Como os prometí (a vosotros y a ellos), aquí está la respuesta que el Departamento de Comunicación de BP ha tenido a bien remitirme en contestación a mis cinco preguntas:
Estimado [Yuri],
Gracias por su interés. En relación con sus preguntas, puede encontrar la mayoría de las respuestas en las webs www.deepwaterhorizonresponse.com y www.bp.com. Confiamos en que comprenda que hay algunas preguntas que plantea cuyas respuestas aún no se conocen pues están en proceso de investigación.
Un saludo,
Comunicación BP
Como es bastante evidente, los sitios web indicados no contienen grandes respuestas a las preguntas más sustanciales planteadas. En particular, no hay respuesta alguna a estas tres preguntas:
¿Por qué BP y sus asociados iniciaron la explotación de pozos de gran profundidad sin disponer de ninguna tecnología razonablemente comprobada de contención en caso de accidente?
¿Qué otras instalaciones del tipo de la Deepwater Horizon existen en el mundo y dónde se encuentran ubicadas?
¿Qué medidas han tomado o van a tomar BP en particular y la industria petrolífera en general para prevenir la repetición de un accidente de estas características?
En estos momentos, la situación es que la nueva cápsula está recogiendo 11.000 barriles al día (lo cual deja en muy mal lugar la presunción anterior de BP según la cual el escape era de unos 5.000 barriles al día) y sigue sin saberse a cuánto asciende el flujo total que ha estado y está escapando al Golfo de México. Diversas fuentes hablan de un mínimo entre 12.000 y 19.000 (Gobierno de los Estados Unidos, USGS), con algunas llegando hasta cerca de 100.000 (Steven Wereley de la Universidad Purdue en declaración al Congreso de los Estados Unidos, Ira Leifer de la UCSB y miembro del Flow Rate Technical Group gubernamental).
La catástrofe continúa y nadie sabe realmente lo grande que es. Que cada cual juzgue como crea conveniente.
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Cinco semanas y cinco fracasos son paciencia y prudencia suficientes.
En vista de que quienes deberían hacerlas mantienen un curioso silencio, yo creo que ya es hora de que empecemos todos a hacer preguntas en tanto que ciudadanos de este mundo (y consumidores). En el momento presente, estas son las mías, que ya han sido remitidas a BP España a través de su página web:
Feed en tiempo real del escape de petróleo a gran profundidad ocasionado por BP en el Golfo de México. Es una webcam y puede que a veces se detenga o no se vea.
Estimado señor o señora:
En primer lugar, permítale transmitirle mi más sentido pésame por el fallecimiento de los once trabajadores a bordo de la plataforma Deepwater Horizon, hundida en el Golfo de México el pasado 20 de abril de 2010; pésame que le rogaría hiciera llegar a sus familias si tal cosa es posible. Entiendo que este es, además de un desastre ecológico, una tragedia humana que sin duda les habrá afectado hondamente como compañeros que son de estas personas.
Transcurridas cinco semanas desde el inicio de esta catástrofe, y ante el fracaso de las diversas medidas tomadas para contenerla, comprenderá que somos muchos los ciudadanos preocupados e inquietos por la evolución de la misma. Me temo que, en vista de lo que está sucediendo, las explicaciones dadas a la sociedad y a los consumidores hasta ahora por su compañía resultan lamentablemente insuficientes. Es por ello que me dirijo a ustedes para realizarles las siguientes preguntas, comunicándole que he publicado copia de las mismas en mi blog y pretendo hacer lo propio con las respuestas o su ausencia:
1. ¿Por qué BP y sus asociados iniciaron la explotación de pozos de gran profundidad sin disponer de ninguna tecnología razonablemente comprobada de contención en caso de accidente?
Ha quedado palmariamente demostrado que BP –y con toda probabilidad la industria petrolífera en general– carece de tecnologías para contener un accidente por blowout a gran profundidad, cuya posibilidad era cierta y conocida. Toda actividad humana tiene sus riesgos; sin embargo, los preceptos más básicos de la cultura de la seguridad determinan que no se emprende una actividad industrial a gran escala sin un plan de contingencia al menos razonablemente conocido y comprobado para el peor caso posible. Aparentemente, BP y sus asociados iniciaron una serie de explotaciones petrolíferas submarinas para las que no existía ni existe ninguna tecnología de contención de esta clase de siniestros en un plazo y con una fiabilidad prudenciales. ¿Por qué asumieron semejante riesgo? Habiendo asumido el riesgo, ¿se responsabilizan ustedes de todas sus consecuencias?
2. ¿Qué otras instalaciones del tipo de la Deepwater Horizon existen en el mundo y dónde se encuentran ubicadas?
Habiendo quedado demostrado de la peor manera posible que no existen tecnologías practicables para la contención de este tipo de accidentes en tiempo y forma sensatos, deduzco que la existencia de estas instalaciones implica un riesgo grave e incontrolable para el medio ambiente y las comunidades humanas circundantes. Resulta, por tanto, asunto de interés público conocer qué otras plataformas de perforación susceptibles de sufrir un accidente análogo existen en el mundo, y cuál es su ubicación precisa; tanto si pertenecen a BP como a cualquier otra compañía o estado.
3. ¿Qué medidas han tomado o van a tomar BP en particular y la industria petrolífera en general para prevenir la repetición de un accidente de estas características?
Dado que los accidentes por blowout han demostrado ser una constante en la historia de la explotación petrolífera, a pesar de todos los esfuerzos destinados a prevenirlos, resulta obvio por sí mismo que la perforación en lugares difícilmente accesibles y con grave riesgo medioambiental representa una actividad irresponsable e inadmisible. ¿Qué medidas eficaces se han tomado o se van a tomar para evitar su repetición? Estas medidas, ¿pueden impedir realmente que vuelva a suceder un accidente así, pese al fracaso de todas las anteriores? ¿De qué manera? En caso contrario, parecería razonable clausurar de inmediato todas estas instalaciones. Entiendo que esta opción puede causar graves perjuicios económicos a sus operadores, ¿pero existe alguna otra alternativa realista en el estado actual de la tecnología? Si existe, ¿por qué no se implementó en la Deepwater Horizon?
4. ¿Qué medidas han tomado o van a tomar BP y sus asociados para reponer el daño causado al medio ambiente y para indemnizar a las comunidades humanas afectadas por el mismo en el Golfo de México o en cualquier otro lugar?
Resulta evidente que el accidente de la Deepwater Horizon ha causado un daño inmenso al medio ambiente y a las comunidades humanas afectadas por el mismo, en el Golfo de México y puede que en otros lugares. A pesar de las cifras iniciales que se dieron, claramente subestimadas, ahora ya se conoce que este accidente se encuentra al menos en la misma categoría que las mareas negras ocasionadas por el Amoco Cadiz en 1978 o el Atlantic Empress en 1979, las sucedidas en Nowruz o Fergana en 1983 y 1992 e incluso las causadas en el mismo Golfo de México por la plataforma Ixtoc I en 1979 –un accidente bastante parecido al actual–. Esto puede convertir el siniestro de la Deepwater Horizon en el segundo o tercer peor vertido de la historia, ahora mismo o en fechas próximas. ¿De qué manera BP y sus asociados van a reparar el daño causado al medio y a las comunidades humanas, hasta qué punto exacto y con qué recursos económicos, políticos y sociales? Y no menos importante: ¿de qué manera van a indemnizar a las familias de los once trabajadores fallecidos?
5. Finalmente, ¿cómo van a parar el desastre actual y cómo van a reparar el daño total causado por el mismo?
Una vez los intentos de contener el accidente han fracasado, el petróleo sigue fluyendo al Golfo de México a un ritmo de entre 5.000 y 100.000 barriles por día, según las diversas fuentes (estimación original de BP: 5.000 bbl/día; Eugene Chaing de la Universidad de California en Berkeley: 20.000-100.000 bbl/día; Steven Wereley de la Universidad Purdue en testimonio ante el Congreso de los Estados Unidos: 95.000 bbl/día; entre otros).
En estos momentos, más allá del nuevo intento de tapar el orificio con una nueva cápsula, se están dando estimaciones de "meses" o "hasta agosto" para la perforación de pozos que alivien al siniestrado; lo que, en varios escenarios posibles a la luz de estos datos, podría convertir el desastre de la Deepwater Horizon en uno de los dos más graves de la historia, en la misma categoría que los vertidos ocasionados durante la Guerra del Golfo de 1991. Funcione el nuevo intento de taponar la perforación o no, ¿qué medidas de específicas están tomando o van a tomar para minimizar los daños mientras estos trabajos se completan, para reparar el daño causado al medio ambiente y para indemnizar a las comunidades afectadas por la prolongación en el tiempo de este desastre?
Soy consciente de que estas son preguntas complicadas a las que no se puede responder con las habituales frases hechas de relaciones públicas; pero es que, precisamente, somos bastantes las personas cansadas de frases hechas de relaciones públicas y necesitamos explicaciones de mayor calado y profundidad sobre lo sucedido en tanto que ciudadanos y consumidores de sus productos. Es por ello que les ruego un esfuerzo para dar a conocer a la sociedad la respuesta a estas cuestiones y cualesquiera otras que consideren oportuno añadir.
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La central nuclear de Chernóbyl vista desde Pripyat.
Estoy preparando un futuro post, que tardará aún un pelín, sobre lo que sucedió en el reactor nº 4 del complejo electronuclear de Chernóbyl para que se convirtiera en el accidente nuclear más grave de la historia humana a primera hora de la madrugada del 26 de abril de 1986 (INES-7). Sin embargo, veo que es necesario clarificar primero un montón de mitos, falsas concepciones e incluso simples mentiras que se han contado sobre Chernóbyl por parte de personas e intereses muy diversos.
Estas personas e intereses van desde los antinuclearistas hasta la industria nuclear occidental, pasando por la propaganda prosoviética y por la antisoviética, y en general por cualquiera de los juntapalabras habituales. Veamos, pues, algunos de estos mitos de Chernóbyl.
La central nuclear de Chernóbyl era intrínsecamente peligrosa.
Parcialmente cierto, pero casi siempre usado de forma manipuladora.
Los reactores RBMK-1000 –como los de Chernóbyl– tenían unas características de diseño conocidas que permitían embalamientos neutrónicos en regímenes de baja potencia. Específicamente, la característica más peligrosa era su alto coeficiente de reactividad en vacío; es decir, cuánto puede variar la actividad neutrónica cuando se forman vacíos en su seno (típicamente, burbujas de vapor). No es el único reactor con esta característica: los tan populares y seguros CANDU de fabricación canadiense (e incluso algunas versiones de los BWR) también tienen un coeficiente positivo de reactividad en vacío (o equivalente a efectos prácticos); aunque, desde luego, no tan alto.
Debido a esta peculiaridad, tanto los manuales de uso interno, como el Reglamento de Seguridad Nuclear de la Unión Soviética, como la programación del ordenador SKALA que controlaba la central prohibían cualquier operación que pudiera conducir a una de estas excursiones de energía. Había numerosos equipos orientados a prevenirlas integrados en la instalación y, muy específicamente, sistemas computerizados que debían cerrar automáticamente el núcleo si se detectaba uno de estos regímenes de operación de baja potencia.
En el transcurso de las acciones insensatas que condujeron a la explosión del reactor número 4, los directivos al mando de la unidad cometieron más de doscientas violaciones de estos manuales y reglamentos e impidieron por dos veces al menos que el ordenador cerrara automáticamente la instalación como tenía programado para casos semejantes.
Chernóbyl era insegura en el sentido de que no era fail-safe por completo; pero decir que era intrínsecamente peligrosa es como decir que un coche es intrínsecamente peligroso después de quitarle los discos de freno, vaciar el depósito de líquido para la dirección asistida y deshinchar los neumáticos antes de lanzarnos a correr a toda velocidad por una carretera montañosa.
La central estaba construida para compensar esas características de diseño. De hecho, de los quince reactores RBMK-1000 construidos, once siguen en operación hoy en día sin mayores problemas (aunque se les hicieron algunos cambios después del accidente; el más significativo, reducir su coeficiente de reactividad en vacío desde los 4,7β originales a 0,7β). En realidad, sólo se cerraron con el tiempo los cuatro de Chernóbyl más un par de RBMK-1500 y se cancelaron algunos que estaban en construcción por la mala fama que habían tomado; de manera notable, los otros tres reactores en Chernóbyl resistieron sin problemas el accidente nuclear que estaba sucediendo justo a su lado (particularmente el nº 3, casi pegado al 4) y siguieron abiertos muchos años. Durante el cuarto de siglo transcurrido desde entonces, ninguno de los once restantes ha sufrido incidentes significativos. En la foto, la central nuclear de Kursk, prácticamente idéntica a Chernóbyl y actualmente operativa.
La central nuclear de Chernóbyl era vieja, de pobre calidad, obsoleta o estaba mal mantenida.
Falso.
Específicamente el reactor nº 4 de Chernóbyl era una de las instalaciones más modernas de la industria nuclear mundial en su tiempo. Había entrado en servicio en 1983, apenas tres años antes, con tecnologías bastante avanzadas para aquella época.
Es cierto que el concepto del RBMK se derivaba directamente de los primeros reactores soviéticos, originados en los años '50, a diferencia del mucho más avanzado VVER. Pero el RBMK-1000 era un diseño relativamente reciente por aquellas fechas y para nada obsoleto (a menos que consideremos obsoleto un coche de 1983 por el hecho de usar carburador). Como ya mencioné, el resto de centrales equipadas con este modelo no han sufrido ningún otro suceso notable en estos casi veinticinco años.
Más difícil resulta determinar si el complejo estaba mal mantenido; pero no se ha documentado nada al respecto, al menos como causa directa del siniestro, y de hecho éste sucedió durante una compleja prueba de seguridad.
Por si sirve como referencia, el complejo electronuclear de Chernóbyl había ganado varios premios a la productividad y ocupaba una posición líder en la industria nuclear de aquellos tiempos. Incluso se afirma que la presión de este liderazgo fue decisiva en la secuencia de decisiones insensatas que condujeron a la catástrofe. En todo caso, no existe ningún motivo para pensar que fuera una central vieja, de pobre calidad, obsoleta o mal mantenida.
En la foto de la derecha, panel de control del ordenador (SCADA) SKALA que controla las centrales del tipo de Chernóbyl; este, ya poco utilizado en el presente, pertenece a uno de los reactores de la planta nuclear de Leningrado, que sigue también operativa.
En la central nuclear de Chernóbyl se producía plutonio militar, o se estaba experimentando su producción.
Esencialmente falso.
Todos los reactores nucleares producen una pequeña cantidad de plutonio-239 y plutonio-240 como resultado de la alimentación neutrónica del uranio-238, que suele constituir la mayor parte de su combustible (el material fisible es uranio-235, pero el estructural es generalmente uranio-238). Sin embargo, en un reactor civil esta producción de plutonio es intrínsecamente muy pobre, antieconómica y de baja calidad.
El plutonio de grado militar se elabora a partir de la producción de los reactores regeneradores y sobre todo de los reactores regeneradores rápidos (FBR). Estos reactores, que ocupan otro lugar distinto en el ciclo del combustible, producen velozmente grandes cantidades de plutonio a un coste reducido. La Unión Soviética contaba con numerosos reactores de estos tipos en Beloyarsk, Shevchenko (Aktau) y Dmitrovgrado, entre otros lugares. En la actualidad, el reactor BN-600 (operacional) y los BN-800 (en construcción) y BN-1600/1800 (proyectados), en Beloyarsk, son los únicos regeneradores rápidos a escala industrial (no experimental) existentes en el mundo desde el cierre definitivo del Superphénix francés.
De manera crítica, este tipo de reactores están optimizados para la producción del deseado plutonio-239 con una proporción muy baja del indeseable plutonio-240. El plutonio necesario para fabricar armas atómicas sofisticadas es obligatoriamente military grade (pureza superior al 93%) o supergrade (pureza superior al 97%) de plutonio-239, con tan poco -240 como sea posible; separar el uno del otro resulta muy caro y complicado, pues al tratarse de dos isótopos consecutivos del mismo elemento, su comportamiento químico-físico es muy parecido. Por ello, resulta deseable que el reactor produzca ya de por sí mucho plutonio-239 muy limpio. Esta es la especialidad de los reactores FBR como el BN-600. En la foto, la central nuclear de Beloyarsk, provista con uno de estos BN-600.
El RBMK de Chernóbyl tenía una capacidad marginal para la producción de plutonio-239 como efecto secundario de que las barras de combustible se podían sustituir sin parar el reactor, una característica de diseño para optimizar su rentabilidad y disponibilidad. Esto permite retirar el combustible cuando ya ha empezado a formarse el plutonio-239 pero antes de que se empiece a acumular mucho plutonio-240. No obstante, el reactor estaba concebido para la producción eléctrica civil y no para la de plutonio militar. La URSS no necesitaba en 1986 producir más plutonio militar (y más caro y malo) del que ya producía por cientos de toneladas en sus regeneradores rápidos.
Adicionalmente, no existe ningún indicio, documento ni testimonio de que en Chernóbyl se estuviera produciendo más plutonio del que ocurre naturalmente en todos los reactores de esta clase, o se estuviera experimentando con su producción.
En la imagen de la derecha, una muestra de plutonio-239 supergrade al 99,96% antes de su procesamiento metalúrgico; se almacena en forma de anillos para reducir geométricamente su criticalidad. Esta pertenece al Laboratorio Nacional Los Álamos de los Estados Unidos, y con 5,3 kg de masa, contiene material suficiente para construir un arma nuclear moderna. Sí, con eso puedes volar una ciudad.
Chernóbyl fue dañada o destruida por un terremoto.
Falso.
Los seismógrafos de la zona registraron en torno al momento del accidente un terremoto de magnitud 5-6. Esto ha sido utilizado por algunas personas para asegurar que en realidad Chernóbyl-4 estalló a consecuencia de un movimiento sísmico que habría deformado los canales de inserción del grafito moderador en un momento crítico del suceso. Tal mito se originó entre partidarios de la industria nuclear soviética y después se ha extendido a los conspiranoicos del HAARP y demás.
Obviamente, lo que registraron estos seismógrafos fueron las brutales explosiones que destruyeron la instalación. Es más: el tipo de terreno donde se encontraba el complejo de Chernóbyl no permite el desarrollo de terremotos tan fuertes.
Seismograma original obtenido por la estación de Norinsk (a 40 km) en la madrugada del 26 de abril de 1986. Se distinguen claramente los picos ocasionados por la doble explosión, separados 2,7 segundos y equivalentes a un terremoto de magnitud 5-6.
En Chernóbyl-4 se produjo una explosión nuclear.
No es exacto, y en último término resulta esencialmente incorrecto y desorientador.
En Chernóbyl-4 se produjeron dos explosiones principales consecutivas, separadas 2,7 segundos entre sí, acompañadas de un número de detonaciones secundarias más pequeñas.
El embalamiento energético que produjo la primera explosión principal fue obviamente de origen nuclear; pero la explosión en sí fue una detonación de vapor, al hipercalentarse el agua del circuito primario de refrigeración. No hubo reacción en cadena instantánea como la que se da en una bomba atómica, con lo que no se puede hablar de explosión nuclear (que habría sido mucho más potente y devastadora, pero resultaba imposible por el propio diseño del reactor y la manera como sucedió el accidente).
Esencialmente, el reactor se quedó en los últimos instantes sin refrigeración de golpe, cuando el embalamiento neutrónico masivo provocó un fenómeno conocido como flash-boiling. Muy a grandes rasgos, esto significa que el agua del circuito primario pasa instantáneamente a estado gaseoso (vapor de agua), con lo que pierde sus propiedades refrigerantes pero sigue acumulando cada vez más energía hasta que se produce el estallido.
La segunda explosión principal se parece más a una detonación atómica, pero aún así no lo fue. Se trató de una transitoria, una excursión rápida de energía nuclear en una pequeña porción del núcleo. Esto es más similar a un accidente de criticalidad abierta que a una explosión nuclear propiamente dicha (es decir, de criticalidad y reacción en cadena cerradas).
La existencia de una cúpula exterior como la de las centrales occidentales habría contenido el accidente.
Dudoso. Argumento utilizado con frecuencia de forma manipuladora como una verdad indudable.
No se sabe cuánta energía final produjo el embalamiento neutrónico de Chernóbyl-4. Diversos estudios han estimado cifras entre cien y cuatrocientas veces la potencia nominal del reactor, para una energía explosiva equivalente total que oscila desde una hasta cuatro toneladas de TNT (tones) en la primera detonación (la de vapor). La segunda detonación (la excursión nuclear), en cambio, pudo liberar una potencia explosiva equivalente de aproximadamente diez toneladas de TNT (diez tones, unos 40 gigajulios, deducidos a partir de la generación de radioisótopos del xenón durante el evento).
No resulta evidente por sí mismo que la cúpula característica de las centrales occidentales hubiera sobrevivido a explosiones de este calibre. Estos edificios de contención están generalmente constituidos por paredes de hormigón armado y acero de 0,90 a 2,60 metros de grosor, diseñados para resistir picos de presión entre 4 y 14 atmósferas.
En contra de lo que se ha repetido falsamente una y otra vez, los reactores de Chernóbyl tenían varios niveles de blindaje protector. No tan completo como en ese otro tipo de centrales, pero sí compuesto por sólidos muros de hormigón armado y paredes de acero, niveles de descompresión progresiva, cámaras de arena al boro y agua (desempeñando funciones de drywell y wetwell) y 1.500 toneladas adicionales de defensa biológica; varias de estas protecciones se incorporaron al diseño de las instalaciones RBMK después del peligroso accidente norteamericano en Isla Tres Millas (INES-5), ocurrido siete años antes. Todo ello saltó por los aires durante las explosiones de Chernóbyl como si hubieran sido hojas de papel.
En realidad, hay muchas centrales nucleares en el mundo que no usan la protección exterior integral en cúpula, empezando por las japonesas. La cúpula, en sí, no significa nada: lo importante es la naturaleza y características de la defensa en profundidad en su conjunto, tanto activa como pasiva. Chernóbyl presentaba ciertamente algunas deficiencias en su defensa en profundidad, pero eso no quiere decir que estuviera absurdamente desprotegida como se ha dicho tantas veces. En la imagen de la derecha, podemos ver algunas de las protecciones integradas en los reactores RBMK (clic para ampliar). Abajo, un esquema del edificio de un RBMK-1500 (muy similar al del RBMK-1000) mostrando en trazos gruesos las estructuras de blindaje reforzadas.
Resulta prácticamente imposible determinar cuál fue el pico de presión en Chernóbyl-4, así como la naturaleza y características de los proyectiles propulsados por el interior, y por tanto si una de estas protecciones exteriores en cúpula al estilo occidental lo habría resistido. Sin embargo, podemos hacer la siguiente analogía para orientarnos: una bomba de aviación anti-búnker norteamericana GBU-27 Paveway III con penetrador BLU-109 sólo necesita 240 kg de tritonal o PBXN para atravesar 1,80 metros de hormigón reforzado (más o menos el grosor típico de una de estas cúpulas). El tritonal es básicamente TNT más aluminio en polvo, con una potencia explosiva equivalente al 118% del TNT a secas; es decir: como 283 kg de TNT.
Si la primera explosión de Chernóbyl-4 produjo una energía explosiva de dos toneladas de TNT, tirando por lo bajo, eso son siete veces más que una de estas bombas Paveway anti-búnker. Si la segunda explosión generó una potencia equivalente a diez toneladas de TNT, hablamos de treinta y cinco veces más. Y dentro de una central nuclear no faltan grandes cantidades de metales pesados para actuar de penetradores cuando salen despedidos a alta velocidad, empezando por el propio uranio (el penetrador de las bombas anti-búnkeres y los sabots anti-tanque está frecuentemente formado por... sí, exacto, uranio empobrecido).
Aparecieron fragmentos de las barras de combustible a varios cientos de metros de distancia, después de atravesar limpiamente las 700 toneladas de protección biológica superior y el techo de hormigón armado de la central. Esto invita a pensar que salieron propulsadas en vuelo balístico por las explosiones, a una velocidad muy respetable. De nuevo, resulta imposible determinar si estas barras de combustible –de tres metros de longitud y 185 kilos de masa (el conjunto doble completo)– habrían actuado eficazmente como penetradores de uranio/acero a través de una protección mayor. En la imagen, comparación con dos penetradores típicos para carros de combate:
(Clic para ampliar)
En cuanto a la potencia explosiva equivalente, esto es lo que le hacen diez toneladas de ANFO (menos potente que el TNT, aunque ubicado óptimamente, pero con un rendimiento efectivo en tones menor) a 25.000 metros cúbicos de roca:
Adicionalmente, todas las estructuras en cúpula son mucho más resistentes frente a fuerzas circulando desde el exterior hacia el interior, que frente a fuerzas viajando desde el interior hacia el exterior. Hasta cierto punto, estos edificios de contención son más aptos para proteger al reactor de agresiones exteriores –se suele mencionar como ejemplo la caída de un avión– que para proteger al exterior contra picos de energía producidos en su interior. Esto se puede observar fácilmente tratando de quebrar una cáscara de huevo: hace falta bastante más fuerza para aplastarla apretando sus extremos desde fuera que para romperla apretando por el mismo lugar o cualquier otro desde dentro.
Con una explosión doble del calibre de las que ocurrieron en Chernóbyl-4, la afirmación de que una cúpula al estilo occidental habría sido capaz de contener el accidente no pasa de ser una suposición de probabilidad indeterminada; asegurarlo como verdad absoluta la convierte en una simple manipulación.
Chernóbyl fue saboteada.
Falso.
A lo largo de los años, han aparecido recurrentemente sugerencias de que el reactor nº 4 de Chernóbyl fue saboteado. Sin embargo, no existe ninguna prueba al respecto. La secuencia de acontecimientos está bien documentada a estas alturas, y aunque las acciones delirantes que los operadores aplicaron al reactor constituyen sin duda una especie de sabotaje involuntario a gran escala, no hay motivo alguno para pensar que se trató de un acto deliberado.
La catástrofe de Chernóbyl fue un accidente tecnológico extremadamente complejo, ocurrido en una de las instalaciones más modernas y eficientes de su tiempo; muy alejado de las caricaturas –absurdas– que se suelen ver en los medios de comunicación. Sucedió como resultado de más de veinticuatro horas de manipulaciones insensatas, incluyendo cientos de violaciones del Reglamento de Seguridad Nuclear de la Unión Soviética y la desconexión de las defensas computerizadas que habrían evitado el desastre en varias ocasiones. En último término, fue un monumental error de un personal bajo presión y con cualificaciones inapropiadas, que creía saber lo que hacía y no supo sacar la pata una vez había comenzado a meterla; cosa extremadamente frecuente en muchas catástrofes tecnológicas y en el ser humano en general. Lo veremos en las próximas semanas.
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El epic fail más chusco de la historia astronáutica.
La exploración espacial es una de las tareas más endiabladamente difíciles a las que somos capaces de dedicarnos los seres humanos. Por ello, sus fiascos han sido siempre fiascos geniales, y con frecuencia trágicos. Simplemente, hace falta muchísimo nivel para llegar siquiera a cometer esa clase de errores; quien desee burlarse de ellos, debería pensar primero si él o ella sería capaz de ni siquiera intentarlo.
Algunos, aquellos que se cobraron vidas, fueron espantosos además de trágicos y no tienen la más mínima gracia. Todos, incluso los más leves, fueron una lástima que retrasaron nuestras posibilidades de ir más allá de nosotros mismos, de saber más, de avanzar más rápido. En general, se trató de fallos complejísimos cometidos en el mismísimo borde de lo que sabe hacer el ser humano. Y por ello mismo, tan dignos de respeto y admiración como sus incontables éxitos.
Sin embargo, hay que reconocer que algunos epic fails tuvieron un componente tragicómico capaz de arrancar una sonrisa al más respetuoso. Aquella cápsula militar norteamericana ultrasecreta que aterrizó a la perfección doscientos kilómetros al norte de Moscú, en vez de en las Hawaii como tenía programado (Discoverer-2, abril de 1959). Aquel satélite espía soviético que entró majestuosamente en órbita tras un lanzamiento de ensueño, sólo para percatarse entonces de que había quedado del revés, con sus cámaras apuntando inútilmente al espacio exterior en vez de a la superficie terrestre (Cosmos-4, abril de 1962). Hasta con el más famoso de los que no se cobraron víctimas, los estadounidenses de "Houston, tenemos un problema", podemos permitirnos un guiño malicioso imaginando sus caras al comprender que acababan de convertirse en leyenda... por sufrir una avería en su vehículo más lejos de lo que ningún otro ser humano había logrado quedarse tirado jamás: a 321.860 kilómetros de la gasolinera más próxima, un paseo de nada como quien dice. Y al mismo tiempo, la ingeniosísima operación para traerlos de vuelta a la Tierra sanos y salvos constituyó una hazaña tecnológica que será recordada merecidamente por las generaciones futuras.
También podemos mofarnos un poquitín de aquel controlador soviético que compuso mal una instrucción de telecomando; así, lanzó erróneamente una subrutina de testeo en tierra para desactivar el control de actitud y orientación al ordenador de a bordo de la Fobos-1... cuando ésta se hallaba ya en la órbita de Marte, siendo agosto de 1988. Como consecuencia, los paneles solares quedaron desalineados respecto al Sol y las baterías se agotaron el 6 de septiembre, terminando abruptamente la misión. Suerte tuvo de que hacía muchos años que ya no mandaban a nadie a Siberia, por más que le hubiera gustado al jefe de misión.
De la misma manera, podríamos dar unas metafóricas palmaditas en la cocorota a los ingenieros analistas de software para la estadounidense Mars Polar Lander, en 1999, que no tuvieron en cuenta la vibración ocasionada por el despliegue de las patas de aterrizaje durante el descenso (algo que conoce cualquiera que haya viajado en avión: son esos tumps y bumps poco después del despegue y antes del aterrizaje). Este olvido hizo que el ordenador confundiera tal despliegue con la toma efectiva sobre la superficie, deteniendo así los retrocohetes cuando la nave aún se hallaba a cuarenta metros de altitud sobre el suelo marciano; cayó a peso y ya nunca se volvió a saber de ella. Sí, exacto: perdieron la nave en los últimos cuarenta metros de recorrido, después de un viaje de 250 millones de kilómetros.
Y es que esto del viaje a Marte ha resultado ser francamente frustrante; hasta tal extremo, que los cachondos hablan de la maldición marciana, también conocida como el demonio necrófago galáctico. Por diversos motivos, algunos de ellos chocantes, sólo la mitad de las misiones con destino al planeta rojo han tenido éxito. De manera muy notoria, ni una sola de las dieciocho misiones soviéticas y luego rusas –que por esas mismas fechas exploraban el mucho más difícil Venus con triunfos asombrosos– logró completar una misión a Marte hasta su final programado. La sonda Nozomi japonesa fracasó también debido a fallos electromecánicos, cosa ciertamente notable hablando de nipones; sí, los de los robots. Igual destino sufrieron los británicos con Beagle-2. Hasta ahora, sólo la Agencia Espacial Europea ha tenido éxito en todos sus intentos: dos, exactamente.
Los Estados Unidos, que eligieron Marte como su coto interplanetario después de que la URSS optara por Venus, han conseguido no perder demasiadas naves mediante el procedimiento de multiplicar por nueve el presupuesto para cada lanzamiento con respecto a las Venera soviéticas que viajaban al lucero del alba con toda normalidad (una media de 600 millones de dólares frente a 100 millones de rublos, y eso si aceptamos el más que dudoso cambio oficial soviético de 1,50 rublos por dólar). Pese a semejante gasto, la maldición marciana también se ha cebado ocasionalmente con la NASA. No sólo la mencionada Mars Polar Lander (la de los cuarenta metros), un par de Mariners y la Mars Observer se cuentan entre las que no lo lograron; sino también el que para mí constituye el fiasco más jocoso de la historia astronáutica: la Mars Climate Orbiter de 1998.
Mars Climate Orbiter: mejor, más rápido, más barato, más epic fail.
La Mars Climate Orbiter no fue la más costosa de las misiones a Marte, como dicen algunos para dar retranca adicional a la historia; tal honor pertenece a las Viking (800 millones de dólares cada una) o los casi mil millones de la MER. De hecho salió bastante más barata de lo normal: junto a la de los cuarenta metros, representaban el buque insignia de la NASA para el nuevo concepto mejor, más rápido, más barato mediante fuertes recortes de costes, reducción y externalización laboral extensiva, estricta fiscalización del gasto y altos niveles de subcontratación y reprivatización en el apartado técnico. De manera crítica, también suspendía las carísimas evaluaciones peer review por parte de una miriada de científicos y tecnólogos independientes, procedentes de otras agencias públicas y de las universidades.
Como consecuencia, la Mars Climate Orbiter de 1998 apenas costó unos más que respetables 327,6 millones de dólares, más diez años de complejos preparativos científicos y tecnológicos, que también valen lo suyo. De estos, 193,1 millones estuvieron destinados al desarrollo y construcción de la nave, 91,7 para el lanzamiento con un cohete Delta II y 42,8 en costes operacionales. Es decir: sólo como dos Veneras de 1980, corregido teniendo en cuenta la inflación.
Construida por Lockheed Martin Space Systems para el Laboratorio de Propulsión a Chorro y la NASA, la Mars Climate Orbiter era –como su nombre indica– un sofisticado laboratorio climatológico con objeto de estudiar la atmósfera marciana desde una órbita circular estable a 421 kilómetros de altitud. Con unos dos metros de lado, tenía una masa de 629 kg; 291 de ellos eran combustible y comburente –hidrazina y tetróxido de dinitrógeno– para sus motores de aproximación y maniobra. Estos eran ocho verniers con entre 0,3 y 7 newtons de empuje, más un impulsor principal de 640 newtons, que debía transferirlo desde la órbita de captura hasta la definitiva. Allí operaría durante un año marciano entero (687 días terrestres), pasando después a una nueva órbita como enlace de telecomunicaciones durante tres años terrestres más para el programa Mars Surveyor 2001.
Los objetivos de la misión consistían en monitorizar constantemente la meteorología y las condiciones atmosféricas marcianas, con especial atención a los perfiles térmicos, la presencia de vapor de agua y el contenido de polvo en suspensión. También debía estudiar las transformaciones de la superficie provocadas por estos fenómenos, así como buscar evidencias de posibles cambios climáticos pasados. Para ello, iba provista con dos instrumentos muy sofisticados: las cámaras multiespectrales MARCI y un radiómetro infrarrojo PMIRR, ambos de Malin Space Science Systems. El ordenador de a bordo era un RAD-6000 suministrado por IBM Federal Systems.
Así de bien equipada, la nave interplanetaria Mars Climate Orbiter despegó a bordo de un cohete Delta II Lite de Boeing Defense, Space & Security, con cuatro impulsores adicionales de combustible sólido y una tercera fase Star 48 provista por Thiokol / ATK. Lo hizo desde la plataforma A del complejo 17 de Cabo Cañaveral a las 13:56 EST del 14 de diciembre de 1998. El lanzamiento salió estupendamente y la nave mejor, más rápida, más barata inició su larguísimo viaje de nueve meses hasta la órbita de Marte.
La pequeña confusión.
Durante su viaje a Marte, la Mars Climate Orbiter sólo necesitó tres correcciones de rumbo: el 4 de marzo, el 25 de julio y el 15 de septiembre de 1999. Quizás sea curioso reseñar aquí que no existen medios para telelocalizar naves espaciales mucho más allá de la Luna, salvo por sus propias emisiones (vaya, que no se pueden seguir por radar ni cosas de esas). En Occidente, de esto se encarga la Red de Espacio Profundo, que tiene en Robledo de Chavela (Madrid) una de sus instalaciones principales. Vamos, que a partir del momento en que están un poco más lejos que la Luna, hay que fiarse de lo que te diga la propia nave sobre su estado y posición.
El 23 de septiembre de 1999 a las 05:01 EST, la Mars Climate Orbiter recibió la orden de encender su motor principal durante 16 minutos y 23 segundos para inyectarse en la órbita de captura alrededor de Marte. La nave interplanetaria contestó que OK a todo, y se dispuso a iniciar una serie de vueltas alrededor del planeta rojo que la llevarían a su órbita definitiva. En el control de Cabo Cañaveral, gestionado por el Laboratorio de Propulsión a Chorro, estaban tranquilos. Como tenían previsto, la nave desapareció detrás de Marte a las 05:06, con lo que las comunicaciones se cortaron. Los controladores se prepararon para restablecerlas en cuanto surgiera de nuevo, al otro lado del planeta, a las 05:27.
Nunca apareció.
Según los análisis posteriores, la nave interplanetaria de 327 millones de dólares marró su rumbo por 150 km y penetró a velocidad orbital en la débil atmósfera de Marte, a unos 57 kilómetros de altitud, abrasándose y desintegrándose irremisiblemente antes de siquiera comenzar su misión.
Pero, ¿por qué? ¿Qué había ocurrido?
No tardaron mucho en darse cuenta; apenas unas pocas horas. Las especificaciones de la misión determinaban que se usaría el sistema métrico decimal, y por tanto el ordenador a bordo de la nave esperaba recibir datos de empuje en newtons desde el control gestionado por el Laboratorio de Propulsión a Chorro. Sin embargo, debido al uso de software reutilizado y por confusiones a lo largo de la densa trama de subcontratas y externalizaciones, el equipo asociado de controladores de Lockheed les estaba suministrando las referencias en libras del sistema imperial anglosajón.
Una libra son aproximadamente 4,45 newtons. Esto significa que los motores de la Mars Climate Orbiter, siguiendo las instrucciones, aplicaron una fuerza ¡casi cinco veces menor que la correcta durante la inyección en la órbita marciana! El resultado fue obvio e inevitable:
Entre esto y la pérdida de la Mars Polar Lander (la de los cuarenta metros, que también llevaba las sondas Deep Space 2), fue el final del concepto mejor, más rápido, más barato; en realidad, sólo una de las naves creadas bajo esta modalidad funcionó bien. Desde entonces, los vuelos a Marte han regresado sólidamente al rango de los 720 o 1.000 millones de dólares, e incluso 2.300 millones para el próximo Mars Science Laboratory Curiosity, cuyo lanzamiento está previsto en 2011. La única excepción ha sido la Phoenix –la que encontró agua en 2008–, que era intrínsecamente una cooperación universitaria internacional de bajo coste y mínimas prestaciones (aunque obviamente eficaces, dado su éxito).
A decir verdad, esta confusión entre newtons y libras (y el error de análisis de software de la otra, la de los cuarenta metros) fueron sólo la punta del iceberg. Según las investigaciones realizadas por la propia NASA con posterioridad, el mejor, más rápido, más barato les había privado de trabajadores con experiencia esencial, sustituidos por especialistas externalizados más baratos pero menos capaces; hizo desaparecer cualquier forma eficaz de verificación exterior independiente que pudiera haber constatado un fallo tan burdo; redujo temerariamente los costes de diseño, construcción, operación y revisión; complicó absurdamente los entramados de subcontratas y la coordinación entre los mismos; y en realidad incrementó muchos gastos de gestión y administración, detrayendo el importe de la ejecución tecnológica. En una auditoría de 2001, la NASA vino a reconocer oblicuamente que esta forma de gestión había sido una catástrofe de recursos humanos, empujando a trabajadores con una experiencia y habilidades insustituibles hacia otros empleos –dispersos– del sector aeroespacial, e impidiendo la contratación de expertos de análogo nivel.
Así que ya sabéis, niños y niñas: la próxima vez que vayáis a comprar cromos a Marte, llevad dinero suficiente para el autobús. Y, sobre todo, aseguráos de que contáis las peras con las peras y las manzanas con las manzanas. Newtons van con newtons y libras van con libras y los expertos altamente cualificados en habilidades únicas cuestan una pasta, se ponga como se ponga ese señor del saco en administración. De verdad. :-D
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Puede que salvaran a millones de personas sacrificando sus vidas, y ya nadie se acuerda.
Es una de las historias más conocidas de nuestro tiempo: el día 26 de abril de 1986, el reactor nº 4 de la central nuclear de Chernóbyl estalló durante el transcurso de una prueba de seguridad mal ejecutada, a consecuencia de 24 horas de manipulaciones insensatas y más de doscientas violaciones del Reglamento de Seguridad Nuclear de la Unión Soviética. Estas acciones condujeron al envenenamiento por xenón del núcleo, llevándolo a un embalamiento neutrónico seguido por una excursión de energía que culminó en dos grandes explosiones a las 01:24 de la madrugada.
Sobre Chernóbyl se han contado muchas mentiras. Y las han contado todos, desde las autoridades soviéticas de su tiempo hasta la industria nuclear occidental, pasando por los propagandistas de todos los signos y la colección de conspiranoicos habituales. Hay una de ellas que me molesta de modo particular, y es esa de que los liquidadores –el casi millón de personas que acudieron a encargarse del problema– eran una horda de pobres ignorantes llevados allí sin saber la clase de monstruo que tenían delante. Y me molesta porque constituye un desprecio a su heroísmo.
Y porque es radicalmente falso. Una turba ignorante no sirve para nada en un accidente tecnológico tan complejo. Los equipos de liquidadores estaban compuestos, sobre todo, por bomberos, científicos y especialistas de la industria nuclear; tropas terrestres y aéreas preparadas para la guerra atómica; e ingenieros de minas, geólogos y mineros del uranio, debido a su amplia experiencia en la manipulación de estas sustancias. Es necio suponer que esta clase de personas ignoraban los peligros de un reactor nuclear destripado cuyos contenidos ves brillar ante tus ojos en un enorme agujero.
Los liquidadores acudieron, sabían lo que tenían ante sí, y a pesar de ello realizaron su trabajo con enorme valor y responsabilidad. Cientos, miles de ellos, de manera heroica hasta el escalofrío. Los bomberos que se turnaban entre vómitos y diarreas radiológicas para subir al mítico tejado de Chernóbyl, donde había más de 40.000 roentgens/hora, para apagar desde allí los incendios (la radiación ambiental normal son unos 20 microrroentgens/hora). Los pilotos que detenían sus helicópteros justo encima del reactor abierto y refulgente para vaciar sobre él los buckets de arena y arcilla con plomo y boro. Los técnicos y soldados que corrían a toda velocidad por las galerías devastadas cantándose a gritos las lecturas de los contadores Geiger y los cronómetros para romper paredes, restablecer conexiones y bloquear canalizaciones en turnos de cuarenta o sesenta segundos alrededor de la sala de turbinas (20.000 roentgens/hora). Los mineros e ingenieros que trabajaban en túneles subterráneos, inundándose constantemente con agua de siniestro brillo azul, para instalar las tuberías de un cambiador de calor que le robase algo de temperatura al núcleo fundido y radiante a escasos metros de distancia. Los miles de trabajadores y arquitectos que levantaban el sarcófago a su alrededor, retiraban del entorno los escombros furiosamente radioactivos y evacuaban a la población. Salvo a los soldados, sometidos a disciplina militar, a nadie se le prohibía coger el petate e irse si no quería seguir allí; casi nadie lo hizo. Es más: muchos de ellos llegaron como voluntarios desde toda la URSS, especialmente muchos estudiantes y posgraduados de las facultades de física e ingeniería nuclear. Esta fue la clase de hombres y no pocas mujeres que algunos creen o quieren creer una turba ignorante y patética. Esto fueron los liquidadores.
Un helicóptero Mi-8 toca los cables de una grúa utilizada en la construcción del sarcófago y cae mientras intenta descargar arena con boro sobre el reactor abierto, el 2 de octubre. Las operaciones de liquidación se extendieron durante más de un año.
Les llamaban, y se llamaban a sí mismos, los bio-robots, que seguían funcionando cuando el acero cedía y las máquinas fallaban. No lo hicieron por el dinero, ni por la fama, de lo que tuvieron bien poco. Lo hicieron por responsabilidad, por humanidad y porque alguien tenía que hacer el maldito trabajo. Hoy quiero hablar de tres de ellos, que hicieron algo aún más extraordinario en un lugar donde el heroísmo era cosa corriente. Por eso, sólo se me ocurre denominarlos los tres superhéroes de Chernóbyl.
El monstruo del agua que brilla en azul.
Lo único que hay de cierto en estas suposiciones sobre la ignorancia de los liquidadores es que, en las primeras horas, no sabían que había estallado el reactor. Pero no lo sabían porque nadie lo sabía. La misma lógica errónea de los responsables de la instalación que provocó el accidente les hizo creer que había estallado el intercambiador de calor, no el reactor; y así lo informaron tanto al personal que acudía como a sus superiores. Hay una historia un tanto chusca sobre cómo los aviones que llevaban al lugar a destacados miembros de la Academia de Ciencias de la URSS se dieron la vuelta en el aire por órdenes del KGB cuando éste descubrió, a través de su equipo de protección de la central, que había explotado el reactor (además de sus atribuciones de espionaje por el que es tan conocido, el KGB "uniformado" desempeñaba en la Unión Soviética un papel muy parecido al de nuestra Guardia Civil, exceptuando tráfico pero incluyendo la seguridad de las instalaciones radiológicas).
En la mañana inmediatamente posterior al accidente, un helicóptero militar obtiene las primeras tomas de video donde se observa el reactor abierto y fundiéndose.
Debido a este motivo, en un primer momento se echaron sobre el agujero millones de litros de agua y nitrógeno líquido, con el propósito de mantener frío y proteger así el reactor que creían a salvo y sellado más allá de las llamas y el denso humo negro. Esto contribuyó a empeorar las consecuencias del siniestro, pues el agua se vaporizaba instantáneamente al tocar el núcleo fundido a más de 2.000 ºC; y salía disparada hacia la estratosfera en forma de grandes nubes de vapor que el viento arrastraría en todas direcciones.
De todos modos, tenía poco arreglo: era preciso apagar los enormes incendios. Cuando el fuego quedó extinguido por fin, no sólo había pasado la contaminación al aire, sino que ahora tenían una gran cantidad de agua acumulada en las piscinas de seguridad bajo el reactor. Estas piscinas de seguridad, conocidas como piscinas de burbujas, se hallaban en dos niveles inferiores y tenían por función contener agua por si fuese preciso enfriar de emergencia el reactor. También servían para condensar vapor y reducir la presión en caso de que se rompiera alguna tubería del circuito primario (de ahí su nombre), junto a un tercer nivel que actuaba de conducción, inmediatamente debajo del reactor. Así, en caso de ruptura de alguna canalización, el vapor se vería obligado a circular por este nivel de conducción y escapar a través de una capa de agua, lo que reduciría su peligrosidad.
Ahora, después de la aniquilación, estas piscinas inferiores estaban llenas a rebosar con agua procedente de las tuberías reventadas del circuito primario y de la utilizada por los bomberos para apagar el incendio y en el vano intento de mantener frío el reactor. Y sobre ellas se encontraba el reactor abierto, fundiéndose lentamente en forma de lava de corio a 1.660 ºC. En cualquier momento podían empezar a caer grandes goterones de esta lava poderosamente radioactiva, o incluso el conjunto completo, provocando así una o varias explosiones de vapor que proyectasen a la atmósfera cientos de toneladas de este corio. Eso habría multiplicado a gran escala la contaminación provocada por el accidente, destruyendo el lugar y afectando gravemente a toda Europa. Además, la mezcla de agua y corio radioactivos escaparían y se infiltrarían al subsuelo, contaminando las aguas subterráneas y poniendo en grave peligro el suministro a la cercana ciudad de Kiev, con dos millones y medio de habitantes, en una especie de síndrome de China.
Se tomó, pues, la decisión de vaciar estas piscinas de manera controlada. En condiciones normales, esto habría sido una tarea fácil: bastaba con abrir sus esclusas mediante una sencilla orden al ordenador SKALA que gestionaba la central, y el agua fluiría con seguridad a un reservorio exterior. Pero con los sistemas de control electrónico destruidos, esto no resultaba posible. De hecho, la única manera de hacerlo ahora era actuando manualmente las válvulas. El problema es que las válvulas estaban bajo el agua, dentro de la piscina, cerca del fondo lleno de escombros altamente radioactivos que la hacían brillar tenuemente en color azul por radiación de Cherenkov. Justo debajo del reactor que se fundía, emitiendo un siniestro brillo rojizo.
Así pues, como las máquinas ya no podían, era trabajo para los bio-robots.Alguien tendría que caminar, un paso detrás del otro, hacia el reactor reventado y ardiente a lo largo de un grisáceo campo de destrucción donde la radioactividad era tan intensa que provocaba un sabor metálico en la boca, confusión en la cabeza y como agujas en la piel. Viendo cómo tus manos se broncean por segundos, como después de semanas bajo el sol. Y luego sumergirse en el agua oleaginosa y de brillo tenuemente azul, con el inestable monstruo radioactivo encima de las cabezas, para abrir las válvulas a mano: una operación difícil y peligrosa incluso en circunstancias normales.
Ese era un viaje sólo de ida.
Al parecer, la decisión sobre quién lo haría se tomó de manera muy simple; con aquella vieja frase que, a lo largo de la historia de la humanidad, siempre bastó a los héroes:
–Yo iré.
Los tres hombres que fueron.
Los dos primeros en ofrecerse voluntarios fueron Alexei Ananenko y Valeriy Bezpalov. Alexei Ananenko era un prestigioso tecnólogo de la industria nuclear soviética, que había participado extensivamente en el desarrollo y construcción del complejo electronuclear de Chernóbyl: cooperó en el diseño de las esclusas y sabía dónde estaban ubicadas exactamente las válvulas. Casado, tenía un hijo. Valeriy Bezpalov era uno de los ingenieros que trabajaban en la central, ocupando un puesto de responsabilidad en el departamento de explotación. Estaba también casado, con una niña y dos niños de corta edad.
Los dos eran ingenieros nucleares. Los dos comprendían más allá de toda duda que se disponían a caminar de cara hacia la muerte.
Mientras se ponían sus trajes de submarinismo sentados en un banco, observaron que necesitarían un ayudante para sujetarles la lámpara subacuática desde el borde de la piscina mientras ellos trabajaban en las profundidades. Y miraron a los ojos a los hombres que tenían alrededor. Entonces uno de ellos, un joven trabajador de la central sin familia llamado Boris Baranov, se alzó de hombros y dijo aquella otra frase que casi siempre ha seguido a la anterior:
–Yo iré con vosotros.
Era media mañana cuando los héroes Alexei Ananenko, Valeriy Bezpalov y Boris Baranov se tomaron un chupito de vodka para darse valor, agarraron las cajas de herramientas y echaron a andar hacia la lava radioactiva en que se había convertido el reactor número 4 del complejo electronuclear de Chernóbyl. Así, sin más.
Ante los ojos encogidos de quienes quedaron atrás, los tres camaradas caminaron los mil doscientos metros que había hasta el nivel –0,5, dicen que conversando apaciblemente entre sí. Qué tal, cuánto tiempo sin verte, qué tal tus hijos, a ti no te conocía, chaval, yo es que no soy de por aquí. O parece que hoy vamos a trabajar un poco juntos, igual podemos acceder mejor por ahí, yo voy a la válvula de la derecha y tú a la de la izquierda, tú ilumínanos desde allá, parece que va a llover, ¿no?, E incluso está bien buena la secretaria del ingeniero Kornilov, ¿eh?, ya lo creo, menudo meneo le arrearía, pues me parece que este año el Dinamo de Moscú no gana la liga. Esas cosas de las que hablan los bio-robots mientras ven cómo su piel se oscurece lentamente, se les va un poquito la cabeza debido a la ionización de las neuronas y la boca les sabe a uranio cada vez más, conteniendo la náusea, sacudiéndose incómodamente porque es como si un millón de duendes maléficos te estuvieran clavando agujas en la piel. Cinco mil roentgens/hora, llaman a eso.
Y bajo aquel cielo gris y los restos fulgurantes de un reactor nuclear, los héroes Alexei Ananenko y Valeriy Bezpalov se sumergieron en la piscina de burbujas del nivel –0,5, con una radioactividad tan sólida que se podía sentir, mientras su camarada Boris Baranov les sujetaba la lámpara subacuática. Ésta estaba dañada y falló poco después. Desde el exterior, ya nadie les oía ni les veía.
Pero, de pronto, las esclusas comenzaron a abrirse, y un millón de metros cúbicos de agua radioactiva escaparon en dirección al reservorio seguro preparado a tal efecto. Lo habían logrado. Alguien murmuró que los héroes Ananenko, Bezpalov y Baranov acababan de salvar a Europa. Resulta difícil determinar hasta qué punto tenía razón.
Hay versiones contradictorias sobre lo que sucedió después. La más tradicional dice que jamás regresaron, y siguen sepultados allí. La más probable asegura que llegaron a salir de la piscina y celebrar su victoria riendo y abrazándose a los mismísimos pies del monstruo, en el borde de la piscina; e incluso lograron regresar sus cuerpos, aunque no sus vidas. Murieron poco después, de síndrome radioactivo extremo, en hospitales de Kiev y Moscú. Aún otra más, que se me antoja casi imposible, sugiere que Ananenko y Bezpalov perecieron, pero el joven trabajador Baranov pudo sobrevivir y anda o anduvo un tiempo por ahí.
Esta es la historia de Alexei Ananenko, Valeriy Bezpalov y Boris Baranov, los tres superhéroes de Chernóbyl, de quienes se dice que salvaron a Europa o al menos a algún que otro millón de personas en miles de kilómetros a la redonda un frío día de abril. Fueron a la muerte conscientemente, deliberadamente, por responsabilidad y humanidad y sentido del honor, para que los demás pudiésemos vivir. Cuando alguien piense que este género humano nuestro no tiene salvación, siempre puede recordar a hombres como estos y otros cientos o miles por el estilo que también estuvieron por allí. No circulan fotos de ellos, ni han hecho superproducciones de Hollywood, y hasta sus nombres son difíciles de encontrar. Pero hoy, veinticuatro años después, yo brindo en su recuerdo, me cuadro ante su memoria y les doy mil veces las gracias. Por ir.
El Sacrificio, de Wladimir Tcherkoff.
Lectura recomendada:
La verdad sobre Chernóbyl, con prólogo del Premio Nobel Andrei Sakharov (1991), escrito por el ingeniero nuclear Grigory Medvédev, un profundo conocedor de este complejo electronuclear y de la política energética soviética. Incluye un relato exhaustivo del accidente y haciendo honor a su título, es el que menos mentiras cuenta según mi opinión. Seguramente por ese mismo motivo, es el más difícil de conseguir. En España lo editó Heptada con el ISBN 84-7892-049-8; está agotado, pero siempre se puede intentar una llamada. En inglés fue editado con el ISBN 1-85043-331-3 (Tauris & Co, Londres) y está disponible aquí.
De visualización necesaria:
El corazón de Chernóbyl. Seguramente, el mejor documental que se ha filmado sobre las consecuencias humanas del desastre. Desde dentro; tan dentro que la directora de la ONG que lo presenta sufrió envenenamiento por cesio-137 durante la realización. Durísimo, pero absolutamente necesario. En inglés, disponible en YouTube: Parte 1, Parte 2, Parte 3, Parte 4. Si te apetece colaborar con esta ONG, puedes hacerlo aquí.
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Los siguientes seres sensibles nacidos al amor de la atmósfera terrestre perdieron la vida en el transcurso de un viaje más allá de la línea Kármán y quedaron para siempre en las estrellas:
Laika.
Unión Soviética. Primer vuelo orbital con un ser vivo, retorno no previsto.
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Ya antes del alunizaje del Apolo 11, en 1969, tanto los Estados Unidos como la Unión Soviética comprendieron que los primeros beneficios prácticos de la exploración espacial se obtendrían en las órbitas más próximas a la Tierra. A fin de cuentas, ahí es donde se pueden hacer la mayor parte de las cosas de interés cotidiano para el ser humano común, civiles o militares. Por ello, ambas superpotencias dedicaron grandes recursos a la conquista del espacio próximo, menos llamativa que las grandes misiones científicas hacia otros astros y hacia el espacio profundo pero mucho más productiva en términos de beneficio inmediato: telecomunicaciones, navegación, meteorología y climatología, prospecciones de los recursos terrestres, estudios del ecosistema y de los cultivos, reconocimiento y espionaje… las mil cosas en que la astronáutica ha cambiado nuestro mundo.
Las regiones próximas a nuestro planeta son también óptimas para el lanzamiento de importantes observatorios científicos, como el conocido telescopio espacial Hubble y otros cientos de satélites parecidos que llevan ya varias décadas aportándonos conocimientos sobrecogedores sobre la naturaleza del universo desde las muy cortas distancias hasta las muy inmensas. Las misiones al espacio cercano son la apuesta más factible en el estado presente de la tecnología humana, al igual que en otro tiempo conquistamos mares como el Mediterráneo mucho antes de lanzarnos a los océanos.
Por ello la URSS, tras los espectaculares éxitos de los años ’60 y ’70 –y el fracaso en la Luna– optó por un complejo programa de estaciones espaciales en órbita baja que le asegurara el desarrollo de las tecnologías necesarias para operar en estas distancias cortas. Alrededor de los programas Salyut y de la mítica Mir, los soviéticos crearon una sofisticada infraestructura de ciencia, ingeniería, cohetería, construcción de cosmódromos, cosmonáutica en general y todo lo necesario para el dominio del espacio cercano. Gracias a ello, sus herederos siguen dominando con soltura el mercado de lanzamientos comerciales, con unos precios, una seguridad y una eficiencia aún imbatibles.
Los Estados Unidos, tras su espectacular éxito en la Luna –y el fracaso, hasta entonces, en casi todo lo demás– prefirieron una combinación de cohetería convencional con un concepto innovador y fascinante: el transbordador espacial. El transbordador espacial, que ellos llaman space shuttle, es una especie de avión carguero reutilizable y capaz de operar en las órbitas más cercanas a la Tierra. O, visto de otra manera, una pequeña estación espacial no permanente, muy flexible, que permite desarrollar un gran número de tareas. Quizá por su parecido a las naves cósmicas del cine y la literatura, el transbordador cautivó de inmediato la imaginación de millones, incluyendo a los soviéticos, que crearon su propia versión: el Buran. Ahora, todo el mundo se permite criticar el concepto por caro, inseguro, delicado y poco disponible. Ya dicen que los mediocres siempre saben por dónde no se podía pasar cuando el puente se ha roto.
Un fiasco genial.
El transbordador espacial consiste, esencialmente, en una nave tripulada con siete ocupantes y la posibilidad de transportar veinticuatro toneladas y media de carga a una órbita baja; o casi cuatro, con destino a órbitas geoestacionarias. Esta nave, parecida a un aparato convencional, lleva tres motores-cohete de hidrógeno-oxígeno que se alimentan del depósito principal durante el lanzamiento. Este depósito principal, normalmente de color naranja, constituye el componente más visible de todo el conjunto; la nave va montada sobre el mismo. A ambos lados del tanque, se encuentran los dos impulsores de combustible sólido (SRB). Entre los tres motores de la nave y los dos impulsores de combustible sólido suman unos treinta millones de newtons de empuje, que se podrían traducir un poco a lo bruto como dieciséis millones de caballos.
Cuando lanzan el transbordador, los cinco motores actúan a toda potencia durante los dos primeros minutos. Entonces, los impulsores laterales de combustible sólido se agotan y se separan; caen con paracaídas al océano, donde los recuperarán para futuras misiones. Con eso, el transbordador pierde más del 80% de su potencia, pero ya se encuentra a 46 kilómetros de altitud. Los tres motores que lleva la nave arden durante unos seis minutos más, antes de quedarse sin combustible y apagarse. En ese momento, el gran depósito se separa, ya en el espacio. Cae y se desintegra al reentrar en la atmósfera terrestre mientras que la nave, con todo ese impulso, completa su recorrido hasta la órbita adecuada a unos 28.000 km/h. Una órbita terrestre es el lugar y velocidad exactos en que una nave se mantiene en equilibrio entre la fuerza centrífuga producida por su velocidad y la gravedad de nuestro planeta, sin necesidad de ninguna propulsión adicional. Allí se queda, en gravedad cero (pues está equilibrada con la fuerza centrífuga), dando una vuelta a la Tierra cada 90 minutos aproximadamente.
Si fallara el lanzamiento, la nave se desprendería del depósito y los impulsores para intentar un aterrizaje de emergencia en Zaragoza (España), Morón (España), Fairford (Reino Unido) o Istres (Francia). Esto no se ha hecho nunca.
Tras varios días de trabajo en el espacio, la nave utilizará sus pequeños impulsores de maniobra para romper este equilibrio orbital y caer de nuevo hacia la atmósfera. Después de una serie de maniobras brutales que ponen a prueba su escudo de losetas de cerámica, pues la temperatura alcanza más de 1.500ºC, perderá velocidad suficiente como para completar la reentrada sin abrasarse. Sin propulsión alguna, la nave se convierte entonces en un planeador de cien toneladas que sólo tiene una oportunidad para aterrizar. Suele hacerlo en las grandes pistas del Centro Espacial Kennedy (Florida) o la Base Aérea Edwards (California). Existen muchos puntos de aterrizaje de emergencia por todo el mundo, pero nunca se han tenido que utilizar. Uno de estos se encuentra en el Aeropuerto de Gran Canaria.
La NASA construyó un prototipo (el Enterprise) y cinco naves operativas llamadas Columbia, Challenger, Discovery, Atlantis y Endeavour para realizar un total de 134 misiones, con un coste estimado de 170.000 millones de dólares de 2008. Es decir, unos mil quinientos millones de dólares por misión; la NASA suele dar una cifra de 450 millones de dólares que no incluye los costes de desarrollo y construcción de las naves. Los rusos cobran unos 300 millones por un lanzamiento equivalente… incluyendo cohete y nave, y además obteniendo beneficio.
Peor aún: dos de las cuatro naves originales se han perdido con todos sus ocupantes; hubo que construir el Endeavour a toda prisa para mantener activo el programa. De los diecinueve astronautas y cosmonautas muertos en vuelo a lo largo de toda la historia, quince son norteamericanos. Catorce de ellos murieron a bordo de un transbordador espacial: tres cuartas partes de todas las personas perdidas en el cosmos.
El Desafiador y la profe.
Pero en 1983, todo esto estaba aún por suceder. Estados Unidos era todavía optimista y orgulloso; su programa espacial lo reflejaba a la perfección. Apenas catorce años atrás, asombraron al mundo con el primer aterrizaje tripulado en la Luna. Y aunque el programa Skylab que pretendía competir con las estaciones espaciales soviéticas pasó sin pena ni gloria, sólo dos años antes la NASA lograba enamorar al mundo otra vez con aquella nueva nave tan parecida a las de la ciencia-ficción. El Columbia, que así se llamo el primer transbordador, parecía la solución evidente a todos los problemas de la exploración espacial cercana a la Tierra. En el calor del éxito, se dijeron muchas cosas exageradas, y algunas insensatas.
El segundo se llamó Challenger, el Desafiador, en memoria de la fragata británica que inició la exploración moderna de los océanos un siglo antes. Se trataba de un prototipo de diseño transformado en nave operacional, superando las deficiencias del Columbia y utilizado como modelo para los tres que se construirían con posterioridad. Llevaba protección térmica mejorada, electrónica mejorada, un HUD para facilitar el aterrizaje y 1.100 kg más de capacidad de carga.
El 4 de abril de 1983, el Challenger despegaba por primera vez para la misión STS-6. Fue un éxito completo, con unos resultados mucho mejores que los del Columbia. Por ello, se convirtió en un verdadero mulo de carga para la NASA, un valor seguro, incluso tras la construcción del Discovery en 1984 y el Atlantis en 1985. Se le asignaron tres misiones al año, un número excepcional teniendo en cuenta la pobre disponibilidad de los transbordadores. Llevó al espacio a la primera mujer norteamericana y al primer hombre negro. Desde él se realizó el primer paseo espacial autónomo. Fue tres veces al Spacelab, que quería ser como una Salyut. Puso varios satélites científicos y de telecomunicaciones en órbita.
Entonces Reagan anunció un programa llamado Profes en el Espacio, que debería cautivar de nuevo las mentes más jóvenes e inquietas de los Estados Unidos hacia la exploración espacial mediante una serie de clases dadas desde el cosmos por los mejores profesores del país. El programa se hizo inmensamente popular. Se recibieron más de 11.000 solicitudes de maestros para participar. La primera elegida fue Christa McAuliffe, una profe de instituto de 34 años que enseñaba historia y ciencias sociales en New Hampshire y desde niña soñó con volar más allá.
La profe espacial se convirtió en un éxito mediático instantáneo, con su entusiasmo contagioso y su manera sencilla de transmitir la ciencia y la cultura. Participó en los programas de televisión más populares de América, apareció en todas las portadas, las escuelas de Estados Unidos se llenaron de pósteres con su cara. Los colegios del país seguirían el lanzamiento y sus clases desde el cosmos a través de un circuito cerrado de TV instalado por la NASA. La CNN retransmitiría el lanzamiento en directo desde el Centro Espacial Kennedy, y eso que era una época en que el interés por la astronáutica ya había comenzado a decaer entre el gran público. Profes en el Espacio fue un éxito instantáneo incluso antes de comenzar.
Para una misión tan visible, la NASA eligió inevitablemente la mejor y más segura de sus máquinas: el transbordador Challenger. Casi toda la tripulación estaba compuesta por astronautas veteranos, que ya habían volado antes. La misión STS-51-L pondría en órbita un satélite de telecomunicaciones, otro de investigación científica, y realizaría una serie de experimentos espaciales. Pero era, sobre todo, el vuelo de Christa; la Profe del Espacio que toda América conocía y adoraba ya.
No es oro todo lo que reluce.
La dirección de la NASA no dejaba de ser consciente por aquel entonces de que tanto el concepto como el diseño del transbordador adolecía de varios problemas graves. Uno de estos problemas afectaba a los grandes cohetes impulsores de combustible sólido que hay a ambos lados del depósito principal, construidos por Morton Thiokol. Específicamente se trataba de los llamados “anillos-O”, unas juntas de goma especial que sellan la cámara de combustión mientras mantienen la flexibilidad estructural, de manera muy parecida a como lo hace la goma de una olla a presión. Y, al igual que éstas, poco flexibles y menos estancas cuando están frías.
Aún peor: debido a problemas en la misión anterior, este vuelo del Challenger ya se preparó con retraso. Debía lanzarse el 22 de enero, pero no estaba listo hasta el 24. El mal tiempo sobre Florida y también sobre las pistas de aterrizaje de emergencia en distintos lugares del mundo obligó a retrasarlo aún más, hasta la mañana del 27. El entonces vicepresidente George Bush (padre) anunció que haría una escala para ver el lanzamiento durante su viaje a Honduras, lo que muchos interpretaron como una presión adicional. Tanto la NASA como el transbordador acumulaban ya fama de problemas y retrasos, más o menos difundida por parte de sus oponentes políticos; el vuelo de Christa se estaba convirtiendo rápidamente de sueño publicitario en desastre de relaciones públicas. Entonces, un fallo técnico obligó a posponer aún más el lanzamiento, hasta primera hora del 28 de enero.
El informe meteorológico avisaba que aquella mañana sería fría como pocas en Florida, con temperaturas de un grado bajo cero. Además se detectó viento a gran altitud, lo que forzaría al máximo la flexibilidad estructural de los impulsores. Varios ingenieros de Morton Thiokol y de la NASA expresaron dudas sobre el comportamiento de los anillos-O en esas condiciones. Pero la dirección de Thiokol se hallaba presionada por la dirección de la NASA para que diesen el visto bueno, ya que la dirección de la NASA recibía a su vez presiones cada vez más fuertes desde Washington y desde los medios de comunicación. Cuando se recibió la orden de proceder con el lanzamiento, los ingenieros de Rockwell, el contratista principal, quedaron horrorizados. Aunque los equipos de la NASA habían estado retirando hielo toda la noche, éste seguía formándose sin parar en la plataforma de lanzamiento y en la nave. Temían que algún fragmento se separase durante la ignición y la dañara.
Finalmente, cuando el hielo parecía ya fundirse por si solo, el director de la misión Arnold Aldrich dio el visto bueno para las 11:38 de la mañana. La mitad de las escuelas de los Estados Unidos se prepararon para verlo en directo desde clase, y mucha gente sintonizó la CNN. Todo estaba listo para la catástrofe.
Obviously a major malfunction.
La misión STS-51-L del transbordador espacial Challenger se inició como había quedado establecido a las 11:38 AM del 28 de enero de 1986. Los cinco grandes motores se activaron sobre la plataforma 39B del Centro Espacial Kennedy, y la nave quiso elevarse sin novedad.
Sin embargo, el cohete de estribor dejó escapar por un lado unas volutas de humo negruzco; claro indicador de que la hermeticidad de la junta de goma estaba comprometida. Pero antes de que nadie se planteara cancelar el despegue, un fragmento de combustible sólido fue a parar allí y lo selló de nuevo. En apariencia, los anillos-O habían permanecido rígidos en los primeros momentos debido al frío, lo que permitió la fuga, pero al calentarse pasaron a cumplir su función normalmente.
Nada más lejos de lo que estaba sucediendo en realidad. Las superficies de contacto de los anillos rígidos por el frío se habían quemado y degradado con la primera vaharada de gases ardientes. Sólo el fragmento de combustible caído allí por azar mantenía sellado el conjunto, y lo hizo durante los siguientes 36 segundos. Entonces, todavía a apenas 3.300 metros de altitud, un fuerte golpe de viento sacudió la nave. Las estructuras articuladas se tensaron y retorcieron con fuerza, haciendo que se soltara el fragmento. Ahora, ya nada contenía los gases ardientes del cohete de estribor. El Challenger estaba condenado, pero nadie lo supo aún.
Poco después, la tripulación redujo la potencia de los motores para superar la región de máxima presión dinámica. Esta es una zona, a unos 11 km de altitud, en que la densidad del aire es demasiado alta para sobrepasarla a toda la velocidad posible. Quizá por ello, el motor dañado aguantó aún un poco más.
A los 58 segundos del lanzamiento, las cámaras captaron un a modo de soplete en el cohete de estribor, pero nadie se dio cuenta en ese momento. Los gases ardientes estaban escapando de la cámara de combustión y atacando el gigantesco depósito central de hidrógeno y oxígeno, extremadamente volátiles. El motor perdió presión. Seis segundos después, este soplete perforó el tanque principal y su presión se puso a caer también. Pero los ordenadores de a bordo compensaron ambos hechos con tanta diligencia que ninguno de los ocupantes se dio cuenta, ni tampoco el control de tierra.
A los 68 segundos, el control de tierra comunicó al comandante Dick Scobee que habían sobrepasado la zona de máxima presión dinámica y podía acelerar a toda potencia otra vez. Su respuesta, “recibido, acelerando”, fue la última comunicación desde la nave espacial Challenger.
Habían transcurrido 72 segundos desde el lanzamiento cuando los soportes quemados por el "soplete" del cohete de estribor fallaron completamente. Éste comenzó a separarse, y entonces el depósito principal reventó también por su parte inferior. Un segundo más, a 14.600 metros de altitud, y el Challenger con sus siete ocupantes se retorció y desintegró en medio de una gran deflagración de vapor mientras los cohetes arrancados de cuajo maniobraban fuera de control ante los ojos espantados de quienes seguían el acontecimiento por televisión. Entre ellos, millones de niños y sus maestros, en sus escuelas por toda la Unión. El comentarista de la NASA, Steve Nesbitt, pronunciaba entonces sus famosas palabras con voz ahogada:
“Los controladores de vuelo están estudiando muy cuidadosamente esta situación… obviamente se trata de una avería mayor (obviously a major malfunction)… no tenemos enlace de datos…” Tras una pausa, se rindió por fin: “Tenemos un informe del oficial de dinámica de vuelo… el vehículo ha explotado.”
Se dice que los astronautas no murieron en ese momento. Que algunos de los módulos de oxígeno de emergencia fueron activados manualmente. Que quizá el comandante Dick Scobee tratara de luchar aún con una nave destruida sin alas ni motores ni siquiera fuselaje. Pero la cabina estaba despresurizada, a bordo no podía quedar presión ni electricidad de ninguna manera, y se precipitaron al mar desde quince kilómetros de altitud. Tras el impacto contra las olas, sólo hubo silencio.
Las consecuencias.
La Comisión Rogers creada por el Presidente Reagan para investigar la catástrofe determinó bien los aspectos técnicos de la misma y los errores en las decisiones que condujeron al lanzamiento. También establecieron que el programa de lanzamientos era poco realista para una nave con una disponibilidad tan baja. Sin embargo, la Comisión del Congreso de los Estados Unidos llegó mucho más allá:
“…el problema subyacente que condujo al accidente del Challenger no fue una comunicación pobre [entre el personal técnico] o los fallos en los procedimientos, como concluyera la Comisión Rogers. De hecho, el problema fundamental fueron las pobres decisiones técnicas tomadas por la dirección de la NASA y de las empresas contratistas, que no actuaron decisivamente para resolver las anomalías cada vez más serias en los impulsores de combustible sólido…”
Los transbordadores estuvieron dos años sin volar, arruinando el programa completo para mucho tiempo. La NASA introdujo muchos cambios en su estructura y en su sistema de toma de decisiones, que no perduraron demasiado; el desastre del Columbia que se cobró la vida de otros siete astronautas en 2003 fue la más evidente de las pruebas al respecto. En la actualidad, el accidente del Challenger se estudia en muchos campos: ingeniería de seguridad, ética tecnológica, comunicación en organizaciones o toma de decisiones conjuntas. Y también como ejemplo de los peligros del pensamiento grupal, ese en el que todo el mundo es proclive a mostrarse de acuerdo para no parecer un rebelde que provoca conflictos.
El accidente del transbordador espacial Challenger fue un referente cultural para toda una generación. Las imágenes de la nave espacial norteamericana desintegrándose una y otra vez en las televisiones de todo el mundo avergonzaron a los Estados Unidos y permitieron que los políticos contrarios al programa espacial hicieran su agosto. Desde entonces, ya nada fue igual. La sociedad se tornó crítica y ácida al respecto, normalmente por pura ignorancia… pero es que las imágenes eran poderosas.
El desastre del Challenger y el colapso de la Unión Soviética cinco años después terminaron con la primera gran era de la exploración espacial. La astronáutica, por el momento, ha dejado de ser el sueño más esperanzador de la humanidad. El público la ignora. Nadie se atreve a tomar decisiones que trasciendan del ámbito comercial.
Y, sin embargo, tarde o temprano alguien tomará el relevo. Pues como dijo Konstantin Tsiolkovsky, padre de la cosmonáutica, la Tierra es la cuna de la humanidad, pero uno no puede vivir en la cuna para siempre. Las naves de la especie humana se adentrarán en el espacio otra vez. La cuestión es, simplemente, cuándo. Y quién.
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