calor con agua. El agua es el carbón del porvenir.»
El carácter maravillosamente visionario de muchas de las creaciones de Julio Verne ha conducido a muchas personas a creer a pies juntillas cualquier afirmación que aparezca en las mismas, olvidando que se trata de obras de lo que hoy en día llamaríamos ciencia ficción próxima:  tomar elementos ya existentes en la ciencia y la técnica de tu tiempo y forzarlos en el presente o proyectarlos en el futuro hasta que te queda una historia de lo más estupenda y realista. Otro autor muy conocido de este género es Michael Crichton, entre muchos más.

Sin embargo, a diferencia de lo que se suele creer, Julio Verne no inventó nada. Verne era un escritor capaz con buena cultura científica y muy bien informado de lo que se cocía en su época, pero en sus libros no aparece nada que no se estuvieran planteando ya los científicos de su tiempo aunque fuese como conjetura. Esto le condujo a incontables aciertos y también a algunas –brillantes– meteduras de pata. La más conocida es la del viaje tripulado a la Luna mediante un disparo de cañón, que –además de impráctico– convertiría a los ocupantes en pasta cárnica para hamburguesas debido a la súbita aceleración. Y tiene perfecto sentido, porque cuando Verne escribió De la Tierra a la Luna (1865) aún faltaban casi cuarenta años para que el papi de la astronáutica Konstantin Tsiolkovsky publicara su obra clave La exploración del espacio cósmico por medio de dispositivos a reacción (1903). En cambio acertó plenamente con el lugar del lanzamiento –Florida–, pues en tiempos de Verne los Estados Unidos ya despuntaban como potencia científico-técnica y los matemáticos ya sabían que el lugar idóneo para este tipo de lanzamiento está cerca del ecuador.

Para este otro caso que nos ocupa, Verne se apoyaba en la hidrólisis del agua realizada por Michael Faraday en 1853. No obstante, en los tiempos de La Isla Misteriosa las Leyes de la Termodinámica –aunque ya conocidas– aún no se comprendían en profundidad ni estaban bien extendidas: la primera y segunda leyes acababan de formalizarse y el descubrimiento de la tercera tendría que esperar hasta principios del siglo XX. En 1875 las Leyes de la Termodinámica eran ciencia tan puntera y abstracta como lo que hoy en día se hace en el LHC; tanto que a Verne se le escapaba un poquito, lo que se plasma en varios otros lugares de sus obras.

Más intrigante y oscura es la vía por la que este error de Verne pasa a la mentalidad social colectiva en varios países de modo más o menos simultáneo. Parece –parece– que fue más popular en los países del Eje y sus aliados o simpatizantes, en torno a la Primera y Segunda Guerras Mundiales; entrelazándose con la injusticia nacional percibida de que nuestras patrias no dispusieran de recursos energéticos fácilmente accesibles, a diferencia de nuestros enemigos, los aliados (y de manera notoria, los Estados Unidos, el Reino Unido y la Unión Soviética). Es conocida la tendencia de la mente humana a inventarse –y creerse– fábulas cuando los hechos no concuerdan con sus miedos, prejuicios y deseos; de hecho, este ha sido siempre el principal motivo creador de mitos y religiones.

Así, en este tiempo y lugar surgieron numerosos intentos para lograr combustibles alternativos, extendiéndose desde la gasolina sintética nazi –basada en el proceso Bergius y practicable, pero económicamente ruinosa– hasta fraudes ridículos como la gasolina en polvo de origen vegetal que el estafador Albert von Filek le colocó a Franco. Otro ejemplo paradigmático de esta tendencia fueron los vórtices fluidos de Viktor Schauberger, que llegó a reunirse varias veces con Hitler antes de terminar en un campo de concentración o un hospital psiquiátrico, según fuentes.

Conforme el mundo desarrollado seguía su camino, fue dejando atrás estos sueños de autarquía energética por impracticables o ruinosos (en la foto de la derecha, una planta alemana abandonada de producción de gasolinas sintéticas). Sin embargo, en los países más pobres y menos desarrollados perduraron aún un poco más, apoyándose en el desconocimiento popular de las materias científicas. Así, en fecha tan tardía como 1970, aún tuvimos en España a un personaje llamado Arturo Estévez Varela que alcanzó cierta notoriedad social con exhibiciones de motores de agua más un aditivo secreto. En esta ocasión fue el mismo Franco quien ordenó a la prensa que dejara de darle pábulo, después de consultar al Colegio de Ingenieros Industriales, porque «ya se ha hecho bastante el ridículo».

Pero, inevitablemente, la idea permaneció en la mitología popular como ejemplo paradigmático de tecnología suprimida. Por ello, cuando los conspiranoicos anglosajones de la energía libre y gratuita comenzaron a dejarse oír en España y otros países latinoamericanos, nuestras sociedades estaban preparadas para darles un inmerecido crédito.

Los conspiranoicos de la energía libre y gratuita.

En el mundo anglosajón, la cosa del motor de agua (o con otros combustibles curiosos) fue siempre más propia de inventores particulares fracasados, sin llegar a alcanzar los ámbitos del poder que hemos visto en los entornos continentales. Hay cientos de patentes al respecto: varias oficinas de patentes anglosajonas son conocidas por pantentar todo lo que les presenten. En Estados Unidos, un padre patentó a nombre de su hijo de siete años la manera de balancearse en un columpio; en Australia, un abogado patentó la rueda. Y así, muchas más.

Estos inventores frustrados y quienes apoyan sus obras han venido a constituirse en un sector significativo del pujante movimiento conspiranoico, una industria muy rentable que deja significativos beneficios a una variedad de editoriales y productoras, por no mencionar a ciertos políticos y periodistas. En esta ocasión, el planteamiento del motor de agua se presenta bajo un aspecto un poco más sofisticado (esencialmente: más lioso) de tal modo que se camuflen mejor sus debilidades; y ha quedado incorporado en el apartado de supuestas supresiones de la energía libre y gratuita, una temática conspi habitual.

Esta nueva iteración se olvida ya de Julio Verne y de los Seat 600 con motor de agua para adentrarse en la tecnología de células de combustible acuosas de Stanley A. Meyer, que viene a ser lo mismo pero más rimbombante. Después de que un tribunal lo condenara a devolver 25.000 dólares a dos inversores que se sintieron estafados, y sobre todo tras su muerte súbita por aneurisma cerebral, Meyer se convirtió inevitablemente en un ídolo del sector conspi que aprecia estas cosas como verdadero científico asesinado por las fuerzas del mal.

Todas sus patentes en los Estados Unidos siguen disponibles y accesibles por Internet (5149407, 4936961, 4826581, 4798661, 4613779, 4613304, 4465455 y 4421474 y 4389981). En ellas, lo único que hace es liar por vías cada vez más complicadas un sencillo dispositivo de hidrólisis, que naturalmente consume energía en vez de producirla. Ninguna de ellas explica de qué manera se puede obtener energía en vez de consumirla –más allá de sus propias afirmaciones–, ni mucho menos determina el mecanismo de acción o el balance energético final. Esta ausencia de claridad sobre el mecanismo de acción y el balance energético es característica de las conspis con componente científico, que hemos visto recientemente en las numerosas chaladuras sobre el HAARP. En caso de duda, tú siempre pregunta cómo funciona, cuánta energía entra y cuánta energía final exige el trabajo. Así te mantendrás siempre al calor de las leyes de la Termodinámica. ;-) En la imagen podemos ver uno de los dibujos originales de Meyer, donde el fuel cell water capacitor desempeña la función de cajita mágica para la hidrólisis del agua en hidrógeno y oxígeno; ningún punto de las patentes detalla cómo lograrlo sin consumir más energía de la que se produce.

En general, los defensores de estas supuestas energías libres y gratuitas ignoran un hecho bastante simple: las regiones próximas a la corteza terrestre son ya muy estables, resultado de miles de millones de años de violentísimas reacciones. Debido a esa razón, han quedado en un estado bajo de energía (y si fuera más alto, nos mataría): ya han generado y consumido la mayor parte de la energía que podían generar y consumir con facilidad. Por eso, sus reacciones son ahora lentas y progresivas; también por eso, nos resulta tan difícil encontrar fuentes cercanas de energía concentrada y fácilmente disponible. Los hidrocarburos son un regalo de Mamá Naturaleza, que no se repetirá pronto.

Pero entonces, ¿por qué no puede ser?

La razón fundamental de que el motor de agua no sea practicable es en realidad muy sencilla. Simplemente, el agua ya es el resultado de una combustión, ocurrida durante miles de millones de años, a lo largo de buena parte de la historia del universo. El agua es H2O: o sea, hidrógeno oxidado (quemado con oxígeno). El hidrógeno primordial y el oxígeno estelar se combinaron para formar agua, liberando energía en el proceso: este es el origen del líquido elemento. Al agua, por tanto, no le queda apenas energía química que liberar: se encuentra ya en un estado base muy estable. A todos los efectos prácticos, es una ceniza resultante de la combustión del hidrógeno en presencia de oxígeno a lo largo del tiempo.

Para transformar el agua de nuevo en hidrógeno y oxígeno capaces de liberar energía al combinarse otra vez, primero hay que desensamblarla –hidrolizarla– aportándole la misma energía que cedió más un porcentaje adicional, con objeto de compensar las pérdidas inevitables. Por muchos trucos que intentemos, por muchos pasos que incorporemos, por mucho que compliquemos el proceso, el balance energético final será el mismo: si quieres que el agua libere energía, tienes que aportársela primero, porque la suya ya la perdió cuando se formaba. Lo contrario implicaría una violación radical de la primera y la segunda leyes de la termodinámica, que en este universo nos vemos obligados a respetar: estaríamos ante una máquina del movimiento perpetuo, imposible por esta misma razón.

Obviamente, existe una vía para obtener grandes cantidades de energía del agua, o más bien del hidrógeno que contiene: la fusión nuclear. En este caso la cosa cambia, pues saltamos de procesos químicos a procesos físicos, enormemente más energéticos. Por supuesto, no hay en esto violación alguna de las leyes de la termodinámica, dado que hablamos de reacciones de naturaleza completamente distinta: la energía que el agua perdió al formarse durante la larga historia del universo (lo que le impide servir como combustible convencional) era de naturaleza química, no física (lo que, una vez hidrolizada, permitirá su uso como combustible nuclear cuando la fusión esté lista).

Alternativamente, podría decirse que la energía hidroeléctrica o maremotriz se obtiene del agua, pero evidentemente no estamos hablando de esto. En esta variante, la energía no está en el agua, sino en la energía cinética o potencial de su masa: funcionaría igual con cualquier otra cantidad de materia análoga.

Pero a nivel químico –que es lo que permite funcionar a un motor convencional, no nuclear– el agua no sirve como fuente energética por el simple motivo de que ya la cedió casi toda durante su formación. No le queda energía para suministrarnos. Y por ello el motor de agua, a pesar de lo muy querido que pueda resultar para la mitología popular, simplemente ni pudo, ni puede, ni podrá ser.

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