La pizarra de Yuri

domingo, 16 de mayo de 2010

Mitos de Chernóbyl

Y por cierto... ¿habría resistido una cúpula de estilo occidental las explosiones que sufrió Chernóbyl-4?


La central nuclear de Chernóbyl vista desde Pripyat.


Estoy preparando un futuro post, que tardará aún un pelín, sobre lo que sucedió en el reactor nº 4 del complejo electronuclear de Chernóbyl para que se convirtiera en el accidente nuclear más grave de la historia humana a primera hora de la madrugada del 26 de abril de 1986 (INES-7). Sin embargo, veo que es necesario clarificar primero un montón de mitos, falsas concepciones e incluso simples mentiras que se han contado sobre Chernóbyl por parte de personas e intereses muy diversos.

Estas personas e intereses van desde los antinuclearistas hasta la industria nuclear occidental, pasando por la propaganda prosoviética y por la antisoviética, y en general por cualquiera de los juntapalabras habituales. Veamos, pues, algunos de estos mitos de Chernóbyl.

La central nuclear de Chernóbyl era intrínsecamente peligrosa.

Parcialmente cierto, pero casi siempre usado de forma manipuladora.

Los reactores RBMK-1000 –como los de Chernóbyl– tenían unas características de diseño conocidas que permitían embalamientos neutrónicos en regímenes de baja potencia. Específicamente, la característica más peligrosa era su alto coeficiente de reactividad en vacío; es decir, cuánto puede variar la actividad neutrónica cuando se forman vacíos en su seno (típicamente, burbujas de vapor). No es el único reactor con esta característica: los tan populares y seguros CANDU de fabricación canadiense (e incluso algunas versiones de los BWR) también tienen un coeficiente positivo de reactividad en vacío (o equivalente a efectos prácticos); aunque, desde luego, no tan alto.

Debido a esta peculiaridad, tanto los manuales de uso interno, como el Reglamento de Seguridad Nuclear de la Unión Soviética, como la programación del ordenador SKALA que controlaba la central prohibían cualquier operación que pudiera conducir a una de estas excursiones de energía. Había numerosos equipos orientados a prevenirlas integrados en la instalación y, muy específicamente, sistemas computerizados que debían cerrar automáticamente el núcleo si se detectaba uno de estos regímenes de operación de baja potencia.

En el transcurso de las acciones insensatas que condujeron a la explosión del reactor número 4, los directivos al mando de la unidad cometieron más de doscientas violaciones de estos manuales y reglamentos e impidieron por dos veces al menos que el ordenador cerrara automáticamente la instalación como tenía programado para casos semejantes.

Chernóbyl era insegura en el sentido de que no era fail-safe por completo; pero decir que era intrínsecamente peligrosa es como decir que un coche es intrínsecamente peligroso después de quitarle los discos de freno, vaciar el depósito de líquido para la dirección asistida y deshinchar los neumáticos antes de lanzarnos a correr a toda velocidad por una carretera montañosa.

La central estaba construida para compensar esas características de diseño. De hecho, de los quince reactores RBMK-1000 construidos, once siguen en operación hoy en día sin mayores problemas (aunque se les hicieron algunos cambios después del accidente; el más significativo, reducir su coeficiente de reactividad en vacío desde los 4,7β originales a 0,7β). En realidad, sólo se cerraron con el tiempo los cuatro de Chernóbyl más un par de RBMK-1500 y se cancelaron algunos que estaban en construcción por la mala fama que habían tomado; de manera notable, los otros tres reactores en Chernóbyl resistieron sin problemas el accidente nuclear que estaba sucediendo justo a su lado (particularmente el nº 3, casi pegado al 4) y siguieron abiertos muchos años. Durante el cuarto de siglo transcurrido desde entonces, ninguno de los once restantes ha sufrido incidentes significativos. En la foto, la central nuclear de Kursk, prácticamente idéntica a Chernóbyl y actualmente operativa.

La central nuclear de Chernóbyl era vieja, de pobre calidad, obsoleta o estaba mal mantenida.

Falso.

Específicamente el reactor nº 4 de Chernóbyl era una de las instalaciones más modernas de la industria nuclear mundial en su tiempo. Había entrado en servicio en 1983, apenas tres años antes, con tecnologías bastante avanzadas para aquella época.

Es cierto que el concepto del RBMK se derivaba directamente de los primeros reactores soviéticos, originados en los años '50, a diferencia del mucho más avanzado VVER. Pero el RBMK-1000 era un diseño relativamente reciente por aquellas fechas y para nada obsoleto (a menos que consideremos obsoleto un coche de 1983 por el hecho de usar carburador). Como ya mencioné, el resto de centrales equipadas con este modelo no han sufrido ningún otro suceso notable en estos casi veinticinco años.

Más difícil resulta determinar si el complejo estaba mal mantenido; pero no se ha documentado nada al respecto, al menos como causa directa del siniestro, y de hecho éste sucedió durante una compleja prueba de seguridad.

Por si sirve como referencia, el complejo electronuclear de Chernóbyl había ganado varios premios a la productividad y ocupaba una posición líder en la industria nuclear de aquellos tiempos. Incluso se afirma que la presión de este liderazgo fue decisiva en la secuencia de decisiones insensatas que condujeron a la catástrofe. En todo caso, no existe ningún motivo para pensar que fuera una central vieja, de pobre calidad, obsoleta o mal mantenida.

En la foto de la derecha, panel de control del ordenador (SCADA) SKALA que controla las centrales del tipo de Chernóbyl; este, ya poco utilizado en el presente, pertenece a uno de los reactores de la planta nuclear de Leningrado, que sigue también operativa.

En la central nuclear de Chernóbyl se producía plutonio militar, o se estaba experimentando su producción.

Esencialmente falso.

Todos los reactores nucleares producen una pequeña cantidad de plutonio-239 y plutonio-240 como resultado de la alimentación neutrónica del uranio-238, que suele constituir la mayor parte de su combustible (el material fisible es uranio-235, pero el estructural es generalmente uranio-238). Sin embargo, en un reactor civil esta producción de plutonio es intrínsecamente muy pobre, antieconómica y de baja calidad.

El plutonio de grado militar se elabora a partir de la producción de los reactores regeneradores y sobre todo de los reactores regeneradores rápidos (FBR). Estos reactores, que ocupan otro lugar distinto en el ciclo del combustible, producen velozmente grandes cantidades de plutonio a un coste reducido. La Unión Soviética contaba con numerosos reactores de estos tipos en Beloyarsk, Shevchenko (Aktau) y Dmitrovgrado, entre otros lugares. En la actualidad, el reactor BN-600 (operacional) y los BN-800 (en construcción) y BN-1600/1800 (proyectados), en Beloyarsk, son los únicos regeneradores rápidos a escala industrial (no experimental) existentes en el mundo desde el cierre definitivo del Superphénix francés.

De manera crítica, este tipo de reactores están optimizados para la producción del deseado plutonio-239 con una proporción muy baja del indeseable plutonio-240. El plutonio necesario para fabricar armas atómicas sofisticadas es obligatoriamente military grade (pureza superior al 93%) o supergrade (pureza superior al 97%) de plutonio-239, con tan poco -240 como sea posible; separar el uno del otro resulta muy caro y complicado, pues al tratarse de dos isótopos consecutivos del mismo elemento, su comportamiento químico-físico es muy parecido. Por ello, resulta deseable que el reactor produzca ya de por sí mucho plutonio-239 muy limpio. Esta es la especialidad de los reactores FBR como el BN-600. En la foto, la central nuclear de Beloyarsk, provista con uno de estos BN-600.

El RBMK de Chernóbyl tenía una capacidad marginal para la producción de plutonio-239 como efecto secundario de que las barras de combustible se podían sustituir sin parar el reactor, una característica de diseño para optimizar su rentabilidad y disponibilidad. Esto permite retirar el combustible cuando ya ha empezado a formarse el plutonio-239 pero antes de que se empiece a acumular mucho plutonio-240. No obstante, el reactor estaba concebido para la producción eléctrica civil y no para la de plutonio militar. La URSS no necesitaba en 1986 producir más plutonio militar (y más caro y malo) del que ya producía por cientos de toneladas en sus regeneradores rápidos.

Adicionalmente, no existe ningún indicio, documento ni testimonio de que en Chernóbyl se estuviera produciendo más plutonio del que ocurre naturalmente en todos los reactores de esta clase, o se estuviera experimentando con su producción.

En la imagen de la derecha, una muestra de plutonio-239 supergrade al 99,96% antes de su procesamiento metalúrgico; se almacena en forma de anillos para reducir geométricamente su criticalidad. Esta pertenece al Laboratorio Nacional Los Álamos de los Estados Unidos, y con 5,3 kg de masa, contiene material suficiente para construir un arma nuclear moderna. Sí, con eso puedes volar una ciudad.

Chernóbyl fue dañada o destruida por un terremoto.

Falso.

Los seismógrafos de la zona registraron en torno al momento del accidente un terremoto de magnitud 5-6. Esto ha sido utilizado por algunas personas para asegurar que en realidad Chernóbyl-4 estalló a consecuencia de un movimiento sísmico que habría deformado los canales de inserción del grafito moderador en un momento crítico del suceso. Tal mito se originó entre partidarios de la industria nuclear soviética y después se ha extendido a los conspiranoicos del HAARP y demás.

Obviamente, lo que registraron estos seismógrafos fueron las brutales explosiones que destruyeron la instalación. Es más: el tipo de terreno donde se encontraba el complejo de Chernóbyl no permite el desarrollo de terremotos tan fuertes.
Seismograma original obtenido por la estación de Norinsk (a 40 km) en la madrugada del 26 de abril de 1986. Se distinguen claramente los picos ocasionados por la doble explosión, separados 2,7 segundos y equivalentes a un terremoto de magnitud 5-6.


En Chernóbyl-4 se produjo una explosión nuclear.

No es exacto, y en último término resulta esencialmente incorrecto y desorientador.

En Chernóbyl-4 se produjeron dos explosiones principales consecutivas, separadas 2,7 segundos entre sí, acompañadas de un número de detonaciones secundarias más pequeñas.

El embalamiento energético que produjo la primera explosión principal fue obviamente de origen nuclear; pero la explosión en sí fue una detonación de vapor, al hipercalentarse el agua del circuito primario de refrigeración. No hubo reacción en cadena instantánea como la que se da en una bomba atómica, con lo que no se puede hablar de explosión nuclear (que habría sido mucho más potente y devastadora, pero resultaba imposible por el propio diseño del reactor y la manera como sucedió el accidente).

Esencialmente, el reactor se quedó en los últimos instantes sin refrigeración de golpe, cuando el embalamiento neutrónico masivo provocó un fenómeno conocido como flash-boiling. Muy a grandes rasgos, esto significa que el agua del circuito primario pasa instantáneamente a estado gaseoso (vapor de agua), con lo que pierde sus propiedades refrigerantes pero sigue acumulando cada vez más energía hasta que se produce el estallido.

La segunda explosión principal se parece más a una detonación atómica, pero aún así no lo fue. Se trató de una transitoria, una excursión rápida de energía nuclear en una pequeña porción del núcleo. Esto es más similar a un accidente de criticalidad abierta que a una explosión nuclear propiamente dicha (es decir, de criticalidad y reacción en cadena cerradas).

La existencia de una cúpula exterior como la de las centrales occidentales habría contenido el accidente.

Dudoso. Argumento utilizado con frecuencia de forma manipuladora como una verdad indudable.

No se sabe cuánta energía final produjo el embalamiento neutrónico de Chernóbyl-4. Diversos estudios han estimado cifras entre cien y cuatrocientas veces la potencia nominal del reactor, para una energía explosiva equivalente total que oscila desde una hasta cuatro toneladas de TNT (tones) en la primera detonación (la de vapor). La segunda detonación (la excursión nuclear), en cambio, pudo liberar una potencia explosiva equivalente de aproximadamente diez toneladas de TNT (diez tones, unos 40 gigajulios, deducidos a partir de la generación de radioisótopos del xenón durante el evento). 

No resulta evidente por sí mismo que la cúpula característica de las centrales occidentales hubiera sobrevivido a explosiones de este calibre. Estos edificios de contención están generalmente constituidos por paredes de hormigón armado y acero de 0,90 a 2,60 metros de grosor, diseñados para resistir picos de presión entre 4 y 14 atmósferas.

En contra de lo que se ha repetido falsamente una y otra vez, los reactores de Chernóbyl tenían varios niveles de blindaje protector. No tan completo como en ese otro tipo de centrales, pero sí compuesto por sólidos muros de hormigón armado y paredes de acero, niveles de descompresión progresiva, cámaras de arena al boro y agua (desempeñando funciones de drywell y wetwell) y 1.500 toneladas adicionales de defensa biológica; varias de estas protecciones se incorporaron al diseño de las instalaciones RBMK después del peligroso accidente norteamericano en Isla Tres Millas (INES-5), ocurrido siete años antes. Todo ello saltó por los aires durante las explosiones de Chernóbyl como si hubieran sido hojas de papel.

En realidad, hay muchas centrales nucleares en el mundo que no usan la protección exterior integral en cúpula, empezando por las japonesas. La cúpula, en sí, no significa nada: lo importante es la naturaleza y características de la defensa en profundidad en su conjunto, tanto activa como pasiva. Chernóbyl presentaba ciertamente algunas deficiencias en su defensa en profundidad, pero eso no quiere decir que estuviera absurdamente desprotegida como se ha dicho tantas veces. En la imagen de la derecha, podemos ver algunas de las protecciones integradas en los reactores RBMK (clic para ampliar). Abajo, un esquema del edificio de un RBMK-1500 (muy similar al del RBMK-1000) mostrando en trazos gruesos las estructuras de blindaje reforzadas.

Resulta prácticamente imposible determinar cuál fue el pico de presión en Chernóbyl-4, así como la naturaleza y características de los proyectiles propulsados por el interior, y por tanto si una de estas protecciones exteriores en cúpula al estilo occidental lo habría resistido. Sin embargo, podemos hacer la siguiente analogía para orientarnos: una bomba de aviación anti-búnker norteamericana GBU-27 Paveway III con penetrador BLU-109 sólo necesita 240 kg de tritonal o PBXN para atravesar 1,80 metros de hormigón reforzado (más o menos el grosor típico de una de estas cúpulas). El tritonal es básicamente TNT más aluminio en polvo, con una potencia explosiva equivalente al 118% del TNT a secas; es decir: como 283 kg de TNT.

Si la primera explosión de Chernóbyl-4 produjo una energía explosiva de dos toneladas de TNT, tirando por lo bajo, eso son siete veces más que una de estas bombas Paveway anti-búnker. Si la segunda explosión generó una potencia equivalente a diez toneladas de TNT, hablamos de treinta y cinco veces más. Y dentro de una central nuclear no faltan grandes cantidades de metales pesados para actuar de penetradores cuando salen despedidos a alta velocidad, empezando por el propio uranio (el penetrador de las bombas anti-búnkeres y los sabots anti-tanque está frecuentemente formado por... sí, exacto, uranio empobrecido).

Aparecieron fragmentos de las barras de combustible a varios cientos de metros de distancia, después de atravesar limpiamente las 700 toneladas de protección biológica superior y el techo de hormigón armado de la central. Esto invita a pensar que salieron propulsadas en vuelo balístico por las explosiones, a una velocidad muy respetable. De nuevo, resulta imposible determinar si estas barras de combustible –de tres metros de longitud y 185 kilos de masa (el conjunto doble completo)– habrían actuado eficazmente como penetradores de uranio/acero a través de una protección mayor. En la imagen, comparación con dos penetradores típicos para carros de combate:

(Clic para ampliar)

En cuanto a la potencia explosiva equivalente, esto es lo que le hacen diez toneladas de ANFO (menos potente que el TNT, aunque ubicado óptimamente, pero con un rendimiento efectivo en tones menor) a 25.000 metros cúbicos de roca:





Adicionalmente, todas las estructuras en cúpula son mucho más resistentes frente a fuerzas circulando desde el exterior hacia el interior, que frente a fuerzas viajando desde el interior hacia el exterior. Hasta cierto punto, estos edificios de contención son más aptos para proteger al reactor de agresiones exteriores –se suele mencionar como ejemplo la caída de un avión– que para proteger al exterior contra picos de energía producidos en su interior. Esto se puede observar fácilmente tratando de quebrar una cáscara de huevo: hace falta bastante más fuerza para aplastarla apretando sus extremos desde fuera que para romperla apretando por el mismo lugar o cualquier otro desde dentro.

Con una explosión doble del calibre de las que ocurrieron en Chernóbyl-4, la afirmación de que una cúpula al estilo occidental habría sido capaz de contener el accidente no pasa de ser una suposición de probabilidad indeterminada; asegurarlo como verdad absoluta la convierte en una simple manipulación.

Chernóbyl fue saboteada.

Falso.

A lo largo de los años, han aparecido recurrentemente sugerencias de que el reactor nº 4 de Chernóbyl fue saboteado. Sin embargo, no existe ninguna prueba al respecto. La secuencia de acontecimientos está bien documentada a estas alturas, y aunque las acciones delirantes que los operadores aplicaron al reactor constituyen sin duda una especie de sabotaje involuntario a gran escala, no hay motivo alguno para pensar que se trató de un acto deliberado.

La catástrofe de Chernóbyl fue un accidente tecnológico extremadamente complejo, ocurrido en una de las instalaciones más modernas y eficientes de su tiempo; muy alejado de las caricaturas –absurdas– que se suelen ver en los medios de comunicación. Sucedió como resultado de más de veinticuatro horas de manipulaciones insensatas, incluyendo cientos de violaciones del Reglamento de Seguridad Nuclear de la Unión Soviética y la desconexión de las defensas computerizadas que habrían evitado el desastre en varias ocasiones. En último término, fue un monumental error de un personal bajo presión y con cualificaciones inapropiadas, que creía saber lo que hacía y no supo sacar la pata una vez había comenzado a meterla; cosa extremadamente frecuente en muchas catástrofes tecnológicas y en el ser humano en general. Lo veremos en las próximas semanas.

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jueves, 13 de mayo de 2010

Esta es tu naturaleza.

Hoy nos vamos de paseo hasta el fondo de ti.

La semana pasada, viajamos muy atrás en el tiempo para desentrañar un poquito de dónde vienes (y vengo, y venimos).

La anterior, viajamos muy lejos en el espacio para descubrir dónde estás (y estoy, y estamos).

Hoy vamos a viajar también muy allá, pero hacia adentro. O sea, muy aquí. Por el camino, trataremos de arrojar un poquito de luz sobre lo que eres (y soy, y somos).

Hay una cosa que debo decirte, honestamente: no lo sabemos todo. Tardaremos aún algún tiempo en saberlo todo, o casi todo. Pero en estos dos o tres siglos que llevamos de método científico, hemos aprendido ya unas cuantas cositas. Más de lo que muchos creen. Pensar que lo sabemos todo sería de una vanidad infinita; pero creer que no sabemos nada es de una ignorancia bastante cañera. Tenemos un muy buen marco de lo que pasa en este universo, muy sólido. Nos falta, sobre todo, el esquema grande; el muy grande. Y profundizar aún mucho más en lo que sabemos. Y, por supuesto, descubrir todas esas cosas nuevas y maravillosas que están esperándonos detrás de cada rincón de la realidad aguardando a que seamos capaces de estudiar un poco más, de aprender un poco más, de pensar y sentir un poquito mejor.

Sin embargo, como te digo, ya no somos tan ignorantes como éramos (porque antes de tener el método científico éramos ignorantes como piedras). En las distancias cercanas, hemos llegado muy, muy hondo. Si me dejas, vamos a ver lo hondo que podemos llegar hoy dentro de ti (y de mí, y de nosotros).

Eres hija de la lluvia.

Decíamos que hace dos semanas viajamos por los senderos de la astronomía y la astrofísica para llegar a nuestro hogar: Universo, Supercúmulo de Virgo, Vía Láctea, Brazo de Oríon, Cinturón de Gould, Sol, Tierra. Etcétera.

Y hace una, recorrimos el largo camino de la biología para alcanzar nuestro origen: homínidos, primates, mamíferos, animales, pluricelulares, biosfera terrestre. Y demás.

¡Vaya! Cualquiera diría que hay un cruce de caminos bastante claro para comenzar a explicarnos a nosotros mismos: la Tierra. Y las dos primeras ciencias que nos permiten hacerlo son la geología y la química. Específicamente, la geología superficial y la química del carbono.

Pues –como ya dije antes en este blog– existimos en una minúscula, delgadísima lámina de realidad entre el abismo abrasador y el cosmos helado: la biosfera terrestre. Resulta difícil enfatizar lo muy pequeño y estrecho que es este lugar: apenas se extiende desde un poco por debajo del fondo de los océanos hasta la zona alta de la estratosfera. En un universo de miles de millones de años-luz, en un planeta con casi trece mil kilómetros de diámetro, eso son sólo cincuenta mil metros, paso arriba, paso abajo.

Todo lo que somos, casi todo lo que amamos, existe en esa estrechísima franja vertical de cincuenta kilómetros. Como de Madrid a Aranjuez. O de Barcelona a Manresa. O de Buenos Aires a Colonia Sacramento. O de Valencia a Burriana. Si fuera horizontal, se podría recorrer de punta a punta con el puñetero metro. O con el cercanías, que lo mismo me da.

Nuestra historia comenzó con la lluvia. Fue el día en que esta Tierra nuestra comenzó a llover los gases producidos durante su formación cuando se sentaron las bases de la vida. De manera muy destacada, un gas relativamente común en el universo que se vuelve líquido por debajo de 100 ºC de temperatura: el agua, resultado de la combinación entre el hidrógeno y el oxígeno. El hidrógeno (específicamente el hidrógeno-1) es el elemento más común de este universo, y la inmensa mayor parte de la materia que se generó durante el Big Bang. Después viene el helio, que es un gas noble y apenas reacciona con otras cosas. Y a continuación el oxígeno (oxígeno-16): el tercero más común de nuestra galaxia. Esta abundancia de hidrógeno y oxígeno, que se combinan fácilmente en forma de H2O, hacen que el agua sea frecuente en nuestro sistema solar y en todas partes en general. Es agua entre el 55% y el 78% de lo que eres, soy, somos.

Así pues, conforme la temperatura del planeta fue descendiendo después de la formación del sistema solar, el vapor de agua alrededor de la Tierra pasó a estado líquido y comenzó a llover. Las depresiones y simas empezaron a llenarse de agua, formando ríos y mares y océanos. Así comenzó nuestra historia.

Pues el agua presenta muchas otras propiedades interesantes, y la más importante de ellas para la vida es su cualidad de disolvente universal a temperaturas planetarias bastante típicas y compatibles con la química del carbono (que es el cuarto elemento más corriente del universo). Son muchos los átomos y moléculas que se dispersan fácilmente por el seno del agua, permitiendo su fácil contacto, interacción y combinación. Así fueron surgiendo en la Tierra (y es de presumir que en muchos otros lugares) moléculas cada vez más complejas.

Entre estas moléculas se encuentran los aminoácidos. Un aminoácido no es mucho más que un átomo de nitrógeno (el séptimo más corriente de la galaxia) y otro de hidrógeno (el más común) enlazados químicamente con oxígeno (el tercero más habitual), carbono (el sexto) y una cantidad variable de átomos menos frecuentes, pero aún así abundantes. Nada fuera de lo ordinario, como vemos: son sólo combinaciones químicas vulgares de los elementos más comunes en nuestro universo, nuestra galaxia y nuestro sistema solar, muy facilitada por hallarse disueltos en el agua líquida de los mares terrestres (y seguramente de muchos más sitios). Glicina, alanina, triptófano, cosas así de sencillas. En las cercanías de los volcanes submarinos, al haber más temperatura y movimiento, estas reacciones se producen de manera extensiva y acelerada; pero en general suceden por todas partes.

Los aminoácidos, con el paso del tiempo, se recombinan a su vez en cadenas de átomos más largas y complejas, que llamamos proteínas. No son especialmente complicadas: sólo largas tiras de aminoácidos enganchados químicamente. Si siguen reaccionando y combinándose durante más tiempo (hablamos de cientos de millones de años), algunas de estas proteínas terminan formando cadenas enormes, muy liosas y relativamente inestables por su misma complejidad. Se rompen con facilidad, a lo largo de sus uniones químicas menos estables. Entonces, los fragmentos desestabilizados tienden a atraer nuevos átomos de esos tan corrientes, con el resultado de formar cadenas nuevas con una forma parecida a la anterior. Una y otra vez.

Eso son ya reacciones biológicas. Eso es la vida.

La vida no son más que estas cadenas moleculares de átomos corrientes en la galaxia rompiéndose y reproduciéndose a sí mismas continuamente dentro de un entorno de agua común. Con el paso del tiempo (más cientos de millones de años) se van volviendo más y más complicadas, estableciendo nuevos tipos de uniones y combinaciones, hasta formar células, seres pluricelulares, plantas, animales, tú y yo y nosotros.

A lo largo de los eones, estas cadenas de átomos corrientes han ido recogiendo por ahí otros más raros (pero aún así, nada infrecuentes). Tu cuerpo y el mío están así formados de los muy vulgares oxígeno (65%), carbono (18%), hidrógeno (10%) y nitrógeno (3%); la mayor parte, en forma de agua (hidrógeno + oxígeno) y bases aminoácidas (nitrógeno, hidrógeno, oxígeno, carbono). El resto de las cosas que hemos ido pillando por ahí a lo largo de la larguísima historia de la vida son calcio (1,5%), fósforo (1,2%), potasio (0,25%), azufre (0,25%), cloro (0,15%), sodio (0,15%), magnesio (0,05%), hierro (0,006%), flúor (0,0037%) y otros cuantos más en cantidades marginales, hasta un total de sesenta elementos sobre los aproximadamente cien que se dan de forma natural en el universo, en la galaxia y en el sistema solar.

En la historia de la vida, las invaginaciones en el abdomen inferior de los seres pluricelulares son muy anteriores a las proyecciones. Cuando esta historia se reproduce en el desarrollo embrionario, como vimos en el post anterior, ocurre lo mismo (¿te has fijado alguna vez en esa especie de costurón o cicatriz que hay a lo largo de los genitales de los chicos, por la parte de abajo? Se llama el rafe, y no es otra cosa que el cierre de la invaginación primigenia –no muy fino; un buen cirujano lo haría mejor–). Como todos tuvimos raja antes que ninguna otra cosa (en la historia de la vida y en nuestra historia personal), y pudimos surgir porque empezó a llover, a mí me gusta decir que todos y todas somos hijas de la lluvia.


Evolución de un embrión humano en el útero materno (semanas 3ª a 8ª).


Eres polvo de estrellas.

Pero, ¿de dónde salieron todos estos átomos y elementos, para que pudieran llegar a ser tan comunes en nuestra galaxia y por tanto en la Tierra?

Aún no sabemos con exactitud cómo se formó el universo. Sabemos que el componente esencial de este proceso de formación fue la explosión total a la que llamamos Big Bang, ocurrida hace ahora unos trece mil setecientos millones de años. Esta explosión sigue sucediendo en la actualidad: a eso se debe la inflación cósmica, que constituye la característica más notable de nuestro universo. Seguimos cabalgando la gran explosión, atenuada después de todo este tiempo pero gran explosión, y seguiremos haciéndolo hasta los momentos finales del universo. En ciencia, es la alta física quien estudia de qué manera pudo ser esto. Y, ¿sabes una cosa? Lo vamos a descubrir. Tardaremos más o tardaremos menos, pero lo vamos a descubrir.

En realidad, empezamos a tener ya una buena idea del proceso a grandes rasgos. Nos falta el detalle fino, y la naturaleza última del mismo. Para llegar hasta ahí, nos faltan tres escalones: una Teoría de la Gravedad Cuántica, una Teoría del Campo Unificado, y finalmente una Teoría del Todo (seguramente sabrás ya a estas alturas que la teoría –a diferencia de lo que cree el lenguaje vulgar– constituye el nivel más alto del conocimiento humano: un conjunto global de leyes demostrables y/o demostradas que explican la totalidad de un fenómeno; quienes dicen cosas como eso sólo son teorías confundiendo teoría con hipótesis o incluso conjetura no hacen sino manifestar su ignorancia).

Tenemos mucha certeza, por ejemplo, de que al mismo inicio del proceso se produjo la aparición de la dualidad entre materia y energía que viene estudiando la mecánica cuántica. Esto sucedió muy pronto, en la primera fracción de segundo, tan proto como cero coma treinta y seis ceros uno segundos (10-36 s.). O incluso antes, hacia la frontera del Tiempo de Planck. Desde prácticamente los primeros momentos, este universo nuestro fue materia y energía a la vez. La hipótesis más aceptada sobre el modo exacto como esto se produjo es el Mecanismo de Higgs, a través de la llamada popularmente partícula de Dios, partícula-dios o más técnicamente el bosón de Higgs. Según este modelo, el bosón de Higgs debe seguir por aquí después de todo este tiempo, y hemos empezado a buscarlo ya con instrumentos como el Gran Colisionador de Hadrones (LHC) del CERN. Si resolvemos esta cuestión –la naturaleza profunda del vínculo entre energía y materia–, estaremos mucho más cerca de saber cómo empezó todo. Además de abrir el paso a nuevas ciencias energéticas y de materiales que pueden llegar a ser tan sorprendentes como la fusión nuclear podría serlo para alguien de la Edad Media.

Tenemos asimismo mucha seguridad de que la materia formada en estos primeros instantes fue sobre todo hidrógeno. Esto lo estudia también la física, a través de la bariogénesis y la nucleosíntesis primordial. Cuando se completó el surgimiento de nuestro universo, había sobre todo hidrógeno (hidrógeno-1, hidrógeno-2 o deuterio e hidrógeno-3 o tritio) más una pequeña suma de helio (helio-3 y helio-4), litio (litio-6 y litio-7) y berilio (berilio-7 y berilio-8); estos últimos en cantidades despreciables.

No tiene nada de extraño, y de hecho es lo más lógico. Si has seguido los numeritos habrás visto que van del 1 al 7, en proporción cada vez menor. Estos numeritos definen el isótopo exacto del elemento al que hacemos referencia; se trata simplemente del número atómico, es decir, el número de protones en su núcleo. Esta explosión primordial fue muy bruta, muy primario, y sólo pudo formar los siete primeros aglomerando pequeños núcleos de protones y sus correspondientes neutrones: la formación de átomos más grandes, pesados y complejos estaba totalmente fuera de su alcance. Esto, en lo que respecta a la materia bariónica (la materia de la que estamos hechos tú y yo, y casi todo lo que ven nuestros ojos y tocan nuestras manos). Se formó mucha más materia oscura, de la que tenemos buenos motivos para pensar que está constituida por cosas aún más básicas, todavía por descubrir (neutralinos, axiones, neutrinos estériles, WIMPs, etcétera). Y puede que una pequeña cantidad de otra materia no bariónica y materia extraña.

Todo lo cual resulta radicalmente insuficiente para formar algo como el sistema solar, y no digamos ya la vida terrestre. Demasiado básico, demasiado primario.

Por suerte, el hidrógeno primordial comenzó a acumularse, atraído entre sí por su propia gravedad (una característica fundamental de la masa, de la materia). Primero lo hizo en forma de nebulosas, y después terminó concentrándose en determinados puntos, formando esferas de hidrógeno cada vez más y más densas. Al hacerse más densas, aumentó la presión y con ella la temperatura. Hasta tal punto, que comenzaron a encenderse por fusión nuclear. Habían nacido las primeras estrellas. Pronto, conforme más hidrógeno primordial se iba concentrando en estas esferas súper-densas, comenzaron a aparecer por todo el universo. Y el universo se iluminó, con una miríada de estrellas, organizándose como galaxias. Billones y billones de estrellas en cientos de miles de millones de galaxias, consumiendo hidrógeno cada vez más deprisa.

La fusión nuclear se caracteriza por unir dos o más de estos átomos primordiales en otros más complejos, liberando energía en el proceso. Al principio, no mucho más complejos: la reacción de fusión más corriente del universo está compuesta por hidrógeno que se une entre sí, formando helio y algo de litio y berilio. Con lo que no hemos ganado gran cosa.

Sin embargo, una estrella está en equilibrio entre la fuerza hacia adentro ocasionada por su gravedad y la fuerza hacia afuera causada por la fusión nuclear (que es una explosión sostenida). Conforme la estrella va agotando su hidrógeno, como vimos en este otro post sobre los agujeros negros, la energía hacia afuera generada por la fusión nuclear se va disipando, y la gravedad hacia adentro vuelve a ganar la partida. Así, estos soles vuelven a comprimirse sobre sí mismos hasta que alcanzan tanta presión y temperatura que son capaces de fusionar helio (del primordial y del que han ido generando) en vez de hidrógeno. Esta reacción es mucho más interesante para el surgimiento de la vida.

Normalmente sólo produce berilio-8, que es inestable y se vuelve a romper rápidamente en forma de helio, con lo que tampoco hemos ganado gran cosa. Pero si la estrella es lo bastante grande y térmica, como una gigante o supergigante roja, entonces empieza a generar también átomos mucho más grandes y complejos: carbono-12 y oxígeno-16. En grandes cantidades. Un átomo de berilio-8 son sólo dos átomos fusionados de helio-4. Un átomo de carbono-12, tres átomos fusionados de helio-4. Un átomo de oxígeno-16, cuatro átomos fusionados de helio-4. Así de fácil. Esto se conoce como el proceso alfa, mediante el que una estrella de buen tamaño crea un montón de elementos complejos cuyos núcleos atómicos son múltiplos del helio-4.

¿Recuerdas? Hidrógeno, oxígeno, carbono. Ya sólo nos falta el nitrógeno para tener las bases de la vida. En realidad, ya se ha estado formando también durante todo este proceso, mediante el ciclo CNO. En lo que muy bien podría ser el sueño de un alquimista, el hidrógeno primordial transmuta dentro de las estrellas en helio, carbono, nitrógeno, oxígeno y otras muchas cosas. La materia de la vida, la materia que nos compone a ti y a mí, ya se han formado en estas grandes estrellas.

En un determinado momento, estas grandes estrellas estallan en forma de supernovas. Entonces, todos estos átomos son despedidos a inmensas distancias y comienzan a aglutinarse de nuevo en estructuras más pequeñas. En nuevas estrellas y discos de materia a su alrededor, que terminan formando sistemas solares. Sistemas solares como el nuestro, donde puede surgir la vida que conocemos. Excepto el hidrógeno, toda la materia que compone la Tierra y nos compone a ti y a mí surgió en estas grandes estrellas a lo largo de la historia del universo. En acertadísima expresión del genial Carl Sagan, eres, soy, somos polvo de estrellas.

Eres el espejo de Alicia.

Toda esta materia que nos compone existe en este universo como dualidades onda-partícula (es decir: es materia y energía a la vez), que además conserva su memoria y seguirá haciéndolo hasta el fin de los tiempos.

La materia bariónica (esa que podemos tocar, y tocarnos) está compuesta de moléculas y átomos y todo eso. Si seguimos viajando dentro de los átomos y las moléculas que nos forman a ti y a mí, pronto encontraremos un universo cuántico que normalmente no ven los ojos, pero está ahí. Y mucho. Tanto, que constituye nuestra verdadera naturaleza profunda. El universo macroscópico, el que ven nuestros ojos, no es más que la resultante de todos los fenómenos clásicos, relativistas y cuánticos que constituyen su ser.

Todas las partículas subatómicas presentan comportamiento cuántico; cuanto más pequeñas son, más evidente se vuelve. La primera característica de esta naturaleza cuántica es la dualidad: todo se comporta a la vez como onda y como partícula. Como materia y como energía, simultáneamente; su interacción con el resto de la realidad (llamada el observador, término desafortunado porque supone alguna clase de consciencia que no es tal) determina cuándo lo hace de una manera o de otra. Estamos a ambos lados del espejo de Alicia a la vez.

Eres esencia del cosmos.

Estamos formados por moléculas. Nuestras moléculas están formadas por átomos. Los átomos están compuestos por protones, neutrones y electrones. ¿Y de qué están hechos estos protones, neutrones y electrones?

Los electrones son ya una onda-partícula fundamental en sí misma: un tipo de leptón, de la familia de los fermiones. Son los responsables inmediatos de todas las interacciones químicas de las que hemos hablado, cuya naturaleza es esencialmente electromagnética.

El protón y el neutrón son hadrones (también de la familia de los fermiones), pero no son tan fundamentales: están compuestos por quarks, la verdadera onda-partícula fundamental del núcleo atómico. Las partículas del núcleo atómico de toda la materia bariónica (como tú) está compuesta por tres quarks. El protón está formado por dos quarks arriba y un quark abajo; el neutrón, por dos quarks abajo y uno arriba.

Estos quarks y leptones y demás se vinculan entre sí a través de las cuatro fuerzas fundamentales: cromática, electromagnetismo, débil y gravedad. Y estas fuerzas o energías están a su vez vehiculadas por cuatro onda-partículas: el gluón, el fotón, los bosones W y Z e, hipotéticamente, el gravitón. El único que queda por demostrar en estos momentos es el gravitón; la gravedad es una fuerza tan increíblemente débil (aunque no lo parezca) en comparación con las otras tres que su partícula hipotética interacciona muy poquito con la realidad. El LHC del CERN también se dispone a buscar pruebas (aún indirectas) de la existencia del gravitón. Todas tienen un comportamiento muy parecido y obedecen a la teoría de campos clásica y cuántica.

Las especialidades de la física que estudian estas fuerzas fundamentales son la cromodinámica cuántica, la electrodinámica cuántica, el modelo electrodébil y la teoría de la relatividad general. En estos momentos, ya nos ha sido posible unificar en gran medida el electromagnetismo y la fuerza débil, a través de la teoría electrodébil. Cuando logremos unificar las cuatro en una teoría del campo cuántico, estaremos en el último escalón antes de la Teoría del Todo.

Actualmente, sistematizamos estas onda-partículas que constituyen nuestra materia y nuestra energía en el Modelo Estándar (imagen a la izquierda). Este modelo, seguramente, es aún incompleto: hay indicios fuertes para pensar que existen algunas más, o que en realidad forman parte de estructuras más esenciales que todavía se nos escapan. Poco a poco. En todo caso, la materia y la energía que te forman a ti son indudablemente la misma materia y energía que constituyen la totalidad del cosmos. Eres esencia del cosmos.

Eres tú.

Universos paralelos aparte, la probabilidad de que haya surgido o vuelva a surgir alguna vez un ser idéntico a ti es absurdamente baja. Somos muy pequeñitos, muy pequeñitos, muy débiles y muy frágiles, aunque también únicos. Tampoco te crezcas demasiado: todo en este universo es igualmente único, esencia del cosmos, polvo de estrellas, espejo de Alicia, parte indisoluble de la naturaleza de la realidad. Hija de la lluvia, allá donde haya formas de vida parecidas a las nuestras. El mismo viento y la misma lluvia que nos trajo, se nos llevará. Aunque nuestra memoria permanecerá mientras siga existiendo este universo, integrada inextricablemente en el mismo tejido último de la realidad.

Si te ha gustado esta miniserie, es probable que te guste también Hijas de la Lluvia, publicada anteriormente en este mismo blog.

EL LIBRO DE LA PIZARRA DE YURI:
La Pizarra de Yuri
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martes, 11 de mayo de 2010

La pizarra de Yuri es ahora también blog de Público.es

No representa cambios significativos para ti.


Pues... estamos aún en pruebas, pero como puede verse en la imagen superior, la Pizarra de Yuri es ahora también blog de Público.es;-)

La historia es sencilla: la redacción digital del diario Público se puso en contacto conmigo para ofrecerme incorporar la Pizarra a su medio, a mí me pareció bien y así ha sido. Público gana un blog divulgativo que le gusta –según me han dicho, son lectores hace algún tiempo–, yo gano audiencia en espacios más diversos y para ti no representa ninguna molestia o cambio sustancial: la dirección de acceso sigue siendo la misma, la Pizarra sigue siendo la misma (y mantiene su independencia por completo), la manera de comentar no cambia... todo igual. La única diferencia es que a partir de ahora verás aparecer el logo de Público en el margen superior; y si lees Público, pues verás salir este blog. Eso es todo.

Dicen que las oportunidades hay que agarrarlas cuando pasan, y es evidente por sí mismo que salir en la blogosfera y un medio de difusión nacional me permite llegar a más gente en más sitios y de más maneras que saliendo sólo en la blogosfera. La verdad es que estoy bastante contento e ilusionado ante las nuevas posibilidades que esto ofrece. A ver qué nos depara la vida por aquí.

Por demás, próximamente, la tercera parte de Esto eres (aquí la primera y la segunda). Y seguimos adelante. :-)

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domingo, 9 de mayo de 2010

¡No me jodas que eran newtons...!

El epic fail más chusco de la historia astronáutica.

La exploración espacial es una de las tareas más endiabladamente difíciles a las que somos capaces de dedicarnos los seres humanos. Por ello, sus fiascos han sido siempre fiascos geniales, y con frecuencia trágicos. Simplemente, hace falta muchísimo nivel para llegar siquiera a cometer esa clase de errores; quien desee burlarse de ellos, debería pensar primero si él o ella sería capaz de ni siquiera intentarlo.

Algunos, aquellos que se cobraron vidas, fueron espantosos además de trágicos y no tienen la más mínima gracia. Todos, incluso los más leves, fueron una lástima que retrasaron nuestras posibilidades de ir más allá de nosotros mismos, de saber más, de avanzar más rápido. En general, se trató de fallos complejísimos cometidos en el mismísimo borde de lo que sabe hacer el ser humano. Y por ello mismo, tan dignos de respeto y admiración como sus incontables éxitos.

Sin embargo, hay que reconocer que algunos epic fails tuvieron un componente tragicómico capaz de arrancar una sonrisa al más respetuoso. Aquella cápsula militar norteamericana ultrasecreta que aterrizó a la perfección doscientos kilómetros al norte de Moscú, en vez de en las Hawaii como tenía programado (Discoverer-2, abril de 1959). Aquel satélite espía soviético que entró majestuosamente en órbita tras un lanzamiento de ensueño, sólo para percatarse entonces de que había quedado del revés, con sus cámaras apuntando inútilmente al espacio exterior en vez de a la superficie terrestre (Cosmos-4, abril de 1962). Hasta con el más famoso de los que no se cobraron víctimas, los estadounidenses de "Houston, tenemos un problema", podemos permitirnos un guiño malicioso imaginando sus caras al comprender que acababan de convertirse en leyenda... por sufrir una avería en su vehículo más lejos de lo que ningún otro ser humano había logrado quedarse tirado jamás: a 321.860 kilómetros de la gasolinera más próxima, un paseo de nada como quien dice. Y al mismo tiempo, la ingeniosísima operación para traerlos de vuelta a la Tierra sanos y salvos constituyó una hazaña tecnológica que será recordada merecidamente por las generaciones futuras.

También podemos mofarnos un poquitín de aquel controlador soviético que compuso mal una instrucción de telecomando; así, lanzó erróneamente una subrutina de testeo en tierra para desactivar el control de actitud y orientación al ordenador de a bordo de la Fobos-1... cuando ésta se hallaba ya en la órbita de Marte, siendo agosto de 1988. Como consecuencia, los paneles solares quedaron desalineados respecto al Sol y las baterías se agotaron el 6 de septiembre, terminando abruptamente la misión. Suerte tuvo de que hacía muchos años que ya no mandaban a nadie a Siberia, por más que le hubiera gustado al jefe de misión.

De la misma manera, podríamos dar unas metafóricas palmaditas en la cocorota a los ingenieros analistas de software para la estadounidense Mars Polar Lander, en 1999, que no tuvieron en cuenta la vibración ocasionada por el despliegue de las patas de aterrizaje durante el descenso (algo que conoce cualquiera que haya viajado en avión: son esos tumps y bumps poco después del despegue y antes del aterrizaje). Este olvido hizo que el ordenador confundiera tal despliegue con la toma efectiva sobre la superficie, deteniendo así los retrocohetes cuando la nave aún se hallaba a cuarenta metros de altitud sobre el suelo marciano; cayó a peso y ya nunca se volvió a saber de ella. Sí, exacto: perdieron la nave en los últimos cuarenta metros de recorrido, después de un viaje de 250 millones de kilómetros.

Y es que esto del viaje a Marte ha resultado ser francamente frustrante; hasta tal extremo, que los cachondos hablan de la maldición marciana, también conocida como el demonio necrófago galáctico. Por diversos motivos, algunos de ellos chocantes, sólo la mitad de las misiones con destino al planeta rojo han tenido éxito. De manera muy notoria, ni una sola de las dieciocho misiones soviéticas y luego rusas –que por esas mismas fechas exploraban el mucho más difícil Venus con triunfos asombrosos– logró completar una misión a Marte hasta su final programado. La sonda Nozomi japonesa fracasó también debido a fallos electromecánicos, cosa ciertamente notable hablando de nipones; sí, los de los robots. Igual destino sufrieron los británicos con Beagle-2. Hasta ahora, sólo la Agencia Espacial Europea ha tenido éxito en todos sus intentos: dos, exactamente.

Los Estados Unidos, que eligieron Marte como su coto interplanetario después de que la URSS optara por Venus, han conseguido no perder demasiadas naves mediante el procedimiento de multiplicar por nueve el presupuesto para cada lanzamiento con respecto a las Venera soviéticas que viajaban al lucero del alba con toda normalidad (una media de 600 millones de dólares frente a 100 millones de rublos, y eso si aceptamos el más que dudoso cambio oficial soviético de 1,50 rublos por dólar). Pese a semejante gasto, la maldición marciana también se ha cebado ocasionalmente con la NASA. No sólo la mencionada Mars Polar Lander (la de los cuarenta metros), un par de Mariners y la Mars Observer se cuentan entre las que no lo lograron; sino también el que para mí constituye el fiasco más jocoso de la historia astronáutica: la Mars Climate Orbiter de 1998.

Mars Climate Orbiter: mejor, más rápido, más barato, más epic fail.

La Mars Climate Orbiter no fue la más costosa de las misiones a Marte, como dicen algunos para dar retranca adicional a la historia; tal honor pertenece a las Viking (800 millones de dólares cada una) o los casi mil millones de la MER. De hecho salió bastante más barata de lo normal: junto a la de los cuarenta metros, representaban el buque insignia de la NASA para el nuevo concepto mejor, más rápido, más barato mediante fuertes recortes de costes, reducción y externalización laboral extensiva, estricta fiscalización del gasto y altos niveles de subcontratación y reprivatización en el apartado técnico. De manera crítica, también suspendía las carísimas evaluaciones peer review por parte de una miriada de científicos y tecnólogos independientes, procedentes de otras agencias públicas y de las universidades.

Como consecuencia, la Mars Climate Orbiter de 1998 apenas costó unos más que respetables 327,6 millones de dólares, más diez años de complejos preparativos científicos y tecnológicos, que también valen lo suyo. De estos, 193,1 millones estuvieron destinados al desarrollo y construcción de la nave, 91,7 para el lanzamiento con un cohete Delta II y 42,8 en costes operacionales. Es decir: sólo como dos Veneras de 1980, corregido teniendo en cuenta la inflación.

Construida por Lockheed Martin Space Systems para el Laboratorio de Propulsión a Chorro y la NASA, la Mars Climate Orbiter era –como su nombre indica– un sofisticado laboratorio climatológico con objeto de estudiar la atmósfera marciana desde una órbita circular estable a 421 kilómetros de altitud. Con unos dos metros de lado, tenía una masa de 629 kg; 291 de ellos eran combustible y comburente –hidrazina y tetróxido de dinitrógeno– para sus motores de aproximación y maniobra. Estos eran ocho verniers con entre 0,3 y 7 newtons de empuje, más un impulsor principal de 640 newtons, que debía transferirlo desde la órbita de captura hasta la definitiva. Allí operaría durante un año marciano entero (687 días terrestres), pasando después a una nueva órbita como enlace de telecomunicaciones durante tres años terrestres más para el programa Mars Surveyor 2001.

Los objetivos de la misión consistían en monitorizar constantemente la meteorología y las condiciones atmosféricas marcianas, con especial atención a los perfiles térmicos, la presencia de vapor de agua y el contenido de polvo en suspensión. También debía estudiar las transformaciones de la superficie provocadas por estos fenómenos, así como buscar evidencias de posibles cambios climáticos pasados. Para ello, iba provista con dos instrumentos muy sofisticados: las cámaras multiespectrales MARCI y un radiómetro infrarrojo PMIRR, ambos de Malin Space Science Systems. El ordenador de a bordo era un RAD-6000 suministrado por IBM Federal Systems.

Así de bien equipada, la nave interplanetaria Mars Climate Orbiter despegó a bordo de un cohete Delta II Lite de Boeing Defense, Space &  Security, con cuatro impulsores adicionales de combustible sólido y una tercera fase Star 48 provista por Thiokol / ATK. Lo hizo desde la plataforma A del complejo 17 de Cabo Cañaveral a las 13:56 EST del 14 de diciembre de 1998. El lanzamiento salió estupendamente y la nave mejor, más rápida, más barata inició su larguísimo viaje de nueve meses hasta la órbita de Marte.

La pequeña confusión.

Durante su viaje a Marte, la Mars Climate Orbiter sólo necesitó tres correcciones de rumbo: el 4 de marzo, el 25 de julio y el 15 de septiembre de 1999. Quizás sea curioso reseñar aquí que no existen medios para telelocalizar naves espaciales mucho más allá de la Luna, salvo por sus propias emisiones (vaya, que no se pueden seguir por radar ni cosas de esas). En Occidente, de esto se encarga la Red de Espacio Profundo, que tiene en Robledo de Chavela (Madrid) una de sus instalaciones principales. Vamos, que a partir del momento en que están un poco más lejos que la Luna, hay que fiarse de lo que te diga la propia nave sobre su estado y posición.

El 23 de septiembre de 1999 a las 05:01 EST, la Mars Climate Orbiter recibió la orden de encender su motor principal durante 16 minutos y 23 segundos para inyectarse en la órbita de captura alrededor de Marte. La nave interplanetaria contestó que OK a todo, y se dispuso a iniciar una serie de vueltas alrededor del planeta rojo que la llevarían a su órbita definitiva. En el control de Cabo Cañaveral, gestionado por el Laboratorio de Propulsión a Chorro, estaban tranquilos. Como tenían previsto, la nave desapareció detrás de Marte a las 05:06, con lo que las comunicaciones se cortaron. Los controladores se prepararon para restablecerlas en cuanto surgiera de nuevo, al otro lado del planeta, a las 05:27.

Nunca apareció.

Según los análisis posteriores, la nave interplanetaria de 327 millones de dólares marró su rumbo por 150 km y penetró a velocidad orbital en la débil atmósfera de Marte, a unos 57 kilómetros de altitud, abrasándose y desintegrándose irremisiblemente antes de siquiera comenzar su misión.

Pero, ¿por qué? ¿Qué había ocurrido?

No tardaron mucho en darse cuenta; apenas unas pocas horas. Las especificaciones de la misión determinaban que se usaría el sistema métrico decimal, y por tanto el ordenador a bordo de la nave esperaba recibir datos de empuje en newtons desde el control gestionado por el Laboratorio de Propulsión a Chorro. Sin embargo, debido al uso de software reutilizado y por confusiones a lo largo de la densa trama de subcontratas y externalizaciones, el equipo asociado de controladores de Lockheed les estaba suministrando las referencias en libras del sistema imperial anglosajón.

Una libra son aproximadamente 4,45 newtons. Esto significa que los motores de la Mars Climate Orbiter, siguiendo las instrucciones, aplicaron una fuerza ¡casi cinco veces menor que la correcta durante la inyección en la órbita marciana! El resultado fue obvio e inevitable:




Entre esto y la pérdida de la Mars Polar Lander (la de los cuarenta metros, que también llevaba las sondas Deep Space 2), fue el final del concepto mejor, más rápido, más barato; en realidad, sólo una de las naves creadas bajo esta modalidad funcionó bien. Desde entonces, los vuelos a Marte han regresado sólidamente al rango de los 720 o 1.000 millones de dólares, e incluso 2.300 millones para el próximo Mars Science Laboratory Curiosity, cuyo lanzamiento está previsto en 2011. La única excepción ha sido la Phoenix –la que encontró agua en 2008–, que era intrínsecamente una cooperación universitaria internacional de bajo coste y mínimas prestaciones (aunque obviamente eficaces, dado su éxito).

A decir verdad, esta confusión entre newtons y libras (y el error de análisis de software de la otra, la de los cuarenta metros) fueron sólo la punta del iceberg. Según las investigaciones realizadas por la propia NASA con posterioridad, el mejor, más rápido, más barato les había privado de trabajadores con experiencia esencial, sustituidos por especialistas externalizados más baratos pero menos capaces; hizo desaparecer cualquier forma eficaz de verificación exterior independiente que pudiera haber constatado un fallo tan burdo; redujo temerariamente los costes de diseño, construcción, operación y revisión; complicó absurdamente los entramados de subcontratas y la coordinación entre los mismos; y en realidad incrementó muchos gastos de gestión y administración, detrayendo el importe de la ejecución tecnológica. En una auditoría de 2001, la NASA vino a reconocer oblicuamente que esta forma de gestión había sido una catástrofe de recursos humanos, empujando a trabajadores con una experiencia y habilidades insustituibles hacia otros empleos –dispersos– del sector aeroespacial, e impidiendo la contratación de expertos de análogo nivel.

Así que ya sabéis, niños y niñas: la próxima vez que vayáis a comprar cromos a Marte, llevad dinero suficiente para el autobús. Y, sobre todo, aseguráos de que contáis las peras con las peras y las manzanas con las manzanas. Newtons van con newtons y libras van con libras y los expertos altamente cualificados en habilidades únicas cuestan una pasta, se ponga como se ponga ese señor del saco en administración. De verdad. :-D



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jueves, 6 de mayo de 2010

Esta es tu herencia.

El largo camino por donde llegamos aquí.
Anterior: Esta es tu dirección







Dos especialistas en ingeniería criogénica alistan el Gran Colisionador de Hadrones (LHC) para su puesta en marcha. El LHC del CERN es el instrumento científico más grande y sofisticado de la historia de la humanidad: la obra más avanzada, hoy por hoy, del homo sapiens sapiens.

Porque piensas, porque sueñas con los ojos abiertos, porque puedes observar el cielo y el mar y la tierra con la frente despejada y la mirada atenta, porque eres capaz de hablar, y de escuchar, y de escribir, y de leer, y de construir herramientas para llegar adonde no llegarían tus ojos y tus manos, y de hacerte preguntas y desear las respuestas, te llamaremos sapiens. Que en latín significa sabio, quien puede conocer. Como además eres capaz de hacer cosas maravillosas en tu busca del sentido y la verdad –música exquisita, naves espaciales, obras literarias, aceleradores de partículas, medicina, filosofía, grandes construcciones, aparatitos ingeniosos, de todo– nos concederemos el beneficio de la duda y nos llamaremos dos veces sapiens: sapiens sapiens.

Hay quien nos llama también la raza de los ingenieros, porque todos nosotros, tú y yo, somos capaces de crear cosas nuevas y mejores donde no las había. Cualquier cosa que hagas con tus manos, con tu cuerpo, con tu mente, no existía antes en ningún lugar del universo. Todas esas posibilidades increíbles las llevamos entre las orejas, en ese kilo y medio de pasta grisácea que llamamos cerebro (mayormente, un pastel de proteínas y grasas –lípidos–). Pero para que ese cerebro provisto de un encéfalo superior llegara a ser, hubo que recorrer un camino muy largo. Hace falta mucha base. Una base que fue evolucionando lentamente, a lo largo de los siglos, de los milenios, de los eones. Somos los herederos de una larga historia de la vida que comenzó hace cuatro mil millones de años, y lo llevamos grabado dentro de cada una de nuestras células, dentro de lo que somos. Esta es tu, mi, nuestra estirpe.

Homo sapiens sapiens.

No hemos sido los únicos que han pensado sobre la faz de esta Tierra vieja. Pero sí somos los únicos que quedan. Sabes, es posible que los matáramos. Muy posible. Como mínimo, los desplazamos y absorbimos. Lo hicimos porque podíamos, porque éramos más inteligentes, porque somos gente muy chunga cuando nos disputan la tierra, el cielo, el mar y el amor. En realidad, no más que cualquier otro ser vivo; sólo que nosotros tenemos más posibilidades –tanto para crear como para destruir– gracias a ese cerebro gordote. Fíjate, hemos aprendido mucho desde entonces; ahora sabemos que no se debe exterminar a nadie o a nada ni porque podamos, ni por ningún otro motivo. Pero para poder llegar a aprender esa lección, primero teníamos que existir.

Hubo más; hubo otras gentes, a las que ahora quizás añoramos acariciando sus pobres huesos viejos y rotos. Añorar, sentir, amar, odiar: eso es homo, y no sólo caminar sobre las dos patas de atrás. El día en que un africano partió una piedra con otra para hacerse algo que cortara, empezó nuestra historia moderna, la historia de la humanidad. Y sí, fue en África. Somos africanos por dos veces: como homo y como homo sapiens. Surgimos allí, en una franja de sabana a ambos lados del ecuador, hace unos dos millones y pico de años y luego otra vez hace más o menos doscientos mil. Y desde allí, conquistamos el mundo, viajamos al espacio y quién sabe a dónde llegaremos.

Homínidos.

Y surgimos en un lugar donde hay muchos más bichejos parecidos a nosotros. Hace unos catorce millones de años que comenzamos a separarnos de los demás grandes monos: el gorila, el orangután, el chimpancé. Cualquiera que haya visto un chimpancé de cerca con ojos de ver –¿alguna vez viste a mamá chimpancé acunando a chimpancito, o a un chimpancé y un humano borrachos?– comprende de inmediato que esa gente son primos. Primos cercanos. Para quienes tienen la mirada turbia de supersticiones viejas, disponemos a estas alturas de unos cuantos miles de pruebas de toda índole: genéticas, morfológicas, arqueológicas, demográficas, antropológicas, de todo. Y ninguna en contra. A la derecha, feto de chimpancé en el vientre de su mami.

Catarrinos.

Vamos a empezar a retroceder un poquito. Mírate la nariz. La tienes proyectada hacia abajo en la cara, con dos orificios sin membranas ni nada de eso, separados por un tabique nasal estrecho. Catarrino, en griego, significa exactamente eso: la gente que tiene la nariz hacia abajo. A diferencia, por ejemplo, de un perro, de un gato o de una vaca. O de un pez. Además, todos los catarrinos disponemos de treinta y dos dientes en la boca adulta, no tenemos cola o no es prensil, somos diurnos y nuestras uñas son planas.

Además de los humanos y demás homínidos, pertenecen a los catarrinos los gibones y macacos. En la imagen, un bebé de macaco rabón abrazado a una mano humana.

Haplorrinos.

Sigamos con la nariz; es que esto de la nariz fue de lo último que cambió. Tócatela. Salvo que tengas un gripazo, estará mayormente seca. Esto es porque nuestro labio superior no se encuentra unido directamente a las fosas nasales, a diferencia de los lemures o gálagos; nos separamos de ellos hace unos 63 millones de años.

Esta característica de la nariz permite un rango más variado de expresiones faciales, pero no es el único factor que nos caracteriza. Todos los haplorrinos tenemos un cerebro más grande, un útero de una sola cámara, visión tricolor y una placa ósea detrás de los ojos. Y debido a ese útero de cámara única tendemos a tener una sola cría por parto, aunque a veces salgan mellizos o trillizos o más debido a esos jueguecillos de Mamá Naturaleza. En la foto, un pariente haplorrino: el macaco de cola larga.

Primates.

Este es nuestro gran clan. Los primates constituimos una extensa familia de bichos con un aspecto general parecido. Como somos tan antropocéntricos, los llamamos antropomorfos, es decir, con forma de persona (más bien, claro, deberíamos decir que nosotros somos primatemorfos). Además de la evidente similitud anatómica y fisiológica general, todos los primates compartimos características únicas en el reino animal. Entre estas se cuentan:
  • Diferenciación clara de la corteza cerebral. Reacciones inteligentes muy desarrolladas.
  • Cerebelo independiente y bien desarrollado.
  • Cinco dedos en cada miembro, con alguna clase de pulgar oponible total o parcialmente.
  • Dos tetas separadas y ubicadas en el pecho.
  • Pene pendulón y testículos en una bolsa exterior.
  • Clavículas en la cintura escapular y hombros articulados en varios ejes.
  • Tendencia a caminar erguidos.
  • Visión aguda en color, frecuentemente a costa del olfato, tendiendo a una cara plana.
  • Un ciego intestinal bien desarrollado.
  • Almohadillas sensitivas en la punta de los dedos.
  • Existencia de sistemas sociales altamente desarrollados.
...y muchas más. En general, un médico de personas podría tratar a cualquier primate con sólo unos cursos de especialización no muy distintos de las especialidades médicas comunes. Así de parecidos somos. Así de cerca estamos. Los primates aparecimos sobre la faz de la Tierra hace entre 70 y 85 millones de años, pero sólo nos transformamos en una especie endémica a partir de la extinción de los dinosaurios, hace 65 millones y medio de años. En la imagen, un lémur de cola anillada.

Euarcontoglires.

Vaya con el nombrecito, ¿eh? Es que son dos nombres unidos: euarcontos y glires. Euarcontos significa los antecesores verdaderos, y los glires son básicamente los roedores: ratas, ratones y demás. Es importante porque representa la gran evolución de los mamíferos placentarios que dio lugar a los roedores y a los primates; fue en este instante, hace unos 90 millones de años, cuando los primates y roedores nos separamos de los laurasiaterios. ¿Y esto qué son? Pues estos son otros mamíferos importantes como los pegasoferae (caballos y animales parecidos, pero también los murciélagos); los cetáceos (ballenas, delfines, etc.); los artiodáctilos (jirafas, hipopótamos, camellos...) y demás por el estilo.

Si lo piensas, hay muchos primates que se parecen bastante a las ratas y ratones. Y es lógico, porque aquí estábamos estrechamente emparentados. En cierta medida, los humanos no somos más que una especie de rata o musaraña grande, erguida y cabezona. Lo cual puede que explique muchas cosas. Ahora ya sabes por qué se usan más ratones que peces de laboratorio para experimentar tratamientos humanos, aunque sea de manera limitada. En la foto, una musaraña arborícola.

Placentarios.

La placenta es seguramente el órgano menos valorado de todos, y muchos piensan que constituye una especie de porquería del parto. Pero de porquería, nada. La placenta –un órgano completo para conectar el útero con el feto, que se forma durante el embarazo y se elimina con el parto– representó y representa una transformación radical en la historia de la vida. Permitió y permite el desarrollo de fetos muchísimo más complejos, durante un tiempo significativamente mayor que sus antecesores. Sólo gracias a la placenta es posible gestar todo lo que hemos contado hasta ahora. En la imagen vemos un saco amniótico humano abierto, mostrando la placenta  (abajo) y el cordón umbilical.

Los primeros placentarios aparecieron en la Tierra hace unos 125 millones de años. También usan placenta algunas serpientes y lagartos, pero estos no tienen otras características exclusivas de los placentarios. Por ejemplo, la presencia de un gran espacio en la base del hueso de la cadera, desprovisto de huesos epipúbicos, para permitir el nacimiento de esta descendencia tan desarrollada (y que, ciento y pico millones de años después, nos permitió la posibilidad de caminar erguidos sobre las dos patas traseras).

Mamíferos.

Esta es nuestra gran patria común. Por encima de ninguna otra cosa, somos mamíferos: un bicho que suda, pare vivas a sus crías y les da de mamar con unas glándulas sudoríparas especializadas que llamamos mamas. O tetas. Como la de la foto. Resulta difícil exagerar la brutal transformación que el surgimiento de los mamíferos significó para la evolución de la vida en la Tierra... y lo mucho que les costó lograrlo. Hace unos doscientos y pico millones de años, poco después del Gran Morir –la extinción súper-masiva del Pérmico-Triásico– los amniotas comenzaron a multiplicarse y separarse en distintas clases. Luego veremos lo que es eso de los amniotas, pero por el saco de arriba ya te harás una idea.

La clase de amniotas de mayor éxito en aquel momento fueron los dinosaurios, que dominaron los ecosistemas terrestres durante más de ciento sesenta millones de años. Durante todo ese tiempo, los mamíferos dábamos la teta a nuestras crías escondidos por los agujeros y bajo las piedras como quien dice, porque los dinosaurios mandaban de forma indiscutible. Sin embargo, en esos animalillos huidizos de sangre caliente se ocultaba la esperanza del futuro. Pero nosotros vamos a seguir viajando hacia el pasado.


 Junto con el ornitorrinco, los equidnas australianos (aquí, un bebé) constituyen los únicos superviviendes de las especies a caballo entre el mamífero y el reptil: ponen huevos (aunque ya en bolsa, al estilo marsupial, en lo que representa el primer paso para la gestación terrestre completamente dentro del cuerpo) pero dan de mamar a sus crías a través de unos poros que son la expresión más antigua de los pezones.

JUEGO:
En esta imagen hay quince embriones de distintos animales, incluyendo humanos (puedes ampliarla haciendo clic). A ver si eres capaz de distinguir cuáles de ellos son los humanos. Nota especial para quien además logre identificarlos. La solución, al final del post.

Amniotas.

Los amniotas fueron los primeros animales en abandonar definitivamente el agua y adentrarse en la tierra. Evolucionaron a partir de los anfibios primitivos, hace unos 340 millones de años, y fue posible porque mutaron en una cosa esencial: huevos capaces de sobrevivir en lugar seco. Para ello se necesitaba una actividad aún más ancestral: la reproducción sexuada interna mediante cópula, que ya poseían. De esa forma, el huevo se puede producir y elaborar durante un cierto tiempo dentro del cuerpo de la hembra, permitiendo el desarrollo de varias capas membranosas capaces de mantener la humedad en su interior.


Esa "telilla" que le quitamos a los huevos cocidos es, precisamente, este saco amniótico (que cuando se desarrolla dentro del cuerpo de un mamífero llega a adquirir el aspecto que vimos más arriba). De esta manera, el huevo u óvulo puede mantener húmedo al embrión en tierra firme, lejos del agua. Más o menos por aquí surge también el esternón, ese hueso duro que cierra la caja torácica y te puedes tocar en el centro del pecho. Y la pilila y la vagina modernas. Así como el astrágalo del tobillo, necesario para poder soportar algún peso sobre el suelo y algún día –mucho tiempo después– dejar de arrastrarnos sobre el vientre. Así fue como salimos del mar y conquistamos la tierra definitivamente, hizo esta mañana unos trescientos cuarenta millones de años. En la foto, un bebé tortuga naciendo de su huevo amniota.

Tetrápodos.

Cuéntate las patas. Una, dos, tres, cuatro, ¿cierto? (No, eso otro no es una pata) Esta estructura de cuatro patas, común a todo lo que hemos contado hasta aquí, surgió hace unos 395 millones de años en los bajíos de poca profundidad próximos a las costas. A un animal marino las patas no le sirven de gran cosa, pero a un animal que ya está moviéndose cerca de la orilla comienzan a venirle bien. Era sólo una cuestión de tiempo que algunas aletas fueran mutando para convertirse en patas primitivas; cuatro orientadas hacia la región ventral aportan una interesante capacidad de desplazamiento estable en aguas poco profundas.

Arrastrándonos por los bajíos y sacando la cabeza fuera del agua comenzaron a surgir también los primeros pulmones aéreos. En la foto, una salamandra moteada.


Sarcopterigios.



Y el pez que lo logró fue un sarcopterigio, que en griego significa aletas de carne. Siguen existiendo algunos en la actualidad, como los celacantos. Aquellos de quienes vinimos, en cambio, ya se extinguieron para darnos paso a nosotros. Todos los sarcopterigios tenemos al menos cuatro extremidades carnosas, esqueleto de hueso, columna vertebral, cráneo, mandíbulas diferenciadas y dientes con esmalte. Otra variante del sarcopterigio que también ha sobrevivido hasta hoy son los dipnoos, provistos con pulmones funcionales y orificios nasales abiertos al exterior (aunque sólo los usan para oler; si quieren llevar aire a los pulmones, lo tragan por la boca como los anfibios).

Todos los dipnoos tienen una capacidad limitada de salir del agua. Uno de ellos, el pez pulmonado de Australia (en la imagen), es ya capaz de vivir arrastrándose sobre sus cuatro aletas carnosas y respirando aire en vez de agua. Los sarcopterigios primitivos comenzaron a hacer esto mismo hace 416 millones de años. Y una de sus líneas de descendientes, los tetrapodomorfos, terminó por convertirse en los tetrápodos, en los mamíferos, en nosotros.

Gnatóstomos.

Curioso de pronunciar, ¿eh? Da igual, todos nos olvidamos de la G y decimos natóstomos. Pero para poder pronunciarlo necesitas mover la mandíbula, ¿a que sí? Y para moverla, primero tienes que tener una. Exacto: un gnatóstomo es un bicho que ha desarrollado una mandíbula articulada independiente en la boca. Todos los mamíferos, anfibios, reptiles, aves y peces óseos somos gnatóstomos. El primero de todos nosotros apareció en el mar a partir de los peces vertebrados, hace unos 450 millones de años.

Además de la mandíbula, imprescindible para que te puedas pasar todo el día cotilleando, estos tatarabuelos marinos nos dejaron también en herencia el sistema inmunológico adaptativo y la funda de mielina en las neuronas. Sin el primero, nunca habríamos logrado sobrevivir fuera del agua. Sin la segunda, los cerebros complejos jamás habrían podido ser; y la inteligencia o las emociones, ni en broma. En la foto, unos primos nuestros gnatóstomos: los atunes.

Vertebrados y craneados.

Date unos golpecitos en la cabeza. Debajo tienes el cráneo conteniendo tu encéfalo, ¿a que sí? Y a lo largo de la espalda seguro que te corre la columna vertebral, protegiendo la médula espinal que viene del encéfalo. Eso espero, vaya, pues de lo contrario tendrías un problema.

Este pez óseo que dio lugar a los gnatóstomos tenía también un cráneo conteniendo su encéfalo y una columna vertebral alrededor de su médula espinal. Esto último surgió hace unos 525 millones de años y el cráneo, aún antes. Además de todos estos huesos singularmente útiles, estos antepasados nos legaron también un sistema cardiovascular con corazón de dos o más cámaras, los riñones, los glóbulos rojos capaces de transportar oxígeno a través de la hemoglobina y otras cosillas igualmente prácticas.

A la derecha, un mixino; el único superviviente de aquellos tiempos que tiene cráneo pero no vértebras verdaderas.

Cordados.

Para tener una columna vertebral protegiendo la médula espinal, lógicamente, primero hay que tener médula espinal. Esto es, un cordón nervioso único que circula a lo largo del cuerpo para transmitir los impulsos nerviosos del cerebro al resto del organismo; y viceversa.

En todos nosotros, los cordados, este cordel nervioso está estrechamente vinculado al surgimiento del notocordio en el embrión: esto es una estructura ósea o cartilaginosa que circula paralela al mismo a modo de espina dorsal.  Sólo los vertebrados llegamos a desarrollar una verdadera columna vertebral a partir de ahí.

Los primeros cordados nos dejaron también una cola que se proyecta más allá del ano, y que los primates tenemos atrofiada: es el cóccix, más conocido como el hueso del culo. Comenzamos a aparecer en el mar hace unos 530 millones de años. Todos los mamíferos, reptiles, aves, anfibios y peces somos cordados.

La existencia de este cordel permitió que uno de sus extremos, el situado más cerca de los órganos sensorios principales, comenzara a engordar y desarrollarse para poder atenderlos adecuadamente. Así empezó la historia del cerebro.

Celomados deuterostomios.

Estarás de acuerdo conmigo en que el hecho de que la comida entre por la boca y salga por el culo, y no al revés, resulta ciertamente agradable. Y sin embargo ocurriría lo contrario si no fuéramos, también, deuterostomios. Los deuterostomios creemos que ese es el sentido correcto de circulación de comida, mientras que los protostomios (como muchos insectos, moluscos, calamares y gusanos) no lo tienen tan claro. Los deuterostomios opinamos que también es importante reproducirnos mediante embriones, cosa que los demás no hacen.

Sin embargo, todos los celomados coincidimos en tener barriga. O, más exactamente, celoma: esta es una segunda bolsa dentro de la bolsa principal que es tu cuerpo, capaz de contener órganos separados de la parte interior de la piel. Gracias al celoma, disponemos de grandes órganos diferenciados y separados del pellejo, como los pulmones en su pleura, el corazón en su pericardio, o el peritoneo lleno de intestinos, estómago, bazo, útero, hígado y demás.

Los celomados deuterostomios empezamos a surgir hace más o menos 540 millones de años. En la foto, una holoturia (más conocida como pepino o carajo de mar), que está de acuerdo con nosotros en la conveniencia de tener una panza con órganos internos independientes, y en que la comida debe viajar de la boca al culo y no al revés. Sin embargo, algunas de ellas piensan que el esqueleto constituye un lujo innecesario, propio de señoritingos cordados.

Eumetazoos bilaterales.

Si te miras en el espejo, enseguida descubrirás que eres un ser vivo simétrico: las dos mitades a ambos lados de la línea que te va de la nariz al churro o raja son casi idénticas, como vistas a su vez en un espejo biológico. E igual que te pasa a ti (y a mí), nos pasa a todos los demás animales excepto las esponjas y los cnidarios (pólipos, medusas, corales...). Este cuerpo con simetría bilateral resulta también esencial para ser lo que somos; y apareció por primera vez hace aproximadamente 555 millones de años, con un molusco llamado kimberella (en la imagen, un fósil).

La simetría bilateral permitió el surgimiento de los cordados, al situar todo el cuerpo alrededor de un eje central.

Y todos los animales a excepción de las esponjas y placozoos somos eumetazoos: esto es, provistos con tejidos verdaderos organizados en varias capas o bolsas corporales (alguna de las cuales llegaría a ser el celoma); una característica que también se puede distinguir en el fósil de kimberella de la imagen.

Animales pluricelulares eucariotas.

Todas las cosas que comemos carbono y lo quemamos en una cámara interior propia para arrastrarnos por nuestros propios medios bajo la luz de este sol somos animales pluricelulares eucariotas. Los primeros animales aparecimos hace en torno a 610 millones de años, en el Precámbrico; separándonos así para siempre de las plantas, las algas, los hongos y los protistas.

Somos pluricelulares porque todos nosotros estamos compuestos por más de una célula. Estas asociaciones de células han ocurrido muchas veces en la historia de la vida; la nuestra se produjo hace 1.000 millones de años, minuto arriba, minuto abajo.

Somos eucariotas porque todas y cada una de nuestras células son complejas, conteniendo diversos órganos dentro de la membrana: el núcleo que alberga nuestro ADN, las mitocondrias, los cloroplastos, el aparato de Golgi y demás. Y con esto, nos separamos también de las bacterias, las arqueas y los virus, siendo tal día como hoy de hace unos 2.000 millones de años.

En la imagen, un caenorhabditis elegans teñido en rojo e iluminado, de tal modo que se puede apreciar el núcleo de sus numerosas células organizadas en una estructura compleja dentro de la bolsa de tejido biológico. El c. elegans es un gusanillo de apenas un milímetro de longitud.

Terrestres.

Y todos, todos nosotros, formamos parte de la vida que surgió en el planeta Tierra hace al menos 3.700 millones de años, y puede que hasta 4.200. En esos momentos este mundo aún estaba terminando de formarse, junto al resto del sistema solar.

Y todos, todos nosotros somos seres compuestos por moléculas complejas de carbono (de esas que comemos), que se reproducen mediante la replicación de aminoácidos, estructurados bajo la forma de ARN o ADN. Esta capacidad de reproducirse a sí mismos es la característica más esencial de todo lo que llamamos vida, pero no la única. Por ejemplo, todos intercambiamos energía con el exterior pero somos capaces de mantener un interior estabilizado, al menos hasta que morimos. Para lograrlo, todos gozamos de un metabolismo. Todos podemos crecer para multiplicarnos. Todos podemos evolucionar y convertirnos en cosas distintas, cosa que hicimos una y otra vez en esta larga historia de la vida que cubre un tercio entero de la edad del universo. Y a lo largo de todo ese tiempo abismal, fuimos transmitiéndonos la herencia de todos nuestros antecesores hasta el día en que fuimos capaces de preguntarnos por qué. Y cómo.

Porque piensas, porque amas, porque sientes, porque odias, porque naces, porque respiras, esta es tu herencia ancestral: terrestre, pluricelular, eucariota, animal, eumetazoo, bilateral, celomado, deuterostomio, cordado, craneado, vertebrado, gnatóstomo, sarcopterigio, tetrápodo, amniota, mamífero, placentario, euarcontoglir, primate, haplorrino, catarrino, homínido, homo sapiens sapiens. Eso es lo que eres, soy, somos; seguimos siendo todas y cada una de esas cosas. De ahí venimos. Por ese largo camino llegamos aquí. Esa es nuestra auténtica estirpe, nuestra verdadera herencia para siempre jamás.

SOLUCIÓN AL JUEGO:
(atención: spoiler si sigues bajando)




Sí, somos así de parecidos. No sólo eso: se puede apreciar cómo, en gran medida, el desarrollo del embrión va reproduciendo los mismos pasos que siguió la evolución de nuestros antecesores (aquello de que el fenotipo reproduce el genotipo). A simple vista puede apreciarse cómo, por ejemplo, desarrollamos primero cola para luego perderla; o estructuras similares a agallas (especial atención a los embriones 5 y 6). Estamos enormemente cerca de todas las demás especies biológicas, y dentro de todos nosotros se halla la memoria de lo que fuimos antes. (Clic para ampliar)


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