Robótica (I)
Lo que para mí tiene su miga: pertenezco a la última generación que pudo leer a Isaac Asimov cuando aún vivía Isaac Asimov; me crié viendo Mazinger Z en una tele en blanco y negro que luego fue de color; y fui a ver La Guerra de las Galaxias con su R2D2 y C3PO –eso que ahora llaman Star Wars– de la mano de mi padre la misma semana en que la estrenaron por estos lares de aquí. Podrás imaginar fácilmente que cuando surgió la posibilidad de trabajar entre robots de verdad y encima cobrar dinero por ello la oferta se me hizo difícil de resistir. Qué demonio; mi jefe de entonces nunca lo supo, pero habría aceptado el curro a cambio de un catre y un plato de lentejas. Bueno, o casi.
Los robots de verdad no se parecen a C3PO. Ni siquiera a R2D2. Y mucho menos a Mazinger Z. Son, generalmente, brazos robóticos que constituyen parte de las líneas de producción industrial, aunque los hay de otros tipos y con otras funciones. Recuerdan, eso sí, a Terminator; no en su aspecto físico, sino en su carácter: una máquina que repite obsesivamente la función que tiene asignada, llueva, truene o haga calor, sin parar ni respirar. Con una fuerza capaz de partir a un hombre por la mitad sin grandes dificultades.
Hoy por hoy, todavía no son muy listos, la verdad. Es preciso programarles cada movimiento, cada acción, interconectados con el funcionamiento del resto de la línea. Difícilmente un robot industrial contemporáneo podría protagonizar alguna de esas películas donde las máquinas se rebelan contra los humanos. El principal riesgo para las personas son los accidentes laborales: si algún imprudente comete el error de penetrar en el radio de acción de un robot activo saltándose las protecciones, corre el peligro de que un súbito revés le rompa todos los huesos como ni siquiera Mike Tyson habría sido capaz de hacerlo en sus buenos tiempos.El robot industrial es, por lo común, una máquina parcialmente autónoma con su propio sistema controlador. En la imagen de la derecha puedes ver a este que te escribe programando movimientos a un Fanuc M-410 de cuatro ejes y dos toneladas, con un alcance de más de tres metros. Ya disculparás que me haya tapado la cara, pero lo prefiero así y tampoco te pierdes nada. El dispositivo que tengo en las manos es –como ya habrás supuesto– el mando, conectado a un armario de control que no se ve en esta foto. El mando es en realidad una consola de programación que permite también mover el robot y especificarle todas las acciones. El lenguaje de programación se parece bastante a un BASIC o un Pascal de los antiguos.
Programarlos, sobre todo si el ingeniero de turno ha hecho bien su trabajo al diseñar la línea, es relativamente fácil. La parte más delicada y difícil –al menos para mí– fue siempre describirle los movimientos y trayectorias que deberá recorrer una y otra vez para realizar su función, sobre todo cuando es preciso que lo haga de manera coordinada con otros robots; movimientos a realizar en el mínimo tiempo posible. Más que una técnica, es un arte, o una extraña forma de competición contra los tiempos y ciclos de producción. Los robots son caros, y el cliente prefiere evitar la compra de unidades adicionales si puedes asegurarle la máxima productividad con los mínimos posibles.
Este trabajo conlleva su responsabilidad, pues además de las posibles pérdidas de producción y competitividad futuras para el cliente si lo has hecho mal, es hasta cierto punto sencillo que un error de programación o una señal incontrolada provoque una colisión del brazo robot contra otro o contra cualquier objeto dentro del radio de acción. Esos objetos, lamentablemente, suelen ser maquinaria igualmente costosa. Aunque el robot va provisto de numerosos limitadores de movimiento por hardware y software, su propósito es interactuar con el mundo real, y en el mundo real hay cosas con las que se puede chocar. Dependiendo de lo que haya alrededor, no es difícil hacer daños valorados en mucho dinero (o, en el peor de los casos, lesionar a algún desprevenido que pase por allí). Por ello, requiere paciencia y método. Con paciencia, método y un buen diseño de ingeniería base, cualquier persona puede aprender a manejar y programar robots bastante bien. Es un trabajo bonito, desafiante, exigente y con frecuencia bien pagado.
Y, sobre todo, podrás llamarte "robotista", como en las novelas de Asimov. Lo que, al menos para este que te escribe, no es moco de pavo; aunque haga ya algún tiempo que no le pone las manos encima a ninguno de estos amigos de metal.
Dos robots Fanuc M-16 de seis ejes programados por el autor trabajando en coordinación para una industria alimentaria, pasando pastitas calientes de la cinta de un horno a un conformador, y de ahí a una cinta enfriadora/transportadora para su embalaje. Esta tarea es más difícil de lo que parece, pues se trata de un producto extremadamente delicado que se vuelve crujiente en el conformador y se daña con facilidad. ¡Qué buenas!
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