La pizarra de Yuri: tecnología militar
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jueves, 27 de mayo de 2010

Así funciona un arma nuclear.

¿Qué hay en unas pelotas de metal pulido y una bolsa de polvo blancuzco para que sean capaces de aniquilar una gran ciudad?

La gente suele tener dos reacciones cuando observa por primera vez las tripas de un arma termonuclear, no necesariamente excluyentes entre sí. La primera es el sobrecogimiento: hasta el más zoquete intuye que no se halla ante una cosa corriente, sino ante un poder inquietante, asombroso y letal. La segunda es la decepción, porque aquello tiene las pintas de una poca chatarrería como la que podrías encontrar en cualquier garaje. Cuencos, tubos y aros de metal pulido. Moldes de una especie de gel amarillento, que recuerdan vagamente a las formas de un balón de fútbol. Otros, de poliestireno (sí, poliestireno común). Y los consabidos cables y circuititos electrónicos. Todo lo cual cabe perfectamente encima de una mesa cualquiera.

Entonces, el cachondo de tu guía podría decirte: "no, no, lo que explota es eso de ahí". Y tú mirarías, claro. Ahí, dentro de unos contenedores similares a neveras de camping, verías tres tipos de objetos. El primero, unas esferas metálicas pulidas muy parecidas a bolas de petanca. El segundo, una bolsa de polvo blanco. El tercero, una especie de termo de café pequeño.

–¿Eso es todo? –preguntarías, quizás.
–Eso es todo –te contestarían.
–¿Con eso puedo matar a cinco millones de personas?
–Como si jamás hubieran existido.

Si eres del tipo valiente o al menos curioso, a lo mejor te daba por acercarte al primero de los objetos. Descubrirías que es sólo lo que parece: pelotas de metal muy pesado, tibio al tacto. Y a lo mejor preguntabas con algún escalofrío en la voz:

–¿Esto es...?
–Sí. Eso es plutonio. Aunque envuelto en berilio.
–¿Y por qué está caliente?
–Porque es radioactivo. Pero no te preocupes: ahora está en fase alfa, no pasa nada.

A menos que seas del tipo especialmente valiente, lo más normal es que apartes la mano en ese mismo instante, claro. Entonces, puede que el graciosillo que te hace de guía te lance a los brazos la bolsa de polvo blanco. Igual te asustas y esperas un golpe, pero cuando te cae en las manos descubres que no pesa nada. Es sólo un polvo tenue, muy fino, muy blanco, inocente. Ni frío, ni caliente, ni fresco, ni tibio. Neutro. Seco. Tu acompañante levanta en su mano el pequeño termo de café y lo pone ante tus ojos.

–¿Y esto qué es? –te atreves a preguntar, aunque con un temblor indefinible desde la coronilla hasta la horcajadura.
–Esto es la materia de la que están hechas las estrellas –te contestan.
–No j*das.
–Lo que oyes. Eso que tienes en las manos es deuteruro de litio. Lo llamamos liddy. Y lo que hay aquí dentro es tritio: un gas. Todo son isótopos del hidrógeno y del litio. Con esto puedes encender una estrella sobre una ciudad.
–Ah.

Es posible que sientas la tentación de dejarlo todo en su sitio y salir corriendo de allí dando educadamente las gracias pero tan deprisa como te permitan tus piernas. O igual te puede la curiosidad –o el morbo, vamos– y te quedas un poquito más. Sólo un poquito más, ¿eh? Por interés cultural. Científico. ¡Nadie lo duda! Tu guía, que seguramente llevará un uniforme militar o una bata blanca, sonríe. Ya eres de los nuestros, piensa. Pero sólo dice:

–¿Te gustaría saber cómo funciona?

Fisión.

El corazón de un arma nuclear moderna es tan solo una esfera hueca de plutonio-239 supergrade al 99% o más, normalmente envuelta en otra concéntrica de berilio. Si es un arma muy avanzada, contendrá menos de tres kilos de plutonio; con lo denso que es, eso te cabe en el puño aunque seas de manos pequeñas. Hueca y todo, no es más grande que una bola de petanca. Si fuera de mediana tecnología, serán unos cuatro o cinco kilos y un poco mayor, como una pelota de voleibol. La bomba de Nagasaki usó 6,2 kg.

Todas estas cifras son inferiores a la masa crítica del plutonio-239 a temperatura y densidad corrientes, que es de aproximadamente diez kilos. Recuerda esto de la temperatura y densidad, porque va a ser importante. ¿Y qué es esto de la masa crítica? La masa crítica es la cantidad de material fisible –normalmente uranio-235 o plutonio-239– necesaria para que éste inicie una reacción en cadena espontánea. Vamos a ver qué es esto de la reacción en cadena.

Todas las sustancias radioactivas son inestables. Esto quiere decir que sus átomos tienden a emitir energía –la radioactividad propiamente dicha– en forma de ondas y partículas (¿recuerdas los fundamentos de mecánica cuántica?). Algunas sustancias, además de radioactivas, son fisionables. Es decir, que los núcleos de sus átomos son tan grandes e inestables que pueden partirse con facilidad y de hecho lo hacen; por ejemplo, el uranio-238 o el plutonio-240. Cuando el núcleo de un átomo se parte, se convierte en núcleos más pequeños y libera energía como estas ondas y partículas.

¿Qué es lo que hace que un núcleo fisione, es decir, se rompa? No gran cosa. Ocurre constantemente en la naturaleza, por simple probabilidad cuántica o cualquier estímulo exterior. Los núcleos grandes e inestables tienden a romperse y, según una determinada probabilidad, lo hacen a todas horas. Por ejemplo, la mayor parte del uranio existente en la naturaleza ha fisionado ya a lo largo de los últimos miles de millones de años, y por eso es tan raro en la actualidad. Esto se llama fisión espontánea, y va ocurriendo a su ritmo. En la imagen de la derecha, un núcleo de uranio-235 absorbe un neutrón, se convierte en uranio-236 altamente inestable y fisiona en dos elementos nuevos, kriptón-92 y bario-141 (sí, como en la transmutación de los alquimistas). Al hacerlo, libera varios neutrones más y una cantidad importante de energía en forma de radiación.

Algunas sustancias en particular, además de radioactivas y fisionables, son fisibles. Fisible significa que fisionan intensamente y además de una manera especial. Lo hacen fragmentándose en núcleos mucho más pequeños y emitiendo neutrones rápidos, muy energéticos (como el núcleo de U-235 de la imagen). Tan energéticos, que desestabilizan rápidamente los demás átomos que haya alrededor. Entonces, estos resultan estimulados para fisionar también, y así una y otra vez, en una reacción en cadena que se va amplificando cada vez más. Los dos elementos más fisibles del universo conocido son el uranio-235 y el plutonio-239. Por eso son los que se usan como combustible en las centrales nucleares. Y como explosivo en las armas atómicas.

Sin embargo, la reacción en cadena se interrumpe rápidamente si no hay bastante material alrededor. Esto se debe al sencillo hecho de que los átomos de la materia están enormemente separados entre sí –la inmensa mayoría de lo que ven tus ojos y tocan tus manos es espacio vacío, aunque no lo parezca–. Por ello, la mayor parte de los neutrones que surgen en estas fisiones espontáneas no llegan a alcanzar otros núcleos fisibles y se pierden hacia el exterior en forma de radiación neutrónica. Es preciso acumular una cierta cantidad de material para que haya muchos núcleos fisibles por todas partes, la probabilidad de que los neutrones alcancen alguno de ellos aumente y la reacción se mantenga a sí misma.

Esto es la masa crítica: la cantidad de material fisible que necesitas acumular para que se produzca una reacción en cadena sostenida. Cuando usas uranio-235, esta cantidad es de 52 kilos. Usando plutonio-239, es de sólo diez kilos. Por eso, las bombas de plutonio son mucho más pequeñas y ligeras que las de uranio, lo que facilita su uso militar práctico. A la izquierda, vemos una masa subcrítica (arriba) donde la mayor parte de los neutrones escapan; una masa crítica (al medio) donde hay reacción en cadena sostenida; y una masa también crítica (abajo) que, a pesar de ser tan pequeña como la primera, está envuelta en un reflector neutrónico (como el berilio) y eso le permite alcanzar criticidad.

Porque, ¡un momento! Hemos dicho que una bomba de plutonio usa 6,2 kg en sus versiones más primitivas y menos de tres en las modernas. Entonces, ¿cómo puede producir una de estas reacciones en cadena? ¡No hay material suficiente!

Aquí radica, precisamente, la genialidad de un arma de fisión. Sí, es genialidad, qué demonio. Por no contener suficiente material para producir una reacción en cadena sostenida, la bomba es segura por completo en condiciones ambientales normales. Puedes usar la pelota de plutonio como bala de cañón y no pasará gran cosa; sólo causarás un poco de contaminación por los alrededores, más tóxica que radioactiva (el plutonio es muy venenoso).

El plutonio es mejor que el uranio por otra razón. Aunque su procesado metalúrgico resulta mucho más difícil que el del uranio –lo que requiere el uso de tecnologías industriales más avanzadas–, su emisión de neutrones por fisión espontánea es baja. Esto significa que tarda más en iniciar la reacción en cadena, pero cuando lo hace, lo hace más de golpe. Más explosivamente, como si dijéramos.

La pequeña explosión, la gran explosión.

En primer lugar, tomamos la esfera hueca de plutonio-239 y la envolvemos en otra concéntrica de berilio. El berilio no es fisionable, ni fisible, ni siquiera radioactivo. Está ahí porque constituye un reflector neutrónico de primera. Es decir: cuando recibe los neutrones rápidos del plutonio que hay dentro, tiende a devolvérselos e incluso añadir unos cuantos más. Esto ayuda a sostener la reacción en cadena, pues los neutrones que escapan de la misma al exterior resultan rebotados de vuelta al interior.

Entonces, tomamos esta esfera hueca de plutonio-berilio y la rodeamos a su vez con un explosivo convencional en una disposición muy similar a las costuras de un balón de fútbol. Hoy por hoy, este explosivo es habitualmente TATB, por tres razones: resulta extremadamente estable –lo que reduce el riesgo de detonación accidental–, la onda de choque que produce es muy simétrica (va a avanzar como una esfera perfecta hacia fuera y hacia adentro; recuerda esto de hacia adentro), y su velocidad de detonación es alta, para completar el proceso muy deprisa. Por lo demás, es un explosivo corriente de la familia de los nitrobencenos / nitrotoluenos (como el TNT).

Antiguamente, pondríamos en el centro de la esfera hueca una bolita de polonio-berilio o algo así, como fuente neutrónica; hoy en día, se usa gas de deuterio/tritio, dos isótopos del hidrógeno. Lo que estamos intentando es, en esencia, ultracomprimir bruscamente la esfera hueca de plutonio de tal modo que quede atrapada entre una fuente neutrónica –la bolita de polonio o el gas– y un reflector de neutrones –la funda de berilio–; de tal modo que aumente enormemente su densidad, su temperatura y su flujo neutrónico. Porque entonces la masa crítica efectiva se reduce de golpe y cae de los diez kilos en condiciones normales a mucho menos de tres kilos, con lo que se volverá supercrítica instantáneamente. ¡Ojo, que esta es la clave! Vamos a explicarlo un poquito mejor:

Dijimos que la masa crítica del plutonio es de unos diez kilos en condiciones normales de densidad y temperatura. Pero resulta que la masa crítica es inversamente proporcional a la densidad, la temperatura y la cantidad de neutrones rápidos que haya circulando por dentro. Cuanto mayor es la densidad, la temperatura y el flujo neutrónico, menor es la masa crítica. Si conseguimos comprimir muy deprisa la esfera hueca de plutonio en forma de una esfera compacta a alta temperatura, presión y flujo neutrónico, el plutonio saltará rápidamente de ser muy subcrítico a ser muy supercrítico, lo que iniciará una reacción en cadena sostenida e instantánea de alta energía hasta que el material se agote o disperse por la propia explosión resultante. Como además –dijimos más arriba– al plutonio le cuesta un poquito empezar a emitir neutrones, cuando empiece a suceder sucederá de golpe, en avalancha, formando un pico de energía más breve pero más intenso que el del uranio. (En la imagen de la izquierda, 5,3 kg de plutonio-239 militar supergrade al 99,96%, antes de su procesado metalúrgico; suficiente para volar una ciudad).

Evidentemente, la manera más práctica de comprimir deprisa un material es rodeándolo con un explosivo de detonación rápida y haciéndolo estallar. Estos eran los moldes de material amarillento que vimos encima de la mesa al principio. Dispuestos alrededor de la esfera de plutonio-berilio y detonados con mucha precisión –para eso eran los cables y circuitos electrónicos– van a provocar una onda de choque esférica y muy rápida que avanzará hacia el exterior –como en cualquier otra explosión– pero también hacia el interior, en lo que denominamos una implosión. De hecho, a toda esta clase de armas se las llama de detonación por implosión.

 
¿Estamos listos para volar algo serio? Pues vamos allá. Atención, porque va a ocurrir todo en pocos microsegundos:
1. Nosotros nos limitamos a activar los detonadores exteriores del explosivo convencional, y ya no tenemos que hacer nada más. De lo único que tenemos que asegurarnos es de que la detonación sea muy precisa, pues de lo contrario la onda de choque será asimétrica y el material no implosionará perfectamente hacia el centro.
2. El explosivo convencional que envuelve la esfera de plutonio-berilio estalla. La parte de la onda de choque que viaja hacia el interior comprime violentamente la esfera hueca hacia su centro geométrico, aumentando su densidad y temperatura a alta velocidad.
3. El hueco interior desaparece. La esfera es ahora sólida y se está ultracomprimiendo contra la fuente neutrónica interior.
4. Si la bomba está bien diseñada y ejecutada, ocurren cinco fenómenos simultáneamente en menos de un microsegundo:
  •  El plutonio se vuelve supercrítico, con lo que ya puede iniciar la reacción en cadena.
  •  La fuente neutrónica del centro se activa por temperatura/presión e inunda instantáneamente el plutonio con neutrones rápidos que lanzan la reacción en cadena por todas partes a la vez.
  •  La reacción en cadena del plutonio se inicia en avalancha. Comienza a producirse energía.
  •  La esfera exterior de berilio rebota los neutrones que intentan escapar de nuevo hacia el interior.
  •  Todo esto coincide con el pico máximo de presión ocasionado por la onda de choque del explosivo convencional, con lo que la reacción, en vez de disgregarse, se concentra cada vez más.
5. Se produce una reacción en cadena instantánea de alta energía durante un cuarto de microsegundo. El centro geométrico del arma salta de golpe a estado plasmático, con una temperatura equivalente a cientos de miles de grados centígrados, con lo que la reacción se embala aún más.
6. Estas reacciones producen una violenta oleada de radiación fotónica electromagnética –luz visible, radiofrecuencia, infrarrojos, gamma, rayos X– que escapan al aire circundante a la velocidad de la luz. Se inicia el destello más brillante que un sol. Conforme la funda de berilio termina de desintegrarse durante otro cuarto de microsegundo, se le unen los neutrones rápidos que escapan de las reacciones en cadena en forma de radiación neutrónica.
7. La energía así generada comienza a disgregar el material y supera por muchos órdenes de magnitud la "energía implosiva" producida por el explosivo convencional, que se torna irrelevante en comparación. El plutonio que no ha fisionado todavía se vuelve de nuevo subcrítico y la reacción en cadena se interrumpe.
En menos de cinco microsegundos, el fenómeno ha finalizado y tenemos un cogollo de alta energía ultraconcentrada que se irradia velozmente en todas direcciones; la mayor parte, a la velocidad de la luz. Cuando esto ocurre dentro de la atmósfera, lo que hay en todas direcciones es, fundamentalmente, aire. Este aire absorbe parte de la radiación ultravioleta, parte de la gamma y casi todos los rayos X.

Como consecuencia, el aire se calienta en forma de una burbuja que se expande a varias decenas de millones de grados centígrados; esto se conoce como esfera isotérmica y brilla como cientos de millones de soles, desintegrando súbitamente todo lo que esté a su alcance. Cualquier persona que mire en su dirección quedará ciega al instante. Unos cien microsegundos después, su temperatura ha descendido a 300.000 ºC y ya sólo brilla como diez millones de soles; entonces, comienza a formarse una onda de choque en su superficie. Esto es la separación hidrodinámica. Esta onda de choque, que echa a correr a cien veces la velocidad del sonido (sí, Mach 100), no sólo transporta una brutal energía cinética sino que calienta por compresión las capas de aire de alrededor hasta unos 30.000 ºC: cinco veces la que hay en la superficie del sol. Todo lo que quede dentro de esta región (unos 220 metros para una bomba de 20 kilotones, menos que Nagasaki) resulta reventado y vaporizado sin importar de qué material estuviera hecho. No existe materia bariónica en el universo conocido capaz de resistir estas temperaturas ni muy remotamente. Estamos en la llamada área de aniquilación.

En este punto, la temperatura va cayendo a unos 3.000 ºC. Esta primera bola de fuego deja de brillar y se vuelve transparente, fenómeno conocido como la ruptura (breakaway). Pero entonces la esfera isotérmica aparece de nuevo por detrás, aún a 8.000 ºC; impacta contra la onda de choque que ha ido perdiendo velocidad y la realimenta violentamente, provocando así una tormenta ígnea en todas direcciones a miles de grados de temperatura y velocidades supersónicas. Es la onda de choque termocinética o segundo pulso, causante de la destrucción extensa típica de las armas nucleares, que en las más potentes puede llegar a decenas de kilómetros. Las personas mueren abrasadas, reventadas y por efecto del colapso de los edificios y el impacto de los proyectiles que vuelan a gran velocidad hacia todas partes (notoriamente, los cristales). Conforme aumenta la distancia, poco a poco, la onda de choque se va disipando (las colinas y otras irregularidades del terreno pueden proteger a lo que haya inmediatamente al otro lado). La cosa no acaba aquí; qué va.

Volvamos al principio. Teníamos un cogollo de alta energía irradiando a su alrededor. Hemos visto lo que ocurre con la parte de esta energía que interactúa con el aire, pero resulta que el aire es transparente al resto. El resto de la energía, pues, viaja libremente a su través hasta chocar con otras cosas sin que nada la pare por el camino, decreciendo sólo con el cuadrado de la distancia (por teoría de campos). Hay una parte de los rayos gamma, por ejemplo, que atraviesa el aire sin más e irradia lo que haya alrededor, incluyendo por supuesto a los seres vivos. A los seres vivos, la radiación gamma masiva les sienta fatal, pero fatal de veras: la tierra se vuelve estéril y la gente y los animales mueren al momento o más tarde, de síndrome radioactivo agudo. Esta es la irradiación directa de un arma nuclear.

¿Te acuerdas de todos esos neutrones que escaparon cuando finalizaba la reacción en cadena?  Bueno, pues esos también llegan detrás, y la radiación neutrónica es extremadamente penetrante. La más penetrante de todas, capaz de atravesar metros de hormigón armado. Bien es cierto que estos interactúan un poco más con el aire... para producir más radiación gamma. Pero los neutrones hacen algo que no hacen las otras formas de radiación: cuando alcanzan los átomos circundantes, los desestabilizan y los vuelven radioactivos también. Y a continuación viene la onda de choque, para pulverizarlos y esparcirlos por todas partes: es la primera fase de la contaminación radiológica, a la que pronto se sumarán los restos de la bomba y los isótopos radioactivos formados al paso de la esfera isotérmica. Cuando la onda de choque cese, la nube en hongo y los vientos terminarán de esparcirlos por todas partes.

¡Volvamos otra vez al principio! Una vez más, sólo una vez más: te lo prometo. La bomba ha emitido también grandes cantidades de energía fotónica/electromagnética en forma de radiofrecuencia, a las que hay que sumar las emisiones de los átomos excitados de la esfera isotérmica. Esto produce varios fenómenos curiosos, que eran en su mayor parte secretos hasta hace poco tiempo. Para empezar, por ejemplo, tenemos los pulsos electromagnéticos; no obstante, cuando la explosión se produce dentro de la atmósfera estos pulsos no llegan muy lejos y sus efectos sobre los equipos eléctricos y electrónicos resultan indistinguibles de la misma destrucción ocasionada por el arma. Sin embargo, también se producen otros más extraños como el oscurecimiento (blackout), que bloquea las ondas hertzianas (y con ellas las transmisiones de radio o televisión, el rádar y demás). Este oscurecimiento radioeléctrico es todavía muy poco conocido a nivel público, pero se sabe que se origina al menos de tres maneras diferentes y puede durar horas o días (hasta que se disipa el aire altamente ionizado).

Así funciona una bomba de fisión como la de Nagasaki y en general las primeras que hicieron los EEUU, la URSS o cualquier otro país. Su principal problema es que existe un límite práctico a la potencia que pueden liberar, directamente dependiente de la cantidad de plutonio que cargue y tu pericia científico-técnica a la hora de extraerle una eficiencia máxima. En el mundo real, resulta impráctico hacer armas de fisión pura con más de quinientos kilotones; y sale antieconómico superar los ochenta o cien (cuatro veces Nagasaki). Además, son muy poco flexibles.



Grapple-Orange Herald (31 de mayo de 1957). Desarrollada por el Reino Unido, fue el dispositivo de fisión más potente detonado jamás: cerca del límite teórico máximo, con 720 kilotones efectivos (cincuenta veces Hiroshima). Las armas de fisión de este calibre son muy costosas e imprácticas.

–¿Y entonces? –le preguntas a tu guía, el simpático.
–Entonces, aprendimos a hacer estrellas –contesta él.
–Creí que me habías dicho que esto ya era como un sol.
–Ah, sí, pero no es un sol de verdad. Los soles de verdad no funcionan así. Son mucho más poderosos. Así que hicimos estrellas de verdad.
–No me lo puedo creer.
–¿Y para qué te crees que es ese polvo blanco que tienes ahí y este termo que tengo yo aquí?
–¿La materia de la que están hechas las estrellas?
–Sí. Y las pesadillas.

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jueves, 1 de abril de 2010

Así ataca un misil balístico intercontinental.

Las armas más devastadoras del mundo han avanzado enormemente en los últimos 50 años,
y es muy improbable que puedan ser detenidas de manera eficaz por los sistemas antimisil.




Animación infográfica abreviada –pero muy espectacular– del vuelo de un misil balístico intercontinental Minuteman-III, desplegado en los años '70 por la Fuerza Aérea de los Estados Unidos. Aunque la fase de vuelo libre ha sido eliminada, así como todas las técnicas de ayuda a la penetración imagino que para acortarlo y simplificarlo– usaremos este video como base en el artículo, ampliando y actualizando allá donde sea necesario.

Los Estados Unidos y la Federación Rusa son, con una diferencia abismal, los principales poseedores mundiales de armas de destrucción masiva. En estos pavorosos arsenales se cuenta un arma de la que casi todos hemos oído hablar, pero que siempre ha estado envuelta en un halo de secreto absoluto y misterio apocalíptico: los misiles balísticos intercontinentales provistos con cabezas termonucleares, más conocidos por sus iniciales en inglés ICBM (o SLBM para los que se despliegan a bordo de submarinos). Como es costumbre en este blog, trataremos de arrojar algo de luz sobre materia tan delicada, al menos hasta donde sea posible con la información disponible para el público.

Un misil balístico intercontinental es, en esencia, un tipo de cohete espacial diseñado no para entrar en órbita, sino para transportar una carga velozmente a distancias remotas. Ya el primero de todos ellos, el R-7 Semyorka (una variante del mismo propulsor utilizado en los Sputnik), era capaz de lanzar cinco toneladas y media a ocho mil kilómetros de distancia en 1957, ampliados a doce mil en 1959 con el R-7A. Aunque se trataba de un modelo primitivo y poco práctico, que exigía unos preparativos análogos a los de un lanzamiento espacial con horas e incluso días de preaviso, ya reunía las cualidades esenciales de un ICBM: amenazar con la completa devastación a través de los continentes, mediante la propulsión de grandes bombas atómicas características de aquel tiempo.

Durante las siguientes dos décadas, ambas superpotencias se enzarzaron en una carrera que el mundo observó con ojos boquiabiertos y aterrados, construyendo más de setenta mil armas nucleares que dieron lugar al concepto overkill: la capacidad de matar a la raza humana entera más de una vez. Hasta veintitrés veces, en los peores momentos de la Guerra Fría. Las más sofisticadas y esotéricas de todas ellas iban a parar sistemáticamente a las instalaciones donde se ensamblaban a millares estos misiles balísticos intercontinentales. Sobre todo a cinco de ellas: las de Boeing Defense, Space & Security, Lockheed Martin Space Systems, Yuzhmash de Dnipropetrovsk, el Centro de Producción Espacial Khrunishev de Moscú y la especialmente secretista Fábrica de Maquinaria de Votkinsk, dependiente del no mucho más público Instituto Moscovita de Termotécnia.

A partir de finales de los '70 y sobre todo de principios de los '90, distintos tratados de limitación y reducción de armas estratégicas rebajaron estas cifras a números más moderados. Aún así, ambas naciones mantienen probablemente la capacidad teórica de acabar con todos nosotros más de una vez. Se estima que, entre las dos, conservan unas 21.400 armas nucleares, de las cuales 7.276 siguen desplegadas para su uso inmediato. De estas, entre cuatro y cinco mil continúan a bordo de unos 1.500 misiles balísticos intercontinentales con base en tierra y en el mar. Muy recientemente, Barack Obama y Dmitry Medvédev han llegado a un nuevo acuerdo START que reducirá estas fuerzas a 800 lanzadores y 1.550 cabezas.

Sin embargo, ninguno de estos tratados prohíbe que esta clase especial de armamento sea constantemente mejorado y actualizado. Para ello, los Estados Unidos y Rusia han adoptado durante las últimas décadas dos políticas radicalmente opuestas. La potencia norteamericana continúa operando la generación de misiles del Minuteman III cuyo exponente más moderno –el naval Trident II D5– fue desplegado en 1990, actualizándolos mediante distintos programas de modernización (el más reciente data de 2007). Rusia, en cambio, prefiere sustituir progresivamente los sistemas completos por versiones más avanzadas, de diseño actual, como el Tópol-M motorizado de 1997, su variante RS-24 Yars de 2009 o el naval Bulavá, que ha presentado problemas y sigue en pruebas, aunque se prevé que esté terminado este año y entre en servicio antes de 2012 con los nuevos submarinos de la clase 955 Borei. Realmente, no puede decirse que unos u otros hayan optado por una solución mejor o peor. Ambos países cuentan con extraordinarios científicos y tecnólogos, los mejores y más experimentados del mundo en materia de armamento nuclear con muchísima diferencia, y cada uno de ellos ha elegido la aproximación que mejor se adaptaba a sus capacidades, prácticas y fortalezas.

Todas estas actualizaciones y nuevos diseños se han producido ya en un tiempo en que los sistemas antimisil son conocidos y están bien estudiados. Por ello, gran parte de tales modernizaciones se han concentrado en dotar a estos misiles desde el tablero de diseño con la capacidad de superarlos y derrotarlos, así como en mejorar su precisión y sus posibilidades de ataque. Aunque en general esta clase de armas están pensadas para usarse en masa durante el transcurso de una guerra nuclear con características aeroespaciales, supondremos un escenario donde los Estados Unidos o Rusia –por ejemplo, siguiendo la vigente doctrina Ivanov– decidieran aniquilar una fuerza atacante convencional marítima o terrestre mediante el uso de un ICBM. Ya que el viceprimer ministro primero de Rusia parece tan empeñado, le concederemos los honores a sus Fuerzas de Cohetes Estratégicos. Utilizaremos un misil balístico intercontinental Tópol-M de la base de Teykovo, provisto con cuatro ojivas MIRV de 550 kilotones cada una (2,2 megatones en total). Eso son sesenta veces Hiroshima y Nagasaki, juntas, en un solo misil.

La cuenta atrás.

Tiempo -08 minutos, 00 segundos – Un satélite de reconocimiento estratégico Persona confirma la presencia y posición de una gran fuerza ofensiva dirigiéndose hacia la región de Vladivostok, en Siberia Oriental. Retransmite los datos a Moscú vía un satélite militar de telecomunicaciones Strela-3, donde la dirigencia política ha tomado ya la decisión de contenerla mediante un ataque nuclear.

Tiempo -06:00 – Se transmite por vía satelitaria la alerta roja a las administraciones gubernamentales y las fuerzas armadas de la Federación Rusa, y adicionalmente una Condición Severa (equivalente al DEFCON-1) a las Fuerzas de Cohetes Estratégicos, el comando submarino especial de la Marina, las Tropas Cósmicas, el sistema de defensa aeroespacial de Moscú y las autoridades civiles y militares de la región de Vladivostok.

Paralelamente, un general de Estado Mayor transmite al cuartel general del 54º Regimiento de Misiles de la Guardia en Teykovo la orden y las claves para lanzar de inmediato un misil balístico intercontinental Tópol-M contra las coordenadas determinadas por el directorio de inteligencia espacial de Vatutinki, a partir de la información obtenida mediante los satélites de reconocimiento.

Tiempo -04:00 – Por precaución, las autoridades civiles y militares comienzan a abandonar Moscú en helicóptero. El Jefe de Estado Mayor y otros generales se dirigen hacia la instalación subterránea de Penza, mientras que el Presidente y varios altos funcionarios lo hacen en dirección a la de Chekhov. Se rumorea que otro personal esencial político, científico y militar se halla ya en Sharapovo, Kosvinsky y lugares menos conocidos.

Tiempo -02:30 – Un vehículo erector-lanzador todoterreno de ocho ejes MZKT-79921 que circula lentamente por un sendero boscoso al norte de Teykovo se detiene en una pequeña ladera. Fijan los soportes neumáticos. El personal a bordo determina su posición mediate el receptor GLONASS. Un joven teniente enciende el misil RT-2UTTH Tópol-M que transporta y le introduce las coordenadas de partida y de destino. A su lado, un mayor le programa una configuración de ataque airburst avanzado concebida para barrer una gran área maximizando sus posibilidades de penetración.

Tiempo -01:00 – Inician el precalentamiento del misil. El mayor solicita las claves de desbloqueo de las cabezas termonucleares a su mando del 54º Regimiento. Segundos después, le son transmitidas. Las teclea y, al instante, el ordenador a bordo del misil Tópol-M da luz verde al disparo. El teniente joven recita con voz tensa: "lanzamiento autorizado, distancia al eje del ataque 6.662 kilómetros, azimut 0-6-3, trayectoria deprimida con apogeo en 893 kilómetros..."

Tiempo -00:35 – Todas las luces están en verde. El mayor al mando del vehículo ordena la ejecución del lanzamiento. El teniente gira una sola llave y pulsa un único botón. La cúpula protectora del contenedor-lanzador sale despedida mediante un resorte, e inmediatamente después el cilindro de veinticinco metros y cincuenta toneladas se eleva a la posición vertical sin aparente esfuerzo mientras el personal a bordo se protege los oídos. En ruso, tópol significa chopo, y realmente parece un gran tronco de metal.




Variante civil del Tópol-M, llamada Start-1, lanzando un satélite comercial israelí Eros-A.

El ataque del chopo.

Tiempo 00:00 – Suena una rápida secuencia de detonaciones; el vehículo lanzador vibra con violencia y se ve envuelto en una nube de humo grisáceo que huele parecido a los enchufes quemados. Una luz intensa les ilumina. Sobre sus cabezas, el misil Tópol-M de 23 metros y 47 toneladas se eleva verticalmente acelerando con una rapidez asombrosa: es la fase de impulsión ultrarrápida, cuyo propósito es separarlo del suelo rápidamente de tal modo que cualquier misil antiaéreo enemigo situado en las cercanías no pueda alcanzarlo a tiempo.




Otra toma de la variante civil del Tópol-M lanzando el satélite comercial israelí. Esta variante utiliza motores MIHT, con menos aceleración que los militares 15Zh58, para proteger la carga civil.

Tiempo 00:10 – Apenas sale del tubo lanzador, el misil comienza a rotar significativamente (no sucede en la variante comercial). El motivo es que, si alguien disparase una hipotética arma láser desde tierra o desde el cielo contra él en la fase de impulsión, el haz concentrado no pueda quemar a través de un único punto. No existe ningún láser móvil en la actualidad que pueda penetrar un misil de estas características a una mínima distancia si no puede enfocar el haz sobre un lugar específico; ni existirá en un buen puñado de años, suponiendo que sea posible lograrlo a través de la atmósfera debido a los problemas de dispersión y refracción óptica que los plagan. Pero además, por si las moscas, el misil va cubierto con una lámina de material ablativo que dispersa el láser y disipa su energía en el caso de que alguien lo consiguiera en el futuro.

En tierra, el vehículo todoterreno repliega el humeante tubo lanzador y se dispone a volver a base. Su misión ha finalizado. El misil es ahora totalmente autónomo y alcanzará sus blancos sin ninguna otra intervención humana.

Tiempo 00:30 – El misil ha superado la velocidad del sonido en menos de medio minuto y ya se encuentra a diez kilómetros de altitud, fuera del alcance de todos los sistemas antiaéreos de baja cota. En este momento, el lanzamiento podría estar siendo detectado por satélites enemigos.

Tiempo 01:00 – A cuatro veces la velocidad del sonido, la primera fase se separa al norte de Nizhny Novgorod y cae a tierra. Con menos peso y superada ya la franja de deceleración dinámica, el Tópol-M acelera mucho más deprisa, guiado por los giroscopios inerciales hacia un punto determinado del espacio exterior.

Tiempo 01:30 – El misil está ahora hipersónico, a treinta kilómetros de altitud, fuera del alcance de casi todos los sistemas antiaéreos de alta cota, incluyendo el Patriot PAC-2/3, el S-300PMU o el RIM-66/67 Standard. Con toda seguridad, el lanzamiento ha sido detectado por satélites enemigos. Pero en la práctica, ningún misil lanzado desde dentro de la atmósfera terrestre puede alcanzarle ya.

Tiempo 02:04 – La segunda fase se separa a 13.000 km/h y cien kilómetros de altitud, en la línea Kármán, al borde del espacio exterior. No existen en este momento, ni se esperan en el futuro próximo, armas que puedan derribarlo ahora. Sobrevuela en estos momentos la ciudad de Kirov.

Tiempo 02:30 – El misil se encuentra en el espacio exterior, por encima de diecisiete mil kilómetros por hora y acelerando todavía más en busca de una trayectoria deprimida por debajo de 30º de ángulo. El fuselaje aerodinámico frontal (la punta) se separa impulsada por pequeños motores vernier y deja al descubierto el bus con las cuatro cabezas termonucleares y las ayudas a la penetración.

Tiempo 03:00 – A 29.880 kilómetros por hora, unos 27º de ángulo y ciento setenta kilómetros de altitud, la tercera fase se apaga y separa, liberando el bus con las ojivas MIRV de carga atómica. Ahora, el Tópol-M ya no tiene propulsión ninguna (ni la necesita). Se dispara una pequeña cápsula criogénica para hacerle perder temperatura rápidamente. Las estaciones de inteligencia espacial de otras potencias tratan de determinar su rumbo y perfil exacto, antes de que se enfríe y se vuelva prácticamente invisible en la inmensidad del cosmos tanto en frecuencias visuales como infrarrojas.

Tiempo 04:00 – Ya en vuelo libre, el sistema de guía astroinercial toma rápidamente puntos de referencia con nueve estrellas de posición conocida (tres juegos de tres). El ordenador de a bordo las triangula, promedia los resultados y se los suministra al piloto automático. Entonces, los impulsores vernier de gas frío hacen minúsculas correcciones angulares y empiezan a librar las cuatro cabezas MIRV termonucleares con rotación inducida, de diez a veinte señuelos (a la derecha, los viejos hinchables del Minuteman III) y diversos perturbadores de guerra electrónica que permanecen apagados por el momento.

Antiguamente, esta libranza se producía mucho después (casi encima del blanco, como se ve en el primer video; y, con frecuencia, se intercalaban las fases de impulsión con fases de vuelo libre balístico). Sin embargo, esto facilitaba mucho las posibilidades de detección e intercepción por parte del oponente. El desarrollo de sistemas de guía astroinercial mucho más exactos ha hecho posible soltar toda la carga militar en esta etapa temprana del vuelo sin perder precisión, y además al amparo del frío espacial, que dificulta el detectarla y seguirla con satélites optoelectrónicos. Esto logra que, para cuando la carga militar llegue al alcance de los radares de alerta temprana de largo alcance, éstos se encuentren con una multitud de blancos, señuelos y perturbadores electrónicos entre los que deben tratar de descubrir las cabezas reales. También impide la operación de hipotéticos interceptores espaciales, como los que se postularon para la cancelada Guerra de las Galaxias.

Tiempo 06:20 – La carga militar alcanza la máxima altitud, 893 kilómetros (dos veces y media más que la estación espacial internacional). La gravedad tira de ella y comienza a descender hacia su objetivo. Ahora, los radares de descubierta de más largo alcance pueden estar detectando un minúsculo "borrón" de cabezas MIRV, señuelos que las imitan y perturbadores en una elevación extrema.

Tiempo 09:00 – La carga se encuentra ahora sobre Siberia Central, cayendo de vuelta hacia la atmósfera terrestre a más de ocho kilómetros por segundo: en último término, un ICBM no deja de ser una forma de artillería de tecnología avanzada. Los radares de descubierta de largo alcance comienzan a localizarlas con más precisión. Por su parte, algunos de estos objetos comienzan a liberar aerosoles multiespectrales que actúan a modo de chaff, con una fracción de su peso, y también confunden a los detectores de infrarrojos. Las cápsulas de contramedidas electrónicas se encienden, introduciendo mayor confusión en los radares enemigos.

Tiempo 11:15 – Los radares de largo alcance comienzan a tener soluciones de trayectoria, pero no pueden discriminar correctamente entre cabezas reales y señuelos, que suman más de quince blancos a treinta mil kilómetros por hora. Las cápsulas de contramedidas electrónicas y los aerosoles multiespectrales introducen errores e imprecisiones en su telemetría, y se requiere una precisión extrema para intentar una intercepción exoatmosférica de fase intermedia (suponiendo que estos medios estuvieran disponibles en el área de batalla). De todos modos, aún no saben cuáles son las cabezas reales, los interceptores exoatmosféricos son muy costosos y hay pocas unidades como para dispararlas a mansalva con una probabilidad de éxito tan baja. Se empiezan a hinchar los expansores, globos metálicos de mayor tamaño que ofrecen un mejor blanco y por tanto tienden a hacer que los sistemas de blocaje automático de las guías para los antimisiles los adquieran a ellos, en vez de a las cabezas reales.

Tiempo 11:30 – En estos momentos podría comenzar a conocerse el objetivo del ataque, y transmitir órdenes urgentes para la dispersión de las fuerzas que amenazan Vladivostok. Pero sólo quedan cinco minutos, y no hay muchos sitios a donde un ejército o una flota o una fuerza de desembarco o cualquier cosa por el estilo pueda dispersarse en cinco minutos.

Tiempo 12:02 – Se intenta el primer disparo con cuatro interceptores exoatmosféricos de fase intermedia contra lo que parecen ser diecisiete blancos a punto de iniciar la reentrada, a 2.300 kilómetros de distancia.

Tiempo 12:30 – Los interceptores se abalanzan contra las cabezas y los señuelos a una velocidad sumada de 65.000 kilómetros por hora. Tardarán un minuto y medio en encontrarse, pero esa velocidad tan extrema obliga a los interceptores a acertar de lleno en el primer cruce: nunca podrían dar la vuelta a tiempo para intentarlo otra vez. Además, los ángulos son extremadamente críticos, y los perturbadores y aerosoles siguen causando dudas sobre su exactitud.

Tiempo 13:30 – Las ojivas MIRV y los señuelos están ahora iniciando la reentrada en la atmósfera terrestre, por lo que empiezan a perder algo de velocidad. Se encuentran a unos 200 kilómetros de altitud y mil quinientos kilómetros de su blanco. Las ojivas no se comportan aerodinámicamente de manera idéntica a algunos de los señuelos, por lo que empieza a asomar la posibilidad de distinguir unas de otras.

Tiempo 13:55 – ¡Intercepción! Los interceptores exoatmosféricos de fase intermedia han alcanzado algo, probablemente dos o tres blancos, pero es imposible saber de qué se trata. Harían falta imágenes infrarrojas de alta resolución y muchas horas de análisis para descubrir si han alcanzado ojivas reales, señuelos o incluso algún perturbador. El problema es que sólo quedan tres minutos.

Tiempo 14:15 – Las ojivas MIRV siguen perdiendo velocidad, y empiezan a maniobrar modificando marginalmente sus ángulos y velocidades. Ahora empieza a ser posible distinguirlas con claridad de los señuelos. Pero estos movimientos complican las posibles soluciones de intercepción. Parece que una de las cabezas termonucleares se está destacando en primera posición, mientras que otras dos o tres quedan un poco más rezagadas, modificando sus trayectorias de forma aparentemente arbitraria para ponérselo lo más difícil posible a los ordenadores de tiro antimisil.

Tiempo 14:30 – Los radares de defensa terminal comienzan a detectar blancos a mil kilómetros de distancia. Pero los interceptores antibalísticos terminales sólo tienen unos 600 kilómetros de alcance máximo. Empiezan a computar soluciones de tiro para cuando se encuentren un poco más cerca.

Tiempo 14:50 – ¡Detonación nuclear! La cabeza líder ha estallado a unos 90.000 metros de altitud sobre la frontera china, aún dentro de territorio ruso. Esto no afecta significativamente al suelo, pero provoca un intenso efecto de oscurecimiento electromagnético instantáneo, en cientos de kilómetros a la redonda, por alta ionización de las regiones inferiores de la ionosfera. Las ondas de radar y radio no pueden pasar a través. Los sistemas de defensa terminal acaban de quedarse ciegos, y con ello desaparece la posibilidad de disparar algún interceptor más.

Tiempo 16:00 – Las dos ojivas MIRV supervivientes (la tercera quizá fue derribada, quizá falló, quizá servía para alguna otra cosa...) atraviesan la región de oscurecimiento a velocidad altosupersónica, guiadas por su sistema inercial autónomo, que ya no requiere de interacciones con el exterior y es por tanto inmune al oscurecimiento electromagnético (las cabezas también van blindadas contra pulsos electromagneticos e incluso explosiones atómicas a más de 500 metros de distancia).

Tiempo 17:10 – Las cabezas detonan separadas unos siete kilómetros entre sí, a dos mil quinientos y cuatro mil quinientos metros de altitud, sobre las fuerzas que amenazaban Vladivostok. La potencia final total es de 1,1 megatones (megatonelaje equivalente: 134 ktE). Esto representa dos extensas áreas de aniquilación total de cinco kilómetros de diámetro, con daños graves y extensivos hasta los diez kilómetros de diámetro (se puede tapar la ciudad de Madrid más o menos hasta la M-40, con esas dos explosiones).

Todo esto se puede hacer con un solo misil de unos diez años de antigüedad. Dejo a la imaginación del lector suponer lo que se podría hacer con una decenita cumplida y un buen plan estratégico, o con los que se están construyendo en estos mismos momentos para reponer o actualizar los obsolescentes. Por el momento y me temo que durante algún futuro, continúo opinando que la espada es más poderosa –y mucho más económica– que el escudo; y que, por tanto, continuaremos viendo doctrinas de seguridad y defensa basadas en la disuasión nuclear de alto nivel durante bastante tiempo. Tratados como el de la semana pasada son muy buenos, y reducen el riesgo de que nos aniquilemos a nosotros mismos a gran escala. Pero, por motivos evidentes, las armas nucleares llegaron para quedarse y van a seguir ahí durante muchos años más.




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La Pizarra de Yuri
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jueves, 11 de marzo de 2010

El secreto bajo la Montaña Mala.

Hay rumores insistentes sobre un enorme complejo subterráneo bajo el monte Yamantau, en Rusia.



Ver mapa más grande

Todo lo que lo rodea es secreto, pero ha circulado alguna información –más bien, rumores– a lo largo de los últimos 15 años. En un lugar remoto de los Montes Urales, dentro de un área prohibida, se encuentra un macizo de nombre inquietante: Yamantau, que en el idioma bashkir local significa Montaña Mala. Y dicen que entre 1996 y 2007 Rusia ha construido bajo él un inmenso complejo subterráneo, a mil metros de profundidad bajo la roca de cuarzo. No se ha hecho público para qué sirve. No se sabe lo que es. Pero es muy grande.

Se rumorea que existen varios lugares así en los Montes Urales, la principal cordillera de Rusia, considerada como inexpugnable bastión contra toda clase de enemigos e invasores. El más notorio de todos ellos es la montaña Kosvinsky, seiscientos kilómetros al norte, generalmente considerado el monte Cheyenne ruso: un centro de mando alternativo para las fuerzas de misiles atómicos, en estado desconocido de operación. Montañeros y excursionistas han observado grandes entradas selladas tan al norte como Kharp: invariablemente, las autoridades locales afirman que se trata de antiguas minas, cuando se molestan en explicar algo. Oficialmente, en Kosvinsky sólo hay una mina de oro y platino –lo que justificaría las medidas de seguridad–, aunque no se conozcan yacimientos notables ni de oro ni de platino en el área.

Oficialmente, en Mezhgorye también hay únicamente una mina vinculada a la industria siderometalúrgica de la región, gestionada por una empresa que ha cambiado de nombre varias veces pero ha permanecido invariablemente dirigida por un general en activo (entre ellos, un tal Leonid Akimovich Tsirkunov). Un antiguo funcionario comunista regional, en cambio, afirmó que se trata de un refugio de última línea para la dirigencia rusa en caso de guerra total; esta es la opinión más extendida en Occidente. Otras voces aseguran que se trataría de un almacén de reserva de armas atómicas: está cerca (lo que en Rusia llaman cerca) del enorme conglomerado de ciudades cerradas para la construcción de armamento especial en torno a Chelyabinsk, equidistante a tres polígonos de lanzamiento de misiles termonucleares (Nizhny Tagil, Yoshkar-Olá y Dombarovsky, este último con capacidad espacial).

Uniendo estas dos últimas ideas, algunos han concluido que la instalación subterránea del Yamantau podría formar parte de una especie de santuario nacional o nido del águila, al amparo del Distrito Militar del Volga-Urales, donde retirarse para dar la defensa final y luchar la última de todas las guerras (o negociar una paz conveniente) en caso de conflicto total. Este santuario de límites difusos se correspondería con un área montañosa secretista del tamaño de España, fácil de defender, provista con numerosos centros industriales, científicos y tecnológicos, cubierta por tres divisiones mecanizadas y varias brigadas spetsnaz, equipada con grandes aeropuertos donde replegar importantes fuerzas aéreas, albergando los tres polígonos de fuerzas nucleares mencionados con misiles SS-25 Tópol, SS-27 Tópol-M y SS-18 Satán (y probablemente los nuevos RS-24 Yars, en un futuro próximo).

Con estas especulaciones sobre la mesa, no es tampoco extraño que la instalación se haya vinculado también al mítico Perimetr, el sistema de mano del hombre muerto que pondría automáticamente en marcha la represalia termonuclear contra sus blancos predeterminados en caso de que la estructura de mando político o militar quedara desarticulada.

Otras fuentes han planteado otras hipótesis, no necesariamente incompatibles con lo anterior; según estas, el complejo subterráneo del monte Yamantau podría ser también un depósito para los archivos y tesoros nacionales más secretos y esenciales de Rusia, heredados de la URSS y del Imperio Zarista. El general Tsirkunov, después diputado en la Asamblea de Bashkiria, aseguró con mucho desparpajo que tan solo se trata de un almacén de comida y ropa para caso de emergencia. Por otra parte, quienes afirman que es un gran centro de mando, control e inteligencia se encuentran con el problema de que el macizo de cuarzo dificulta las comunicaciones, y no hay antenas exteriores visibles; o han tirado fibra óptica por los montes, o el centro de mando no está ahí.

El complejo secreto del Monte Yamantau.

La localidad cerrada de Mezhgorye fue fundada en 1979 bajo el nombre Ufá-105, evidenciando que ya la Unión Soviética tenía alguna intención de hacer algo por esos riscos inaccesibles. Esto de las ciudades cerradas que llevan el nombre de una (distante) población mayor con un sufijo numérico fue una idea soviética, surgida durante la Segunda Guerra Mundial y aplicada masivamente con el desarrollo de los programas nucleares, espaciales y similares. La mayor parte de ellas eran naukogrados, esto es, poblaciones científicas e industriales llenas de personal especializado, casi siempre con la mejor calidad de vida que la URSS podía ofrecer (y en algunas de ellas, no era poca, incluso con rasgos de lujo asiático). Muchas eran de nueva creación, frecuentemente a partir de aldeas o pueblecitos anteriormente irrelevantes en la inmensidad rusa.

Eufemísticamente, se las llamaba apartados de correos, porque esta era la única forma de ponerse en contacto con sus habitantes a menos que fueras un familiar cercano: escribirles una carta a su nombre (real o simulado), seguida de un apartado de correos en alguna localidad de importancia relativamente cercana. Así, para entrar en contacto con un tal Vladimir Popov que residiera en la ciudad cerrada del centro de investigaciones nucleares de Sarov, mandarías tu carta a Vladimir Popov, apartado 16, Arzamas (lo que en la costumbre postal rusa se puede escribir como Arzamas-16); Arzamas es una ciudad comercial y cultural corriente situada a 60 km de distancia. Si llamabas por teléfono, el código telefónico local sería el de Arzamas (y probablemente alguien más escucharía vuestra conversación). Y así con todo.

Ufá-105 ("apartado de correos 105, Ufá"), por tanto, tenía poco que ver con la verdadera ciudad industrial de Ufá. De hecho, está a casi 200 km de distancia. Se estableció como una pequeña comunidad minera, aparentemente compuesta por geólogos e ingenieros de minas. Pronto, el gobierno descubrió que era de lo más conveniente tender una línea del ferrocarril a esos poblachos montañeses y, ya puestos, una estupenda carretera, ¿por qué no? Total, iban de camino 20.000 o 30.000 mineros para extraer... no se sabe qué. Poco después le cambiaron el nombre, aumentando así la confusión: pasó a llamarse Beloretsk-16; la auténtica Beloretsk se halla a unos 30 o 40 km. Tras el colapso de la Unión Soviética, aparecieron otras dos pequeñas localidades mineras en el área, llamadas Beloretsk-15 y Alkino-2.

En 1995, estas tres localidades fueron unificadas en una sola población cerrada, a la que llamaron Mezhgorye. Por esas mismas fechas, el monte Yamantau al completo fue declarado también area cerrada (aparecen como entidades distintas en el registro de zonas cerradas de la Federación Rusa, a pesar de estar juntas). Se cree que las obras comenzaron en 1997 y finalizaron en 2007; al parecer, a partir de esa fecha ha habido algunos conflictos laborales en los tribunales locales debido a que una parte significativa de los mineros han sido despedidos (en tiempos de la URSS habrían sido reasignados a otros proyectos del estado, repartidos por zonas distantes, o les habrían conseguido trabajo en una industria o en el ferrocarril; se ve que la nueva Rusia no puede permitirse eso).

Las características del complejo subterráneo están sujetas a especulación. Diversas fuentes lo han descrito como un termitero dentro de la montaña, a más o menos un kilómetro de profundidad (esto es, a unos 600 metros sobre el nivel del mar; el Yamantau tiene 1.610 metros hasta la cima), lejos de donde puede llegar cualquier cabeza de penetración en el subsuelo. Fuentes occidentales lo describen con el tamaño de la ciudad de Washington hasta la Beltway, no se sabe con cuántos niveles, lo que vendría siendo una monstruosidad y puede que una exageración. Alguna de ellas, vinculada a los servicios secretos norteamericanos y británicos, ha llegado a sugerir que si estuviera compuesta de habitáculos, tendría capacidad para unas 60.000 personas.


 
Esta podría ser una foto (y tengo mis más que serias dudas) de una perforación para la "mina" del monte Yamantau. El resto de imágenes disponibles atribuidas al lugar, aunque más espectaculares, no se corresponden con el mismo en absoluto; y algunas son de lugares tan distantes como Corea del Sur.


Área restringida.

No es posible saber en la actualidad si tales suposiciones tienen visos de verosimilitud. Lo único cierto es que está completamente prohibido penetrar en el área, y los montañeros locales que se han aventurado bajo el paraguas de alguna federación deportiva, dicen que es muy peligroso acercarse a la montaña: cuando lo intentas, pronto descubres que hay soldados controlando tus movimientos desde los bosques circundantes. Si te aproximas un poco más, te piden la documentación y te preguntan qué pintas tú por allí. Que se sepa, nadie ha desafiado hasta el momento esta clara disuasión. A los excursionistas locales se les permite llegar hasta una cima cercana (el Mashaki o Pequeño Yamantau) por senderos autorizados. Afirman, quizá con alguna ironía, que "es más bonita". Según cuentan, en la cumbre del Yamantau propiamente dicho sigue habiendo un busto de Lenin (es el pico más alto de los Urales Meridionales).

La zona está totalmente clausurada a extranjeros e incluso a ciudadanos rusos sin alguna razón clara que justifique su presencia. Para acceder a la población cerrada, hay que obtener una invitación previa de alguna entidad autorizada y luego presentar una solicitud motivada ante el FSB (ex KGB) local vinculado a una cierta "unidad militar 55041" (o ante la Embajada Rusa en tu país). Las autoridades rusas se reservan el derecho de rechazar estas solicitudes sin dar ninguna explicación, o limitarlas a una fecha o recorrido determinados. El espacio aéreo está restringido por completo y es conocido que hay sistemas antiaéreos S-300 en el distrito, así como interceptores MiG-31 en Perm, a menos de quince minutos de vuelo (para ellos...); no se sabe de nadie que haya intentado desafiar esta prohibición.

La legislación rusa prevé severas penas de prisión en algún lugar muy frío para personas –nacionales o extranjeros– capturados en violación de un área cerrada, suponiendo que no ocurra algún accidente durante el arresto. La gente de allí, según dicen, prefiere no tentar la suerte fuera de los caminos autorizados. De todas formas, nadie sabe dónde está exactamente el complejo subterráneo o sus accesos.

Tampoco se sabe cuál es el estado del complejo: si está terminado, si está ocupado, si está mantenido. Uno de estos excursionistas dice haber encontrado a bastante altitud una gran cantidad de maquinaria minera gastada y abandonada a principios de 2008 ("un campo de hierro", en sus propias palabras). Sigue siendo bastante habitual en Rusia abandonar maquinaria pesada deteriorada por un uso intensivo, que no justifique los costes de sacarla de donde esté y trasladarla a algún otro lugar para su destrucción. Los chatarreros suelen beneficiarse de esta costumbre, pero un particular no puede meter allí vehículos sin permiso para recuperarla. Sin embargo, es posible que los propios soldados hayan obtenido algún beneficio vendiéndosela a alguien, lo que también es una práctica corriente.

En apariencia, la construcción de este complejo subterráneo era muy importante para las autoridades rusas. Se propuso en tiempos de la URSS. Se puso en marcha durante los años horribles de Yeltsin, con el país (incluyendo a muchos oficiales militares) pasando hambre y frío, mientras grandes partes del ejército convencional se degradaban hasta la chatarra por falta de mantenimiento. Se continuó a pesar de que Yeltsin era un amigo de Occidente, poco dispuesto a dar pábulo a esta clase de desconfianzas. Y se prosiguió y terminó con Vladimir Putin, lo cual era más lógico: Putin es, en buena medida, un silovik que no da gran importancia a los miedos que pueda despertar en el exterior (y, de hecho, sabe utilizarlos francamente bien).

En todo caso, después de los grandes enigmas que caracterizaron a la URSS durante toda la Guerra Fría, quizás estemos ante el primer gran misterio postsoviético: la instalación subterránea secreta de la montaña Mala, según los antiguos bashkires. Allí abajo (o arriba, según se mire) los rusos han cavado un agujero muy grande, y aunque oficialmente sigue siendo sólo una mina, nadie sabe lo que es. Al menos, nadie que esté dispuesto a publicarlo.

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jueves, 11 de febrero de 2010

Historia de la bala.

Una pequeña asesina que se cobra 500.000 vidas al año.



Es una de las principales causas de muerte violenta. Todos los aviones, misiles, tanques y buques de guerra juntos no matan a tanta gente, ni muchísimo menos. Los seres humanos, básicamente, asesinamos al prójimo de manera personal, con las manos; o, al menos, con cosas que llevamos en las manos. Y la humilde bala, junto a las armas que las disparan, son tan letales como los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki, juntos y multiplicados por dos... cada año.

En efecto, Oxfam Internacional, Amnistía Internacional e IANSA estiman que las armas ligeras –y sus proyectiles– acaban con 500.000 personas al año; esto es, un Auschwitz cada lustro. Quizás después del garrote y el cuchillo, esos minúsculos trocitos de metal que vuelan rabiosamente por el aire hasta hundirse en la carne y la sangre ocasionan un genocidio estándar cada veintipico meses (o, más bien, la gente que los dispara, claro). Únicamente desde 1980 hasta aquí, han matado a tanta gente por todo el planeta como la Segunda Guerra Mundial. No se considera un arma de destrucción masiva, y sin embargo lo es más que ninguna otra. Sólo la Antártida, por el momento, se ha librado de sus efectos; quizá porque sus únicos habitantes, los científicos, suelen ser gente de paz.

Las balas están por todas partes, son facilísimas de construir al abrigo de cualquier selva, casucha, bosque o desierto por unos pocos céntimos, y ya no digamos en las modernas fábricas robotizadas que las producen a millones. En las versiones más básicas, basta con un poco de propelente, latón y plomo, y alguna herramienta primitiva para mecanizarlas de forma más o menos regular. Todos los países dignos de tal nombre tienen, al menos, alguna industria local. Las balas no sólo matan por perforación, daño neurológico y hemorragia, sino también por shock hidrostático, infección y lesiones sinérgicas que afectan a varios órganos simultáneamente.

El proyectil más popular del mundo es el llamado .22 Long Rifle, un cartucho chiquitín y de fácil uso que sirve para numerosos rifles, pistolas, revólveres y hasta escopetas. Lo de .22 quiere decir "0,22 pulgadas de diámetro": efectivamente sus dimensiones en el sistema métrico decimal son 5,6 milímetros de diámetro por 15 milímetros de longitud. Esta bala es demasiado pequeña para tener mucho alcance efectivo, penetración o poder de parada –le falta energía cinética–, pero para las distancias y víctimas habituales de las armas (civiles desarmados, raterillos, gentes derrotadas y otras personas esencialmente reducidas e indefensas) resulta más que suficiente; sobre todo, cuando se tiran tres o cuatro disparos. Además, tiene un vuelo muy lineal, lo que facilita su uso por tiradores poco experimentados.

Entre los militares, el más frecuente es en cambio el conocido como nueve milímetros parabellum, de 9 x 19 mm. Para bellum significa, en latín, "para la guerra", y lo tomaron del conocido aforismo si vis pacem, para bellum. Fue desde su origen un calibre militar, y resulta tan común porque se han fabricado numerosas armas de combate que lo utilizan. Considerado frecuentemente como un calibre de asesinos, debido a su uso generalizado a manos de terroristas, delincuentes y miembros de fuerzas de seguridad mucho menos que democráticas, es mucho más pesado y contundente que el pequeño .22 LR; a cambio, requiere mayor experiencia para acertar con él a alguna distancia porque su peso lo desploma rápidamente.

Sin embargo, cuando las cosas se ponen chungas de veras y la víctima no es tan víctima, sino que responde al fuego, la muy perra, todo el mundo se vuelve loco por el que llaman 7,62 soviético de 7,62 x 39 milímetros. Básicamente, porque es la bala del mítico Kalashnikov AK-47 y sus variantes, como el AKM, que es lo que todo nacido de madre quiere tener en las manos cuando las pintan bravas. Este cartucho intermedio, estrechamente relacionado con el tradicional calibre .30, resulta intratable a las distancias típicas de combate y sobre todo de combate urbano o suburbano; los soldaditos de a pie que saben de lo que hablan prefieren con mucho su cruda severidad a las ambiguas estadísticas de municiones más modernas y ligeras. A los contables de los ejércitos y otras fuerzas armadas también les gusta: las variantes más baratas se han llegado a producir a menos de un céntimo por unidad, y no es raro encontrarlos de importación y excelente calidad por debajo de veinte. Esto significa que se puede llenar un peine de treinta balas buenas por menos de seis euros, lo que venían siendo mil pelas, e incluso sin llegar al euro si uno se conforma con cualquier cosa; un argumento difícilmente discutible.

La idea de descalabrar a algún vecino por el procedimiento de lanzarle un objeto contundente es tan vieja como la humanidad. Ya en tiempos antiguos se descubrió que un objeto pequeño proyectado a suficiente velocidad resultaba más práctico y mucho más perjudicial para la salud que otros adminículos de mayor tamaño. No otra cosa es la punta de una flecha y, sobre todo, los proyectiles de las hondas.

A pesar de su aspecto primitivo, una honda en manos de quien sabe usarla es un arma terrible y peligrosísima, que nos viene acompañando desde el Neolítico por lo menos y probablemente desde el Paleolítico. Una honda es efectiva a mayor distancia que el arco, incluso que el arco largo, y también a mayor distancia eficaz que la mayor parte de armas cortas de fuego: hasta cuatrocientos metros. Un hondazo bien arreado con una bolita de plomo o incluso un guijarro pesado puede matar ya no a un hombre, sino incluso a un caballo, según los conquistadores de América que las padecieron. No sólo se dice que David se ventiló al gigantesco Goliat con una de ellas; es que la historia nos habla de los legendarios honderos baleares, más temidos que los arqueros y capaces de hundir un barco de guerra romano a menos que estuviera bien blindado con cuero. En fecha tan tardía como 1989 se acusó a un veterinario rural, Luis Perezagua, de derribar un helicóptero del Ejército Español que le estaba molestando mediante una certera pedrada, quizás lanzada con honda, sin causar muertos pero sí algunos magullados. Fue absuelto, no se sabe si porque era mentira o porque nadie estaba dispuesto a asumir la vergüenza. Quizá deberían haber leído algo de historia antes de avergonzarse tanto.

La invención de la pólvora facilitó el asunto este de desgraciar a los primos mediante el lanzamiento a gran velocidad de pequeños objetos pétreos o metálicos. Los primeros proyectiles para mosquetes, arcabuces, pistolones y demás parafernalia bélica de la época no eran más que esferas de plomo u otro metal, parecidas a las de las hondas, e incluso guijarros redondeados cuando no había otra cosa  a mano. Hubo que esperar hasta 1823 para que un cierto inglés llamado John Norton, de las fuerzas armadas de su Graciosa Majestad, propusiera usar proyectiles puntiagudos que se expandían para ajustarse al cañón del arma durante el disparo; la idea fue rechazada porque se habían venido usando bolas durante trescientos años.

Pero no olvidada. El estadounidense William Greener recogió el concepto para crear una bala con base de madera que se ajustaba al cañón, multiplicando su eficacia como predijo Norton; ésta fue rechazada por engorrosa. Por fin, en 1847, un capitán del ejército francés llamado Claude Étienne Minié desarrolló un proyectil de plomo blando que desempeñaba la misma función. La bala Minié fue un éxito instantáneo, pues al ajustarse al ánima del cañón aprovechaba la totalidad de los gases de la pólvora, y además era tan sencilla de usar como las viejas de bola. Ah, por si no te habías dado cuenta: la palabra castellana bala viene del francés balle, que quiere decir bola. El inglés round procede, naturalmente, de redondo; es decir, una bola.

La bala Minié se usó extensivamente en la Guerra Civil Americana, causando heridas terribles a sus víctimas que casi siempre significaban la muerte o la amputación. Fue también durante este conflicto cuando los cartuchos de pólvora, que se venían usando desde tiempos de los mamelucos egipcios (1260), se incorporaron al propio proyectil para obtener un solo elemento; hasta entonces, había que cargar el proyectil por un lado y la pólvora por el otro. Había nacido la bala moderna. La adición de un fulminante capaz de encender la pólvora mediante el impacto de un percutor completó el invento. En la actualidad, todas las balas –y muchos proyectiles pequeños de artillería, que son sus primos hermanos– funcionan así.

El siguiente avance se produjo en 1883, cuando un mayor suizo inventó la chupa de chapa, o sea, un recubrimiento de cobre para el proyectil de plomo. Esta funda de cobre se adapta mejor al ánima del cañón, permitiendo un aumento muy significativo de la velocidad de salida, y con ello de la energía total. La bala spitzer, con propiedades aerodinámicas mucho mejores, es ya difícil de distinguir de un proyectil contemporáneo.

Por otra parte, durante el siglo XIX los ingleses habían inventado la bala expansiva o dum dum. La bala dum dum tiene una propiedad curiosa: al alcanzar el blanco, revienta y se expande para agotar toda la energía contra el mismo y provocar grandes heridas, en vez de atravesarlo limpiamente. Sería el gobierno alemán, en 1898, quien protestaría por primera vez contra la inhumanidad de esta clase de proyectil, y de hecho están prohibidas para uso militar. Pero la gente es ingeniosa, sobre todo a la hora de joder (en ambos sentidos), y muchos proyectiles modernos están construidos de tal manera que tumban al impacto, produciendo lesiones análogas.

La historia de la munición trazadora, incendiaria y explosiva merece párrafo aparte. La munición trazadora e incendiaria contiene algún material que arde por la fricción del aire –el primero fue el fósforo–, y la inventaron los ingleses también para hostigar a los zepelines alemanes de la Primera Guerra Mundial, amenazando con hacer estallar sus grandes depósitos de hidrógeno. Después, la trazadora siguió su propio camino como guía de tiro en condiciones de pobre visibilidad; cuando se usa con ametralladoras (intercalando una trazadora cada cierto número de balas corrientes), es como apuntar con un láser. A cambio, delatan la posición del tirador. La bala explosiva es una versión en chiquitín de los proyectiles de artillería que detonan al impacto, causando heridas análogas a las dum dum, y por eso se confunden muchas veces. Por complicadas, son raras en los calibres habituales para uso manual, y normalmente cuando alguien denuncia que se están usando balas explosivas, se refiere a balas expansivas.

El desarrollo de municiones de alta velocidad permitió crear también la bala perforante, cuyo propósito es atravesar una coraza. Las hay de muchos tipos. Bastantes de ellas tienen en su centro una "aguja" de carburo de tungsteno, uranio empobrecido u otro material muy denso, con una punta muy dura. Esta "aguja" se separa del resto del proyectil, concentra la energía en un punto muy pequeño y así penetra a través de los blindajes, incluso los de un tanque con los calibres mayores. La generalización de los chalecos antibala y antimetralla entre militares, policías y algunos delincuentes ha conducido al desarrollo de balas específicamente diseñadas para atravesarlos.

A la bala, y los proyectiles de energía cinética en general, les queda mucha muerte por delante. Más allá de supuestas armas de rayos, haces, ondas y demás,  lo cierto es que no se conoce ninguna manera ni remotamente tan eficaz y económica de transferir gran cantidad de energía a un blanco, a menos que nos metamos en mejunjes nucleares. Esta vieja conocida, que nos viene acompañando desde quizás el Paleolítico con la idea de matarnos, seguirá en las manos de todo aquel que desee asesinar a otro ser humano (o, para el caso, cazar y tal; ¡como si necesitáramos seguir cazando a estas alturas!). No existe una manera de matar tan eficaz, segura, barata, universal y accesible; para manejar un garrote o un cuchillo hace falta cierta fuerza, decisión y pericia, pero para practicar dos agujeros nuevos a un desgraciado –o desgraciada– en las distancias cortas sólo se precisa tirar de un gatillo. La bala llegó con nosotros y se irá con nosotros. O precisamente por eso.

...por otra parte, quizá esta muchachuela podría decir que quien quiera violarla, esclavizarla o matarla como a tantas de sus hermanas, puede intentarlo en este preciso momento si le queda algo de hombría.

Peli muy recomendada: El Señor de la Guerra, con Nicholas Cage (2005).

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