La pizarra de Yuri: táctica militar
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jueves, 11 de febrero de 2010

Historia de la bala.

Una pequeña asesina que se cobra 500.000 vidas al año.



Es una de las principales causas de muerte violenta. Todos los aviones, misiles, tanques y buques de guerra juntos no matan a tanta gente, ni muchísimo menos. Los seres humanos, básicamente, asesinamos al prójimo de manera personal, con las manos; o, al menos, con cosas que llevamos en las manos. Y la humilde bala, junto a las armas que las disparan, son tan letales como los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki, juntos y multiplicados por dos... cada año.

En efecto, Oxfam Internacional, Amnistía Internacional e IANSA estiman que las armas ligeras –y sus proyectiles– acaban con 500.000 personas al año; esto es, un Auschwitz cada lustro. Quizás después del garrote y el cuchillo, esos minúsculos trocitos de metal que vuelan rabiosamente por el aire hasta hundirse en la carne y la sangre ocasionan un genocidio estándar cada veintipico meses (o, más bien, la gente que los dispara, claro). Únicamente desde 1980 hasta aquí, han matado a tanta gente por todo el planeta como la Segunda Guerra Mundial. No se considera un arma de destrucción masiva, y sin embargo lo es más que ninguna otra. Sólo la Antártida, por el momento, se ha librado de sus efectos; quizá porque sus únicos habitantes, los científicos, suelen ser gente de paz.

Las balas están por todas partes, son facilísimas de construir al abrigo de cualquier selva, casucha, bosque o desierto por unos pocos céntimos, y ya no digamos en las modernas fábricas robotizadas que las producen a millones. En las versiones más básicas, basta con un poco de propelente, latón y plomo, y alguna herramienta primitiva para mecanizarlas de forma más o menos regular. Todos los países dignos de tal nombre tienen, al menos, alguna industria local. Las balas no sólo matan por perforación, daño neurológico y hemorragia, sino también por shock hidrostático, infección y lesiones sinérgicas que afectan a varios órganos simultáneamente.

El proyectil más popular del mundo es el llamado .22 Long Rifle, un cartucho chiquitín y de fácil uso que sirve para numerosos rifles, pistolas, revólveres y hasta escopetas. Lo de .22 quiere decir "0,22 pulgadas de diámetro": efectivamente sus dimensiones en el sistema métrico decimal son 5,6 milímetros de diámetro por 15 milímetros de longitud. Esta bala es demasiado pequeña para tener mucho alcance efectivo, penetración o poder de parada –le falta energía cinética–, pero para las distancias y víctimas habituales de las armas (civiles desarmados, raterillos, gentes derrotadas y otras personas esencialmente reducidas e indefensas) resulta más que suficiente; sobre todo, cuando se tiran tres o cuatro disparos. Además, tiene un vuelo muy lineal, lo que facilita su uso por tiradores poco experimentados.

Entre los militares, el más frecuente es en cambio el conocido como nueve milímetros parabellum, de 9 x 19 mm. Para bellum significa, en latín, "para la guerra", y lo tomaron del conocido aforismo si vis pacem, para bellum. Fue desde su origen un calibre militar, y resulta tan común porque se han fabricado numerosas armas de combate que lo utilizan. Considerado frecuentemente como un calibre de asesinos, debido a su uso generalizado a manos de terroristas, delincuentes y miembros de fuerzas de seguridad mucho menos que democráticas, es mucho más pesado y contundente que el pequeño .22 LR; a cambio, requiere mayor experiencia para acertar con él a alguna distancia porque su peso lo desploma rápidamente.

Sin embargo, cuando las cosas se ponen chungas de veras y la víctima no es tan víctima, sino que responde al fuego, la muy perra, todo el mundo se vuelve loco por el que llaman 7,62 soviético de 7,62 x 39 milímetros. Básicamente, porque es la bala del mítico Kalashnikov AK-47 y sus variantes, como el AKM, que es lo que todo nacido de madre quiere tener en las manos cuando las pintan bravas. Este cartucho intermedio, estrechamente relacionado con el tradicional calibre .30, resulta intratable a las distancias típicas de combate y sobre todo de combate urbano o suburbano; los soldaditos de a pie que saben de lo que hablan prefieren con mucho su cruda severidad a las ambiguas estadísticas de municiones más modernas y ligeras. A los contables de los ejércitos y otras fuerzas armadas también les gusta: las variantes más baratas se han llegado a producir a menos de un céntimo por unidad, y no es raro encontrarlos de importación y excelente calidad por debajo de veinte. Esto significa que se puede llenar un peine de treinta balas buenas por menos de seis euros, lo que venían siendo mil pelas, e incluso sin llegar al euro si uno se conforma con cualquier cosa; un argumento difícilmente discutible.

La idea de descalabrar a algún vecino por el procedimiento de lanzarle un objeto contundente es tan vieja como la humanidad. Ya en tiempos antiguos se descubrió que un objeto pequeño proyectado a suficiente velocidad resultaba más práctico y mucho más perjudicial para la salud que otros adminículos de mayor tamaño. No otra cosa es la punta de una flecha y, sobre todo, los proyectiles de las hondas.

A pesar de su aspecto primitivo, una honda en manos de quien sabe usarla es un arma terrible y peligrosísima, que nos viene acompañando desde el Neolítico por lo menos y probablemente desde el Paleolítico. Una honda es efectiva a mayor distancia que el arco, incluso que el arco largo, y también a mayor distancia eficaz que la mayor parte de armas cortas de fuego: hasta cuatrocientos metros. Un hondazo bien arreado con una bolita de plomo o incluso un guijarro pesado puede matar ya no a un hombre, sino incluso a un caballo, según los conquistadores de América que las padecieron. No sólo se dice que David se ventiló al gigantesco Goliat con una de ellas; es que la historia nos habla de los legendarios honderos baleares, más temidos que los arqueros y capaces de hundir un barco de guerra romano a menos que estuviera bien blindado con cuero. En fecha tan tardía como 1989 se acusó a un veterinario rural, Luis Perezagua, de derribar un helicóptero del Ejército Español que le estaba molestando mediante una certera pedrada, quizás lanzada con honda, sin causar muertos pero sí algunos magullados. Fue absuelto, no se sabe si porque era mentira o porque nadie estaba dispuesto a asumir la vergüenza. Quizá deberían haber leído algo de historia antes de avergonzarse tanto.

La invención de la pólvora facilitó el asunto este de desgraciar a los primos mediante el lanzamiento a gran velocidad de pequeños objetos pétreos o metálicos. Los primeros proyectiles para mosquetes, arcabuces, pistolones y demás parafernalia bélica de la época no eran más que esferas de plomo u otro metal, parecidas a las de las hondas, e incluso guijarros redondeados cuando no había otra cosa  a mano. Hubo que esperar hasta 1823 para que un cierto inglés llamado John Norton, de las fuerzas armadas de su Graciosa Majestad, propusiera usar proyectiles puntiagudos que se expandían para ajustarse al cañón del arma durante el disparo; la idea fue rechazada porque se habían venido usando bolas durante trescientos años.

Pero no olvidada. El estadounidense William Greener recogió el concepto para crear una bala con base de madera que se ajustaba al cañón, multiplicando su eficacia como predijo Norton; ésta fue rechazada por engorrosa. Por fin, en 1847, un capitán del ejército francés llamado Claude Étienne Minié desarrolló un proyectil de plomo blando que desempeñaba la misma función. La bala Minié fue un éxito instantáneo, pues al ajustarse al ánima del cañón aprovechaba la totalidad de los gases de la pólvora, y además era tan sencilla de usar como las viejas de bola. Ah, por si no te habías dado cuenta: la palabra castellana bala viene del francés balle, que quiere decir bola. El inglés round procede, naturalmente, de redondo; es decir, una bola.

La bala Minié se usó extensivamente en la Guerra Civil Americana, causando heridas terribles a sus víctimas que casi siempre significaban la muerte o la amputación. Fue también durante este conflicto cuando los cartuchos de pólvora, que se venían usando desde tiempos de los mamelucos egipcios (1260), se incorporaron al propio proyectil para obtener un solo elemento; hasta entonces, había que cargar el proyectil por un lado y la pólvora por el otro. Había nacido la bala moderna. La adición de un fulminante capaz de encender la pólvora mediante el impacto de un percutor completó el invento. En la actualidad, todas las balas –y muchos proyectiles pequeños de artillería, que son sus primos hermanos– funcionan así.

El siguiente avance se produjo en 1883, cuando un mayor suizo inventó la chupa de chapa, o sea, un recubrimiento de cobre para el proyectil de plomo. Esta funda de cobre se adapta mejor al ánima del cañón, permitiendo un aumento muy significativo de la velocidad de salida, y con ello de la energía total. La bala spitzer, con propiedades aerodinámicas mucho mejores, es ya difícil de distinguir de un proyectil contemporáneo.

Por otra parte, durante el siglo XIX los ingleses habían inventado la bala expansiva o dum dum. La bala dum dum tiene una propiedad curiosa: al alcanzar el blanco, revienta y se expande para agotar toda la energía contra el mismo y provocar grandes heridas, en vez de atravesarlo limpiamente. Sería el gobierno alemán, en 1898, quien protestaría por primera vez contra la inhumanidad de esta clase de proyectil, y de hecho están prohibidas para uso militar. Pero la gente es ingeniosa, sobre todo a la hora de joder (en ambos sentidos), y muchos proyectiles modernos están construidos de tal manera que tumban al impacto, produciendo lesiones análogas.

La historia de la munición trazadora, incendiaria y explosiva merece párrafo aparte. La munición trazadora e incendiaria contiene algún material que arde por la fricción del aire –el primero fue el fósforo–, y la inventaron los ingleses también para hostigar a los zepelines alemanes de la Primera Guerra Mundial, amenazando con hacer estallar sus grandes depósitos de hidrógeno. Después, la trazadora siguió su propio camino como guía de tiro en condiciones de pobre visibilidad; cuando se usa con ametralladoras (intercalando una trazadora cada cierto número de balas corrientes), es como apuntar con un láser. A cambio, delatan la posición del tirador. La bala explosiva es una versión en chiquitín de los proyectiles de artillería que detonan al impacto, causando heridas análogas a las dum dum, y por eso se confunden muchas veces. Por complicadas, son raras en los calibres habituales para uso manual, y normalmente cuando alguien denuncia que se están usando balas explosivas, se refiere a balas expansivas.

El desarrollo de municiones de alta velocidad permitió crear también la bala perforante, cuyo propósito es atravesar una coraza. Las hay de muchos tipos. Bastantes de ellas tienen en su centro una "aguja" de carburo de tungsteno, uranio empobrecido u otro material muy denso, con una punta muy dura. Esta "aguja" se separa del resto del proyectil, concentra la energía en un punto muy pequeño y así penetra a través de los blindajes, incluso los de un tanque con los calibres mayores. La generalización de los chalecos antibala y antimetralla entre militares, policías y algunos delincuentes ha conducido al desarrollo de balas específicamente diseñadas para atravesarlos.

A la bala, y los proyectiles de energía cinética en general, les queda mucha muerte por delante. Más allá de supuestas armas de rayos, haces, ondas y demás,  lo cierto es que no se conoce ninguna manera ni remotamente tan eficaz y económica de transferir gran cantidad de energía a un blanco, a menos que nos metamos en mejunjes nucleares. Esta vieja conocida, que nos viene acompañando desde quizás el Paleolítico con la idea de matarnos, seguirá en las manos de todo aquel que desee asesinar a otro ser humano (o, para el caso, cazar y tal; ¡como si necesitáramos seguir cazando a estas alturas!). No existe una manera de matar tan eficaz, segura, barata, universal y accesible; para manejar un garrote o un cuchillo hace falta cierta fuerza, decisión y pericia, pero para practicar dos agujeros nuevos a un desgraciado –o desgraciada– en las distancias cortas sólo se precisa tirar de un gatillo. La bala llegó con nosotros y se irá con nosotros. O precisamente por eso.

...por otra parte, quizá esta muchachuela podría decir que quien quiera violarla, esclavizarla o matarla como a tantas de sus hermanas, puede intentarlo en este preciso momento si le queda algo de hombría.

Peli muy recomendada: El Señor de la Guerra, con Nicholas Cage (2005).

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domingo, 20 de diciembre de 2009

De cuando los guerrilleros derrotaron a los robots (UAV)

La resistencia iraquí nos ofrece una exquisita exhibición de guerra asimétrica


En realidad, era un secreto a voces entre los radioaficionados con mejor información o, simplemente, con la suerte de haber captado alguna de estas transmisiones. Y venía siéndolo desde los años noventa, durante las guerras que desintegraron a la antigua Yugoslavia: los aviones de reconocimiento sin piloto –UAV: unmanned aerial vehicle– que usan los Estados Unidos, la OTAN y sus aliados transmiten la señal de video sin cifrado alguno. De esta manera, la resistencia iraquí –y barruntan que hasta los afganos– han estado registrando durante años las imágenes captadas por los UAVs espías estadounidenses en numerosas ocasiones por todo el país.


Nos lo cuentan, entre otros muchos, medios poco sospechosos de antiamericanismo como el Wall Street Journal del amiguísimo de Chemari Aznar, Rupert Murdoch, propietario también de medios tan ideológicamente correctos como Fox News. Ahora dicen que el problema se conocía desde 2004, pero no es verdad. El problema, obviamente, se conoce desde el principio: cualquiera con dos dedos de sesera que tuviera acceso a los detalles tecnológicos de estas aeronaves no tripuladas tuvo que echarse las manos a la cabeza al observar el detalle. Como ya apunté en el artículo sobre los satélites espías, no hay nada más fácil en el mundo que detectar e interceptar cosas que han decidido emitirse a sí mismas: radio, radiotelefonía, radar, láser, televisión, etcétera. De nuevo nos encontramos con leyes físicas básicas que no pueden ser eliminadas por ningún laboratorio secreto de sabios locos, aquí o en Andrómeda.


Los más puñeteros hallarán sin duda sabroso saber que la oposición viene usando enlaces encriptados para sus UAVs al menos desde los tiempos del Tupolev Strizh, y actualmente con los Yak Pechela o los Xianglong y WZ-2000 de los amarillos. El motivo de que Estados Unidos y sus aliados ignoraran el cifrado en sus canales de video no obedece, por supuesto, a una carencia tecnológica; sino a una carencia económica. ¿Los rusos y los chinos tienen más pasta que los USAmericanos? En realidad tampoco (aunque en los últimos tiempos, cualquiera sabe...). Lo que ocurre es que pagan menos por sus sistemas de cifrado, que son de producción estatal o paraestatal. En Occidente, el state of the art en tecnologías de encriptación pertenece a empresas privadas, y los que se consideran realmente buenos valen una montaña de dinero en patentes y derechos varios. A esto lo llaman algunos retirar el cifrado porque ralentizaba la conexión (como si no hubiera cifrado de alto nivel para video en tiempo real; lo que pasa es que hay que pagarlo). Una vez más nos hallamos ante esas duras realidades de la vida que la fauna conspiranoica suele ignorar.



Pero vamos al ajo. Resulta que los moros del turbante, sin duda con la única intención de molestar a los defensores de la supremacía racial occidental, saben manejar ordenadores. Hasta saben instalarles un sintonizador de radiofrecuencia y un programa que se vende por 26 dólares, el Skygrabber, desarrollado por unos rusos que van por libre para que cualquier hijo de vecino pueda grabarse la tele por satélite en su portátil (parece que los malandrines lo acaban de subir a $45,95 aprovechando la publi, y bien que hacen). Me apuesto un redondo y parte del otro a que ni siquiera pagaron por él y lo tenían pirata, los muy terroristas. El caso es que o bien al barbudo iraquí o a su coleguita iraní o, en general, a cualquier persona con algo más que serrín en la mollera se le ocurrió conectar el portátil a una antena omnidireccional corriente en vez de a un plato de satélite. Et voilà! Video en directo desde los cielos, por cortesía de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, para irlo viendo sobre la marcha –por ejemplo, durante un combate– o almacenarlo en el disco duro y estudiarlo con posterioridad.


Aseguran las Fuerzas Armadas Gringas que el problema era conocido (ya te digo: como para no serlo), que no ha puesto en peligro a sus tropas (sólo faltaría que sabiéndolo hubieran utilizado los UAVs de tal modo que los delatara: sería como para fusilar a alguien) y que el asunto ya ha sido resuelto (a saber cuántos millones habrán pagado esta vez, con la economía hecha harapos). El caso es que durante todos estos años las transmisiones de sus aviones sin piloto más sofisticados se han hecho en abierto, permitiendo al enemigo –o a cualquiera que pasara por allí– seguirlas con un equipo que cuesta menos de dos mil euros. Al parecer, el problema no sólo se daba en los veteranos Predator, sino también en los modernos Reaper que están equipando ahora mismo, y en general en todas las aeronaves no tripuladas que vienen operando nuestros amigos del norte de América.

Pero el asunto es más grave de lo que pretenden demostrar. Resulta que el enemigo (¿resuena Gila en mis oídos?) no sólo ha podido ver el feed de video más o menos igual que un general norteamericano, sino que también ha aprendido muchas más cosas. Por ejemplo, qué le interesa observar a los Estados Unidos. Cómo lo hace. Qué tácticas de reconocimiento utiliza. Cuáles son las prestaciones de sus UAVs. Dónde están, desde dónde salen, a dónde van, cómo trabajan sus operadores, qué hacen cuando les cargan algún Hellfire para reventar a un desgraciado.


Teniendo en cuenta que estos medios aéreos se han usado masivamente en Iraq, puedo imaginarme fácilmente al iraní del J2, el ruso del GRU o el chino del Sexto Instituto poniendo ojos como platos cada vez que el coleguita moro le pasa las pelis a cambio de algún dinero o unos kilos de explosivos. Combinado con sus propios medios de recolección de inteligencia de señales, el mundo entero puede saber a estas alturas cómo el yanqui aplica sus más avanzadas tecnologías de reconocimiento táctico y subestratégico. Otra batalla ganada en la guerra contra el terrorismo, sin duda, que ya se ha comido un billón (europeo) de dólares en llevar la ley islámica a un sitio donde nunca hubo ley islámica, el antes secular Iraq (Nueva Constitución Iraquí, preámbulo y art. 2). O en reconvertir a los señores de la guerra afganos (no lo olvidemos: luchadores por la libertad y americanos nacidos en el sitio equivocado según Reagan y Thatcher) en operadores políticos democráticos y emprendedores globales (de la heroína) mientras siguen manteniendo a su pueblo en la miseria y la ignorancia más atroces, y por supuesto bañando en ácido sulfúrico a las chavalitas que les salen pelín precoces, un algo coquetas o –Alá no lo quiera– con ganas de estudiar. O las tres cosas, que ya es la peste. Puñeteras gafapastas, y encima rojas.

Los aviones sin piloto.


La primera aplicación militar que se encontró para la aviación, ya a finales del siglo XIX, fue la observación del campo de batalla; en un principio usando globos y luego, aviones. No es de extrañar, pues, que el primer uso para la siguiente iteración tecnológica –las aeronaves no tripuladas– fuera idéntica: el reconocimiento táctico o en los niveles inferiores del nivel estratégico. Desde su mismo origen, estos espías atmosféricos resultaron tan eficaces –y con tantas limitaciones– como sus hermanos mayores de las regiones cósmicas.

Reducidos a su mínima expresión, un UAV no es mucho más que un avión de aeromodelismo provisto de cámaras u otros sensores, que se controla mediante canales más o menos protegidos de telecomando. Sencillos mecanismos de pilotaje automático les confirieron, hace ya años, algunas capacidades autónomas como la de recorrer un determinado patron o seguir unas señales específicas. Conforme la tecnología informática ha ido avanzando, y con ella los medios de inteligencia artificial, algunas de estas aeronaves no tripuladas han adquirido progresivamente algunas posibilidades de reaccionar ante su entorno, aunque muy lejos aún de lo que puede hacer un ser humano.


En tiempos recientes, la miniaturización de las cámaras y otros sensores ha permitido crear avioncitos muy pequeños llamados micro UAVs, que pasan fácilmente desapercibidos. Los más populares en el mercado armamentístico son los ZALA rusos, como el ZALA 421-08 que puede ser teledirigido o guiado autónomamente por GLONASS (el GPS de ellos) y obtener imágenes ópticas y de infrarrojos con menos de dos kilos de peso, siendo prácticamente invisible a los ojos y los sensores por su reducido tamaño. En esta misma función, los norteamericanos usan el Dragon Eye. Otros muchos países han producido este tipo de aparatos, cuyas prestaciones son tan limitadas como su tamaño, pero sin duda resultan insuperables para la observación en el campo de batalla o en entornos urbanos con su alcance típico de 25 o 30 km.


En el extremo opuesto se encuentra el RQ-4 Global Hawk de los norteamericanos, que viene siendo una aeronave de reconocimiento del tipo del U-2 pero sin piloto. Capaz de volar a casi 20.000 metros de altitud, con 6.000 km de alcance y 650 km/h de velocidad, este avión de pleno derecho puede operar durante 36 horas seguidas observando al enemigo tanto en el rango óptico e infrarrojo como mediante su radar de apertura sintética.

Entre uno y otro extremo, se halla una multitud de aeronaves de esta clase producidas por más de una veintena de países, siendo Israel un exportador muy común en el campo. España desarrolla junto con Alemania el EADS Barracuda. Pero el más conocido de todos por su alto perfil en guerras recientes es el estadounidense MQ-1 Predator. Al igual que sus antecesores tripulados, estos modernos UAVs vienen incorporando ya algunas capacidades de combate, normalmente bajo la fórmula de cargarles un par de misiles ligeros del tipo del Hellfire para atacar blancos de oportunidad que surjan ante sus ojos electrónicos. También se les puede proveer con Stingers o similar con objeto de derribar aeronaves en condiciones análogas.

Las aeronaves no tripuladas son un arma extremadamente útil, e incluso económica, que por su proximidad al suelo y su capacidad de ser operados como un avión cualquiera no tiene muchas de las limitaciones que plagan a los satélites de reconocimiento. De hecho, ambos se complementan mutuamente para hacerse una idea global de lo que está ocurriendo en un determinado lugar.

Guerras de robots.


Los mayores problemas de los UAVs están relacionados con su necesidad de mantenerse en contacto con sus operadores, lo que los delata en el espectro radioelectrónico aunque sus señales viajen bien cifradas y puede permitir su interferencia a manos del enemigo; conforme van ganando en capacidades autónomas gracias al progreso de la computación, esta dificultad va reduciéndose.

Otro problema sustancial es que sus mecanismos defensivos son relativamente pobres, y desde luego muy lejos de los que puede adoptar un ser humano que se juega la vida sentado sobre su máquina. En realidad, la mayor protección de un UAV es su reducido tamaño y su bajo perfil en el radar y en el infrarrojo, lo que hace difícil apuntarles con misiles. A pesar de esto, en la mayoría de conflictos los UAVs son derribados rutinariamente. Durante el bombardeo de la OTAN contra Yugoslavia, en 1999, la Alianza Atlántica perdió un total de 35 aeronaves, incluido el notorio derribo de un avión invisible F-117 NightHawk que precipitó su retirada del servicio; 30 de estas pérdidas fueron UAVs.


De hecho, ya ha habido una guerra de los UAVs, o al menos una guerrita. Durante la escalada de tensiones que finalmente condujo a la guerra entre Rusia y Georgia de 2008, el bando georgiano estuvo enviando numerosos UAVs de reciente fabricación israelí para espiar a los independentistas de Abjasia, que cuentan con apoyo ruso. Entre marzo y mayo de ese año, los abjasios derribaron un mínimo de tres y un máximo de siete de tales aparatos (Elbit modelo Hermes 450). Sólo en una de las ocasiones pudo estar implicada un arma aérea verdaderamente poderosa, un caza de superioridad aérea Sukhoi Su-27 o quizás un MiG-29 perteneciente a la Fuerza Aérea Rusa operando desde Krasnodar o Maykop (los rusos lo niegan). El resto cayeron a manos de armas de infantería, un lanzamisiles tierra-aire fabricado antes del colapso de la URSS y los avioncitos de entrenamiento táctico L-39 Albatros que operan los abjasios.

Como ya he mencionado, el principal enemigo de los UAVs son sus propias transmisiones, que los delatan en el espectro radioelectrónico. Sería, por supuesto, posible construir uno de mediano tamaño que operara en modo silencioso, registrándolo todo en dispositivos de almacenamiento hasta su retorno a base o al menos hasta hallarse fuera de peligro; pero esto anularía sus capacidades más interesantes, como la posibilidad de espiar en tiempo real, reaccionar ante una observación llamativa, atacar un blanco de oportunidad o poner a prueba las defensas enemigas. En caso de pérdida por accidente o derribo, la misión no habría servido para nada. Y ni siquiera sería posible saber si va por buen camino o se ha desviado a lugares desaconsejables militar o políticamente. Hasta que no haya inteligencias artificiales capaces de pensar como un ser humano, y se puedan montar a bordo de una aeronave así, un UAV silencioso no es muy interesante ni muy útil.


Por otra parte, las señales de telecomando se pueden interferir, bien simplemente para suprimirlas y provocar la pérdida de control de la aeronave o incluso para volverla contra su propietario. No se ha hecho público que esto último haya sucedido en ningún conflicto real.

Y, como hemos visto, las observaciones realizadas por el UAV pueden ser también aprovechadas por el enemigo; si no van cifradas, incluso por un enemigo de baja tecnología como la resistencia iraquí. Es de suponer que un enemigo más poderoso y con mejores medios podría proponerse descifrar la encriptación de un canal protegido; esto de la criptografía tiene siempre el problema de que nunca sabes hasta dónde habrán llegado los matemáticos de tus oponentes.

Lo cierto es que hemos sido testigos de una excelente exhibición de guerra asimétrica, que es algo a lo que los españoles ya pusimos un nombre menos pijo hace muchos años: guerrilla. Esto es: combatir a un enemigo más poderoso con conocimiento del terreno, evitando sus mayores fortalezas y explotando sus mayores debilidades, encontrando maneras inteligentes de volver su propio poder contra él. Que es, en último término, como cualquier persona inteligente combate una guerra. Nadie dijo nunca que el enemigo se tuviera que comportar como en las maniobras militares, en los folletos de propaganda o en las simulaciones por ordenador. Quien espere un oponente así comete un profundo, un gravísimo error que le costará muy caro. Como puede verse con facilidad. Por televisión.

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