La pizarra de Yuri: Roskosmos
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jueves, 25 de febrero de 2010

El Diseñador Jefe.

Su nombre y su misma existencia eran secretos, pero fue el hombre que nos llevó finalmente a las estrellas.



Entre 1957 y 1966, la Unión Soviética asombró al mundo una y otra vez con los éxitos extraordinarios de su programa espacial: la primera vez en que la especie humana abandonó la cálida atmósfera que nos vio nacer para adentrarse en los senderos cósmicos. Fue un auténtico martilleo que dejó lívidos a sus enemigos y cautivó el entusiasmo de millones de personas por todo el mundo: el primer satélite artificial en órbita (Sputnik 1); el primer ser vivo en el espacio (Laika en el Sputnik 2); la primera nave que orbitó el Sol (Luna 1); la primera nave humana en alcanzar la Luna (Luna 2) y en fotografiar su cara oculta, hasta entonces misteriosa y desconocida (Luna 3, y por eso la mayor parte de los accidentes geográficos del otro lado de la Luna llevan nombres rusos); el primer hombre en el espacio (Yuri Gagarin en el Vostok 1); la primera mujer en el espacio (Valentina Tereshkova en el Vostok 6); el primer paseo espacial (Alexei Leonov en la Voskhod 2); y la primera nave espacial humana en alcanzar otro mundo (Venera 3, en Venus), entre otros muchos de menor enjundia.

Y el mundo, inevitablemente, se preguntó quién era el cerebro, el Von Braun soviético que dejaba chiquito al auténtico Wernher Von Braun, cuyas creaciones para la NASA a partir de la V-2 de la Alemania Nazi no pasaban de discretas segundonas, cuando no se saldaban con fracasos constantes. Los servicios secretos occidentales, también, con mejores o peores intenciones. Pero del otro lado del Telón de Acero no surgió ningún nombre. Ni siquiera dentro de la propia URSS, ni siquiera dentro del mismísimo programa espacial soviético, se mencionaba jamás ese nombre. Tán sólo se hablaba oblicuamente de un cierto Diseñador Jefe, muy de tarde en tarde vinculado a unas enigmáticas iniciales: S.P. Tanto secreto no hizo más que agigantar aún más su figura y disparar la curiosidad de millones, constituyéndose así en uno de los grandes arcanos de la Guerra Fría: el Diseñador Jefe, el Arquitecto Jefe, el incógnito genio soviético que parecía ser capaz de llevar a la humanidad a las estrellas... pero sólo bajo el estandarte rojo del martillo y la hoz.

Su nombre se descubrió el 16 de enero de 1966, cuando Pravda publicó la foto de un hombrecillo regordete, cuellicorto y cabezón cargado de medallas... como parte de su obituario. Había fallecido dos días antes en un hospital de Moscú, a consecuencia de un tumor abdominal, con 59 años de edad. Se llamaba, acorde a aquellas iniciales S.P., Sergei Pavlovich Korolev (también transliterado como Korolyov). Sergei Korolev era, había sido, el legendario Diseñador Jefe del programa espacial soviético, el hombre que sacó a la especie humana del planeta donde había surgido por primera vez.

En realidad hubo más, claro, pero Sergei Korolev ocupaba el trono de Zeus en aquel exclusivo y minúsculo Olimpo de genios donde se contaban también su archi-rival Vladimir Chelomey (padre de las estaciones espaciales), el Señor de los Cohetes Valentin Glushko y el Teórico Jefe Mstislav Keldysh. El entonces jovencísimo cosmonauta Alexei Leonov nos da una idea de su prestigio y autoridad:
Antes de que le conociéramos, un hombre dominaba la mayor parte de nuestras conversaciones en los primeros días del entrenamiento: Sergei Pavlovich Korolev, el cerebro tras el programa espacial soviético. Se le mencionaba sólo por las iniciales de sus dos primeros nombres, S.P., o por el misterioso título de "Diseñador Jefe" o, simplemente, "el Jefe". Para todos los que estábamos en el programa espacial, no había ninguna autoridad mayor. Korolev tenía reputación de ser un hombre sumamente íntegro, pero también extremadamente exigente. Todo el que le rodeaba vivía en ascuas, temiendo cometer algún error e invocar su ira. Se le trataba como a un dios.
Sergei Korolev.

Pero, ¿quién era este Sergei Korolev? Pues, como suele ocurrir con los genios, fue un personaje singular: comunista a la antigua usanza pero represaliado por el estalinismo, austero, íntegro y casi abstemio pero también mujeriego e infiel, astuto político y extraordinario inventor a pesar de que sólo ostentaba una titulación mediana en ingeniería técnica, aprendiz de carpintero cuyas manos sólidas dibujaban incansablemente navíos etéreos para las regiones del cosmos. Suyas son las Sputnik, suyas son las Vostok, suyas son las Luna, suyas son las Venera y suyas son las Soyuz, su triunfo final cuarenta y cuatro años después de que desapareciera. Suya es buena parte de lo que sabemos sobre las maneras de ir más allá de la Tierra.

Sergei Korolev nació en Zhytomyr (Ucrania), cuando aún formaba parte del Imperio Ruso, en 1907. Fue un niño solitario de infancia complicada, con un padre ausente (le dijeron que había muerto) y criado por sus abuelos. El segundo esposo de su madre, un ingeniero eléctrico, demostró ser una buena influencia para el chaval y le introdujo la fascinación de crear cosas nuevas. Con él se mudaron a Odessa, donde pasaron hambre y tifus durante la Revolución y la subsiguiente Guerra Civil. Ya interesado en la aviación, se apuntó en 1923 a una escuela de formación profesional, para aprender carpintería. Comenzó a pilotar planeadores en el aeroclub local, se unió a una asociación aeronáutica y con 16 años marchó a Kiev para estudiar aviación en su Instituto Politécnico, viviendo con su tío Yuri y realizando pequeños trabajos para contribuir a su mantenimiento.

Pero el muchacho Sergei quería volar, quería volar más alto y más lejos que nadie, y el nivel del Instituto Politécnico de Kiev en aquellos años '20 no daba para tanto. Así pues, solicitó su ingreso en la Universidad Técnica Estatal Bauman de Moscú, donde fue aceptado en julio de 1926. La recién fundada Unión Soviética necesitaba urgentemente ingenieros, por lo que las autoridades decretaron que se acelerara la formación en todas las universidades. Así, Korolev obtuvo su título en 1929, con un trabajo que consistió en diseñar un pequeño avión capaz de volar (en madera, naturalmente). Aunque abandonó la universidad con unos conocimientos apenas equivalentes a los de un ingeniero técnico, quizá un poquito más pero no mucho más, su director en el proyecto había sido un tal Andrei Tupolev. Captando la brillantez del chaval, Tupolev le consiguió trabajo enseguida en una oficina de diseños aeronáuticos experimentales que cooperaba habitualmente con él. Allí, Korolev se convirtió pronto en ingeniero senior para el bombardero Tupolev TB-3, obtuvo una licencia de piloto y se casó con una vieja conocida, Xenia Vincentini.

En esta oficina de proyectos, Korolev se encontró con muchos entusiastas del espacio y descubrió el potencial del motor cohete para dominar los cielos. En 1932, co-fundó el Grupo de Investigaciones en Propulsión a Chorro, que pronto dirigiría. En 1933 esta organización fue fusionada con el Laboratorio de Dinámica de Gases de Leningrado para crear el Instituto de Investigaciones en Propulsión a Chorro (RNII). Allí conoció a más personas interesadas en el viaje espacial, entre ellos Valentin Glushko. Tuvo una hija, Natasha, y pudo mudarse a su propio apartamento en 1935. Pero se veía poco con su mujer, pues ambos tenían una intensa carrera profesional en la que Sergei adquirió fama como un gestor de proyectos capaz y exigente, duro pero honesto, que monitorizaba cada fase de desarrollo prestando atención enfermiza a los detalles. Durante este periodo, su equipo desarrolló un sistema giroscópico capaz de controlar los movimientos de una aeronave a largas distancias, en lo que es el origen de los modernos sistemas de navegación inercial, piloto automático y aeronaves y armas aéreas sin piloto. Sergei ascendía a toda vela, cada vez más cerca de las estrellas.

La Gran Purga.

Sin embargo, el 22 de junio de 1938, Sergei Korolev fue arrestado por el NKVD durante la Gran Purga de Stalin bajo la acusación de sabotaje. Le habían denunciado bajo tortura dos compañeros del Instituto, detenidos con anterioridad... y también Valentin Glushko, para salvar su propia cabeza. Aparentemente, ambos fueron víctimas de la ambición de Andrei Kostikov, que quería convertirse en director del NRII a costa de aquellas dos cabezas brillantes interpuestas en su camino.

Korolev fue torturado en la Lubyanka hasta sacarle una confesión por retrasar deliberadamente los trabajos del Instituto; pero, convencido de que se trataba de un error, dirigió muchas cartas a las autoridades y al mismísimo Stalin. Lavrenti Beria, nuevo jefe del NKVD en sustitución del psicótico Yezhov, quiso volver a juzgarle con unas acusaciones menores, pero para entonces Sergei ya estaba de camino a las minas de oro de Kolyma. En lo que el lento aparato judicial se aclaraba con su caso, pasó un año en trabajos forzados, perdió todos los dientes y adquirió diversos problemas de salud que años después conducirían a su temprana muerte. Finalmente, a finales de 1939, lo enviaron de vuelta a Moscú con una sentencia reducida, que cumplió en una sharashka: un centro de detención de régimen relajado y cierta calidad de vida para científicos e intelectuales útiles al estado.

Sergei quedó muy amargado por esta experiencia, y muy tocado de salud. Haciendo gala del inquietante fatalismo ruso, su frase favorita fue a partir de entonces: da igual; todos desapareceremos sin dejar rastro. Pese a ello, no abandonó ni sus convicciones ni sus sueños. La sharashka donde le habían mandado era conocida como la tupolevka, pues en ella dominaba el también represaliado Tupolev, su antiguo mentor, y el diseñador Petlyakov. Juntos, desarrollaron allí los bombarderos Tupolev Tu-2 y Petlyakov Pe-2. En 1944, todos ellos fueron liberados por un decreto de Stalin "para realizar trabajos importantes al servicio del estado", aunque no fueron rehabilitados por completo hasta después de la muerte del autócrata.

Pero para entonces, Korolev se las había ingeniado para ser trasladado a otra sharashka donde trabajaban en cohetería, bajo la dirección de... Valentin Glushko, uno de los que le habían denunciado para salvar su cuello. Pese a que Korolev odiaba a Glushko por este motivo, y vivía bajo el constante temor de que le fusilaran como había ocurrido con tantos otros, cooperaron para crear un motor cohete de uso en aviación militar. Más o menos por estas fechas Xenia Vincentini se divorció de él, porque Sergei le ponía los cuernos con una jovenzuela de buen ver llamada Nina Kotenkova; la nueva pareja prosiguió su romance y Sergei se casó con Nina poco después.

Constructor de misiles atómicos.

Al acabar la Segunda Guerra Mundial, Korolev era ya en esencia un hombre libre poseedor de su primera condecoración y reclutado en el departamento científico del Ejército Rojo con el grado de coronel. Pronto fue trasladado al OKB-1 (NII-88), donde se hallaban los científicos alemanes de los legendarios cohetes V-2 capturados por las fuerzas soviéticas, así como muchos planos y componentes de los mismos. Sergei se convirtió por primera vez en diseñador jefe: diseñador jefe de misiles balísticos de largo alcance capaces de transportar una cabeza nuclear hasta los Estados Unidos, el nuevo enemigo. El trabajo con los prisioneros alemanes no duró mucho tiempo, porque las autoridades soviéticas se negaban a proporcionarles información sobre sus propios trabajos; en 1950 se interrumpió la colaboración, y para 1953 ya habían vuelto casi todos a casa.

Lo que, de una manera retorcida, fue un acierto. El modelo de cohetes basado en la V-2 era menos esperanzador de lo que algunos pretenden, y la insistencia de Von Braun y su equipo alemán en ceñirse a él fue una de las causas del lento progreso estadounidense en materia de misiles pesados y lanzadores espaciales. El equipo de Korolev, pues, tomó únicamente las partes más interesantes de la tecnología germana y desechó lo demás en favor de conceptos propios. Así surgió a partir de 1953 el mítico R-7 Semyorka, conocido como SS-6 en su variante de misil atómico de alcance intercontinental, y como el cohete del Sputnik en su versión civil, que se lanzaría con éxito por primera vez en 1957 y entraría en servicio en 1959 para amenazar al nuevo enemigo estadounidense.

Sputnik.

Para 1952 Sergei había sido rehabilitado casi por completo y pronto pudo ingresar en el Partido Comunista de la Unión Soviética; en 1953 propuso por primera vez utilizar uno de aquellos cohetes Semyorka para viajar al espacio. En las altas instancias, le miraron raro. Pero cuando la idea de lanzar un satélite artificial comenzó a aparecer en la prensa norteamericana, allá por 1955, el equipo de Korolev volvió a sugerir la idea a la gente de Khrushchev. El Politburó les preguntó si realmente eso era posible. Sergei Korolev contestó que sí.

En realidad, ya tenían toda la tecnología necesaria. El 30 de enero de 1956, el Consejo de Ministros de la URSS aprobó el inicio de los trabajos en un cierto objeto D, bajo el paraguas de la Academia Soviética de Ciencias, el Ministerio de Industria Radiotécnica, el Ministerio de Construcción Naval, el Ministerio de Construcción de Maquinaria, el Ministerio de Defensa y el Ministerio de la Industria de Defensa a través de la OKB-1 dirigida por Sergei. El objeto D era un proyecto a gran escala, que después se convertiría en el Sputnik 3, pero en un cierto momento hubo temor de que los norteamericanos lo consiguieran primero. Así pues, en la primavera de 1957 le preguntaron a Korolev si sería posible lanzar una variante reducida con carácter inmediato. Sergei Korolev volvió a responder que sí.

A las 22:28 del 4 de octubre de 1957, hora de Moscú, un cohete R-7 Semyorka despegó desde una plataforma secreta en Tyuratam, Kazajstán, cerca de la vía del ferrocarril a Tashkent; hoy en día, forma parte del Cosmódromo de Baikonur. Transportaba una esfera metálica fabricada en aluminio-magnesio-titanio, con cuatro antenas, presurizada a 1,3 atmósferas mediante nitrógeno, conteniendo un transmisor de radio de un vatio de potencia que emitía pulsos en 20,005 y 40,005 MHz: el histórico bip-bip-bip que dio –literalmente– la vuelta al mundo. Se llamaba, claro, Sputnik 1.

De manera ni deliberadamente buscada ni deliberadamente evitada, la frecuencia de 20,005 MHz se hallaba en medio de la onda corta comercial, utilizada por muchas estaciones de radio para emitir en AM, en aquella época muy popular. Así, todos los pueblos del mundo pudieron escuchar en directo aquel bip-bip-bip espectral que se metía en medio de sus programas favoritos a distintas horas del día y la noche, durante los siguientes veintidós días. Desde los espacios que antes pertenecían exclusivamente a dioses, ángeles y prodigios, dominaba plácidamente el mundo una nueva estrella roja: la primera obra maestra del Diseñador Jefe, Sergei Korolev.

Laika.

Mientras una oleada de pánico e histeria se extendía por los Estados Unidos y muchos otros países opuestos a la Unión Soviética y su modelo, Khrushchev y el Politburó estaban exultantes. El impacto del Sputnik 1 había sido inmenso, planetario, propulsando instantáneamente a la Unión Soviética a la posición de superpotencia global dominante en la percepción del mundo entero. Se escribieron libros, poemas, canciones, se filmaron películas, se habló de ello en todos los medios horas y días y meses y años. Pero, curiosamente, no dentro de la URSS. Los propagandistas del Politburó se preparaban para electrizar al público de los países soviéticos con un logro mucho mayor, y no deseaban que cualquier fallo entre medias pudiera estropearles la sorpresa. Por ello, el lanzamiento del Sputnik no ocupó ni siquiera un titular en Pravda, cuando la mayor parte de la prensa occidental anunciaba el hecho en portada a cinco columnas.

Khrushchev pidió a Sergei otro éxito clamoroso para el 40º aniversario de la Revolución Soviética; algo de lo que los Estados Unidos no estuvieran ni cerca. Y aunque faltaba menos de un mes, Sergei volvió a decir que sí.

Al amanecer del 3 de noviembre de 1957, otro cohete R-7 Semyorka partía de Kazajstán en dirección a la órbita terrestre. A bordo, en un precario módulo de soporte vital, viajaba una perra callejera de raza terrier mezclada con samoyedo o husky obtenida en una perrera de Moscú. Los científicos soviéticos consideraron que un perro callejero capaz de sobrevivir al invierno moscovita sería muy resistente, y no se equivocaron. En un principio el personal la llamaba Kudryavka (Rizadita), Zuchka (Bichito) e incluso Limonchik (Limoncito), aunque finalmente se quedó con Laika, que significa Ladradora, pero es el nombre genérico para varias razas caninas rusas similares al husky.

En el entusiasmo del éxito, no consideraron importante proveer a Laika con un sistema de retorno, aunque probablemente la última ración de comida disponible a bordo estuviera envenenada para practicarle la eutanasia. De todos modos, la sensibilidad para con los animales no era la misma en los años '50 que en la actualidad, y además a esas alturas Laika ya estaría muerta en su perrera moscovita.

Así pues, Laika voló a las estrellas, y cautivó la imaginación del mundo entero. Por primera vez, un ser viviente nacido al calor de la atmósfera terrestre conquistaba el cosmos, aunque fuese de manera tan precaria. Murió pronto, apenas unas horas después, debido a un fallo en el sistema de control térmico, y a nadie a ningún lado del Telón de Acero pareció importarle demasiado: todos andaban muy ocupados con esta nueva gloria soviética (aunque, con el tiempo, se convertiría también en un símbolo para los defensores de los derechos de los animales). A todos los efectos prácticos de su tiempo, el último viaje de Laika fue la confirmación del poderío cósmico soviético y puso en marcha la Carrera Espacial.

Luna.

Ahora, el equipo del Diseñador Jefe trabajaba a destajo en la OKB-1 de Moscú. Curiosamente, Sergei siempre encontraba tiempo para ponerle los cuernos también a su segunda esposa, pero esa era toda su distracción. Trabajaban en varios programas a la vez; uno de ellos, aún ultrasecreto, se denominaba Mechta ("Sueño").

El sueño era alcanzar la velocidad de escape del planeta Tierra y llegar hasta la Luna orbitando alrededor del Sol: tres logros en uno. Todas las instituciones científicas implicadas trabajaban día y noche, 365 días al año. El anuncio de que los Estados Unidos había puesto en órbita sin pena ni gloria su primer sputnik, el Explorer-1, no les preocupó ni un poquitín. El equipo de Sergei estaba por delante, meses o incluso años por delante, y pretendían explotarlo a fondo.

Necesitaban un cohete nuevo, mucho más potente, y resolver incontables problemas científicos y tecnológicos con que ninguna mente humana se había encontrado jamás. Hasta cierto punto, los vuelos del Sputnik habían sido posibles con evoluciones sobre unas técnicas creadas a lo largo de años, desde los orígenes de la investigación espacial: el estado de la ciencia estaba a punto, y lo lograron. Esto era algo completamente distinto. Había que inventarlo todo.

El primer intento se produjo el dos de enero de 1959, con la intención de estrellar una nave instrumentada contra la Luna. Este lanzamiento, denominado Luna 1, falló nuestro satélite por casi seis mil kilómetros; pero fue el primer navío humano en alcanzar la velocidad necesaria para escapar de la gravedad terrestre y también el primero en orbitar el Sol (de hecho, ahí se quedó accidentalmente tras el fallo, entre la Tierra y Marte).

El 13 de septiembre del mismo año, despegaba de Baikonur una segunda nave instrumentada con el propósito de estrellarse en la Luna: se llamaba Luna 2. Luna 2 se alejó del planeta Tierra en órbita alrededor del Sol, tomó muchos datos científicos de los cinturones Van Allen, y se aproximó a nuestro viejo satélite durante los siguientes dos días de viaje. El impactor se separó de la tercera fase del cohete y, treinta y tres horas y media después del lanzamiento, se estrelló deliberadamente entre los cráteres Arístides, Arquímedes y Autólico, al este del Mar de la Serenidad. Dispersó numerosas esferas metálicas conmemorativas con emblemas soviéticos, que aún deben andar por allí. La tercera fase hizo lo propio treinta minutos después.

Fue la primera vez en que un objeto creado por manos humanas entraba en contacto con un lugar extraterrestre, y el mundo quedó una vez más atónito ante la obra del Diseñador Jefe.

Menos de un mes después, el 6 de octubre, Luna 3 dio la vuelta a nuestro satélite y fotografió por primera vez su cara oculta, que había permanecido hasta entonces desconocida para la humanidad. Como descubridores, se permitieron el lujazo de ponerle nombre a todo, por lo que la atormentada cara oculta de la Luna está llena de nombres soviéticos y también de científicos de fama mundial, quizá como una cortesía.

Gagarin.

Pero el equipo del Diseñador Jefe se preparaba para un éxito aún mayor. De manera muy discreta, durante los siguientes meses, hasta seis perros rusos más viajaron al espacio, en naves cada vez más sofisticadas. Belka y Strelka ("Blanqui" y "Flecha") fueron, volvieron con vida y se reprodujeron sin problemas; se entregó un cachorro de la camada como obsequio al presidente norteamericano John F. Kennedy. Les siguieron Pchyolka y Mushka ("Abejita" y "Mosquita"), que perecieron accidentalmente durante la reentrada, y después Chernushka ("Negrita") y Zvyozdochka ("Estrellita"), acompañada por un maniquí de madera; ambas retornaron con bien.

El maniquí de madera, claro, ocupaba el espacio de un ser humano. Por diversos lugares de la URSS, diecinueve hombres se entrenaban siguiendo un durísimo programa nunca visto antes para sustituir a ese maniquí. Dos de ellos destacaban notoriamente sobre sus compañeros: un piloto militar llamado Gherman Stepanovich Titov, y un antiguo aprendiz de obrero industrial bajito, simpático y ligón conocido como Yuri Alekseyevich Gagarin.

El Diseñador Jefe y su equipo se emplearon a fondo. Ahora, las apuestas estaban muy altas: se trataba, ni más ni menos, que de enviar al primer hombre al espacio. Se eligió a Gagarin, quizá porque era de origen más humilde, algo muy apreciado en la Unión Soviética, y porque su nombre no sonaba tan alemán (aunque el ruso Gherman viene de San Germán de Constantinopla, un patriarca antiguo de la Iglesia Ortodoxa). Y también porque era el favorito de Sergei, a esas alturas ya el dios de la cosmonáutica. Sergei Korolev conocía personalmente a sus pilotos (los llamaba sus aguiluchos), y el entusiasmo contagioso de Gagarin, así como su honda comprensión de lo que significaba todo aquello para la humanidad, le impresionaron muy favorablemente. Cuando además Gagarin se demostró un excelente técnico que había memorizado al detalle cada elemento tecnológico de la nave y cada paso de las operaciones, pasó a ocupar el número uno en la lista de los elegidos para la gloria.

Y Yuri Gagarin se sentó en el asiento del comandante de la Vostok 1, encima de un cohete que era otra variante del R-7 Semyorka, en la mañana del 12 de abril de 1961. Y gritó Поехали!, que significa "¡vamos allá!", y allá fue. Durante los siguientes 108 minutos, Gagarin describió una órbita completa alrededor de la vieja Tierra alcanzando 327 km de altitud, y descendió sin mucha novedad cerca de Engels, junto al Volga. Así Yuri Gagarin entró en el Libro Gordo de la Humanidad con letras de oro, convertido en una celebridad mundial instantánea, y dicen que el melancólico Diseñador Jefe cuyo mismo nombre era secreto sonrió y tomó un poquito de vodka.

El ocaso del gigante.

Pero ya estaba muy delicado de salud. El 3 de diciembre de 1960, cuatro meses antes del vuelo de Gagarin, Sergei había sufrido su primer ataque cardíaco debido al exceso de trabajo agotador. Entonces, los doctores le diagnosticaron también un grave problema renal, a consecuencia de su paso por los campos de trabajos forzados de Kolyma. Le sugirieron que bajara el ritmo, pero Sergei temía que Khrushchev cortara la financiación de sus proyectos si parecía incapaz de terminarlos, así que volvió a la mesa de diseño con más ímpetu que nunca.

Y Gherman Titov subió también al cosmos, y las Vostok 3 y 4 se lanzaron simultáneamente y se aproximaron hasta comunicar entre sí para aprender a ejecutar ensamblajes espaciales, y luego subió Valentina Tereshkova, la primera mujer en el espacio. El Diseñador Jefe tuvo también mucho que decir en las naves Venera que viajaron con éxito a Venus, convirtiéndose en los primeros navíos terrestres capaces de alcanzar otro planeta. Y se vio implicado en las monumentales banderías político-científicas en torno al proyecto fallido para enviar una misión tripulada a la Luna, que los Estados Unidos lograron transformar en su primer gran éxito espacial. E, incluso en el proceso de este fracaso, Sergei concibió las naves Soyuz que ahora constituyen nuestra última esperanza.

En 1962 sus problemas de salud comenzaron a acumularse. Una hemorragia intestinal obligó a ingresarle de urgencias. En 1964, le diagnosticaron arritmia cardiaca en su ya muy débil corazón. Además se estaba quedando sordo, seguramente debido a su presencia en numerosas pruebas de cohetes espaciales. En diciembre de 1965, cuando la Venera 3 viajaba ya hacia el lucero del alba, le diagnosticaron pólipos intestinales. Ingresó en un hospital para operárselos, y resultó ser un tumor abdominal de gran tamaño. La intervención se complicó y el Diseñador Jefe nunca recuperó la consciencia. Su débil corazón ya no pudo resistir más. El hombre que había llevado a la humanidad de la mano a las estrellas se apagó en Moscú el 14 de enero de 1966, un mes antes de que su Luna 9 se convirtiera en el primer navío que alunizó suavemente de manera totalmente robótica, en el Océano Proceloso, y tres meses antes de que su Venera completara el primer viaje interplanetario.

La herencia que nos legó es inmensa, a pesar de su complicada y corta vida, y sus aspectos más brillantes superan con muchísimo a los más oscuros. Ahora muy bien podría estar riéndose en su tumba de la Necrópolis del Muro del Kremlin, sabiendo que sus obras triunfaron al final sobre todos sus enemigos, sobre todos sus competidores, sobre todos los mediocres, los miserables y los ciegos. Más que nadie, nos enseñó los senderos hacia el Cosmos, y durante mucho, mucho tiempo cualquier cosa que hagamos en nuestro inevitable camino a las estrellas aún llevará en sus entrañas la sombra del nombre que en vida nunca pudo dar a conocer: Sergei Pavlovich Korolev, el Diseñador Jefe.


Sergei P. Korolev (1907-1966), ingeniero, miembro de la Academia de Ciencias de la URSS.
Coronel del Ejército Rojo, doble Héroe del Trabajo Socialista, Premio Lenin, triple Orden de Lenin.
Diseñador de naves espaciales.
Спасибо, Сергей.

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domingo, 14 de febrero de 2010

Memoria de los cosmonautas perdidos.

Honor a los pioneros que nunca regresaron.

Los siguientes seres sensibles nacidos al amor de la atmósfera terrestre perdieron la vida en el transcurso de un viaje más allá de la línea Kármán y quedaron para siempre en las estrellas:

 Laika.
Unión Soviética. Primer vuelo orbital con un ser vivo, retorno no previsto.
Sputnik-2, 3 de noviembre de 1957.
Gordo.
Estados Unidos. Disparo balístico, perdido en el océano.
Júpiter AM-13, 13 de diciembre de 1958.

Vladimir Komarov.
Unión Soviética. Reentrada fallida desde la órbita terrestre.
Soyuz-1 Rubí, 24 de abril de 1967.

Georgi Dobrovolsky, Vladislav Volkov y Viktor Patsayev.
Unión Soviética. Reentrada fallida regresando de la primera estación espacial. 
Soyuz-11 Ámbar, 30 de junio de 1971.

Michael J. Smith, Dick Scobee, Ronald McNair, Ellison Onizuka, Christa McAuliffe, Gregory Jarvis y Judith Resnik.
Estados Unidos. Lanzamiento fallido hacia la órbita terrestre.
STS-51-L Challenger, 28 de enero de 1986.

David Brown, Laurel Clark, Michael Anderson, Ilan Ramon, Rick Husband, Kalpana Chawla y William McCool.
Estados Unidos. Reentrada fallida desde la órbita terrestre.
STS-107 Columbia, 1 de febrero de 2003.
Diversos lugares.

"Si muero, no sintáis lástima por mí;
habré muerto haciendo lo que más amaba."
--Vladimir Komarov.

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domingo, 7 de febrero de 2010

Soyuz, el último navío.

La retirada del transbordador y la más que probable cancelación del programa Constellation
deja sola a Rusia en el campo de las misiones espaciales tripuladas.


Quién nos lo iba a decir. Korolev debe estar meado de risa en su tumba del Muro del Kremlin. En cambio, Konstantin Tsiolkovsky quizás llore en su viejo cementerio de Kaluga; pues fue él, padre de la astronáutica, quien dijo aquello de que la Tierra es la cuna de la humanidad, pero uno no puede quedarse en la cuna para siempre. Y seguro que, por muy ruso que fuera, esto no le gustaría demasiado.

En fin. Los hechos son sencillos. Estados Unidos retirará el transbordador espacial durante este año 2010, tras treinta años de controvertido servicio. Cuando el Discovery aterrice por última vez, el 26 de septiembre según la programación, Norteamérica perderá la capacidad de mandar gente al espacio. Y, en estos momentos, no hay sustituto: Obama ha cancelado de hecho el programa Constellation, y con él la nave tripulada Orión. Sólo quedará la veterana Soyuz para dar cumplimiento al viejo sueño de la humanidad.

La cancelación del Constellation.

Hay que decirlo alto y claro: Constellation no era una idea muy buena. Era caro, era poco innovador, y por encima de ninguna otra cosa carecía de una visión clara. La parte más notoria del proyecto, el retorno a la Luna, fue más bien una de las muchas bravuconadas de la pasada Administración Bush. Volver a la Luna sería bonito pero no tiene demasiado sentido más allá de la exploración robotizada. Por el momento, las personas no pintamos gran cosa allí. No a ese precio. Es un lugar muerto. Sobrecogedoramente muerto.

Vivimos en estos momentos una enorme crisis económica que afecta de manera destacada a todo el Occidente desarrollado, y especialmente a los países que avanzaron de forma profunda por el camino de la especulación financiera e inmobiliaria. Estados Unidos, al igual que España, es uno de estos países. Sinceramente, tras el fin de la Guerra Fría nadie esperaba ver a puntales del capitalismo occidental entrando en colapso, como Citigroup, Bank of America, AIG, JP Morgan Chase, Wells Fargo o la propia General Motors. Yo aún recuerdo la época en que se decía "General Motors son los Estados Unidos". Ahora, todas estas compañías siguen abiertas sólo gracias a subvenciones a gran escala, de cientos de miles de millones de dólares pagados por los contribuyentes, en una de las maniobras intervencionistas más grandes de la historia, si no la mayor. Aún no somos conscientes de lo que todo esto significa en el medio y largo plazo.

Estados Unidos está tocado, y además está tocado en aquello que fue su bandera desde los tiempos de las reaganomics. Junto a las delirantes guerras de Iraq y Afganistan, y la masiva deuda pública que viene arrastrando desde la época del mismo Reagan, lo cierto es que a la primera potencia del mundo no le queda dinero en el cajón. Ni tampoco mucho crédito. Era, pues, casi inevitable que algunos costosísimos programas fueran radicalmente recortados bajo la nueva presidencia. Uno de ellos fue una parte significativa de los proyectos militares de alta tecnología, y de manera emblemática el caza F-22 Raptor. Otro de ellos es el Constellation, que incluye a la nave Orión. Así, desaparecen las posibilidades norteamericanas de mandar humanos al espacio. Sí, quién nos lo iba a decir.

Algunos congresistas y senadores tanto demócratas como republicanos han anunciado que tratarán de rescatar al menos una parte de él, pero va a estar complicado. Si no hay perras, no hay perras. Por el momento, la propuesta presidencial de presupuestos para 2011 no contiene ninguna financiación para el Constellation o la Orión. Así la NASA se queda, de hecho, sin una perspectiva clara de futuro en vuelos tripulados, pero también enormemente recortada en los no tripulados. Los beneficiarios, en apariencia, son pequeñas empresas privadas que aspiran a hacerse un hueco en la industria espacial. Pero no es cierto. Estas empresas son poco más que aficionados, a años luz de sus grandes competidores estatales. A años luz, sobre todo, de Roskosmos y sus naves Soyuz.

Roskosmos.

Roskosmos (Роскосмос, contracción de Rusia –Россия–  y Cosmos –Космос–) es el nombre común del gigantesco conglomerado espacial que viene siendo la Agencia Federal Espacial Rusa. En ella se engloban todas las oficinas de diseño y centros tecnológicos de lo que antes fue el programa espacial soviético. A grandes rasgos, siguen siendo los mismos tipos que asombraron al mundo una y otra vez con el Sputnik, Laika, Gagarin y la Mir, entre otros muchos grandes éxitos y algún fracaso sonoro. Esos tipos –y algunas tipas– saben hacer naves espaciales. Según muchos, son los mejores del mundo haciendo naves espaciales.

Esto no es ninguna clase de favoritismo. Incluso durante la catástrofe económica que siguió a la desintegración de la Unión Soviética, Roskosmos siguió haciendo cohetes, siguió mandando naves al espacio y hasta fundó (aunque con dinero extranjero) la Estación Espacial Internacional –cuyo concepto, así como los módulos fundamentales Zarya y Zvezda, vienen a ser una variante de la tecnología utilizada para las Salyut y la Mir–. Sería absurdo entrar en una disputa guerrafriísta entre la NASA y Roskosmos, pero es difícilmente discutible que Roskosmos inventó, aplicó y explota mucho más de la mitad de todo lo que sabemos sobre las maneras de viajar al espacio.

Y por ese motivo, Roskosmos sigue siendo –y va a seguir siendo durante muchos años– el líder del mercado mundial de lanzamientos espaciales comerciales. Simplemente, cuando alguien necesita poner algo en el espacio por poco dinero y con mucha seguridad, llama a sus puertas a menos que medien condicionantes políticos o militares. En el periodo 2004-2008, Roskosmos realizó el 42% de los lanzamientos comerciales mundiales, seguido muy de lejos por la Agencia Espacial Europea (21%), los Estados Unidos (17%), cooperaciones internacionales (18%, frecuentemente usando sistemas e instalaciones rusos) e India y China, con un 1% cada una (fuente: FAA).

En torno a sus centros científicos e industriales, a los cosmódromos de Baikonur, Plesetsk y Kapustin Yar, y el futuro en Vostochny, antes la URSS y ahora Roskosmos han creado un inmenso complejo espacial que prácticamente trabaja en serie, a razón de un lanzamiento cada doce días, más o menos.

Soyuz.

Las actuales naves tripuladas Soyuz-TMA, así como su variante de carga automatizada Progress-M, tienen poco que ver con la Soyuz-1 donde murió Vladimir Komarov, el primer ser humano que perdió la vida en el espacio. Pese a este luctuoso suceso y al desastre de la Soyuz-11, en la que perecieron los otros tres cosmonautas perdidos en vuelo durante el programa espacial soviético, estas naves de aspecto un poco extraño han resultado ser nuestras mejores cabalgaduras para viajar al espacio.

El complejo Soyuz (en ruso Союз, que significa "Unión") nació allá por 1963, con el objeto de convertirse en una nave ligera para viajar a la Luna sin necesidad de cohetes tan grandes como el Saturno V o el fallido N-1. Cuando los Estados Unidos se cobraron la victoria en la Luna con el Apolo 11, se transformó en una nave de propósito general. El primer vuelo con éxito tras la muerte de Komarov fue la misión doble Soyuz-4 y Soyuz-5, para realizar un acoplamiento tripulado en la órbita de la Tierra, en enero de 1969; aunque no sin un incidente que terminó con el cosmonauta Boris Bolynov pasando una noche helada en casa de un campesino, con los dientes rotos y a cientos de kilómetros de su punto de aterrizaje previsto. Desde entonces se han lanzado casi cien más, la mayor parte de las cuales cumplieron su misión sin novedad.

Las Soyuz, que se suelen lanzar con un cohete del mismo nombre –lo que a veces induce alguna confusión en los medios–, son naves de 7.250 kg con capacidad para tres ocupantes y cien kilos de carga. En gran medida, el comandante (que es siempre ruso) desempeña la función de piloto y los otros dos cosmonautas son pasajeros con destino a algún lugar (típicamente, la Estación Espacial). Se compone de tres módulos, dos habitables –el orbital, esférico, que le da su forma característica; y el de reentrada para el regreso– y uno técnico, donde se hallan los sistemas tecnológicos, los equipos de apoyo, los impulsores y los paneles solares. Quienes van a bordo disponen de nueve metros cúbicos de espacio vital, más o menos como en la caja de un furgón. En la actualidad, las Soyuz vienen equipadas con mandos digitales completos y cabina de cristal.

En principio, una nave Soyuz puede viajar a cualquier lugar de aquí a la Luna y establecerse en una órbita allí; sin embargo, en la práctica, se usan como ferries a las estaciones espaciales (antes a las Salyut y Mir, y ahora a la ISS). Pues, a fin de cuentas, esta es la principal aplicación presente de los vuelos tripulados humanos.

Y entonces, ¿para qué sirve mandar gente al espacio?

Los vuelos tripulados tienen sus críticos. Aseguran que es demasiado caro y se obtienen pocos resultados; sobre esta base, la Administración Bush planteó terminar el proyecto de la Estación Espacial Internacional para 2016. Sin embargo, la misma comisión que recomendó cancelar el Constellation y la Orión propone también prolongar la vida de la ISS hasta 2020 como mínimo. Rusia ya ha notificado que, en caso de que este proyecto conjunto se rompa, quiere recuperar la Zarya y la Zvezda para una futura estación espacial propia llamada provisionalmente OPSEK.

Más allá de su valor propagandístico, la presencia humana en el espacio sirve sobre todo para desarrollar ciencias y tecnologías que nunca surgirían de otra manera, y para aprender a vivir en el espacio. Aunque en estos tiempos resulte difícil verlo, el futuro de la humanidad está en las estrellas, como soñó Tsiolkovsky y todos los genios que vinieron después.

Adicionalmente, la baja productividad científica de la ISS obedece fundamentalmente a cancelaciones precedentes, que limitan sus experimentos a lo que se puede hacer sin equipo pesado especializado. Específicamente, la cancelación del CAM fue devastadora. El presupuesto de Obama para 2011 incluye la construcción y lanzamiento de una nueva CAM, que multiplicará por mucho el rendimiento científico de la Estación Espacial Internacional.

China, por su parte, sigue adelante con su programa Shenzhou (que es, básicamente, un rediseño sobre la base de la Soyuz); de momento, ya han puesto en órbita a seis taikonautas, en lo que viene a ser una reproducción paso por paso del programa Soyuz original. Aparentemente, han decidido que esa es la mejor forma de aprender a ir al espacio.

Europa ha tratado muchas veces de sumarse a los vuelos tripulados con tecnología propia y en colaboración con Rusia, pero hasta el momento no lo ha conseguido (o no se lo ha propuesto con la suficiente intensidad). Después de que Estados Unidos dejara tirada a Europa con el Costellation y la Unión Europea dejara tirada a Rusia con el Kliper y luego con el CSTS para apostar por un diseño propio basado en el carguero ATV que de momento permanece en el limbo de los burócratas, Rusia ha decidido seguir adelante en solitario con una nueva nave tripulada "capaz de ir hasta la Luna y más allá" denominada, por el momento, PPTS. Esta PPTS sería, pues, la sucesora de la Soyuz... y, en estos momentos, el único proyecto para el futuro del vuelo tripulado humano al espacio. Que será, aunque en estos tiempos de decadencia nadie sabe cuándo.

Impresión artística de la futura nave tripulada rusa PPTS.

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