La pizarra de Yuri

jueves, 15 de abril de 2010

Algunas notas sobre el accidente presidencial polaco.

Tratando de poner en claro la información más o menos confirmada sobre el "Fuerza Aérea 101".

Esta va a ser una entrada un poquito caótica, porque no son más que mis anotaciones sobre tan escalofriante suceso pasadas a limpio. Dada la enorme cantidad de sandeces que se están oyendo, viendo y leyendo en los medios de comunicación de masas –como siempre que ocurre algo aunque sea remotamente relacionado con la ciencia y la tecnología–, me ha parecido interesante compartirlas aquí; al menos, las que estén más claras y comprobadas en este momento.

El hecho es sobradamente conocido: el pasado 10 de abril a las 10:56 (local, 08:56 CEST), el avión presidencial polaco Tu-154M se precipitó al bosque mientras trataba de aterrizar en el aeropuerto de Smolensko-Norte. Murieron las 96 personas que se encontraban a bordo, entre ellas el presidente Lech Kaczynski y su esposa, casi todo su estado mayor civil y militar (incluyendo seis de siete jefes del estado mayor de sus fuerzas armadas), el presidente del banco central, el director de su agencia de seguridad nacional, varios diputados y senadores y otra cantidad de pasajeros y tripulantes, entre ellos bastantes religiosos notables (ver lista completa). Los fallecidos se dirigían a participar en una conmemoración de la masacre en el cercano bosque de Katyn, cometida por las fuerzas soviéticas contra destacados líderes y oficiales polacos a principios de la Segunda Guerra Mundial, con notorio interés político y personal para los ocupantes de la aeronave.

La ruta.

El avión partió del aeropuerto Federico Chopin de Varsovia (EPWA) a las 07:23 CEST, con un plan de vuelo no regular, directo a Smolensko-Norte (XUBS). Es un recorrido de unas 425 millas náuticas (aprox. 780 km), con rumbo general 064 (este-noreste), la mayor parte del cual se realiza sobrevolando Bielorrusia. Los aeropuertos alternativos más obvios para una aeronave de esta categoría son Minsk (a medio camino) y Moscú (más adelante).



El aeropuerto de destino programado, una base militar con doble uso civil, no ofrece servicio de información meteorológica METAR. El METAR relevante en vigor para los tres aeropuertos mencionados era:
Aeropuerto Internacional Federico Chopin, Varsovia:
EPWA 100500Z VRB02KT 9999 FEW036 05/03 Q1021 NOSIG
(Viento variable a 2 nudos, visibilidad ilimitada, pocas nubes a 3.600 pies, temperatura 5ºC, punto de rocío 3ºC, presión altimétrica 1.021 milibares. No se esperaban cambios significativos.)

Aeropuerto Internacional Minsk-2:

UMMS 110600Z 06002MPS 010V100 CAVOK 08/02 Q1025 R31/D TEMPO 1200
(Viento de 060º variable entre 010º y 100º a 2 m/s, visibilidad óptima, temperatura 8ºC, punto de rocío 2ºC, presión altimétrica 1.025mb. Condición en pista principal 13/31. Durante toda la madrugada se esperaba que la visibilidad cayera temporalmente a 1.200 metros.)

Aeropuerto Internacional de Moscú-Domodedovo:
UUDD 100700Z 08005MPS CAVOK 10/M02 Q1025 32010060 82010055 NOSIG
(Viento de 080º a 5 m/s, visibilidad óptima, temperatura 10ºC, punto de rocío -2ºC. Presión altimétrica 1.025 mb. Condición en pista 14R/32L: seca y libre, sin contaminación notable, coeficiente de fricción 0.60. Condición en pista 14L/32R: seca y libre, sin contaminación notable, coeficiente de fricción 0.55. No se esperaban cambios significativos.)
En suma: un día primaveral frío pero claro y bueno, perfecto para volar, en Varsovia y Moscú. Sin embargo, en el cercano Vitebsk se informaba niebla y alguna pérdida de visibilidad, en ningún caso severa para la seguridad de los vuelos:

UMII 100600Z 14004MPS 4600 BR NSC 05/03 Q1022 NOSIG
(Viento de 140º a 4 m/s, visibilidad 4.600 metros, con neblina, sin nubosidad significativa, temperatura 5ºC, punto de rocío 3ºC, presión altimétrica 1.022 mb. No se esperaban cambios significativos.)

(Información obtenida de NavLost.)
El aeropuerto.

(Clic para ampliar)

El aeropuerto de Smolensko-Norte, a donde se dirigía el avión siniestrado, es una base aérea militar de segundo orden para fuerzas de transporte que también recoge tráfico civil. Carece de actividad militar en estos momentos. Dependiente del distrito militar de Moscú, en ella estuvo estacionado hasta hace poco el escuadrón 103º del 3º de Transporte Aéreo de la Guardia, provisto con cargueros pesados Antonov-12 e Ilyushin-76. En el pasado albergó dos unidades de combate, los regimientos 401º y 871º de cazas interceptores, equipados con MiG-23, MiG-29 y Su-27; pero estas unidades fueron disueltas a finales del periodo soviético. Desde el otoño pasado, no hay ninguna unidad activa asignada a esta base, y cuenta solamente con la unidad de comando administrativo. Se limitan a operar vuelos no regulares de índole regional.

Sin embargo, debido a este historial, Smolensko-Norte cuenta con una excelente pista de hormigón (08/26) de 2.500 x 49 metros (8.200 pies) a 250 metros sobre el nivel del mar. Esta pista y las plataformas adyacentes son capaces de recibir aviones pesados sin dificultad. Su instrumentación, en cambio, es más bien magra y orientada a su uso pasado: una radiobaliza no direccional NDB y un sistema de navegación ruso PRMG estrictamente militar que no interactúa con aviones civiles o extranjeros. Por tanto, a efectos prácticos la instalación sólo cuenta con la radiobaliza NDB, situada unos mil metros al este de la cabecera 26. Debido a la presencia del PRMG, especializado para su pasado uso militar, nunca se consideró dotar al aeropuerto con un sistema de aterrizaje instrumental civil ILS. Esto significa que la base no se halla actualmente equipada para aterrizajes con poca visibilidad.

Como su nombre indica, Smolensko-Norte se halla situado siete kilómetros al norte de la ciudad, junto a varias poblaciones periféricas. Cuatro kilómetros al sur hay un pequeño aeropuerto civil de categoría regional, con una pista de 1.600 metros, no apto para el tráfico de aviones pesados.

El avión y su operador.


El Tupolev-154M representa la variante más moderna del conocido trimotor a reacción Tupolev-154. Es una aeronave utilizada frecuentemente como transporte VIP: el gobierno ruso, por ejemplo, opera varios de ellos para sus altos cargos (aunque el airforceonesky es un Ilyushin-96-300).

El Tupolev-154 es un avión de línea de mediano alcance, conocido por su velocidad (hasta 975 km/h) y su dureza, dado que fue diseñado para operar en remotas pistas árticas con pocos o ningún servicio. La variante original voló por primera vez en 1968, y la 154M a partir de 1982. Se le considera generalmente análogo en tamaño, alcance y tecnología al Boeing 727. El modelo ya no se produce desde 1998, en ninguna de sus versiones.

Atendiendo a su generación tecnológica, el número de unidades construidas y las aerolíneas menos que óptimas con las que opera por todo el mundo, se trata de una aeronave notablemente segura, con una tasa de siniestralidad levemente superior a la de su homólogo Boeing 727. Se construyeron 1.054 aviones Tu-154 que han tenido 66 accidentes con pérdida estructural completa a lo largo de 38 años (0,164%/año); frente a 1.832 Boeing-727 destruidos en 110 accidentes durante 46 años (0,131%/año). Han muerto 2.824 personas a bordo del Tupolev 154 (0,07 por avión/año) y 4.138 en el Boeing 727 (0,05 por avión/año). Estas pequeñas diferencias son achacables a los operadores y pistas donde operan habitualmente muchos de los Tupolev.

De hecho, sólo cuatro de los accidentes principales sufridos por el Tupolev-154 han sido achacados a problemas en la aeronave, relacionados con el mantenimiento; y ninguno de ellos a deficiencias notorias de diseño o construcción. La inmensa mayoría de estas catástrofes obedecieron a errores operacionales, problemas de control de tráfico aéreo y, llamativamente, varios derribos debido a las conflictivas zonas por donde suele volar.

El avión siniestrado el pasado día 10 era un Tu-154M encargado por el gobierno polaco en 1990 y entregado en 1996, con el número de serie 90A837. Operaba desde muchos años atrás como transporte VIP para la Fuerza Aérea Polaca, que disponía de dos unidades, con la matrícula oficial "101". Estaba asignado al 36º Regimiento Aéreo Especial, con base en el aeropuerto Federico Chopin de donde partió para su último vuelo. Nunca estuvo en servicio con ningún otro operador (no era un antiguo avión de Aeroflot, como se ha dicho). Siempre fue, pues, una aeronave de transporte militar.

El Tu-154M "101" había sido recientemente reformado y modernizado por tercera vez, en diciembre del año pasado, y provisto con los sistemas de seguridad y defensa VIP más actualizados del mercado. Sólo había realizado 138 horas de vuelo desde este mantenimiento mayor.


Los ocupantes.

Llama poderosamente la atención la cantidad y calidad de ocupantes a bordo de la aeronave siniestrada. Se puede decir que el accidente ha decapitado al estado y el ejército polacos (que no a su gobierno, ni a su sociedad). Este avión era el "sueño de un terrorista", y no es evidente por qué las autoridades de este país permitieron que hubiera tantas personas relevantes a bordo de un solo aparato. Se ha indicado que el otro Tu-154 del Regimiento de Transporte VIP no estaba disponible, pero esto no explica por sí mismo de qué manera se permitió que tanta gente importante subiese a un único avión.

Se ha sugerido la existencia de una cierta "cultura del privilegio adquirido", que incluía viajar en el avión presidencial durante las ocasiones importantes; no hacerlo podría significar una ofensa para quien quedaba en tierra. Como a este aniversario en particular de la masacre de Katyn se le dio tanta importancia política, volar en él esta vez representaba un significativo honor, y una grave humillación a quien no estuviera en él. Esto es más un rumor que un hecho contrastado, pero lo apunto aquí porque es un comportamiento bastante habitual entre los poderosos de todos los países, y suena al menos razonable como motivo para semejante concentración de notables en violación de la más elemental lógica securitaria.

Entre todas estas personas destacadas se encontraban el Presidente y Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas Lech Kaczynski; el general jefe del estado mayor Franciszek Gagor; y el teniente general del estado mayor y comandante de las Fuerzas Aéreas, Andrzej Blasik. Esto significa que la tripulación de vuelo, compuesta por un capitán, un mayor y un teniente, llevaba a bordo a sus máximos jefes; una tripulación militar sometida a disciplina militar. En este tipo de situaciones, suele resultar confuso saber quién está realmente al mando. Ha dado la vuelta al mundo un incidente en el que el Presidente Kaczynski, durante la guerra de Georgia de 2008, estuvo a punto de despedir a otro piloto por negarse a aterrizar en Tiflis debido a consideraciones de seguridad; no llegó a hacerlo porque el Ministro de Defensa se puso de su parte. El Presidente comentó a los periodistas que "un oficial polaco no debe ser cobarde."

Esta también suele ser una actitud frecuente entre pasajeros VIP de todas las naciones. Ellos tienen sus compromisos políticos, los periodistas esperando (de hecho, el último avión que aterrizó con bien en Smolensko-Norte fue un Yakovlev Yak-40 cargado de periodistas), otras personas muy importantes mirando el reloj. La presión sobre los pilotos para que cumplan sus órdenes sin atender a los procedimientos normales es, a veces, extrema.

El desastre.
(Clic para ampliar)

El control de tráfico aéreo ya había desviado un transporte Ilyushin-76 a otro aeropuerto, después del avión de los periodistas, debido a que la niebla se estaba cerrando severamente (el informe meteorológico local indicaba en esos momentos temperatura de 1 ºC, punto de rocío 1ºC, viento de 140º a 6 nudos, presión 1026 mb, niebla densa). Cuando el Tupolev presidencial se aproximó, los controladores le indicaron que debía desviarse también a otro lugar. Sugirieron los alternativos obvios, Minsk o Moscú.

Sin embargo, no hay autoridad en este mundo que pueda evitar que un piloto aterrice donde le dé la gana (a menos que le envíe cazas de combate para disuadirle). Esto significa que si un chalado quiere aterrizar en Arkhangelsk o cualquier otro lugar maldito la noche de la ventisca alienígena, hay un momento a partir del cual el controlador ya sólo puede decir: "actúa usted bajo su propia responsabilidad."

Uno de los controladores de Smolensko-Norte, Anatoliy Muravyov, ha declarado a la prensa que tuvo problemas lingüísticos para entenderse con los pilotos en una mezcla de ruso e inglés. De todos modos, parece que la notificación de niebla densa quedó bien establecida. De hecho, tenía que ser perfectamente visible (o invisible, vaya). El piloto presidencial realizó varias maniobras alrededor del aeropuerto, que primero se interpretaron como intentos fallidos de aproximación y después como círculos alrededor de la radiobaliza NDB para localizar la pista en medio de la niebla. 


Poco después de las 10:50 (local), el piloto presidencial decidió –por iniciativa propia o no– iniciar el descenso hacia la cabecera 26 de Smolensko-Norte, sin ningún sistema compatible de aterrizaje instrumental, a pesar de la densa niebla. Logró alinear correctamente su aparato, pero tuvo problemas con la altitud: a uno o dos kilómetros del aeropuerto, se encontraba ya muy por debajo de la senda de planeo, demasiado cerca del suelo.

En realidad, estaba volando directamente hacia la antena de la radiobaliza NDB con la que probablemente se orientaba.
Eran las 10:56 cuando el Tu-154M presidencial chocó contra la antena, a mil metros de la pista. Inmediatamente después perdieron el control y cayeron de babor hacia los árboles junto a la fábrica de coches AMO ZIL de Smolensko, cerca del hotel Novy, atravesando la carretera que conecta con la autovía M-1 de Moscú a Europa. Los restos terminaron a unos 200 metros de la cabecera de pista, frente a una fábrica de pan y la Planta Aeronáutica, tan desintegrados que no hubo una gran explosión sino varios fuegos pequeños.

Los trabajadores del polígono industrial salieron en su ayuda, y los equipos de emergencia llegaron pronto, pero no hubo nada que hacer. Los 96 ocupantes del Fuerza Aérea 101 estaban muertos, esparcidos a lo largo de 400 metros de bosque astillado, entre la niebla.

¿Y ahora?

Sin duda, Polonia se recuperará de esta segunda tragedia de Katyn. No me cabe ninguna duda, y se lo deseo vehementemente.

Desde el punto de vista aeronáutico, este va a ser un accidente muy bien documentado. La colisión se produjo a baja altitud y velocidad, y el incendio fue disperso, con lo que se han podido recuperar las tres cajas negras en buen estado. Éstas ya se encuentran en Moscú, junto a las grabadoras del control de tráfico aéreo, y están siendo analizadas bajo control de autoridades rusas y polacas. El único problema que se me ocurre para que se hagan públicos los detalles es que algunas de las personalidades a bordo tuvieran un comportamiento comprometedor; en todo caso, la secuencia del accidente es clara y seguramente terminaremos enterándonos. Conforme vayan saliendo datos relevantes, los iré publicando en este blog.

A pesar de su enormidad, el desastre del avión presidencial polaco es bastante obvio y vulgar. Se trata a todas luces de un error humano por violación de los procedimientos operacionales y desprecio a la seguridad. Ocurren muchos accidentes así todos los días, en todas partes, y este es notable sólo porque se trata de un avión, y además un avión presidencial. Recordemos todos siempre aquello tan viejo de safety first: la seguridad, lo primero; estemos manejando la aeronave de un jefe de estado, nuestro coche particular o la sartén de la cocina. Con esa sencilla frase, se evitan muchas desgracias. Como esta.
 Soldados rusos escoltan a miembros del Ejército Polaco durante la ceremonia de despedida en Smolensko-Norte.

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domingo, 11 de abril de 2010

Los tres superhéroes de Chernóbyl.

Puede que salvaran a millones de personas sacrificando sus vidas, y ya nadie se acuerda.

Es una de las historias más conocidas de nuestro tiempo: el día 26 de abril de 1986, el reactor nº 4 de la central nuclear de Chernóbyl estalló durante el transcurso de una prueba de seguridad mal ejecutada, a consecuencia de 24 horas de manipulaciones insensatas y más de doscientas violaciones del Reglamento de Seguridad Nuclear de la Unión Soviética. Estas acciones condujeron al envenenamiento por xenón del núcleo, llevándolo a un embalamiento neutrónico seguido por una excursión de energía que culminó en dos grandes explosiones a las 01:24 de la madrugada.

Sobre Chernóbyl se han contado muchas mentiras. Y las han contado todos, desde las autoridades soviéticas de su tiempo hasta la industria nuclear occidental, pasando por los propagandistas de todos los signos y la colección de conspiranoicos habituales. Hay una de ellas que me molesta de modo particular, y es esa de que los liquidadores –el casi millón de personas que acudieron a encargarse del problema– eran una horda de pobres ignorantes llevados allí sin saber la clase de monstruo que tenían delante. Y me molesta porque constituye un desprecio a su heroísmo.

Y porque es radicalmente falso. Una turba ignorante no sirve para nada en un accidente tecnológico tan complejo. Los equipos de liquidadores estaban compuestos, sobre todo, por bomberos, científicos y especialistas de la industria nuclear; tropas terrestres y aéreas preparadas para la guerra atómica; e ingenieros de minas, geólogos y mineros del uranio, debido a su amplia experiencia en  la manipulación de estas sustancias. Es necio suponer que esta clase de personas ignoraban los peligros de un reactor nuclear destripado cuyos contenidos ves brillar ante tus ojos en un enorme agujero.

Los liquidadores acudieron, sabían lo que tenían ante sí, y a pesar de ello realizaron su trabajo con enorme valor y responsabilidad. Cientos, miles de ellos, de manera heroica hasta el escalofrío. Los bomberos que se turnaban entre vómitos y diarreas radiológicas para subir al mítico tejado de Chernóbyl, donde había más de 40.000 roentgens/hora, para apagar desde allí los incendios (la radiación ambiental normal son unos 20 microrroentgens/hora). Los pilotos que detenían sus helicópteros justo encima del reactor abierto y refulgente para vaciar sobre él los buckets de arena y arcilla con plomo y boro. Los técnicos y soldados que corrían a toda velocidad por las galerías devastadas cantándose a gritos las lecturas de los contadores Geiger y los cronómetros para romper paredes, restablecer conexiones y bloquear canalizaciones en turnos de cuarenta o sesenta segundos alrededor de la sala de turbinas (20.000 roentgens/hora). Los mineros e ingenieros que trabajaban en túneles subterráneos, inundándose constantemente con agua de siniestro brillo azul, para instalar las tuberías de un cambiador de calor que le robase algo de temperatura al núcleo fundido y radiante a escasos metros de distancia. Los miles de trabajadores y arquitectos que levantaban el sarcófago a su alrededor, retiraban del entorno los escombros furiosamente radioactivos y evacuaban a la población. Salvo a los soldados, sometidos a disciplina militar, a nadie se le prohibía coger el petate e irse si no quería seguir allí; casi nadie lo hizo. Es más: muchos de ellos llegaron como voluntarios desde toda la URSS, especialmente muchos estudiantes y posgraduados de las facultades de física e ingeniería nuclear. Esta fue la clase de hombres y no pocas mujeres que algunos creen o quieren creer una turba ignorante y patética. Esto fueron los liquidadores.



Un helicóptero Mi-8 toca los cables de una grúa utilizada en la construcción del sarcófago y cae mientras intenta descargar arena con boro sobre el reactor abierto, el 2 de octubre. Las operaciones de liquidación se extendieron durante más de un año.

Les llamaban, y se llamaban a sí mismos, los bio-robots, que seguían funcionando cuando el acero cedía y las máquinas fallaban. No lo hicieron por el dinero, ni por la fama, de lo que tuvieron bien poco. Lo hicieron por responsabilidad, por humanidad y porque alguien tenía que hacer el maldito trabajo. Hoy quiero hablar de tres de ellos, que hicieron algo aún más extraordinario en un lugar donde el heroísmo era cosa corriente. Por eso, sólo se me ocurre denominarlos los tres superhéroes de Chernóbyl.

El monstruo del agua que brilla en azul.

Lo único que hay de cierto en estas suposiciones sobre la ignorancia de los liquidadores es que, en las primeras horas, no sabían que había estallado el reactor. Pero no lo sabían porque nadie lo sabía. La misma lógica errónea de los responsables de la instalación que provocó el accidente les hizo creer que había estallado el intercambiador de calor, no el reactor; y así lo informaron tanto al personal que acudía como a sus superiores. Hay una historia un tanto chusca sobre cómo los aviones que llevaban al lugar a destacados miembros de la Academia de Ciencias de la URSS se dieron la vuelta en el aire por órdenes del KGB cuando éste descubrió, a través de su equipo de protección de la central, que había explotado el reactor (además de sus atribuciones de espionaje por el que es tan conocido, el KGB "uniformado" desempeñaba en la Unión Soviética un papel muy parecido al de nuestra Guardia Civil, exceptuando tráfico pero incluyendo la seguridad de las instalaciones radiológicas).



En la mañana inmediatamente posterior al accidente, un helicóptero militar obtiene las primeras tomas de video donde se observa el reactor abierto y fundiéndose.

Debido a este motivo, en un primer momento se echaron sobre el agujero millones de litros de agua y nitrógeno líquido, con el propósito de mantener frío y proteger así el reactor que creían a salvo y sellado más allá de las llamas y el denso humo negro. Esto contribuyó a empeorar las consecuencias del siniestro, pues el agua se vaporizaba instantáneamente al tocar el núcleo fundido a más de 2.000 ºC; y salía disparada hacia la estratosfera en forma de grandes nubes de vapor que el viento arrastraría en todas direcciones.

De todos modos, tenía poco arreglo: era preciso apagar los enormes incendios. Cuando el fuego quedó extinguido por fin, no sólo había pasado la contaminación al aire, sino que ahora tenían una gran cantidad de agua acumulada en las piscinas de seguridad bajo el reactor. Estas piscinas de seguridad, conocidas como piscinas de burbujas, se hallaban en dos niveles inferiores y tenían por función contener agua por si fuese preciso enfriar de emergencia el reactor. También servían para condensar vapor y reducir la presión en caso de que se rompiera alguna tubería del circuito primario (de ahí su nombre), junto a un tercer nivel que actuaba de conducción, inmediatamente debajo del reactor. Así, en caso de ruptura de alguna canalización, el vapor se vería obligado a circular por este nivel de conducción y escapar a través de una capa de agua, lo que reduciría su peligrosidad.

Ahora, después de la aniquilación, estas piscinas inferiores estaban llenas a rebosar con agua procedente de las tuberías reventadas del circuito primario y de la utilizada por los bomberos para apagar el incendio y en el vano intento de mantener frío el reactor. Y sobre ellas se encontraba el reactor abierto, fundiéndose lentamente en forma de lava de corio a 1.660 ºC. En cualquier momento podían empezar a caer grandes goterones de esta lava poderosamente radioactiva, o incluso el conjunto completo, provocando así una o varias explosiones de vapor que proyectasen a la atmósfera cientos de toneladas de este corio. Eso habría multiplicado a gran escala la contaminación provocada por el accidente, destruyendo el lugar y afectando gravemente a toda Europa. Además, la mezcla de agua y corio radioactivos escaparían y se infiltrarían al subsuelo, contaminando las aguas subterráneas y poniendo en grave peligro el suministro a la cercana ciudad de Kiev, con dos millones y medio de habitantes, en una especie de síndrome de China.

Se tomó, pues, la decisión de vaciar estas piscinas de manera controlada. En condiciones normales, esto habría sido una tarea fácil: bastaba con abrir sus esclusas mediante una sencilla orden al ordenador SKALA que gestionaba la central, y el agua fluiría con seguridad a un reservorio exterior. Pero con los sistemas de control electrónico destruidos, esto no resultaba posible. De hecho, la única manera de hacerlo ahora era actuando manualmente las válvulas. El problema es que las válvulas estaban bajo el agua, dentro de la piscina, cerca del fondo lleno de escombros altamente radioactivos que la hacían brillar tenuemente en color azul por radiación de Cherenkov. Justo debajo del reactor que se fundía, emitiendo un siniestro brillo rojizo.

Así pues, como las máquinas ya no podían, era trabajo para los bio-robots.Alguien tendría que caminar, un paso detrás del otro, hacia el reactor reventado y ardiente a lo largo de un grisáceo campo de destrucción donde la radioactividad era tan intensa que provocaba un sabor metálico en la boca, confusión en la cabeza y como agujas en la piel. Viendo cómo tus manos se broncean por segundos, como después de semanas bajo el sol. Y luego sumergirse en el agua oleaginosa y de brillo tenuemente azul, con el inestable monstruo radioactivo encima de las cabezas, para abrir las válvulas a mano: una operación difícil y peligrosa incluso en circunstancias normales.

Ese era un viaje sólo de ida.

Al parecer, la decisión sobre quién lo haría se tomó de manera muy simple; con aquella vieja frase que, a lo largo de la historia de la humanidad, siempre bastó a los héroes:

–Yo iré.

Los tres hombres que fueron.

Los dos primeros en ofrecerse voluntarios fueron Alexei Ananenko y Valeriy Bezpalov. Alexei Ananenko era un prestigioso tecnólogo de la industria nuclear soviética, que había participado extensivamente en el desarrollo y construcción del complejo electronuclear de Chernóbyl: cooperó en el diseño de las esclusas y sabía dónde estaban ubicadas exactamente las válvulas. Casado, tenía un hijo. Valeriy Bezpalov era uno de los ingenieros que trabajaban en la central, ocupando un puesto de responsabilidad en el departamento de explotación. Estaba también casado, con una niña y dos niños de corta edad.

Los dos eran ingenieros nucleares. Los dos comprendían más allá de toda duda que se disponían a caminar de cara hacia la muerte.

Mientras se ponían sus trajes de submarinismo sentados en un banco, observaron que necesitarían un ayudante para sujetarles la lámpara subacuática desde el borde de la piscina mientras ellos trabajaban en las profundidades. Y miraron a los ojos a los hombres que tenían alrededor. Entonces uno de ellos, un joven trabajador de la central sin familia llamado Boris Baranov, se alzó de hombros y dijo aquella otra frase que casi siempre ha seguido a la anterior:

–Yo iré con vosotros.

Era media mañana cuando los héroes Alexei Ananenko, Valeriy Bezpalov y Boris Baranov se tomaron un chupito de vodka para darse valor, agarraron las cajas de herramientas y echaron a andar hacia la lava radioactiva en que se había convertido el reactor número 4 del complejo electronuclear de Chernóbyl. Así, sin más.

Ante los ojos encogidos de quienes quedaron atrás, los tres camaradas caminaron los mil doscientos metros que había hasta el nivel –0,5, dicen que conversando apaciblemente entre sí. Qué tal, cuánto tiempo sin verte, qué tal tus hijos, a ti no te conocía, chaval, yo es que no soy de por aquí. O parece que hoy vamos a trabajar un poco juntos, igual podemos acceder mejor por ahí, yo voy a la válvula de la derecha y tú a la de la izquierda, tú ilumínanos desde allá, parece que va a llover, ¿no?, E incluso está bien buena la secretaria del ingeniero Kornilov, ¿eh?, ya lo creo, menudo meneo le arrearía, pues me parece que este año el Dinamo de Moscú no gana la liga. Esas cosas de las que hablan los bio-robots mientras ven cómo su piel se oscurece lentamente, se les va un poquito la cabeza debido a la ionización de las neuronas y la boca les sabe a uranio cada vez más, conteniendo la náusea, sacudiéndose incómodamente porque es como si un millón de duendes maléficos te estuvieran clavando agujas en la piel. Cinco mil roentgens/hora, llaman a eso.

Y bajo aquel cielo gris y los restos fulgurantes de un reactor nuclear, los héroes Alexei Ananenko y Valeriy Bezpalov se sumergieron en la piscina de burbujas del nivel –0,5, con una radioactividad tan sólida que se podía sentir, mientras su camarada Boris Baranov les sujetaba la lámpara subacuática. Ésta estaba dañada y falló poco después. Desde el exterior, ya nadie les oía ni les veía.

Pero, de pronto, las esclusas comenzaron a abrirse, y un millón de metros cúbicos de agua radioactiva escaparon en dirección al reservorio seguro preparado a tal efecto. Lo habían logrado. Alguien murmuró que los héroes Ananenko, Bezpalov y Baranov acababan de salvar a Europa. Resulta difícil determinar hasta qué punto tenía razón.

Hay versiones contradictorias sobre lo que sucedió después. La más tradicional dice que jamás regresaron, y siguen sepultados allí. La más probable asegura que llegaron a salir de la piscina y celebrar su victoria riendo y abrazándose a los mismísimos pies del monstruo, en el borde de la piscina; e incluso lograron regresar sus cuerpos, aunque no sus vidas. Murieron poco después, de síndrome radioactivo extremo, en hospitales de Kiev y Moscú. Aún otra más, que se me antoja casi imposible, sugiere que Ananenko y Bezpalov perecieron, pero el joven trabajador Baranov pudo sobrevivir y anda o anduvo un tiempo por ahí.

Esta es la historia de Alexei Ananenko, Valeriy Bezpalov y Boris Baranov, los tres superhéroes de Chernóbyl, de quienes se dice que salvaron a Europa o al menos a algún que otro millón de personas en miles de kilómetros a la redonda un frío día de abril. Fueron a la muerte conscientemente, deliberadamente, por responsabilidad y humanidad y sentido del honor, para que los demás pudiésemos vivir. Cuando alguien piense que este género humano nuestro no tiene salvación, siempre puede recordar a hombres como estos y otros cientos o miles por el estilo que también estuvieron por allí. No circulan fotos de ellos, ni han hecho superproducciones de Hollywood, y hasta sus nombres son difíciles de encontrar. Pero hoy, veinticuatro años después, yo brindo en su recuerdo, me cuadro ante su memoria y les doy mil veces las gracias. Por ir.





El Sacrificio, de Wladimir Tcherkoff.

Lectura recomendada:
  • La verdad sobre Chernóbyl, con prólogo del Premio Nobel Andrei Sakharov (1991), escrito por el ingeniero nuclear Grigory Medvédev, un profundo conocedor de este complejo electronuclear y de la política energética soviética. Incluye un relato exhaustivo del accidente y haciendo honor a su título, es el que menos mentiras cuenta según mi opinión. Seguramente por ese mismo motivo, es el más difícil de conseguir. En España lo editó Heptada con el ISBN 84-7892-049-8; está agotado, pero siempre se puede intentar una llamada. En inglés fue editado con el ISBN 1-85043-331-3 (Tauris & Co, Londres) y está disponible aquí.
De visualización necesaria:
  • El corazón de Chernóbyl. Seguramente, el mejor documental que se ha filmado sobre las consecuencias humanas del desastre. Desde dentro; tan dentro que la directora de la ONG que lo presenta sufrió envenenamiento por cesio-137 durante la realización. Durísimo, pero absolutamente necesario. En inglés, disponible en YouTube: Parte 1, Parte 2, Parte 3, Parte 4. Si te apetece colaborar con esta ONG, puedes hacerlo aquí.

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jueves, 8 de abril de 2010

Sobre la permanencia de la memoria cuántica.

La teoría de la información cuántica predice que todo lo que existe y ha existido en el universo
deja una traza indeleble en el tejido del cosmos. Los límites de esta memoria cuántica
constituyen una de las grandes preguntas todavía sin respuesta.

Era la fría mañana del 17 de febrero de 1600, en el Campo de' Fiori de Roma, cuando la Inquisición Papal quemó vivo y con la lengua acerrojada  al científico, filósofo, teólogo y cosmólogo Giordano Bruno. Sus cenizas fueron arrojadas al Tíber e incluyeron todos sus textos en el Índice de Libros Prohibidos, como intentando borrar su recuerdo para siempre. Tan severa condena fue la consecuencia de una acusación por inmoralidad, enseñanzas erróneas, blasfemia, brujería y herejía.

Entre las enseñanzas de Giordano Bruno se contaban la proposición de que la Tierra gira alrededor del Sol, de la infinitud del universo y de la pluralidad de los mundos habitados. Y otra más, relacionada con su interés por la mnemotécnica y frecuentemente olvidada: como resultado del principio de causalidad, el cosmos tiene memoria. Tal afirmación convierte al sabio napolitano en un remoto precursor de la teoría de la información cuántica, actualmente clave para nuestra comprensión de la realidad. Cuatrocientos años después, sabemos que Bruno no sólo tenía razón en esta materia extraordinaria, sino que sus límites constituyen uno de los debates más esenciales de la ciencia contemporánea. Y una de las grandes preguntas aún sin respuesta.

De la memoria universal.

La raíz del asunto es sencilla: el principio de causalidad determina que las causas preceden y son la razón de los efectos, y que los efectos suceden y son el resultado de las causas. Esto es un hecho notorio y central de la realidad, un axioma fundamental que no requiere muchas explicaciones. En todo lo que han visto nuestros ojos y nuestros instrumentos, no consta ninguna excepción.

Si las causas y nada más que las causas son la razón de los efectos, entonces los efectos contienen naturalmente toda la información sobre las causas y la secuencia de causas que los originaron. Está en ellos de manera intrínseca, y por eso se pueden deducir las causas observando sus efectos.

Como todo efecto es a su vez causa de los efectos que suceden después, resulta que el conjunto de sucesos observables en cada presente contiene intrínsecamente la información de todas las causas que los precedieron, hasta el origen del universo. Por ese motivo, observando el universo presente podemos obtener respuestas sobre su historia y sus inicios. Si pudiéramos observar el universo presente a todas sus escalas con instrumentos infinitamente poderosos y precisos, deducir la Teoría del Todo no tendría gran complicación.

En la actualidad, la teoría de la información cuántica contempla este fenómeno de memoria cósmica como parte de la unitariedad, y la ciencia en general, en el contexto de la simetría temporal de las leyes físicas. ¿Y esto qué significa? Esto significa que según todos los indicios existentes, las leyes fundamentales del universo no han variado significativamente desde, al menos, momentos muy tempranos; y si esto es así –que ciertamente lo parece, al menos a partir de la primera billonésima de segundo desde el estado inicial–, entonces el principio de causalidad no ha sido violado en toda la historia del universo. Por tanto, todo lo que exista en cualquier presente es la resultante de todas las causas-efectos anteriores, contiene de manera intrínseca la información sobre todo lo que hubo antes y seguirá haciéndolo hasta... bueno, luego veremos hasta cuándo.

Como consecuencia, cualquier instante del universo contiene toda la información sobre todos los instantes que le precedieron. Y por tanto, cualquier elemento del universo, cualquier cosa que haya permanecido en él, deja una traza indeleble en el tejido de la realidad. Puede decirse que ni la materia ni la energía ni la información se crean o se destruyen, sino que sólo se transforman, ampliando así la Primera Ley de la Termodinámica; que la materia y la energía lo hacen aumentando siempre su entropía total (Segunda Ley de la Termodinámica) pero sin perder su memoria; y además, aproximándose pero sin llegar al cero absoluto (Tercera Ley de la Termodinámica).

La pregunta es: ¿para siempre?

La amnesia del agujero negro.

Echemos un vistazo (es un decir) a los agujeros negros. Por una parte, dado que un sistema cuántico (inclyendo cualquiera de los átomos que constituyen la materia, por ejemplo) se halla en entrelazamiento, podemos encontrarnos con una paradoja curiosa si uno de ellos cae en un agujero negro. El entrelazamiento establece un vínculo de información entre las distintas partes del sistema cuántico, que pueden estar a gran distancia, de manera instantánea (que en la práctica viene siendo a la velocidad de la luz). Cuando una parte del sistema cae en un agujero negro y llega a la singularidad (que lo hará en un periodo limitado de tiempo), su contraparte entrelazada pierde necesariamente la "conexión", y con ella la memoria que pudiera aportar a los efectos que esa contraparte cause a partir de ese momento.

De todas formas, no sabemos aún lo que ocurre realmente dentro de un agujero negro, y menos aún lo que sucede al aplicarle las correcciones cuánticas (necesitamos urgentemente una teoría de la gravedad cuántica, para esto y para muchas otras cosas). Sin embargo, hay otro hecho más notorio de los agujeros negros que permite suponer una pérdida de información: la radiación de Hawking. Si los agujeros negros realmente emiten radiación como predijo Stephen Hawking (y empieza a haber evidencias al respecto vía el efecto Solokov-Ternov) entonces esta radiación ha perdido necesariamente la memoria sobre la materia de donde se originó. Esto se debe a un teorema de nombre bastante divertido, sobre todo hablando de agujeros negros: el Teorema de Ningún Pelo (la propia expresión agujero negro lleva arrastrando su coñita desde que se originó, también entre físicos).

¿Y qué dice este teorema afeitado, digo Teorema de Ningún Pelo? Pues dice que cuando cualquier objeto sufre un colapso gravitatorio, queda definido externamente por sólo tres parámetros clásicos: su masa, su carga y su momento angular. Cualquier otra información que pudiera contener desaparece más allá del horizonte de eventos del agujero negro, y queda inaccesible para el resto del universo (y para cualquier cosa que haya en él). Esto significa, en la práctica, la destrucción de la información contenida en el objeto, incluyendo la de sus causas precedentes.

Sin embargo, es dudoso que esta destrucción se produzca efectivamente. Existen varias vías hipotéticas para que la información se conserve y resulte liberada de nuevo cuando los agujeros negros se disuelvan, dentro de uno seguido de cien ceros de años, aunque ninguna de ellas es sólida aún. Puede que la información se vaya liberando progresivamente durante la evaporación del agujero negro por un mecanismo gravitacional aún no descubierto. Puede que un segundo nanoagujero negro que forme parte del principal, aproximadamente del tamaño de Planck, la almacene y la suelte cuando ambos se disipen (aunque esto violaría la conjetura de Bekenstein). Algún teórico de Cuerdas sugiere una interpretación vinculada a los multiversos, en la que otro universo bebé recibe esta información. Más significativamente, la correspondencia AdS/CFT apunta que la información no tiene por qué resultar destruida.

Todo este asunto dio lugar a una famosa apuesta entre Stephen Hawking, que proponía la desaparición de la memoria cuántica en los agujeros negros como resultado de su radiación de Hawking, y Kip Thorne, que negaba la posibilidad apoyándose en la unitariedad cuántica, un principio bastante demostrado. Finalmente, en 2005, Hawking concedió graciosamente la derrota en base a esta correspondencia AdS/CFT y pagó a Thorne lo apostado: la Enciclopedia Total del Béisbol. Por tanto, la opinión mayoritaria en estos momentos es que las causas preceden a los efectos, los efectos suceden a las causas y la información que contienen no se crea ni se destruye, sino sólo se transforma. La memoria cósmica, que lo recuerda todo y a todos, no se desvanece ni siquiera dentro de los agujeros negros Y así seguirá siendo durante eones incontables.

El Alzheimer de la muerte térmica.

Y entonces, nos encontramos con el último desafío para la vieja enseñanza de Giordano Bruno. Dentro de mucho, mucho, pero muchísimo tiempo, un uno seguido por mil ceros de años, este universo que nos alberga se estará aproximando a la muerte térmica. Dependiendo de la cantidad de materia y energía oscuras que haya en el cosmos, la todopoderosa entropía lo estará llevando a una sobrecogedora inmensidad de nada donde todo se habrá disuelto ya (el Gran Desgarrar y el Gran Helor). O, por el contrario, la gravedad lo estará comprimiendo sobre sí mismo para convertirlo en el Agujero Negro Final: el Gran Colapso donde se sumirá el espacio, el tiempo, la materia, la energía y el calor, bien para dar lugar a un nuevo universo (a través del Gran Rebotar)... o no.

Sea por frío extremo o por temperatura infinita, en cualquiera de estas posibilidades el universo sufrirá la muerte térmica. En el caso del Gran Helor, un inacabable desierto oscuro y baldío de nada, marginalmente sobre el cero absoluto (a 10-29 K), esencialmente isotérmico y en estado de máxima entropía. En esta tesitura, aún alcanzando ya el estado homogéneo (insisto: dentro de 10>1.000 años; el universo tiene ahora mismo algo más de 1010), la información no tiene por qué perderse: como vimos más arriba, la Tercera Ley de la Termodinámica impide que llegue efectivamente al cero absoluto; y mientras tal cosa no ocurra, no es evidente que esta memoria cuántica tenga que desaparecer por mucho tiempo que pase. En la hipótesis opuesta, al ultracomprimirse en un Gran Colapso de temperatura y densidad infinitas (e isotérmicas), resulta difícil concebir de qué manera el agonizante universo mantendría la información de todo lo que en él fue. Y sin embargo, tampoco es imposible por completo. Sólo que aún no hemos llegado hasta ahí, aún no sabemos lo suficiente.

Según todo lo que sabemos, el universo no sólo mantiene en cada instante la traza cuántica de todo lo que en él existe o ha existido, sino que existe una posibilidad muy real de que esta traza sea inviolable por completo y no desaparezca nunca. Eso nos incluye a ti y a mí, y también a Giordano Bruno, cuya última venganza bien podría ser que, según sus enseñanzas erróneas, ni su memoria ni la de nada ni de nadie se desvanecerá jamás. Permanece y permanecerá para siempre a cada instante en cada estado cuántico del universo –que es decir toda la realidad–, durante todo lo que ahora mismo concebimos como eternidad.

EL LIBRO DE LA PIZARRA DE YURI:
La Pizarra de Yuri
Pídelo en tu librería: Ed. Silente, La Pizarra de Yuri, ISBN 978-84-96862-36-4
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domingo, 4 de abril de 2010

No hay justicia.

Distinguiendo entre orden cósmico y creación humana: un pensamiento dominguero.

Dama Justicia de Lucas Cranach el Viejo (1537)
Óleo sobre tabla, Fundación Fridart, Amsterdam.

En el noventa y nueve coma muchos nueves por ciento de este universo, tanto en sentido espacial como temporal, no hay justicia. Al menos, no justicia en el sentido que le damos los humanos, y mucho menos en el sentido que le damos los humanos del siglo XXI.

Este no es un universo justo, ni perfecto, ni armónico, ni elegante, ni todo lo contrario, ni ningún otro adjetivo antropocéntrico. Más que nada porque los humanos por mucho que nos cueste aceptarlo e intentemos sublimarlo de mil maneras distintas no tuvimos arte ni parte en su surgimiento, ni en su desarrollo. Este universo no juega según nuestras reglas. Si nos parece que a veces lo hace, es sólo porque nosotros jugamos con sus reglas: evolucionamos en él, y estamos adaptados a él.

En mi opinión, los afanes de buscar fuentes o argumentaciones de la justicia en cualquier clase de ley natural son un error. La ley natural es la ley del Cosmos, que en la Tierra llamamos la ley de la selva. La ley del Cosmos dice que si una supernova estalla y se carga un sistema solar con todo lo que haya en él, pues eso es lo que hay. La ley de la selva dice que la vieja hiena se come al borreguito de Norit, ñam, y santas pascuas. O la borreguita que, por cierto, estaba preñada. Las leyes fundamentales sólo dicen cosas como que la entropía total seguirá aumentando con el tiempo; que de todas las posibles evoluciones de un sistema físico, éste seguirá la que hace mínima la acción; o que la energía equivale a la masa multiplicada por la velocidad de la luz al cuadrado (bajo determinadas circunstancias).

Como consecuencia, cualquier intento de justicia positiva es, naturalmente, una creación antinatura (y eso no tiene por qué ser necesariamente malo). Pero es bueno tener claro que la hemos creado nosotros, y que representa uno más de nuestros intentos de luchar contra la entropía. Incluso la misma idea de justicia es una fluctuación inducida y mantenida artificialmente. Las fluctuaciones son estupendas; sin ellas no existiríamos, ni existiría nada de lo que ven nuestros ojos y tocan nuestras manos. Pero la entropía es definitiva.

Todo lo que entendemos por justicia llegó con nosotros. Y, cuando nosotros nos vayamos, con nosotros se irá.

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jueves, 1 de abril de 2010

Así ataca un misil balístico intercontinental.

Las armas más devastadoras del mundo han avanzado enormemente en los últimos 50 años,
y es muy improbable que puedan ser detenidas de manera eficaz por los sistemas antimisil.




Animación infográfica abreviada –pero muy espectacular– del vuelo de un misil balístico intercontinental Minuteman-III, desplegado en los años '70 por la Fuerza Aérea de los Estados Unidos. Aunque la fase de vuelo libre ha sido eliminada, así como todas las técnicas de ayuda a la penetración imagino que para acortarlo y simplificarlo– usaremos este video como base en el artículo, ampliando y actualizando allá donde sea necesario.

Los Estados Unidos y la Federación Rusa son, con una diferencia abismal, los principales poseedores mundiales de armas de destrucción masiva. En estos pavorosos arsenales se cuenta un arma de la que casi todos hemos oído hablar, pero que siempre ha estado envuelta en un halo de secreto absoluto y misterio apocalíptico: los misiles balísticos intercontinentales provistos con cabezas termonucleares, más conocidos por sus iniciales en inglés ICBM (o SLBM para los que se despliegan a bordo de submarinos). Como es costumbre en este blog, trataremos de arrojar algo de luz sobre materia tan delicada, al menos hasta donde sea posible con la información disponible para el público.

Un misil balístico intercontinental es, en esencia, un tipo de cohete espacial diseñado no para entrar en órbita, sino para transportar una carga velozmente a distancias remotas. Ya el primero de todos ellos, el R-7 Semyorka (una variante del mismo propulsor utilizado en los Sputnik), era capaz de lanzar cinco toneladas y media a ocho mil kilómetros de distancia en 1957, ampliados a doce mil en 1959 con el R-7A. Aunque se trataba de un modelo primitivo y poco práctico, que exigía unos preparativos análogos a los de un lanzamiento espacial con horas e incluso días de preaviso, ya reunía las cualidades esenciales de un ICBM: amenazar con la completa devastación a través de los continentes, mediante la propulsión de grandes bombas atómicas características de aquel tiempo.

Durante las siguientes dos décadas, ambas superpotencias se enzarzaron en una carrera que el mundo observó con ojos boquiabiertos y aterrados, construyendo más de setenta mil armas nucleares que dieron lugar al concepto overkill: la capacidad de matar a la raza humana entera más de una vez. Hasta veintitrés veces, en los peores momentos de la Guerra Fría. Las más sofisticadas y esotéricas de todas ellas iban a parar sistemáticamente a las instalaciones donde se ensamblaban a millares estos misiles balísticos intercontinentales. Sobre todo a cinco de ellas: las de Boeing Defense, Space & Security, Lockheed Martin Space Systems, Yuzhmash de Dnipropetrovsk, el Centro de Producción Espacial Khrunishev de Moscú y la especialmente secretista Fábrica de Maquinaria de Votkinsk, dependiente del no mucho más público Instituto Moscovita de Termotécnia.

A partir de finales de los '70 y sobre todo de principios de los '90, distintos tratados de limitación y reducción de armas estratégicas rebajaron estas cifras a números más moderados. Aún así, ambas naciones mantienen probablemente la capacidad teórica de acabar con todos nosotros más de una vez. Se estima que, entre las dos, conservan unas 21.400 armas nucleares, de las cuales 7.276 siguen desplegadas para su uso inmediato. De estas, entre cuatro y cinco mil continúan a bordo de unos 1.500 misiles balísticos intercontinentales con base en tierra y en el mar. Muy recientemente, Barack Obama y Dmitry Medvédev han llegado a un nuevo acuerdo START que reducirá estas fuerzas a 800 lanzadores y 1.550 cabezas.

Sin embargo, ninguno de estos tratados prohíbe que esta clase especial de armamento sea constantemente mejorado y actualizado. Para ello, los Estados Unidos y Rusia han adoptado durante las últimas décadas dos políticas radicalmente opuestas. La potencia norteamericana continúa operando la generación de misiles del Minuteman III cuyo exponente más moderno –el naval Trident II D5– fue desplegado en 1990, actualizándolos mediante distintos programas de modernización (el más reciente data de 2007). Rusia, en cambio, prefiere sustituir progresivamente los sistemas completos por versiones más avanzadas, de diseño actual, como el Tópol-M motorizado de 1997, su variante RS-24 Yars de 2009 o el naval Bulavá, que ha presentado problemas y sigue en pruebas, aunque se prevé que esté terminado este año y entre en servicio antes de 2012 con los nuevos submarinos de la clase 955 Borei. Realmente, no puede decirse que unos u otros hayan optado por una solución mejor o peor. Ambos países cuentan con extraordinarios científicos y tecnólogos, los mejores y más experimentados del mundo en materia de armamento nuclear con muchísima diferencia, y cada uno de ellos ha elegido la aproximación que mejor se adaptaba a sus capacidades, prácticas y fortalezas.

Todas estas actualizaciones y nuevos diseños se han producido ya en un tiempo en que los sistemas antimisil son conocidos y están bien estudiados. Por ello, gran parte de tales modernizaciones se han concentrado en dotar a estos misiles desde el tablero de diseño con la capacidad de superarlos y derrotarlos, así como en mejorar su precisión y sus posibilidades de ataque. Aunque en general esta clase de armas están pensadas para usarse en masa durante el transcurso de una guerra nuclear con características aeroespaciales, supondremos un escenario donde los Estados Unidos o Rusia –por ejemplo, siguiendo la vigente doctrina Ivanov– decidieran aniquilar una fuerza atacante convencional marítima o terrestre mediante el uso de un ICBM. Ya que el viceprimer ministro primero de Rusia parece tan empeñado, le concederemos los honores a sus Fuerzas de Cohetes Estratégicos. Utilizaremos un misil balístico intercontinental Tópol-M de la base de Teykovo, provisto con cuatro ojivas MIRV de 550 kilotones cada una (2,2 megatones en total). Eso son sesenta veces Hiroshima y Nagasaki, juntas, en un solo misil.

La cuenta atrás.

Tiempo -08 minutos, 00 segundos – Un satélite de reconocimiento estratégico Persona confirma la presencia y posición de una gran fuerza ofensiva dirigiéndose hacia la región de Vladivostok, en Siberia Oriental. Retransmite los datos a Moscú vía un satélite militar de telecomunicaciones Strela-3, donde la dirigencia política ha tomado ya la decisión de contenerla mediante un ataque nuclear.

Tiempo -06:00 – Se transmite por vía satelitaria la alerta roja a las administraciones gubernamentales y las fuerzas armadas de la Federación Rusa, y adicionalmente una Condición Severa (equivalente al DEFCON-1) a las Fuerzas de Cohetes Estratégicos, el comando submarino especial de la Marina, las Tropas Cósmicas, el sistema de defensa aeroespacial de Moscú y las autoridades civiles y militares de la región de Vladivostok.

Paralelamente, un general de Estado Mayor transmite al cuartel general del 54º Regimiento de Misiles de la Guardia en Teykovo la orden y las claves para lanzar de inmediato un misil balístico intercontinental Tópol-M contra las coordenadas determinadas por el directorio de inteligencia espacial de Vatutinki, a partir de la información obtenida mediante los satélites de reconocimiento.

Tiempo -04:00 – Por precaución, las autoridades civiles y militares comienzan a abandonar Moscú en helicóptero. El Jefe de Estado Mayor y otros generales se dirigen hacia la instalación subterránea de Penza, mientras que el Presidente y varios altos funcionarios lo hacen en dirección a la de Chekhov. Se rumorea que otro personal esencial político, científico y militar se halla ya en Sharapovo, Kosvinsky y lugares menos conocidos.

Tiempo -02:30 – Un vehículo erector-lanzador todoterreno de ocho ejes MZKT-79921 que circula lentamente por un sendero boscoso al norte de Teykovo se detiene en una pequeña ladera. Fijan los soportes neumáticos. El personal a bordo determina su posición mediate el receptor GLONASS. Un joven teniente enciende el misil RT-2UTTH Tópol-M que transporta y le introduce las coordenadas de partida y de destino. A su lado, un mayor le programa una configuración de ataque airburst avanzado concebida para barrer una gran área maximizando sus posibilidades de penetración.

Tiempo -01:00 – Inician el precalentamiento del misil. El mayor solicita las claves de desbloqueo de las cabezas termonucleares a su mando del 54º Regimiento. Segundos después, le son transmitidas. Las teclea y, al instante, el ordenador a bordo del misil Tópol-M da luz verde al disparo. El teniente joven recita con voz tensa: "lanzamiento autorizado, distancia al eje del ataque 6.662 kilómetros, azimut 0-6-3, trayectoria deprimida con apogeo en 893 kilómetros..."

Tiempo -00:35 – Todas las luces están en verde. El mayor al mando del vehículo ordena la ejecución del lanzamiento. El teniente gira una sola llave y pulsa un único botón. La cúpula protectora del contenedor-lanzador sale despedida mediante un resorte, e inmediatamente después el cilindro de veinticinco metros y cincuenta toneladas se eleva a la posición vertical sin aparente esfuerzo mientras el personal a bordo se protege los oídos. En ruso, tópol significa chopo, y realmente parece un gran tronco de metal.




Variante civil del Tópol-M, llamada Start-1, lanzando un satélite comercial israelí Eros-A.

El ataque del chopo.

Tiempo 00:00 – Suena una rápida secuencia de detonaciones; el vehículo lanzador vibra con violencia y se ve envuelto en una nube de humo grisáceo que huele parecido a los enchufes quemados. Una luz intensa les ilumina. Sobre sus cabezas, el misil Tópol-M de 23 metros y 47 toneladas se eleva verticalmente acelerando con una rapidez asombrosa: es la fase de impulsión ultrarrápida, cuyo propósito es separarlo del suelo rápidamente de tal modo que cualquier misil antiaéreo enemigo situado en las cercanías no pueda alcanzarlo a tiempo.




Otra toma de la variante civil del Tópol-M lanzando el satélite comercial israelí. Esta variante utiliza motores MIHT, con menos aceleración que los militares 15Zh58, para proteger la carga civil.

Tiempo 00:10 – Apenas sale del tubo lanzador, el misil comienza a rotar significativamente (no sucede en la variante comercial). El motivo es que, si alguien disparase una hipotética arma láser desde tierra o desde el cielo contra él en la fase de impulsión, el haz concentrado no pueda quemar a través de un único punto. No existe ningún láser móvil en la actualidad que pueda penetrar un misil de estas características a una mínima distancia si no puede enfocar el haz sobre un lugar específico; ni existirá en un buen puñado de años, suponiendo que sea posible lograrlo a través de la atmósfera debido a los problemas de dispersión y refracción óptica que los plagan. Pero además, por si las moscas, el misil va cubierto con una lámina de material ablativo que dispersa el láser y disipa su energía en el caso de que alguien lo consiguiera en el futuro.

En tierra, el vehículo todoterreno repliega el humeante tubo lanzador y se dispone a volver a base. Su misión ha finalizado. El misil es ahora totalmente autónomo y alcanzará sus blancos sin ninguna otra intervención humana.

Tiempo 00:30 – El misil ha superado la velocidad del sonido en menos de medio minuto y ya se encuentra a diez kilómetros de altitud, fuera del alcance de todos los sistemas antiaéreos de baja cota. En este momento, el lanzamiento podría estar siendo detectado por satélites enemigos.

Tiempo 01:00 – A cuatro veces la velocidad del sonido, la primera fase se separa al norte de Nizhny Novgorod y cae a tierra. Con menos peso y superada ya la franja de deceleración dinámica, el Tópol-M acelera mucho más deprisa, guiado por los giroscopios inerciales hacia un punto determinado del espacio exterior.

Tiempo 01:30 – El misil está ahora hipersónico, a treinta kilómetros de altitud, fuera del alcance de casi todos los sistemas antiaéreos de alta cota, incluyendo el Patriot PAC-2/3, el S-300PMU o el RIM-66/67 Standard. Con toda seguridad, el lanzamiento ha sido detectado por satélites enemigos. Pero en la práctica, ningún misil lanzado desde dentro de la atmósfera terrestre puede alcanzarle ya.

Tiempo 02:04 – La segunda fase se separa a 13.000 km/h y cien kilómetros de altitud, en la línea Kármán, al borde del espacio exterior. No existen en este momento, ni se esperan en el futuro próximo, armas que puedan derribarlo ahora. Sobrevuela en estos momentos la ciudad de Kirov.

Tiempo 02:30 – El misil se encuentra en el espacio exterior, por encima de diecisiete mil kilómetros por hora y acelerando todavía más en busca de una trayectoria deprimida por debajo de 30º de ángulo. El fuselaje aerodinámico frontal (la punta) se separa impulsada por pequeños motores vernier y deja al descubierto el bus con las cuatro cabezas termonucleares y las ayudas a la penetración.

Tiempo 03:00 – A 29.880 kilómetros por hora, unos 27º de ángulo y ciento setenta kilómetros de altitud, la tercera fase se apaga y separa, liberando el bus con las ojivas MIRV de carga atómica. Ahora, el Tópol-M ya no tiene propulsión ninguna (ni la necesita). Se dispara una pequeña cápsula criogénica para hacerle perder temperatura rápidamente. Las estaciones de inteligencia espacial de otras potencias tratan de determinar su rumbo y perfil exacto, antes de que se enfríe y se vuelva prácticamente invisible en la inmensidad del cosmos tanto en frecuencias visuales como infrarrojas.

Tiempo 04:00 – Ya en vuelo libre, el sistema de guía astroinercial toma rápidamente puntos de referencia con nueve estrellas de posición conocida (tres juegos de tres). El ordenador de a bordo las triangula, promedia los resultados y se los suministra al piloto automático. Entonces, los impulsores vernier de gas frío hacen minúsculas correcciones angulares y empiezan a librar las cuatro cabezas MIRV termonucleares con rotación inducida, de diez a veinte señuelos (a la derecha, los viejos hinchables del Minuteman III) y diversos perturbadores de guerra electrónica que permanecen apagados por el momento.

Antiguamente, esta libranza se producía mucho después (casi encima del blanco, como se ve en el primer video; y, con frecuencia, se intercalaban las fases de impulsión con fases de vuelo libre balístico). Sin embargo, esto facilitaba mucho las posibilidades de detección e intercepción por parte del oponente. El desarrollo de sistemas de guía astroinercial mucho más exactos ha hecho posible soltar toda la carga militar en esta etapa temprana del vuelo sin perder precisión, y además al amparo del frío espacial, que dificulta el detectarla y seguirla con satélites optoelectrónicos. Esto logra que, para cuando la carga militar llegue al alcance de los radares de alerta temprana de largo alcance, éstos se encuentren con una multitud de blancos, señuelos y perturbadores electrónicos entre los que deben tratar de descubrir las cabezas reales. También impide la operación de hipotéticos interceptores espaciales, como los que se postularon para la cancelada Guerra de las Galaxias.

Tiempo 06:20 – La carga militar alcanza la máxima altitud, 893 kilómetros (dos veces y media más que la estación espacial internacional). La gravedad tira de ella y comienza a descender hacia su objetivo. Ahora, los radares de descubierta de más largo alcance pueden estar detectando un minúsculo "borrón" de cabezas MIRV, señuelos que las imitan y perturbadores en una elevación extrema.

Tiempo 09:00 – La carga se encuentra ahora sobre Siberia Central, cayendo de vuelta hacia la atmósfera terrestre a más de ocho kilómetros por segundo: en último término, un ICBM no deja de ser una forma de artillería de tecnología avanzada. Los radares de descubierta de largo alcance comienzan a localizarlas con más precisión. Por su parte, algunos de estos objetos comienzan a liberar aerosoles multiespectrales que actúan a modo de chaff, con una fracción de su peso, y también confunden a los detectores de infrarrojos. Las cápsulas de contramedidas electrónicas se encienden, introduciendo mayor confusión en los radares enemigos.

Tiempo 11:15 – Los radares de largo alcance comienzan a tener soluciones de trayectoria, pero no pueden discriminar correctamente entre cabezas reales y señuelos, que suman más de quince blancos a treinta mil kilómetros por hora. Las cápsulas de contramedidas electrónicas y los aerosoles multiespectrales introducen errores e imprecisiones en su telemetría, y se requiere una precisión extrema para intentar una intercepción exoatmosférica de fase intermedia (suponiendo que estos medios estuvieran disponibles en el área de batalla). De todos modos, aún no saben cuáles son las cabezas reales, los interceptores exoatmosféricos son muy costosos y hay pocas unidades como para dispararlas a mansalva con una probabilidad de éxito tan baja. Se empiezan a hinchar los expansores, globos metálicos de mayor tamaño que ofrecen un mejor blanco y por tanto tienden a hacer que los sistemas de blocaje automático de las guías para los antimisiles los adquieran a ellos, en vez de a las cabezas reales.

Tiempo 11:30 – En estos momentos podría comenzar a conocerse el objetivo del ataque, y transmitir órdenes urgentes para la dispersión de las fuerzas que amenazan Vladivostok. Pero sólo quedan cinco minutos, y no hay muchos sitios a donde un ejército o una flota o una fuerza de desembarco o cualquier cosa por el estilo pueda dispersarse en cinco minutos.

Tiempo 12:02 – Se intenta el primer disparo con cuatro interceptores exoatmosféricos de fase intermedia contra lo que parecen ser diecisiete blancos a punto de iniciar la reentrada, a 2.300 kilómetros de distancia.

Tiempo 12:30 – Los interceptores se abalanzan contra las cabezas y los señuelos a una velocidad sumada de 65.000 kilómetros por hora. Tardarán un minuto y medio en encontrarse, pero esa velocidad tan extrema obliga a los interceptores a acertar de lleno en el primer cruce: nunca podrían dar la vuelta a tiempo para intentarlo otra vez. Además, los ángulos son extremadamente críticos, y los perturbadores y aerosoles siguen causando dudas sobre su exactitud.

Tiempo 13:30 – Las ojivas MIRV y los señuelos están ahora iniciando la reentrada en la atmósfera terrestre, por lo que empiezan a perder algo de velocidad. Se encuentran a unos 200 kilómetros de altitud y mil quinientos kilómetros de su blanco. Las ojivas no se comportan aerodinámicamente de manera idéntica a algunos de los señuelos, por lo que empieza a asomar la posibilidad de distinguir unas de otras.

Tiempo 13:55 – ¡Intercepción! Los interceptores exoatmosféricos de fase intermedia han alcanzado algo, probablemente dos o tres blancos, pero es imposible saber de qué se trata. Harían falta imágenes infrarrojas de alta resolución y muchas horas de análisis para descubrir si han alcanzado ojivas reales, señuelos o incluso algún perturbador. El problema es que sólo quedan tres minutos.

Tiempo 14:15 – Las ojivas MIRV siguen perdiendo velocidad, y empiezan a maniobrar modificando marginalmente sus ángulos y velocidades. Ahora empieza a ser posible distinguirlas con claridad de los señuelos. Pero estos movimientos complican las posibles soluciones de intercepción. Parece que una de las cabezas termonucleares se está destacando en primera posición, mientras que otras dos o tres quedan un poco más rezagadas, modificando sus trayectorias de forma aparentemente arbitraria para ponérselo lo más difícil posible a los ordenadores de tiro antimisil.

Tiempo 14:30 – Los radares de defensa terminal comienzan a detectar blancos a mil kilómetros de distancia. Pero los interceptores antibalísticos terminales sólo tienen unos 600 kilómetros de alcance máximo. Empiezan a computar soluciones de tiro para cuando se encuentren un poco más cerca.

Tiempo 14:50 – ¡Detonación nuclear! La cabeza líder ha estallado a unos 90.000 metros de altitud sobre la frontera china, aún dentro de territorio ruso. Esto no afecta significativamente al suelo, pero provoca un intenso efecto de oscurecimiento electromagnético instantáneo, en cientos de kilómetros a la redonda, por alta ionización de las regiones inferiores de la ionosfera. Las ondas de radar y radio no pueden pasar a través. Los sistemas de defensa terminal acaban de quedarse ciegos, y con ello desaparece la posibilidad de disparar algún interceptor más.

Tiempo 16:00 – Las dos ojivas MIRV supervivientes (la tercera quizá fue derribada, quizá falló, quizá servía para alguna otra cosa...) atraviesan la región de oscurecimiento a velocidad altosupersónica, guiadas por su sistema inercial autónomo, que ya no requiere de interacciones con el exterior y es por tanto inmune al oscurecimiento electromagnético (las cabezas también van blindadas contra pulsos electromagneticos e incluso explosiones atómicas a más de 500 metros de distancia).

Tiempo 17:10 – Las cabezas detonan separadas unos siete kilómetros entre sí, a dos mil quinientos y cuatro mil quinientos metros de altitud, sobre las fuerzas que amenazaban Vladivostok. La potencia final total es de 1,1 megatones (megatonelaje equivalente: 134 ktE). Esto representa dos extensas áreas de aniquilación total de cinco kilómetros de diámetro, con daños graves y extensivos hasta los diez kilómetros de diámetro (se puede tapar la ciudad de Madrid más o menos hasta la M-40, con esas dos explosiones).

Todo esto se puede hacer con un solo misil de unos diez años de antigüedad. Dejo a la imaginación del lector suponer lo que se podría hacer con una decenita cumplida y un buen plan estratégico, o con los que se están construyendo en estos mismos momentos para reponer o actualizar los obsolescentes. Por el momento y me temo que durante algún futuro, continúo opinando que la espada es más poderosa –y mucho más económica– que el escudo; y que, por tanto, continuaremos viendo doctrinas de seguridad y defensa basadas en la disuasión nuclear de alto nivel durante bastante tiempo. Tratados como el de la semana pasada son muy buenos, y reducen el riesgo de que nos aniquilemos a nosotros mismos a gran escala. Pero, por motivos evidentes, las armas nucleares llegaron para quedarse y van a seguir ahí durante muchos años más.




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