Es en días duros como hoy —escribo con la sangre de dos funcionarios públicos aún caliente sobre las calles mallorquinas— cuando es más importante recordar quién somos, qué somos y cómo hemos llegado hasta aquí. Pues es en días duros como hoy cuando nos hierve la sangre y los demagogos hacen su agosto, apelando a nuestros instintos más bajos, a lo peor de nosotros, a nuestro miedo, a nuestro odio y a nuestro afán de venganza. A todo aquello que nos convierte en ratonil turba de linchamiento. En cobardes y descerebrados, vaya.
Es en días duros como hoy cuando debemos tragar saliva, apretar los puños y mirar al cielo. Y recordar nuestra apuesta colectiva esencial por la convivencia, por la libertad, por la democracia y por la paz con justicia. Y para que todo esto sea posible, hemos de reafirmarnos en unos valores fundamentales, que son los valores mejores y más depurados de toda la filosofía occidental: los derechos humanos. Quienes se llenan la boca con Occidente o con supuestas crisis de valores pero olvidan o incluso desconfían de los derechos humanos, están hablando de paja y humo. Pues esos son, precisamente, los valores de Occidente como civilización: aquellos que nos hemos puesto de acuerdo libremente en respetar y defender.
Nadie se engañe. Los derechos humanos son la expresión más desarrollada del conjunto del pensamiento occidental. Sin ellos no somos nada, sin ellos nunca habríamos llegado hasta aquí, sin ellos queda abierto el camino del totalitarismo, el abuso, el atraso y la opresión.
Los derechos humanos no nacieron en Occidente, sino en lugares como Mesopotamia, la India o el Califato Islámico antiguo. Pero sí fue en Occidente donde cuajaron, perduraron y terminaron convirtiéndose en fundamentales y universales, no sin lucha ni poca sangre. Ya en 1215 la Magna Carta, en Inglaterra, limitó los poderes del rey e introdujo los principios del habeas corpus: el derecho a apelar eficazmente contra la detención ilegal. El habeas corpus es la primera y más esencial de las garantías de libertad, y por ello todos los aspirantes a tirano han tratado de diluírlo, deslegitimarlo o suprimirlo.
Si un puñado de tiranos asesinos insignificantes, cobardes y descerebrados nos convierten en tiranos asesinos insignificantes, cobardes y descerebrados, ellos han ganado. Eso es algo que no nos podemos permitir. Nosotros sí tenemos mucho que perder.
Lee la Declaración Universal de los Derechos Humanos, el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, o la Convención Europea de Derechos Humanos.
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