La pizarra de Yuri: vida extraterrestre
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jueves, 5 de noviembre de 2009

Hijas de la Lluvia 09: N ≥ 1

Capítulo anterior: Cante jondo de la extinción

N 1


Desde hace milenios, los seres humanos han considerado la posibilidad de que otros entes inteligentes pudieran existir más allá de la superficie terrestre. No en vano todas las religiones colocaron a sus dioses y demonios en "paraísos celestiales" e "inframundos infernales". Pero más allá de este planteamiento religioso, muchas personas han pensado que era muy posible la existencia de seres pensantes no divinos en otros astros. Este debate, de raíces científicas, filosóficas y teológicas, nació ya en la Grecia clásica y se prolonga hasta la actualidad. Los primeros proponentes conocidos de la multiplicidad de mundos fueron los filósofos atomistas -como Demócrito o Epicuro- y entre sus oponentes se contaron Platón y Aristóteles. La posibilidad de que existieran selenitas en la Luna fue planteada por Anaxágoras, Plutarco y Luciano. Hay que tener en cuenta que en aquella época no se consideraba que el Sol fuese una estrella más, sino que era la única, y por tanto toda posibilidad de vida quedaba restringida al sistema solar hasta Saturno.

En el Occidente Cristiano no hubo mucha discusión sobre la posibilidad de vida extraterrestre (aparte de los ángeles y los demonios, claro); el modelo geocéntrico de Aristóteles y Ptolomeo era el predominante, porque servía bien a los intereses de la Iglesia y reducía los problemas teológicos de qué hacer con la reencarnación y la redención en caso de que hubiera seres en otros mundos. Esta visión geocéntrica, con la Tierra como núcleo privilegiado del cosmos y la especie humana como "especie única" para la redención por el Mesías desarticulaba numerosos argumentos de cualquier posible oposición.

Sin embargo, ya algunos escolásticos como Guillermo de Occam, Jean Buridan, Nicole Oresme y Guillermo Vorilong señalaron que el planteamiento aristotélico de un único kosmos establecía límites inaceptables sobre el poder de Dios. Un creador omnipotente, dijeron, habría tenido al menos la opción de crear múltiples mundos. Este punto de vista quedó oficialmente sancionado en 1277 por el Obispo de París, actuando en nombre del Papa.

Con este cambio en el esquema aristotélico, se pasó a pensar que el dios occidental pudo haber creado otros mundos, pero no lo hizo. Pese a ello, en 1440 Nicolás de Cusa comenzó a romper el esquema afirmando que todo lo que estuviera en el poder de Dios debió realizarse (a este principio se le conoce como plenitud), y de esta forma introdujo el concepto de que debía haber más mundos habitados en el pensamiento filosófico moderno.


Cuando el geocentrismo copernicano se desplomó finalmente, asumiéndose que la Tierra no es más que otro planeta de los que giran alrededor del Sol, la idea de que esos otros mundos pudieran estar habitados creció como la espuma. Algunos de los primeros científicos, como Giordano Bruno, Johannes Kepler, Campanella, Wilkins, Pierre Borel, Cirano de Bergerac, Huyguens o Fontanelle especularon sobre esta posibilidad en numerosas obras, apoyándose en las primeras observaciones telescópicas. A lo largo de los siglos siguientes, incontables personalidades se sumaron a la especulación sobre la pluralidad de mundos habitados, a veces muy racionalmente y otras yéndose de varetas cosa mala: John Locke, Georges Buffon, Immanuel Kant, Honoré de Balzac, Camille Flammarion o John Herschel se encuentran entre los personajes que, desde diversos ámbitos del conocimiento humano, apoyaron la proposición.

Frente a esta idea hemos planteado la paradoja de Fermi: "entonces, ¿dónde está todo el mundo?" (Fermi era un profundo simpatizante de los proyectos tipo SETI de búsqueda científica de civilizaciones extraterrestres, pero la planteó ante el excesivo entusiasmo de otros investigadores como Frank Drake).

Repasemos, pues, los pros y los contras de esta idea.
  • La presencia de vida está estrechamente relacionada con las llamadas "zonas de habitabilidad" (HZ). La HZ se define como el área en torno a una estrella donde las condiciones de temperatura, radiación, gravedad, etc., son compatibles con la aparición y estabilización de estructuras moleculares organizadas del tipo de la vida. La proximidad de núcleos galácticos, agujeros negros, púlsares u otros fenómenos de alta energía son enemigos directos de la posibilidad de surgimiento de la vida.
  • Descontando estos problemas, las mejores HZ se encuentran en torno a estrellas del tipo G, y en las regiones inferiores de las tipo F y las más altas del K. Nuestro Sol, por ejemplo, es del tipo G2V. Estos soles tienen HZ amplias, donde es fácil que caiga algún planeta, sin quedar enganchado dentro del radio de blocaje tidal.
  • La HZ ha de ser estable, porque a la vida le cuesta mucho tiempo desarrollarse. Las estrellas binarias, por ejemplo, plantean problemas de estabilidad, dado que el paso de la "compañera" puede alterar radicalmente las condiciones de la misma, destruyendo todo lo creado.
  • Vida significa planetas rocosos de tamaño intermedio. Es difícil imaginar formas de vida estables capaces de evolucionar en gigantes gaseosos, y no te digo ya en ausencia de planetas. Afortunadamente, en estos momentos tenemos identificados ya centenares de planetas extrasolares, muchos de los cuales son rocosos. Estos planetas han de ser lo bastante grandes como para sostener gravitacionalmente una atmósfera, pero no tanto para que las tempestades gravitatorias se lo carguen todo.
  • Vida significa también agua líquida, o al menos otro soluble donde los átomos y moléculas puedan moverse libre y fácilmente para combinarse entre si de maneras complejas con un cierto grado de estabilidad.
  • Antes se pensaba que la vida era un fenómeno rarísimo, el resultado de una "carambola cósmica" extraordinaria. Hoy en día existen numerosos indicios para pensar que la materia tiende a autoorganizarse en forma de vida tan pronto como se dan las condiciones mínimas posibles, al igual que lo hace en forma de cristales, espirales o ramificaciones. La investigacion sobre extremófilos, como los del Río Tinto de España, ha aportado grandes cantidades de evidencias a este respecto.
  • Parece lógico pensar que toda forma de vida, en cualquier lugar, estará sometida a alguna clase de presión evolutiva, y que tenderá a evolucionar hacia formas más adaptadas y complejas. La inteligencia es, sin duda, una adaptación de extraordinario éxito en cualquier concepto evolutivo imaginable.

Pero estas zonas de habitabilidad, ¿son comunes en el Universo? ¿Dónde se podrían dar, si es que se dan en algún lugar?
  • En el universo conocido hay entre 1022 y 1024 estrellas, mayormente nucleadas en 1011 o 1012 galaxias. Esto es: entre diez mil billones y un trillón de estrellas, en 100.000 millones a un billón de galaxias.
  • En nuestra galaxia, la Vía Láctea, hay de 200.000 millones a 400.000 millones de estrellas. Pongamos 300.000 millones, para que no se enfade nadie o se enfaden todos, como ocurre en estos casos.
  • El 1% de estos soles son de tipo G, K alto y F bajo, sin encontrarse cerca de fuentes destructivas de energía, y sin formar parte de grupos binarios proximales (o ternarios, etc.). Por tanto, tienen HZs favorables a la vida, como nuestro sol. Esto son 3.000 millones de estrellas en la Vía Láctea, y entre 100.000 millones y 10 billones en el universo conocido.
  • En contra de lo que se pensaba hasta hace pocos años, hay planetas orbitando alrededor de la mayoría de estrellas. Al parecer, los sistemas de astrogénesis tienden a producir sistemas solares, igual que ocurrió en nuestro caso. A uno de ellos, 55 Cancri, ya le hemos encontrado hasta 4 planetas, y eso que nuestros instrumentos aún no son muy potentes. Uno de estos, 55 Cancri E (a 41 años luz de aquí), es ya tan pequeño como Neptuno (antes sólo detectábamos los muy grandes, debido a las deficiencias de nuestros instrumentos).
  • Por tanto, es posible concluir provisionalmente que deben existir cientos de millones de planetas en las HZ de nuestra galaxia, y centenares de miles de millones en el universo conocido.
(Hay que tener en cuenta que detectar planetas es muy difícil porque no emiten luz ni energía propias, sólo la reflejada, que es muy débil. Por eso nos cuesta tanto hallarlos, con frecuencia mediante métodos indirectos como su influencia gravitatoria sobre la estrella, y los más pequeños aún no nos es posible)

En todo caso, ¿cuáles son las probabilidades reales de que surja vida en estas zonas de habitabilidad?


  • La existencia de planetas en las zonas de habitabilidad (HZ) no implica necesariamente que en ellos se haya desarrollado la vida, y mucho menos la vida inteligente.
  • Sin embargo, los experimentos con extremófilos y el experimento de Stanley-Urey (premio Nobel) de 1952 prueban que la aparición de aminoácidos prebióticos es extremadamente probable en atmósferas como las de la Tierra primitiva (metano, hidrógeno y amoniaco en presencia de electricidad del tipo del rayo). El metano, hidrógeno y amoniaco son compuestos extremadamente comunes en el cosmos, y forman parte indisoluble de la génesis de los sistemas solares, por lo que deben estar por todas partes, incluyendo muchos de los planetas extrasolares que hemos mencionado.
  • Abundando en el asunto, estos y otros experimentos prueban (aunque aún no tengamos la prueba definitiva, el descubrimiento de una xenoforma de vida) que el fenómeno conocido como "vida" parece ser una tendencia intrínseca de autoorganización de la materia en los sucesos llamados Fluctuaciones. Las fluctuaciones son alteraciones locales del Segundo Principio de la Termodinámica, el de la entropía. No lo invalidan en absoluto, pero producen efectos antientrópicos a escala local. Sin ellas (esto es, si el Segundo Principio de la Termodinámica no sufriera fluctuaciones), el universo no existiría. Las fluctuaciones son constantes en el Cosmos, y las vemos todos los días.
  • Por tanto, las probabilidades de aparición de vida en algunos de estos muchillones de planetas mencionados son extremadamente elevadas.
  • El ejemplo de la Tierra, donde la vida lleva existiendo continuamente a lo largo de al menos los últimos cuatro mil millones de años, invita a pensar que dadas las circunstancias adecuadas la vida es duradera. Tenemos menos datos sobre la duración de civilizaciones inteligentes.
Hoy por hoy, numerosos estudios científicos y exploraciones espaciales incorporan experimentos destinados a saber cómo y en qué condiciones puede surgir y desarrollarse realmente la vida.


Pero, aunque haya surgido vida, ¿puede evolucionar hasta llegar a la inteligencia intelectiva? Bien, puntualicemos algunos hechos más:
  • La naturaleza y distribución de la materia y la energía en el universo nos permiten determinar que la "economía" es un hecho común a todo el Cosmos. Los recursos materiales y energéticos son limitados en todas partes, sin importar su escala. En un lugar lo suficientemente estable como para contener vida, más. Esto significa que en todas partes se producirán fenómenos, entre otros, de "economía energética" y "economía ecológica".
  • La plasmación más directa de la economía ecológica es la evolución biológica. La vida se define como una construcción molecular autorreplicante. Tarde o temprano, a golpe de reproducción, agotará los recursos utilizables en su configuración inicial. Y además, estará sujeta a las características y variaciones del medio ambiente que la envuelve.
  • Con lo que, si carece de la capacidad de mutación y adaptación, se extinguirá.
  • Si es capaz de mutar y adaptarse, por sus propios medios o mediante la acción de agentes externos, evolucionará necesariamente. La evolución es un fenómeno interesantísimo, una de estas fluctuaciones que violan en apariencia el Segundo Principio de la Termodinámica, porque tiende a construir estructuras cada vez más complejas y sofisticadas, con características claramente antientrópicas.
  • En la Tierra, se han observado clarísimos fenómenos de convergencia evolutiva independiente. El ojo, por ejemplo. La aparición de un sensor óptico capaz de traducir la radiación lumínica en impulsos nerviosos organizables como información útil en el cerebro constituye una poderosísima ventaja evolutiva evidente. Y aparece independientemente en familias biológicas apartadas cientos de millones de años entre si. Lo mismo cabe decir, por ejemplo, de la vida pluricelular.
  • Es difícil discutir que el surgimiento de la inteligencia constituye otra ventaja evolutiva extraordinaria, capaz de permitir un grado de adaptación al medio (e incluso de adaptación del medio) absolutamente fuera de lo común. Gracias a ella, los seres humanos hemos sido capaces de adaptarnos (o adaptar) la práctica totalidad de los nichos ecológicos (desde las profundidades marinas hasta el espacio exterior) para vivir en ellos y encima tomarnos un cafelito.
  • Aunque no existen pruebas directas de que la inteligencia sea uno de esos fenómenos sujetos a convergencia evolutiva (de momento, sólo nosotros y nuestros hermanos los grandes simios presentamos distintos grados de inteligencia intelectiva), su increíble utilidad en la carrera evolutiva sugeriría que sí es un fenómeno con todos los puntos para aparecer en algún momento de la pelea por la vida.
No tenemos respuestas precisas a todas estas preguntas y consideraciones. Pero la hija de la lluvia, que ya dijimos puñetera, mira a las estrellas, a los libros viejos y a las máquinas sofisticadas; luego nos guiña el ojo y asegura, un poquito oscura y seductora, con ese tono pretencioso de las jovenzuelas valientes:
–La probabilidad de que exista vida inteligente en el Cosmos es del 100%. Absoluta. Total. En la Ecuación del Dragón, N es necesariamente mayor o igual que 1. Lo sé con completa seguridad.
–¿Por qué, hija de la lluvia?
–Muy sencillo, hombre tonto: porque tú y yo estamos aquí.


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jueves, 29 de octubre de 2009

Hijas de la Lluvia 08: Cante jondo de la extinción


fL
(Tiempo de supervivencia de las civilizaciones que realizan comunicaciones interestelares)



Las iteraciones continúan. La entropía siempre termina por vencer, y nuevas fluctuaciones destruyen la obra de las anteriores. El universo entero evoluciona, igual que la vida; cambia, se transforma, surgen cosas nuevas y muere lo viejo, avanzando siempre hacia el Gran Frío Final: la muerte térmica del universo, que se producirá aproximadamente dentro de 10100 años. En el camino, ya se verá si hay materia y energía suficiente en este cosmos para que colapse hacia un Big Rip o un Big Crunch (esas condenadas cuentas de materia y energía oscuras que no acaban de salir). O simplemente se queda así, helado y muerto, durante toda la eternidad.

En todo caso, las fluctuaciones que mantienen la vida y la civilización tecnológica en un mundo determinado se disolverán mucho antes. En el caso de la Tierra, como ya te dije en el capítulo anterior, cuando el Sol alcance la fase del helio se expandirá en forma de gigante roja. Todo lo que haya más acá de Júpiter quedará abrasado, esterilizado y muerto. Dentro de unos cinco mil millones de años, y ya llevamos aquí 4.500.



A partir de ahí, sólo podemos especular. ¿Cuánto tiempo puede sobrevivir la vida en un planeta? ¿Y una civilización tecnológica? ¿Qué pasa si su sol evoluciona más deprisa o más despacio que el nuestro? ¿Qué clase de catástrofes pueden erradicar toda vida en un sistema solar, o varios? ¿Cuál es su probabilidad?


Todo lo que empieza, terminará. Eso es seguro. Si no otros, lo harán esos sucesos monumentales del fin del universo presente: el Gran Frío, el Gran Desgarro, el Gran Crujido (Big Freeze, Big Rip, Big Crunch). Pero sabemos que en la Tierra la vida ha resultado ser brutalmente feraz, capaces de sobrevivir a transformaciones y fenómenos catastróficos de gran calado. Las hipótesis más fuerte sobre la formación de Luna apunta a que ésta se separó de la Tierra cuando un objeto del tamaño de Marte al que llamamos Tea nos golpeó con inusitada violencia, mientras aún terminaba de formarse el sistema solar. Según algunos indicios, ya podía haber vida por aquel entonces, aunque fuese siquiera como proteínas arcaicas aferradas a una corteza aún caliente. El impacto fue inmenso, el más grande que ha visto este mundo jamás. La corteza en formación se fragmentó y se hundió en el magma ardiente del manto; una gran burbuja de materia terrestre y teana salió despedida a órbita para formar la Luna. Se trató de una verdadera catástrofe cósmica.

Y la vida, la hija de la lluvia, fue capaz de sobrevivir. La saga del ADN terrestre prosiguió, dicen que cayendo de nuevo a la superficie junto al resto de pedazos, después de pasar algún millar de años en el espacio exterior.


De todas formas, aunque no hubiera habido vida por aquel entonces, sí la había con bastante probabilidad cuando se produjo el Intenso Bombardeo Tardío: miles de meteoritos de gran tamaño cayendo hacia el interior del sistema solar. No te habría gustado estar allí. Fue el Intenso Bombardeo Tardío el que le dejó a la pobre Luna la cara como la tiene, llena de cráteres, y a nosotros también; lo que pasa es que en la Tierra, un planeta vivo, la deriva continental, la erosión, la sedimentación, el agua y el aire han hecho desaparecer la mayoría de las cicatrices a lo largo de todo este tiempo. Fue una constante tormenta de aerolitos de gran tamaño, una extinción como la de los dinosaurios cada cien años.

La hija de la lluvia sobrevivió al Intenso Bombardeo Tardío.

Y muchas veces más. Lo de los dinosaurios, bien mirado, fue una bromita cortesana. Hace unos 251 millones de años se produjo lo que llamamos el Gran Morir. O, más técnicamente, el Evento de Extinción del Pérmico-Triásico. Algo muy malo le pasó a la Tierra aquella vez. Aún no sabemos muy bien qué fue, pero sí sus efectos: acabó con el 96% de las especies marinas y el 70% de los vertebrados terrestres, incluyendo a ocho órdenes enteros de insectos, que ya se sabe lo resistentes que son. El 57% de las familias y el 83% de los géneros biológicos desaparecieron para siempre en las tinieblas de la extinción.

Cincuenta millones de años después, era como si no hubiese pasado nada, y la evolución había producido una gran diversidad de seres nuevos de quienes nosotros descendemos. Fuera lo que fuese, la hija de la lluvia también sobrevivió al Gran Morir.

Planetoides, lluvias de meteoritos, supervolcanes del tamaño de continentes, envenenamientos geológicos globales del agua y del aire. Y nada. La hija de la lluvia continuó su marcha por los eones, cada vez más resistente, cada vez más poderosa, cada vez más inteligente.


¿Qué clase de cosa puede matar algo tan tenaz?

Hay algunas. Un brote de rayos gamma muy próximo y potente, por ejemplo. Aunque dice la NASA que ya hemos sobrevivido por lo menos a alguno. Otra posibilidad es que sucediera una catástrofe del carbono, que por efecto invernadero calentara la superficie terrestre en demasía, como ya le ocurrió a Venus. En general, cualquier cosa que modificara la zona de habitabilidad del sistema solar.

Pero la hija de la lluvia lleva aquí unos cuatro mil millones de años. Y pico. Una tercera parte de la edad del universo. Sólo nos queda otro tanto en este planeta, antes de que el Sol empiece a expandirse. La ruleta ha girado ya la mitad de las veces. Y, hasta el momento, no ha salido el doble cero de la extinción total.

¿Y qué hay de la inteligencia? ¿Qué hay de las civilizaciones tecnológicas capaces de practicar comunicaciones interestelares detectables? ¿Pueden sobrevivir –y sobrevivirse a sí mismas– largo tiempo? ¿O son sólo una burbujita, algo que surge y desaparece antes de dejar siquiera una huella visible en el esquema cósmico de las cosas?


Bien, nuestra experiencia al respecto es de cierto sucinta. Sólo conocemos una: nosotros. Y ni siquiera emitimos aún señales capaces de distinguirse del ruido de fondo verdaderamente lejos. Según el loco de los marcianos y astrofísico Nikolay Kardashev, cofundador del masivo programa SETI soviético, seríamos una civilización de tipo I, o incluso menos.Para hacerse oír realmente fuerte en el cosmos, hay que superar el tipo II y aproximarse, como poco, al III.

Hay al menos dos perspectivas posibles en este debate. Una es que las civilizaciones tecnológicas, por su complejidad y dependencia de una única especie (o, hipotéticamente, un número reducido de especies) serían extraordinariamente frágiles y minúsculas en la inmensidad de un cosmos peligroso y hostil. Otra, apunta que la inteligencia constituye una herramienta poderosísima para garantizar la supervivencia y la expansión mucho más allá de lo que una especie podría conseguir sólo con sus medios biológicos; y que, por tanto, es posible superar ya no sólo un desastre planetario, sino incluso largarse de casa en caso necesario. Una tercera vía, muy popular desde la invención de la bomba atómica, apunta que la inteligencia es sin duda una fuerza potentísima, pero tanto para asegurarse la supervivencia como la extinción por propia mano.


No lo sabemos. De esto sí que no tenemos ni idea. Sólo nos conocemos a nosotros mismos, y ni siquiera muy bien. Llevamos muy poquito tiempo existiendo: en nuestra forma actual, apenas doscientos mil años, un breve chispazo en los abismos del tiempo cósmico. La civilización humana, apenas diez mil. Y nuestra capacidad de realizar comunicaciones estelares tiene poco más de cien, cincuenta si nos ponemos estrictos.

De momento, a pesar de todo, parece que no lo hemos hecho tan mal. Seguimos aquí, y mira que a veces estuvimos a punto de liarla bien gorda.

Hay una tenue esperanza. Quizás sea de interés apuntar que, bien debido a la explosión del volcán Toba o por nuestros propios problemas de poca diversidad genética, hubo una vez en que la población humana se redujo. Se redujo mucho. Gente que caminaba, pensaba y sentía como nosotros se vio empujada al borde de la extinción, incluso antes de llegar a salir de África bajo nuestra forma actual de homo sapiens sapiens. Estuvimos a punto, muy a punto, de no ser más que otro experimento fallido de la evolución. En vez de nosotros, pudo perfectamente ganar el Neandertal. Maldito fuera.


Y, ¿sabes qué? La hija de la lluvia sobrevivió también a aquella vez en que no éramos muchos más de mil. Y luego, extinguimos al Neandertal en la guerra más larga y brutal de todos los tiempos. Buenos somos nosotros para que nos vengan a disputar la tierra, el cielo y el mar.

Próximo capítulo en La Pizarra de Yuri el jueves, 05/11/2009: N ≥ 1.


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jueves, 15 de octubre de 2009

Hijas de la Lluvia 07: El mundo al que usted llama se encuentra apagado o fuera de cobertura en este momento

Capítulo anterior: El barro que te mira
fc
(Fracción de los planetas de la galaxia donde podría haber surgido vida inteligente que realice comunicaciones interestelares)

Podría haber miles o millones de civilizaciones inteligentes ahí fuera, cada una alrededor de su estrellita, y no sabríamos que están ahí. Ya hemos visto lo difícil que es detectar planetas; distinguir si en la superficie de alguno de ellos (o en cualquier otro lugar) hay bebés extraños durmiendo sueños de cobalto resulta completamente imposible con la tecnología disponible en este momento o en los próximos cien años. Por decir algo.

¿Se conformará la hija de la lluvia con sospechar su existencia, y ya?

Quien así piense, es que no la conoce bien.


La hija de la lluvia siguió pensando, y pensando, y pensando, con esa cara de velocidad que adoptan los niños cuando se disponen a poner en algún compromiso al adulto más próximo con su lógica impecable. Una vez más, se miró a si misma. Reflexionó y se acordó de Julio Verne o de aquel maestro de escuela siberiano llamado Constantino Tsiolkovsky quien, con poco más que las cuatro reglas, diseñó los esquemas básicos de los cohetes y las estaciones espaciales que construimos hoy en día. Y recordó sus palabras:
“La Tierra es la cuna de la Humanidad. Pero uno no puede vivir en la cuna para siempre”.

Simplemente, es que no es práctico, ni económico ni seguro. No es práctico ni económico ni seguro permanecer confinados a un único planeta superpoblado, contaminado, con los recursos naturales cada vez más agotados y, lo más peligroso de todo, expuestos a la extinción en cualquier momento bajo la amenaza de nuestras propias armas o de cualquier objeto cósmico de buen tamaño que tenga la mala idea de cruzarse en nuestro camino.

Desde que se hizo obvia la posibilidad teórica de vivir en más de un planeta, la hija de la lluvia viene pensando en mudarse o, al menos, comprarle un pisito en otro lugar a algunos de sus retoños. No es que la Tierra tenga nada de malo: es un planeta estupendo, chulísimo, con vistas excelentes y grandes piscinas. Es que poner todos los huevos en la misma cesta es una pésima idea, sobre todo si tenemos en cuenta cómo la maltratamos.


Inevitablemente, y pese a la moda de los recortes presupuestarios y los beneficios a corto plazo, la hija de la lluvia acabará mudándose. Más vale que lo haga con tiempo y por las buenas, porque en cinco mil millones de años el hidrógeno del Sol empezará a consumirse. Entonces, a nuestra amable estrella le dará un ataquito llamado Fase del Helio o de la Gigante Roja: se calentará y expandirá hasta comerse a Mercurio, Venus, la Tierra, Marte e incluso más allá. Ñam.

Sabiamente o por la fuerza, cualquier otra civilización se verá enfrentada a la misma tesitura tarde o temprano. Conquistar los espacios interestelares no es una opción: es una necesidad (y un buen negocio aunque, todo hay que decirlo, con unos beneficios muy a largo plazo).

Repartir nuestra herencia por más de un mundo en más de un sistema solar (y, si fuera posible, en más de una galaxia) es la única garantía de supervivencia en caso de que aquí las cosas se pongan crudas para nosotros o para nuestros nietos.

De un modo u otro, si efectivamente hay otras civilizaciones allá a lo lejos, en otras orillas del mar oscuro, es muy probable que algunas de ellas hayan emprendido ya el camino. Quienes creen en los OVNIs, sin embargo, deberían esperar un poco antes de saltar de alegría. Las distancias son tan enormes y los destinos tan remotos y separados entre si, que la probabilidad de que uno de esos exploradores coincida con la Tierra es francamente baja. Muy baja, vamos. Casi nula, como si dijéramos.

A menos que sean unos ermitaños, cualquier civilización que se adentre en el espacio interestelar tendrá la necesidad de comunicarse con sus exploradores, primero, con sus colonias, más adelante, y con sus pares, en el último término. Para ello, es necesario crear y establecer tecnologías de telecomunicaciones interestelares. La más básica de estas telecomunicaciones se basa en las ondas de radio. Es la que usamos nosotros para llamar a nuestros navíos, tripulados o no. El problema es que es lenta: las ondas de radio sólo viajan a la velocidad de la luz como máximo (igual que cualquier otra cosa del Universo, que sepamos, al menos). Sus ventajas son muchas: es flexible, económica y fácil de utilizar. De momento nos vale, porque nada fabricado por las manos de las hijas de la lluvia ha viajado mucho más allá de Plutón y eso está ahí al ladito como quien dice; la más lejana de nuestras naves, la Voyager-1, se encuentra ahora a unos diecisiete mil millones de kilómetros, aproximadamente quince horas-luz. Eso significa que una comunicación de radio con el más lejano de nuestros navíos actuales utilizando ondas de radio consumiría un máximo de veintiocho horas, ida y vuelta. Cualquier comunicación con una colonia establecida dentro del sistema solar requeriría menos tiempo.


Las ondas de radio nunca llegan a diluirse del todo en el océano cósmico. Conforme aumenta la distancia se vuelven muy débiles, extremadamente débiles, apenas un levísimo temblor en los diales. Después, terminan confundiéndose con el ruido de fondo. Pero siempre siguen su viaje, hasta el fin del Universo.

Si el instrumento con el que las buscas es lo bastante sensible, se pueden detectar a distancias sorprendentes. El problema, en la Tierra, es que la mayoría de antenas son pequeñas y baratas: la de tu coche, la de tu tele, la de tu teléfono móvil. Pero si usas como antena el radiotelescopio de Arecibo, en Puerto Rico, un inmenso receptor hipersensible que ocupa todo un valle, no tendrías problemas de cobertura en la órbita de Júpiter.

Desde hace unas décadas, la hija de la lluvia está usando estas enormes antenas para tratar de escuchar alguna comunicación interestelar realizada por otras gentes. Es una apuesta improbable, un tiro al azar, entre otras cosas porque –naturalmente– otras civilizaciones podrían usar otros sistemas de telecomunicación que ni siquiera sospechamos todavía, igual que las ondas de radio eran insospechables para un sabio medieval. Pero no resulta tan descabellado como pudiera parecer. A fin de cuentas, construir una radio es sencillo.


No fue hasta mediados del siglo XX cuando la posibilidad de que existiera vida y civilizaciones extraterrestres cayó bajo el escrutinio de la Ciencia contemporánea. Allá por 1959, el entonces joven ingeniero electrónico Frank Drake concibió que si existían civilizaciones interplanetarias, era posible que estuvieran comunicándose entre si mediante ondas de radio, al igual que hacemos nosotros. Fascinado por el Cosmos, había hecho varios cursillos (ahora que somos mucho más pijos los llamamos masters) de radioastronomía y la idea de que pudieran existir otros mundos habitados le resultaba muy sugerente. Al conseguir un trabajo en el Observatorio Nacional de Radioastronomía en Green Bank, propuso la realización de una pequeña búsqueda de tales transmisiones extraterrestres. Paralelamente, dos jóvenes físicos de la universidad de Cornell muy interesados en las cuestiones de ionización asociadas a los rayos gamma, publicaron en Nature (Vol. 184, # 4690, pp. 844-846, 19-09-1959) un artículo titulado "Buscando Comunicaciones Interestelares" que decía así:

"...habrá muy pocos que nieguen la importancia práctica y filosófica que tendría la detección de comunicaciones interestelares. Entendemos, pues, que una búsqueda discriminada de señales se merece un esfuerzo considerable. La probabilidad de éxito es difícil de estimar; pero si nunca buscamos, la probabilidad de éxito es cero."

Con este sustento científico y filosófico, los jefes de Drake aceptaron un pequeño experimento de dos semanas de duración (ampliada luego a dos meses) en torno a las estrellas Tau Ceti y Epsilon Eridani. Se llamaría Proyecto Ozma.

El Proyecto Ozma fue la primera iniciativa científica para localizar civilizaciones extraterrestres. Su nombre era el de la Reina de Oz, un lugar "muy lejano, muy difícil de llegar, poblado por seres extraños y exóticos". Entre abril y julio de 1960, el radiotelescopio de 28 metros del Observatorio Nacional de Radioastronomía se sintonizó durante 6 horas al día en la frecuencia propuesta por Cocconi y Morrison: el "agujero del agua", 1.420 MHz (21 cm), apuntando a las estrellas Tau Ceti (constelación de la Ballena) y Epsilon Eridani (constelación del Río). Estos astros se encuentran a 8 años luz de la Tierra y tienen una edad parecida a la de nuestro Sol.

Como ya habían previsto de algún modo Cocconi y Morrison, este primer experimento fracasó: tras escuchar detenidamente las cintas, no se halló evidencia alguna de comunicaciones extraterrestres: todas las fuentes de emisión electromagnética se correspondían con fenómenos naturales conocidos y carecían de características propias de una transmisión "inteligente" (por ejemplo, un ancho espectral reducido... ya veremos lo que es esto).


Pese al esperado fracaso, este humilde experimento abrió el camino para un interés mayor en el problema por parte del mundo científico. Los papers se multiplicaron y las propuestas para hacer "algo más" al respecto también. Sin embargo, el elemento "lanzador" fue que en 1965 se detectó un súbito interés soviético al respecto. No se sabía entonces por qué, pero es que entre 1964 y 1965 dos astrofísicos soviéticos, Kardashev y Sholomitsky, habían estado reproduciendo el Proyecto Ozma desde la Estación de Espacio Profundo de Crimea. Kardashev era un "obseso de los marcianos" con la cabeza muy bien amueblada, y había llegado a crear una "escala de civilizaciones" basada en sus potencias teóricas de transmisión (tipos I, II, y III). Enfocaron su radiotelescopio a dos objetos de características extrañas llamados CTA-21 y CTA-102, y creyeron detectar características artificiales de variabilidad en este último. En realidad se trataba de un quasar, pero este "falso positivo" despertó el interés soviético en el tema. A las varias carreras más o menos terribles de la Guerra Fría, se sumó una bonita y positiva: la de ver quién encontraba antes una civilización extraterrestre.

La URSS puso en marcha varias búsquedas paralelas con distintas instalaciones radioastronómicas (desde Gorky, Zimenkie, Crimea, Murmansk y Primorsky), la mayor parte de ellas dirigidas por Troitsky (ninguna relación con el dirigente revolucionario que acabó sus días a manos de cierto catalán...). Una de estas búsquedas, la de Espacio Completo (no dirigida) que se inició en 1969, sigue activa hasta la actualidad.


A principios de los años '70 se sumaron los franceses, desde el observatorio de Nançay y los canadienses, desde Algonquin (Ontario). El SETI (pues así se le comenzó a llamar, por Search for ExtraTerrestrial Intelligence) se estaba convirtiendo en una cuestión de Estado. La NASA empezó a tomar cartas en el asunto, mientras en la Universidad de California en Berkeley se ponían en marcha el programa de búsqueda dirigida SERENDIP, el Radioobservatorio de Ohio comenzaba una búsqueda continua y la Sociedad Planetaria iniciaba el proyecto META.

En 1974, un equipo de científicos encabezados por el Dr. Carl Sagan, conocido astrónomo, humanista y divulgador, convencieron a la dirección del Radiotelescopio de Arecibo para utilizarlo como transmisor de una señal terrestre a nuestros potenciales vecinos. La emisión, equivalente a 20 gigawatios omnidireccionales, se concentró en dirección al cúmulo globular M13. Este cúmulo se encuentra en el borde de nuestra galaxia, a unos 21.000 años luz, y en él hay aproximadamente 330.000 estrellas con posibles planetas orbitando a su alrededor. La señal llegará allí en el año 22.974 dC

Este mensaje, una especie de "testigo cósmico" de que la especie humana existió alguna vez en el Universo, está compuesto de 1679 bits organizados en una matriz de 73x23 (dos números primos que cualquier civilización mínimamente tecnificada debe reconocer rápidamente). Contiene una imagen que consta del radiotelescopio emisor, una descripción matemática del sistema solar, los primeros números primos, una silueta humana, una silueta de la "doble hélice" del ADN con su número de bases púricas (en binario). El mensaje era exactamente este:



0000001010101000000000000101000001010000000100100010001000100101100101010
1010101010100100100000000000000000000000000000000000001100000000000000000
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1100000000000000000000000000000000110000111000110000110001000000000000011
0010000110100011000110000110101111101111101111101111100000000000000000000
0000001000000000000000001000000000000000000000000000010000000000000000011
1111000000000000011111000000000000000000000001100001100001110001100010000
0001000000000100001101000011000111001101011111011111011111011111000000000
0000000000000000010000001100000000010000000000011000000000000000100000110
0000000001111110000011000000111110000000000110000000000000100000000100000
0001000001000000110000000100000001100001100000010000000000110001000011000
0000000000001100110000000000000110001000011000000000110000110000001000000
0100000010000000010000010000000110000000010001000000001100000000100010000
0000010000000100000100000001000000010000000100000000000011000000000110000
0000110000000001000111010110000000000010000000100000000000000100000111110
0000000000010000101110100101101100000010011100100111111101110000111000001
1011100000000010100000111011001000000101000001111110010000001010000011000
0001000001101100000000000000000000000000000000000111000001000000000000001
1101010001010101010100111000000000101010100000000000000001010000000000000
0111110000000000000000111111111000000000000111000000011100000000011000000
0000011000000011010000000001011000001100110000000110011000010001010000010
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0000000001000000000100000000000000100101000000000001111001111101001111000



...que, organizado en una matriz de 73x23 (ambos números primos), proporciona la siguiente figura:




En los últimos años, la investigación SETI perdió interés para los ámbitos políticos, y la mayoría de programas fueron cancelados. Sin embargo, la fascinación y el hondo significado filosófico y humanístico de la pregunta "¿estamos solos?" atrajo a la iniciativa privada. Gracias a ello, el Instituto SETI sigue existiendo y goza de buena salud. Tanta, que les ha permitido comprar tiempo de radiotelescopios, tiempo de procesamiento supercomputacional, y, gracias a las aportaciones económicas del cofundador de Microsoft Paul G. Allen, se acaba de poner en marcha el Allen Telescope Array. El Allen Telescope Array es un superradiointerferómetro que constituye el instrumento más sensible del planeta Tierra a la hora de buscar señales artificiales emitidas por otras civilizaciones, deliberada o accidentalmente.


El fracaso, hasta el momento, de todas las búsquedas SETI da lugar a varias preguntas inquietantes para la hija de la lluvia. Especialmente, la del físico Enrico Fermi, allá por 1950: “¿dónde está todo el mundo?”

Expresado de otra manera: si todo apunta a que la vida puede surgir con facilidad, evolucionar hacia la inteligencia, surcar el espacio interplanetario y mantener comunicaciones interestelares… ¿por qué no hay un solo indicio sólido, una detección de alguna clase, una prueba fiable al respecto?

Una de las posibles respuestas es: “quizá aún no tenemos instrumentos lo bastante sensibles, o del tipo adecuado, para hacerlo.”

Otra, claro, podría ser: “quizá nunca estuvieron ahí.”

Y otra más, terrible, contestaría: “quizá ya se hayan ido. Y nosotros nos iremos pronto, también.”

Próximo capítulo en La Pizarra de Yuri el jueves, 29/10/2009: Cante jondo de la extinción.

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jueves, 8 de octubre de 2009

Hijas de la Lluvia 06: El barro que te mira

Capítulo anterior: Con lo que haya y como se pueda
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(Fracción de los planetas de la galaxia donde podría haber surgido vida inteligente)



Una cosa es que en un mar infernal surjan extraños malabares químicos que tomen materia y energía del entorno para reproducirse a si mismos con la furia de un robot desquiciado.

Otra bien distinta es que esa furia elemental llegue a mirarse, preguntándose si no habrá más como ella misma. Hace un rato llegábamos a dudar si la vida no constituiría una violación del principio de entropía, ese que dice que en el Cosmos todo debe dirigirse hacia un mayor grado de desorden y caos. Descubrimos entonces las fluctuaciones: espasmos de la realidad que rompen esa tendencia durante un tiempo, en algunos lugares.

Que tal espasmo tenga ojos y te mire, y charle contigo sobre el último cotilleo de moda, parece ya una pirueta francamente excesiva. Un virus, un alga verde, vale, son posibles. Pero, ¿un ser capaz de construir un televisor para luego perder sus breves horas de existencia ante él? La fluctuación, más que fluctuación, va adquiriendo aspecto de broma pedante, uno de esos retorcidos juegos intelectuales sólo aptos para frikis de la peor especie.

Y sin embargo, te asomas al balcón y ahí están. Ventanitas iluminadas tras las cuales generaciones enteras de complejísimos seres pluricelulares permanecen incomprensiblemente hipnotizados ante los televisores que algunos de ellos han construido, utilizando para ello la máquina más sofisticada del universo conocido: el kilo y medio de pasta gris y blanca que tienen, tienes, tengo entre las orejas.


La verdad, no es extraño que muchas personas vean en hecho tan asombroso la mano de sus respectivos dioses. Ni que otras, menos dadas a explicaciones facilonas, afirmen que semejante prodigio sólo puede ser el resultado de una inconcebible serie de casualidades que difícilmente se podrá haber dado en más lugares del Cosmos.

Sin embargo, la hija de la lluvia es puñetera. Los viejos dioses y las loterías de a trillón de números acertadas una y otra vez le suenan a tongo. Así que vuelve a sus libros y sus máquinas, en busca de explicación.

Y una de las primeras cosas que constata es la inmensa, casi absurda cantidad de tiempo que la vida ha tenido para llegar hasta aquí.

Siglos, milenios, eras y eones  para desarrollarse, para hallar formas óptimas de replicarse y las mejores maneras de aprovechar la materia y la energía disponibles. Conforme la materia libre comenzó a escasear, surgió la necesidad de competir por lo que quedaba. E incluso de obtenerla destruyendo a otros seres vivos para robársela: cazando, matando, comiendo.

Apareció, pues, una presión poderosa. Ya no bastaba con vagar por ahí, a la espera de alguna proteína que echarse al coleto. Ahora había que buscarla, incluso cazarla. Quien no fuera capaz de hacerlo, iba a perecer o ser presa de la cacería. Por si eso fuera poco, las características de la Tierra cambiaban. Si no era capaz de adaptarse a esas presiones, la vida corría peligro de desaparecer.

Pero, ¿cómo adaptarse? ¿Cómo sobrevivir?

Durante mucho tiempo fue popular la idea –que aún permanece en la mente de muchas personas– de un señor llamado Lamarck. Lamarck pensaba que, enfrentados a estas presiones, los seres vivos son capaces de modificar su organismo e incluso crear órganos nuevos para adaptarse y mejorar sus posibilidades de supervivencia. Ante la necesidad de alcanzar hojas más altas, las jirafas habrían estirado su cuello y esta característica pasaría a su descendencia por vías no bien explicadas.


Bueno, Lamarck se equivocó. No funciona así. Desde mucho antes de nacer, un ser vivo está biológicamente condenado a ser lo que será. Su capacidad para modificarse sustancialmente es ínfima, y estas modificaciones apenas pasan a la descendencia. El hijo de un machaca de gimnasio no tendrá aspecto de machaca de gimnasio a menos que se haga machaca de gimnasio como su padre.

El truco, en realidad, está en la reproducción. Resulta que el mecanismo reproductivo de los seres vivos es relativamente imperfecto. El proceso de copia resulta tan complejo y depende de tantos factores que se producen recombinaciones y errores, a los que llamamos mutaciones. En cada generación, hay millones de recombinados y mutantes.

Muchos de estos cambios son imperceptibles, y no producen resultados evidentes. Otros son destructivos, y causan seres deformes o tarados, a veces tanto que no llegan a nacer o les resulta imposible sobrevivir y reproducirse. Así de crudo. Madre Naturaleza no paga cottolengos.

Pero de todos estos millones de cambios hay una pequeña cantidad que resulta beneficiosa. Su transformación, o deformación, es útil para sobrevivir y reproducirse más y mejor. Una jirafita con el cuello más largo, por ejemplo, llegará a las hojas más altas mientras otros se habrán quedado sin alimento.

Al tratarse de un cambio genético, esta ventaja pasará a la descendencia.


Y así una vez, y otra, y otra, y aún otra más. Hasta que la especie favorecida se impone a quienes antes eran “normales” y ahora son ya sólo carne de extinción. Dejando atrás a millones y billones de desfavorecidos que simplemente perecieron. A este proceso, quizá cruel, se le llama evolución.

Y entonces, el proceso vuelve a empezar de cero otra vez. Y otra. Y otra. Y otra más. Así, sin parar, durante cuatro mil millones de años. Poco menos de un tercio de la edad del Universo.

Esto es lo que dijo Darwin, y que tantos han intentado deformar, disimular o desacreditar porque no convenía a sus religiones.

Estudiar la evolución de la vida en la Tierra nos enseña muchas cosas interesantes. Una de ellas es que los mutantes favorecidos tienden a ser más complejos que sus predecesores. Explicado en términos muy sencillos, algo con garras y dientes caza mejor que algo que no las tiene, y puede pasar más fácilmente a la siguiente generación. Claro, que a lo mejor lo que triunfa es comer hierba, que de eso hay por todas partes, y ser de pequeño tamaño; así te esconderás con facilidad y el depredador con sus grandes colmillos morirá de hambre. No es cierto, como se ha dicho, que triunfe el más fuerte. En realidad, triunfa el mejor adaptado.

En todo caso, la evolución presiona a la vida para que se haga cada vez más compleja. Tanto es así, que por lo general podemos saber si una especie es primitiva o moderna sólo atendiendo a su grado de simplicidad. Salvo excepciones, cuanto más simple, más antigua.

Esta complejidad resulta ser tremendamente variada y casi podríamos decir que imaginativa. Da lugar a seres vivientes de lo más extraño y diverso. Compara, por ejemplo, una araña con un virus. O una vaca con una estrella de mar. O un rosal con ese mamífero que camina sobre dos patas y se pasa las horas muertas mirando los raros aparatos que construye.

Algunas de estas complicaciones representan ventajas evolutivas tan grandes que aparecen de manera independiente en especies muy alejadas entre si. A este fenómeno se le llama convergencia evolutiva. El ejemplo clásico de convergencia evolutiva es el ojo. Un ojo permite transformar radiación luminosa en datos sofisticados de la máxima utilidad para la supervivencia y la reproducción.


A partir de un cierto momento, comenzaron a aparecer ojos por todas partes, incluso en especies separadas cientos de millones de años entre si. Surgen por primera vez con los trilobites, hace quinientos cincuenta millones de años. Pero mucho después de que los trilobites y todos sus descendientes se extinguieran, sigue dándose aquí y allá. A veces, con parecidos que exceden lo razonable. Los pulpos y nosotros, por ejemplo, tenemos un tipo de ojo casi idéntico, similar en su funcionamiento a una cámara de fotos. Lo impresionante es que los antepasados del pulpo y los nuestros se divorciaron hace más de seiscientos millones de años, cuando aún no había ojos dignos de tal nombre ni en la tierra, ni en el mar, ni en el cielo.

Hay muchos más ejemplos de convergencia evolutiva. Un mero vistazo a la fauna australiana, pongamos por caso, resulta todo un clamor al respecto. Australia se separó del resto de continentes para formar la isla que es hoy hace treinta y cinco millones de años. Durante todo ese tiempo, los seres vivos evolucionaron allí aislados del mundo. Bien, pues muchas especies de marsupiales australianos apenas se distinguen de los mamíferos placentarios de otros lugares del planeta. Sometidos a similares presiones evolutivas, marsupiales y placentarios dieron lugar a seres muy parecidos pese a los trescientos cincuenta mil siglos que llevaban sin tener contacto alguno.

En caso de que efectivamente haya surgido vida en otros mundos, ¿acaso no se habrá visto sometida a presiones evolutivas de la misma naturaleza? Resultaría incomprensible que no fuera así. Sea del tipo que sea, conforme una población se reproduzca y multiplique, tarde o temprano se verá bajo la misma clase de presiones evolutivas que ha sufrido la vida en la Tierra.

Y por tanto, tenderá a hacerse cada vez más compleja. Porque hacerse más compleja es la única salida frente a la extinción.

¿Y la inteligencia?

La inteligencia parece otra de esas fuerzas poderosas que permiten sobrevivir y reproducirse, ¡que nos lo cuenten a nosotros! Otorga la capacidad de interactuar hábilmente con el entorno. Conforme avanzamos en los caminos de la vida, la vemos surgir también aquí y allá. Suele darse sobre todo en los mamíferos superiores: perros, delfines, simios, personas...

Y en nuestro amigo el pulpo. Sí, ese de cuyos tatarabuelos nos divorciamos hace seiscientos millones de años y apenas tiene nada que ver con nosotros. Hasta tal extremo son inteligentes y sensibles, que en algunos países está prohibido experimentar con ellos sin anestesiarlos primero.


Con toda probabilidad, la inteligencia es también un fenómeno sometido a convergencia evolutiva, dada su extrema utilidad en las batallas de la vida.

Existen muchos números a favor de que en cualquier lugar donde aparezca la vida, ésta evolucione hacia formas cada vez más y más complejas.

Hacia el ojo.

Hacia la inteligencia.

Existen muchos números a favor de que, allá donde el barro haya devenido vida, el barro termine por mirarte.
Igual que mira la hija de la lluvia.


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jueves, 1 de octubre de 2009

Hijas de la Lluvia 05: Con lo que haya y como se pueda

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(Fracción de los planetas de la galaxia que podrían albergar vida donde ésta, efectivamente, ha surgido)


En el planeta Tierra, la vida surgió y se desarrolló con unas características específicas. Se sustenta en el carbono, y particularmente en un subconjunto de ciertos compuestos del carbono llamados aminoácidos. Lo hizo en agua libre y templada, entre un suelo rocoso y una atmósfera fijada, utilizando determinadas cantidades de elementos auxiliares precisos, dentro de unos ciertos parámetros de estabilidad térmica y radiactiva, con un campo magnético y una tectónica de placas correspondiente a una composición geológica que sólo se da en este planeta, y bajo unos azares evolutivos que le son propios y únicos.

Visto así, la vida parece un fenómeno poco menos que absurdo. La vida avanzada, un puro milagro. Y llegar a la inteligencia civilizatoria, el toque del Dedo de Dios. Si lo que buscara la hija de la lluvia fuese una reproducción más o menos paralela de los mecanismos que condujeron a la inteligencia en la Tierra, pensando que esos u otros parecidos son los únicos posibles, mejor le decimos que se olvide. Es extremadamente improbable que haya en nuestra galaxia una Vida Terrestre B. Y pese a la enormidad de los números –cientos de miles de millones de estrellas en cientos de miles de millones de galaxias–, puede irse olvidando también de encontrar una Inteligencia Humana B.

Si la manera terrestre de hacerlo u otra similar fuera la única manera de alcanzar la inteligencia civilizatoria, la hija de la lluvia se estaría dejando llevar por su cabeza llena de pajaritos en una chaladura tan inútil como las Pirámides de Egipto o la Estatua de la Libertad.

El intríngulis del asunto radica en que no ha tenido por qué ocurrir así, ni de manera remotamente parecida. Es un error de perspectiva. Para quien defienda la excepcionalidad de la vida inteligente en la Tierra apelando a la increíble acumulación de carambolas que condujeron hasta ahí, existe una compleja respuesta: “si hubiera sido a golpe de pura carambola, no habría vida inteligente en la Tierra. Ni vida avanzada. Probablemente, ni siquiera vida”.

Para empezar, la aparición de un ente organizado tan complejo como la vida parece casi casi un desafío directo a una de las Leyes del Universo: el Segundo Principio de la Termodinámica. Es el de la entropía. Ese que dice que un sistema aislado siempre tiende a un grado mayor de desorden conforme pasa el tiempo. Por mucho que limpies, tu casa vuelve a ensuciarse enseguida, y si dejaras de limpiar pronto parecería un estercolero. Abandonas un pueblo, y en cien años apenas quedan paredes en pie. Abres un grifo, y el agua se derrama en todas direcciones sin orden ni concierto. Entonces, ¿cómo pudo un montón de barro convertirse en un bebé juguetón? O, en plan más sencillo, ¿cómo es que echando agua turbia en un plato obtenemos a veces maravillosos cristales de impecable orden geométrico?

Bien, es que el principio de entropía sólo vale para un sistema aislado y para la totalidad del mismo. Si el sistema no está aislado, o si sólo atendemos a una parte del mismo, a veces se producen las denominadas Fluctuaciones. Estas fluctuaciones no invalidan el principio de entropía –de hecho, lo refuerzan–, pero ponen en evidencia que a nivel local pueden producirse y de hecho se producen fenómenos que no tienden a un mayor grado de desorden, sino a un mayor grado de orden. A veces, extremadamente elaborado. Como la vida.

A la hora de producirse estas fluctuaciones, tienden a hacerlo siguiendo unas formas o patrones básicos, derivados a su vez de las mismas leyes que rigen el Universo. Estos patrones surgen en todos los órdenes de la realidad, incluso aunque parezca que no tienen nada que ver. La espiral, por ejemplo. Se reproduce una y otra vez en el Cosmos: hay galaxias espirales, hay conchas de caracol espirales, hay una espiral en tu oído interno; cada una de ellas, por sus propios motivos. Aparentemente sin relación entre si, pero todas espirales. O la ramificación. Los árboles se ramifican. Nuestras arterias se ramifican. Los ríos se ramifican. ¿Tendrá algo que ver, quizá, con el transporte de líquidos: la savia, la sangre, el agua? Entonces, ¿por qué las ciudades tienden a ramificarse cuando no hay una planificación urbanística que lo impida? Bueno, podríamos pensar que las vías de comunicación son como los canales de un líquido. Pero en ese caso, ¿por qué se ramifica también el rayo? Bueno, pues porque la electricidad también se comporta como un fluido.

Otro de estos patrones geométricos básicos es el ángulo de sesenta grados. Se da en los cristales de nieve, en los panales de las abejas, en las moléculas del benceno. Por no entrar ya en patrones complejos, como los fractales. Orden que trasciende por encima de los niveles de la existencia donde, según una lectura simplista del principio de entropía, sólo debería haber caos y más caos. Es la obra de las fluctuaciones.

La vida, ha quedado claro, es una de esas fluctuaciones que pelean contra la entropía.

Pero, ¿acaso será un patrón? ¿Aparece sólo de vez en cuando, por azar? ¿O será –como la espiral, la ramificación o el ángulo de 60º– uno de esos patrones esenciales a los que tiende el Universo de manera natural tan pronto como se dan las condiciones mínimas?

Una atrevida pregunta, para la que aún no tenemos respuesta.

Pero sí tenemos un par de barruntos.

El primero es lo sorprendentemente pronto que apareció la vida en la Tierra. No parece un suceso al azar, acaecido cuando salieron así las cartas. Y sin embargo, tampoco hay indicios de ningún agente externo. Me explico.

La vida ocurrió mientras la Tierra aún estaba terminando de enfriarse, hace como mínimo 3.850 millones de años. Tenemos fósiles de bacterias que son tan antiguos como el surgimiento de las rocas sedimentarias capaces de albergarlos. Esto es, apenas 700 millones de años después de que se formara el planeta. Tenemos también indicadores químicos de que esa vida bacteriana pudiera haber estado ahí antes de que hubiera rocas sedimentarias para actuar de testigos; investigadores de la Universidad de Glasgow retroceden la fecha hasta los 4.300 millones de años. Según estos, apareció en los volcanes submarinos de un mar ácido bajo una atmósfera maldita de gases de efecto invernadero e intensos bombardeos de meteoritos. John W. Valley, profesor de geología y geofísica en la Universidad de Wisconsin-Madison, llega incluso a sugerir que la vida pudo nacer y extinguirse varias veces antes de abrirse paso.

No, todo esto no suena como una feliz tirada de dados en un mundo plácido listo desde muy atrás para acoger su llegada, como un útero caliente. Suena más bien como una fuerza cósmica al acecho, que luchó desde el principio, contra toda probabilidad, para imponer su ley. Suena como una tendencia. Como un patrón intrínseco a la naturaleza profunda de la materia.

Pero no es concluyente, ni mucho menos.

El segundo es observar cómo se comporta y evoluciona la vida. No espera a que pasen los productos óptimos frente a sus colmillos para obtener el mejor rendimiento y progresar en la dirección adecuada. No. En vez de eso, apechuga con lo que haya y tira hacia donde puede. Si hay oxígeno, estupendo. Si no, también. Si hay luz solar, magnífico. Si no, también. Si el magnetismo está de tal modo, genial. Si está del revés, también. Se adapta, muere el que muere, sobrevive el que sobrevive, y sigue su camino. ¿Hacia dónde? Hacia la reproducción. Reproducirse una y otra vez es su único objetivo. No pretende nada más. No apunta en ninguna dirección. Pero lo que pretende, lo consigue con afición maníaca con lo que haya y como se pueda.

Probablemente resulte excesivo, aunque inevitable, proyectar la pregunta un poco más hacia atrás.

“¿Si hay carbono, estupendo; si no, también?”

“¿Si hay abundancia de elementos pesados, magnífico; si no, también?”

“¿Si hay estabilidad térmica, genial; si no, también?”

Preguntas excesivas, especulativas y de nuevo inconcluyentes. Pero, visto cómo nació y se comporta la vida en la Tierra, más excesivo y especulativo resultaría proponer que no es capaz de apañárselas con lo que haya, como pueda. En todo caso, habrá que esperar a toparnos con otras formas de vida para darles respuesta. O con planetas que, hallándose en zonas habitables, carezcan consistentemente de nada que aliente.

Mientras tanto, permanecerá la duda. La hija de la lluvia no sabe si la vida será tan virulenta bajo otros soles, con otras químicas, en otras condiciones físicas.

Sabe que aquí lo fue. Y por tanto, mantiene la esperanza de que se comporte igual en todas partes. Que para algo las leyes del Universo son eso, universales.

Próximo capítulo en La Pizarra de Yuri el jueves, 08/10/2009: El barro que te mira.

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jueves, 24 de septiembre de 2009

Hijas de la Lluvia 04: Navíos Cósmicos en Regiones Mágicas

Capítulo anterior: Mundos al calor de otros soles
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(Fracción de los planetas de la galaxia que podrían albergar vida)


En el ámbito de las creencias, no es raro oír hablar de la energía como algo “superior” a la materia, tan mundana, corruptible y mortal. Las estanterías donde reposan los libros de autoayuda espiritual, pseudociencias varias y nuevas formas de fe están plagadas de seres de luz, energías sutiles y vibraciones positivas venciendo a lo material, que como bien se sabe es sucio, vulgar y pecaminoso. No hace falta poseer ningún grado de genialidad para constatar que sólo estamos ante una variante de la vieja moral religiosa, sustituyendo lo divino por lo energético, otorgando a la energía cualidades divinas y dejando a la materia en su lamentable lugar de siempre.

Bueno, pues va y resulta que es al revés.

La materia está constituida por inmensas cantidades de energía altamente estructurada. En realidad no hay nada “superior” ni “inferior” a otra cosa en el Universo, pero si hubiera que aceptar ese lenguaje, la materia se hallaría sin duda muchos órdenes de magnitud por encima de la energía. En uno solo de tus cabellos hay tanta energía concentrada como en la bomba de Hiroshima. Comparado contigo, un “ser de energía” en cualquiera de sus sabores sería tremendamente primitivo, aburrido y... poco energético. Algo tan complejo como la vida o la inteligencia ha de sustentarse por fuerza sobre elevadas concentraciones de energía exquisitamente organizada. O sea, sobre materia.

Para que un fenómeno así de sofisticado pueda nacer, desarrollarse y evolucionar, esta materia debe existir en unas condiciones más o menos estables. Si, por ejemplo, estuviera sometida a temperaturas tan elevadas que sus átomos no puedan mantenerse estructurados durante un cierto tiempo, cualquier intentona de vida se desparramará en breve plazo sin ocasión alguna para evolucionar. Si, por el contrario, el frío es tan extremo que estos mismos átomos permanecen estancados, ateridos, a duras penas capaces de combinarse con otros, tampoco parece fácil que algo tan complejo y ágil como la vida pueda desarrollarse. Lo mismo ocurrirá si la gravedad o la radiación son demasiado altas o demasiado bajas, pongamos por caso.

Es hora de que la hija de la lluvia con su cabeza llena de los pajaritos que le permitieron triunfar sobre el neandertal reprima su entusiasmo y ponga un poco los pies en el suelo. De todos esos soles y mundos y cosas maravillosas que ha encontrado en los cielos, la mayoría no sirven de hogar por un motivo u otro.

Así a lo bruto, podemos descontar de un plumazo todo lo que ande cerca del centro de la galaxia. Todo apunta a que el núcleo de la Vía Láctea es un agujero negro supermasivo; aunque sólo sea por el nombre y aún no sepas lo que es, ya te imaginarás que resulta un argumento muy carismático a la hora de descartar cualquier forma de vida en sus proximidades. Pero aunque esa bestia del averno no estuviera ahí en realidad, el centro de la galaxia es un lugar con una altísima concentración de estrellas, y eso significa altísimas concentraciones de radiactividad. Vivir cerca del núcleo galáctico se parece a vivir cerca de una bomba H explotando eternamente. Hay que venirse hacia las afueras, hacia los brazos de la galaxia, para que los índices de radiación caigan por debajo de unos niveles sensatos. Por el mismo motivo, los planetas que orbitan demasiado cerca de sus respectivos soles tampoco parecen un buen lugar donde alojarse. Particularmente cuando –al igual que ocurre entre la Luna y la Tierra– siempre muestran la misma cara a su estrella. Y esto ocurre con frecuencia cuando ambos están próximos, por debajo del llamado Radio de Acoplamiento de Marea. A Mercurio, por ejemplo, le pasa algo parecido.

Los grandes planetas tampoco resultan un vecindario deseable para nacer y evolucionar. Además de su elevada gravedad e inestabilidad meteorológica, retienen demasiado helio y sobre todo hidrógeno libre. El hidrógeno libre, sin combinar con otros átomos –como oxígeno, por ejemplo, formando agua–, es un potente corrosivo que se come todo lo que caiga en sus manos.

Y hablando de agua. Necesitamos un solvente. Algo que permita a los átomos y moléculas acercarse y alejarse entre si suavemente y con facilidad para formar los sofisticados componentes que exige la vida. El solvente más simple y universal es el agua líquida. Por eso la hija de la lluvia es hija de la lluvia. Por eso los científicos se excitan tanto cada vez que una de nuestras naves descubre agua –aunque sea hielo– en algún punto del sistema solar. Indica la posibilidad de que haya o haya habido vida. Necesitamos, pues, agua o algún solvente similar. A poder ser sin unas corrientes tan extremas que desarticulen las moléculas antes de que puedan organizarse en condiciones. A los amiguitos de la hija de la lluvia también les tiene que gustar el agua. O alguna cosa parecida.

La órbita del cuerpo donde vaya a aparecer vida debe ser lo más circular posible con respecto a su sol, o soles. De lo contrario, habrá periodos del año en que las condiciones sean aceptables para la formación y desarrollo de la vida y otros en que todo resulte destruido o paralizado.

Por último, y no menos importante, la estrella en cuestión debe tener un comportamiento energético más o menos estable. Y si forma parte de un sistema de dos o más soles –como sucede con la mitad de estrellas de la galaxia–, que el paso de su pareja no mate a lo nacido. Ver cómo la vida se está formando trabajosamente durante millones de años para que de pronto cambien las condiciones y todo resulte exterminado hasta la aniquilación no acaba de tener gracia.

Podemos imaginar formas de vida que, dentro de unos límites, pudieran nacer y desarrollarse en violación de alguno de estos principios. Pero serían muy primarias e inestables, de poca complejidad, demasiado lejos de lo que requiere el surgimiento de la inteligencia.

Decimos que los cuerpos celestes que cumplen todas estas condiciones, en todo o en parte, se hallan dentro de la Zona Habitable.

¿Hemos descrito unas condiciones tan restringidas y estrictas que de todos los mundos habidos, únicamente la Tierra puede cumplirlas, y sólo durante un tiempo? ¿Le hemos echado un jarro de agua fría por encima a la hija de la lluvia?

Lo cierto es que no. Habrá tenido que moderar un poco su entusiasmo, sí, pero trescientos mil millones de estrellas con sus planetas y sus lunas y todo lo demás dan mucho juego. La probabilidad de que haya millones de objetos dentro de las zonas habitables sigue siendo elevadísima. La probabilidad de que los haya habido en los 13.700 millones de años que tiene el Universo es aún mucho más alta.

Descontando aquellas que se encuentren en las proximidades del núcleo galáctico, las zonas habitables más extensas deben hallarse alrededor de las estrellas de tipo A, B y O, en lo alto de la llamada Secuencia Principal –una forma de catalogar los soles que usan los astrónomos–. Pero éstas son estrellas muy grandes y calientes: emiten mucha radiación y consumen el combustible tan deprisa que difícilmente durarán el tiempo suficiente como para que surjan formas de vida avanzadas. Y encima, son muy pocas.

Las zonas habitables más estrechas, con poco espacio para que caiga en ellas algún planeta, se encuentran en la región inferior de la Secuencia Principal: los tipos K y M. Estrellas pequeñas y frías, aunque muy duraderas y estables. El 90% de los soles pertenecen a estos dos grupos. En su contra juega la misma estrechez de las zonas habitables que las rodean, la violenta actividad en superficie que deben sufrir sus planetas y lunas, y el gran número de los mismos que estarán por debajo del Radio de Acoplamiento de Marea y por tanto ofrecen siempre la misma cara al sol. A su favor juega su elevadísimo número y su extraordinaria longevidad: algunas estrellas del tipo M perdurarán hasta los últimos momentos del Universo. Ambas cosas multiplican las probabilidades de que alrededor de algunas de ellas haya surgido vida compleja o pueda hacerlo en tan larguísimo futuro.

Entre estos dos extremos, hallamos las estrellas de los tipos G y F. Tienen zonas habitables de tamaño intermedio donde puede caer fácilmente alguno de sus planetas y lunas. Su estabilidad y duración permiten que aparezcan y se desarrollen formas de vida avanzadas. Y a menos que se encuentren cerca del núcleo galáctico o alguna anomalía muy energética, sus alrededores son bañados por cantidades moderadas de radiación. Nuestro Sol es una estrella de tipo G; para ser exactos, del subtipo G2V. Las buenas noticias radican en que las estrellas del tipo G resultan comunes en el Cosmos. Si les añadimos las más bajas del tipo F y las más altas del K, y les descontamos las que estén próximas a alguna fuente de energía devastadora, vienen a sumar el 1% de los soles del Universo.

Eso significa que en la Vía Láctea hay unos tres mil millones de soles situados en esta banda mágica, con estupendas zonas habitables donde uno o varios de sus planetas podrían situarse. Dicho en otras palabras: sin salir de nuestra galaxia, debe haber varios cientos de millones de lugares en los que formas de vida tan complejas como nosotros, o más, pueden nacer y evolucionar con que sólo tengan órbitas más o menos circulares, un tamaño prudencial y una poquita de agua. Como en la lluvia.
Ver: Lista de exoplanetas conocidos que podrían hallarse en las Zonas Habitables de sus respectivas estrellas.
Próximo capítulo en La Pizarra de Yuri el jueves, 01/10/2009: Con lo que haya y como se pueda.

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jueves, 17 de septiembre de 2009

Hijas de la Lluvia 03: Mundos al Calor de otros Soles.

Capítulo anterior: Los que cuentan estrellas
fp
(Fracción de las estrellas de la galaxia que tienen planetas)

Nuestro sistema solar está lleno de cosas interesantes. Ocho planetas de pleno derecho con un montón de satélites –lunas– a su alrededor. Objetos transneptunianos que casi son planetas de pleno derecho como la parejita Plutón-Caronte o 2003-UB313. El cinturón de asteroides entre Marte y Júpiter. El cinturón de Kuiper. La nube de Oort, el almacén de los puñeteros cometas que un día nos van a dar un susto. Un planetilla que alberga vida inteligente. Y como otro millar de características fascinantes más.

Ahora bien, ¿es esto común en el Cosmos? ¿No será nuestro sistema solar un caso especial, uno entre un millón? ¿Tenemos alguna certeza de que el resto de soles sean igualmente interesantes? ¿No será que hemos aparecido aquí porque nuestro sistema solar es cosa de ver, mientras que a lo mejor no hay más que materia mal agregada o simplemente espacio vacío alrededor de otras estrellas?

Esto empieza a complicarse. Detectar estrellas, inmensas fuentes de luz y radiación, es fácil para cualquiera con un telescopio, un radiotelescopio o, simplemente, un par de ojos en la cara. Pero eso mismo es justo lo que los hace inhabitables: emiten tanta luz y radiación porque son infiernos termonucleares. Todos esos objetos interesantes que pueden dar vueltas en torno a ellos, en cambio, apenas emiten o reflejan pálidas sombras de luz y radiación. Y eso los hace muchísimo más difíciles de detectar a grandes distancias. A estos efectos, “grandes distancias” es cualquier cosa más allá de nuestro sistema solar. Para llegar a los confines últimos de éste, nos bastarían tres millones y pico de años con nuestro Ferrari. En cambio, si quisiéramos dar un voltio por la estrella más próxima –el conjunto triple Alfa Centauri, a 4’22 años-luz– nos harían falta unos trece millones de años. Las siguientes paradas son algunos apeaderos realmente provincianos hasta llegar a la estación Sirio, ya a 8’6 años luz.

Distinguir algo que no emite luz y radiación propias a esas distancias viene a ser como distinguir un grano de mostaza de un monte a otro, en plena noche. Tanto es así, que durante mucho tiempo hubo una tendencia a pensar que no existían. Que nuestro sistema solar era único, la joyita del Brazo de Orión.

Primero nos dimos cuenta por vías indirectas. Parece que todo sistema solar que se precie tiene gigantes del tipo de Júpiter, a cuyo lado nuestra Tierra es como una lunita menor. Gigantes gaseosos a mitad camino de que la compresión producida por su propia gravedad los encienda para convertirlos a su vez en estrellas. Tanta es esa gravedad, que obligan a sus soles a hacer cosas raras.

Algunos soles son púlsares. Un púlsar es una estrella minúscula, de apenas diez kilómetros de diámetro, pero con una masa similar a la del Sol. O sea, que son muy densas. Están muy cerca de alcanzar el mítico nivel de agujero negro, pero les faltó un pelín para llegar hasta ahí. Compuestas básicamente de una pasta de neutrones, pues con semejantes densidades no pueden ser de otra cosa, giran a gran velocidad sobre si mismas con mayor precisión que la de cualquier reloj. Al hacerlo, proyectan cascadas de neutrones con un ritmo regular, que se puede detectar y reconocer desde cualquier otro lugar del Universo mediante radiotelescopios. Constituyen al mismo tiempo los mejores relojes y faros imaginables para los navegantes del Cosmos.

Cuando hay un planeta de estos gigantes dando vueltas alrededor de un púlsar, su enorme gravedad le altera el segundero. Al impasible tictac de sus centelleos neutrónicos le da como un poquito de taquicardia. La hija de la lluvia, jugando con sus radiotelescopios, se percató de estas alteraciones. Sacando cuentas, pronto supo que tales taquicardias eran regulares, que se correspondían con la órbita de alguno de estos grandotes. Así pues, antes que verlos, los dedujimos.

El primero fue Matusalén, apodado así porque se trata del más viejo de los planetas conocidos. Orbita alrededor del púlsar PSR B1620-26, a 5.600 años-luz de nosotros, en un lugar de la constelación de Escorpio llamado Cúmulo Globular M-4. Superviviente de una catástrofe cósmica, es más grande que Júpiter.

Al corazón de la hija de la lluvia también le dio como una pequeña taquicardia.

Lo primero, porque quedaba probado que hay planetas alrededor de otros soles, incluso de soles muertos. Que nuestro sistema solar no es único.

Lo segundo porque Matusalén es verdaderamente muy, muy viejo. Casi el triple que nuestros planetas. Cuando el Universo tenía apenas mil millones de años, Matusalén ya estaba ahí. Eso significa que no sólo hay mundos más allá de nuestra estrella, sino que además los viene habiendo desde siempre. Esto demuestra que existen otros lugares donde pueda aparecer la vida y que ésta ha dispuesto de abrumadoras cantidades de tiempo para surgir y evolucionar. Si bien es cierto, por otra parte, que en esos primeros planetas apenas hay compuestos que permitan su existencia: son demasiado primitivos. Bolas de hidrógeno, mayormente, y poco más.

No obstante, la hija de la lluvia es tozuda. Todos esos cálculos están muy bien, y seguro que son correctos. Pero siempre siente la necesidad de verlo con sus propios ojos. Debe ser algo que aprendió en su larga lucha por la supervivencia, bajo la tormenta.

Lo conseguiría en 2005, cuando el telescopio espacial Spitzer detectó dos, muy grandes, tan grandes que su propia gravedad los ha encendido y tienen el aspecto de pequeñas estrellas del tipo Enana Marrón. Da igual: están ahí.

Pero en el proceso, utilizando otros medios indirectos, ha descubierto muchos más. Conforme sus técnicas se van depurando, cada vez detecta más, y más pequeños. Cada vez más parecidos a la Tierra. El cielo parece estar lleno de ellos. No, nuestro sistema solar no es único. En torno a las demás estrellas también giran cuerpos. Y muchos. En el momento en que escribo estas líneas vamos camino de los doscientos, con varios sistemas solares completos. Hay uno de ellos al que ya le conocemos cuatro planetas. Dan vueltas alrededor de 55 Cancri, una estrella binaria de la constelación de Cáncer, a 41 años-luz de aquí. Uno de estos planetas, al que llamamos 55 Cancri E, es del tamaño de Neptuno: como catorce veces la Tierra. Ya no estamos hablando de inhóspitos gigantes gaseosos como Júpiter o Matusalén, sino de un gaseoso enano o –quizás– de un planeta de tipo terrestre muy grande.

Ahora que ha aprendido a encontrarlos, la niña de la lluvia no para. Hay para dar y vender. De pensar que nuestro sistema solar podría ser un caso excepcional, en apenas veinte años hemos pasado a pensar que lo raro será hallar estrellas sin planetas a su alrededor. Y con toda probabilidad, si hay otros planetas habrá infinidad de otras lunas y asteroides. El número de lugares donde otras vidas y otras inteligencias podrían haber surgido no hace sino crecer cuanto más sabemos, conforme refinamos más nuestra técnica.

La barriada donde la niña de la lluvia podría encontrar a sus amiguitos es más grande a cada día que pasa. La niña de la lluvia está contenta. Ahora tiene esperanza.

Próximo capítulo en La Pizarra de Yuri el jueves, 24/09/2009: Navíos cósmicos en regiones mágicas.

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