Diez años después del primer borrador del genoma humano,
pocos de los avances médicos que se le supusieron han visto la luz.
En biología, en cambio, ha representado una auténtica revolución.
Vamos a ser sinceros: se hicieron unas cuantas promesas pelín entusiastas. Se habló de que en una década podríamos establecer y eliminar el origen común de numerosos males como el cáncer, las enfermedades mentales o los trastornos degenerativos. De que se abriría una era de diagnósticos, tratamientos y fármacos personalizados para cada ser humano en particular. Desaparecerían las malformaciones hereditarias, detendríamos el envejecimiento, accederíamos a un nuevo tiempo donde la enfermedad y la vejez comenzarían a ser cosa del pasado. Se escribieron incontables artículos sobre los riesgos éticos del control sobre el ADN, de las patentes genéticas y los habituales aficionados al síndrome de Frankenstein nos previnieron una y otra vez sobre los peligros de jugar a Dios. El entonces presidente de los Estados Unidos, Bill Clinton, declaró que la decodificación del genoma "revolucionará la diagnosis, prevención y tratamiento de la mayoría, si no todas las enfermedades humanas." Francis Collins, director de la agencia genómica de los Institutos Nacionales de Salud, profetizaba que en diez años tendríamos diagnosis genética de las enfermedades y en cinco años más, los primeros tratamientos. Las corporaciones farmacéuticas destinaron miles de millones de dólares a toda clase de investigaciones asociadas, dando por sentado que los recuperarían con creces de manera inminente.
Bien... ha pasado esa década desde que el Proyecto Genoma Humano –de titularidad pública– y el programa privado de Celera Genomics publicaron el primer borrador de nuestro ADN. Y siete desde que se dio por completado a grandes rasgos. Sin embargo, no parece que estas promesas se hayan cumplido en ningún grado significativo. En realidad estamos un poco como estábamos, con numerosos avances en las ciencias médicas pero ninguna revolución genética digna de mención. El actual director del Instituto Nacional del Cáncer de los Estados Unidos, Harold Varmus (premio Nobel), publicaba recientemente en el New England Journal of Medicine que "sólo un puñado de cambios importantes –algunos tratamientos genéticos específicos para unos pocos cánceres, algunas terapias novedosas para unas pocas tendencias mendelianas y algunos marcadores genéticos fuertes para monitorizar la respuesta a los medicamentos, el riesgo de enfermedades o el riesgo de progresión de enfermedades– se han incorporado a la práctica médica rutinaria." Nicholas Wade, redactor científico del New York Times, lo ha resumido con las siguientes palabras: "tras diez años de esfuerzo, los genetistas están casi de vuelta a la primera casilla en la búsqueda de las raíces de la enfermedad."
La verdad es que, por el momento, cualquiera diría que estamos ante una desilusión. A pesar de los excesos en relaciones públicas, parecía bastante lógico suponer que la lectura del genoma humano conduciría a algunas transformaciones radicales en las ciencias médicas. Los únicos que manifestaron algunas dudas al respecto fueron los partidarios de las hipótesis ambientales de la enfermedad, que denunciaban un cierto fundamentalismo determinista genético en todo este asunto; y seguramente no les faltara su parte de razón, pero aún así se deberían haber conseguido bastantes más cosas. ¿Qué ha ocurrido? ¿Qué falló? Y, ¿hasta dónde falló?
Proyecto Genoma Humano.
La idea original de decodificar nuestro ADN entero surgió en el Departamento de Energía de los Estados Unidos, cuyos intereses y laboratorios llegan mucho más lejos que la mera gestión energética nacional, a mediados de los años '80. En un informe de 1987, este ministerio ya declaraba que su intención era "crear un mapa físico del genoma humano" y en último término "entenderlo", pues "el conocimiento del genoma humano es tan necesario para el progreso continuo de la medicina y otras ciencias de la salud como el conocimiento de la anatomía humana lo ha sido para el estado presente de la medicina." El proyecto, con un presupuesto de tres mil millones de dólares, se inició en 1990 como una cooperación internacional donde también participaron el Reino Unido, Francia, Alemania, Japón, China e India.
La cosa parecía tan prometedora que en 1998 se incorporó la iniciativa privada de Craig Venter, al mando de Celera Genomics, con un presupuesto diez veces inferior (aunque hizo un poco de trampa, incorporando todos los resultados ya producidos por el Proyecto Genoma Humano que estaban disponibles al público a través de GenBank). El caso es que se produzco una especie de carrera durante las últimas etapas de la investigación, que ganó la iniciativa pública por poco, el 7 de julio de 2000.
A pesar de que estas cifras de miles de millones de dólares resultan mareantes, lo cierto es que salió muy barato. Con frecuencia, el desarrollo de un solo medicamento a manos de una compañía farmacéutica necesita diez años de investigación y unos mil millones de dólares. Leer el genoma humano entero en esos mismos diez años y por tres mil millones no parece ninguna exageración, sobre todo si tenemos en cuenta que hubo que desarrollar tecnologías completas que no existían al iniciar el programa: sólo estas tecnologías ya valen mucho más que tres mil millones. Vamos, que el asunto no fue un desparramo económico y de hecho ha generado bastantes beneficios. Pero, ¡tan lejos de lo que soñábamos...!
Todos distintos, todos iguales.
Varmus ha resumido la situación actual con singular precisión y brillantez: "la genómica es una forma de hacer ciencia, no medicina." En efecto, la secuenciación de nuestro ADN nos ha proporcionado un tesoro de inmenso valor para la biología... cuyas aplicaciones médicas prácticas son todavía muy limitadas. Hemos leído el genoma pero, honestamente, aún no lo hemos comprendido. No lo bastante.
Y es que presenta muchas cosas notables y maravillosas... y diabólicamente complejas de entender. Por ejemplo, el número de genes capaces de expresarse en forma de proteínas es de tan sólo 23.000, cuando los gusanos redondos –supuestamente mucho más básicos que nosotros– presentan 20.000 (cuando se esperaban más de 100.000). La inmensa mayoría del genoma parece ser ADN basura (más técnicamente: no codificante) cuya función es en el mejor de los casos auxiliar y en muchas ocasiones nula, abandonado ahí por la evolución a lo largo de cientos de millones de años; en pruebas con ratones, cuando se retira parte de este "código inútil", no les pasa absolutamente nada. Otras partes del ADN no codificante contribuyen a la transcripción de ARN de maneras que aún no se comprenden bien. La similitud genética entre todos los seres humanos hereditariamente sanos es del 99,5% o superior. El parecido con el chimpancé es tan grande (en torno al 96%) que han surgido voces a favor de incluirlos en el género homo (o a nosotros en el pan). Y con el resto de primates la diferencia no es mucho mayor.
La hipótesis –quizá conjetura– más popular en tiempos recientes es que las diferencias entre seres humanos y entre sus posibilidades de contraer o desarrollar una enfermedad no se corresponden con uno o dos fallos o variaciones en el ADN, sino con una secuencia de complejísimas interacciones entre estas diferencias sutiles; lo que, obviamente, dificulta la posibilidad de identificarlos y corregirlos. Por su parte, los ambientalistas (partidarios de que las diferencias entre seres humanos y su propensión a las enfermedades están mucho más relacionadas con el entorno que con los genes) han encontrado una ocasión única para avanzar su opinión, mediante el sencillo argumento de que estas hipótesis o conjeturas deterministas no pasan de meras especulaciones con los datos actuales del genoma en la mano. Esto se les puede discutir con las enfermedades que tienen un componente hereditario más claro incluso a pesar de vivir desde la infancia en entornos distintos, pero sin duda resulta difícil ahora mismo con aquellas donde ese elemento hereditario es menos seguro. A la luz de lo (poco) que sabemos en estos momentos, este debate no se saldará pronto.
La fiesta de los biólogos.
En términos biológicos más generales, en cambio, la secuenciación del genoma humano y de otras especies ha significado un avance sin igual. A fin de cuentas, no nos podríamos plantear seriamente nada de todo esto si no hubiéramos empezado por leer el ADN, lo que ya constituye un enorme progreso en sí mismo. La ingeniería genética o la biología molecular contemporáneas serían incomprensibles sin los resultados de estos proyectos, que también representan una referencia esencial para la proteómica. En realidad, todo lo que hagan los biólogos a partir de ahora y para siempre estará marcado por este conocimiento antes oculto. Y, conforme vayamos sabiendo más y más, se irá extendiendo a la medicina; aunque quizá no de las formas que supusimos al principio, cuando aún éramos más ignorantes.
Así que, como decía mi abuela, ni tan calvo ni con siete pelucas. La secuenciación del genoma humano ha representado un importantísimo avance biológico con aplicaciones secundarias en la medicina del presente, que muy probablemente se irán incrementando conforme aprendamos más. En cierto modo ha sido una desilusión, pero sólo porque Mamá Naturaleza nos tenía reservado un rompecabezas aún más complejo y fascinante dentro de cada una de nuestras células. Y, sin duda, ha sido un principio: el nacimiento de las ciencias biológicas futuras, con todas las implicaciones médicas que ello supone y supondrá. Como siempre, la ciencia avanza hasta cuando se equivoca; nos equivocamos haciendo promesas exageradas hace diez años, pero el resultado es que ahora sabemos mucho más y mucho mejor. El progreso no es siempre una línea recta, sino un montón de caminos retorcidos que incluyen ocasionalmente alguna vuelta atrás. En el largo plazo, la lectura del ADN se recordará como un gran hito y el momento en que comenzamos a comprendernos a nosotros mismos, profundamente, mejor.
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