La pizarra de Yuri: tecnología
Mostrando entradas con la etiqueta tecnología. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta tecnología. Mostrar todas las entradas

domingo, 25 de julio de 2010

Narcosubmarinos.




Conforme los cárteles colombianos tratan de recuperar el negocio perdido a manos de los mexicanos,
van surgiendo navíos más y más sofisticados para alcanzar furtivamente las costas de los Estados Unidos.

El próximo miércoles hará un año que el conocido mafioso de origen georgiano Vyacheslav Ivankov se encontró con su destino a la manera tradicional: tres balas de francotirador fueron a saludarle mientras salía de cenar en un restaurante moscovita. Herido de muerte pero duro de pelar, pereció 73 días después –el 9 de octubre de 2009– y fue enterrado con el lujo habitual en estos casos y coronas florales de los grandes ladrones de ley repartidos por medio mundo. La policía de Moscú encontró el rifle dentro de un coche abandonado en un aparcamiento próximo pero ni rastro del asesino, como suele ser corriente en estos casos.

Ivankov había sido un viejo conocido de la policía soviética, rusa y también de la norteamericana, que saltó a los periódicos allá por 1995, cuando le arrestaron en Miami por estar organizando la venta de submarinos soviéticos al Cártel de Cali. Sí, submarinos soviéticos de verdad, diésel-eléctricos de las clases Tango y Juliett que habían sido decomisionados tras el colapso de la URSS y se oxidaban en diversos puertos bálticos. Los submarinos diésel-eléctricos son mucho más silenciosos que los nucleares y por tanto se les considera mucho más capaces de penetrar –aunque sea más despacio y con menos prestaciones– los sistemas de defensa antisubmarina sin ser detectados. Al parecer, fueron los colombianos quienes se rajaron, por parecerles una operación demasiado atrevida. Ivankov, por su parte, tenía ya hasta apalabrado un grupo de veinte tripulantes con un contrato de un año.

Probablemente, los colombianos tenían razón. Resulta difícil imaginar cómo pensaba Ivankov trasladar uno o varios submarinos soviéticos desde el Mar Báltico hasta Sudamérica sin dejar pistas y sin descubrirse ante los medios que Estados Unidos tiene desplegados en el Atlántico y en el Pacífico, sobre todo teniendo en cuenta que los navíos estaban ya desprovistos de buena parte de sus medios bélicos y la tripulación mercenaria –según dicen– se hallaba compuesta por marinos de aluvión con una experiencia limitada en el gobierno de estos sumergibles bastante sofisticados para su época. Sin embargo, la idea no murió cuando la operación fue cancelada. Quizá la posibilidad de operar una flota submarina ex-soviética estuviera más allá de las posibilidades reales de un paraestado como el que tienen organizadas algunas redes de narcotraficantes, pero un programa más modesto podía estar dentro de su alcance.

Narcos.

La absurda Guerra contra las Drogas, además de sembrar muerte y corrupción por todas partes mientras aseguraba que cualquiera pueda encontrar cualquier droga en cualquier punto del mundo, ha hecho que comarcas y regiones enteras de numerosos países vivan de estas sustancias ilegales bajo el dominio semifeudal de clanes, cárteles y mafias de toda especie. De manera notoria, la producción de cocaína y el tráfico de otros productos como la heroína con dirección a los Estados Unidos sigue presente en extensas capas de la sociedad colombiana y muy especialmente en el corrupto sistema denominado parapolítica.

Al mismo tiempo, por simple proximidad geográfica, los estados norteños de México han ido cayendo cada vez más en manos de estas organizaciones mafiosas que antes eran empleados y ahora han pasado a controlar gran parte del material destinado a los gringos. Este proceso se produjo cuando los tradicionales cárteles colombianos (Medellín, Cali, Norte del Valle, Costa Norteña) fueron desarticulados durante los años '90. Inmediatamente a continuación, a partir de 2000, los cárteles mexicanos tomaron el relevo en una espiral de violencia que dura hasta hoy en día con la cooperación de algunos sectores de la Iglesia Católica local.

A los narcos colombianos no les hizo ninguna gracia tener que ceder una parte tan sustantiva del negocio (que se estima entre el 30% y el 50%) a sus homólogos mexicanos. Por ello, vienen buscando desde entonces maneras de transportar al menos una parte de la producción hasta los Estados Unidos con sus propios medios. La manera más castiza de hacer esto (además de sobornar a los policías fronterizos) era mediante barcos y aviones privados operando desde puertos y pistas clandestinas repartidos por toda la región, pero el rápido avance contemporáneo en las técnicas de detección y seguimiento aéreo lo ha ido convirtiendo en un método muy inseguro y poco rentable. Había llegado la hora del submarino.

Semisumergibles.

La costa pacífica de Colombia es un paraíso para los contrabandistas. Miles de acantilados y riachuelos que desembocan en el océano forman una densa red de vías fluviales cubiertas por densos bosques de manglares donde es posible construir pequeños puertos y astilleros (o disimularlos entre los de las comunidades locales) sin que los enemigos lleguen a darse cuenta. Es uno de esos lugares donde siempre ha habido contrabando de todo lo que tuviera algún valor, lo bastante mísero como para que se anime cualquiera que aspire a una vida un poco mejor y lo bastante antiguo como para haber llegado a formar una cultura local.

Construir un submarino operacional capaz de adentrarse en el Océano Pacífico –aunque sea más o menos siguiendo la costa– durante tres mil quinientas millas hasta alcanzar los Estados Unidos es harina de otro costal. Las grandes potencias industriales no pudieron hacer algo así hasta la Primera Guerra Mundial, y hubo que esperar hasta después de la Segunda para que fuera posible completar el viaje sin salir a la superficie. Por poderosas que sean, las organizaciones de narcotraficantes no son grandes potencias industriales ni tienen sus mismos recursos. Así pues, la primera solución fue desarrollar navíos artesanales semisumergibles, en los que la mayor parte del casco se encuentra bajo el agua y sólo asoma una pequeña porción por encima de la superficie.

Este tipo de diseño tiene muchas ventajas. Primitivas, pero ventajas. Por un lado, resulta sencillo y económico de producir y manejar, sin las complejidades de un navío totalmente sumergible. Por el otro, reduce enormemente las posibilidades de detección a manos de navíos (o submarinos, llegado el caso). Al asomar tan poco por encima del agua, se oculta fácilmente tras el horizonte, por debajo de la cobertura rádar de la Guardia Costera y los federales. Siendo además buques muy sencillos construidos con piezas y motores comerciales, su sonido se camufla fácilmente entre los millones de barquichuelos legales que atraviesan esas aguas. Y si a pesar de todo te detectan, es muy rápido de hundir y echarse al agua para que te rescaten; de este modo, las pruebas del contrabando acaban en el fondo del mar.

Así, a partir del año 2000, estos semisumergibles comenzaron a subirse al gringo en largos –y arriesgados– viajes por el Atlántico y el Pacífico. Al principio, los Estados Unidos creían que eran rumores sin fundamento y los llamaban Bigfoots. Sin embargo, durante 2006 avistaron tres y a finales de año lograban capturar el primero, noventa millas al sudoeste de Costa Rica. En 2008 estaban avistando diez al mes pero sólo conseguían hacerse con uno pues sus tripulaciones, al saberse descubiertas, los hunden para no ser capturados con las manos en la masa.

Ya desde el primer momento, los estadounidenses observaron algunos detalles de diseño sorprendentemente avanzados. Por ejemplo, el uso de materiales sintéticos, fibra de vidrio y formas orientadas a reducir el retorno rádar en las partes que se hallan sobre la superficie, así como una ingeniosa disposición de los tubos de escape para reducir el perfil infrarrojo; una forma precaria pero eficaz de tecnologías furtivas. Utilizan habitualmente sistemas de navegación GPS. Nadie sabe cuántos han podido colarse sin ser detectados a lo largo de los últimos años; cada uno de ellos puede transportar fácilmente diez toneladas de carga a unos seis nudos desde Colombia a Norteamérica, con una parada para repostar.

Sin embargo, todo el concepto presenta varios problemas evidentes. El más básico, que estos barquitos se siguen viendo muy bien desde el aire y una vez vistos, carecen de las capacidades de fuga de las planeadoras y los barcos provistos con motores de alta potencia. Por otra parte resultan inconfundibles, con lo que no se pueden disimular como navíos legítimos. Y, finalmente, la aprobación de diversas leyes condenando específicamente la tripulación de esta clase de naves sin bandera anuló las ventajas legales de hundirlo y tirarse al mar.

Y todo el mundo supuso el siguiente paso, pero muy pocos quisieron creerlo. Vale, hacer un barquichuelo de borda baja con un par de soluciones furtivas interesantes es una cosa. Pero submarinos de verdad, no. Imposible. Que son sólo narcos, oiga. Y encima, sudacas. ¡Qué van a saber esos!

Narcosubmarinos de bolsillo low-cost.




El primer paso fue el desarrollo de un torpedo no propulsado para transportar la carga. Este sumergible está equipado con tanques de lastre para ajustar su flotabilidad de tal modo que quede estabilizado a unos treinta metros de profundidad. Entonces se carga con farlopa y un barco legítimo –un pesquero, un mercante, un buque de recreo, lo que sea– lo arrastra bajo el agua. Si aparece una patrullera con intenciones dudosas, no tienen más que soltar el cable (que puede ser perfectamente subacuático con un sencillo actuador a distancia); el torpedo queda atrás y el barco, que está limpio, seguirá su camino con toda normalidad. Al cabo de un rato, mediante un temporizador, el torpedo levanta un marcador o baliza –un palé de madera pintado de un determinado color, por ejemplo– para que otro buque que viene detrás –digamos, un pesquero con una red– lo recoja y prosiga viaje de la misma manera.

Esta técnica resulta muy eficaz porque el transporte resulta prácticamente indetectable –salvo que se empleen medios costosísimos totalmente sobredimensionados– y los barcos no llevan a bordo nada ilegal. Incluso aunque arresten a la tripulación con cualquier tecnicismo, un abogado mínimamente capaz se lo puede llegar a poner muy difícil al fiscal para demostrar que eso que apareció ahí abajo –si es que apareció– pertenece a los acusados y no a cualquier otro de los miles de navegantes que surcan esas mismas aguas diariamente.

Sin embargo, no iban a detenerse ahí. Además de las obvias posibilidades de mejorar este torpedo –por ejemplo, dotándolo de algunas capacidades autónomas y/o reduciendo aún más su detectabilidad– los narcos colombianos parecen decididos a establecer una línea submarina de pleno derecho. Ya en el año 2000, en un almacén de Bogotá, apareció un submarino con casco de acero en sus últimas etapas de construcción que al parecer había sido diseñado con ayuda de ingenieros rusos y norteamericanos. Les llamó la atención la gran calidad del montaje. Hay gente que necesita mejorar su plan de pensiones antes de retirarse y todo eso.

En 2007, la Guardia Costera de los Estados Unidos interceptó un vehículo del tipo de un submarino con un importante alijo de drogas ilegales. En julio de 2008, la Armada Mexicana hizo lo propio con un submarino casero, en lo que parece ir evidenciando un grado cada vez mayor de sofisticación. Pero nadie estaba preparado para lo que apareció a principios de este mes de julio de 2010 en un recóndito riachuelo de la selva ecuatoriana, a muy poca distancia de la frontera con Colombia.

La policía ecuatoriana, siguiendo una pista de la DEA norteamericana, se encontró en un astillero selvático un submarino de fibra de vidrio completo, a falta sólo de los retoques finales para realizar su primer viaje. Se trataba de un navío de treinta metros de eslora a propulsión diésel-eléctrica verdadera, valorado en unos cuatro millones de dólares y provisto con periscopio, snorkel, sistema de respiración autónoma con aire acondicionado y el resto de características propias de un auténtico submarino. Estaba provisto de diversas mejoras tecnológicas con objeto de reducir el nivel de ruido e incrementar su furtividad general, y debía ser tripulado por cinco o seis personas para transportar unas diez toneladas de género hasta Norteamérica. No se sabe si es el primero que construían o si ya existen otros en servicio; su grado de sofisticación invita a pensar en que no era la primera vez que se ponían (o en que alguien tiene un ingeniero muy bueno y experimentado...). No me resisto a mostrarte una colección de imágenes:









¿Y por qué te cuento esto? Pues porque me fascina el ingenio humano, esa extraordinaria capacidad que tenemos para enfrentarnos a las cuestiones más difíciles y resolverlas. En medio de una selva remota, de la miseria caciquil, muy lejos de algo parecido a una industria naval, hay gente capaz de fabricar submarinos verdaderos con el propósito de desafiar a una gran superpotencia. Amosnomejodas. Con independencia de la opinión moral que te merezca todo el asunto, hace falta valor, inteligencia y capacidad para hacer algo así. Aunque quizás podría tener más altas metas, esa es la misma luz que nos sacó de las cavernas en busca de algo mejor.




EL LIBRO DE LA PIZARRA DE YURI:
La Pizarra de Yuri
Pídelo en tu librería: Ed. Silente, La Pizarra de Yuri, ISBN 978-84-96862-36-4
o pulsa aquí para comprarlo por Internet

·
La Pizarra de Yuri se ha mudado a www.lapizarradeyuri.com
Por imposibilidad de atender dos blogs a la vez, los comentarios en este quedan cerrados. Puedes ponerte en contacto conmigo a través del correo electrónico o en el nuevo blog.

domingo, 22 de noviembre de 2009

¿Teléfonos móviles en los años '60? Da, tovarich!

El sistema de telefonía Altai, predecesor de las modernas redes de telecomunicaciones móviles.


Para los puristas, definamos primero lo que es un teléfono móvil: un dispositivo fácilmente transportable de comunicación bidireccional full duplex que permite conversar con cualquier otro dispositivo similar o de la red fija mediante la marcación directa de un número identificativo, a través de un sistema de conmutación automática. Estas peculiaridades lo distinguen de un transceptor de radio o radiotelefonía convencional. Un walkie-talkie no es, en puridad, un teléfono móvil. Una radio militar de campaña, tampoco. Ni los equipos de telecomunicaciones clásicos a bordo de un buque o un avión.

Para que una cosa sea un verdadero teléfono, tiene que poseer las cualidades de un teléfono de cara al usuario lego en tecnología: marco un número o recibo una llamada, hablo con alguien, puedo interrumpirle, cuelgo sin saber ni una palabra sobre frecuencias, transmisiones, electrónica o reglamentos. Sólo necesito un número al que llamar, y un timbre para recibir llamadas. Eso es un teléfono. Si lo puedo llevar por ahí más o menos a mi aire, entonces es un teléfono móvil.

Rondaba el año 1910 cuando un tal Lars Magnus Ericsson instaló un teléfono en su automóvil. Pero no era un verdadero teléfono móvil; sólo un teléfono que se movía. Resultaba preciso detenerse y conectarlo a la red fija ya existente para hablar con él, por supuesto a través de una operadora. Alemania desplegó diversos sistemas de radiotelefonía a partir de 1926. En 1946, dos ingenieros soviéticos crearon un radioteléfono montado en un coche en movimiento que podía enlazar con la red telefónica conmutada. En 1954, Humphrey Bogart llamaba desde su limusina en la peli Sabrina, aunque nunca nos quedó muy claro cómo. En 1956, la compañía Ericsson –sí, fundada por el mismo tipo que acarreaba un teléfono en su coche– creó el primer sistema de telefonía móvil automática verdadero, el MTA. El terminal pesaba 40 kg. El sistema sólo estuvo disponible en Estocolmo y Gotemburgo, con un total de 125 usuarios, todos ellos altos cargos políticos, militares o económicos.



Corría 1957 cuando el joven ingeniero electrónico soviético Leonid I. Kupriyanovich patentó en la URSS un radiófono llamado LK-1, con su correspondiente estación base (certificado de autor 15.494 del 1 de noviembre de 1957). Este era un sistema de telefonía móvil automática con diversas ventajas: enlazaba fácilmente con la red fija, podía servir a varios usuarios a la vez, y sobre todo sólo pesaba 3 kg con 30 km de alcance y 30 horas de batería. Apareció en muchas revistas populares de su época.

El LK-1 era un terminal con disco rotativo, lo que resultaba francamente incómodo a bordo de un coche en marcha. Por eso y porque 3 kg le parecían demasiado, en 1958 creó un terminal "de bolsillo" que sólo pesaba 500 gramos. Ericsson sólo podía ofrecer a sus clientes un terminal de 9 kg en 1965 con el MTB: siete años después.

A partir de 1958, la Unión Soviética estableció el estándar de telefonía móvil automática MRT-1327 en una frecuencia base de 150 MHz y se puso a instalar el invento de Kupriyanovich por las principales ciudades bajo el nombre Altai. Sus desarrolladores principales fueron el Instituto de Investigación Científica para las Comunicaciones de Voronezh (VNIIS) y el Instituto Estatal de Proyectos Especializados (GSPI). En 1963 este sistema ya estaba disponible en todo el área de Moscú, y para 1970 alcanzaba a treinta ciudades. Altai permitía hablar en multiconferencia y se dice, se cuenta, se sugiere que estaba provisto de cifrado para las conversaciones más delicadas. ¿Su problema? Sólo podía servir 16 canales simultáneos, con lo que su uso quedaba restringido a altos cargos políticos, militares, científicos y económicos –exactamente como el sistema sueco de Ericsson, que en las mismas fechas sólo alcanzaba a tres ciudades y 600 clientes.



Pero en la URSS, prácticamente toda la nomenklatura, el generalato, los científicos de alto nivel y los directivos de las grandes compañías industriales disponían de un Altai: varios miles de usuarios. Llevar un Altai en el coche se convirtió en un símbolo de éxito social a gran escala. Esto condujo a un curioso sistema de prioridades, en el que los teléfonos más importantes desconectaban automáticamente a los menos importantes cuando los canales disponibles en una ciudad quedaban agotados. Por ello, comenzaron a instalar más estaciones base que operaban en frecuencias ligeramente distintas, con objeto de multiplicar la disponibilidad, particularmente en el área de Moscú; eso convirtió al Altai en el primer sistema de telefonía móvil multifrecuencia.

Por supuesto, no se trataba de un sistema de telefonía móvil celular. Si bien la idea de utilizar células para gestionar un sistema de telecomunicaciones móviles ya había sido apuntada por los Laboratorios Bell norteamericanos en 1947, la tecnología digital necesaria para llevarlo a la práctica no estuvo disponible hasta 1971. Aunque en Finlandia instalaron una red de telefonía móvil realmente celular por esas fechas, sólo empezó a generalizarse a partir de 1982. También es verdad que con áreas de cobertura de 30 km de radio, la necesidad de mantener una conversación entre célula y célula no les resultaba tan perentoria.

Aquí hubo que esperar hasta 1976 para que la entonces llamada Compañía Telefónica Nacional de España ofreciera un cierto Teléfono Automático en Vehículos o TAV, que sólo funcionaba en Madrid y Barcelona. Al igual que sus homólogos, apenas podía atender a un número muy reducido de personas con cargos importantes (o mucho dinero). Fue sustituido por el TMA-450 aprovechando el incio del Mundial de Fútbol de 1982, y luego llegó el TMA-900 bajo el nombre comercial MoviLine.



No fue hasta principios de los años 90 cuando los sistemas celulares totalmente digitales basados en el estándar GSM se extendieron por todo el mundo, haciendo la telefonía móvil accesible a las masas.

Tras el colapso de la URSS, el Altai fue desapareciendo progresivamente. En la actualidad, parte del sistema de estaciones base sustentadas en el estándar soviético MRT-1327 se sigue utilizando en la infraestructura de comunicaciones móviles de Rusia. Pero, sin duda, fue la primera vez en que un país de gran extensión dispuso de un verdadero sistema de telefonía móvil automática operativo por numerosas ciudades hasta el extremo de convertirse en un símbolo, allá por los ya lejanos '60. Quizás por eso a los rusos de ahora les gusten tanto los móviles. A fin de cuentas, ¿quién no quiere sentirse miembro del politburó, aunque sea sólo un poco? No es tan distinto de los anuncios con familia perfecta y feliz que salen en nuestra televisión.

Actualmente, operan en Rusia hasta cuarenta compañías de telefonía móvil, todas ellas basadas en los estándares GSM 900/1800 y CDMA. Las más importantes, con cobertura en las zonas más pobladas de la Unión, son MTS, Beeline-Vympelcom y MegaFon. Para las regiones más remotas se ha vuelto popular durante los últimos años la telefonía móvil satelitaria, especialmente a través de Globalstar e Inmarsat. Si bien los altos cargos, claro, utilizan hoy por hoy las constelaciones rusas de satélites de telecomunicaciones con sus correspondientes niveles de protección; aunque ahora ya es discutible, por el otro extremo, si estos sistemas satelitarios son aún verdadera telefonía o algo más.

Imágenes de los teléfonos móviles Altai soviéticos propiedad de englishrussia.com

EL LIBRO DE LA PIZARRA DE YURI:
La Pizarra de Yuri
Pídelo en tu librería: Ed. Silente, La Pizarra de Yuri, ISBN 978-84-96862-36-4
o pulsa aquí para comprarlo por Internet

·
La Pizarra de Yuri se ha mudado a www.lapizarradeyuri.com
Por imposibilidad de atender dos blogs a la vez, los comentarios en este quedan cerrados. Puedes ponerte en contacto conmigo a través del correo electrónico o en el nuevo blog.