La pizarra de Yuri: zona de habitabilidad
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domingo, 25 de abril de 2010

Baikonur, aquí nave interplanetaria Venera, establecida en Lucifer

–He aprendido a usar la palabra "imposible" con la mayor de las cautelas.
--Wernher von Braun


Es la estrella más visible del cielo nocturno. La única que suele verse en las ciudades, ciegas por la contaminación lumínica, hasta tal punto que quizás muchos niños urbanos del siglo piensen que en el cielo sólo hay, de verdad de verdad, una estrella.

Acostumbra a acompañar a la Luna en su viaje. Es la primera en aparecer cuando atardece, y la última en irse cuando amanece. Los romanos se pensaban que eran dos: la de la tarde, Hésperus; y la del alba, Lucifer: el portador de la luz.

Desde siempre, fue vinculada a las deidades femeninas del amor, el sexo y la fertilidad. Y quizá también por eso, al lado siniestro: a las fuerzas demoníacas y telúricas que susurran por debajo de lo que se ve. Y a las enfermedades venéreas. En la cultura judeocristiana posterior, Lucifer es el demonio. El Islam, en cambio, la adoptó muchas veces como parte de su enseña, junto a la media luna, tal y como se ven en el cielo.

Hace tiempo que sabemos que no es una verdadera estrella, sino un planeta: Venus, el segundo de nuestro sistema solar, cuya órbita pasa a 42 millones de kilómetros de la terrestre durante las conjunciones inferiores (y, en ocasiones, a sólo 38 millones). Pese a su color azul brillante y sereno, es un infierno de gases ardientes y plomo fundido... como quizá adivinaran los antiguos.

Y también el primer planeta en ser explorado por naves espaciales humanas; pero, en el helor de la Guerra Fría, esta hazaña fue prácticamente ignorada en Occidente.

Venus es nuestra compañera más próxima, más antigua y más fiel; y, quizá por ello, ciertamente inquietante. Hablemos de ella, de aquella vez en que viajamos hasta ella, y de cómo podríamos quedarnos algún tiempo allí. Pues Venus es, en estos momentos, el primer lugar que podríamos remotamente habitar. Aunque no lo parezca.

Venus, la hermana de la Tierra.

La gente de Ciencias Planetarias acostumbra a llamar a Venus "la hermana de la Tierra", porque es muy parecida: tiene 6.052 km de diámetro medio (la Tierra, 6.371), una gravedad ecuatorial media de 8,87 ms-2 (la Tierra, 9,78) y una composición química y geológica similar.

Su rotación, en cambio, es muy lenta: da una vuelta sobre sí misma (un día sidéreo) cada 243 días terrestres; el día solar aparente, en cambio, es de 116,75 días terrestres. Su año, es decir el tiempo que tarda en dar una vuelta alrededor del sol, asciende a 224 días terrestres. Se sospecha que Venus y Tierra pueden tener alguna clase de blocaje de marea como el que hace que siempre veamos la misma cara de la Luna: el intervalo medio entre puntos de máxima aproximación es de prácticamente cinco días solares venusianos exactos: 584 jornadas terrestres.

Venus sufrió hace mucho tiempo la "catástrofe del carbono": desprovista de medios para fijar el carbono en su superficie o en seres vivos, éste provocó un calentamiento global masivo. El CO2 representa del 90 al 95% de la composición de la atmósfera venusiana. Por ello, su temperatura media en superficie es de 462 ºC, suficiente para fundir el plomo. La densidad del carbono hace que la presión en superficie sea enorme: 90 atmósferas, como a 900 metros de profundidad bajo el mar. Un mar de plomo fundido, con vientos a más de 300 km/h.

Venus está barrida por violentas tormentas eléctricas, sin lluvia alguna. Su corteza es reciente (unos 500 millones de años), pero muy gruesa, y por eso se cree que no presenta tectónica de placas.

Venus carece de lunas en la actualidad, aunque quizá las tuviera en el pasado. Sólo un minúsculo asteroide le acompaña a guisa de satélite.

Los primeros pasos.

Aunque muchas gentes han estudiado a Venus, los científicos rusos siempre tuvieron un interés especial. Lomosonov, por ejemplo, fue el primero en observar que tenía alguna clase de atmósfera, ya en 1761. Este interés fue heredado por la Unión Soviética, y su programa espacial interplanetario se concentró en dirigirse a Venus en primer lugar. Los Estados Unidos, con posterioridad, apostarían por Marte.

El 12 de febrero de 1961, dos meses justos antes de lanzar a Gagarin, la sonda Venera-1 partió hacia "la hermana de la Tierra". Lamentablemente, sufrió una avería a dos millones de kilómetros de distancia, y se perdió. Igual destino padeció el Mariner-1 norteamericano, de 1962. El Mariner-2, en cambio, logró pasar cerca y tomar algunas mediciones, estableciendo que carece de campo magnético propio.

Entonces, los soviéticos se emplearon a fondo. Llamaron al Diseñador Jefe, y el Diseñador Jefe mandó; "esto sí, esto no, así se va a otro mundo, pequeños; aprended y maravilláos". Comenzaba el primer gran programa de exploración interplanetaria emprendido jamás por la especie humana: el programa Venera.

Venera.

El 16 de noviembre de 1965, a las 04:19Z, despegaba del Cosmódromo de Baikonur la sonda Venera-3. Se trataba del primer intento de la especie humana por alcanzar verdaderamente la superficie de otro planeta, con una colisión programada. Aunque sufriría un fallo de las comunicaciones durante su viaje de cuatro meses, lo logró: se estrelló en la zona de penumbra entre el día y la noche de Venus, el 1 de marzo de 1966.

Por primera vez, una máquina fabricada por la especie humana había llegado a otro mundo.

Animados por este éxito, el 12 de junio de 1967 lanzaron la Venera-4. Venera-4 era una nave ya mucho más sofisticada, cuya misión era penetrar en la atmósfera de Venus para obtener una amplia cantidad de datos científicos sobre la misma, y terminar tomando tierra en la superficie de manera controlada.

Esta vez no se produjeron fallos, y Venera-4 entró en la atmósfera de Venus el 18 de octubre de 1967. Frenó con retrocohetes, desplegó un paracaídas y lanzó un montón de equipos científicos: dos termómetros, un barómetro, un radioaltímetro, un medidor de densidad atmosférica, once analizadores espectroscópicos de gases, y dos radiotransmisores para enlazar con la Tierra.

El cuerpo principal de la nave, a su vez, llevaba un magnetómetro, varios detectores de rayos cósmicos, espectrómetros Lyman de fase alfa y detectores de viento solar. Todos estos equipos transmitieron sus datos hasta que Venera-4 llegó a unos 25 km de altitud. Se cree que la nave se posó suavemente sobre la superficie unos minutos después, aunque ya destruída.

Las Veneras 5 y 6 repitieron el éxito de la Venera 4, con mayores y mejores instrumentos. Sin embargo, la extraordinaria presión destruía los equipos mucho antes de alcanzar la superficie. La última medición de Venera-4, a 25 kilómetros de altitud, fue de 18 atmósferas: la misma que hay a 180 metros bajo el agua. Venera-5 y -6 reforzaron esta idea a principios de 1969: se estimó que la presión en superficie debía estar entre 75 y 100 atmósferas.

La misma que hay a 1.000 metros de profundidad. Había que crear una especie de submarino o batiscafo interplanetario para llegar con bien a la superficie. Un enorme desafío para la época, e incluso hoy en día.

Y construyeron la Venera-7. Venera-7 era una sonda interplanetaria con una cápsula de aterrizaje de 500 kg llena de instrumental científico y equipos de refrigeración. Se lanzó desde Baikonur con un cohete Molniya modificado el 17 de agosto de 1970, apenas once meses después del histórico vuelo norteamericano tripulado a la Luna. Su misión era convertirse en la primera nave capaz de llegar con bien a la superficie de otro mundo, uno donde la presión y el calor son capaces de destruir cualquier cosa en pocos segundos, con vientos peores que los del peor huracán terrestre. Y contarnos lo que veían sus ojos desde allí.

Baikonur, aquí Venera-7, desde el lucero del alba.

Era la madrugada del 15 de diciembre de 1970 en Greenwich de Tierra cuando el submarino interplanetario Venera-7 penetró en la violenta atmósfera de Venus, Hésperus, Lucifer. Sus paracaídas y retrocohetes se dispararon, y comenzó a transmitir datos como sus antecesoras hundiéndose desde el helor cósmico hacia las nubes inmensas de carbono y ácido sulfúrico, entre los gigantescos relámpagos, hacia el abismo tenebroso y abrasador.

Conforme se aproximaba a la barrera de los 15 kilómetros de altitud, el nerviosismo se apoderó de sus controladores en Baikonur y Moscú. Esperaban que colapsara en cualquier momento debido a la presión, que ardiera por cualquier minúsculo defecto de aislamiento, o que alguno de esos vientos de 300 km/h se la llevase sin más.

Pero Venera-7 se hundió y se hundió y se hundió en la atmósfera de Venus sin dejar de transmitir. Y a las 05:34 y diez segundos en Greenwich de Tierra, se posó con dureza sobre la superficie árida, ácida y ardiente barrida por vientos alienígenas. Se encontraba 5º bajo el ecuador, al sur de la Planicie de Ginebra, cerca de Safo de Venus (5º S, 351º E). Estableció que la temperatura era de 475ºC, y la presión, de 90 atmósferas: como a 920 metros de profundidad en un mar de plomo fundido.

Transmitió durante 35 minutos, y luego durante 23 más con una señal débil. Después, murió.


Su misión estaba cumplida con creces. Se había logrado el primer aterrizaje con bien de una nave interplanetaria en otro mundo, obteniendo en el proceso valiosísimos datos científicos. Venera-8 repetiría la hazaña diecinueve meses después, ya en mejores condiciones: 50 minutos enteros emitiendo desde la superficie con instrumentos mucho más sofisticados, en julio de 1972. Bajo sus pies, en un lugar llamado Navka al noroeste de Alpha Regio (10º S, 335º E), detectó suelo granítico de tipo continental. Sus fotómetros determinaron que la luz era rojiza pero suficiente para enviar cámaras: parecida a la de un atardecer terrestre.

Naves interplanetarias a tutiplén.

Los cosmonáuticos soviéticos habían mordido en firme, y no iban a soltar el bocado. Puede que los norteamericanos les hubieran ganado una mano con el viaje tripulado a la Luna, y ahora se estuvieran animando con los preparativos para un par de naves a Marte, el de atmósfera tan tenue que no puede contener el agua superficial. Pero el vuelo interplanetario era tan suyo como las estaciones espaciales, y el infernal Venus, su coto de caza particular.

El 8 y 14 de junio de 1975, dos cohetes Protón de impulsores múltiples despegaron desde la posición 81 de Baikonur. A bordo viajaban sendas naves interplanetarias automáticas de casi cinco toneladas cada una, llamadas Venera-9 y -10. Estaban compuesta de dos partes: un orbitador y un aterrizador pesado. De nuevo, su destino se hallaba a cuarenta y dos millones de kilómetros: Venus.

Ciento tres días después, poco después de separarse del orbitador, Venera-9 entraba en órbita alrededor del lucero del alba; así, se convirtió en nuestro primer satélite artificial de otro mundo. Hechas las comprobaciones pertinentes, el 22 de octubre se cursaba desde el Centro de Control de Moscú la orden para iniciar el descenso. El aterrizador fuertemente acorazado y refrigerado, de 2.015 kg, comenzó a caer hacia las densas nubes ácidas, manteniendo en todo momento contacto con el orbitador; éste retransmitía sus datos en dirección a la Tierra, superando así las inciertas comunicaciones de misiones anteriores.

El aterrizador, provisto con veintiséis sofisticados instrumentos científicos y dos cámaras (en luz visible y ultravioleta), aplicó sus paracaídas y retrocohetes para moderar la caída. Durante el descenso, midió inmensas nubes de cuarenta kilómetros de grosor, determinando que estaban compuestas por dióxido de carbono, ácido sulfúrico, ácido fluorhídrico y clorhídrico, bromo y yodo. Tras superarlas, a treinta kilómetros de altitud, prosiguió la caída hacia la superficie infernal. Eran las 08:13 en Moscú de Tierra cuando el aterrizador disparó un airbag y un colchón de gas para amortiguar el golpe, posándose suavemente cerca del Monte Rea (32º N, 291º E). Entonces, los ojos electrónicos de Venera-9 se abrieron y transmitieron a la humanidad las primeras imágenes de otro mundo: una ladera de rocas planas y duras, presentando pocos signos de erosión, con muy poca arena.



Mientras tanto, una sonda analizaba el suelo a toda velocidad, emitiendo también sus resultados en tiempo real a través del orbitador. Sólo disponían de 53 minutos antes de que el orbitador quedara fuera de posición y ya no pudieran retransmitir los datos. Estaban a 485 ºC y 90 atmósferas. Pudieron registrar una panorámica de 174º de ángulo y determinar la composición de la materia a sus pies (¡hablamos de 1975!). Después, el orbitador marchó y Venera-9 se apagó. Los escudos soviéticos que transportaba quedaron brillando al tenue sol anaranjado, un sol extraterrestre.

Facsímil de uno de los escudos de la Venera-11; todas ellas, lógicamente, llevaban emblemas soviéticos a bordo en metales resistentes a la corrosión, que siguen y seguirán allí por mucho tiempo.

Su gemela Venera-10 repetiría la operación apenas tres días después, a 2.200 km. de allí, en Beta Regio, al sudeste del Monte Tea (16º N, 291º E). Venera-9 había quedado sobre una superficie ladeada unos 30º, por lo que el alcance de sus cámaras estuvo limitado a pocos metros, pero Venera-10 se hallaba sobre una roca plana con puntos negros. A su alrededor, un inmenso desierto alienígena. Bajo sus pies, a 462 ºC y 92 atmósferas, basalto. Pudo transmitir datos a su orbitador durante 65 minutos antes de morir. Los orbitadores siguieron analizando las capas exteriores de la atmósfera desde el espacio, durante varias semanas.

Primeras imágenes de otro planeta, Venus, obtenidas por las naves Venera-9 (BEHEPA-9) y Venera-10 (BEHEPA-10).

En agosto de 1978, la Pioneer Venus norteamericana llegó también a la órbita de Venus, lanzando cuatro sondas atmosféricas. Sólo una de ellas sobrevivió hasta alcanzar la superficie, transmitiendo datos químicos durante una hora. Estas eran sondas muy pequeñitas, con sólo un instrumento, por lo que la información no resultó muy valiosa. En cambio, el orbitador  –provisto con un radar y otros instrumentos– obtuvo buenos datos de la atmósfera exterior y levantó un mapa preliminar de Venus a baja resolución.

Un mes después, otro nuevo par de naves interplanetarias soviéticas  –Venera-11 y -12– lo intentaron con instrumentos aún más sofisticados, establecidas a lo largo de la Depresión de Devana (Devana Chasma, 14º S 299º E y 7º S 294º E). Debido a diversos problemas durante el descenso que inutilizaron algunos instrumentos, sólo pudo considerarse esta misión como un éxito parcial. Para arreglarlo, en 1982, Venera-13 y -14 llegaban con completos laboratorios geológicos y atmosféricos, además de cámaras más avanzadas, e incluso globos sonda para realizar mediciones meteorológicas complejas. Estas eran ya naves muy modernas, más pequeñas debido a los progresos en la miniaturización, pero enormemente más complejas y sofisticadas.

Venera-13 aterrizó majestuosamente al este de la Región de Febe (7,5º S, 303 º E) el 1 de marzo de 1982. Sus cámaras empezaron a obtener rápidamente imágenes a color, mientras los globos meteorológicos salían lanzados al cielo anaranjado y las perforadoras obtenían muestras a toda velocidad para los espectrómetros de rayos gamma y X y los cromatógrafos de gases. Los seismómetros tomaban datos sobre posibles terremotos y volcanes, los nefelómetros y densímetros estudiaban la atmósfera, los reactivos químicos analizaban todas las muestras en el laboratorio automático miniaturizado. A lo largo de 127 minutos (una hora y media más de lo esperado), Venera-13 realizó para la humanidad el estudio más profundo de la historia sobre un mundo distinto al nuestro, de incalculable valor para las ciencias planetarias comparadas, y nos enseñó qué es lo que nos espera si algún día decidiéramos ir allá.


La temperatura exterior era de 457 ºC; la presión, 84 atmósferas terrestres. La zona estaba compuesta por afloramientos de roca madre rodeada de tierra oscura, de grano fino. El espectrómetro de fluorescencia por rayos X ubicó la composición del suelo en la categoría de gabroides melanocratas débilmente alcalinos.Las imágenes en color fueron espectaculares. Y muchas más cosas.


Venera-14 aterrizó cuatro días después, a 950 km de allí (13,25 S, 310 E). Por pura mala pata, al desprenderse la protección de una de las cámaras fue a parar justo debajo de una de las taladradoras de subsuelo, impidiendo la perforación. Así, la capacidad de análisis de la nave quedó reducida, pero no eliminada. En este caso, se pudo determinar que el suelo estaba compuesto por basalto toleitico similar al que se puede hallar en la corteza oceánica terrestre. Operó a 465 ºC y 94 atmósferas terrestres durante 57 minutos (25 sobre las especificaciones de diseño) antes de apagarse. Los orbitadores de ambas, que habían estado retransmitiendo toda esta información a la Tierra, siguieron estudiando la atmósfera de Venus durante otras cuantas semanas más.


Aún no les pareció bastante. En 1983 despegaban Venera-15 y Venera-16. En esta ocasión no viajaban a la superficie, pues todo lo que podía estudiarse allí en esos momentos había sido cumplidamente satisfecho con -9, -10, -13 y -14. En vez de eso transportaban grandes radares Polyus de apertura sintética, así como espectrómetros infrarrojos, detectores de rayos cósmicos y sensores plasmáticos solares. El propósito era levantar mapas detallados de una cuarta parte de la superficie de Venus, menos detallados del 75% restante, y realizar un análisis profundo del viento solar circundante y otros condicionantes que pudieran afectar al vuelo espacial en las cercanías. Se establecieron en órbitas polares y trabajaron incansablemente durante los siguientes ocho meses, cumpliendo también su misión con éxito.

En 1985, las sondas de sistema solar Vega-1 y Vega-2 –basadas en el diseño de Venera-10– también lanzaron aterrizadores a Venus durante su viaje al cometa Halley, aprovechando que les pillaba de paso. El aterrizador de Vega-1 falló debido a una mala conexión durante el descenso (se activó demasiado pronto); aunque pudo posarse con bien, había quedado inutilizado. El de Vega-2, en cambio, tomó tierra con éxito en el extremo oriental de Terra Afrodita (8,5º S, 164,5º E), lanzó globos meteorológicos y transmitió datos durante 56 minutos a 463 ºC y 91 atmósferas. El suelo allí resultó ser de anortosita-troctolita.

En esos momentos, la Unión Soviética estaba concentrándose en su masivo programa de estaciones espaciales Salyut, que pronto daría lugar a la mítica Mir. Por ello, y porque no quedaba mucho para hacer en Venus por el momento, no hubo más Veneras. En 1991 la URSS desapareció, y su programa interplanetario también. Entre 1990 y 1994, la sonda norteamericana Magellan completó la cartografía de media resolución desde la órbita. Desde 2005, la Venus Express europea –lanzada desde Baikonur con un cohete ruso Soyuz Fregat– estudia también la atmósfera desde el espacio.

Y se acabó. Nadie ha vuelto a la superficie de Venus. Sólo las naves Venera y el aterrizador Vega-2 lograron superar el increíble desafío de enfrentarse a ese infierno, entre 1970 y 1982. Allí deben seguir, calcinadas y muertas, como un monumento alienígena a lo que es capaz de hacer esta especie nuestra cuando se lo propone en serio. Desintegrándose poco a poco, olvidadas, en el ardiente vientre de Lucifer al que una vez fueron capaces de violar.



Terraformación y colonización.


Venus y Marte son los primeros destinos obvios para la expansión interplanetaria de la especie humana, que algún día tendrá que ser. Mercurio está demasiado cerca del sol, fuera de la zona de habitabilidad sin remedio posible. Los gigantes gaseosos exteriores no sólo están también fuera de la zona de habitabilidad, sino que son demasiado grandes, carecen de superficie sólida accesible y además se hallan demasiado lejos. Sus lunas están a la misma distancia abismal, fuera de la zona de habitabilidad: no en vano se llaman las lunas heladas de Júpiter (y Saturno, y...). Sólo ir hasta allí es un viaje complejísimo, de muchos años; habitar algo de todo eso presenta unos desafíos sobrecogedores.

Marte parece más fácil. Incluso más fácil que Venus. Pero presenta varios problemas graves. El primero es que está también fuera de la zona de habitabilidad, aunque por poco. El segundo, y más importante, es que resulta demasiado pequeño: su diámetro es poco más que la mitad del de la Tierra. Como consecuencia, la gravedad marciana es baja (un tercio de la terrestre), incapaz de mantener una atmósfera digna de tal nombre. El agua líquida en superficie se evapora rápidamente y escapa al espacio exterior. Desde el punto de vista de la ocupación permanente, esta gravedad tan baja presenta serios problemas técnicos, médicos y reproductivos. Además, está más lejos que Venus: seis meses de viaje en vez de cuatro.

Venus, pues, debería ser la opción óptima si no fuera por esa atmósfera de pesadilla; un planeta tórrido por su mayor proximidad al Sol, pero perfectamente dentro de la zona de habitabilidad, provisto con  atmósfera estable, gravedad parecida, suelo sólido donde hacer minería y, en su caso, cultivar. Una especie de mundo eternamente tropical, listo para albergar toda clase de vida feraz. Vaya, es una candidata tan magnífica para convertirse en Tierra Dos, en nuestro segundo hogar, que esa catástrofe carbonífera de su atmósfera nos da muchísima rabia. Tanta rabia que algunas mentes –unas, enloquecidas; otras, privilegiadas– gruñen y mascullan por lo bajini una palabreja: terraformación.

Pero otros, más prácticos, hablan de ciudades flotantes y hábitats aerostáticos aprovechando la enorme densidad de su atmósfera. De manera notoria, el científico de la NASA y novelista de ciencia ficción dura Geoffrey Landis lleva años recordando a quien quiera escucharle que la colonización de un planeta no tiene por qué darse, y mucho menos empezarse, a nivel de superficie. En sus propias palabras, "el único problema con Venus es, simplemente, que la superficie está demasiado lejos del nivel atmosférico interesante; al nivel de las nubes altas, Venus es el planeta del paraíso." En efecto, no hay nada más parecido a la Tierra en todo el sistema solar, en todos los lugares conocidos por nuestros ojos e instrumentos en este momento, que la atmósfera de Venus a unos 50 km. de altitud. Y mucho menos, tan cerca.

Landis propone hábitats y ciudades flotantes, sobre el concepto de que el aire respirable (mezcla de oxígeno y nitrógeno al 21:79) es un gas aerostático en la densa atmósfera de Venus, con más del 60% de la capacidad de sustentación del helio en la Tierra, y más del 70% que la del hidrógeno. Un globo o dirigible lleno de aire respirable, en Venus, sería capaz de sostenerse a sí mismo y mucho peso adicional. Existe la posibilidad, además, de llenarlo en parte con hidrógeno o helio, para incrementar la sustentación. Este tipo de sustentación aerostática permite el establecimiento de grandes estructuras, con muchos cientos de metros e incluso kilómetros de tamaño, a un coste relativamente menor: un coste enorme pero pagable, ahora mismo o durante las próximas décadas. Como especie, tenemos esa clase de dinero y también la tecnología (o estamos a punto), a diferencia de lo que ocurre ahora mismo con cualquier otro planteamiento de colonización espacial.

A 50 km. de altitud sobre la superficie venusiana, las condiciones meteorológicas esenciales son muy parecidas a las terrestres: una atmósfera de presión y temperatura en el rango de 0 º a 50 ºC. Dado que no habría diferencia de presión significativa entre el interior y el exterior del globo lleno de aire respirable, daría tiempo de sobras a reparar cualquier rotura que pudiera producirse, dentro de ciertos límites. Adicionalmente, en esta ubicación los seres humanos no necesitarían trajes espaciales para moverse por el exterior: sólo una bombona de aire respirable y alguna protección contra la lluvia ácida.

Esta posición en lo alto de las nubes de Venus solventa otro problema. El día venusiano es demasiado largo, muchos meses terrestres; eso haría sufrir a los colonizadores temporadas de calor abrasador seguidas por otras de frío pavoroso, junto a las violentas tormentas huracanadas habituales en su superficie. Pero a 50 km. de altitud, las Venera descubrieron que existe la llamada súper-rotación atmosférica; actualmente, la Venus Express trata de determinar su naturaleza. Esta súper-rotación es una intensa corriente de viento estable a 95 ms-1 (342 km/h) que rodea el planeta una vez cada cuatro días. Por tanto, un aerostato situado sobre Venus y cabalgando esta corriente experimentaría un muy aceptable ciclo día/noche de cien horas aproximadamente.

Tanto Marte como Venus carecen de magnetosfera, lo que causa una radiación cósmica muy alta, peligrosa para los colonizadores. Pero si bien Marte no tiene ninguna otra protección natural debido a su tenue atmósfera, a 50 km. de altitud sobre Venus seguiría habiendo una densa atmósfera sobre las ciudades flotantes para hacer de escudo (parcialmente al menos) contra esta radiación cósmica.


Si bien construir un ascensor espacial sería impracticable debido a la lenta rotación del planeta (su órbita geoestacionaria está muy lejos), un gancho celeste asíncrono que se extendiera a la atmósfera superior y girase a la velocidad del viento es mucho más fácil de realizar que aquí (e incluso que un ascensor espacial terrestre). Después, la cercana superficie se podría explorar y explotar por medios robóticos, instalando los rudimentos de una industria local, y más adelante con establecimientos presurizados.

El desplazamiento entre la superficie y las ciudades flotantes es fácil y de bajo coste: en una atmósfera tan densa, casi cualquier clase de nave puede volar sin dificultades para recorrer largas distancias entre establecimientos superficiales y hábitats aerostáticos. Objetos pesados que en la Tierra no lograrían sustentarse de ninguna manera, en Venus vuelan con toda normalidad, facilitando enormemente el transporte. En cuanto al suministro energético, la energía solar es especialmente abundante a esos 50 km de altitud, con paneles solares dobles para captar tanto la que viene del sol como la reflejada desde abajo.

La existencia de estas colonias sería viable incluso con tecnología actual (bueno, casi) y en las condiciones presentes de Venus. Esto apunta a un enfoque dinámico de la colonización: en vez de gastarse una burrada inconcebible en realizar una terraformación completa desde el principio, podría ir planteándose poco a poco, ocupando progresivamente el planeta desde su atmósfera. La Hispaniola de Venus es, claramente, su atmósfera media. Ahí, a caballo entre el abismo y el cosmos, está la primera extraterra incognita que la humanidad puede permitirse explorar. El reto principal consiste en encontrar un material protector resistente al ácido sulfúrico ambiental durante largo tiempo; ciertos tipos de polietileno y polipropileno lo permiten ya en la actualidad, aunque habría que mejorarlo.

Si las nanotecnologías del carbono son tan prometedoras como parecen, se podrían usar nanotubos o grafenos como material estructural para la estación aerostática (e incluso a-CO2 con sílice común, si puede ser templado en condiciones estándar). Esto simplificaría enormemente la construcción y reduciría su coste por muchos órdenes de magnitud, aprovechando el propio carbono presente en la atmósfera de Venus.

Así establecidos ya en el planeta, las posibilidades de terraformación progresiva y económica aumentan. Y hablando de economía: más allá de los motivos científicos, filosóficos y de seguridad (es muy peligroso tener a toda la humanidad en un solo planeta en caso de cualquier evento de extinción)... ¿todo esto tiene algún sentido económico, o es un pozo sin fondo de dinero a escala planetaria?

En este momento, se han planteado ya dos propuestas para obtener algún beneficio más o menos próximo de esta colonización. La primera es que, intrínsecamente, Venus –un planeta rocoso como la Tierra– contiene inmensos recursos mineros que se pueden explotar sin dañar al ecosistema, porque no hay ningún ecosistema que dañar: hasta que la terraformación no esté avanzada, está todo abismalmente muerto. La segunda es que, aunque parezca contraintuitivo, Venus es el mejor punto de partida posible para dirigirse a por las riquezas mineras del cinturón de asteroides. Como se ve en el gráfico de la derecha, es más rápido y menos costoso llegar al cinturón de asteroides cuanto más cerca estamos del Sol; y Venus está 42 millones de kilómetros más cerca del Sol que la Tierra. El principal problema para una explotación económica y normalizada de estos recursos es, en estos momentos, el alto coste del transporte espacial en sí. Pero lo cierto es que se ha ido abaratando constantemente durante las últimas décadas, que la industralización del espacio reduciría el coste muchísimo más, y que con ella comenzarían a actuar economías de escala capaces de llevarlo a cifras ciertamente más atractivas que las presentes.

Evidentemente, en el estado actual de la humanidad no se puede plantear una explotación económica de estos recursos. Nuestro desarrollo socioeconómico presente exige, primero, esta industrialización del espacio. Esto puede sonar a ciencia-ficción, hasta el momento en que recordamos que, hace apenas doscientos años, nos hallábamos exactamente en la misma posición con respecto a la mayor parte de nuestro propio planeta. El planteamiento OPSEK de astillero espacial (ver presentación) podría ser el primer paso en este sentido.

Si la humanidad sigue desarrollándose en la escala de Kardashev como hasta ahora –esto es, si no nos quedamos anquilosados y estancados en una especie de Edad Media postindustrial– la Tierra se nos va a quedar pequeña muy deprisa (en cierta medida, ya lo hace). En cuanto nos planteemos hacer cosas verdaderamente grandes, necesitaremos sistemáticamente recursos a escala planetaria (en realidad, los estamos necesitando ya, y ese es el origen de muchos de los problemas de la humanidad actual). Es muy difícil vislumbrar en este momento de qué manera se dará ese proceso, inmersos como estamos en el esquema mental de nuestro propio tiempo; pero se dará, o seremos una especie fallida y estancada para siempre. Y arruinada, por cierto.

Y en aquel tiempo, cuando los hombres y mujeres futuros escriban la historia de cómo empezó todo, de cómo la humanidad pasó de ser míseros simios de aldehuela a una gran civilización cósmica, las viejas Venera ocuparán un lugar de honor: como la primera vez en que alguien se propuso contra todo pronóstico salir de esta aldea planetaria para ir a otros mundos, y fue.


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jueves, 24 de septiembre de 2009

Hijas de la Lluvia 04: Navíos Cósmicos en Regiones Mágicas

Capítulo anterior: Mundos al calor de otros soles
ne
(Fracción de los planetas de la galaxia que podrían albergar vida)


En el ámbito de las creencias, no es raro oír hablar de la energía como algo “superior” a la materia, tan mundana, corruptible y mortal. Las estanterías donde reposan los libros de autoayuda espiritual, pseudociencias varias y nuevas formas de fe están plagadas de seres de luz, energías sutiles y vibraciones positivas venciendo a lo material, que como bien se sabe es sucio, vulgar y pecaminoso. No hace falta poseer ningún grado de genialidad para constatar que sólo estamos ante una variante de la vieja moral religiosa, sustituyendo lo divino por lo energético, otorgando a la energía cualidades divinas y dejando a la materia en su lamentable lugar de siempre.

Bueno, pues va y resulta que es al revés.

La materia está constituida por inmensas cantidades de energía altamente estructurada. En realidad no hay nada “superior” ni “inferior” a otra cosa en el Universo, pero si hubiera que aceptar ese lenguaje, la materia se hallaría sin duda muchos órdenes de magnitud por encima de la energía. En uno solo de tus cabellos hay tanta energía concentrada como en la bomba de Hiroshima. Comparado contigo, un “ser de energía” en cualquiera de sus sabores sería tremendamente primitivo, aburrido y... poco energético. Algo tan complejo como la vida o la inteligencia ha de sustentarse por fuerza sobre elevadas concentraciones de energía exquisitamente organizada. O sea, sobre materia.

Para que un fenómeno así de sofisticado pueda nacer, desarrollarse y evolucionar, esta materia debe existir en unas condiciones más o menos estables. Si, por ejemplo, estuviera sometida a temperaturas tan elevadas que sus átomos no puedan mantenerse estructurados durante un cierto tiempo, cualquier intentona de vida se desparramará en breve plazo sin ocasión alguna para evolucionar. Si, por el contrario, el frío es tan extremo que estos mismos átomos permanecen estancados, ateridos, a duras penas capaces de combinarse con otros, tampoco parece fácil que algo tan complejo y ágil como la vida pueda desarrollarse. Lo mismo ocurrirá si la gravedad o la radiación son demasiado altas o demasiado bajas, pongamos por caso.

Es hora de que la hija de la lluvia con su cabeza llena de los pajaritos que le permitieron triunfar sobre el neandertal reprima su entusiasmo y ponga un poco los pies en el suelo. De todos esos soles y mundos y cosas maravillosas que ha encontrado en los cielos, la mayoría no sirven de hogar por un motivo u otro.

Así a lo bruto, podemos descontar de un plumazo todo lo que ande cerca del centro de la galaxia. Todo apunta a que el núcleo de la Vía Láctea es un agujero negro supermasivo; aunque sólo sea por el nombre y aún no sepas lo que es, ya te imaginarás que resulta un argumento muy carismático a la hora de descartar cualquier forma de vida en sus proximidades. Pero aunque esa bestia del averno no estuviera ahí en realidad, el centro de la galaxia es un lugar con una altísima concentración de estrellas, y eso significa altísimas concentraciones de radiactividad. Vivir cerca del núcleo galáctico se parece a vivir cerca de una bomba H explotando eternamente. Hay que venirse hacia las afueras, hacia los brazos de la galaxia, para que los índices de radiación caigan por debajo de unos niveles sensatos. Por el mismo motivo, los planetas que orbitan demasiado cerca de sus respectivos soles tampoco parecen un buen lugar donde alojarse. Particularmente cuando –al igual que ocurre entre la Luna y la Tierra– siempre muestran la misma cara a su estrella. Y esto ocurre con frecuencia cuando ambos están próximos, por debajo del llamado Radio de Acoplamiento de Marea. A Mercurio, por ejemplo, le pasa algo parecido.

Los grandes planetas tampoco resultan un vecindario deseable para nacer y evolucionar. Además de su elevada gravedad e inestabilidad meteorológica, retienen demasiado helio y sobre todo hidrógeno libre. El hidrógeno libre, sin combinar con otros átomos –como oxígeno, por ejemplo, formando agua–, es un potente corrosivo que se come todo lo que caiga en sus manos.

Y hablando de agua. Necesitamos un solvente. Algo que permita a los átomos y moléculas acercarse y alejarse entre si suavemente y con facilidad para formar los sofisticados componentes que exige la vida. El solvente más simple y universal es el agua líquida. Por eso la hija de la lluvia es hija de la lluvia. Por eso los científicos se excitan tanto cada vez que una de nuestras naves descubre agua –aunque sea hielo– en algún punto del sistema solar. Indica la posibilidad de que haya o haya habido vida. Necesitamos, pues, agua o algún solvente similar. A poder ser sin unas corrientes tan extremas que desarticulen las moléculas antes de que puedan organizarse en condiciones. A los amiguitos de la hija de la lluvia también les tiene que gustar el agua. O alguna cosa parecida.

La órbita del cuerpo donde vaya a aparecer vida debe ser lo más circular posible con respecto a su sol, o soles. De lo contrario, habrá periodos del año en que las condiciones sean aceptables para la formación y desarrollo de la vida y otros en que todo resulte destruido o paralizado.

Por último, y no menos importante, la estrella en cuestión debe tener un comportamiento energético más o menos estable. Y si forma parte de un sistema de dos o más soles –como sucede con la mitad de estrellas de la galaxia–, que el paso de su pareja no mate a lo nacido. Ver cómo la vida se está formando trabajosamente durante millones de años para que de pronto cambien las condiciones y todo resulte exterminado hasta la aniquilación no acaba de tener gracia.

Podemos imaginar formas de vida que, dentro de unos límites, pudieran nacer y desarrollarse en violación de alguno de estos principios. Pero serían muy primarias e inestables, de poca complejidad, demasiado lejos de lo que requiere el surgimiento de la inteligencia.

Decimos que los cuerpos celestes que cumplen todas estas condiciones, en todo o en parte, se hallan dentro de la Zona Habitable.

¿Hemos descrito unas condiciones tan restringidas y estrictas que de todos los mundos habidos, únicamente la Tierra puede cumplirlas, y sólo durante un tiempo? ¿Le hemos echado un jarro de agua fría por encima a la hija de la lluvia?

Lo cierto es que no. Habrá tenido que moderar un poco su entusiasmo, sí, pero trescientos mil millones de estrellas con sus planetas y sus lunas y todo lo demás dan mucho juego. La probabilidad de que haya millones de objetos dentro de las zonas habitables sigue siendo elevadísima. La probabilidad de que los haya habido en los 13.700 millones de años que tiene el Universo es aún mucho más alta.

Descontando aquellas que se encuentren en las proximidades del núcleo galáctico, las zonas habitables más extensas deben hallarse alrededor de las estrellas de tipo A, B y O, en lo alto de la llamada Secuencia Principal –una forma de catalogar los soles que usan los astrónomos–. Pero éstas son estrellas muy grandes y calientes: emiten mucha radiación y consumen el combustible tan deprisa que difícilmente durarán el tiempo suficiente como para que surjan formas de vida avanzadas. Y encima, son muy pocas.

Las zonas habitables más estrechas, con poco espacio para que caiga en ellas algún planeta, se encuentran en la región inferior de la Secuencia Principal: los tipos K y M. Estrellas pequeñas y frías, aunque muy duraderas y estables. El 90% de los soles pertenecen a estos dos grupos. En su contra juega la misma estrechez de las zonas habitables que las rodean, la violenta actividad en superficie que deben sufrir sus planetas y lunas, y el gran número de los mismos que estarán por debajo del Radio de Acoplamiento de Marea y por tanto ofrecen siempre la misma cara al sol. A su favor juega su elevadísimo número y su extraordinaria longevidad: algunas estrellas del tipo M perdurarán hasta los últimos momentos del Universo. Ambas cosas multiplican las probabilidades de que alrededor de algunas de ellas haya surgido vida compleja o pueda hacerlo en tan larguísimo futuro.

Entre estos dos extremos, hallamos las estrellas de los tipos G y F. Tienen zonas habitables de tamaño intermedio donde puede caer fácilmente alguno de sus planetas y lunas. Su estabilidad y duración permiten que aparezcan y se desarrollen formas de vida avanzadas. Y a menos que se encuentren cerca del núcleo galáctico o alguna anomalía muy energética, sus alrededores son bañados por cantidades moderadas de radiación. Nuestro Sol es una estrella de tipo G; para ser exactos, del subtipo G2V. Las buenas noticias radican en que las estrellas del tipo G resultan comunes en el Cosmos. Si les añadimos las más bajas del tipo F y las más altas del K, y les descontamos las que estén próximas a alguna fuente de energía devastadora, vienen a sumar el 1% de los soles del Universo.

Eso significa que en la Vía Láctea hay unos tres mil millones de soles situados en esta banda mágica, con estupendas zonas habitables donde uno o varios de sus planetas podrían situarse. Dicho en otras palabras: sin salir de nuestra galaxia, debe haber varios cientos de millones de lugares en los que formas de vida tan complejas como nosotros, o más, pueden nacer y evolucionar con que sólo tengan órbitas más o menos circulares, un tamaño prudencial y una poquita de agua. Como en la lluvia.
Ver: Lista de exoplanetas conocidos que podrían hallarse en las Zonas Habitables de sus respectivas estrellas.
Próximo capítulo en La Pizarra de Yuri el jueves, 01/10/2009: Con lo que haya y como se pueda.

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