Ciencia hispánica (I)
Es cosa sabida que en los últimos tiempos ha proliferado una tribu de pseudohistoriadores revisionistas dispuesta a hacernos tragar que la historia de España y de Occidente es la historia de las clases medias biempensantes, cristianas, blancas y conservadoras frente al enemigo exterior e interior; sólo comparable en su nivel de simpleza a quienes se inventan naciones sobre la marcha transformando a cualquier tirano medieval en fuente y luz de su identidad patriótica.La verdad es que me parto la caja viendo a gentes de izquierdas reivindicando la figura de Jaume I el Conqueridor, que como todo el mundo sabe era un tío majete y fundador dels Països Catalans, partidario del matrimonio gay y la igualdad de sexos; exactamente en la misma medida en que me entra la risa tonta escuchando a los de derechas hablar maravillas del Cid Campeador, o sea el Said Campeador, un mercenario que saltaba de moro a cristiano y de cristiano a moro según le convenía. Detalle curioso: la Tizona fue forjada en la Córdoba musulmana con acero de Damasco, lo que podría ser anecdótico, pero no lo es en absoluto.
Ahora que ya me he desahogado un poco, permitidme que os cuente algunas cosas sobre el mayor astrónomo hispánico, o hasta español si me apuras. Este compatriota respondía al intrincado nombre de Abu Ishaq Ibrahim Ibn-Yahyah Al-Naqqash Al-Zarqali, ni más ni menos; nacido en la Toledo islámica en 1029 y fenecido en la Sevilla de Al-Mutamid allá por el 1087. La historia le recuerda como Al-Zarqali o por su nombre latinizado: Azarquiel, así, con resonancias un poquito diabólicas. Belial, Azazel y Azarquiel. Por ejemplo.
Las potestades de Azarquiel.
Si el toledano Azarquiel hubiera nacido algunos kilómetros más al norte, en la Europa cristiana, habría tenido problemas incluso peores que si hoy en día hubiese nacido unos kilómetros más al sur, en tierras de Mohamed VI. Pues Azarquiel inventó algunas cosas y descubrió otras que habrían sido tachadas fácilmente de brujerías y herejías. Pero como tuvo la suerte de vivir en el Al-Andalus del siglo XI, que era un oasis de libertad de pensamiento en comparación con todo lo que le rodeaba en ese mismo momento y lugar, pudo sacarlo adelante sin mucho temor.
La primera brujería de Azarquiel fue un intrigante aparatito llamado azafea. La azafea es un instrumento de navegación derivado del astrolabio, sólo que, a diferencia del astrolabio anterior, no depende de la latitud del observador. Permite orientarse en cualquier lugar del mundo, incluyendo los mares y océanos. De todos los inventos y descubrimientos que abrieron la era de las grandes exploraciones y los imperios oceánicos, probablemente la azafea sea el más importante. Sin una azafea, Colón jamás habría llegado a América, ni Magallanes y Elcano podrían haber dado la primera vuelta al mundo. Claro que, ya puestos, la carabela se deriva también directamente del qarib, un tipo de buque andalusí.
Sólo que Azarquiel no era marino. Su interés radicaba en la geografía y la astronomía. Tras recalcular correctamente el tamaño del Mar Mediterráneo y el movimiento del afelio terrestre, se dedicó a catalogar estrellas y planetas con gran precisión. De esta forma creó el primer almanaque (al-manakh); además de determinar en qué día exacto empezaban los meses de varias civilizaciones, así como la posición de los planetas en cualquier día y hora del año, predecía los eclipses de sol y de luna durante los años posteriores.El almanaque de Azarquiel constituye el fundamento de las Tablas de Toledo y de las Tablas Alfonsinas, y fue traducido al latín por Gerardo de Cremona muchas décadas después de la muerte del científico andalusí. De esta manera, la astronomía pudo renacer en el mundo cristiano occidental tras siglos de oscuridad. Cuatrocientos años después, Copérnico le citaría manifestando estar en deuda con él. Este fue el legado enorme del andalusí Abu Ishaq Ibrahim Al-Zarqali, Azarquiel, a toda la humanidad.
El cráter Azarquiel.
Sin embargo, la astronomía no llegó a olvidarlo por completo. Mucho tiempo después, hombres justos le concedieron uno de los mayores honores que se puede otorgar a los estudiosos del cielo: pusieron su nombre a un cráter lunar. El cráter Azarquiel se encuentra al este del Mar Nubio, formando un grupo de tres junto con el Ptolomeo y el Alfonso. Cada vez que miramos a la Luna, desde allí nos observa la memoria del viejo toledano que describió las cosas del cielo y abrió los océanos para quienes vinieran detrás. Quizás, esta vez sí, para siempre.
EL LIBRO DE LA PIZARRA DE YURI:

Pídelo en tu librería: Ed. Silente, La Pizarra de Yuri, ISBN 978-84-96862-36-4
o pulsa aquí para comprarlo por Internet

Pídelo en tu librería: Ed. Silente, La Pizarra de Yuri, ISBN 978-84-96862-36-4
o pulsa aquí para comprarlo por Internet

