La pizarra de Yuri: asteroides potencialmente peligrosos
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domingo, 28 de marzo de 2010

¿Qué pasaría si un agujero negro entrara en el sistema solar?

Nada existe para ser temido. Sólo para ser entendido.
María Curie.

Por su singularidad, en todos los sentidos, los agujeros negros constituyen uno de los objetos astronómicos que más han cautivado la imaginación del público. Y se oye muchas veces la pregunta: ¿qué sucedería si una de estas rarezas cósmicas se aproximara a nuestro sistema solar, o incluso penetrara en él? Muchos piensan que se nos tragaría sin remisión, ñam. Y sin embargo, no tienen razón. ¿Cómo es eso posible?

Agujeros negros.

Un agujero negro es una región del espacio de donde nada, ni siquiera la luz, puede escapar; los causa una deformación del espaciotiempo debido al colapso gravitacional de una masa. Teóricamente, cualquier cantidad de masa formará un agujero negro si su propia gravedad es capaz de comprimirla sobre sí misma hasta que se vuelva tan pequeña como su radio de Schwarzschild; en el caso del Sol esto serían unos tres kilómetros y, en el de la Tierra, de unos nueve milímetros. En principio, cualquier masa mayor que una masa de Planck podría formar uno; una masa de Planck equivale a unos pocos microgramos.

Sin embargo, los agujeros negros pequeños (llamados microagujeros negros o agujeros negros mecanocuánticos), en caso de existir, tienden a perder materia en vez de capturarla. Este fenómeno se conoce como evaporación de Hawking o radiación de Hawking-Bekenstein (y este es uno de los muchos motivos por los que quienes creían que el LHC iba a destruirnos están equivocados). Alimentar un microagujero negro es como querer llenar una bañera sin fondo: si abrimos el grifo lo bastante, por un momento parecerá que está llena de agua, pero al instante ya no se hallará allí.

Para que un agujero negro llegue a formarse y ser estable, hace falta una masa implicada equivalente más o menos al triple que nuestro Sol, con un mínimo absoluto en una vez y media (en la práctica, si no llega a 2,7 veces el Sol se convertirá en una estrella de neutrones, no un agujero negro). Este es el límite TOV (Tolman-Oppenheimer-Volkoff), que se deriva directamente del Principio de Exclusión de Pauli y del límite de Chandrasekhar para la formación de materia degenerada. Dicho en pocas palabras: ni siquiera toda la masa del sistema solar junta es suficiente como para que llegue a producir un agujero negro estable. El candidato más pequeño a agujero negro que conocemos en la actualidad, XTE J1650-500 en la constelación del Altar, es casi cuatro veces más masivo que el Sol (y el sistema solar).

Los agujeros negros se forman cuando una estrella lo bastante masiva se queda sin combustible y muere. Las estrellas, como nuestro Sol, son fundamentalmente grandes acumulaciones del hidrógeno primigenio concentradas por atracción gravitatoria en una esfera cada vez más compacta y densa. Hay un punto en que la presión (y con ella la temperatura) es capaz de superar la repulsión electrostática entre los núcleos atómicos, y entonces puede comenzar la fusión del hidrógeno y el deuterio primordial. En ese momento la estrella se enciende y equilibra; dicho muy burdamente, la explosión termonuclear constante que padece contrarresta el colapso gravitatorio que la formó. Así, permanece estable durante cientos, miles o decenas de miles de millones de años en forma de una esfera energética; tal cosa es una estrella, un sol. El nuestro se formó junto con la Tierra y el resto de los planetas hace unos 4.500 millones de años, y durará otros tantos.

Durante este proceso, las estrellas más antiguas (llamadas la población III) comenzaron a producir por fusión núcleos atómicos más pesados; todos los elementos hasta el 26 (hierro), incluyendo grandes cantidades de helio que vino a sumarse a su contenido en helio primordial. Conforme las estrellas van consumiendo su hidrógeno, la fusión se debilita. Entonces, la fuerza gravitatoria vuelve a ser más intensa que la explosión sostenida, y comprime el sol hasta un nuevo punto en el que es posible la fusión del helio. A continuación pueden ocurrir tres cosas distintas, dependiendo de su masa.

Las pequeñas (menos de la mitad del Sol, con mucho las más comunes del universo) no tienen masa suficiente como para provocar tanta presión que el helio llegue a encenderse (la fusión del helio sólo se produce a presiones y temperaturas muy altas). Entonces se convierten lentamente en enanas rojas, fusionando lentamente su hidrógeno residual durante billones de años. Algunas pasarán por una fase de enana blanca (con nova o sin nova) y finalmente, dentro de muchísimo tiempo, todas ellas esencialmente se apagarán en forma de enanas negras.

Las de mediano tamaño (más o menos como nuestro Sol) sí pueden causar compresión gravitatoria suficiente como para que el helio fusione. Esto embala la fusión del hidrógeno residual, y entonces la estrella crece y se expande hasta convertirse en una gigante roja. Cuando eso le ocurra a nuestro Sol dentro de cinco mil millones de años, se tragará a Mercurio y Venus y no está claro si también a la Tierra, pero en todo caso ésta resultará abrasada por completo (en realidad el proceso empezará mucho antes: en tres mil millones de años el agua terrestre se habrá evaporado y con ella la vida). Las gigantes rojas consumen su combustible muy rápidamente y además expulsan sus capas exteriores de materia, formando nebulosas, por lo que sólo duran unos millones de años antes de convertirse también en enanas blancas y finalmente apagándose como enanas negras dentro de cantidades abismales de tiempo.

Pero las grandes comienzan a fusionar helio masivamente y entonces se pueden convertir en una diversidad de monstruos cósmicos que normalmente culminan con alguna clase de fenómeno catastrófico. Consumen a toda velocidad el helio y el hidrógeno residual, y las más gigantescas empiezan a hacerlo también con el carbono, el neón, el oxígeno e incluso el silicio que han producido durante las reacciones anteriores; resulta complicado imaginar la clase de densidad y temperatura precisas para fusionar núcleos de elementos como el silicio. Algunas se transforman en subgigantes o gigantes, pero las verdaderamente enormes llegan a formar supergigantes e incluso hipergigantes como VV Cephei A o VY Canis Majoris; si nuestro Sol fuera una de estas, su esfera llegaría casi hasta Saturno.

Se consumen tan deprisa que no viven mucho: unos pocos millones de años (y, cuando empiezan a fusionar silicio, ya sólo les quedan cinco días). Suelen acabar en forma de supernovas: lo que viene siendo una explosión termonuclear de calibre cósmico, más brillante que una galaxia entera. Y cuando lo hacen como una supernova por colapso nuclear, el núcleo residual evoluciona hasta transformarse en una estrella compacta: enanas blancas, estrellas de neutrones, estrellas exóticas o la forma extrema de colapso gravitacional que forma un agujero negro. Otras, las absurdamente gigantescas, pueden implosionar directamente hacia este mismo final.

El candidato claro más cercano para sufrir uno de estos procesos de manera inminente (si es que no ha ocurrido ya y el frente fotónico está en camino) es nuestra vieja amiga Betelgeuse, alfa de Orión. Betelgeuse es una supergigante roja a entre 500 y 640 años luz de distancia, con veinte veces la masa del sol: justo en el borde que le permitiría mantener un núcleo por encima del límite TOV y llegar a convertirse en un agujero negro. Presenta un fenómeno de contracción rápida (el 15% en 17 años, y acelerándose) compatible con el colapso nuclear que conduce a una supernova de tipo II. Pero no nos hagamos ilusiones aún: podría deberse a cualquier otra razón.

¿He dicho hacernos ilusiones? ¿Estoy loco o qué? ¿Una estrella de neutrones o un agujero negro ahí al lado en términos cósmicos y el Yuri se hace ilusiones?

Sí. :-D ¡Sería extraordinario! Lo peor que puede pasar es un brote de rayos gamma, que de todas formas no nos alcanzaría significativamente porque el eje rotacional de Betelgeuse no apunta hacia nosotros. Tendríamos una buena ducha de neutrinos y rayos cósmicos que quizá pudieran llegar a deteriorar algún satélite, un objeto en el cielo tan brillante como la Luna llena durante algún tiempo, y una nueva nebulosa durante una temporada más. Y un montón de respuestas sobre el origen y evolución del universo, junto a otras tantas preguntas nuevas y mejores más. Por lo demás, no te acuestes muy tarde que mañana se trabaja. No pensarás que te ibas a librar sólo porque haya estallado una supernova y se esté formando un posible agujero negro aquí al lado como quien dice, ¿no?

De las fuerzas elementales.

De hecho, ha ocurrido muchas veces. Lo del agujero negro no (¡lástima!), pero lo de las supernovas, sí. Hace 2.800.000 años, cuando nuestros antepasados australopitecos ya andaban por aquí, una detonó lo bastante cerca como para dejar el planeta perdido de hierro-60. En tiempos históricos han estallado muchas.

¿Y con el agujero negro qué hacemos? Mira: a pesar de su aura tenebrosa, un agujero negro es un objeto físico como cualquier otro en este universo. Del horizonte de eventos para fuera, las leyes habituales de la física no se ven afectadas: su comportamiento sigue siendo como el de cualquier otra estrella de similar masa. ¿Y qué es esto del horizonte de eventos?

Cuando un agujero negro se forma y estabiliza por cualquiera de las vías que hemos visto antes, el núcleo colapsado se comprime hasta alcanzar volumen cero y densidad infinita: la singularidad. Esto es difícil de visualizar con la percepción clásica y requiere de la Relatividad; pero es posible, ya lo creo que sí. Se ha hablado mucho de las extrañas anomalías espaciotemporales que un monstruo tan extraño produce o puede producir (en realidad, no lo sabremos verdaderamente hasta que no logremos la teoría de la gravedad cuántica), pero ninguna de ellas sale del horizonte de eventos. De hecho, nada de lo que ocurra dentro del horizonte de eventos puede alcanzar a un observador exterior, ni siquiera la luz: por eso es un agujero negro.

El horizonte de eventos (que a grandes rasgos coincide con el radio de Schwarzschild) es el punto a partir del cual la velocidad necesaria para escapar del agujero negro es superior a la velocidad de la luz; como nada que tenga masa o transporte información puede ir más rápido que la velocidad de la luz, nada en este universo puede escapar de un agujero negro más allá del horizonte de eventos. Sin embargo, más acá, no es más que un astro como otro cualquiera, con su masa original (la densidad es infinita en la singularidad, pero no la masa). Se puede orbitar y existir en general alrededor de un agujero negro. De hecho, es como si la estrella que lo formó siguiera estando allí, sólo que en una forma diferente.

¿Y hasta dónde llega este horizonte de eventos? En los agujeros negros estelares que conocemos, los mayores horizontes de eventos tienen... unos trescientos kilómetros de circunferencia, que vienen a ser cincuenta de radio.

¿Cómo? ¿Sólo cincuenta kilómetros?

Sí, sí, cincuenta kilómetros. Si hubiera un agujero negro como quince soles en el Ayuntamiento de Valencia, estarías fuera del horizonte de eventos llegando a Castellón. Si estuviera en la Puerta del Sol de Madrid, seguirías pudiendo escapar desde Toledo. Si se hubiese establecido en la Plaça de les Glòries Catalanes, te librarías situándote un poquito más allá de Vilanova i la Geltrú. Si nos lo encontráramos formándose en el estadio del Boca Juniors de Buenos Aires, nos situaríamos fuera del horizonte de eventos más o menos por General Rodríguez.

Incluso en el caso de agujeros negros supermasivos como los que se encuentran en el centro de las galaxias, con cientos y miles de millones de masas solares, la distancia de seguridad tras del horizonte de eventos no está mucho más lejos que la órbita de Plutón, y bastante más cerca que Sedna. Si te alejas unos cuantos sistemas solares, es prácticamente irrelevante.

Lo que sí deberías hacer para no caer hacia él, claro, es orbitar a su alrededor igual que orbitarías alrededor de cualquier otro astro de masa similar. Si el agujero negro se deriva (como toca) de una estrella con masa en similar orden de magnitud, entonces el resto del universo más allá de ese pequeñísimo horizonte de eventos, esencialmente, ni se inmuta.

Y entonces, ¿qué pasaría si un agujero negro entrara en el sistema solar?

Pues lo mismo que si se paseara por aquí cerca cualquier otro objeto de masa similar.

Como hemos visto, no hay nada en nuestro sistema solar ni en unos quinientos años-luz a la redonda que pueda convertirse en un agujero negro. La única posibilidad de enfrentarnos a uno de ellos es que se tratara de un agujero negro errante circulando por nuestro brazo galáctico (o, más bien, con nosotros circulando hacia él). La probabilidad de que tal cosa suceda es extremadamente baja, una montaña de ceros después de la coma y antes del uno, pero aún así supondremos que ocurriera, para dar respuesta a la preguntita de marras.

Con tal propósito vamos a utilizar una aplicación llamada PPNCGS (Parameterized Post Newtonian Collisionless Gravity Simulator), desarrollada por el amigo indonesio, otaku y matemático Fendy Sutandio (Orichalc) sobre este estudio de la NASA. Funciona notablemente bien, y nos permite simular con bastante exactitud la interacción gravitatoria entre astros (o cualquier otra masa).

Por simplicidad (y porque si quieres un paper detallado en vez de un post divulgativo, yo necesito dos meses y tú necesitas un talonario de cheques :-D ) cargaremos únicamente los datos del Sol y los nueve planetas tradicionales en una alineación convencional y sin tener en cuenta rarezas orbitales como las de Plutón. Resulta suficiente para una buena aproximación, y he hecho un par de pruebas que me sugieren la conjetura de que los resultados son muy parecidos aunque no incorporemos todos esos detalles.



Ponemos en marcha el simulador y, así, pronto obtenemos las órbitas esquemáticas convencionales de nuestro sistema solar (en la realidad, las de Marte y Mercurio serían un poquito más excéntricas, y la de Plutón notablemente más excéntrica, hasta cruzarse con la de Neptuno; además de inclinada 17º con respecto a la eclíptica). En una proyección a cien años, los planetas más lejanos no tienen tiempo de describir una órbita completa alrededor del Sol:



Muy bien: ya tenemos un modelo gravitacional simplificado de nuestro sistema. Ahora vamos a añadir un agujero negro estelar típico de diez masas solares, al que bautizaremos como Abaddón: el ángel exterminador. Haremos que apunte más o menos hacia la posición actual de la órbita de Saturno, desplazándose a sesenta kilómetros por segundo, procedente del sur celeste para cruzar la eclíptica en ángulo más o menos recto:



Ejecutamos el simulador y...



Oops. Parece que al sistema solar no le ha sentado muy bien. Pero no porque Abaddón haya "succionado" nada en particular, sino debido a la atracción gravitatoria de una masa tan inmensa. Lo mismo habría sucedido si se hubiese tratado de cualquier otro objeto con una masa parecida en vez de un agujero negro. Observamos que el Sol ha salido propulsado hacia el agujero negro, arrastrando a todos los planetas interiores (incluída la Tierra). La perspectiva (y el tamaño que le he puesto a Abaddón) engaña, pues parece que el Sol y los planetas interiores hayan caído directamente en él, con lo que habrían sido absorbidos. Pero en realidad, está pasando por "encima" y se cruzan a millones de kilómetros de distancia en el eje norte-sur:


 Por su parte, los planetas exteriores han resultado despedidos lejos del sistema solar originario; en el caso de Júpiter, después de hacer un extraño quiebro alrededor del Sol y cerca de la Tierra. Saturno se aleja a velocidades enormes. Plutón ha invertido su sentido de traslación.

No obstante, la estabilidad de las órbitas interiores es sorprendente. Veamos con más detalle cómo han quedado durante y después del paso de Abbadón:


Puede verse que las órbitas de Mercurio y Venus han quedado prácticamente incólumes. La de la Tierra es ahora más excéntrica, aproximándose mucho a Venus por uno de sus extremos; aparentemente, sigue dentro de la zona de habitabilidad, por lo que la vida en la Tierra podría proseguir. Incluso la vida humana.
Eso sí, no iba a ser divertido. Grandes mareas provocarían gigantescas inundaciones durante el paso de Abaddón y, en menor medida, de Júpiter; es muy probable que estas mareas afectaran al núcleo, manto y corteza terrestre, provocando intensos fenómenos de vulcanismo. Habría importantes tormentas de meteoritos y asteroides hasta que volvieran a estabilizarse. Los veranos pasarían a ser más calientes y los inviernos más fríos, con los subsiguientes cambios climatológicos, evolutivos y ecológicos. Seguramente, el tiempo sería mucho más severo que en la actualidad. Este resultaría un lugar más inhóspito, pero con bastante probabilidad nada que la vida terrestre no haya enfrentado anteriormente.

Más preocupante es la órbita de Marte, que como vemos ha quedado en trayectoria de colisión con Venus, la Tierra y, sobre todo, Mercurio. Cada año marciano conllevaría una posibilidad de impacto planetario, una especie de ruleta rusa cósmica. Y el problema con Júpiter es muy grave. Se ha quedado "flotando" después de la primera pasada, prácticamente desprovisto de velocidad orbital, por lo que durante los siguientes años caería en una órbita muy elíptica que le llevaría una y otra vez al interior del sistema solar, con un periodo de unos 37-50 años. Veamos lo que ocurre durante el siglo siguiente:



Además de las posibilidades de colisión, sólo podemos especular sobre los efectos de este "martilleo gravitacional" repetitivo sobre los planetas interiores, y los efectos que podría tener sobre la rotación solar (que de todas formas variaría significativamente). También deberíamos considerar los problemas causados por su intensa magnetosfera. Curiosamente, la ausencia de los demás planetas exteriores no tendría mucha importancia (a menos que hagamos caso a los astrólogos). Su influencia real sobre la Tierra y los que estamos en ella es prácticamente irrelevante en la actualidad (y lo ha sido a lo largo de toda la existencia humana), por lo que su desaparición no se notaría de manera significativa más que por la pérdida del escudo anti-cometas que suponen debido a su atracción gravitatoria.

Por supuesto, este no es más que uno de los escenarios potenciales. La gravedad es una fuerza muy débil, la más débil de todas por muchos órdenes de magnitud, y en cuanto su fuente se aleja un poco sus efectos se reducen mucho. Si en vez de apuntar hacia la órbita de Saturno, Abaddón apuntase hacia la de Plutón, sólo se notaría su efecto sensiblemente a partir de Saturno (proyección a cien años):



Puede observarse que las órbitas de Saturno y Urano se han vuelto excéntricas; y las de Neptuno y Plutón, además, elípticas hasta el punto de que el primero llega a aproximarse más al Sol que Júpiter, lo que apunta un riesgo bajo de colisión con este último. Por el contrario, las órbitas de los planetas interiores (Mercurio, Venus, Tierra, Marte) y de Júpiter han quedado intactas pese al tránsito del agujero negro. En este escenario, el principal inconveniente para nuestro planeta podría ser la desestabilización del cinturón de asteroides y las acumulaciones transneptunianas, con el consiguiente riesgo de impactos de meteoritos y cometas. Pero eso sería todo, y a eso hemos sobrevivido muchísimas veces.

Si, por el contrario, Abbadón se dirigiera hacia algún punto entre Marte y Júpiter, el sistema solar está perdido por completo (proyección a un año):




En este escenario extremo, la mayor parte de planetas salen despedidos del sistema solar a alta velocidad. Venus quiere hacerlo, pero se queda sin energía y cae hacia el Sol. Lo mismo le ocurre a la Tierra, congelándose primero en un breve viaje hasta más allá de la (antigua) órbita de Saturno. Llama poderosamente la atención la curiosa estabilidad de la órbita de Mercurio, que apenas se altera un poco con un agujero negro de diez masas solares a menos de ochocientos millones de kilómetros; Mercurio está verdaderamente blocado al Sol.

En todo caso, la probabilidad de que un agujero negro se acerque a nuestro sistema solar es extraordinariamente baja. En el mundo real, no hay tantos Abaddones y los más cercanos se hallan a miles de años-luz de distancia: miles de billones de kilómetros. Además, con los instrumentos actuales detectaríamos las anomalías gravitacionales y relativistas de un "errante" en aproximación cientos, seguramente miles de años antes de que llegara al sistema solar (qué hacer después con tal información es un problema distinto...). Lo cierto es que no ha sucedido desde que la Tierra está aquí (eso es un tercio de la edad del universo), y las probabilidades de que ocurra alguna vez son casi cero. Al menos, mientras aún estas cosas le importen a una especie llamada humanidad.

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jueves, 19 de noviembre de 2009

Cómo parar el meteorito

Estrategias de defensa espacial




Se ha planteado un millón de veces por lo menos en la literatura y el cine apocalípticos. Se sospecha que tuvieron mucho que decir en algunas grandes extinciones, y especialmente en la del Cretácico-Terciario: la que se cargó a los dinosaurios y nos dejó el campo libre a nosotros, los mamíferos. Los humanos tenemos alguna experiencia con estas piedras llameantes que llegan súbitamente de lo alto. No sólo los galos de Astérix tenían buenos motivos para temer que el cielo pudiera caerles sobre las cabezas. No sólo es que todas las civilizaciones han tenido ocasión de observar los bólidos surcando la atmósfera con llamas y rugido pavorosos, a veces hasta estrellarse en tierra. Es que en la historia consta al menos una ocasión en que causaron una catástrofe humana: China, año 1490, unos 10.000 muertos por "piedras que cayeron del cielo".


Y luego tenemos el Evento de Tunguska, claro, que a pesar de todos los conspiranoicos fue uno de estos bólidos estallando cerca del lago Baikal con una potencia explosiva entre diez y quince megatones (échale un vistazo a las fotos que tienen en este sitio). Aunque este no mató a nadie, obsta decir que un impacto similar sobre un área metropolitana causaría la misma mortandad que un arma termonuclear de similar calibre. Cada pocos años ocurre al menos una explosión de decenas de kilotones en las capas superiores de la atmósfera, y para eso sólo hace falta un objeto rocoso de unos diez metros de diámetro. La bomba que aniquiló Nagasaki tenía 25 kilotones. Una Tunguska es posible cada trescientos años aproximadamente, aunque la mayoría de estos eventos se habrán producido sobre los océanos o en lugares tan remotos como la propia Siberia. La hipótesis Némesis postula que debería ocurrir un impacto mayor cada 26 millones de años aproximadamente, así que como el de los dinos ocurrió hace unos 65, iríamos con retraso. Más seriamente, Stephen Hawking asegura con mucha razón que los impactos meteoríticos son "la principal amenaza para la vida en la galaxia". Nuestro planeta pudo tener alguna experiencia al respecto, durante el Intenso Bombardeo Tardío.

Uno de los primeros problemas para protegerse de esta amenaza es, por supuesto, detectarla a tiempo, cuando aún sea posible tomar alguna medida. Como en cualquier otra intercepción, el éxito depende del tiempo de alerta previa. Lamentablemente, en contra de lo que Hollywood ha hecho creer a muchos, ni el cielo ni la tierra están controlados en su totalidad las veinticuatro horas del día. Este sería un tema muy largo, pero resumámoslo en que los instrumentos cuestan mucho dinero, sólo ven realmente bien en ángulos reducidos, y luego hay que estudiar toda la información que generan en busca de algo notable... lo que puede costar años y millones en recursos. Los medios son limitados y la astronomía no suele obtener trato privilegiado en los presupuestos estatales, ni mucho menos privados.


A pesar de ello, existen varios programas en curso para catalogar y calcular las órbitas de tantos objetos cercanos a la Tierra (NEO, near-Earth objects) como sea posible. Y, específicamente, de los asteroides potencialmente peligrosos (PHA, potentially hazardous asteroids). Los dos más importantes en la actualidad son Catalina y LINEAR, seguidos por Spacewatch. Como puede verse, están detectando cerca de mil nuevos cada año, en una tendencia ascendente que refleja la progresiva mejora de los instrumentos y métodos utilizados. Los tres programas utilizan una tecnología parecida. Catalina, por ejemplo, consta de tres telescopios distantes (dos en Arizona y uno en Australia) conectados a una cámara CCD de 16 megapíxels enfriada a 100ºC bajo cero. Gracias a ese frío, la corriente de oscuridad en el CCD es muy baja y el software anexo puede distinguir cosas muy pequeñas y remotas. Todas estas iniciativas vienen a englobarse en la denominada Defensa Planetaria; el primer congreso de la Academia Internacional de la Astronáutica dedicado a tal labor se celebró en Granada en abril de este año.


Desgraciadamente, estos esfuerzos parecen ser radicalmente insuficientes. Por la sencilla razón de que en los últimos años se nos han colado varios, y sólo los detectamos al impactar o cuando ya estaban alejándose de la Tierra (antes se nos colaban igual, pero ni siquiera nos dábamos cuenta). Este fue el caso del Evento del Mediterráneo Oriental de 2002. Pero no el único, ni mucho menos. En marzo de 2009 un objeto del tamaño de lo que causó Tunguska, llamado 2009 DD45, nos ha pasado rozando en términos astronómicos: a 63.500 kilómetros de distancia. Sólo fue detectado tres días antes del posible impacto. 2009 VA, que pasó hace diez días raspando los satélites GPS que orbitan a 20.000 km de la Tierra, tuvo una prealerta de menos de quince horas. 2002 MN se cruzó entre la Tierra y la Luna y sólo fue detectado cuando ya se marchaba de aquí. El cometa kilométrico que alcanzó Júpiter por sorpresa el 19 de julio no fue observado en ningún momento durante su aproximación. Catalina, LINEAR, Spacewatch y el resto de instrumentos hacen muy bien su trabajo, y se calcula que a estas alturas tienen catalogada al menos la mitad de objetos con tamaño superior a un kilómetro, pero no es suficiente. En el lado de los éxitos, se cuenta por ejemplo haber calculado con precisión el impacto de 2008 TC3 sobre un área despoblada de Sudán, el 7 de octubre del año pasado.

Si habláramos de un objeto de alta peligrosidad, ni tres días ni quince horas de preaviso bastan para tomar alguna medida. Pues carecemos por completo de medios para plantarle cara en la actualidad. Requeriría un proyecto de años de duración, meses en el mejor de los casos bajo "economía de guerra". Quienes piensan que podemos despacharles una andanada de misiles atómicos a la voz de ya, ignoran que los misiles atómicos están pensados para matarnos a nosotros mismos, no para interceptar un objeto en aproximación a la Tierra desde el espacio exterior a varios kilómetros por segundo. No pueden atacar blancos a esos ángulos, altitudes y velocidades, y de hecho no pueden destruir nada que no se encuentre sobre la superficie terrestre.


Suponiendo, claro, que esa fuera la mejor opción. Lo cual resulta muy dudoso. En principio, parecería lógico pensar que la manera de tratar con una amenaza así es reventarla a fuerza de puros megatones, utilizando sondas como la Deep Impact de la NASA que alcanzó el cometa Tempel-1 el 4 de julio de 2005, pero cargada con bombas de las gordas. Sin embargo, los efectos de un ataque de esta clase no son evidentes por sí mismos. Muchos objetos son relativamente frágiles, y podrían convertirse en una peligrosa tormenta con miles de meteoritos, imposible de detener. A un objeto realmente grande, por otra parte, no le haría ni cosquillas.

Además, juega en nuestra contra la propia gravedad terrestre, que tiende a atraer todo lo que pasa por aquí cerca. La gravedad masiva de Júpiter y Saturno nos protegen, pero la gravedad terrestre nos traiciona. Y por otra parte, los efectos de una detonación termonuclear son muy poco controlables: incluso aunque no fragmentase el objeto provocando así un espantoso Día del Granizo, e incluso aunque lograse la deflexión primaria, aún quedaría por resolver la secundaria; esto es, que no vaya a parar a una órbita desde donde choque contra nosotros poco después y mucho peor.

Se han planteado alternativas menos expeditivas, pero quizá más juiciosas. Si el impactor es algo masivo del tipo de Tea, entonces casi que lo más lógico sería largarnos de aquí, aunque no sepamos muy bien ni cómo ni a dónde. Pero no es probable que queden Teas a estas alturas en nuestro sistema solar. Se puede tratar con un objeto más pequeño siempre que dispongamos del tiempo y de los medios suficientes. A fin de cuentas, un meteorito de estos es algo muy parecido a una nave espacial describiendo una órbita determinada que intercepta la de la Tierra. Por tanto, el problema consiste en cómo modificar un poquito su trayectoria hacia otra órbita más segura para nosotros. Si está todavía lo bastante lejos, menos de un segundo de arco puede ser suficiente.


Una de estas alternativas implica también el uso de armas nucleares, pero en este caso haciendo estallar varias más pequeñas a cierta distancia del blanco, de manera consecutiva. La mayor parte de la energía de una carga termonuclear se libera en forma de rayos X y neutrones rápidos, con mucha energía cinética, capaces de empujar al objeto hacia otro rumbo. Se trataría, pues de una forma de propulsión por pulsos nucleares.

Recientemente, el Equipo de Conceptos Avanzados de la Agencia Espacial Europea ha determinado que no sería necesario recurrir a las armas nucleares en el caso de objetos del tamaño de 2003 SM84, con 115 metros, o incluso Apophis, que viene teniendo un cuarto de kilómetro de diámetro. Para demostrarlo, han diseñado la misión Don Quijote, que debe partir hacia uno de los dos en 2011: un orbitador llamado Sancho, a quien ya se sabe un tanto cobardica, se situará en las proximidades del asteroide para tomar las mediciones; y un colisionador pesado llamado Hidalgo se estrellará contra el mismo a diez kilómetros por segundo, como si cargara contra los molinos creyéndolos gigantes. Parece una broma, pero es la metáfora que ha elegido la ESA para darles nombre, y a mí al menos me parece muy apropiada. Es de esperar que la carga de este ingenioso hidalgo tenga más éxito que la de su antecesor, y compruebe que es posible desviar un asteroide de un cuarto de kilómetro mediante un simple impacto directo, por pura energía cinética. Colisionadores más pesados y veloces podrían, lógicamente, hacerse con objetos mayores.



Video de la misión Don Quijote prevista para 2011.
(Equipo de Conceptos Avanzados, Agencia Espacial Europea)

No son estas las únicas propuestas posibles. Desde tractores gravitacionales hasta espolvorear el objeto con hollín o talco para cambiarle el albedo y desviarlo por efecto Yarkovsky, las posibilidades son muchas. Entre otras, la opción simple de instalarle una vela solar o incluso un motor más o menos convencional que le modifique la trayectoria.

Así que tecnología tenemos para impedir que el cielo caiga sobre nuestras cabezas, como temieran los galos de Astérix y puede que hubieran debido temer los grandes saurios. Lo que hace falta, sobre todo, es dinero: en el momento actual, dinero para asegurarse de que tenemos un sistema de alerta temprana exhaustivo y eficaz. Si el objeto es detectado a distancia suficiente, desviarlo no tiene por qué ser ni muy crítico ni muy costoso. Pero a nadie nos gusta pagar impuestos, y seguramente continuaremos con los casi artesanales medios actuales una buena temporada más. A menos que la gente lúcida se imponga, comprendiendo que una moderada inversión ahora puede convertirse algún día en nuestra única, nuestra última oportunidad. El Día del Meteorito. Si es que llega, claro.

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