La pizarra de Yuri

jueves, 11 de febrero de 2010

Historia de la bala.

Una pequeña asesina que se cobra 500.000 vidas al año.



Es una de las principales causas de muerte violenta. Todos los aviones, misiles, tanques y buques de guerra juntos no matan a tanta gente, ni muchísimo menos. Los seres humanos, básicamente, asesinamos al prójimo de manera personal, con las manos; o, al menos, con cosas que llevamos en las manos. Y la humilde bala, junto a las armas que las disparan, son tan letales como los bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki, juntos y multiplicados por dos... cada año.

En efecto, Oxfam Internacional, Amnistía Internacional e IANSA estiman que las armas ligeras –y sus proyectiles– acaban con 500.000 personas al año; esto es, un Auschwitz cada lustro. Quizás después del garrote y el cuchillo, esos minúsculos trocitos de metal que vuelan rabiosamente por el aire hasta hundirse en la carne y la sangre ocasionan un genocidio estándar cada veintipico meses (o, más bien, la gente que los dispara, claro). Únicamente desde 1980 hasta aquí, han matado a tanta gente por todo el planeta como la Segunda Guerra Mundial. No se considera un arma de destrucción masiva, y sin embargo lo es más que ninguna otra. Sólo la Antártida, por el momento, se ha librado de sus efectos; quizá porque sus únicos habitantes, los científicos, suelen ser gente de paz.

Las balas están por todas partes, son facilísimas de construir al abrigo de cualquier selva, casucha, bosque o desierto por unos pocos céntimos, y ya no digamos en las modernas fábricas robotizadas que las producen a millones. En las versiones más básicas, basta con un poco de propelente, latón y plomo, y alguna herramienta primitiva para mecanizarlas de forma más o menos regular. Todos los países dignos de tal nombre tienen, al menos, alguna industria local. Las balas no sólo matan por perforación, daño neurológico y hemorragia, sino también por shock hidrostático, infección y lesiones sinérgicas que afectan a varios órganos simultáneamente.

El proyectil más popular del mundo es el llamado .22 Long Rifle, un cartucho chiquitín y de fácil uso que sirve para numerosos rifles, pistolas, revólveres y hasta escopetas. Lo de .22 quiere decir "0,22 pulgadas de diámetro": efectivamente sus dimensiones en el sistema métrico decimal son 5,6 milímetros de diámetro por 15 milímetros de longitud. Esta bala es demasiado pequeña para tener mucho alcance efectivo, penetración o poder de parada –le falta energía cinética–, pero para las distancias y víctimas habituales de las armas (civiles desarmados, raterillos, gentes derrotadas y otras personas esencialmente reducidas e indefensas) resulta más que suficiente; sobre todo, cuando se tiran tres o cuatro disparos. Además, tiene un vuelo muy lineal, lo que facilita su uso por tiradores poco experimentados.

Entre los militares, el más frecuente es en cambio el conocido como nueve milímetros parabellum, de 9 x 19 mm. Para bellum significa, en latín, "para la guerra", y lo tomaron del conocido aforismo si vis pacem, para bellum. Fue desde su origen un calibre militar, y resulta tan común porque se han fabricado numerosas armas de combate que lo utilizan. Considerado frecuentemente como un calibre de asesinos, debido a su uso generalizado a manos de terroristas, delincuentes y miembros de fuerzas de seguridad mucho menos que democráticas, es mucho más pesado y contundente que el pequeño .22 LR; a cambio, requiere mayor experiencia para acertar con él a alguna distancia porque su peso lo desploma rápidamente.

Sin embargo, cuando las cosas se ponen chungas de veras y la víctima no es tan víctima, sino que responde al fuego, la muy perra, todo el mundo se vuelve loco por el que llaman 7,62 soviético de 7,62 x 39 milímetros. Básicamente, porque es la bala del mítico Kalashnikov AK-47 y sus variantes, como el AKM, que es lo que todo nacido de madre quiere tener en las manos cuando las pintan bravas. Este cartucho intermedio, estrechamente relacionado con el tradicional calibre .30, resulta intratable a las distancias típicas de combate y sobre todo de combate urbano o suburbano; los soldaditos de a pie que saben de lo que hablan prefieren con mucho su cruda severidad a las ambiguas estadísticas de municiones más modernas y ligeras. A los contables de los ejércitos y otras fuerzas armadas también les gusta: las variantes más baratas se han llegado a producir a menos de un céntimo por unidad, y no es raro encontrarlos de importación y excelente calidad por debajo de veinte. Esto significa que se puede llenar un peine de treinta balas buenas por menos de seis euros, lo que venían siendo mil pelas, e incluso sin llegar al euro si uno se conforma con cualquier cosa; un argumento difícilmente discutible.

La idea de descalabrar a algún vecino por el procedimiento de lanzarle un objeto contundente es tan vieja como la humanidad. Ya en tiempos antiguos se descubrió que un objeto pequeño proyectado a suficiente velocidad resultaba más práctico y mucho más perjudicial para la salud que otros adminículos de mayor tamaño. No otra cosa es la punta de una flecha y, sobre todo, los proyectiles de las hondas.

A pesar de su aspecto primitivo, una honda en manos de quien sabe usarla es un arma terrible y peligrosísima, que nos viene acompañando desde el Neolítico por lo menos y probablemente desde el Paleolítico. Una honda es efectiva a mayor distancia que el arco, incluso que el arco largo, y también a mayor distancia eficaz que la mayor parte de armas cortas de fuego: hasta cuatrocientos metros. Un hondazo bien arreado con una bolita de plomo o incluso un guijarro pesado puede matar ya no a un hombre, sino incluso a un caballo, según los conquistadores de América que las padecieron. No sólo se dice que David se ventiló al gigantesco Goliat con una de ellas; es que la historia nos habla de los legendarios honderos baleares, más temidos que los arqueros y capaces de hundir un barco de guerra romano a menos que estuviera bien blindado con cuero. En fecha tan tardía como 1989 se acusó a un veterinario rural, Luis Perezagua, de derribar un helicóptero del Ejército Español que le estaba molestando mediante una certera pedrada, quizás lanzada con honda, sin causar muertos pero sí algunos magullados. Fue absuelto, no se sabe si porque era mentira o porque nadie estaba dispuesto a asumir la vergüenza. Quizá deberían haber leído algo de historia antes de avergonzarse tanto.

La invención de la pólvora facilitó el asunto este de desgraciar a los primos mediante el lanzamiento a gran velocidad de pequeños objetos pétreos o metálicos. Los primeros proyectiles para mosquetes, arcabuces, pistolones y demás parafernalia bélica de la época no eran más que esferas de plomo u otro metal, parecidas a las de las hondas, e incluso guijarros redondeados cuando no había otra cosa  a mano. Hubo que esperar hasta 1823 para que un cierto inglés llamado John Norton, de las fuerzas armadas de su Graciosa Majestad, propusiera usar proyectiles puntiagudos que se expandían para ajustarse al cañón del arma durante el disparo; la idea fue rechazada porque se habían venido usando bolas durante trescientos años.

Pero no olvidada. El estadounidense William Greener recogió el concepto para crear una bala con base de madera que se ajustaba al cañón, multiplicando su eficacia como predijo Norton; ésta fue rechazada por engorrosa. Por fin, en 1847, un capitán del ejército francés llamado Claude Étienne Minié desarrolló un proyectil de plomo blando que desempeñaba la misma función. La bala Minié fue un éxito instantáneo, pues al ajustarse al ánima del cañón aprovechaba la totalidad de los gases de la pólvora, y además era tan sencilla de usar como las viejas de bola. Ah, por si no te habías dado cuenta: la palabra castellana bala viene del francés balle, que quiere decir bola. El inglés round procede, naturalmente, de redondo; es decir, una bola.

La bala Minié se usó extensivamente en la Guerra Civil Americana, causando heridas terribles a sus víctimas que casi siempre significaban la muerte o la amputación. Fue también durante este conflicto cuando los cartuchos de pólvora, que se venían usando desde tiempos de los mamelucos egipcios (1260), se incorporaron al propio proyectil para obtener un solo elemento; hasta entonces, había que cargar el proyectil por un lado y la pólvora por el otro. Había nacido la bala moderna. La adición de un fulminante capaz de encender la pólvora mediante el impacto de un percutor completó el invento. En la actualidad, todas las balas –y muchos proyectiles pequeños de artillería, que son sus primos hermanos– funcionan así.

El siguiente avance se produjo en 1883, cuando un mayor suizo inventó la chupa de chapa, o sea, un recubrimiento de cobre para el proyectil de plomo. Esta funda de cobre se adapta mejor al ánima del cañón, permitiendo un aumento muy significativo de la velocidad de salida, y con ello de la energía total. La bala spitzer, con propiedades aerodinámicas mucho mejores, es ya difícil de distinguir de un proyectil contemporáneo.

Por otra parte, durante el siglo XIX los ingleses habían inventado la bala expansiva o dum dum. La bala dum dum tiene una propiedad curiosa: al alcanzar el blanco, revienta y se expande para agotar toda la energía contra el mismo y provocar grandes heridas, en vez de atravesarlo limpiamente. Sería el gobierno alemán, en 1898, quien protestaría por primera vez contra la inhumanidad de esta clase de proyectil, y de hecho están prohibidas para uso militar. Pero la gente es ingeniosa, sobre todo a la hora de joder (en ambos sentidos), y muchos proyectiles modernos están construidos de tal manera que tumban al impacto, produciendo lesiones análogas.

La historia de la munición trazadora, incendiaria y explosiva merece párrafo aparte. La munición trazadora e incendiaria contiene algún material que arde por la fricción del aire –el primero fue el fósforo–, y la inventaron los ingleses también para hostigar a los zepelines alemanes de la Primera Guerra Mundial, amenazando con hacer estallar sus grandes depósitos de hidrógeno. Después, la trazadora siguió su propio camino como guía de tiro en condiciones de pobre visibilidad; cuando se usa con ametralladoras (intercalando una trazadora cada cierto número de balas corrientes), es como apuntar con un láser. A cambio, delatan la posición del tirador. La bala explosiva es una versión en chiquitín de los proyectiles de artillería que detonan al impacto, causando heridas análogas a las dum dum, y por eso se confunden muchas veces. Por complicadas, son raras en los calibres habituales para uso manual, y normalmente cuando alguien denuncia que se están usando balas explosivas, se refiere a balas expansivas.

El desarrollo de municiones de alta velocidad permitió crear también la bala perforante, cuyo propósito es atravesar una coraza. Las hay de muchos tipos. Bastantes de ellas tienen en su centro una "aguja" de carburo de tungsteno, uranio empobrecido u otro material muy denso, con una punta muy dura. Esta "aguja" se separa del resto del proyectil, concentra la energía en un punto muy pequeño y así penetra a través de los blindajes, incluso los de un tanque con los calibres mayores. La generalización de los chalecos antibala y antimetralla entre militares, policías y algunos delincuentes ha conducido al desarrollo de balas específicamente diseñadas para atravesarlos.

A la bala, y los proyectiles de energía cinética en general, les queda mucha muerte por delante. Más allá de supuestas armas de rayos, haces, ondas y demás,  lo cierto es que no se conoce ninguna manera ni remotamente tan eficaz y económica de transferir gran cantidad de energía a un blanco, a menos que nos metamos en mejunjes nucleares. Esta vieja conocida, que nos viene acompañando desde quizás el Paleolítico con la idea de matarnos, seguirá en las manos de todo aquel que desee asesinar a otro ser humano (o, para el caso, cazar y tal; ¡como si necesitáramos seguir cazando a estas alturas!). No existe una manera de matar tan eficaz, segura, barata, universal y accesible; para manejar un garrote o un cuchillo hace falta cierta fuerza, decisión y pericia, pero para practicar dos agujeros nuevos a un desgraciado –o desgraciada– en las distancias cortas sólo se precisa tirar de un gatillo. La bala llegó con nosotros y se irá con nosotros. O precisamente por eso.

...por otra parte, quizá esta muchachuela podría decir que quien quiera violarla, esclavizarla o matarla como a tantas de sus hermanas, puede intentarlo en este preciso momento si le queda algo de hombría.

Peli muy recomendada: El Señor de la Guerra, con Nicholas Cage (2005).

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miércoles, 10 de febrero de 2010

Hitler descubre que los bancos ya no dan crédito (humor)

Hay gente con chispa hasta para los desastres.

Es una tontería y puede que ni siquiera sea gracioso, teniendo en cuenta la que está cayendo, pero llevo media hora partiéndome la caja y no he podido evitarlo:  :-D



http://www.youtube.com/watch?v=hHc0XGKTHNE

Vale, mañana vengo con algo más serio, serio como una bala, lo juro, lo juro... ;-)

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domingo, 7 de febrero de 2010

Soyuz, el último navío.

La retirada del transbordador y la más que probable cancelación del programa Constellation
deja sola a Rusia en el campo de las misiones espaciales tripuladas.


Quién nos lo iba a decir. Korolev debe estar meado de risa en su tumba del Muro del Kremlin. En cambio, Konstantin Tsiolkovsky quizás llore en su viejo cementerio de Kaluga; pues fue él, padre de la astronáutica, quien dijo aquello de que la Tierra es la cuna de la humanidad, pero uno no puede quedarse en la cuna para siempre. Y seguro que, por muy ruso que fuera, esto no le gustaría demasiado.

En fin. Los hechos son sencillos. Estados Unidos retirará el transbordador espacial durante este año 2010, tras treinta años de controvertido servicio. Cuando el Discovery aterrice por última vez, el 26 de septiembre según la programación, Norteamérica perderá la capacidad de mandar gente al espacio. Y, en estos momentos, no hay sustituto: Obama ha cancelado de hecho el programa Constellation, y con él la nave tripulada Orión. Sólo quedará la veterana Soyuz para dar cumplimiento al viejo sueño de la humanidad.

La cancelación del Constellation.

Hay que decirlo alto y claro: Constellation no era una idea muy buena. Era caro, era poco innovador, y por encima de ninguna otra cosa carecía de una visión clara. La parte más notoria del proyecto, el retorno a la Luna, fue más bien una de las muchas bravuconadas de la pasada Administración Bush. Volver a la Luna sería bonito pero no tiene demasiado sentido más allá de la exploración robotizada. Por el momento, las personas no pintamos gran cosa allí. No a ese precio. Es un lugar muerto. Sobrecogedoramente muerto.

Vivimos en estos momentos una enorme crisis económica que afecta de manera destacada a todo el Occidente desarrollado, y especialmente a los países que avanzaron de forma profunda por el camino de la especulación financiera e inmobiliaria. Estados Unidos, al igual que España, es uno de estos países. Sinceramente, tras el fin de la Guerra Fría nadie esperaba ver a puntales del capitalismo occidental entrando en colapso, como Citigroup, Bank of America, AIG, JP Morgan Chase, Wells Fargo o la propia General Motors. Yo aún recuerdo la época en que se decía "General Motors son los Estados Unidos". Ahora, todas estas compañías siguen abiertas sólo gracias a subvenciones a gran escala, de cientos de miles de millones de dólares pagados por los contribuyentes, en una de las maniobras intervencionistas más grandes de la historia, si no la mayor. Aún no somos conscientes de lo que todo esto significa en el medio y largo plazo.

Estados Unidos está tocado, y además está tocado en aquello que fue su bandera desde los tiempos de las reaganomics. Junto a las delirantes guerras de Iraq y Afganistan, y la masiva deuda pública que viene arrastrando desde la época del mismo Reagan, lo cierto es que a la primera potencia del mundo no le queda dinero en el cajón. Ni tampoco mucho crédito. Era, pues, casi inevitable que algunos costosísimos programas fueran radicalmente recortados bajo la nueva presidencia. Uno de ellos fue una parte significativa de los proyectos militares de alta tecnología, y de manera emblemática el caza F-22 Raptor. Otro de ellos es el Constellation, que incluye a la nave Orión. Así, desaparecen las posibilidades norteamericanas de mandar humanos al espacio. Sí, quién nos lo iba a decir.

Algunos congresistas y senadores tanto demócratas como republicanos han anunciado que tratarán de rescatar al menos una parte de él, pero va a estar complicado. Si no hay perras, no hay perras. Por el momento, la propuesta presidencial de presupuestos para 2011 no contiene ninguna financiación para el Constellation o la Orión. Así la NASA se queda, de hecho, sin una perspectiva clara de futuro en vuelos tripulados, pero también enormemente recortada en los no tripulados. Los beneficiarios, en apariencia, son pequeñas empresas privadas que aspiran a hacerse un hueco en la industria espacial. Pero no es cierto. Estas empresas son poco más que aficionados, a años luz de sus grandes competidores estatales. A años luz, sobre todo, de Roskosmos y sus naves Soyuz.

Roskosmos.

Roskosmos (Роскосмос, contracción de Rusia –Россия–  y Cosmos –Космос–) es el nombre común del gigantesco conglomerado espacial que viene siendo la Agencia Federal Espacial Rusa. En ella se engloban todas las oficinas de diseño y centros tecnológicos de lo que antes fue el programa espacial soviético. A grandes rasgos, siguen siendo los mismos tipos que asombraron al mundo una y otra vez con el Sputnik, Laika, Gagarin y la Mir, entre otros muchos grandes éxitos y algún fracaso sonoro. Esos tipos –y algunas tipas– saben hacer naves espaciales. Según muchos, son los mejores del mundo haciendo naves espaciales.

Esto no es ninguna clase de favoritismo. Incluso durante la catástrofe económica que siguió a la desintegración de la Unión Soviética, Roskosmos siguió haciendo cohetes, siguió mandando naves al espacio y hasta fundó (aunque con dinero extranjero) la Estación Espacial Internacional –cuyo concepto, así como los módulos fundamentales Zarya y Zvezda, vienen a ser una variante de la tecnología utilizada para las Salyut y la Mir–. Sería absurdo entrar en una disputa guerrafriísta entre la NASA y Roskosmos, pero es difícilmente discutible que Roskosmos inventó, aplicó y explota mucho más de la mitad de todo lo que sabemos sobre las maneras de viajar al espacio.

Y por ese motivo, Roskosmos sigue siendo –y va a seguir siendo durante muchos años– el líder del mercado mundial de lanzamientos espaciales comerciales. Simplemente, cuando alguien necesita poner algo en el espacio por poco dinero y con mucha seguridad, llama a sus puertas a menos que medien condicionantes políticos o militares. En el periodo 2004-2008, Roskosmos realizó el 42% de los lanzamientos comerciales mundiales, seguido muy de lejos por la Agencia Espacial Europea (21%), los Estados Unidos (17%), cooperaciones internacionales (18%, frecuentemente usando sistemas e instalaciones rusos) e India y China, con un 1% cada una (fuente: FAA).

En torno a sus centros científicos e industriales, a los cosmódromos de Baikonur, Plesetsk y Kapustin Yar, y el futuro en Vostochny, antes la URSS y ahora Roskosmos han creado un inmenso complejo espacial que prácticamente trabaja en serie, a razón de un lanzamiento cada doce días, más o menos.

Soyuz.

Las actuales naves tripuladas Soyuz-TMA, así como su variante de carga automatizada Progress-M, tienen poco que ver con la Soyuz-1 donde murió Vladimir Komarov, el primer ser humano que perdió la vida en el espacio. Pese a este luctuoso suceso y al desastre de la Soyuz-11, en la que perecieron los otros tres cosmonautas perdidos en vuelo durante el programa espacial soviético, estas naves de aspecto un poco extraño han resultado ser nuestras mejores cabalgaduras para viajar al espacio.

El complejo Soyuz (en ruso Союз, que significa "Unión") nació allá por 1963, con el objeto de convertirse en una nave ligera para viajar a la Luna sin necesidad de cohetes tan grandes como el Saturno V o el fallido N-1. Cuando los Estados Unidos se cobraron la victoria en la Luna con el Apolo 11, se transformó en una nave de propósito general. El primer vuelo con éxito tras la muerte de Komarov fue la misión doble Soyuz-4 y Soyuz-5, para realizar un acoplamiento tripulado en la órbita de la Tierra, en enero de 1969; aunque no sin un incidente que terminó con el cosmonauta Boris Bolynov pasando una noche helada en casa de un campesino, con los dientes rotos y a cientos de kilómetros de su punto de aterrizaje previsto. Desde entonces se han lanzado casi cien más, la mayor parte de las cuales cumplieron su misión sin novedad.

Las Soyuz, que se suelen lanzar con un cohete del mismo nombre –lo que a veces induce alguna confusión en los medios–, son naves de 7.250 kg con capacidad para tres ocupantes y cien kilos de carga. En gran medida, el comandante (que es siempre ruso) desempeña la función de piloto y los otros dos cosmonautas son pasajeros con destino a algún lugar (típicamente, la Estación Espacial). Se compone de tres módulos, dos habitables –el orbital, esférico, que le da su forma característica; y el de reentrada para el regreso– y uno técnico, donde se hallan los sistemas tecnológicos, los equipos de apoyo, los impulsores y los paneles solares. Quienes van a bordo disponen de nueve metros cúbicos de espacio vital, más o menos como en la caja de un furgón. En la actualidad, las Soyuz vienen equipadas con mandos digitales completos y cabina de cristal.

En principio, una nave Soyuz puede viajar a cualquier lugar de aquí a la Luna y establecerse en una órbita allí; sin embargo, en la práctica, se usan como ferries a las estaciones espaciales (antes a las Salyut y Mir, y ahora a la ISS). Pues, a fin de cuentas, esta es la principal aplicación presente de los vuelos tripulados humanos.

Y entonces, ¿para qué sirve mandar gente al espacio?

Los vuelos tripulados tienen sus críticos. Aseguran que es demasiado caro y se obtienen pocos resultados; sobre esta base, la Administración Bush planteó terminar el proyecto de la Estación Espacial Internacional para 2016. Sin embargo, la misma comisión que recomendó cancelar el Constellation y la Orión propone también prolongar la vida de la ISS hasta 2020 como mínimo. Rusia ya ha notificado que, en caso de que este proyecto conjunto se rompa, quiere recuperar la Zarya y la Zvezda para una futura estación espacial propia llamada provisionalmente OPSEK.

Más allá de su valor propagandístico, la presencia humana en el espacio sirve sobre todo para desarrollar ciencias y tecnologías que nunca surgirían de otra manera, y para aprender a vivir en el espacio. Aunque en estos tiempos resulte difícil verlo, el futuro de la humanidad está en las estrellas, como soñó Tsiolkovsky y todos los genios que vinieron después.

Adicionalmente, la baja productividad científica de la ISS obedece fundamentalmente a cancelaciones precedentes, que limitan sus experimentos a lo que se puede hacer sin equipo pesado especializado. Específicamente, la cancelación del CAM fue devastadora. El presupuesto de Obama para 2011 incluye la construcción y lanzamiento de una nueva CAM, que multiplicará por mucho el rendimiento científico de la Estación Espacial Internacional.

China, por su parte, sigue adelante con su programa Shenzhou (que es, básicamente, un rediseño sobre la base de la Soyuz); de momento, ya han puesto en órbita a seis taikonautas, en lo que viene a ser una reproducción paso por paso del programa Soyuz original. Aparentemente, han decidido que esa es la mejor forma de aprender a ir al espacio.

Europa ha tratado muchas veces de sumarse a los vuelos tripulados con tecnología propia y en colaboración con Rusia, pero hasta el momento no lo ha conseguido (o no se lo ha propuesto con la suficiente intensidad). Después de que Estados Unidos dejara tirada a Europa con el Costellation y la Unión Europea dejara tirada a Rusia con el Kliper y luego con el CSTS para apostar por un diseño propio basado en el carguero ATV que de momento permanece en el limbo de los burócratas, Rusia ha decidido seguir adelante en solitario con una nueva nave tripulada "capaz de ir hasta la Luna y más allá" denominada, por el momento, PPTS. Esta PPTS sería, pues, la sucesora de la Soyuz... y, en estos momentos, el único proyecto para el futuro del vuelo tripulado humano al espacio. Que será, aunque en estos tiempos de decadencia nadie sabe cuándo.

Impresión artística de la futura nave tripulada rusa PPTS.

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jueves, 4 de febrero de 2010

El peor naufragio de la historia.

En el Titanic murieron 1.517 personas. A bordo del Wilhelm Gustloff, seis veces más.



El naufragio del RMS Titanic es, sin duda, el más famoso desastre naval de la historia. Pero no el peor, ni de lejos. Este dudoso honor corresponde al hundimiento del MV Wilhelm Gustloff, un transporte nazi que huía de Prusia Oriental ante el avance de las fuerzas soviéticas. A bordo se encontraban 1.656 soldados alemanes... y 8.956 civiles, embarcados a última hora. En su camino, acechaba el submarino ruso S-13.

Originariamente, el MV Wilhelm Gustloff era un buque civil de recreo construido en 1937 por los astilleros Blohm + Voss de Hamburgo para el Frente del Trabajo Alemán; estos astilleros, que usaron extensivamente trabajadores esclavos de su propio subcampo de concentración durante el periodo nazi, siguen actualmente en servicio como una subsidiaria del Grupo ThyssenKrupp. Se trataba de un moderno crucero con 208 metros de longitud y 25.484 toneladas de desplazamiento, la mitad que el Titanic y más grande que ningún buque de pasajeros actualmente en servicio bajo pabellón español. Asignado a la organización Kraft durch Freude ("Fuerza a través de la Alegría"), en quien se inspiró la Educación y Descanso del sindicato vertical franquista, realizó cruceros recreativos para los obreros que el régimen deseaba premiar como buenos trabajadores alemanes. Aunque, en la práctica, estos viajes resultaban demasiado caros para los obreros y terminaban disfrutando de ellos las clases medias próximas al régimen.

En el verano de 1939, apenas dos años después, el Wilhelm Gustloff abandonó estas tareas civiles para convertirse en un buque de transporte militar. Su primera asignación en este papel fue transportar la Legión Cóndor de vuelta a Alemania tras el final de la Guerra Civil Española, donde habían servido eficazmente en favor del bando nacional de Franco, estrecho aliado de Hitler por aquel entonces.

Desde que empezó la Segunda Guerra Mundial hasta noviembre de 1940, el Wilhelm Gustloff desempeñó funciones como buque hospital. Pero cuando los ingleses bloquearon la costa alemana, impidiéndole así salir del Mar Báltico, el barco fue anclado en el puerto de Gdynia, cerca de Danzig (hoy, Gdansk). Por aquella época, este sector de lo que hoy es Polonia aún formaba parte de Prusia Oriental, en el Reich Alemán. Allí se quedó, inmovilizado durante más de cuatro años, pintado de color gris militar y desempeñando funciones como cuartel y dormitorio para los 1.000 alumnos de la cercana escuela naval de submarinos, que luego tripularían los míticos U-boot.

La Operación Aníbal.

A principios de 1945, las cosas iban muy mal para Alemania. Ya hacía algún mes que los poco antes conquistadores de Europa combatían desesperadamente en su propio territorio, tratando de detener a los norteamericanos y británicos por el oeste mientras intentaban bloquear la avalancha soviética que se derramaba por el este. La doctrina de luchar hasta la victoria final y reprimir brutalmente cualquier clase de derrotismo condujo a retrasar la muy necesaria evacuación de los civiles alemanes de las zonas de conflicto. Especialmente en el Frente del Este, era cosa sabida que no cabía esperar mucha piedad de unos soldados soviéticos con ganas infinitas de vengar sus veinte millones de muertos y las incontables atrocidades cometidas por las fuerzas nazis en territorio de la URSS durante los tres años y medio anteriores, que tenían como objetivo último el exterminio y esclavización de la raza de infrahombres eslavos.

Así pues, cuando los soviéticos penetraron por fin en territorio del odiado enemigo alemán, rápidamente se extendieron los rumores de venganza brutal –unos ciertos y otros, falsos y amplificados por la propaganda nazi hasta la actualidad–. Y entraron exactamente por allí, por Prusia Oriental, que era lo que les quedaba más cerca en su camino a Berlín, capturado tres meses después. Si a los soldados soviéticos les quedaba algo de misericordia por sus enemigos, ésta se disolvió cuando empezaron a liberar a sus trabajadores esclavos y éstos les contaron el destino de la inmensa mayoría de los prisioneros rusos.

Pese a lo que cabía suponer, el mando alemán no ordenó evacuar a los civiles de Prusia Oriental hasta el 20 de enero de 1945, cuando el 2º Frente Bielorruso de Rokossovsky ya había rodeado la región y combatía a las puertas de Königsberg (hoy, Kaliningrado) tras provocar el colapso del Grupo de Ejércitos Centro comandado por Hans Reinhardt.

La evacuación se inició en medio del invierno, de una forma tan desorganizada que los civiles en fuga saturaban las carreteras heladas prácticamente sin suministros, dificultando los desplazamientos del ejército alemán... y encontrándose cada vez más a menudo con los tanques y aviones rusos, que disputaban el mismo espacio muy a las malas. Se cree que, entre unas cosas y otras, murieron unos 300.000.

En las zonas más próximas a la costa, el mando nazi definió una operación para evacuar por mar a los civiles y militares alemanes que predominaban allí. El plan era aparentemente sencillo: enviar grandes barcos cargados de soldados para la defensa final, y aprovechar el viaje de regreso sacando gente hacia Kiel y otros puntos de Alemania Occidental. La llamaron Operación Aníbal, y presentaba dos pequeños inconvenientes: al oeste, la aviación británica y norteamericana; al este, los submarinos soviéticos.

El último viaje del Wilhelm Gustloff.

Uno de los primeros en intentarlo fue, precisamente, este enorme transporte que en otro tiempo fuera de recreo y que llevaba cuatro años oxidándose en Prusia Oriental: el Wilhelm Gustloff. Estaba previsto que cargara al personal militar asociado a la escuela de guerra submarina, algunos heridos y completara sus plazas disponibles con unos pocos cientos de civiles seleccionados, en un viaje hacia Alemania Occidental, para luego regresar relleno de tropas frescas.Con el objeto de que pudiera protegerse un poco, lo equiparon con algunas pequeñas piezas antiaéreas, lo que terminó de otorgar un especto netamente militar al gran barco gris.

Pero el caos en los puertos era tan generalizado como en las carreteras. Millones de personas querían salir de allí como fuera, y entre ellos muchos jerifaltes nazis con sus familias y equipajes que hacían valer el rango hasta donde les era posible. Otros muchos sólo eran los pobres desgraciados habituales: viejos, mujeres, niños. Los muelles estaban llenos de gente luchando, sobornando, incluso prostituyéndose por un lugar a bordo mientras la tripulación de 173 hombres embarcaba a los militares: 918 oficiales, suboficiales y alumnos de la escuela de guerra submarina (suficientes para tripular setenta U-boot), 373 auxiliares navales femeninas y 162 heridos en los combates. Aunque con eso la capacidad de pasaje del Wilhelm Gustloff quedaba ya excedida, cargaron también a hasta 8.956 civiles en cualquier espacio disponible, desde las bodegas hasta las pistas recreativas de a bordo; inevitablemente, sin medios de rescate y emergencia ni para la mitad de ellos.

El Wilhelm Gustloff se hizo así a la mar a primera hora del 30 de enero de 1945 con 10.582 ocupantes a bordo, acompañado por el transatlántico Hansa –cargado de manera parecida– y dos buques torpederos a modo de escolta. Pero el Hansa presentó problemas mecánicos a poco de salir, con lo que tuvo que volver a puerto. El Wilhelm Gustloff prosiguió su camino escoltado por el torpedero Löwe, y durante las primeras horas el viaje le fue bien. Pero con tanto oficial de alto rango a bordo, los tres capitanes de navío presentes pronto comenzaron a discutir. Uno de ellos, un comandante naval militar, insistía en viajar cerca de la costa con las luces apagadas durante todo el recorrido. Al capitán civil, más veterano, lo de las luces apagadas no acababa de gustarle y viajar tan cerca de la orilla le parecía muy peligroso por el peligro de embarrancar. Finalmente, se impuso este último: navegarían por aguas profundas, buscando la protección de un convoy de barreminas que avanzaba hacia el oeste. Cuando cayó la noche de este primer –y último– día, el capitán del Wilhelm Gustloff ordenó encender las luces de posición, para no chocar con el convoy que buscaban. No podían saber que alguien les acechaba en el camino, apenas un poco más adelante.

El submarino S-13.

Quien les acechaba era un cierto capitán Alexander Marinesko, una rara avis rebelde e individualista en una fuerza tan poco dada al individualismo como la Marina Soviética. Por ello, había tenido muchos problemas disciplinarios, aunque su indudable valía como marino le permitió conservar sus galones. Marinesko, que también era mujeriego, borrachín y juerguista, ya había sido condecorado en el transcurso de una operación fallida pero donde él, personalmente, se desempeñó con gran capacidad y valentía. Marinesko comandaba el submarino soviético S-13, de la clase Stalinets, y tenía órdenes específicas de impedir los movimientos de la Marina Alemana por el Mar Báltico. Marinesko avistó las luces del Wilhelm Gustloff poco antes de las nueve de la noche, y supo que debía morir.

Es discutible que Marinesko supiese siquiera el calibre del blanco que se disponía a atacar. En medio de la noche y la neblina del invierno báltico, puede que no viera más que las luces de un navío grande. De todas formas el Wilhelm Gustloff era un blanco muy grande, asignado al mando militar, pintado de gris naval y provisto con pequeños cañones antiaéreos, que había venido viajando sin luces durante la mayor parte del camino; esencialmente, un transporte de tropas atiborrado desafortunadamente con civiles. A los ojos de cualquier capitán de submarino, eso es mucho más de lo necesario para convertirse en un blanco legítimo y quizás un poco estúpido por encender las luces y delatarse así.

Era una noche muy fría, por debajo de diez grados bajo cero y hielo en el mar a 19 millas de la costa. En las miras del capitán Marinesko había una sombra traicionada por aquellas tenues lucecillas verde y roja, escoltada por un torpedero. Seguramente no sabía que allí, entre el hielo, el acero y las tinieblas, trataba de darse calor y sobrevivir tanta gente. Seguramente, si lo hubiera sabido, tampoco le habría importado en exceso. No con veinte millones de muertos que vengar.

Apenas pasaban de las once de la noche (21:08 CET) cuando el submarino soviético S-13 disparó tres torpedos por el lado de babor contra la sombra que formaba el transporte alemán Wilhelm Gustloff, con 10.582 personas a bordo; siendo aún el 30 de enero de 1945.

Los tres torpedos impactaron contra el Wilhelm Gustloff y estallaron con precisión; ya dijimos que el capitán Marinesko era un marino capaz.

El hundimiento.

Fue una catástrofe. Muchas personas resultaron destrozadas en las explosiones, que abrieron grandes vías de agua. El Wilhelm Gustloff escoró primero un poco a estribor, y luego con fuerza a babor, mientras toda aquella gente trataba de huír sin suficientes chalecos o botes salvavidas ni para la mitad. Muchos saltaban al agua helada, sólo para morir de hipotermia poco después. Tardó apenas 45 minutos en hundirse. El torpedero de escolta y los barcos con los que acudían a encontrarse apenas pudieron rescatar a 1.250 supervivientes mientras el S-13 del capitán Marinesko y el torpedero T-36 se enzarzaban en un intecambio de disparos en el que ninguno de los dos resultó tocado. No hay un saldo exacto de víctimas, pero se cree que murieron en torno a 9.600 personas: seis veces más que en el Titanic.Y pico.

Algunos llevan insistiendo en que se trató de un crimen de guerra. Difícilmente: el Wilhelm Gustloff era indistinguible de un navío militar, llevaba alguna cantidad de pequeño armamento y se desplazaba por una zona de guerra bajo el mando y bandera de uno de los bandos en conflicto. El hundimiento del Wilhelm Gustloff fue, por encima de ninguna otra cosa, un desastre de la guerra.

Aparentemente, el capitán Marinesko tenía una relación extraña con la diosa Fortuna (además de con las dueñas de los garitos en los puertos del Báltico). O, más probablemente, su posición en primera línea frente a la Marina Alemana del Báltico le ponía repetidamente en posición de tener esta clase de encuentros. Apenas diez días después, se encontró muy cerca de allí con otro gran transporte que participaba en la Operación Aníbal: el General von Steuben. También le disparó y también lo hundió, con un saldo de 3.300 muertos y apenas 300 supervivientes: el tercer naufragio peor de la historia humana, a manos del mismo hombre comandando el mismo submarino. Las circunstancias fueron muy similares.

El segundo peor también sucedió en este escenario cuando otro submarino soviético, el L-3 comandado por el capitán Vladimir Konovalov, hundió al Goya, causando entre 6.000 y 8.000 muertos. La aviación británica, por su parte, se cobró al Cap Arcona y el SS Deutschland en el otro extremo del Báltico, también con muchos miles de vidas perdidas (en este caso, se trataba sobre todo de prisioneros aliados que los alemanes habían sacado de los campos de concentración durante las últimas semanas de guerra en Europa, con lo que cayeron a manos de sus propios compañeros).

Señoras, señores... así es la guerra. Así y peor. Por eso las personas sabias y conscientes no quieren guerras, odian las guerras, creen que sólo deben darse en estricta legítima defensa y se oponen a cualquier otra cosa con todas sus fuerzas. La guerra es un mal, el peor de los males, que además tiende a cobrarse las vidas de quienes menos culpa tienen. Como en aquellas heladas aguas del Báltico. Como en cualquier otro lugar.

Hay una novela magnífica del Premio Nobel de Literatura alemán Günter Grass ambientada en torno al hundimiento del Wilhelm Gustloff, titulada A paso de cangrejo. En España la edita Alfaguara con el ISBN 978-84-204-6458-9; alta literatura extremadamente recomendada que se puede comprar, por ejemplo, aquí.

EL LIBRO DE LA PIZARRA DE YURI:
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domingo, 31 de enero de 2010

Castell de Sagunt.

La terra valenciana (II)
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jueves, 28 de enero de 2010

Aquí creamos elementos nuevos.

Dubna (Rusia) y Darmstadt (Alemania) se disputan la primacía en la creación de elementos que
probablemente no existan en ningún otro lugar del universo... o casi.




Decíamos en el artículo anterior sobre la materia y la energía que es el número de protones (y neutrones) en el átomo los que definen lo que es cada elemento del universo. Mencionamos también que más allá del número atómico 100 podría hallarse una isla de estabilidad postulada por Glenn Seaborg y otros, donde existirían elementos más o menos perdurables con características diferentes a todo lo conocido. Como era de esperar, desde que tuvimos una teoría atómica nos abalanzamos a descubrir estas sustancias que, en condiciones normales, no existen en ningún otro lugar del universo. Y si no existen en ningún lugar, entonces hay que crearlas.

Para aproximarnos a la isla de estabilidad, hay que ir pasito a pasito, sintetizando elementos cada vez más pesados y diabólicamente inestables, que hay que encontrar átomo a átomo en ciertos aceleradores de partículas. Estas máquinas permiten, esencialmente, unir dos núcleos más ligeros en la esperanza de que el resultado existirá durante el tiempo suficiente para detectarlos por medios directos o indirectos... si es que llega a existir.


El último elemento que se da en la Tierra de manera natural y más o menos estable es el uranio (número atómico: 92). Más allá del uranio están el neptunio (93) y el plutonio (94), que se observan ocasionalmente en la naturaleza en cantidades diminutas, como resultado de procesos vinculados al uranio; la mayor parte, sin embargo, hay que generarla en reactores. Y se acabó. Por encima de ese punto, cualquier nuevo elemento debe ser creado artificialmente. Los reactores nucleares producen habitualmente buenas cantidades de estos dos, y también de americio (95), curio (96), berkelio (97) y californio (98), en cantidades cada vez más pequeñas y con una vida media antes de desintegrarse cada vez más corta; algunos de ellos ocurren en cantidad suficiente y lo bastante estable como para tener aplicaciones industriales o tecnológicas. El californio es también el último de los elementos que detectamos habitualmente en las explosiones de las supernovas, lo que, salvo sorpresas, significa también que es el último que puede surgir en el universo presente, al menos en cantidades significativas.


Después viene el einstenio (99), que aún se puede producir en un reactor nuclear, aunque ya hay que hacerlo de manera deliberada. Y finalmente el fermio (100), que aparece espontáneamente en cantidades mínimas durante las explosiones atómicas; su isótopo más duradero, el fermio-257, tiene una vida media de cien días y medio. Se cree que las supernovas pueden llegar a producir algo de fermio, en cantidades marginales.

Y se acabó. Por encima del número atómico 100, la naturaleza no produce ningún elemento en cantidades significativas, ni tampoco los reactores nucleares o las armas atómicas. Cualquiera de ellos que pudiera haber surgido con el universo se desintegró en otras cosas hace miles de millones de años. No queda en este universo, ni se generan, cantidades mensurables de elementos por encima del 100. Lo cual, naturalmente, no hace otra cosa que ponernos más cachondos. Y cachondas.

Más allá de la naturaleza.


El elemento 101, llamado mendelevio, fue creado artificialmente en abril de 1955 por la Universidad de California en Berkeley usando un diminuto acelerador de partículas. Para ello, dispararon partículas alfa (núcleos de helio, uno de los átomos más ligeros) contra un blanco que contenía algunos átomos de einstenio-253, cuya vida media de veinte días y pico es suficiente para usarlo en esta clase de experimentos. Así obtuvieron algunos átomos sueltos de mendelevio-256, que tarda hora y media en decaer a fermio-256. El equipo norteamericano había demostrado así que es posible crear elementos nuevos, inexistentes en el cosmos. Pronto se generaron varios isótopos de mendelevio más; el más duradero tiene una vida media de 51 días y medio.

El elemento 102, en cambio, se mostró más esquivo. Primero creían haberlo detectado en el Instituto Nobel de Suecia, y después el mismo equipo de la Universidad de California en Berkeley, bombardeando curio con carbono en el acelerador de iones pesados HILAC. Este segundo intento se dio por bueno, aunque en honor a la primera intentona mantuvieron el nombre nobelio. El nobelio tiene una vida media breve, de 58 minutos en su isótopo más estable, lo que dificultaba su localización precisa. A pesar de las dudas, siguieron adelante, descubriendo el elemento 103 el 14 de febrero de 1961; lo llamaron lawrencio, obtenido mediante el bombardeo de californio con boro.

De pronto, cierto día de 1966, aparecieron unos científicos de un oscuro instituto soviético reclamando el descubrimiento del elemento 104. Poco después reclamaban también el 105, y además disputaban como incorrectos los resultados del nobelio y parte de los del lawrencio. En el contexto de la Guerra Fría, algo muy parecido al pánico se extendió entre la comunidad de físicos atómicos occidentales. ¿Quiénes eran estos rusos? ¿De dónde habían salido, y qué se proponían?

Dubna.


Georgi Flyorov, nacido en Rostov del Don en 1913, era un físico nuclear soviético completamente desconocido en Occidente. Fue él quien, en abril de 1942, dirigió una carta a Stalin llamando su atención sobre el sospechoso silencio sobre cuestiones atómicas en la prensa científica de Estados Unidos y el Reino Unido, aliados de la URSS por aquel entonces en la lucha contra el nazifascismo. Esta carta fue la que puso en marcha el programa atómico soviético, por un lado, y las operaciones de espionaje contra el Proyecto Manhattan, por el otro: dos caminos paralelos y separados entre sí. De esta forma, la URSS pudo detonar en 1949 una bomba que era copia de la de Nagasaki, y en 1951 una de diseño totalmente propio.

Miembro de la Academia Soviética de Ciencias, en 1957 se le encargó la creación de un laboratorio especial de física nuclear que se vino a instalar en la localidad de Dubna, unos ciento cincuenta kilómetros al norte de Moscú. Aunque allí había un pueblo desde la Edad Media, llevaba ya algunos años siendo reconvertida en un naukogrado: una ciudad secreta dedicada exclusivamente a la ciencia de alto nivel, con excelente calidad de vida para sus destacados ocupantes. El Instituto Flyorov quedó integrado en una cooperación internacional con países amigos de la URSS, llamado el Instituto Conjunto de Investigación Nuclear (OIYaI), que sigue abierto y trabajando en la actualidad.

El Instituto Conjunto fue dotado de grandes medios técnicos, hasta convertirlo en una institución sin parangón en el mundo: distintos tipos de aceleradores de partículas, un reactor nuclear de diseño especial, y los mejores instrumentos que podía producir la ciencia y la técnica soviéticas. Así, habían logrado crear efectivamente los elementos 104 y 105, observar incorrecciones en la síntesis norteamericana del 103, y recrear correctamente el 102, que actualmente se les atribuye también. Poco después, en 1974, sintetizaban el 106.

La batalla de los transférmicos.

Esto dio lugar a un peculiar conflicto, de aquellos tan característicos durante la Guerra Fría, que se plasmó en la asignación de nombres para estos nuevos elementos. Los norteamericanos trataban de defender su creación del 102 –aunque, ciertamente, era poco sostenible según estas investigaciones soviéticas–. Los soviéticos decían que ni hablar y además, usando la prerrogativa del descubridor, propusieron para el elemento 104 el nombre de kurchatovio; Igor Kurchatov era el padre de la bomba de hidrógeno soviética (además de un físico de extraordinario nivel), lo que cayó fatal en Occidente. Quizás para suavizar un poco la píldora, quisieron bautizar el 105 como nielsbohrium, en honor al gran físico Niels Bohr, un miembro del Proyecto Manhattan que había sido partidario de compartirlo con la URSS.

Los estadounidenses dijeron que nones y propusieron sus propios nombres: rutherfordio para el 104, hahnio para el 105 y seaborgio para el 106, por Ernest Rutherford, Otto Hahn y Glenn Seaborg. Hahn, aunque no era partidario de los nazis, había permanecido en Alemania durante toda la guerra y se sospechaba que tomó parte en el programa atómico del Tercer Reich; este nombre, por tanto, resultaba inaceptable para la URSS. En cuanto a Seaborg, no sólo estaba aún vivo –estos nombres se suelen reservar para científicos ya fallecidos– sino que además era el asesor de Johnson y Nixon en materia atómica.


Por si fuera poco, un competidor inesperado se sumó a la carrera a principio de los años '80: Alemania, ni más ni menos, con su Instituto de Investigación de Iones Pesados sito en Darmstadt. Y no lo hizo de cualquier manera, sino descubriendo seis de una tacada, seis, entre 1981 y 1996: todos los elementos nuevos entre el 107 y 112, utilizando una técnica inspirada en la de Dubna. Y, por supuesto, reclamaron sus propios nombres para los mismos. Tras semejante avalancha alemana, sólo los rusos lograron apuntarse también un éxito con el 114 en 1999.

El escándalo Ninov.

Hubo que esperar hasta el final de la Guerra Fría para que la IUPAC acordara los nombres para los elementos 104 a 111, siendo ya 1997. Las denominaciones definitivas fueron rutherfordio (104), dubnio (105), seaborgio (106), bohrio (107), hassio (108) y meitnerio (109), por Lise Meitner, descubridora de la fisión. Para el 110 eligieron darmstadtio (por la ciudad donde se descubrió) y para el 111, roentgenio, lo cual resultaba difícilmente discutible: Roentgen fue el descubridor de los rayos X y el primer Premio Nobel de Física de la historia (1901).


Todos estos nuevos elementos eran cada vez más difíciles de conseguir y sus vidas medias, cada vez más cortas: la del isótopo estable del roentgenio, el roentgenio-280, es de apenas 3,6 segundos. La del siguiente, para el que se ha propuesto el nombre copernicium pero se sigue usando el sistemático ununbio o simplemente "elemento 112", es de 4 segundos: elementos tremendamente inestables, que se desintegran en otras cosas más corrientes con rapidez.

Entonces, el Laboratorio Nacional de Berkeley anunció la síntesis de los elementos 116 y 118. Sin embargo, ni Dubna, ni los alemanes, ni el propio control interno de Berkeley fue capaz de reproducirlos. Pronto se descubrió que un científico de origen búlgaro llamado Victor Ninov, contratado a gran bombo y platillo por los norteamericanos robándoselo a los alemanes, había falseado los datos debido a la presión para que descubriera más cosas en los Estados Unidos. Berkeley tuvo que despedirlo, retractarse, y aceptar que los rusos de Dubna se apuntaran también el 116 en el año 2000, con vidas medias de milisegundos. Se descubrieron también anomalías en sus colaboraciones para el 111 y 112, pero los resultados globales eran correctos.

Este escándalo y el final de la Guerra Fría produjeron otro efecto singular: los antiguos enemigos de Berkeley y Dubna establecieron proyectos conjuntos para seguir creando elementos nuevos. En todas las ocasiones, tales síntesis se produjeron en Dubna, dotado de equipos extensivos y muy superiores a los disponibles en cualquier otro lugar del mundo. Este equipo conjunto de rusos y norteamericanos crearían el siguiente elemento en 2002: el 118; y luego el llamado ununtrio o "elemento 113"; su isótopo más estable tiene una vida media de apenas medio segundo. Le siguió el 115 en 2004, de nuevo creado por el equipo conjunto. Actualmente se trabaja en el 117 (Dubna), el 119 (Berkeley) y el 120 (Dubna y los alemanes). La Universidad de Jerusalén (Israel) aseguró haber localizado el 122 en una muestra de torio natural, pero no pudieron demostrar esta aseveración tan extraordinaria y ha sido ya descartada.

En busca de la isla mágica de la estabilidad.


Actualmente se buscan de manera particular tres isótopos: el 298114, el 304120 y muy especialmente el 310126 (o, alternativamente, el 322126), que debería encontrarse exactamente en la cima de la isla de la estabilidad postulada por Seaborg. Cualquiera de estos podría ser estable y gozar de propiedades actualmente no disponibles en ningún otro lugar de la Tierra y puede que del universo (a menos que los haya sintetizado alguien más en algún otro lugar). Los dos primeros tienen un número mágico de protones o neutrones, y el 310126 tiene un número doblemente mágico de protones y neutrones, lo que debería otorgarles una elevada perdurabilidad al organizar su núcleo en escudos cerrados.

Al referirnos a elementos tan pesados, hablar de estabilidad es muy relativo.  Por el momento, nos daríamos con un canto en los dientes si hallásemos algún elemento lo bastante perdurable como para hacer algo con él más allá de la investigación en ciencia pura. El tamaño máximo posible para un núcleo atómico tampoco está claro: podría tratarse de cualquiera entre el 137 y el 173, aunque seguramente será muy difícil estabilizar cosas más allá de la primera cifra. Y no podemos predecir con claridad cómo serán estos nuevos elementos, pues no siguen las reglas comunes en la tabla periódica de los elementos (el 118, por ejemplo, debería ser un gas noble y sin embargo es un sólido bajo condiciones estándar). En todo caso, se sigue investigando con gran interés, pues estos trabajos no sólo tienen el potencial de hallar nuevos procesos de gran utilidad aplicada, sino que también nos aportan una perspectiva singular sobre los límites de la materia y de la energía, y de lo que cabe esperar de este universo. Como siempre, debemos saber y sabremos. Y si para ello es preciso crear cosas que no existían antes, nunca se vio que tales minucias fueran capaces de detenernos.

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