La pizarra de Yuri: inteligencia extraterrestre
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jueves, 5 de noviembre de 2009

Hijas de la Lluvia 09: N ≥ 1

Capítulo anterior: Cante jondo de la extinción

N 1


Desde hace milenios, los seres humanos han considerado la posibilidad de que otros entes inteligentes pudieran existir más allá de la superficie terrestre. No en vano todas las religiones colocaron a sus dioses y demonios en "paraísos celestiales" e "inframundos infernales". Pero más allá de este planteamiento religioso, muchas personas han pensado que era muy posible la existencia de seres pensantes no divinos en otros astros. Este debate, de raíces científicas, filosóficas y teológicas, nació ya en la Grecia clásica y se prolonga hasta la actualidad. Los primeros proponentes conocidos de la multiplicidad de mundos fueron los filósofos atomistas -como Demócrito o Epicuro- y entre sus oponentes se contaron Platón y Aristóteles. La posibilidad de que existieran selenitas en la Luna fue planteada por Anaxágoras, Plutarco y Luciano. Hay que tener en cuenta que en aquella época no se consideraba que el Sol fuese una estrella más, sino que era la única, y por tanto toda posibilidad de vida quedaba restringida al sistema solar hasta Saturno.

En el Occidente Cristiano no hubo mucha discusión sobre la posibilidad de vida extraterrestre (aparte de los ángeles y los demonios, claro); el modelo geocéntrico de Aristóteles y Ptolomeo era el predominante, porque servía bien a los intereses de la Iglesia y reducía los problemas teológicos de qué hacer con la reencarnación y la redención en caso de que hubiera seres en otros mundos. Esta visión geocéntrica, con la Tierra como núcleo privilegiado del cosmos y la especie humana como "especie única" para la redención por el Mesías desarticulaba numerosos argumentos de cualquier posible oposición.

Sin embargo, ya algunos escolásticos como Guillermo de Occam, Jean Buridan, Nicole Oresme y Guillermo Vorilong señalaron que el planteamiento aristotélico de un único kosmos establecía límites inaceptables sobre el poder de Dios. Un creador omnipotente, dijeron, habría tenido al menos la opción de crear múltiples mundos. Este punto de vista quedó oficialmente sancionado en 1277 por el Obispo de París, actuando en nombre del Papa.

Con este cambio en el esquema aristotélico, se pasó a pensar que el dios occidental pudo haber creado otros mundos, pero no lo hizo. Pese a ello, en 1440 Nicolás de Cusa comenzó a romper el esquema afirmando que todo lo que estuviera en el poder de Dios debió realizarse (a este principio se le conoce como plenitud), y de esta forma introdujo el concepto de que debía haber más mundos habitados en el pensamiento filosófico moderno.


Cuando el geocentrismo copernicano se desplomó finalmente, asumiéndose que la Tierra no es más que otro planeta de los que giran alrededor del Sol, la idea de que esos otros mundos pudieran estar habitados creció como la espuma. Algunos de los primeros científicos, como Giordano Bruno, Johannes Kepler, Campanella, Wilkins, Pierre Borel, Cirano de Bergerac, Huyguens o Fontanelle especularon sobre esta posibilidad en numerosas obras, apoyándose en las primeras observaciones telescópicas. A lo largo de los siglos siguientes, incontables personalidades se sumaron a la especulación sobre la pluralidad de mundos habitados, a veces muy racionalmente y otras yéndose de varetas cosa mala: John Locke, Georges Buffon, Immanuel Kant, Honoré de Balzac, Camille Flammarion o John Herschel se encuentran entre los personajes que, desde diversos ámbitos del conocimiento humano, apoyaron la proposición.

Frente a esta idea hemos planteado la paradoja de Fermi: "entonces, ¿dónde está todo el mundo?" (Fermi era un profundo simpatizante de los proyectos tipo SETI de búsqueda científica de civilizaciones extraterrestres, pero la planteó ante el excesivo entusiasmo de otros investigadores como Frank Drake).

Repasemos, pues, los pros y los contras de esta idea.
  • La presencia de vida está estrechamente relacionada con las llamadas "zonas de habitabilidad" (HZ). La HZ se define como el área en torno a una estrella donde las condiciones de temperatura, radiación, gravedad, etc., son compatibles con la aparición y estabilización de estructuras moleculares organizadas del tipo de la vida. La proximidad de núcleos galácticos, agujeros negros, púlsares u otros fenómenos de alta energía son enemigos directos de la posibilidad de surgimiento de la vida.
  • Descontando estos problemas, las mejores HZ se encuentran en torno a estrellas del tipo G, y en las regiones inferiores de las tipo F y las más altas del K. Nuestro Sol, por ejemplo, es del tipo G2V. Estos soles tienen HZ amplias, donde es fácil que caiga algún planeta, sin quedar enganchado dentro del radio de blocaje tidal.
  • La HZ ha de ser estable, porque a la vida le cuesta mucho tiempo desarrollarse. Las estrellas binarias, por ejemplo, plantean problemas de estabilidad, dado que el paso de la "compañera" puede alterar radicalmente las condiciones de la misma, destruyendo todo lo creado.
  • Vida significa planetas rocosos de tamaño intermedio. Es difícil imaginar formas de vida estables capaces de evolucionar en gigantes gaseosos, y no te digo ya en ausencia de planetas. Afortunadamente, en estos momentos tenemos identificados ya centenares de planetas extrasolares, muchos de los cuales son rocosos. Estos planetas han de ser lo bastante grandes como para sostener gravitacionalmente una atmósfera, pero no tanto para que las tempestades gravitatorias se lo carguen todo.
  • Vida significa también agua líquida, o al menos otro soluble donde los átomos y moléculas puedan moverse libre y fácilmente para combinarse entre si de maneras complejas con un cierto grado de estabilidad.
  • Antes se pensaba que la vida era un fenómeno rarísimo, el resultado de una "carambola cósmica" extraordinaria. Hoy en día existen numerosos indicios para pensar que la materia tiende a autoorganizarse en forma de vida tan pronto como se dan las condiciones mínimas posibles, al igual que lo hace en forma de cristales, espirales o ramificaciones. La investigacion sobre extremófilos, como los del Río Tinto de España, ha aportado grandes cantidades de evidencias a este respecto.
  • Parece lógico pensar que toda forma de vida, en cualquier lugar, estará sometida a alguna clase de presión evolutiva, y que tenderá a evolucionar hacia formas más adaptadas y complejas. La inteligencia es, sin duda, una adaptación de extraordinario éxito en cualquier concepto evolutivo imaginable.

Pero estas zonas de habitabilidad, ¿son comunes en el Universo? ¿Dónde se podrían dar, si es que se dan en algún lugar?
  • En el universo conocido hay entre 1022 y 1024 estrellas, mayormente nucleadas en 1011 o 1012 galaxias. Esto es: entre diez mil billones y un trillón de estrellas, en 100.000 millones a un billón de galaxias.
  • En nuestra galaxia, la Vía Láctea, hay de 200.000 millones a 400.000 millones de estrellas. Pongamos 300.000 millones, para que no se enfade nadie o se enfaden todos, como ocurre en estos casos.
  • El 1% de estos soles son de tipo G, K alto y F bajo, sin encontrarse cerca de fuentes destructivas de energía, y sin formar parte de grupos binarios proximales (o ternarios, etc.). Por tanto, tienen HZs favorables a la vida, como nuestro sol. Esto son 3.000 millones de estrellas en la Vía Láctea, y entre 100.000 millones y 10 billones en el universo conocido.
  • En contra de lo que se pensaba hasta hace pocos años, hay planetas orbitando alrededor de la mayoría de estrellas. Al parecer, los sistemas de astrogénesis tienden a producir sistemas solares, igual que ocurrió en nuestro caso. A uno de ellos, 55 Cancri, ya le hemos encontrado hasta 4 planetas, y eso que nuestros instrumentos aún no son muy potentes. Uno de estos, 55 Cancri E (a 41 años luz de aquí), es ya tan pequeño como Neptuno (antes sólo detectábamos los muy grandes, debido a las deficiencias de nuestros instrumentos).
  • Por tanto, es posible concluir provisionalmente que deben existir cientos de millones de planetas en las HZ de nuestra galaxia, y centenares de miles de millones en el universo conocido.
(Hay que tener en cuenta que detectar planetas es muy difícil porque no emiten luz ni energía propias, sólo la reflejada, que es muy débil. Por eso nos cuesta tanto hallarlos, con frecuencia mediante métodos indirectos como su influencia gravitatoria sobre la estrella, y los más pequeños aún no nos es posible)

En todo caso, ¿cuáles son las probabilidades reales de que surja vida en estas zonas de habitabilidad?


  • La existencia de planetas en las zonas de habitabilidad (HZ) no implica necesariamente que en ellos se haya desarrollado la vida, y mucho menos la vida inteligente.
  • Sin embargo, los experimentos con extremófilos y el experimento de Stanley-Urey (premio Nobel) de 1952 prueban que la aparición de aminoácidos prebióticos es extremadamente probable en atmósferas como las de la Tierra primitiva (metano, hidrógeno y amoniaco en presencia de electricidad del tipo del rayo). El metano, hidrógeno y amoniaco son compuestos extremadamente comunes en el cosmos, y forman parte indisoluble de la génesis de los sistemas solares, por lo que deben estar por todas partes, incluyendo muchos de los planetas extrasolares que hemos mencionado.
  • Abundando en el asunto, estos y otros experimentos prueban (aunque aún no tengamos la prueba definitiva, el descubrimiento de una xenoforma de vida) que el fenómeno conocido como "vida" parece ser una tendencia intrínseca de autoorganización de la materia en los sucesos llamados Fluctuaciones. Las fluctuaciones son alteraciones locales del Segundo Principio de la Termodinámica, el de la entropía. No lo invalidan en absoluto, pero producen efectos antientrópicos a escala local. Sin ellas (esto es, si el Segundo Principio de la Termodinámica no sufriera fluctuaciones), el universo no existiría. Las fluctuaciones son constantes en el Cosmos, y las vemos todos los días.
  • Por tanto, las probabilidades de aparición de vida en algunos de estos muchillones de planetas mencionados son extremadamente elevadas.
  • El ejemplo de la Tierra, donde la vida lleva existiendo continuamente a lo largo de al menos los últimos cuatro mil millones de años, invita a pensar que dadas las circunstancias adecuadas la vida es duradera. Tenemos menos datos sobre la duración de civilizaciones inteligentes.
Hoy por hoy, numerosos estudios científicos y exploraciones espaciales incorporan experimentos destinados a saber cómo y en qué condiciones puede surgir y desarrollarse realmente la vida.


Pero, aunque haya surgido vida, ¿puede evolucionar hasta llegar a la inteligencia intelectiva? Bien, puntualicemos algunos hechos más:
  • La naturaleza y distribución de la materia y la energía en el universo nos permiten determinar que la "economía" es un hecho común a todo el Cosmos. Los recursos materiales y energéticos son limitados en todas partes, sin importar su escala. En un lugar lo suficientemente estable como para contener vida, más. Esto significa que en todas partes se producirán fenómenos, entre otros, de "economía energética" y "economía ecológica".
  • La plasmación más directa de la economía ecológica es la evolución biológica. La vida se define como una construcción molecular autorreplicante. Tarde o temprano, a golpe de reproducción, agotará los recursos utilizables en su configuración inicial. Y además, estará sujeta a las características y variaciones del medio ambiente que la envuelve.
  • Con lo que, si carece de la capacidad de mutación y adaptación, se extinguirá.
  • Si es capaz de mutar y adaptarse, por sus propios medios o mediante la acción de agentes externos, evolucionará necesariamente. La evolución es un fenómeno interesantísimo, una de estas fluctuaciones que violan en apariencia el Segundo Principio de la Termodinámica, porque tiende a construir estructuras cada vez más complejas y sofisticadas, con características claramente antientrópicas.
  • En la Tierra, se han observado clarísimos fenómenos de convergencia evolutiva independiente. El ojo, por ejemplo. La aparición de un sensor óptico capaz de traducir la radiación lumínica en impulsos nerviosos organizables como información útil en el cerebro constituye una poderosísima ventaja evolutiva evidente. Y aparece independientemente en familias biológicas apartadas cientos de millones de años entre si. Lo mismo cabe decir, por ejemplo, de la vida pluricelular.
  • Es difícil discutir que el surgimiento de la inteligencia constituye otra ventaja evolutiva extraordinaria, capaz de permitir un grado de adaptación al medio (e incluso de adaptación del medio) absolutamente fuera de lo común. Gracias a ella, los seres humanos hemos sido capaces de adaptarnos (o adaptar) la práctica totalidad de los nichos ecológicos (desde las profundidades marinas hasta el espacio exterior) para vivir en ellos y encima tomarnos un cafelito.
  • Aunque no existen pruebas directas de que la inteligencia sea uno de esos fenómenos sujetos a convergencia evolutiva (de momento, sólo nosotros y nuestros hermanos los grandes simios presentamos distintos grados de inteligencia intelectiva), su increíble utilidad en la carrera evolutiva sugeriría que sí es un fenómeno con todos los puntos para aparecer en algún momento de la pelea por la vida.
No tenemos respuestas precisas a todas estas preguntas y consideraciones. Pero la hija de la lluvia, que ya dijimos puñetera, mira a las estrellas, a los libros viejos y a las máquinas sofisticadas; luego nos guiña el ojo y asegura, un poquito oscura y seductora, con ese tono pretencioso de las jovenzuelas valientes:
–La probabilidad de que exista vida inteligente en el Cosmos es del 100%. Absoluta. Total. En la Ecuación del Dragón, N es necesariamente mayor o igual que 1. Lo sé con completa seguridad.
–¿Por qué, hija de la lluvia?
–Muy sencillo, hombre tonto: porque tú y yo estamos aquí.


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jueves, 29 de octubre de 2009

Hijas de la Lluvia 08: Cante jondo de la extinción


fL
(Tiempo de supervivencia de las civilizaciones que realizan comunicaciones interestelares)



Las iteraciones continúan. La entropía siempre termina por vencer, y nuevas fluctuaciones destruyen la obra de las anteriores. El universo entero evoluciona, igual que la vida; cambia, se transforma, surgen cosas nuevas y muere lo viejo, avanzando siempre hacia el Gran Frío Final: la muerte térmica del universo, que se producirá aproximadamente dentro de 10100 años. En el camino, ya se verá si hay materia y energía suficiente en este cosmos para que colapse hacia un Big Rip o un Big Crunch (esas condenadas cuentas de materia y energía oscuras que no acaban de salir). O simplemente se queda así, helado y muerto, durante toda la eternidad.

En todo caso, las fluctuaciones que mantienen la vida y la civilización tecnológica en un mundo determinado se disolverán mucho antes. En el caso de la Tierra, como ya te dije en el capítulo anterior, cuando el Sol alcance la fase del helio se expandirá en forma de gigante roja. Todo lo que haya más acá de Júpiter quedará abrasado, esterilizado y muerto. Dentro de unos cinco mil millones de años, y ya llevamos aquí 4.500.



A partir de ahí, sólo podemos especular. ¿Cuánto tiempo puede sobrevivir la vida en un planeta? ¿Y una civilización tecnológica? ¿Qué pasa si su sol evoluciona más deprisa o más despacio que el nuestro? ¿Qué clase de catástrofes pueden erradicar toda vida en un sistema solar, o varios? ¿Cuál es su probabilidad?


Todo lo que empieza, terminará. Eso es seguro. Si no otros, lo harán esos sucesos monumentales del fin del universo presente: el Gran Frío, el Gran Desgarro, el Gran Crujido (Big Freeze, Big Rip, Big Crunch). Pero sabemos que en la Tierra la vida ha resultado ser brutalmente feraz, capaces de sobrevivir a transformaciones y fenómenos catastróficos de gran calado. Las hipótesis más fuerte sobre la formación de Luna apunta a que ésta se separó de la Tierra cuando un objeto del tamaño de Marte al que llamamos Tea nos golpeó con inusitada violencia, mientras aún terminaba de formarse el sistema solar. Según algunos indicios, ya podía haber vida por aquel entonces, aunque fuese siquiera como proteínas arcaicas aferradas a una corteza aún caliente. El impacto fue inmenso, el más grande que ha visto este mundo jamás. La corteza en formación se fragmentó y se hundió en el magma ardiente del manto; una gran burbuja de materia terrestre y teana salió despedida a órbita para formar la Luna. Se trató de una verdadera catástrofe cósmica.

Y la vida, la hija de la lluvia, fue capaz de sobrevivir. La saga del ADN terrestre prosiguió, dicen que cayendo de nuevo a la superficie junto al resto de pedazos, después de pasar algún millar de años en el espacio exterior.


De todas formas, aunque no hubiera habido vida por aquel entonces, sí la había con bastante probabilidad cuando se produjo el Intenso Bombardeo Tardío: miles de meteoritos de gran tamaño cayendo hacia el interior del sistema solar. No te habría gustado estar allí. Fue el Intenso Bombardeo Tardío el que le dejó a la pobre Luna la cara como la tiene, llena de cráteres, y a nosotros también; lo que pasa es que en la Tierra, un planeta vivo, la deriva continental, la erosión, la sedimentación, el agua y el aire han hecho desaparecer la mayoría de las cicatrices a lo largo de todo este tiempo. Fue una constante tormenta de aerolitos de gran tamaño, una extinción como la de los dinosaurios cada cien años.

La hija de la lluvia sobrevivió al Intenso Bombardeo Tardío.

Y muchas veces más. Lo de los dinosaurios, bien mirado, fue una bromita cortesana. Hace unos 251 millones de años se produjo lo que llamamos el Gran Morir. O, más técnicamente, el Evento de Extinción del Pérmico-Triásico. Algo muy malo le pasó a la Tierra aquella vez. Aún no sabemos muy bien qué fue, pero sí sus efectos: acabó con el 96% de las especies marinas y el 70% de los vertebrados terrestres, incluyendo a ocho órdenes enteros de insectos, que ya se sabe lo resistentes que son. El 57% de las familias y el 83% de los géneros biológicos desaparecieron para siempre en las tinieblas de la extinción.

Cincuenta millones de años después, era como si no hubiese pasado nada, y la evolución había producido una gran diversidad de seres nuevos de quienes nosotros descendemos. Fuera lo que fuese, la hija de la lluvia también sobrevivió al Gran Morir.

Planetoides, lluvias de meteoritos, supervolcanes del tamaño de continentes, envenenamientos geológicos globales del agua y del aire. Y nada. La hija de la lluvia continuó su marcha por los eones, cada vez más resistente, cada vez más poderosa, cada vez más inteligente.


¿Qué clase de cosa puede matar algo tan tenaz?

Hay algunas. Un brote de rayos gamma muy próximo y potente, por ejemplo. Aunque dice la NASA que ya hemos sobrevivido por lo menos a alguno. Otra posibilidad es que sucediera una catástrofe del carbono, que por efecto invernadero calentara la superficie terrestre en demasía, como ya le ocurrió a Venus. En general, cualquier cosa que modificara la zona de habitabilidad del sistema solar.

Pero la hija de la lluvia lleva aquí unos cuatro mil millones de años. Y pico. Una tercera parte de la edad del universo. Sólo nos queda otro tanto en este planeta, antes de que el Sol empiece a expandirse. La ruleta ha girado ya la mitad de las veces. Y, hasta el momento, no ha salido el doble cero de la extinción total.

¿Y qué hay de la inteligencia? ¿Qué hay de las civilizaciones tecnológicas capaces de practicar comunicaciones interestelares detectables? ¿Pueden sobrevivir –y sobrevivirse a sí mismas– largo tiempo? ¿O son sólo una burbujita, algo que surge y desaparece antes de dejar siquiera una huella visible en el esquema cósmico de las cosas?


Bien, nuestra experiencia al respecto es de cierto sucinta. Sólo conocemos una: nosotros. Y ni siquiera emitimos aún señales capaces de distinguirse del ruido de fondo verdaderamente lejos. Según el loco de los marcianos y astrofísico Nikolay Kardashev, cofundador del masivo programa SETI soviético, seríamos una civilización de tipo I, o incluso menos.Para hacerse oír realmente fuerte en el cosmos, hay que superar el tipo II y aproximarse, como poco, al III.

Hay al menos dos perspectivas posibles en este debate. Una es que las civilizaciones tecnológicas, por su complejidad y dependencia de una única especie (o, hipotéticamente, un número reducido de especies) serían extraordinariamente frágiles y minúsculas en la inmensidad de un cosmos peligroso y hostil. Otra, apunta que la inteligencia constituye una herramienta poderosísima para garantizar la supervivencia y la expansión mucho más allá de lo que una especie podría conseguir sólo con sus medios biológicos; y que, por tanto, es posible superar ya no sólo un desastre planetario, sino incluso largarse de casa en caso necesario. Una tercera vía, muy popular desde la invención de la bomba atómica, apunta que la inteligencia es sin duda una fuerza potentísima, pero tanto para asegurarse la supervivencia como la extinción por propia mano.


No lo sabemos. De esto sí que no tenemos ni idea. Sólo nos conocemos a nosotros mismos, y ni siquiera muy bien. Llevamos muy poquito tiempo existiendo: en nuestra forma actual, apenas doscientos mil años, un breve chispazo en los abismos del tiempo cósmico. La civilización humana, apenas diez mil. Y nuestra capacidad de realizar comunicaciones estelares tiene poco más de cien, cincuenta si nos ponemos estrictos.

De momento, a pesar de todo, parece que no lo hemos hecho tan mal. Seguimos aquí, y mira que a veces estuvimos a punto de liarla bien gorda.

Hay una tenue esperanza. Quizás sea de interés apuntar que, bien debido a la explosión del volcán Toba o por nuestros propios problemas de poca diversidad genética, hubo una vez en que la población humana se redujo. Se redujo mucho. Gente que caminaba, pensaba y sentía como nosotros se vio empujada al borde de la extinción, incluso antes de llegar a salir de África bajo nuestra forma actual de homo sapiens sapiens. Estuvimos a punto, muy a punto, de no ser más que otro experimento fallido de la evolución. En vez de nosotros, pudo perfectamente ganar el Neandertal. Maldito fuera.


Y, ¿sabes qué? La hija de la lluvia sobrevivió también a aquella vez en que no éramos muchos más de mil. Y luego, extinguimos al Neandertal en la guerra más larga y brutal de todos los tiempos. Buenos somos nosotros para que nos vengan a disputar la tierra, el cielo y el mar.

Próximo capítulo en La Pizarra de Yuri el jueves, 05/11/2009: N ≥ 1.


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jueves, 15 de octubre de 2009

Hijas de la Lluvia 07: El mundo al que usted llama se encuentra apagado o fuera de cobertura en este momento

Capítulo anterior: El barro que te mira
fc
(Fracción de los planetas de la galaxia donde podría haber surgido vida inteligente que realice comunicaciones interestelares)

Podría haber miles o millones de civilizaciones inteligentes ahí fuera, cada una alrededor de su estrellita, y no sabríamos que están ahí. Ya hemos visto lo difícil que es detectar planetas; distinguir si en la superficie de alguno de ellos (o en cualquier otro lugar) hay bebés extraños durmiendo sueños de cobalto resulta completamente imposible con la tecnología disponible en este momento o en los próximos cien años. Por decir algo.

¿Se conformará la hija de la lluvia con sospechar su existencia, y ya?

Quien así piense, es que no la conoce bien.


La hija de la lluvia siguió pensando, y pensando, y pensando, con esa cara de velocidad que adoptan los niños cuando se disponen a poner en algún compromiso al adulto más próximo con su lógica impecable. Una vez más, se miró a si misma. Reflexionó y se acordó de Julio Verne o de aquel maestro de escuela siberiano llamado Constantino Tsiolkovsky quien, con poco más que las cuatro reglas, diseñó los esquemas básicos de los cohetes y las estaciones espaciales que construimos hoy en día. Y recordó sus palabras:
“La Tierra es la cuna de la Humanidad. Pero uno no puede vivir en la cuna para siempre”.

Simplemente, es que no es práctico, ni económico ni seguro. No es práctico ni económico ni seguro permanecer confinados a un único planeta superpoblado, contaminado, con los recursos naturales cada vez más agotados y, lo más peligroso de todo, expuestos a la extinción en cualquier momento bajo la amenaza de nuestras propias armas o de cualquier objeto cósmico de buen tamaño que tenga la mala idea de cruzarse en nuestro camino.

Desde que se hizo obvia la posibilidad teórica de vivir en más de un planeta, la hija de la lluvia viene pensando en mudarse o, al menos, comprarle un pisito en otro lugar a algunos de sus retoños. No es que la Tierra tenga nada de malo: es un planeta estupendo, chulísimo, con vistas excelentes y grandes piscinas. Es que poner todos los huevos en la misma cesta es una pésima idea, sobre todo si tenemos en cuenta cómo la maltratamos.


Inevitablemente, y pese a la moda de los recortes presupuestarios y los beneficios a corto plazo, la hija de la lluvia acabará mudándose. Más vale que lo haga con tiempo y por las buenas, porque en cinco mil millones de años el hidrógeno del Sol empezará a consumirse. Entonces, a nuestra amable estrella le dará un ataquito llamado Fase del Helio o de la Gigante Roja: se calentará y expandirá hasta comerse a Mercurio, Venus, la Tierra, Marte e incluso más allá. Ñam.

Sabiamente o por la fuerza, cualquier otra civilización se verá enfrentada a la misma tesitura tarde o temprano. Conquistar los espacios interestelares no es una opción: es una necesidad (y un buen negocio aunque, todo hay que decirlo, con unos beneficios muy a largo plazo).

Repartir nuestra herencia por más de un mundo en más de un sistema solar (y, si fuera posible, en más de una galaxia) es la única garantía de supervivencia en caso de que aquí las cosas se pongan crudas para nosotros o para nuestros nietos.

De un modo u otro, si efectivamente hay otras civilizaciones allá a lo lejos, en otras orillas del mar oscuro, es muy probable que algunas de ellas hayan emprendido ya el camino. Quienes creen en los OVNIs, sin embargo, deberían esperar un poco antes de saltar de alegría. Las distancias son tan enormes y los destinos tan remotos y separados entre si, que la probabilidad de que uno de esos exploradores coincida con la Tierra es francamente baja. Muy baja, vamos. Casi nula, como si dijéramos.

A menos que sean unos ermitaños, cualquier civilización que se adentre en el espacio interestelar tendrá la necesidad de comunicarse con sus exploradores, primero, con sus colonias, más adelante, y con sus pares, en el último término. Para ello, es necesario crear y establecer tecnologías de telecomunicaciones interestelares. La más básica de estas telecomunicaciones se basa en las ondas de radio. Es la que usamos nosotros para llamar a nuestros navíos, tripulados o no. El problema es que es lenta: las ondas de radio sólo viajan a la velocidad de la luz como máximo (igual que cualquier otra cosa del Universo, que sepamos, al menos). Sus ventajas son muchas: es flexible, económica y fácil de utilizar. De momento nos vale, porque nada fabricado por las manos de las hijas de la lluvia ha viajado mucho más allá de Plutón y eso está ahí al ladito como quien dice; la más lejana de nuestras naves, la Voyager-1, se encuentra ahora a unos diecisiete mil millones de kilómetros, aproximadamente quince horas-luz. Eso significa que una comunicación de radio con el más lejano de nuestros navíos actuales utilizando ondas de radio consumiría un máximo de veintiocho horas, ida y vuelta. Cualquier comunicación con una colonia establecida dentro del sistema solar requeriría menos tiempo.


Las ondas de radio nunca llegan a diluirse del todo en el océano cósmico. Conforme aumenta la distancia se vuelven muy débiles, extremadamente débiles, apenas un levísimo temblor en los diales. Después, terminan confundiéndose con el ruido de fondo. Pero siempre siguen su viaje, hasta el fin del Universo.

Si el instrumento con el que las buscas es lo bastante sensible, se pueden detectar a distancias sorprendentes. El problema, en la Tierra, es que la mayoría de antenas son pequeñas y baratas: la de tu coche, la de tu tele, la de tu teléfono móvil. Pero si usas como antena el radiotelescopio de Arecibo, en Puerto Rico, un inmenso receptor hipersensible que ocupa todo un valle, no tendrías problemas de cobertura en la órbita de Júpiter.

Desde hace unas décadas, la hija de la lluvia está usando estas enormes antenas para tratar de escuchar alguna comunicación interestelar realizada por otras gentes. Es una apuesta improbable, un tiro al azar, entre otras cosas porque –naturalmente– otras civilizaciones podrían usar otros sistemas de telecomunicación que ni siquiera sospechamos todavía, igual que las ondas de radio eran insospechables para un sabio medieval. Pero no resulta tan descabellado como pudiera parecer. A fin de cuentas, construir una radio es sencillo.


No fue hasta mediados del siglo XX cuando la posibilidad de que existiera vida y civilizaciones extraterrestres cayó bajo el escrutinio de la Ciencia contemporánea. Allá por 1959, el entonces joven ingeniero electrónico Frank Drake concibió que si existían civilizaciones interplanetarias, era posible que estuvieran comunicándose entre si mediante ondas de radio, al igual que hacemos nosotros. Fascinado por el Cosmos, había hecho varios cursillos (ahora que somos mucho más pijos los llamamos masters) de radioastronomía y la idea de que pudieran existir otros mundos habitados le resultaba muy sugerente. Al conseguir un trabajo en el Observatorio Nacional de Radioastronomía en Green Bank, propuso la realización de una pequeña búsqueda de tales transmisiones extraterrestres. Paralelamente, dos jóvenes físicos de la universidad de Cornell muy interesados en las cuestiones de ionización asociadas a los rayos gamma, publicaron en Nature (Vol. 184, # 4690, pp. 844-846, 19-09-1959) un artículo titulado "Buscando Comunicaciones Interestelares" que decía así:

"...habrá muy pocos que nieguen la importancia práctica y filosófica que tendría la detección de comunicaciones interestelares. Entendemos, pues, que una búsqueda discriminada de señales se merece un esfuerzo considerable. La probabilidad de éxito es difícil de estimar; pero si nunca buscamos, la probabilidad de éxito es cero."

Con este sustento científico y filosófico, los jefes de Drake aceptaron un pequeño experimento de dos semanas de duración (ampliada luego a dos meses) en torno a las estrellas Tau Ceti y Epsilon Eridani. Se llamaría Proyecto Ozma.

El Proyecto Ozma fue la primera iniciativa científica para localizar civilizaciones extraterrestres. Su nombre era el de la Reina de Oz, un lugar "muy lejano, muy difícil de llegar, poblado por seres extraños y exóticos". Entre abril y julio de 1960, el radiotelescopio de 28 metros del Observatorio Nacional de Radioastronomía se sintonizó durante 6 horas al día en la frecuencia propuesta por Cocconi y Morrison: el "agujero del agua", 1.420 MHz (21 cm), apuntando a las estrellas Tau Ceti (constelación de la Ballena) y Epsilon Eridani (constelación del Río). Estos astros se encuentran a 8 años luz de la Tierra y tienen una edad parecida a la de nuestro Sol.

Como ya habían previsto de algún modo Cocconi y Morrison, este primer experimento fracasó: tras escuchar detenidamente las cintas, no se halló evidencia alguna de comunicaciones extraterrestres: todas las fuentes de emisión electromagnética se correspondían con fenómenos naturales conocidos y carecían de características propias de una transmisión "inteligente" (por ejemplo, un ancho espectral reducido... ya veremos lo que es esto).


Pese al esperado fracaso, este humilde experimento abrió el camino para un interés mayor en el problema por parte del mundo científico. Los papers se multiplicaron y las propuestas para hacer "algo más" al respecto también. Sin embargo, el elemento "lanzador" fue que en 1965 se detectó un súbito interés soviético al respecto. No se sabía entonces por qué, pero es que entre 1964 y 1965 dos astrofísicos soviéticos, Kardashev y Sholomitsky, habían estado reproduciendo el Proyecto Ozma desde la Estación de Espacio Profundo de Crimea. Kardashev era un "obseso de los marcianos" con la cabeza muy bien amueblada, y había llegado a crear una "escala de civilizaciones" basada en sus potencias teóricas de transmisión (tipos I, II, y III). Enfocaron su radiotelescopio a dos objetos de características extrañas llamados CTA-21 y CTA-102, y creyeron detectar características artificiales de variabilidad en este último. En realidad se trataba de un quasar, pero este "falso positivo" despertó el interés soviético en el tema. A las varias carreras más o menos terribles de la Guerra Fría, se sumó una bonita y positiva: la de ver quién encontraba antes una civilización extraterrestre.

La URSS puso en marcha varias búsquedas paralelas con distintas instalaciones radioastronómicas (desde Gorky, Zimenkie, Crimea, Murmansk y Primorsky), la mayor parte de ellas dirigidas por Troitsky (ninguna relación con el dirigente revolucionario que acabó sus días a manos de cierto catalán...). Una de estas búsquedas, la de Espacio Completo (no dirigida) que se inició en 1969, sigue activa hasta la actualidad.


A principios de los años '70 se sumaron los franceses, desde el observatorio de Nançay y los canadienses, desde Algonquin (Ontario). El SETI (pues así se le comenzó a llamar, por Search for ExtraTerrestrial Intelligence) se estaba convirtiendo en una cuestión de Estado. La NASA empezó a tomar cartas en el asunto, mientras en la Universidad de California en Berkeley se ponían en marcha el programa de búsqueda dirigida SERENDIP, el Radioobservatorio de Ohio comenzaba una búsqueda continua y la Sociedad Planetaria iniciaba el proyecto META.

En 1974, un equipo de científicos encabezados por el Dr. Carl Sagan, conocido astrónomo, humanista y divulgador, convencieron a la dirección del Radiotelescopio de Arecibo para utilizarlo como transmisor de una señal terrestre a nuestros potenciales vecinos. La emisión, equivalente a 20 gigawatios omnidireccionales, se concentró en dirección al cúmulo globular M13. Este cúmulo se encuentra en el borde de nuestra galaxia, a unos 21.000 años luz, y en él hay aproximadamente 330.000 estrellas con posibles planetas orbitando a su alrededor. La señal llegará allí en el año 22.974 dC

Este mensaje, una especie de "testigo cósmico" de que la especie humana existió alguna vez en el Universo, está compuesto de 1679 bits organizados en una matriz de 73x23 (dos números primos que cualquier civilización mínimamente tecnificada debe reconocer rápidamente). Contiene una imagen que consta del radiotelescopio emisor, una descripción matemática del sistema solar, los primeros números primos, una silueta humana, una silueta de la "doble hélice" del ADN con su número de bases púricas (en binario). El mensaje era exactamente este:



0000001010101000000000000101000001010000000100100010001000100101100101010
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1111000000000000011111000000000000000000000001100001100001110001100010000
0001000000000100001101000011000111001101011111011111011111011111000000000
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0000000001111110000011000000111110000000000110000000000000100000000100000
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...que, organizado en una matriz de 73x23 (ambos números primos), proporciona la siguiente figura:




En los últimos años, la investigación SETI perdió interés para los ámbitos políticos, y la mayoría de programas fueron cancelados. Sin embargo, la fascinación y el hondo significado filosófico y humanístico de la pregunta "¿estamos solos?" atrajo a la iniciativa privada. Gracias a ello, el Instituto SETI sigue existiendo y goza de buena salud. Tanta, que les ha permitido comprar tiempo de radiotelescopios, tiempo de procesamiento supercomputacional, y, gracias a las aportaciones económicas del cofundador de Microsoft Paul G. Allen, se acaba de poner en marcha el Allen Telescope Array. El Allen Telescope Array es un superradiointerferómetro que constituye el instrumento más sensible del planeta Tierra a la hora de buscar señales artificiales emitidas por otras civilizaciones, deliberada o accidentalmente.


El fracaso, hasta el momento, de todas las búsquedas SETI da lugar a varias preguntas inquietantes para la hija de la lluvia. Especialmente, la del físico Enrico Fermi, allá por 1950: “¿dónde está todo el mundo?”

Expresado de otra manera: si todo apunta a que la vida puede surgir con facilidad, evolucionar hacia la inteligencia, surcar el espacio interplanetario y mantener comunicaciones interestelares… ¿por qué no hay un solo indicio sólido, una detección de alguna clase, una prueba fiable al respecto?

Una de las posibles respuestas es: “quizá aún no tenemos instrumentos lo bastante sensibles, o del tipo adecuado, para hacerlo.”

Otra, claro, podría ser: “quizá nunca estuvieron ahí.”

Y otra más, terrible, contestaría: “quizá ya se hayan ido. Y nosotros nos iremos pronto, también.”

Próximo capítulo en La Pizarra de Yuri el jueves, 29/10/2009: Cante jondo de la extinción.

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jueves, 8 de octubre de 2009

Hijas de la Lluvia 06: El barro que te mira

Capítulo anterior: Con lo que haya y como se pueda
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(Fracción de los planetas de la galaxia donde podría haber surgido vida inteligente)



Una cosa es que en un mar infernal surjan extraños malabares químicos que tomen materia y energía del entorno para reproducirse a si mismos con la furia de un robot desquiciado.

Otra bien distinta es que esa furia elemental llegue a mirarse, preguntándose si no habrá más como ella misma. Hace un rato llegábamos a dudar si la vida no constituiría una violación del principio de entropía, ese que dice que en el Cosmos todo debe dirigirse hacia un mayor grado de desorden y caos. Descubrimos entonces las fluctuaciones: espasmos de la realidad que rompen esa tendencia durante un tiempo, en algunos lugares.

Que tal espasmo tenga ojos y te mire, y charle contigo sobre el último cotilleo de moda, parece ya una pirueta francamente excesiva. Un virus, un alga verde, vale, son posibles. Pero, ¿un ser capaz de construir un televisor para luego perder sus breves horas de existencia ante él? La fluctuación, más que fluctuación, va adquiriendo aspecto de broma pedante, uno de esos retorcidos juegos intelectuales sólo aptos para frikis de la peor especie.

Y sin embargo, te asomas al balcón y ahí están. Ventanitas iluminadas tras las cuales generaciones enteras de complejísimos seres pluricelulares permanecen incomprensiblemente hipnotizados ante los televisores que algunos de ellos han construido, utilizando para ello la máquina más sofisticada del universo conocido: el kilo y medio de pasta gris y blanca que tienen, tienes, tengo entre las orejas.


La verdad, no es extraño que muchas personas vean en hecho tan asombroso la mano de sus respectivos dioses. Ni que otras, menos dadas a explicaciones facilonas, afirmen que semejante prodigio sólo puede ser el resultado de una inconcebible serie de casualidades que difícilmente se podrá haber dado en más lugares del Cosmos.

Sin embargo, la hija de la lluvia es puñetera. Los viejos dioses y las loterías de a trillón de números acertadas una y otra vez le suenan a tongo. Así que vuelve a sus libros y sus máquinas, en busca de explicación.

Y una de las primeras cosas que constata es la inmensa, casi absurda cantidad de tiempo que la vida ha tenido para llegar hasta aquí.

Siglos, milenios, eras y eones  para desarrollarse, para hallar formas óptimas de replicarse y las mejores maneras de aprovechar la materia y la energía disponibles. Conforme la materia libre comenzó a escasear, surgió la necesidad de competir por lo que quedaba. E incluso de obtenerla destruyendo a otros seres vivos para robársela: cazando, matando, comiendo.

Apareció, pues, una presión poderosa. Ya no bastaba con vagar por ahí, a la espera de alguna proteína que echarse al coleto. Ahora había que buscarla, incluso cazarla. Quien no fuera capaz de hacerlo, iba a perecer o ser presa de la cacería. Por si eso fuera poco, las características de la Tierra cambiaban. Si no era capaz de adaptarse a esas presiones, la vida corría peligro de desaparecer.

Pero, ¿cómo adaptarse? ¿Cómo sobrevivir?

Durante mucho tiempo fue popular la idea –que aún permanece en la mente de muchas personas– de un señor llamado Lamarck. Lamarck pensaba que, enfrentados a estas presiones, los seres vivos son capaces de modificar su organismo e incluso crear órganos nuevos para adaptarse y mejorar sus posibilidades de supervivencia. Ante la necesidad de alcanzar hojas más altas, las jirafas habrían estirado su cuello y esta característica pasaría a su descendencia por vías no bien explicadas.


Bueno, Lamarck se equivocó. No funciona así. Desde mucho antes de nacer, un ser vivo está biológicamente condenado a ser lo que será. Su capacidad para modificarse sustancialmente es ínfima, y estas modificaciones apenas pasan a la descendencia. El hijo de un machaca de gimnasio no tendrá aspecto de machaca de gimnasio a menos que se haga machaca de gimnasio como su padre.

El truco, en realidad, está en la reproducción. Resulta que el mecanismo reproductivo de los seres vivos es relativamente imperfecto. El proceso de copia resulta tan complejo y depende de tantos factores que se producen recombinaciones y errores, a los que llamamos mutaciones. En cada generación, hay millones de recombinados y mutantes.

Muchos de estos cambios son imperceptibles, y no producen resultados evidentes. Otros son destructivos, y causan seres deformes o tarados, a veces tanto que no llegan a nacer o les resulta imposible sobrevivir y reproducirse. Así de crudo. Madre Naturaleza no paga cottolengos.

Pero de todos estos millones de cambios hay una pequeña cantidad que resulta beneficiosa. Su transformación, o deformación, es útil para sobrevivir y reproducirse más y mejor. Una jirafita con el cuello más largo, por ejemplo, llegará a las hojas más altas mientras otros se habrán quedado sin alimento.

Al tratarse de un cambio genético, esta ventaja pasará a la descendencia.


Y así una vez, y otra, y otra, y aún otra más. Hasta que la especie favorecida se impone a quienes antes eran “normales” y ahora son ya sólo carne de extinción. Dejando atrás a millones y billones de desfavorecidos que simplemente perecieron. A este proceso, quizá cruel, se le llama evolución.

Y entonces, el proceso vuelve a empezar de cero otra vez. Y otra. Y otra. Y otra más. Así, sin parar, durante cuatro mil millones de años. Poco menos de un tercio de la edad del Universo.

Esto es lo que dijo Darwin, y que tantos han intentado deformar, disimular o desacreditar porque no convenía a sus religiones.

Estudiar la evolución de la vida en la Tierra nos enseña muchas cosas interesantes. Una de ellas es que los mutantes favorecidos tienden a ser más complejos que sus predecesores. Explicado en términos muy sencillos, algo con garras y dientes caza mejor que algo que no las tiene, y puede pasar más fácilmente a la siguiente generación. Claro, que a lo mejor lo que triunfa es comer hierba, que de eso hay por todas partes, y ser de pequeño tamaño; así te esconderás con facilidad y el depredador con sus grandes colmillos morirá de hambre. No es cierto, como se ha dicho, que triunfe el más fuerte. En realidad, triunfa el mejor adaptado.

En todo caso, la evolución presiona a la vida para que se haga cada vez más compleja. Tanto es así, que por lo general podemos saber si una especie es primitiva o moderna sólo atendiendo a su grado de simplicidad. Salvo excepciones, cuanto más simple, más antigua.

Esta complejidad resulta ser tremendamente variada y casi podríamos decir que imaginativa. Da lugar a seres vivientes de lo más extraño y diverso. Compara, por ejemplo, una araña con un virus. O una vaca con una estrella de mar. O un rosal con ese mamífero que camina sobre dos patas y se pasa las horas muertas mirando los raros aparatos que construye.

Algunas de estas complicaciones representan ventajas evolutivas tan grandes que aparecen de manera independiente en especies muy alejadas entre si. A este fenómeno se le llama convergencia evolutiva. El ejemplo clásico de convergencia evolutiva es el ojo. Un ojo permite transformar radiación luminosa en datos sofisticados de la máxima utilidad para la supervivencia y la reproducción.


A partir de un cierto momento, comenzaron a aparecer ojos por todas partes, incluso en especies separadas cientos de millones de años entre si. Surgen por primera vez con los trilobites, hace quinientos cincuenta millones de años. Pero mucho después de que los trilobites y todos sus descendientes se extinguieran, sigue dándose aquí y allá. A veces, con parecidos que exceden lo razonable. Los pulpos y nosotros, por ejemplo, tenemos un tipo de ojo casi idéntico, similar en su funcionamiento a una cámara de fotos. Lo impresionante es que los antepasados del pulpo y los nuestros se divorciaron hace más de seiscientos millones de años, cuando aún no había ojos dignos de tal nombre ni en la tierra, ni en el mar, ni en el cielo.

Hay muchos más ejemplos de convergencia evolutiva. Un mero vistazo a la fauna australiana, pongamos por caso, resulta todo un clamor al respecto. Australia se separó del resto de continentes para formar la isla que es hoy hace treinta y cinco millones de años. Durante todo ese tiempo, los seres vivos evolucionaron allí aislados del mundo. Bien, pues muchas especies de marsupiales australianos apenas se distinguen de los mamíferos placentarios de otros lugares del planeta. Sometidos a similares presiones evolutivas, marsupiales y placentarios dieron lugar a seres muy parecidos pese a los trescientos cincuenta mil siglos que llevaban sin tener contacto alguno.

En caso de que efectivamente haya surgido vida en otros mundos, ¿acaso no se habrá visto sometida a presiones evolutivas de la misma naturaleza? Resultaría incomprensible que no fuera así. Sea del tipo que sea, conforme una población se reproduzca y multiplique, tarde o temprano se verá bajo la misma clase de presiones evolutivas que ha sufrido la vida en la Tierra.

Y por tanto, tenderá a hacerse cada vez más compleja. Porque hacerse más compleja es la única salida frente a la extinción.

¿Y la inteligencia?

La inteligencia parece otra de esas fuerzas poderosas que permiten sobrevivir y reproducirse, ¡que nos lo cuenten a nosotros! Otorga la capacidad de interactuar hábilmente con el entorno. Conforme avanzamos en los caminos de la vida, la vemos surgir también aquí y allá. Suele darse sobre todo en los mamíferos superiores: perros, delfines, simios, personas...

Y en nuestro amigo el pulpo. Sí, ese de cuyos tatarabuelos nos divorciamos hace seiscientos millones de años y apenas tiene nada que ver con nosotros. Hasta tal extremo son inteligentes y sensibles, que en algunos países está prohibido experimentar con ellos sin anestesiarlos primero.


Con toda probabilidad, la inteligencia es también un fenómeno sometido a convergencia evolutiva, dada su extrema utilidad en las batallas de la vida.

Existen muchos números a favor de que en cualquier lugar donde aparezca la vida, ésta evolucione hacia formas cada vez más y más complejas.

Hacia el ojo.

Hacia la inteligencia.

Existen muchos números a favor de que, allá donde el barro haya devenido vida, el barro termine por mirarte.
Igual que mira la hija de la lluvia.


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