La pizarra de Yuri: exoplanetas
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jueves, 1 de octubre de 2009

Hijas de la Lluvia 05: Con lo que haya y como se pueda

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(Fracción de los planetas de la galaxia que podrían albergar vida donde ésta, efectivamente, ha surgido)


En el planeta Tierra, la vida surgió y se desarrolló con unas características específicas. Se sustenta en el carbono, y particularmente en un subconjunto de ciertos compuestos del carbono llamados aminoácidos. Lo hizo en agua libre y templada, entre un suelo rocoso y una atmósfera fijada, utilizando determinadas cantidades de elementos auxiliares precisos, dentro de unos ciertos parámetros de estabilidad térmica y radiactiva, con un campo magnético y una tectónica de placas correspondiente a una composición geológica que sólo se da en este planeta, y bajo unos azares evolutivos que le son propios y únicos.

Visto así, la vida parece un fenómeno poco menos que absurdo. La vida avanzada, un puro milagro. Y llegar a la inteligencia civilizatoria, el toque del Dedo de Dios. Si lo que buscara la hija de la lluvia fuese una reproducción más o menos paralela de los mecanismos que condujeron a la inteligencia en la Tierra, pensando que esos u otros parecidos son los únicos posibles, mejor le decimos que se olvide. Es extremadamente improbable que haya en nuestra galaxia una Vida Terrestre B. Y pese a la enormidad de los números –cientos de miles de millones de estrellas en cientos de miles de millones de galaxias–, puede irse olvidando también de encontrar una Inteligencia Humana B.

Si la manera terrestre de hacerlo u otra similar fuera la única manera de alcanzar la inteligencia civilizatoria, la hija de la lluvia se estaría dejando llevar por su cabeza llena de pajaritos en una chaladura tan inútil como las Pirámides de Egipto o la Estatua de la Libertad.

El intríngulis del asunto radica en que no ha tenido por qué ocurrir así, ni de manera remotamente parecida. Es un error de perspectiva. Para quien defienda la excepcionalidad de la vida inteligente en la Tierra apelando a la increíble acumulación de carambolas que condujeron hasta ahí, existe una compleja respuesta: “si hubiera sido a golpe de pura carambola, no habría vida inteligente en la Tierra. Ni vida avanzada. Probablemente, ni siquiera vida”.

Para empezar, la aparición de un ente organizado tan complejo como la vida parece casi casi un desafío directo a una de las Leyes del Universo: el Segundo Principio de la Termodinámica. Es el de la entropía. Ese que dice que un sistema aislado siempre tiende a un grado mayor de desorden conforme pasa el tiempo. Por mucho que limpies, tu casa vuelve a ensuciarse enseguida, y si dejaras de limpiar pronto parecería un estercolero. Abandonas un pueblo, y en cien años apenas quedan paredes en pie. Abres un grifo, y el agua se derrama en todas direcciones sin orden ni concierto. Entonces, ¿cómo pudo un montón de barro convertirse en un bebé juguetón? O, en plan más sencillo, ¿cómo es que echando agua turbia en un plato obtenemos a veces maravillosos cristales de impecable orden geométrico?

Bien, es que el principio de entropía sólo vale para un sistema aislado y para la totalidad del mismo. Si el sistema no está aislado, o si sólo atendemos a una parte del mismo, a veces se producen las denominadas Fluctuaciones. Estas fluctuaciones no invalidan el principio de entropía –de hecho, lo refuerzan–, pero ponen en evidencia que a nivel local pueden producirse y de hecho se producen fenómenos que no tienden a un mayor grado de desorden, sino a un mayor grado de orden. A veces, extremadamente elaborado. Como la vida.

A la hora de producirse estas fluctuaciones, tienden a hacerlo siguiendo unas formas o patrones básicos, derivados a su vez de las mismas leyes que rigen el Universo. Estos patrones surgen en todos los órdenes de la realidad, incluso aunque parezca que no tienen nada que ver. La espiral, por ejemplo. Se reproduce una y otra vez en el Cosmos: hay galaxias espirales, hay conchas de caracol espirales, hay una espiral en tu oído interno; cada una de ellas, por sus propios motivos. Aparentemente sin relación entre si, pero todas espirales. O la ramificación. Los árboles se ramifican. Nuestras arterias se ramifican. Los ríos se ramifican. ¿Tendrá algo que ver, quizá, con el transporte de líquidos: la savia, la sangre, el agua? Entonces, ¿por qué las ciudades tienden a ramificarse cuando no hay una planificación urbanística que lo impida? Bueno, podríamos pensar que las vías de comunicación son como los canales de un líquido. Pero en ese caso, ¿por qué se ramifica también el rayo? Bueno, pues porque la electricidad también se comporta como un fluido.

Otro de estos patrones geométricos básicos es el ángulo de sesenta grados. Se da en los cristales de nieve, en los panales de las abejas, en las moléculas del benceno. Por no entrar ya en patrones complejos, como los fractales. Orden que trasciende por encima de los niveles de la existencia donde, según una lectura simplista del principio de entropía, sólo debería haber caos y más caos. Es la obra de las fluctuaciones.

La vida, ha quedado claro, es una de esas fluctuaciones que pelean contra la entropía.

Pero, ¿acaso será un patrón? ¿Aparece sólo de vez en cuando, por azar? ¿O será –como la espiral, la ramificación o el ángulo de 60º– uno de esos patrones esenciales a los que tiende el Universo de manera natural tan pronto como se dan las condiciones mínimas?

Una atrevida pregunta, para la que aún no tenemos respuesta.

Pero sí tenemos un par de barruntos.

El primero es lo sorprendentemente pronto que apareció la vida en la Tierra. No parece un suceso al azar, acaecido cuando salieron así las cartas. Y sin embargo, tampoco hay indicios de ningún agente externo. Me explico.

La vida ocurrió mientras la Tierra aún estaba terminando de enfriarse, hace como mínimo 3.850 millones de años. Tenemos fósiles de bacterias que son tan antiguos como el surgimiento de las rocas sedimentarias capaces de albergarlos. Esto es, apenas 700 millones de años después de que se formara el planeta. Tenemos también indicadores químicos de que esa vida bacteriana pudiera haber estado ahí antes de que hubiera rocas sedimentarias para actuar de testigos; investigadores de la Universidad de Glasgow retroceden la fecha hasta los 4.300 millones de años. Según estos, apareció en los volcanes submarinos de un mar ácido bajo una atmósfera maldita de gases de efecto invernadero e intensos bombardeos de meteoritos. John W. Valley, profesor de geología y geofísica en la Universidad de Wisconsin-Madison, llega incluso a sugerir que la vida pudo nacer y extinguirse varias veces antes de abrirse paso.

No, todo esto no suena como una feliz tirada de dados en un mundo plácido listo desde muy atrás para acoger su llegada, como un útero caliente. Suena más bien como una fuerza cósmica al acecho, que luchó desde el principio, contra toda probabilidad, para imponer su ley. Suena como una tendencia. Como un patrón intrínseco a la naturaleza profunda de la materia.

Pero no es concluyente, ni mucho menos.

El segundo es observar cómo se comporta y evoluciona la vida. No espera a que pasen los productos óptimos frente a sus colmillos para obtener el mejor rendimiento y progresar en la dirección adecuada. No. En vez de eso, apechuga con lo que haya y tira hacia donde puede. Si hay oxígeno, estupendo. Si no, también. Si hay luz solar, magnífico. Si no, también. Si el magnetismo está de tal modo, genial. Si está del revés, también. Se adapta, muere el que muere, sobrevive el que sobrevive, y sigue su camino. ¿Hacia dónde? Hacia la reproducción. Reproducirse una y otra vez es su único objetivo. No pretende nada más. No apunta en ninguna dirección. Pero lo que pretende, lo consigue con afición maníaca con lo que haya y como se pueda.

Probablemente resulte excesivo, aunque inevitable, proyectar la pregunta un poco más hacia atrás.

“¿Si hay carbono, estupendo; si no, también?”

“¿Si hay abundancia de elementos pesados, magnífico; si no, también?”

“¿Si hay estabilidad térmica, genial; si no, también?”

Preguntas excesivas, especulativas y de nuevo inconcluyentes. Pero, visto cómo nació y se comporta la vida en la Tierra, más excesivo y especulativo resultaría proponer que no es capaz de apañárselas con lo que haya, como pueda. En todo caso, habrá que esperar a toparnos con otras formas de vida para darles respuesta. O con planetas que, hallándose en zonas habitables, carezcan consistentemente de nada que aliente.

Mientras tanto, permanecerá la duda. La hija de la lluvia no sabe si la vida será tan virulenta bajo otros soles, con otras químicas, en otras condiciones físicas.

Sabe que aquí lo fue. Y por tanto, mantiene la esperanza de que se comporte igual en todas partes. Que para algo las leyes del Universo son eso, universales.

Próximo capítulo en La Pizarra de Yuri el jueves, 08/10/2009: El barro que te mira.

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jueves, 24 de septiembre de 2009

Hijas de la Lluvia 04: Navíos Cósmicos en Regiones Mágicas

Capítulo anterior: Mundos al calor de otros soles
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(Fracción de los planetas de la galaxia que podrían albergar vida)


En el ámbito de las creencias, no es raro oír hablar de la energía como algo “superior” a la materia, tan mundana, corruptible y mortal. Las estanterías donde reposan los libros de autoayuda espiritual, pseudociencias varias y nuevas formas de fe están plagadas de seres de luz, energías sutiles y vibraciones positivas venciendo a lo material, que como bien se sabe es sucio, vulgar y pecaminoso. No hace falta poseer ningún grado de genialidad para constatar que sólo estamos ante una variante de la vieja moral religiosa, sustituyendo lo divino por lo energético, otorgando a la energía cualidades divinas y dejando a la materia en su lamentable lugar de siempre.

Bueno, pues va y resulta que es al revés.

La materia está constituida por inmensas cantidades de energía altamente estructurada. En realidad no hay nada “superior” ni “inferior” a otra cosa en el Universo, pero si hubiera que aceptar ese lenguaje, la materia se hallaría sin duda muchos órdenes de magnitud por encima de la energía. En uno solo de tus cabellos hay tanta energía concentrada como en la bomba de Hiroshima. Comparado contigo, un “ser de energía” en cualquiera de sus sabores sería tremendamente primitivo, aburrido y... poco energético. Algo tan complejo como la vida o la inteligencia ha de sustentarse por fuerza sobre elevadas concentraciones de energía exquisitamente organizada. O sea, sobre materia.

Para que un fenómeno así de sofisticado pueda nacer, desarrollarse y evolucionar, esta materia debe existir en unas condiciones más o menos estables. Si, por ejemplo, estuviera sometida a temperaturas tan elevadas que sus átomos no puedan mantenerse estructurados durante un cierto tiempo, cualquier intentona de vida se desparramará en breve plazo sin ocasión alguna para evolucionar. Si, por el contrario, el frío es tan extremo que estos mismos átomos permanecen estancados, ateridos, a duras penas capaces de combinarse con otros, tampoco parece fácil que algo tan complejo y ágil como la vida pueda desarrollarse. Lo mismo ocurrirá si la gravedad o la radiación son demasiado altas o demasiado bajas, pongamos por caso.

Es hora de que la hija de la lluvia con su cabeza llena de los pajaritos que le permitieron triunfar sobre el neandertal reprima su entusiasmo y ponga un poco los pies en el suelo. De todos esos soles y mundos y cosas maravillosas que ha encontrado en los cielos, la mayoría no sirven de hogar por un motivo u otro.

Así a lo bruto, podemos descontar de un plumazo todo lo que ande cerca del centro de la galaxia. Todo apunta a que el núcleo de la Vía Láctea es un agujero negro supermasivo; aunque sólo sea por el nombre y aún no sepas lo que es, ya te imaginarás que resulta un argumento muy carismático a la hora de descartar cualquier forma de vida en sus proximidades. Pero aunque esa bestia del averno no estuviera ahí en realidad, el centro de la galaxia es un lugar con una altísima concentración de estrellas, y eso significa altísimas concentraciones de radiactividad. Vivir cerca del núcleo galáctico se parece a vivir cerca de una bomba H explotando eternamente. Hay que venirse hacia las afueras, hacia los brazos de la galaxia, para que los índices de radiación caigan por debajo de unos niveles sensatos. Por el mismo motivo, los planetas que orbitan demasiado cerca de sus respectivos soles tampoco parecen un buen lugar donde alojarse. Particularmente cuando –al igual que ocurre entre la Luna y la Tierra– siempre muestran la misma cara a su estrella. Y esto ocurre con frecuencia cuando ambos están próximos, por debajo del llamado Radio de Acoplamiento de Marea. A Mercurio, por ejemplo, le pasa algo parecido.

Los grandes planetas tampoco resultan un vecindario deseable para nacer y evolucionar. Además de su elevada gravedad e inestabilidad meteorológica, retienen demasiado helio y sobre todo hidrógeno libre. El hidrógeno libre, sin combinar con otros átomos –como oxígeno, por ejemplo, formando agua–, es un potente corrosivo que se come todo lo que caiga en sus manos.

Y hablando de agua. Necesitamos un solvente. Algo que permita a los átomos y moléculas acercarse y alejarse entre si suavemente y con facilidad para formar los sofisticados componentes que exige la vida. El solvente más simple y universal es el agua líquida. Por eso la hija de la lluvia es hija de la lluvia. Por eso los científicos se excitan tanto cada vez que una de nuestras naves descubre agua –aunque sea hielo– en algún punto del sistema solar. Indica la posibilidad de que haya o haya habido vida. Necesitamos, pues, agua o algún solvente similar. A poder ser sin unas corrientes tan extremas que desarticulen las moléculas antes de que puedan organizarse en condiciones. A los amiguitos de la hija de la lluvia también les tiene que gustar el agua. O alguna cosa parecida.

La órbita del cuerpo donde vaya a aparecer vida debe ser lo más circular posible con respecto a su sol, o soles. De lo contrario, habrá periodos del año en que las condiciones sean aceptables para la formación y desarrollo de la vida y otros en que todo resulte destruido o paralizado.

Por último, y no menos importante, la estrella en cuestión debe tener un comportamiento energético más o menos estable. Y si forma parte de un sistema de dos o más soles –como sucede con la mitad de estrellas de la galaxia–, que el paso de su pareja no mate a lo nacido. Ver cómo la vida se está formando trabajosamente durante millones de años para que de pronto cambien las condiciones y todo resulte exterminado hasta la aniquilación no acaba de tener gracia.

Podemos imaginar formas de vida que, dentro de unos límites, pudieran nacer y desarrollarse en violación de alguno de estos principios. Pero serían muy primarias e inestables, de poca complejidad, demasiado lejos de lo que requiere el surgimiento de la inteligencia.

Decimos que los cuerpos celestes que cumplen todas estas condiciones, en todo o en parte, se hallan dentro de la Zona Habitable.

¿Hemos descrito unas condiciones tan restringidas y estrictas que de todos los mundos habidos, únicamente la Tierra puede cumplirlas, y sólo durante un tiempo? ¿Le hemos echado un jarro de agua fría por encima a la hija de la lluvia?

Lo cierto es que no. Habrá tenido que moderar un poco su entusiasmo, sí, pero trescientos mil millones de estrellas con sus planetas y sus lunas y todo lo demás dan mucho juego. La probabilidad de que haya millones de objetos dentro de las zonas habitables sigue siendo elevadísima. La probabilidad de que los haya habido en los 13.700 millones de años que tiene el Universo es aún mucho más alta.

Descontando aquellas que se encuentren en las proximidades del núcleo galáctico, las zonas habitables más extensas deben hallarse alrededor de las estrellas de tipo A, B y O, en lo alto de la llamada Secuencia Principal –una forma de catalogar los soles que usan los astrónomos–. Pero éstas son estrellas muy grandes y calientes: emiten mucha radiación y consumen el combustible tan deprisa que difícilmente durarán el tiempo suficiente como para que surjan formas de vida avanzadas. Y encima, son muy pocas.

Las zonas habitables más estrechas, con poco espacio para que caiga en ellas algún planeta, se encuentran en la región inferior de la Secuencia Principal: los tipos K y M. Estrellas pequeñas y frías, aunque muy duraderas y estables. El 90% de los soles pertenecen a estos dos grupos. En su contra juega la misma estrechez de las zonas habitables que las rodean, la violenta actividad en superficie que deben sufrir sus planetas y lunas, y el gran número de los mismos que estarán por debajo del Radio de Acoplamiento de Marea y por tanto ofrecen siempre la misma cara al sol. A su favor juega su elevadísimo número y su extraordinaria longevidad: algunas estrellas del tipo M perdurarán hasta los últimos momentos del Universo. Ambas cosas multiplican las probabilidades de que alrededor de algunas de ellas haya surgido vida compleja o pueda hacerlo en tan larguísimo futuro.

Entre estos dos extremos, hallamos las estrellas de los tipos G y F. Tienen zonas habitables de tamaño intermedio donde puede caer fácilmente alguno de sus planetas y lunas. Su estabilidad y duración permiten que aparezcan y se desarrollen formas de vida avanzadas. Y a menos que se encuentren cerca del núcleo galáctico o alguna anomalía muy energética, sus alrededores son bañados por cantidades moderadas de radiación. Nuestro Sol es una estrella de tipo G; para ser exactos, del subtipo G2V. Las buenas noticias radican en que las estrellas del tipo G resultan comunes en el Cosmos. Si les añadimos las más bajas del tipo F y las más altas del K, y les descontamos las que estén próximas a alguna fuente de energía devastadora, vienen a sumar el 1% de los soles del Universo.

Eso significa que en la Vía Láctea hay unos tres mil millones de soles situados en esta banda mágica, con estupendas zonas habitables donde uno o varios de sus planetas podrían situarse. Dicho en otras palabras: sin salir de nuestra galaxia, debe haber varios cientos de millones de lugares en los que formas de vida tan complejas como nosotros, o más, pueden nacer y evolucionar con que sólo tengan órbitas más o menos circulares, un tamaño prudencial y una poquita de agua. Como en la lluvia.
Ver: Lista de exoplanetas conocidos que podrían hallarse en las Zonas Habitables de sus respectivas estrellas.
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jueves, 17 de septiembre de 2009

Hijas de la Lluvia 03: Mundos al Calor de otros Soles.

Capítulo anterior: Los que cuentan estrellas
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(Fracción de las estrellas de la galaxia que tienen planetas)

Nuestro sistema solar está lleno de cosas interesantes. Ocho planetas de pleno derecho con un montón de satélites –lunas– a su alrededor. Objetos transneptunianos que casi son planetas de pleno derecho como la parejita Plutón-Caronte o 2003-UB313. El cinturón de asteroides entre Marte y Júpiter. El cinturón de Kuiper. La nube de Oort, el almacén de los puñeteros cometas que un día nos van a dar un susto. Un planetilla que alberga vida inteligente. Y como otro millar de características fascinantes más.

Ahora bien, ¿es esto común en el Cosmos? ¿No será nuestro sistema solar un caso especial, uno entre un millón? ¿Tenemos alguna certeza de que el resto de soles sean igualmente interesantes? ¿No será que hemos aparecido aquí porque nuestro sistema solar es cosa de ver, mientras que a lo mejor no hay más que materia mal agregada o simplemente espacio vacío alrededor de otras estrellas?

Esto empieza a complicarse. Detectar estrellas, inmensas fuentes de luz y radiación, es fácil para cualquiera con un telescopio, un radiotelescopio o, simplemente, un par de ojos en la cara. Pero eso mismo es justo lo que los hace inhabitables: emiten tanta luz y radiación porque son infiernos termonucleares. Todos esos objetos interesantes que pueden dar vueltas en torno a ellos, en cambio, apenas emiten o reflejan pálidas sombras de luz y radiación. Y eso los hace muchísimo más difíciles de detectar a grandes distancias. A estos efectos, “grandes distancias” es cualquier cosa más allá de nuestro sistema solar. Para llegar a los confines últimos de éste, nos bastarían tres millones y pico de años con nuestro Ferrari. En cambio, si quisiéramos dar un voltio por la estrella más próxima –el conjunto triple Alfa Centauri, a 4’22 años-luz– nos harían falta unos trece millones de años. Las siguientes paradas son algunos apeaderos realmente provincianos hasta llegar a la estación Sirio, ya a 8’6 años luz.

Distinguir algo que no emite luz y radiación propias a esas distancias viene a ser como distinguir un grano de mostaza de un monte a otro, en plena noche. Tanto es así, que durante mucho tiempo hubo una tendencia a pensar que no existían. Que nuestro sistema solar era único, la joyita del Brazo de Orión.

Primero nos dimos cuenta por vías indirectas. Parece que todo sistema solar que se precie tiene gigantes del tipo de Júpiter, a cuyo lado nuestra Tierra es como una lunita menor. Gigantes gaseosos a mitad camino de que la compresión producida por su propia gravedad los encienda para convertirlos a su vez en estrellas. Tanta es esa gravedad, que obligan a sus soles a hacer cosas raras.

Algunos soles son púlsares. Un púlsar es una estrella minúscula, de apenas diez kilómetros de diámetro, pero con una masa similar a la del Sol. O sea, que son muy densas. Están muy cerca de alcanzar el mítico nivel de agujero negro, pero les faltó un pelín para llegar hasta ahí. Compuestas básicamente de una pasta de neutrones, pues con semejantes densidades no pueden ser de otra cosa, giran a gran velocidad sobre si mismas con mayor precisión que la de cualquier reloj. Al hacerlo, proyectan cascadas de neutrones con un ritmo regular, que se puede detectar y reconocer desde cualquier otro lugar del Universo mediante radiotelescopios. Constituyen al mismo tiempo los mejores relojes y faros imaginables para los navegantes del Cosmos.

Cuando hay un planeta de estos gigantes dando vueltas alrededor de un púlsar, su enorme gravedad le altera el segundero. Al impasible tictac de sus centelleos neutrónicos le da como un poquito de taquicardia. La hija de la lluvia, jugando con sus radiotelescopios, se percató de estas alteraciones. Sacando cuentas, pronto supo que tales taquicardias eran regulares, que se correspondían con la órbita de alguno de estos grandotes. Así pues, antes que verlos, los dedujimos.

El primero fue Matusalén, apodado así porque se trata del más viejo de los planetas conocidos. Orbita alrededor del púlsar PSR B1620-26, a 5.600 años-luz de nosotros, en un lugar de la constelación de Escorpio llamado Cúmulo Globular M-4. Superviviente de una catástrofe cósmica, es más grande que Júpiter.

Al corazón de la hija de la lluvia también le dio como una pequeña taquicardia.

Lo primero, porque quedaba probado que hay planetas alrededor de otros soles, incluso de soles muertos. Que nuestro sistema solar no es único.

Lo segundo porque Matusalén es verdaderamente muy, muy viejo. Casi el triple que nuestros planetas. Cuando el Universo tenía apenas mil millones de años, Matusalén ya estaba ahí. Eso significa que no sólo hay mundos más allá de nuestra estrella, sino que además los viene habiendo desde siempre. Esto demuestra que existen otros lugares donde pueda aparecer la vida y que ésta ha dispuesto de abrumadoras cantidades de tiempo para surgir y evolucionar. Si bien es cierto, por otra parte, que en esos primeros planetas apenas hay compuestos que permitan su existencia: son demasiado primitivos. Bolas de hidrógeno, mayormente, y poco más.

No obstante, la hija de la lluvia es tozuda. Todos esos cálculos están muy bien, y seguro que son correctos. Pero siempre siente la necesidad de verlo con sus propios ojos. Debe ser algo que aprendió en su larga lucha por la supervivencia, bajo la tormenta.

Lo conseguiría en 2005, cuando el telescopio espacial Spitzer detectó dos, muy grandes, tan grandes que su propia gravedad los ha encendido y tienen el aspecto de pequeñas estrellas del tipo Enana Marrón. Da igual: están ahí.

Pero en el proceso, utilizando otros medios indirectos, ha descubierto muchos más. Conforme sus técnicas se van depurando, cada vez detecta más, y más pequeños. Cada vez más parecidos a la Tierra. El cielo parece estar lleno de ellos. No, nuestro sistema solar no es único. En torno a las demás estrellas también giran cuerpos. Y muchos. En el momento en que escribo estas líneas vamos camino de los doscientos, con varios sistemas solares completos. Hay uno de ellos al que ya le conocemos cuatro planetas. Dan vueltas alrededor de 55 Cancri, una estrella binaria de la constelación de Cáncer, a 41 años-luz de aquí. Uno de estos planetas, al que llamamos 55 Cancri E, es del tamaño de Neptuno: como catorce veces la Tierra. Ya no estamos hablando de inhóspitos gigantes gaseosos como Júpiter o Matusalén, sino de un gaseoso enano o –quizás– de un planeta de tipo terrestre muy grande.

Ahora que ha aprendido a encontrarlos, la niña de la lluvia no para. Hay para dar y vender. De pensar que nuestro sistema solar podría ser un caso excepcional, en apenas veinte años hemos pasado a pensar que lo raro será hallar estrellas sin planetas a su alrededor. Y con toda probabilidad, si hay otros planetas habrá infinidad de otras lunas y asteroides. El número de lugares donde otras vidas y otras inteligencias podrían haber surgido no hace sino crecer cuanto más sabemos, conforme refinamos más nuestra técnica.

La barriada donde la niña de la lluvia podría encontrar a sus amiguitos es más grande a cada día que pasa. La niña de la lluvia está contenta. Ahora tiene esperanza.

Próximo capítulo en La Pizarra de Yuri el jueves, 24/09/2009: Navíos cósmicos en regiones mágicas.

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