La pizarra de Yuri: fraude
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domingo, 13 de junio de 2010

La guerra secreta de los magufos (y 2)

Durante la Guerra Fría, los Estados Unidos y la Unión Soviética se enzarzaron también en una competencia a gran escala sobre percepción extrasensorial, telequinesis, telepatía, videncia, psicotrónica y otras ramas de la parapsicología.

Segunda parte: hippies, postmodernos y guerreros de las tinieblas.
(Ver la primera parte: Genios, visionarios y locos)

Abajo: Nagasaki antes y después de la bomba atómica.
Decíamos en el post anterior que la Segunda Guerra Mundial terminó con una exhibición definitiva de poderío científico, tecnológico e industrial: los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki. Tres semanas después, Japón se rendía como hizo Alemania cuatro meses antes. Y, con ello, el viejo mundo murió definitivamente. Se consolidaba el tiempo de la ciencia, de la técnica, del materialismo positivo en su forma de naturalismo empírico.

Las religiones tradicionales, que como vimos ya habían empezado a retroceder durante el periodo anterior, ahora comenzaron a sacudirse a gran escala. Como ocurriera en la URSS treinta años antes, la revolución china que culminó en 1950 hizo desaparecer la religión organizada de otro gran pedazo del mundo. Los nuevos regímenes de Europa del Este y otros lugares eran declaradamente ateos, y su población fue perdiendo la fe también.

En Europa Occidental, las sociedades fueron secularizándose más discretamente pero a gran velocidad. Según un eurobarómetro de 2005, ya menos de la mitad de los europeos occidentales (para entendernos: lo que cae a este lado del antiguo Telón de Acero) declaran "creer en un dios" en cualquiera de sus variedades. Más significativamente, una encuesta Gallup de 2008 preguntó a estos mismos europeos si la religión resultaba importante para sus vidas; casi el 60% de los entrevistados respondieron que "no". Canadá ha acompañado a los europeos en esta tendencia. El 70% de los japoneses ya no profesa ninguna religión.

En Estados Unidos y en el mundo árabe, el proceso es más complejo. Las religiones históricas han retrocedido también, pero se han visto sustituidas por una serie de nuevos movimientos religiosos de carácter fundamentalista –que, por supuesto, se denominan a sí mismos "tradicionales" e incluso "originales" pero no lo son en absoluto–. Ya apunté algo de esto en el post anterior. En los EEUU, por ejemplo, las iglesias protestantes mainline –las de toda la vida– han perdido el 25% de su grey entre 1958 y 2008, mientras que la población se ha duplicado en el mismo periodo.

La situación de la Iglesia Católica es aún más extraña: a pesar de la llegada de cincuenta millones de inmigrantes latinoamericanos durante las últimas décadas –católicos en su inmensa mayoría–, a duras penas logra mantenerse en su 25% de la población y en general se considera la religión que ha sufrido mayor retroceso en Estados Unidos. Los grandes beneficiarios de este proceso han sido nuevas las iglesias evangélicas y pentecostales de tipo integrista, fundadas entre mediados del siglo XIX y mediados del siglo XX, que constituyen ya la mayor parte de los creyentes norteamericanos con cerca del 30% de la población. Debido al extremismo religioso y político de tales grupos –resulta muy conocido el tema del creacionismo y de su ultraderechismo, pero no es lo único–, esto ha empezado a provocar recientemente un efecto rebote en las costas y entre la gente joven que nadie sabe a dónde llegará.

En el mundo musulmán, este proceso es aún más evidente si cabe. Las denominaciones tradicionales han perdido fuerza en las últimas décadas a favor de movimientos mucho más extremistas como el wahhabismo / salafismo entre los sunís o el clericalismo ultra de los ayatolás entre los chiítas. Turquía trata de defender su laicismo fundacional entre el ascenso de los grupos integristas. En Argelia ya ha habido una sangrienta guerra civil, que de momento han ganado los seculares.

La parapsicología en la Nueva Era.

Durante todos estos procesos convulsos, una nueva forma de espiritualidad heredada de los orígenes que tratamos en el post anterior se ha ido extendiendo por el mundo y especialmente por los países desarrollados. Se la viene a conocer generalmente como New Age, la Nueva Era: una forma de sincretismo de reciente creación que carece de estructuras organizadas notables y donde cada cual se corta una religión a la medida. Debido a estas características resulta muy difícil saber hasta dónde llega, pero es obvio que algunas de sus creencias y prácticas han calado profundamente: el esoterismo, la reencarnación, el holismo, el orientalismo, el ecologismo tipo Gaia, la videncia, la magia, el yoga, el tantra, las medicinas alternativas, los chakras y demás. A estas alturas, casi resulta difícil encontrar a alguna persona que no crea o –incluso sin creer– practique algo de todo esto en cualquier sociedad avanzada.

Al menos un 25% de la población europea y norteamericana cree en alguna de estas cosas en algún momento determinado, y su influencia se extiende a muchos agnósticos y también a gente que se mantiene en las religiones tradicionales. Hemos empezado a vivir en sociedades abiertas y plurales, donde seguir a machamartillo los preceptos de una religión o creencia se considera sinónimo de cerrazón, atraso, intolerancia y extremismo: ese relativismo que le da tanto miedo a los clérigos. Es lógico que se produzcan rebotes en una u otra dirección, pero la tendencia resulta obvia e imparable en el largo plazo.

Como parte de este fenómeno, la parapsicología encontró también su camino después de la Segunda Guerra Mundial; especialmente, por algo que ya dijimos: su presunción científica. Dejamos a los parapsicólogos soviéticos un poco deprimidos, cuando Stalin se hartó de la falta de resultados y les cortó la financiación hacia finales de los años '30. Dejamos también a los parapsicólogos estadounidenses bastante confundidos, cuando su afán bienintencionado de suprimir los errores metodológicos que caracterizaban a los primeros estudios les dejaron también sin resultados dignos de mención y con unos mecenas cada vez más impacientes. En cuanto a los nazis y su ocultismo germánicoSociedad Thule, SS-Ahnenerbe–, fueron tan barridos como todo lo demás cuando Alemania perdió la guerra.

Dejamos a J. B. Rhine, Zener y su gente un poquito decaídos y bajo presión en 1940. Durante la Segunda Guerra Mundial, no consta que hicieran nada digno de mencionar. Quien lo intentó en este periodo, durante el blitz de Londres, fue el matemático británico Samuel G. Soal. Si los trabajos de gente como Rhine o Zener siguen considerándose errores cometidos de buena fe, resulta difícil decir lo mismo sobre Soal. Con toda probabilidad, Soal trampeó deliberadamente las series y métodos estadísticos que utilizaba, llegando a engañar a algunas personalidades distinguidas de la ciencia y la política. Cuando le emplazaron a reproducir sus experimentos en la Universidad de Londres, después de la guerra, fue incapaz.

A finales de los años 40, el Fair Deal de Truman y la victoria en la Segunda Guerra Mundial permiten la creación de una nueva clase media en los Estados Unidos, después del crack de 1929 y las sacudidas de los años '30. Aunque el Fair Deal reúne características muy progresistas, a partir del Bloqueo de Berlín y la Guerra de Corea comienza a surgir en Estados Unidos un nuevo conservadurismo favorable al anticomunismo de la Guerra Fría y otro contrario a las luchas negras por los derechos civiles.  Estos nuevos conservadurismos están estrechamente vinculados a la religión. Son los tiempos en que el secular Estados Unidos, nacido de la primera separación radical entre iglesia y estado, comienza a derivar hacia una nueva forma de clericalismo. En 1954, grupos católicos logran que las palabras under God aparezcan en el Juramento de Lealtad, que anteriormente carecía de cualquier referencia religiosa. En 1956, in God we trust pasa a ser lema nacional de los Estados Unidos: el país cuyos textos fundacionales –la Declaración de Independencia, la Bill of Rights, la Constitución– carecían de toda referencia a divinidades, algo extraordinario en documentos del siglo XVIII. El macarthismo y lo que le rodeó no sólo se lleva por delante a buena parte de la intelectualidad norteamericana, sino también los valores fundacionales de la tierra de los grandes y los libres. El Ku Klux Klan comienza a expandirse de nuevo por todo el Sur. Thomas Jefferson, Thomas Paine o Ben Franklin se habrían horrorizado.

Frente a estos hechos, aparece una nueva generación: la generación beat. La generación beat y sus sucesores –la contracultura de los '60 y el movimiento hippie– constituyen un fenómeno muy plural, descentralizado y diverso cuyo único punto en común parece ser la oposición a este giro reaccionario en la sociedad y la política estadounidenses. Junto a la revolución sexual y los movimientos revolucionarios de índole política, muchos de ellos se interesan por formas alternativas de religiosidad, donde el esoterismo orientalista que llegó antes de la Segunda Guerra Mundial goza de especial éxito. Es a finales de los años '50 cuando vuelve a oírse hablar otra vez de la parapsicología norteamericana. Se producen reuniones, encuentros, conferencias. En 1957, J. B. Rhine puede fundar la Asociación Parapsicológica a partir de sus estudios en la Universidad de Duke. Todo el mundo empieza a interesarse de nuevo en esoterismos varios, incluyendo cosas como la telepatía, el viaje astral, las experiencias alteradas de conciencia y demás. El aspecto serio de la parapsicología hace que pronto pase de nuevo desde los bordes de la ciencia al corazón de la sociedad... y de las élites.

Por si fuera poco, en 1947 se produce el primer avistamiento OVNI de la ufología moderna, que acuñó el término platillo volante; seguido inmediatamente del incidente de Roswell. En poco tiempo, miles de personas aseguran haber sido testigos de visitas extraterrestres o sufrido abducciones alienígenas, lo que resulta amplificado por numerosos medios de comunicación, en lo que viene pareciéndose mucho a las oleadas de apariciones divinas del pasado. Este es un fenómeno eminentemente occidental, que no se reproduce a escala significativa en la URSS hasta muchos años después, pero que envuelve un nuevo misterio en una capa de respetabilidad científica; ahora, de tecnología aeroespacial. Y si bien la sociedad soviética ve pocos OVNIs, la enorme cantidad de información publicada al respecto cruza también el Telón de Acero y llega a las élites con acceso a la prensa occidental. Inevitablemente, algunos de ellos comienzan a creer. Y preguntar.

El incidente del USS Nautilus.

En este contexto, ocurre un suceso bastante curioso. La popular revista francesa de divulgación científica Science et Vie, en su número de febrero de 1960, publicó un artículo de portada donde se afirmaba que la Armada Estadounidense había logrado ponerse en contacto con un submarino atómico sumergido bajo el hielo polar –el USS Nautilus– por medios telepáticos. Al parecer, el joven periodista que lo firmaba fue engañado por un magufo habitual de origen ruso, fuertemente anticomunista y vinculado con labores de espionaje durante la Segunda Guerra Mundial, llamado Jacques Bergier (Yakov Bergier).

Resulta imposible saber a estas alturas si todo fue una invención de Bergier o alguien le sugirió la idea a su vez; el experimento, en todo caso, nunca existió. El caso es que Science et Vie era una de las revistas extranjeras más populares en... la Unión Soviética, sobre todo desde que Francia empezara a alejarse de la OTAN con Charles de Gaulle, en 1958.

El artículo de Science et Vie provocó una reacción instantánea en la URSS. Los Estados Unidos negaron que el experimento hubiera existido, lo que naturalmente no hizo otra cosa que exacerbar la histeria de los soviéticos. Y el caso es que era verdad, pero Science et Vie tenía –y tiene, merecidamente– mucho crédito y varios cuadros dirigentes de la potencia del este se tragaron el artículo entero. En Magonia resumen muy bien lo que sucedió a continuación.

Leonid Vasiliev, el J. B. Rhine soviético cuya historia contamos en el post anterior, emergió de debajo de las piedras estalinistas. Desde su Instituto Bekhterev de Leningrado, comenzó a decir a todo el que quisiera escucharle que la URSS debía  "abrir la mente" y ponerse las pilas en el campo de la parapsicología antes de que los guerreros psíquicos norteamericanos les derrotaran sin disparar un solo tiro. En este mismo año de 1960, el doctor Vasiliev se dirige a varios científicos soviéticos notables con las siguientes palabras:

"Desarrollamos investigaciones extensas y hasta hoy no publicadas durante el régimen de Stalin. Hoy, la Armada Estadounidense está probando la telepatía en sus submarinos atómicos. Los científicos soviéticos desarrollamos muchas pruebas muy importantes [en el Instituto Bekhterev] con gran éxito hace un cuarto de siglo. Es urgente que nos deshagamos de nuestros prejuicios. Debemos lanzarnos de nuevo a la exploración de este campo vital."

Dotados esotéricos y auras espirituales en la Unión Soviética.

El miedo y la paranoia de la Guerra Fría hizo el resto. La URSS de Khruschev, que acababa de poner en órbita el Sputnik, a Laika y se disponía a hacerlo con Gagarin, determinó que no podía quedarse atrás en guerra psíquica. El Instituto Bekhterev recibió de nuevo los fondos y recursos que Stalin les había retirado a finales de los años 30, y con él una montaña de centros de investigación por todo el inmenso país (sobre todo en Leningrado, Moscú, Kiev, Novosibirsk y Járkov). El número de investigadores y estudiosos se multiplicó. Las publicaciones populares de la superpotencia atea se llenaron de referencias a las fuerzas de la mente, el aura y las experiencias próximas a la muerte. Los ideólogos materialistas-dialécticos del Partido Comunista y los encargados de la represión religiosa en el KGB flipaban en colores ante esta avalancha paranormal. Al principio, sus protestas fueron desoídas: abandonad los prejuicios, abrid la mente, nuestra supervivencia está en juego, no podemos estar por detrás de los capitalistas en ningún campo o nos aniquilarán.

En 1961, la fotografía "del aura" Kirlian –por Semyon Kirlian, de Krasnodar, originada también en los años '30– comienza a aparecer en las revistas soviéticas sobre fotografía. En 1962, numerosas instituciones científicas de la URSS están trabajando también sobre este asunto de las auras. Otros se dedican al efecto de las ondas psi sobre plantas, animales y personas, a palo seco o amplificadas mediante medios electrónicos. Los doctores Nikolaiev y Kamensky desarrollan un presunto método para transmitir mensajes en código Morse por telepatía.

Inevitablemente, pronto surgió una generación de dotados: gente que parecía tener poderes psíquicos y que estos laboratorios e instituciones se rifaban. La más conocida fue Nina Kulagina, una ama de casa cuarentona, cuyas imágenes moviendo objetos telequinésicamente darían la vuelta al mundo en años posteriores. Pero también Rosa Kuleshova, una paciente mental de 22 años que supuestamente podía sentir cosas con los ojos tapados, como textos escritos, colores o huellas dactilares; esto se denominó visión paraóptica, y probablemente era un simple truco de prestidigitación. O Boris Ermolaev, que aparentemente levantaba cosas con las manos sin tocarlas (sin coñitas), al que luego se descubrió usando un hilito muy fino. Y por supuesto la histriónica maestra de escuela Alla Vinogradova y sus tubos móviles (mediante electricidad estática...). Daba igual. Al igual que le ocurriera a Rhine años antes, pese a descubrir varios de estos fraudes la investigación siguió adelante porque sin duda había un fondo de verdad. En 1963 se organizaba el primer congreso pan-soviético de parapsicología, al que fueron invitadas muchas personas extranjeras, incluyendo occidentales.

Sin embargo, allá por 1967 los detractores de la nueva arma comenzaron a recuperar el terreno perdido. Entre eso y lo de los OVNIs que iba llegando por la prensa occidental, el destacado piloto militar y dos veces Héroe coronel-general Pavel Kutakhov –que pronto se convertiría en el comandante de la Fuerza Aérea Soviética– se despachó a gusto varias veces sobre el tema con el lenguaje que cabe esperar en un veterano soldado ruso. La Academia de Ciencias de la URSS se negó persistentemente a aceptar como miembro a ninguno de estos investigadores, aunque algunos de ellos lograron acceder a academias regionales y de menor entidad. El muy leído diario ateo Ciencia y Religión cargó contra ellos número tras número. Pravda empezó a sacar artículos ridiculizando la parapsicología y la credulidad en general. Su argumento central resulta predecible y obvio: esto es un fiasco, esto es superstición religiosa, esto es un fraude de prestidigitadores, esto siempre parece que va a dar resultados y nunca los da, ¿dónde están las pruebas científicas que prometen? Mientras tanto, el nuevo director del KGB –un tal Yuri Andrópov–, observaba todo el asunto con ambigüedad y silencio.

Trampas en las trampas en las trampas, fintas en las fintas en las fintas...

En apariencia, lo que ocurrió fue que la parapsicología se convirtió efectivamente en un arma de la Guerra Fría... pero económica y disuasoria. En ambos bandos, hubo un sector creyente y un sector escéptico en posiciones de poder. El papel de los creyentes fue cándido y no tuvo mucha doblez. El de los escépticos, en cambio, fue bastante más retorcido; todo sea dicho en justicia. Pues los escépticos fumaban por las orejas de cabreo ante lo que consideraban una pérdida ridícula de tiempo y dinero; pero algunos de ellos, los más brillantes, se daban cuenta de que podían utilizarlo para fomentar la credulidad del otro bando e incitarles a invertir cada vez más tiempo y dinero en algo inútil, así como asustarlos haciéndoles pensar que ellos estaban más avanzados en "guerra psíquica". O algo parecido.

Sólo así tienen sentido algunas cosas. Uno puede imaginarse, por ejemplo, la cara de pasmo del jefe de Asuntos Religiosos del KGB cuando le comunicaran que la URSS –ni más ni menos que la URSS– iba a organizar a bombo y platillo la Primera Conferencia Mundial de Parapsicología (1968)... y que el director Andrópov no tenía nada que objetar.  Por supuesto, con la presencia de toda clase de médiums, gente con poderes, espiritistas a tutiplén, investigadores de lo paranormal y una montaña de invitados norteamericanos y del resto del mundo que se dedicaban a estudiar cosas como la vida después de la muerte, el destino del alma y sus interacciones con los vivos, las experiencias cercanas a la muerte, el aura, la reencarnación o las casas encantadas. Existía el precedente de 1963, pero no de este calibre ni con tanto alcance.

A ver si nos entendemos: aquello era la URSS, tovarich, ya sabes, donde los rojos ateos con cuernos y rabo y todo eso. El país en el que apenas quedaban mezquitas, sinagogas ni iglesias; no exactamente una eco-feria new age pastelosa con paz, amor, buen rollito y foto de tu aura a veinte euros. Y los muy jodíos montaron lo que probablemente fuera el congreso parapsicológico más chulo de la historia de Europa. Repartieron visados como si aquello fuera Cancún en vez de Moscú (sobre todo, a los estadounidenses). Permitieron la entrada de toda clase de cámaras y grabadoras; por si acaso alguien se perdía algo, allí estaba la televisión soviética para filmarlo también. Toleraron que todo el mundo hablara con todo el mundo de lo que le diese la gana. Hubo desde séances espiritistas con tablero ouija y todo (¿has visto alguna vez una condenada güija en cirílico?) hasta sesudas conferencias sobre psicotrónica y actividades para la infancia por cuenta de las muchachas del Komsomol. Durante unos días, la capital atea del mundo se convirtió en el escaparate global de toda clase de magufadas. Demonio, yo habría pagado buen dinero por estar entre los organizadores, porque se lo tuvieron que pasar pipa: conferencia mundial de parapsicología en la URSS, ¡yeah! Lo más parecido que se me ocurre es montar una asamblea antiglobalización en la Bolsa de Nueva York por iniciativa del Fondo Monetario Internacional.

De esta conferencia (y sus preparativos, en 1967, cuidadosamente filmados también por la TV soviética) son las míticas imágenes que dieron la vuelta al mundo y que en España Jiménez del Oso y RTVE nos metieron hasta en la sopa. Por ejemplo, este famoso video de la dotada Nina Kulagina:




Todo el mundo volvió a casa encantado de la hospitalidad soviética y maravillado de sus grandes avances en la nueva ciencia. Entonces, empezaron a ocurrir cosas en los Estados Unidos; algo muy parecido a una histeria, visto en perspectiva. Ya se puede imaginar la reacción: abandonad los prejuicios, abrid la mente, nuestra supervivencia está en juego, no podemos estar por detrás de los comunistas en ningún campo o nos aniquilarán.

Después de años languideciendo, de pronto aparecieron grandes cantidades de dinero para la investigación parapsicológica, cuya defensa salta de pronto desde los ambientes hippies y contraculturales a la élite científica y política. En 1969, la prestigiosa Asociación Americana para el Avance de la Ciencia –la sociedad científica más grande del mundo, editora de la revista peer-review Science– aceptaba en su seno a la Asociación Parapsicológica fundada por J. B. Rhine bajo la dirección de la conocida antropóloga Margaret Mead. En 1970 se fundaba en California la Academia de Parapsicología y Medicina. En 1971, el astronauta Edgar D. Mitchell realizaba experimentos telepáticos –supuestamente a título particular, con sus "amigos en la Tierra"– desde la nave lunar Apolo 14; tras regresar, creó el Instituto de Ciencias Noéticas (1973). En 1972, un documento ultrasecreto de la DIA –ahora desclasificado– advierte que la URSS se encuentra años por delante en toda clase de técnicas psíquicas que se extienden desde el control del comportamiento y la psicofarmacología hasta toda clase de magufadas:

Hay informes de que los soviéticos están entrenando a sus cosmonautas en telepatía como respaldo a sus sistemas de comunicaciones electrónicas. Se sabe que uno de estos sistemas incluye códigos telepáticos [...]

Los resultados de los experimentos del Apolo 14 están bien documentados con todo detalle y han sido publicados en el Journal of Parapsychology. La newsletter de la Universidad de California proporciona más documentación sobre los experimentos de Mitchell.

Hay numerosos informes sobre las aplicaciones soviéticas de la clarividencia, el hipnotismo, la radiestesia, etc. En el caso de los zahoríes, esto no resulta sorprendente, pues nuestras fuerzas han usado la radiestesia en Vietnam para localizar túneles y zulos del enemigo. Con respecto al control mental y el condicionamiento cerebral, un informe reciente señala que la Unión Soviética ha hecho grandes progresos en condicionamiento y entrenamiento emocional. Se enseña a los soldados a ajustar su tono emocional en situaciones de tensión y batalla. Se instruye a los astronautas para distorsionar el tiempo y aliviar el aburrimiento en el espacio exterior. [...]

Es significativo debido la energía y recursos destinados a estos trabajos en la Unión Soviética y también por sus implicaciones militares [...] Los aspectos más siniestros de la investigación paranormal parecen estar surgiendo en la Unión Soviética. ¿Por qué, si no, los investigadores soviéticos estarían haciendo declaraciones del tipo 'decidle a América que el potencial psíquico del hombre debe usarse para el bien'?"


Pronto surgieron más informes confidenciales que extendían este peligro a Checoslovaquia y Bulgaria. El Instituto de Investigaciones de Stanford, estrechamente vinculado a la agencia militar de proyectos avanzados DARPA, comenzó a invertir millones de dólares de la CIA y la DIA en estudiar la llamada visión remota (clarividencia, vamos) bajo la dirección de los físicos Harold E. Putoff y Russell Targ. En 1975 se funda también la Asociación Internacional de Investigaciones Kirlian. La psicóloga Thelma Moss hizo lo propio desde el recién fundado Laboratorio de Parapsicología de la Universidad de California en Los Angeles (UCLA), realizando varios viajes a la URSS para mantenerse al día.

Es precisamente en torno estas fechas cuando los soviéticos parecen comenzar a hartarse del tema. Van retirando su financiación a todo el asunto y, aunque permiten que algunos de sus investigadores sigan adelante, les van cortando las alas. Incluso llegan a producirse algunas detenciones de los demasiado entusiastas en 1975; no les pasó gran cosa, pero desde luego desanimó mucho a los demás. Lo que podría leerse en clave de "ya vale con la broma". O no. O todo lo contrario. El caso es que a partir de entonces la parapsicología soviética empieza a languidecer. Desde 1978 sus publicaciones desaparecen casi por completo y va disolviéndose lentamente hasta la actualidad, reducida a un pequeño círculo de entusiastas y cierto interés popular.

Pero los Estados Unidos se han tragado el asunto entero y siguen adelante con gran ímpetu. En 1979 se crea el Laboratorio de Investigación de Anomalías en Ingeniería de la Universidad de Princeton. Mientras tanto, bajo el más absoluto secreto, el Gobierno de los Estados Unidos ha fundado un programa de investigación de millones de dólares y más de una década de duración: el Proyecto Stargate. Ya, sí, suena a coña, pero es absolutamente real. ¿Su propósito? Estudiar las posibilidades militares de la telepatía, la clarividencia, la radiestesia y otras magufadas al uso. Como lo lees.

El proyecto Stargate.

No se sabe cuándo comenzó con exactitud, probablemente porque fueron varios programas paralelos, spin-offs progresivos de los estudios parapsicológicos del Instituto de Investigaciones de Stanford y otros de los lugares indicados. Lo financió la Agencia de Inteligencia para la Defensa (DIA) y el Mando de Inteligencia y Seguridad del Ejército de los Estados Unidos (INSCOM), con al menos veinte millones de dólares de la época y probablemente bastante más a la luz de su extensión y alcance. Fue fomentado y dirigido al principio por el mayor-general Albert N. Stubblebine, un oficial de inteligencia peculiar que sería el responsable de rediseñar la infraestructura de espionaje del INSCOM entre 1981 y 1984; este mayor-general Stubblebine es más conocido por obligar a sus oficiales a aprender a doblar cucharas a lo Uri Geller, y recientemente por apoyar algunas de las conspiranoias sobre el 11-S.

El proyecto Stargate se extendió entre mediados de los '70 y 1995; varios de sus documentos han sido desclasificados con posterioridad, y por eso conocemos su existencia. Es todo muy rollo Expediente-X. El proyecto tuvo al menos seis fases diferenciadas, a saber:
  • SCANATE, el original, por cuenta de la CIA en el Instituto de Investigaciones de Stanford. Probablemente iniciado en torno a 1972. SCANATE es un acrónimo de scan by coordinate:  esto es, a ver si algunos dotados eran capaces de localizar mentalmente objetos en coordenadas precisas. Uno de estos dotados fue Ingo Swann, de la secta de la cienciología, que luego tendría gran influencia sobre el proyecto. Muchos de los presuntos dotados del programa resultaron ser cienciólogos.
  • Gondola Wish, una derivación militar del anterior para estimar las probabilidades de que el enemigo (la URSS, vaya) estuviera localizando blancos en los Estados Unidos a través de la clarividencia.
  • Grill Flame, una formalización y extensión de Gondola Wish a mediados de 1978. Este fue el programa militar principal. De aquí salió la generación norteamericana de dotados, encabezada por el tal Ingo Swann; muchos se dedican hoy en día a sacar los cuartos a los crédulos con toda clase de actividades.
  • Center Lane, que fue Grill Flame bajo un nuevo nombre, desde 1983. Supuestamente habían desarrollado una metodología capaz de localizar con precisión blancos enemigos mediante telepatía o clarividencia, y la experimentaron en esta fase. Center Lane fue destapado por el legendario periodista de investigación y premio Pulitzer Jack Anderson en 1984. En 1985, una evaluación de Stargate realizada por la Academia Nacional de Ciencias resultó devastadora para el proyecto, sacando a la luz toda clase de sesgos sistémicos, errores metodológicos y simples fraudes. Este informe hizo que el Ejército sustituyera a Stubblebine por el teniente-general Harry E. Soyster. Soyster no ve claro el asunto y le retira la financiación.
  • Sun Streak, desde 1985. Cuando el Ejército retira la financiación, el proyecto pasa con este nombre a la Agencia de Inteligencia para la Defensa (código DT-S). En 1988 Soyster se convierte también en director de la DIA y está a punto de cancelarlo completamente, pero la CIA insiste en conservarlo aún un poco más.
  • Star Gate, que le da su nombre genérico y fue adoptado en 1991. En este momento pasa de secreto a sólo discreto, y es privatizado al contratista SAIC (sí, los mismos que andan metidos en los mejunjes de guerra biológica).
Finalmente, en 1995 –ya acabada la Guerra Fría– un informe de los Institutos Americanos de Investigación le da la puntilla final. En él se viene a decir de un modo edulcorado que, evaluados los resultados de todos esos años de investigación, todo el asunto no sirve para nada.

Al mismo tiempo, la sociedad ha seguido evolucionando en direcciones nuevas y diferentes. Ya en los años '80, la parapsicología había ido perdiendo el favor del público a ambos lados del Telón de Acero, convirtiéndose en un asunto marginal. Y no digamos entre científicos. Sus pretensiones históricas de ser una ciencia pata negra ya no pudieron sostenerse por más tiempo, y colapsó; no se puede sostener una ciencia que no da ni un solo resultado verificable independientemente en más de un siglo de investigaciones. Eso, de hecho, es una característica central de las pseudociencias.

Simultáneamente, perdió su interés como arma de engaño económico y disuasorio (¿lo fue?). Por fin, todos esos institutos de investigación tan chulos fueron perdiendo sus presupuestos y cerrando poco a poco durante los siguientes años. El último en hacerlo fue el PEAR de Princeton, en 2007. Todo lo que quedan son asociaciones particulares y grupos universitarios de financiación privada, sobre todo en el Reino Unido (y un par en Estados Unidos). En la Rusia actual, hay algunos investigadores particulares de poca entidad.

Esta fue la guerra secreta de los magufos; una historia extraña de la Guerra Fría y la ocasión en que las pseudociencias se estudiaron durante décadas con grandes recursos y profundidad; telepatía, telequinesis, auras, psicotrónica, videncia. Y, a pesar de constantes declaraciones triunfalistas y grandilocuentes, los resultados fueron nulos. Como todas las pseudociencias, debido a sus sesgos metodológicos siempre parecen estar a punto de dar resultados, pero jamás los dan. Hoy por hoy, aunque mucha gente sigue creyendo en esas cosas, la ciencia las ha descartado por completo y prosigue su camino hacia el futuro sin ellas. Para bien.

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domingo, 6 de junio de 2010

La guerra secreta de los magufos (1)

Durante la Guerra Fría, los Estados Unidos y la Unión Soviética se enzarzaron también en una competencia a gran escala sobre percepción extrasensorial, telequinesis, telepatía, videncia, psicotrónica y otras ramas de la parapsicología.

Primera parte: Genios, visionarios y locos.

Fue una lucha a muerte; con poca sangre –al menos entre ellos–, pero una lucha a muerte. Exploraron todos los ámbitos del conocimiento que pudieran aportarles alguna ventaja sobre el otro, incansablemente, persistentemente, genialmente, sin atender a costes o limitaciones. Se tenían tanto miedo, un pánico tan cerval, atávico y profundo, que buscaron y rebuscaron nuevas armas por todos los ámbitos de la realidad, desde los fondos del abismo hasta el espacio exterior. Y, a veces, también de la irrealidad; tanto era su pavor.

Nadie sabe cuánto dinero, esfuerzo y recursos gastaron realmente, pues la mayoría de estas exploraciones fueron secretas y se presentaron bajo el aspecto de otras cosas, cuando no permanecieron en las tinieblas. No se dejaron ni un solo rincón donde mirar. En el proceso, desarrollaron buena parte de las tecnologías de nuestro tiempo y del futuro próximo, y también una proporción significativa de las ciencias. Fue la guerra secreta de los  genios y de los locos. Fue el espíritu de la Guerra Fría. O, quizás, su fantasma.

Nuevas viejas creencias.

El desarrollo de las ideologías y las transformaciones efectivas que convirtieron a Estados Unidos en una potencia y las que provocaron el nacimiento de la Unión Soviética (aproximadamente 1840-1920) coinciden con la edad dorada de los primeros nuevos movimientos religiosos. Son los tiempos en los que ciencia, religión, filosofía y sociedad se están separando y diferenciando claramente mientras el mundo se transforma a toda velocidad, y a la gente empiezan a dejar de valerle sus creencias antiguas.Este no es un fenómeno nuevo –en la historia de la humanidad han aparecido constantemente religiones, creencias y sectas de toda especie, unas con más y otras con menos éxito– pero sí es extenso, global y con características innovadoras y diferenciadas.

En esta época, por ejemplo, surgen en Estados Unidos los mormones (a partir de 1830 pero sobre todo de 1850), el baptismo del sur (desde 1845), los testigos de Jehová (1870), el tercer gran despertar (1850-1900) o el pentecostalismo que caracteriza a numerosas iglesias evangélicas (antiguo, pero extendido a partir de principios del siglo XX): se halla en el origen del fundamentalismo cristiano que actualmente estrangula a este país. En Oriente Medio se desarrollan los baha'i a partir de 1844, claramente distintos del Islam chiíta donde se originan y mucho más parecidos al orientalismo holístico contemporáneo; en el extremo contrario, aparece también el integrismo wahhabita y salafista que hoy en día ahogan también al mundo árabe (originado en el siglo XVIII pero relevante a partir del ascenso de la Casa de Saúd durante el XIX y principios del XX). En Japón surgen el Tenrikyō (fuerte desde 1866), el Kurozumikyō (desde 1846) o el Ōmoto (a partir de 1892). En África, un poco más retrasada, se desarrolla el kimbanguismo (1921) y las aladura (desde 1918). En Vietnam el Cao Dai (1926). Entre los hebreos se extiende y populariza la haskalá. Y así por todas partes.

En Europa, más quemados con las iglesias tradicionales tras siglos de inquisición, represión y guerras religiosas, las transformaciones son más radicales con respecto a las creencias consuetudinarias. Estas transformaciones emanadas de la Ilustración y la Revolución Francesa se extienden y profundizan con la Modernidad, generalmente en forma de un progresivo alejamiento de la fe histórica. Pero también aparecen cosas nuevas. Por ejemplo: la masonería sufre profundas transformaciones. Compuesta originariamente por profesionales burgueses de la Edad Media a los que posteriormente se incorporan librepensadores y liberales de toda especie bajo un paraguas generalmente cristiano, pasa por un profundo cisma cuando el Gran Oriente de Francia comienza a aceptar ateos en sus filas en 1877. Al calor del idealismo filosófico y el romanticismo tardío, comienzan a penetrar también en el Viejo Continente religiones y filosofías orientalistas como el budismo (de la mano de Schopenhauer y Helena Blavatsky) o el sufismo (sobre todo a través de Gurdjieff, Ouspensky y su Cuarto Camino).

Sin embargo, ninguna de estas importaciones culturales llega tal cual, sino que se sincretizan fuertemente con el idealismo y el misticismo europeos antes de saltar a Norteamérica. Así, pronto surgen toda clase de nuevos movimientos como la teosofía (1875), los modernos rosacruces (a partir de 1909 y sobre todo de 1915) , el espitirismo (desde 1857), el espiritualismo (muy popular entre 1840 y 1930, con la aparición del tablero ouija en 1890), el hermetismo del Alba Dorada (a partir de 1888) o la O.T.O. (entre 1895 y 1904) y el cristianismo esotérico en general. En el proceso, rescataron temas dejados de lado como obsoletos por el progreso de la ciencia y la técnica, y particularmente la astrología, la alquimia o la cábala, junto a otros más tradicionales del tipo del tarot; a ellos, se suman técnicas orientales como el yoga o el tantra. Este fenómeno, conocido en su conjunto como esoterismo occidental, penetró con fuerza en las clases medias y altas de Europa y Norteamérica para luego extenderse también a las bajas.

Es bastante conocida la influencia de este esoterismo u ocultismo occidental en los movimientos völkisch que dieron lugar al nazismo, notoriamente a través de la Sociedad Thule y después de la SS-Ahnenerbe. En el característico racismo nazi pesaron tanto el tradicional antisemitismo cristiano europeo como la ariosofía –derivada del arianismo teosófico vía la antroposofía de Rudolf Steiner–, algunas formas de neopaganismo y el racismo pseudocientífico.

Por otro camino distinto, este esoterismo u ocultismo occidental se encuentra también en la raíz de la New Age, que bajo sus múltiples formas y aspectos constituye probablemente la religión sincrética más popular del Occidente contemporáneo. Son incontables las personas que, aunque mantengan nominalmente su religión tradicional, han incorporado a sus creencias conceptos como la reencarnación –del budismo, vía el idealismo filosófico y la teosofía–, la comunicación con los muertos –del espiritismo y el espiritualismo–, la astrología, la videncia y el tarot –tradicionales, pero reactivados y adaptados a las mentalidades modernas durante estos procesos–, deformaciones del chamanismo que beben directamente de Gurdjieff y el Cuarto Camino o ideas milenaristas en torno a la Era de Acuario –de la teosofía y los rosacruces– y otras por el estilo (puede que te interese el estado de la religión en España, un estudio que hice en este blog hace unos meses).

Inevitablemente, una parte de estas creencias –apenas estudiadas, pero mucho más influyentes en nuestro tiempo de lo que la gente se piensa– encontraron su camino desde la religión y la espiritualidad a las que pertenecen hasta los bordes de la ciencia y la técnica modernas. Constituyen así lo que llamamos pseudociencias.

Ciencia, creencia y pseudociencia.

La cada vez mayor hegemonía de la ciencia y su epistemología –el método científico– como única vía efectiva para conocer la realidad ha provocado y provoca constantes roces con las distintas formas de creencia, cuando no conflictos abiertos. A pesar de todos los intentos contemporáneos por encontrar vías unificadas, holísticas y demás, los caminos de la ciencia y de la fe son tan radicalmente divergentes como sus maneras de adquirir el conocimiento. El naturalismo metodológico empírico que constituye el núcleo de la ciencia, una forma de materialismo positivo, es esencialmente incompatible con el idealismo filosófico y las verdades reveladas propias de toda religión o creencia; y sus conclusiones, más todavía.

El extraordinario triunfo de la ciencia no sólo a la hora de aportarnos un conocimiento profundo de la realidad que hasta tiempos recientes nos estaba vedado, sino también de traernos incontables beneficios prácticos, ha hecho que este materialismo positivo –aunque la gente no lo conozca por su nombre– se haya constituido en el eje del pensamiento contemporáneo. Los dos grandes sistemas políticos –capitalismo y socialismo– son, o pretenden ser, materialistas positivos... más que nada, porque es la única manera de interactuar con la realidad que funciona. A la hora de tomar decisiones, pocas personas sensatas aceptan hoy por hoy argumentos sustentados en la esencia del ser o la revelación divina; normalmente, hablamos de números, razones, hechos y resultados. En la era contemporánea, un conocimiento sólo se da por bueno si es verificable en el sentido naturalista del término. Es decir, si es científico.

Por ello, los proponentes de conceptos idealistas o revelados llevan ya algún siglo que otro buscando una especie de legitimación al calor de la ciencia. A este que te habla, por ejemplo, un imán mahometano de cierta relevancia le aseguró que podía probar los pilares del Islam de manera científica (luego supe que es un argumento que usan tan habitualmente como otras religiones); ya puedes imaginarte que su concepto de científico presentaba algunas lagunas metodológicas de notable envergadura. Los fundamentalistas cristianos realizan grandes esfuerzos –y gastan grandes cantidades de dinero– en tratar de demostrar científicamente cosas como la literalidad bíblica, los milagros (el de la Sábana Santa es uno de los más populares) o el creacionismo (ahora llamado diseño inteligente, que suena más tecnológico). Y, por supuesto, los defensores de estas nuevas formas de religiosidad hacen lo propio.

Como es de esperar, sus probabilidades de sobrevivir a la primera pasada por el método son francamente bajas. Las de superar un estudio un poco más profundo, nulas. Y es normal: es que son antagónicas. No se puede ser materialista e idealista a la vez. No se puede apostar por la revelación y el empirismo al mismo tiempo. Algunos se cabrean bastante, y otros siguen realizando sus afirmaciones como si no pasara nada. Aquellas proposiciones que pretenden ser científicas pero no lo son por caer en violaciones metodológicas fundamentales se denominan pseudociencias.

Por haber surgido en unos tiempos en que la revolución científico-técnica estaba ya en plena expansión, muchas de estas viejas nuevas creencias que hemos comentado en el apartado anterior han tratado de aproximarse al paraguas científico con especial interés. Algunas de ellas, como la astrología, son más fáciles de acercar porque en otro tiempo fueron una ciencia, o al menos una protociencia; en la actualidad, su campo de estudio está ocupado por la astronomía y la astrofísica. Lo mismo ocurre con la alquimia, que hoy en día es la química y la física nuclear. Otras resultan obviamente más difíciles de encajar incluso a primera vista.

La parapsicología.

Sin embargo, una de ellas sobrevivió más tiempo que las demás por dos razones esenciales. La primera es que, desde su mismo origen, se postuló de buena fe como una ciencia pata negra. La segunda es que estaba relacionada con un ámbito del conocimiento donde, aún hoy en día, no hemos podido penetrar en profundidad: la mente humana. Bien es cierto que tenía un cierto regusto a espiritismo, espiritualismo y religión tradicional, así como algunas incoherencias en su adscripción al naturalismo positivo; pero, oyes, la astronomía tiene también un aire a la antigua astrología y no por ello deja de ser científica. Esta pseudociencia es la denominada parapsicología.

Como su nombre indica, se considera pariente de la psicología y de las ciencias de la mente en general. Su ámbito de estudio es bastante ambiguo, lo que resulta frecuente en las pseudociencias; tanto, que no parece existir una descripción clara del mismo. Parece ser algo así como cualquier cosa relacionada con la mente que no expliquen ya la psicología, la psiquiatría o la neurología. Sus líneas de trabajo más comunes, en cambio, resultan bastante conocidas y un tanto sospechosas: telepatía, telequinesia (o psicoquinesia), precognición, videncia (o clarividencia), vida después de la muerte y lugares encantados, entre otros asuntos por el estilo. Varias de estas líneas se engloban como percepción extrasensorial o ESP, y algunos incluyen también a los estados alterados de conciencia, especialmente cuando éstos no son consecuencia de procesos conocidos.

La primera sociedad parapsicológica surge en Cambridge en 1882, ante la avalancha de informes sobre espiritismo, médiums, séances y demás a los que se dan con afición la alta y media sociedad británica de aquella época. Entre sus fundadores se encuentran políticos conocidos como el estadista Arthur Balfour, filósofos y economistas como Henry Sidgwick y científicos como Sir William Crookes, Rufus Mason o el francés Charles Richet, premio Nobel de Medicina; lo cual nos da una buena idea del interés sincero que despertaron estas cuestiones. Una de las primeras cosas que hizo esta Sociedad para la Investigación Psíquica fue enzarzarse en una diatriba con Helena Blavatsky, la de la teosofía, llegando a acusarla de "impostora consumada". Crearon seis comités investigadores: telepatía, mesmerismo, mediumnidad, fuerza de Reichenbach (ódica), apariciones y casas encantadas, así como fenómenos físicos relacionados con las séances espiritualistas; más uno literario para documentar los antecedentes. Nacía de este modo la parapsicología, queriendo ser ciencia desde el principio; su firmeza hizo que personajes más crédulos como el Premio Nobel de Literatura irlandés W. B. Yeats les acusaran de ser excesivamente escépticos. Esta sociedad sigue existiendo en la actualidad, aunque convertida en una sombra de lo que fue.

La cosa dio pronto el salto a los Estados Unidos. En 1885, la Sociedad Americana de Investigación Psíquica abría sus puertas en la ciudad de Boston. En este caso, su primer presidente fue el matemático y astrónomo Simon Newcomb, descubridor originario de la Ley de Bedford y uno de los primeros en medir con precisión la velocidad de la luz. Le acompañaba en el empeño, entre otros, el notable psicólogo y filósofo William James, experto en psicología experimental, fundador de la psicología de la religión y coproponente de la teoría funcionalista. También tuvo pronto choques con los más crédulos, que condujeron a una escisión años después, y al igual que la británica sigue existiendo hoy en día. En 1889, el filósofo alemán Max Dessoir acuñaba el término parapsicología para englobar todas estas cosas. En 1911, la universidad de Stanford se convertía en la primera institución académica del mundo que comenzó a estudiarla en sus laboratorios. Entre los defensores a ultranza de esta nueva ciencia se contaron otros personajes notables como Sir Arthur Conan Doyle, Mark Twain o Aldous Huxley.

Guerra, Revolución y supervivencia.

En la atrasada Rusia de los zares y los popes no surgió nada de todo esto, pero tal cosa no significa que estas nuevas formas de creer no penetraran también profundamente entre las clases burguesas y aristocráticas; incluso más, si cabe, conforme el Antiguo Régimen comenzaba a desintegrarse y la gente necesitaba asideros diferentes a la religiosidad tradicional. Una de las cosas que más me fascinan de la Rodina es que en ella jamás hubo déficit de genios, visionarios y locos; supongo que una cosa es el precio de la otra. Sí, ya sé que eso ha ocurrido en todas partes, pero en Rusia la proporción es tan absurdamente alta como la de hembras espectaculares. Ahora que lo pienso, quizá ambos hechos estén relacionados. :-D

Tanto Blavatsky como Gurdjieff eran de origen ruso, pero para estar a la altura de la vieja Madre Rusia se precisa gente más hardcore. La versión en cirílico de los mormones, los testigos de Jehová o los pentecostales fueron movimientos como los skoptsy, las blancas palomas, un movimiento místico que se tomaba a Mateo 18:8 y 19:12 tan en serio como para cortarse alegremente los genitales y las tetas; aunque el movimiento se origina en el siglo XVIII, es en este mismo periodo cuando pasa de menos de cinco mil a más de cien mil miembros por todo el inmenso país. Del mismo modo, su variante nacional de los teósofos, espíritas y demás se constituye en torno a una serie de santones, místicos y gurús que van apareciendo cada vez más a menudo y más cerca del poder. Su exponente más notorio y universal es por supuesto Grigori Efimovich Rasputín, el monje loco, que hacía y deshacía a su gusto con el zar, la zarina, el zarevitch y las jóvenes princesitas, por no mencionar las damas y damitas de la corte imperial.

Rasputín y los que fueron como Rasputín no eran simplemente fanáticos ortodoxos al estilo tradicional, sino que ya pertenecían a una nueva generación bañada en todas estas nuevas ideas. Grigori Efimovich, aunque procedente de un movimiento tradicional de flagelantes también bastante heavies llamados los khlysty o gentes de Dios, era un hombre leído y viajado que estuvo en contacto con el esoterismo occidental, la teosofía, el mesmerismo y otras de estas nuevas formas de creer. Su influencia y poder sobre la corte imperial fue enorme, y su importancia en el descrédito final que sufrió la monarquía antes de la Revolución de 1917 resulta difícil de estimar pero fue sin duda significativo.

La Primera Guerra Mundial, en cuyo contexto sucede también la Revolución Rusa de 1917, acabó con el viejo mundo para siempre. Fue la primera guerra total contemporánea, la primera que ganó fundamentalmente el poderío industrial –es decir: científico-técnico–, la primera en que los Estados Unidos desempeñaron un papel decisivo como potencia global –ya ensayada en la guerra de 1898 que barrió los restos del Imperio Español de ultramar– y la que dio lugar al surgimiento de la Unión Soviética. Muchas naciones tradicionales fueron redibujadas y reconcebidas; surgió un nuevo nacionalismo, muy distinto del Dios-Patria-Rey anterior. La gente comenzó a pensar en otros términos: los términos del siglo XX, el siglo de la técnica.

Los restos del antiguo orden fueron barridos, y en ese proceso las religiones tradicionales no salieron bien paradas. De hecho, salieron muy mal paradas. La nueva potencia de Occidente, los Estados Unidos, fue el primer país del mundo nacido con una radical separación entre iglesia y estado. La que empezaba a emerger en el este de Europa era declaradamente atea y anticlerical. La otrora todopoderosa Iglesia Ortodoxa Rusa fue barrida del mapa, y con ella los skoptsy, los rasputines y cualquier otra expresión religiosa; más aún, apostaba claramente por el desarrollo científico-técnico acelerado: la industrialización de la URSS.

A este lado del mundo, la influencia religiosa tradicional también comenzó a decrecer rápidamente. La Guerra Cristera en México o la proclamación de la II República Española son paradigmáticas de un proceso mucho más profundo en el que las socidades occidentales comenzaron a alejarse de sus creencias consuetudinarias y del absolutismo religioso. Sin embargo, las nuevas formas de creer no resultaron beneficiadas en proporción. Aunque algunas de sus convicciones fueron generalizándose y pasando al conjunto de la sociedad, nunca llegaron a crecer demasiado de manera organizada. Algunas de sus expresiones más populares, como las sesiones de espiritismo, comenzaron a decrecer conforme la crisis económica de 1929 estrechaba las clases medias donde habían sido más frecuentes y el avance científico-técnico desplazaba a los misticismos de toda especie.Sólo siguieron expandiéndose claramente en Europa Central donde, como ya mencioné, se incardina en el proceso de formación del nazismo (la última gran ideología moderna que mantiene un fuerte componente idealista filosófico).

La parapsicología soviética.

No obstante, la inercia del periodo anterior era grande y la parapsicología siguió su camino. Curiosamente, la primera vez en que pasa a tener un carácter de estado fue en la recién creada URSS. Lo de la vida después de la muerte, las casas encantadas y los espíritus, por supuesto, se descartó como superstición. Pero precisamente debido a su carácter en apariencia científico, algunas de sus materias menos religiosas como la telepatía, la telequinesis y la visión remota (clarividencia) pasaron a ser materia de estudio para el Instituto del Cerebro Bekhterev de Petrogrado, que pronto pasaría a llamarse Leningrado.

El investigador jefe fue Leonid L. Vasiliev, miembro de la Academia de Ciencias de la URSS, quien decidió trabajar a partir de los estudios sobre disociación del francés Pierre Janet, los del psicólogo A. G. Ivanov-Smolensky y el libro Transferencia del Pensamiento de B. B. Kazhinsky (1923). Pronto incorporaron una nueva materia, que llegaría a convertirse en una especialidad de la parapsicología soviética y que podríamos llamar tele-bioelectromagnetismo; supestamente, la capacidad de detectar, amplificar y emitir señales telepáticas mediante equipos electrónicos, así como la posibilidad de influir a distancia sobre plantas u otros seres vivos. La expresión más conocida de esta especialidad parapsicológica soviética es, por supuesto, la fotografía Kirlian.

Diversas fuentes aseguran que Vasiliev y sus colaboradores del Instituto Bekhterev publicaron papers notables al respecto en 1934, 1936 y 1937. Sin embargo, en este último año, Stalin comenzó a cansarse de la ausencia de resultados prácticos mientras la Segunda Guerra Mundial se avecinaba ya. Por otra parte, las sospechas de superstición y parareligiosidad sobre todo el tema iban siendo cada vez mayores, lo que seguramente no gustaba mucho a los ideólogos del Politburó. A finales de 1937, pese al ascenso del nazismo con su Ahnenerbe esotericista dando vueltas por todo el mundo, el autócrata suspendió la financiación de estos trabajos y disuadió su continuación por cualquier otro medio. Así, la parapsicología soviética desapareció durante los siguientes veintidós años.

Rhine.

El Vasiliev estadounidense fue, sin duda alguna, J. B. Rhine. Al igual que el fisiólogo leningradense hiciera en la URSS, este botánico de Ohio interesado en la psicología fue quien elevó la parapsicología occidental hasta lo más parecido a una ciencia fetén que jamás llegaría a ser. A partir de 1930, en la Universidad de Duke, Rhine colaboró con Zener (el de las cartas Zener) y otros expertos bajo la dirección del psicólogo William McDougall para llevar a cabo complejos experimentos sobre lo que denominó percepción extrasensorial.

Al igual que Vasiliev, Rhine abandonó la investigación cualitativa de sus antecesores –más adecuada en las ciencias sociales y económicas– para adentrarse en la investigación cuantitativa, empírica y estadística: lo que venimos considerando ciencia dura. Desarrolló un sistema estadístico completo para detectar las anomalías por encima de la media. En 1934 publicaba Percepción extra-sensorial, donde dijo sentir que después de 90.000 ensayos estos sucesos paranormales eran "un suceso real y demostrable". En 1937, Nuevas fronteras de la parapsicología hizo llegar sus estudios al gran público. En este mismo año, fundaron el Journal of Parapsichology, que se sigue publicando.

Como le pasó a Vasiliev, los resultados siempre parecían estar a la vuelta de la esquina pero nunca llegaban a plasmarse fehacientemente. Hoy en día sabemos que esta es una característica común a las pseudociencias: sus sesgos sistémicos hacen creer incluso al investigador de buena fe que está a punto de lograr su objetivo... pero el objetivo nunca se plasma, y así una y otra vez. Incluso en las ciencias de desarrollo lento se van alcanzando poco a poco pequeños avances verificables; las pseudociencias permanecen constantemente en un limbo de lo que puede ser, de lo que va a ser, pero nunca es.

Ya entonces, algunas personas cualificadas advirtieron a Rhine y sus colaboradores que podían estar persiguiendo fantasmas. Entre ellas se contó el premio Nobel de Química Irving Langmuir, quien les previno de que sus estudios incurrían en errores metodológicos graves de sesgo selectivo y sesgo de confirmación. El prestidigitador Milbourne Christopher, por su parte, les señaló que su método experimental contenía muchas debilidades fácilmente explotables por cualquiera de los sujetos de estudio para alterar los resultados mediante trucos sencillos. Rhine trató sinceramente de corregir estos problemas para ceñirse al método científico tanto como fue capaz. Y en ese momento lo que había creído un suceso real, cuya demostración estaba a la vuelta de la esquina, dejó de serlo. Sus estudios se tornaron oscuros y ambiguos. Las críticas comenzaron a arreciar. Su libro La percepción extrasensorial después de sesenta años (1940) es ya mucho más comedido que los anteriores. Al igual que le ocurriera a Stalin con Vasiliev y su equipo del Instituto Bekhterev, la Universidad de Duke empezó a perder la paciencia con sus parapsicólogos; no obstante, a diferencia de Stalin, mantuvieron el programa en marcha mientras Rhine siguió activo.

Entonces llegó la Segunda Guerra Mundial, que mantuvo las características de la Primera pero llevadas al paroxismo. Si la Primera ya fue una guerra total, la Segunda quiso serlo hasta la aniquilación. Si la Primera ya la ganó la potencia fabril, la Segunda fue una exhibición de poderío científico, tecnológico e industrial a escala planetaria. Si de la Primera emergió una nueva potencia y un nuevo estado, la Segunda los convirtió en superpotencias globales indiscutibles e indiscutidas. Si tras la Primera la gente de los países desarrollados fue abandonando sus religiones tradicionales, tras la Segunda esto se transformó en un fenómeno social a gran escala. Si la Primera aniquiló un mundo viejo, la Segunda creó otro nuevo. Y en ese mundo nuevo, la parapsicología volvió a encontrar un lugar bajo el sol de la mano de la Nueva Era y del pánico termonuclear.


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lunes, 10 de agosto de 2009

Las mentiras del detector de mentiras.

El peligroso fraude del polígrafo.

Recientemente falleció el conocido periodista Julián Lago, que popularizara en España el uso del detector de mentiras con el programa La máquina de la verdad (Telecinco). Desde entonces, son numerosos los programas de televisión que incorporan el polígrafo para atraer el interés de la audiencia; en apariencia, estaríamos ante una máquina maravillosa capaz de distinguir quién miente y quién dice la verdad. Si esto fuera así, quedarían resueltos algunos de los grandes problemas de la humanidad: la administración de justicia, el espionaje y contraespionaje, la credibilidad de los políticos y hasta los asuntos de cuernos. Una pasadita por el polígrafo, ¡y todo resuelto!

Algo así vienen a sugerir quienes se ganan la vida con él, jurando y perjurando que sus máquinas son capaces de distinguir la verdad de la mentira en un porcentaje enorme de las ocasiones. Del 90 al 95%, dicen. Claman que numerosas instituciones estatales y privadas se apoyan en él para garantizar su seguridad. Se lamentan de que los tribunales y gobiernos de la mayoría de países no les crean. Apelan al público para que haga presión en contra de esta injusticia.

Es cierto que algunas instituciones estatales se han apoyado en el polígrafo para garantizar su seguridad, y de manera muy notable el Gobierno de los Estados Unidos, país donde se inventó el aparatito. Lo que omiten mencionar es que este apoyo ha resultado ser catastrófico. Decenas de espías al servicio de países extranjeros han pasado la prueba del detector de mentiras sin ninguna dificultad, como Aldrich Ames, que trabajó para la Unión Soviética entre 1985 y 1991. O Karel Koecher y Larry Wu-Tai, que se infiltraron en la mismísima CIA durante los años '80. O Ana Belén Montes, que hasta el año 2000 trabajaba a la vez para la Agencia de Inteligencia de la Defensa y para la Cuba de Castro. O Leandro Aragoncillo, espía al servicio de Filipinas y Francia que permaneció en la Casa Blanca hasta 2005. Todos ellos pasaron con éxito numerosas pruebas del detector de mentiras, y ninguno fue descubierto gracias a él.

En fin: que cualquiera diría que el polígrafo, incluso aplicado por los mejores expertos en poligrafía del mundo, no sirve para gran cosa. Hasta los espías de medio pelo se cuelan por entre sus redes. Sólo en una ocasión el detector de mentiras inició una investigación por espionaje, la de Harold Nicholson, aunque se ignora en qué circunstancias exactas. Tampoco parece que haya servido nunca para esclarecer un crimen, sin la aplicación simultánea de técnicas policiales o judiciales más convencionales. En más de setenta años de existencia, el polígrafo no ha demostrado jamás su eficacia como detector de mentiras por sí solo. Y lo que es más grave: tiende a acusar de mentir a los inocentes. ¿Cómo es posible, pues, que haya gozado y siga gozando de tanto crédito en tantos lugares?

Cháchara pseudocientífica y tercer grado de tapadillo.

A grandes rasgos, los defensores del uso del polígrafo como máquina de la verdad dicen que el hecho de mentir provoca en las personas un estrés de un tipo particular. Que las señales de este estrés se pueden detectar mediante diversos medios, siendo los más clásicos la conductancia cutánea y la presión arterial. Y que estas señales se pueden normalizar y parametrizar en una serie de indicadores capaces de separar la verdad de la mentira.

El problema radica en que, de todas estas aseveraciones, sólo una pasa la prueba del método científico: que el estrés, si se produce, se puede detectar. Pero no es cierto que mentir provoque estrés en todo el mundo, y mucho menos de un tipo particular; a decir verdad, los mejores mentirosos mienten con completa naturalidad. Tampoco es cierto que estas señales sean normalizables; de hecho, no hay un solo documento validado científicamente que determine con claridad los niveles y umbrales que separen la verdad de la mentira. Todo queda en manos de la interpretación del equipo humano que maneja la máquina. Lo que se aleja irremisiblemente de la ciencia para convertirse en un arte o, más probablemente, una pseudociencia.

En realidad, el polígrafo no es más que una técnica de interrogatorio bajo presión; un tercer grado blando. El Presidente de los Estados Unidos Richard Nixon lo resumió muy bien:
"De los detectores de mentiras, yo sólo sé que cagan de miedo a la gente."
Bajo presión, las personas cometen errores más fácilmente, y son más proclives a sentirse acorraladas y confesar de manera espontánea o al menos reconocer hechos que les perjudiquen. Por desgracia, esto también ocurre con los inocentes: las preguntas sobre un delito o cualquier otro acto equivalente pueden estresarlas con facilidad, incluso más que a los culpables, especialmente si por cualquier motivo conllevan una elevada carga emocional. La Academia Nacional de Ciencias de los Estados Unidos calculó en 2003 que el polígrafo declara mentirosos, como mínimo, al 16% de las personas que dicen la verdad; y que cada identificación correcta de un mentiroso conlleva cientos de identificaciones falsas contra los inocentes. Específicamente, determinaron que el 99,6% de los positivos son falsos positivos.

En realidad, el polígrafo no está en condiciones de ofrecer mayor precisión que el mero azar. El lanzamiento de una moneda al aire para decidir a cara o cruz si alguien miente o no es exactamente igual de eficaz. Esto produce dos víctimas: la persona injustamente sometida a un procedimiento de presión que no sirve para nada, y quien paga cientos o miles de euros a las empresas que viven de este fraude. Que es, simplemente, víctima de una estafa. En los países en que estas pruebas son aplicadas por el estado, se trata también de una estafa a todos los contribuyentes y una peligrosa deriva a la arbitrariedad totalitaria, similar a las ordalías de otras épocas. E igualmente inútil.

Por otra parte, el polígrafo produce una falsa sensación de seguridad. Una vez alguien ha pasado la prueba con éxito, ¿cómo dudar de él, o de ella? Exactamente así los espías mencionados anteriormente lograron llegar a ámbitos que nunca habrían alcanzado sin esta falsa seguridad de sus superiores. Este fue el caso de Ana Belén Montes que, amparada en los excelentes resultados de las pruebas poligráficas y su indudable valía personal, alcanzó rápidamente el puesto de analista jefe en asuntos cubanos de la Agencia de Inteligencia de la Defensa norteamericana... mientras enviaba copia de todo a Fidel hasta ser descubierta en 2000 por otros medios.

Por no hablar de Aldrich Ames, un individuo inestable y a todas luces de poco fiar, que se ofreció a trabajar para los rusos a cambio de dinero por el sencillo procedimiento de visitar la Embajada Soviética en Washington. Aunque sus superiores de la CIA sabían que el hombre no andaba muy fino, y que llevaba un tren de vida impropio para su salario, le consideraban de confianza porque superó sin problemas las pruebas del detector de mentiras. Gracias a sus informes, el KGB desactivó completamente la infraestructura del espionaje norteamericano en la URSS, con la captura de más de cien agentes y la ejecución de al menos diez de ellos. Tras el colapso de la URSS y otra prueba de polígrafo pasada con éxito, Ames siguió trabajando tranquilamente para Rusia hasta 1994, cuando fue capturado por el FBI mediante métodos convencionales. Evitaremos cebarnos con la historia de Karel Koecher, pues Koecher era un maestro de espías, y esos tienen sus propios rasgos de genialidad.

De juerga con el detector de mentiras.

Con frecuencia, los científicos norteamericanos de alto nivel son sometidos obligatoriamente a pruebas del polígrafo cuando tienen alguna relación con materias sensibles. Eso les cabrea de un modo particular, pues para quienes saben bien que no es más que un fraude, constituye a todas luces una humillación. Sin embargo, una parte de ellos se lo toman a cachondeo, y aprovechan la ocasión para hallar nuevas maneras de burlarlos y enloquecer a sus operadores. O, simplemente, para pasar la prueba sin contar absolutamente nada de sí mismos.

Las técnicas que usan son muy variadas: falsear las reacciones corporales en las preguntas de control, sobrerreaccionar en todas las respuestas o en una parte de ellas al azar, confundir la secuencia lógica del interrogatorio... mil cosas. En realidad, no hace falta nada tan complicado. Basta con tener claro que el operador del polígrafo no es tu amigo sino un interrogador que exagera la efectividad de la máquina, no ofrecer jamás una respuesta incriminatoria, y seguir el consejo del KGB a Aldrich Ames cuando pidió instrucciones a sus especialistas sobre la manera de superar la prueba:
"...duerme bien, acude descansado y relajado. Sé amable con el operador del polígrafo, establece una buena relación, muéstrate cooperativo y no pierdas la calma."
¿Por qué se sigue usando a pesar de todos estos fracasos y los informes en contra de la Academia Nacional de Ciencias, de la Oficina de Asesoramiento Tecnológico del Congreso y de la Asociación Psicológica Americana? En el sector privado, fundamentalmente, por credulidad y simple fraude empresarial. En las agencias de inteligencia norteamericanas, sobre todo, porque abandonarlo implica el ridículo de la organización y equivaldría a reconocer que algunos viejos amigos y colaboradores no son más que unos estafadores. Pronto, alguien haría preguntas sobre el lugar a donde fue a parar todo el dinero gastado en esos medios espurios, y quién tomó semejantes decisiones.

La pregunta, en realidad, no es si el polígrafo usado como detector de mentiras sirve para algo o no. Eso está claro. La pregunta es cuánta gente inocente habrá sido perseguida, despedida, apartada o incluso condenada mediante un instrumento que, bajo su apariencia falsamente científica, no es en nada mejor que las ordalías de la Inquisición. Sólo un poco más civilizado.

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