La pizarra de Yuri: catolicismo
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domingo, 18 de julio de 2010

El origen de Dios.

En el siglo XXI, casi cuatro mil millones de personas
adoran a una amalgama de antiguos dioses cananeos.

El complejo religioso más importante de nuestro tiempo es, sin duda, el sistema monoteísta de cultos abrahámicos. Cristianismo e islam, originados en el judaísmo, declaran en la actualidad unos 3.600 millones de seguidores y aumentan constantemente con el incremento de la población mundial. El papel de estas creencias en los sucesos y conflictos del presente, desde finales de la Guerra Fría, no puede ser más evidente y relevante. Pero, ¿de dónde proceden? ¿Qué clase de deidad es esta? ¿Cómo surgió el dios de las religiones abrahámicas?

De los judíos antiguos.

El Éxodo no ocurrió.

Sí, ya, es una pena porque la historieta mola un montón y la superproducción de Hollywood era la caña. Pero todos los indicios históricos y arqueológicos apuntan a que nunca hubo una gran masa de judíos en Egipto, ni saliendo de Egipto, ni viajando por el Sinaí durante no sé cuántos años. Y menos los 603.550 "aptos para la guerra" que díce Números 1:46, o los 600.000 "hombres de a pie, sin contar los niños" (y es de suponer que tampoco las mujeres y niñas...) indicados en Éxodo 12:37, lo que bien podría sumar unos dos millones de personas en total.

Se da la circunstancia de que los escribas egipcios eran como una especie de contables germánicos con trastorno obsesivo-compulsivo, que tomaban nota de todo y guardaban copia de todo. Y en toda la historia egipcia no aparece una sola referencia, ni siquiera indirecta, a un hecho de semejante calado: la emigración súbita del 66% de su población aproximadamente (el Egipto Antiguo tenía una población de unos tres millones de personas en torno al periodo del Imperio Nuevo y de aproximadamente siete millones hacia el final de su existencia). De hecho, ni siquiera mencionan la presencia notable de judíos en Egipto; en realidad, sólo hablan de ellos como otro pueblo periférico más. Lo más parecido es una vaga referencia a algo remotamente similar a una "plaga", tema al que los antiguos eran muy aficionados –y los modernos también–.

Tampoco existe registro arqueológico alguno sobre una masa humana semejante moviéndose por los desiertos del Sinaí durante décadas (y menos aún en las poblaciones que dice la Torá), ni manera de cuadrar al Faraón del Éxodo con ninguno de la realidad (salvo en los habituales ejercicios de fantasía), ni por cierto forma alguna de trazar el texto original antes de mediados del primer milenio antes de nuestra era.

De hecho, resulta bastante obvio que el Éxodo no es sino un mito de fundación nacional hebreo –como hay tantos otros–. Si ocurrió algo remotamente parecido que pudiera inspirar a sus autores, desde luego no fue en el segundo milenio aC (como debería ser para constituir la fundación de Israel) sino en el primero, cuando Israel ya llevaba existiendo un tiempo. La política del Éxodo es del primer milenio, no del segundo. La geografía del Éxodo es del primer milenio, no del segundo (en el segundo no existían aún muchas de las localidades indicadas por la Torá). Y la necesidad del Éxodo es del primer milenio, no del segundo: a partir del exilio en Babilonia, en torno al siglo VI a.C. Que es, por cierto, cuando se funda la religión judía que conocemos: no se puede trazar ninguno de sus textos hasta fechas anteriores al siglo V a.C. Y muy probablemente su forma completa actual ni siquiera sea anterior al II.

Nunca hubo cruce del Mar Rojo, maná lloviendo de los cielos, Tablas de la Ley, Diez Mandamientos, Arca de la Alianza, becerro de oro ni cosa parecida. Es muy posible que ni siquiera hubiese Rey Salomón o Primer Templo de Jerusalén (no con la significación que nos han contado, al menos). Lo que sí hubo fue un conglomerado de pueblos canaanitas en el llamado complejo cultural del Levante, vinculados a Asiria y Mesopotamia por un lado, a Egipto por el otro y a Turquía y las islas griegas por vía marítima. La cultura de los yacimientos israelitas más tempranos es canaanita, sus objetos sagrados son los del panteón canaanita, la cerámica pertenece a la tradición local canaanita y el alfabeto es canaanita temprano. La única diferencia entre los poblados israelitas y el resto de los cananeos es la ausencia de huesos de cerdo, aún no se sabe bien por qué (pero sin duda recuerda a las prohibiciones del judaísmo y el Islam). Más allá de toda duda razonable, uno o una mezcla de estos pueblos canaanitas se encuentran en el origen de los hebreos modernos.

Estos pueblos canaanitas compartían los mismos dioses, y de manera notable uno llamado Ēl, que también era el término genérico para "deidad": un dios anciano, muchas veces representado con barba, que aparece a menudo sentado en su trono. Se encuentra más comúnmente citado en plural, Elohim, pues los canaanitas eran fundamentalmente politeístas. No, no es un plural mayestático. Es politeísmo: los dioses.

Ēl, Elohim, Alá.

Mira que nos habrán dado la brasa con los Rollos del Mar Muerto, y qué poquito se ha hablado de las culturas ugarítica y eblaíta, que nos legaron un enorme registro documental sobre los pueblos canaanitas del tercer y segundo milenio: exactamente cuando empezaba a formarse esta religión judía de la que posteriormente se derivaría el cristianismo y el Islam. Resulta que los Elohim bíblicos eran ya deidades ugaríticas, eblaítas y de los demás pueblos de la región. En el panteón levantino, estos Elohim son los setenta hijos de Ēl, un conglomerado de deidades venerados en toda la zona desde tiempos prehistóricos. Y, muy notablemente, con un claro componente acadio-babilónico.

Ēl, singular de Elohim, ya aparece presidiendo la lista de dioses en las ruinas de la Biblioteca Real eblita (yacimiento arqueológico de Tel Mardik), allá por el 2.250 a.C. Eso es mucho antes de que nada llevara el nombre de Israel o el adjetivo de judío (y no digamos cristiano o musulmán): hablamos de los contemporáneos del Imperio Antiguo de Egipto, cuando las pirámides aún estaban seminuevas. Ēl, un dios-toro, es a su vez un cognado del acadio Ilu o Ilum y se trata probablemente del mismo dios que Baal-Hammon, al que los fenicios –otros canaanitas– sacrificaban a sus bebés quemándolos vivos ante Moloch.

Todas estas palabras, en realidad, son versiones modernas sobre cómo se pronunciaban esas cosas. Porque la realidad es que estos idiomas semíticos y protosemíticos se han escrito de siempre sólo con consonantes. Y cuando se escriben sólo con consonantes –que es como se hacía– todos resultan idénticos entre sí: variantes sobre las raíces 'L y L-M. Ēl, Elohim, Eli, Ilah, Ilu, Ilum y demás expresiones divinas no son sino expresiones diversas de 'L y L-M: el dios, los dioses.

Estas raíces protosemíticas no sólo viajan hasta nuestro tiempo a través de los Elohim de la Torá y el Antiguo Testamento, o el Eli del nuevo, sino también por la vía de las culturas árabes que se desarrollaron en el mismo territorio y sus alrededores. El dios de los musulmanes es el mismo dios abrahámico que el de cristianos y judíos; y el nombre del dios se transporta mediante esta raíz L, transformándose en Alá (que significa, exactamente... Dios). La famosa shahada del  Islam "no hay más dios que Dios y Mahoma es su mensajero" empieza literalmente: lā 'ilāha 'illā-llāhu...; o sea, no hay más iLah que aLá. Islam, por supuesto, procede asímismo de la raíz semítica S-[L-M], y significa "sumisión [a Elohim]").

Yavé.

Sin embargo, judíos y cristianos aseguran que su Ēl tiene otro nombre más, y que este nombre es Yavé, Yahvéh, Yehová (Jehová) o cualquier otra invención sobre el tetragrámaton hebreo YHWH. Normalmente, lo que hacen es combinar YHWH con distintos juegos de vocales sacados de Elohim o Adonai ("Señor"). Pero por lo que yo sé, se podría decir también Lloví (decorado como Yohvíh), Lleva (Yehvah), Llave (Yahveh) o cualquier otra combinación al uso; porque, supuestamente, el nombre de su dios era tan, tan sagrado y tan, tan secreto que la forma original se ha perdido. Esto, por lo que se ve, es muy importante y los distingue del resto de seguidores del antiguo dios-toro levantino; además, es un término en singular y así se aleja del incómodo y cananeo plural politeísta Elohim.

El origen de este nombre YHWH es más oscuro pero no más exclusivo en territorios levantinos que los muy vulgares Elohim. Para empezar, ya en el mismo Antiguo Testamento aparece cincuenta veces en una variante más corta, normalmente pronunciada Jah o Yah (YH): veintiséis en solitario y veinticuatro como parte de la palabra aleluya (alelu-yah, "alabad a Yah"). Se dan tres circunstancias curiosas. La primera es que los textos bíblicos donde aparece predominantemente tienden a contarse entre los más antiguos (como Salmos o el Cantar de los Cantares), lo que sugiere una forma primitiva del nombre. La segunda es que existía un antiguo dios lunar egipcio que se llamaba también Yah, y los egipcios mandaron mucho en Canaán durante varios periodos importantes de su historia (con una influencia extensiva en sus regiones meridionales...). Y la tercera es que la raíz consonántica YW (Yav) aparece ya en la Épica de Baal ugarítica y en varios textos eblaítas como una variante sobre el dios del mar Yam.

Pero dejémonos de especulaciones. Este dios YHWH es un dios meridional de los edomitas, otro pueblo semítico que vivía por la parte del Desierto del Négev y que finalmente fue asimilado a los judíos. Hay arqueólogos notables que afirman haber identificado a YHWH en textos egipcios referidos a los shasu, un pueblo beduino de ganaderos nómadas que rondaba en torno a estos desiertos, pero otras personas opinan que esta palabra YHWH hace referencia a sus campamentos (lo cual no es necesariamente exclusivo). En todo caso estamos ante un dios levantino meridional surgido en los territorios por donde antiguamente vagabundeaban los shasu y luego trabajaban el cobre los edomitas... que, curiosamente, están por la parte del Sinaí, donde según la versión bíblica este nombre inefable "le fue revelado a Moisés". El primer texto donde aparece este dios YHWH de los judíos es una estela moabita conservada en el Museo del Louvre, y no sale muy bien parado: relata cómo los han derrotado y cómo las copas sagradas de YHWH son arrastradas ante un dios de Moab.

(Clic para ampliar)

En todo caso, resulta bastante obvio que el dios de los antiguos judíos es una mezcla del dios-toro supremo común a todos los pueblos canaanitas, Ēl (en su forma politeísta Elohim), y un oscuro dios secundario de los territorios meridionales absorbido en algún momento de su historia. En la práctica, no hay ninguna diferencia notable entre el Ēl levantino venerado por ugaríticos o eblaítas y el Ēl-Yahvéh adoptado por los judíos. Esta vieja deidad canaanita es la que siguen adorando casi cuatro mil millones de personas en el siglo XXI.

La diosa desaparecida.

Sí, eso de la diosa está muy de moda en la literatura comercial, pero todos los dioses antiguos tenían sus correspondientes diosas; y Ēl-Elohim-Yahvéh no fue una excepción. En el conglomerado cultural levantino, la diosa-madre de Ēl era Asherah, también conocida bajo otras variantes como Ashratu o Atirat. En la Épica de Baal ugarítica, Asherah es la creadora de los Elohim.

Asherah aparece en la Biblia, y muy específicamente en el Libro 2º de Reyes, donde se explica cómo destruyen su culto y queman "todos los objetos que se habían hecho para Baal, para Asherah y para todo el ejército de los cielos" (2 R 23:4-7) durante lo que parece ser el relato de una violenta represión monoteísta en plan talibán volando Budas (bueno, peor...). En otros puntos aparece traducida como un cipo que no debe ser plantado junto al templo de Yahvéh.

Y es que parece que el culto a Asherah como diosa consorte de Ēl-Elohim-Yahvéh era generalizado entre los judíos antiguos; existe un extenso registro arqueológico al respecto, y de hecho cualquiera diría que se trataba de una diosa muy popular antes de que los monoteístas pasaran todo por la espada y el fuego. Tampoco vayamos a idealizar según qué cosas: existe una posibilidad cierta de que a Asherah le fuera lo del sacrificio humano tanto como a su nuera Anat/Tanit, que según dicen se ponía cachonda oliendo a menor cocinado (o cocinada) en el Tophet. La verdad es que entre una panda de politeístas dispuestos a sacrificarte un churumbel para aplacar a la diosa y una panda de monoteístas dispuestos a sacrificar a todo el mundo para imponer lo suyo, me quedo con un AK-47 y salga el sol por Antequera. Sí, el pasado era un asco.

Pero lo cierto es que Asherah le encantaba a los judíos antiguos, decía, como demuestran numerosos hallazgos arqueológicos. Incluso se conservan inscripciones donde se la vincula directamente a Yahvéh, como un óstracon del siglo VIII aC descubierto por arqueólogos israelíes en 1975 donde se lee "yo te bendigo por YHWH de Samaria y Su Asherah" (yacimiento de Horvat Teman). Otro, de Khirbet el-Kom (cerca de Hebrón), pone: "Bendito sea Uriyahu por YHWH y Su Asherah; de sus enemigos le salvó!". Todo esto puede que suene a algunos un tanto herético, pero son descubrimientos avalados por arqueólogos de gran prestigio como Israel Finkelstein –profesor y ex-director del Departamento de Arqueología de la Universidad de Tel Aviv, co-director de las excavaciones de Megiddo y probablemente el mayor experto vivo en las Edades del Bronce y el Hierro hebreas– o Neil A. Silberman, del Departamento de Arqueología de la Universidad de Massachusetts. A quienes, por supuesto, los literalistas bíblicos y otros fanáticos por el estilo no pueden ver ni en pintura.

Copia del óstracon de Kuntillet 'Adschrud (Horvat Teman, Sinaí, Sur de Israel). En la inscripción (hebreo antiguo) se lee "A[shy]o al R[ey?] dijo: dí a (X) (Y) (Z), que seas bendito por YHWH de Shomron (Samaria) y su ASHERAH".

Hubo una diosa de Israel. En realidad, seguramente, hubo varias entre estos Elohim canaanitas. Que todo ello fuera barrido por el monoteísmo, y ahora se pretenda que jamás ocurrió, no le resta ni un ápice de veracidad. Pero, ¿qué pasó? ¿Cómo fue? Y, ¿por qué?

Monoteísmo.

Hoy en día tenemos a los israelitas por guerreros notables, pero esto no ha sido así muy a menudo durante el devenir de la historia. A lo largo de mucho tiempo fueron un pueblo pequeño y atrasado, al que le dieron para el pelo una y otra vez, resultando en numerosos exilios. Por ejemplo, los romanos. El Jerusalén que ahora visitan muchos crédulos pensando que están en la ciudad de Jesús es en realidad el desarrollo árabe de Aelia Capitolina: una colonia romana y bien pagana construida desde cero –incluído el trazado de las calles– después de que a las legiones imperiales se les hincharan las narices con los judíos, destruyeran la ciudad por completo y finalmente los mandaran a la diáspora para los siguientes diecinueve siglos. Pocas bromas con los latinos. Sí, hasta la Vía Dolorosa es una calle romana sin conexión alguna con el Jerusalén antiguo, como todo lo demás en ese lugar; para ser exactos, un ramal del decumanus maximus según la urbanización imperial estándar. La supuesta ubicación de los actuales lugares santos cristianos, judíos y musulmanes constituye ya una especie de chiste sacrílego por el que la gente parece dispuesta a seguir matándose.

No era la primera vez. Seis siglos y pico antes, en el 587 aC, los babilónicos de Nabucodonosor el Caldeo hicieron lo propio. Jerusalén fue saqueada, el Templo resultó destruido y a los hebreos se los llevaron a Babilonia como esclavos. Es durante este periodo de esclavitud cuando surge la religión abrahámica de la que emanan la judía actual, la cristiana y la musulmana. Fue sometidos en Babilonia o después donde escribieron la mayor parte de la Toráh y del Antiguo Testamento (incluidas las leyendas del Génesis, el Éxodo y el Pentateuco en general), y es también en este tiempo cuando se desarrolla el monoteísmo exclusivo y excluyente que las caracteriza.

Pongámonos en situación. Estamos en los tiempos en que mis dioses son más chulos que los tuyos porque te he vencido. Y los hebreos habían sido vencidos; pero vencidos del todo, tanto como su enemigo nazi dos mil y pico años después, con toma del Reichstag y toda la parafernalia. Más, si me apuras. Siguiendo la lógica de la época, los Elohim-Yahvéh deberían haber sido absorbidos bajo el paraguas del panteón caldeo; ni siquiera debería haber sido muy difícil, pues muchos de los Elohim levantinos eran paralelos a los dioses y diosas babilónicos.

Pero eso significaba perder por completo la identidad y desaparecer como pueblo; uno más, en los vientos de la historia. Es en este contexto donde surge una novedad (y, una vez más, no hay ningún dato histórico o arqueológico que permita pensar que sucedió antes). Por un lado, se crean una leyenda nacional fuertemente impregnada de mitología babilónica: el Diluvio Universal es un plagio directo de la épica sumeria análoga, Génesis 1 bebe directamente del Enûma Elish y Génesis 2 del Atrahasis, Adán es parecido a Adapa (y ambos son también cognados), la serpiente presenta extrañas similitudes con Ningizzida, y así con todo. Por otro, Elohim-Yahvéh pasa a ser un dios omnipresente, omnisciente, todopoderoso y único; y todo lo que le sucede a los hebreos –su pueblo elegido– forma parte de su plan, prediseñado desde el origen de los tiempos. Incluso sus enemigos trabajan para él sin saberlo. Con ello desaparecen también las historias mitológicas de dioses y diosas, pues ya no tienen sentido.

Esta es, sin duda, una novedad en la historia humana que no está documentada claramente en otro momento o lugar (aunque existen paralelismos en algunas tradiciones del hinduísmo).  Este dios ya no es exactamente sobrenatural, sino extranatural; todo se justifica en él y a través de él. No es mucho más que una forma de pensamiento circular (no confundir con el razonamiento circular de Aristóteles), pero ciertamente poderosa. Porque, aunque en un principio no sea más que una rareza de un pueblo de la Antigüedad, medio milenio y pico después comenzaría a convertirse en el sustrato religioso esencial de la mayor parte del mundo. Hasta nuestros días.

Ángeles y demonios.

¿Y qué pasó con el resto de los Elohim? Pues que se convirtieron en demonios. Belcebú, por ejemplo, es Baal Zebub, el dios de las moscas, en lo que muy bien podría constituir una corrupción más o menos despectiva de Baal Zebul (el dios de las alturas). Leviatán está probablemente relacionado con el monstruo ugarítico Lotan o Lawtan. Sin embargo, no es evidente de dónde se sacaron los nombres de los ángeles. El rabino del siglo III Simón ben Lakish reconoció que los ángeles antiguos no tenían nombre y las denominaciones actuales proceden (también) del exilio en Babilonia. En todo caso todos ellos son nombres teofóricos que incluyen la mención de Ēl: Gabriel, Rafael, Miguel, el musulmán Azrael, etcétera.

Ubicar estos ángeles y demonios en el nuevo monoteísmo resultó siempre bastante complicado. De manera particular, surge un ángel maléfico mayor (Satán, Lucifer, Iblis) que de una forma retorcida debe ser necesariamente un agente del dios todopoderoso, omnipresente y omnisciente (o, de lo contrario, este dios no podría ser todopoderoso, omnipresente y omnisciente). Todas estas entidades son la herencia del politeísmo precedente. Las religiones abrahámicas comparten varios niveles de ángeles (arcángeles, serafines, querubines...), uno o varios niveles de demonios (que los musulmanes llaman shaitan), un "demonio mayor" (Satán, Iblis...) y, en el caso exclusivo del Islam, una cantidad de genios (djinn).

El cristianismo, además, vuelve a multiplicar el número de entidades divinas mediante la Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu Santo, tres dioses en uno, de manera tan contradictoria e inexplicable que se considera un misterio divino). Y, en algunas denominaciones como la católica, incorporando lo que muy bien puede interpretarse como una semidiosa (la Virgen) y un santoral; muchos miembros de otras religiones o personas sin religión consideran estas incorporaciones una forma de politeísmo blando para facilitar su expansión e integración en territorios tradicionalmente politeístas y menos próximos al entorno cultural levantino.

Monoteístas e imperios.

Porque el éxito y la extensión de estas nuevas religiones (en su tiempo) está estrechamente vinculada a la expansión de los imperios que las adoptaron como propias; de manera notoria, el Imperio Romano tardío, el Califato Omeya y –después– los lugares a donde llegaron sus sucesores, conquistadores y comerciantes. Al principio, durante más de medio milenio, este monoteísmo abrahámico no fue más que una rareza judía y así se habría quedado si hubiera seguido siendo exclusivamente hebreo. Es su transmisión al cristianismo y al Islam lo que terminaría convirtiéndolo en una religión global.

Se ha insistido muchas veces en que esta idea del dios único y todopoderoso pega especialmente bien con las organizaciones sociales de tipo piramidal e imperialista, pero en mi opinión esto no resulta evidente por sí mismo. Hubo grandes imperios en la Antigüedad, perfectamente piramidales y perfectamente imperialistas, que eran politeístas o cualquier otra cosa que les pareciese bien. No es obvia la razón por la que el monoteísmo abrahámico fue aceptado por tantas gentes en tantos lugares distintos (aunque su carácter fuertemente proselitista y su alto grado de elaboración teológica puede aportar alguna luz); ni tampoco por qué nunca logró penetrar profundamente en algunos territorios importantes (los que ya estaban previamente ocupados por las religiones dármicas y orientales y no fueron desplazadas por la vía de la conquista militar o, en algún caso, comercial).

Parece como si este monoteísmo abrahámico hubiera sido especialmente capaz de destruir o absorber con relativa facilidad al animismo y el paganismo politeísta (haciendo mayores o menores concesiones), pero lo hubiera tenido mucho más difícil al enfrentarse con otros sistemas filosófico-teológicos complejos. A partir de mediados del siglo XIX, su expansión geográfica queda interrumpida en términos generales; el dominio colonial británico de India, por ejemplo, ya no resultó en su cristianización a niveles significativos (ni en el desplazamiento del Islam donde ya estaba presente, como Pakistán), a diferencia de lo que había ocurrido durante la colonización de América o estaba sucediendo aún en el África subsahariana. La fuerte presencia de potencias coloniales en la China del mismo periodo tampoco produjo una cristianización efectiva. Y no fue por falta de misioneros y proselitistas, ni en un sitio ni en el otro.

A partir del siglo XX, el monoteísmo abrahámico comienza a retroceder en sus lugares de origen. Por una parte se produce un fenómeno de sincretismo con una parte de estas religiones orientales, en lo que se suele llamar globalmente Nueva Era, sobre todo en Europa y Norteamérica; y, al mismo tiempo, un proceso de secularización rápida y muy significativa en Europa e Israel (y durante un tiempo también en el mundo islámico, antes de que una nueva forma de fundamentalismo emergiera en torno a las luchas de la Guerra Fría; una tendencia a la que tampoco son ajenos los Estados Unidos).

A principios del siglo XXI, el viejo dios Ēl de los cananeos sigue siendo la deidad más venerada del mundo bajo cualquiera de sus aspectos, a solas o mezclado con el Yah edomita; y, sin embargo, se tambalea en los países desarrollados. Seguramente ninguno de sus seguidores originarios, cuatro o cinco mil años atrás, soñó jamás que llegara tan lejos ni con formas tan diversas. Hasta hoy.
Bibliografía:
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  • Davies, Philip R (2006) In search of 'Ancient Israel' (2ª edición). Continuum, Londres. ISBN 978-1-850-75737-5.
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  • Day, John (2002) Yahweh and the gods and goddesses of Canaan. Sheffield Academic Press Ltd., Londres. ISBN 978-08-264-6830-7.
  • Smith, Mark S. (2002) The early history of God: Yahweh and the other deities in ancient Israel (2ª edición). Wm. B. Eerdmans Publishing Co., Grand Rapids MI. ISBN 978-08-028-3972-5.
  • Smith, Mark S. (2001) The origins of biblical monotheism. Oxford University Press, Nueva York. ISBN 978-01-951-6768-9.
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  • Coogan, Michael D. (1998) The Oxford history of the biblical world. Oxford University Press, Nueva York. ISBN 0-19-513937-2.
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  • Olmo Lete, G. del (1993) La religión cananea. Ausa, Barcelona. ISBN 978-84-86329-89-1.
  • Thomson, Thomas L. (1992) Early history of the Israelite people. Brill Academic Publishers, Leiden. ISBN 90-04-11943-4.

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domingo, 18 de abril de 2010

La crucifixión

¿Y por qué se muere en seis horas alguien clavado a una cruz?

Aquí el abajo firmante se educó aún en aquellos tiempos en que la clase de religión (católica, apostólica y romana, por supuesto) era tan consustancial a la enseñanza como la de matemáticas. Las recuerdo como unas clases extrañas, donde no parecía haber un temario claro o una línea argumental definida, sino que quedaban al albur y las preferencias de los curas –siempre eran curas– que impartían la asignatura. Que conste que, aunque no os lo creáis, las aprobaba siempre con sobre.

En aquella España aún un poquito convulsa, tuvimos de todo: desde curetas progres y enrollados que daban más bien ética, o protoeducación para la ciudadanía, hasta curones a la antigua usanza amenazando con los fuegos del infierno a todo aquel que no se supiera las preguntas del catecismo de carrerilla y repartiendo capones libérrimamente. Sobre todo hubo muchas personas normales con alzacuellos –la mayoría, como es de suponer–, alguna de las cuales sigue siendo amigo después de todos estos años (un saludo, Manolo). Y también algún que otro personaje extraño y un poquito inquetante, como aquél –cuyo nombre paso de recordar; de todas formas debe estar ya muerto o casi– al que le brillaban pelín demasiado los ojos cuando nos relataba con todo lujo de detalles sádicos las escalofriantes torturas sufridas por las vírgenes y mártires más jovencitas, como Santa Sofía y sus hijas (curiosa ética materna), Santa Eulalia de Barcelona o Mérida, Santa Fe de Agen o Santa Fausta; e incluso verdaderas niñas pequeñas al estilo de Santa Basilisa.

Sin embargo, hoy quiero acordarme de don Luis. Don Luis era un cura majo, muy carca pero majo, bajito e impetuoso; ignoro qué se habrá hecho de él. Había estado muchos años en misiones, y además de sacerdote era médico. Médico de cuerpos, quiero decir, con un título científico y tal, jesuita por lo menos (ignoro a qué orden pertenecía, pero me lo imagino jesuita por su teología racionalista). Don Luis nos obsequió en cierta ocasión con un preciso relato de la Pasión y Muerte de Cristo, abundando en detalles clínicos sobre las muchas maneras en que un crucificado está bien... fastidiado.

A mí, que he tenido de siempre este puntito científico que ya me conocéis, esta clase fue quizás la que más me impresionó de todas. Su relato –siguiendo el texto bíblico, eso sí, lo que ya de entrada no resulta muy científico– fue exacto y documentado desde el punto de vista médico hasta la saciedad. Llámame morboso o lo que te dé la gana, pero me encantó; diré en mi descargo que debía andar yo por la edad de las santitas mártires mencionadas arriba (aunque dudosamente vírgenes, después de pasar por las manos de los verdugos). Sin embargo, ya entonces el final me sonó raro. Esto es: la causa primaria de fallecimiento de Jesús el Nazareno en apenas seis horas, entre la hora tercia y la hora nona del mismo día si seguimos el Evangelio de Marcos.

Don Luis nos dio muy pulcramente la explicación científico-religiosa más popular en aquellos tiempos: que una persona crucificada sufre un enorme estrés respiratorio capaz de conducirle rápidamente a la muerte por asfixia. Pero a este pequeño cientista había algo que no le cuadraba. Después de todo este tiempo, sigue sin cuadrarme. Mucho menos que entonces.

La cuestión radicaba en que quizá don Luis y los demás adultos no se hubieran suspendido por los brazos desde muchos años atrás, y hubiesen olvidado ya qué se sentía. Pero nosotros lo hacíamos habitualmente, en plan machito a ver quién la tiene más larga y aguanta más. Yo no era de los que más aguantaban (aunque me reservo mi opinión sobre lo otro), pero aún así resistía varios minutos (bendita juventud). Algunos muchachotes duraban bastante más. Tanto ellos como yo adoptábamos una postura muy parecida a la de la crucifixión, colgándonos a peso (sin soporte en los pies) de cualquier palo horizontal disponible con los brazos en ángulos variables según testosteronas. Los brazos dolían una pasada, te pensabas que los hombros iban a reventar en cualquier momento, lo cual es bastante coherente con los relatos históricos sobre el dolor horrible causado por una crucifixión real... y sin embargo yo nunca sufrí estrés respiratorio de ninguna clase (más allá de la agitación por el cansancio), ni tampoco vi que lo sufrieran los demás. De hecho, una técnica de tortura medieval parecida pero físicamente aún mucho más traumática –la garrucha, utilizada hasta la actualidad– tampoco mataba a sus víctimas de manera directa inmediata, y desde luego no por asfixia: se usaba sobre todo en interrogatorios, durante largas horas o días, y nadie quiere que el interrogado se le quede pajarito a medias.

Años después, en gimnasios y lugares por el estilo, he visto hacer a otras personas cosas similares, e incluso aún más cañeras. Y me han contado que algunas gentes aficionadas al sadomasoquismo han realizado ocasionalmente crucifixiones simuladas (con correas y tal). En todos estos casos, ninguna persona resultó muerta y ni siquera lesionada de consideración (más allá de la típica contractura). Estudios más sistemáticos, por ejemplo del médico forense F. Zugibe, confirman que una persona colgada de los brazos abiertos en un ángulo de 60º o 70º no sufre estrés respiratorio severo. Aparentemente, un reo así crucificado puede llegar a pasarlas muy canutas en cuanto a molestias y dolores, pero no hay absolutamente nada que lo mate de forma directa.

Lo cual, claro, nos conduce a otra pregunta más peliaguda: ¿es cierto, o al menos exacto, el relato de la crucifixión? Si la descripción evangélica es correcta, ¿por qué un hombre aparentemente joven y sano se murió tan deprisa? Para empezar, ¿por qué se morían los crucificados?

La crucifixión.

La crucifixión, una variante del empalamiento, es una técnica de tortura y ejecución muy antigua. Ha sido utilizada por numerosos pueblos: persas, cartagineses, griegos, macedonios, romanos, japoneses (a la derecha, en el Japón de los Meiji) y puede que hasta los egipcios. Y desde siempre, por encima de ninguna otra cosa, fue un castigo de humillación pública. Lo que se pretende sobre todo con una crucifixión es exponer al reo de una forma muy dolorosa y degradante a la vista de todo el mundo, similar al cepo o la jaula (y frecuentemente sin el piadoso taparrabos de la iconografía habitual). Se consideraba tan degradante que, en Roma, por norma estaba prohibido aplicarlo a ciudadanos libres: era una muerte para esclavos y bárbaros.

En principio, la causa primaria de muerte para una persona así expuesta debería ser la sed. La cuestión es que una persona previamente sana tarda entre dos y seis días en morirse por deshidratación, no seis horas. Y además, los verdugos acostumbraban a dar agua u otros líquidos a los crucificados para prolongar su sufrimiento.

Sin embargo, la crucifixión rara vez se aplicaba en seco. Iba acompañada de toda clase de perrerías antes y después. Como mínimo, la costumbre romana incluía una flagelación previa con un látigo bastante horrible llamado flagrum, y a veces con el escorpión. Estos eran unos azotes de varias colas aderezados con bolas, dados u otros objetos contundentes y cortantes en metal o hueso; y el escorpión, además, iba provisto de unos ganchos al final. El resultado era, literalmente, sacar la piel a tiras a la víctima. Esto empieza a parecerse a la clase de cosa que puede matar a alguien, aunque tampoco de manera inmediata a menos que se ensañen de mala manera. Según el relato bíblico, el Nazareno sufrió una de estas flagelaciones; sin embargo, después fue capaz de caminar una respetable distancia por sus propios medios, cargando el patibulum –el pesado palo horizontal de la cruz– durante al menos parte del recorrido. Una persona rigurosamente tratada con un flagrum y no digamos con un escorpión difícilmente podría hacer tal cosa, al menos en unos cuantos días, si es que no le costaba la vida allí mismo; tuvo que ser, pues, un repaso moderado (según los criterios de un romano, claro, que no eran exactamente los actuales). Lo mismo cabe decir de la corona de pinchos, sin duda una trastada de marca mayor, pero cuyos efectos materiales son fundamentalmente cutáneos.

Esta combinación de faenas ha dado lugar a versiones más depuradas del análisis clínico-teológico que nos obsequió don Luis. Según estas, un crucificado moriría debido al efecto sinérgico de varias agresiones: una combinación de shock hipovolémico por hemorragias múltiples, sepsis debida a la infección, deshidratación, agotamiento y otros factores relacionados con los tormentos adicionales que sufriera.

Y sin embargo, seis horas siguen siendo muy poco tiempo. Especialmente, si recordamos que la crucifixión es un método de ejecución específicamente concebido para garantizar al usuario una experiencia vergonzante de prolongada agonía entre grandes dolores. Todas las fuentes de la Antigüedad (y del presente, que también ha habido unas cuantas atrocidades de estas) hablan de días, a menos que el reo fuera rematado de forma más o menos cruenta. Cuando Craso hizo crucificar a seis mil de los esclavos (y esclavas) sublevados de Espartaco a lo largo de la Vía Apia, la cosa duró semanas (y no es muy probable que estos esclavos rebeldes, que habían derrotado a varias legiones y amenazado Roma, fueran mejor tratados que el Cristo de aquella oscura ejecución provincial incómoda hasta para el procurador Pilatos, quien se lavó las manos).

El soporte para los pies.

Además, para hacer más largo el tema, los romanos solían proveer al ejecutado con un soporte para los pies clavado al palo vertical (stipes). Otras veces no eran tan considerados, y le clavaban o ataban los pies a ambos lados del stipes (e incluso detrás, pero más raramente delante como se presenta en la mayor parte de la iconografía). Cuando querían rematarlo, le rompían las piernas a porrazos, supuestamente para que no pudiera apoyarse más.

Esto ha reforzado la idea de que la causa primaria de la muerte por crucifixión era la asfixia. Pero, de nuevo, no hay nada que parezca indicar que una persona colgada por los brazos se ahogue rápidamente. Así que este soporte podría tomarse como una consideración, para permitir al condenado aliviarse un poco el dolor de los brazos y hombros apoyéndose en él. Y el hecho de romper las piernas para rematar al reo sería independiente: se trata, simplemente, de una brutal paliza en la parte del cuerpo más accesible a los que están debajo que precipita la muerte por embolismo graso y hemorragia interna (o externa, si causan fracturas abiertas, cosa que tampoco sería rara).

De hecho, muchas personas crucificadas sufrieron peores perrerías que las aplicadas al que los cristianos consideran su salvador. Es fácil comprender que esa postura indefensa favorece la aplicación posterior de numerosos tormentos o vejaciones adicionales, desde hierros al rojo o flagelaciones adicionales hasta la prostitución a bajo coste para beneficio de los guardianes. Los antiguos no eran gente que se cortara ni un pelo con esas cosas. A fin de cuentas, un crucificado (o crucificada) era un nadie, por debajo incluso de los esclavos, sin derecho o protección algunos. En realidad, la primera fase de la crucifixión no era la flagelación ni nada de todo eso, sino la condena en sí, que representaba la muerte civil instantánea: la persona quedaba totalmente deshumanizada a los ojos de todos, reducida a un trozo de madera más. Un trozo de madera especialmente odioso para la comunidad.

Supervivientes de la crucifixión.

Aparentemente, algunas personas sobrevivieron a la crucifixión por ser descolgadas a tiempo y tener la suerte –en aquellos tiempos– de no morir debido a las infecciones. Esto podía suceder si se revertía la condena, o si ésta consistía sólo en un buen repaso y humillación públicos. El historiador Flavio Josefo, por ejemplo, suplicó la misericordia del emperador Tito para tres amigos suyos que habían sido crucificados. Tito accedió y los descolgaron para curarlos: dos perecieron, el tercero sobrevivió. Es de suponer que entre idas y venidas y que el emperador tuviera un momento y accediese, se pasaron un buen rato en el palo.

Hay al menos un movimiento religioso, de corte más o menos sufí, que cree que Jesús sobrevivió a su ejecución y murió anciano en la India. Uno de sus argumentos es, efectivamente, el corto plazo entre la crucifixión y el fallecimiento según los evangelios. Se puede no estar de acuerdo, naturalmente, pero no es una idea absurda. Con frecuencia, una persona que muere lentamente cae incosciente o entra en coma mucho antes de perecer realmente, con lanzada o sin ella (hay por ahí numerosos casos de gente mal fusilada que se despertó entre los muertos y caminó hasta lugar seguro, algunos con un buen número de agujeros). Los métodos para verificar la muerte en tiempos de los romanos no eran exactamente lo más.

En la opinión de este grupo, Jesús simplemente habría quedado en un estado comatoso más o menos profundo; descolgado demasiado pronto para estar verdaderamente muerto según la pauta de crucifixión habitual, volvió en sí después de meterlo en su tumba: una verdadera resurrección al tercer día. Hasta hace muy poco tiempo, no era raro que algunas personas fueran enterradas vivas por carecer de medios precisos para certificar la defunción; y de las tumbas judías se podía escapar.

La gente cristiana, por supuesto, suele rechazar esta idea sin ni siquiera evaluarla; pues el cristianismo, en el caso de que su fundador no muriera realmente en la cruz para salvar a sus seguidores, se queda muy chuchurrío. Yo lo entiendo, pero eso no nos impide hablar sobre ello. Otros quizá nos alegraríamos si este ser humano, de ser su historia parecida a como la cuentan, hubiera sobrevivido a semejante crueldad para vivir una larga vida.

La verdad es que todo lo que rodea la vida del fundador del cristianismo es confuso y está muy mal documentado más allá de los evangelios (que son, naturalmente, un documento parcial; no hay demérito alguno en ello, es simplemente que se trata de cristianos hablando sobre Cristo, y por tanto potencialmente parciales). La razón exacta de que un hombre joven y aparentemente sano pereciera en la cruz tras sólo seis horas se me sigue escapando, y no coincide con la mayoría de relatos históricos sobre otras crucifixiones; la única explicación que se me ocurre es que estuviera delicado de salud, y el estrés de la ejecución lo matara, por ejemplo a través de un ataque cardíaco. En todo caso, sea por morbo insano, trauma infantil o curiosidad científica, el viejo relato de don Luis sigue despertando mi interés. Si a alguien se le ocurre algo –sensato– o tiene alguna fuente –mínimamente racional–, soy todo ojos.

Recreación de muchachas crucificadas durante el genocidio armenio (1915-1917).
Instituto-Museo del Genocidio, Academia Nacional de Ciencias de la República de Armenia.

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La Pizarra de Yuri
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domingo, 18 de octubre de 2009

El estado de la religión en España

Secularización e indiferencia generalizada, diversidad, sincretismo y
lento ascenso del escepticismo caracterizan a la sociedad española del siglo XXI.

Una de las curiosidades de la bastante curiosa democracia española es que, en general, no se habla de religión. La religión está ausente del discurso privado común, y mucho más aún del discurso público. Hablar de religión en público es, en la práctica, hablar de política; y en cuanto al ámbito privado, parece aún más tabú que conversar sobre sexo (mucho más, ahora que lo pienso). Entre unas cosas y otras, la religión existe en España bajo la neblina de una zona gris donde nadie se atreve a mirar mucho, no sea que no le guste lo que ve. Cualquier acción pública de los representantes religiosos se vive como un ataque de la religión, y cualquier intento de debatir a la luz pública las cuestiones religiosas se vive como un ataque contra la religión.

Hablando de creencias, este que te escribe cree en algunas cosas. En la luz y los taquígrafos, por ejemplo. Y hay otras en las que no cree, como en meter las cosas debajo de la alfombra, a ver si ahí no incomodan mucho. Trataremos, pues, de levantar aunque sea un piquito de esta alfombra para echarle un vistazo a plena luz del día a la religión y la espiritualidad en España.

Identidad religiosa en España


No ha sido fácil recopilar la información para escribir este artículo. Los datos son pocos y dispersos, los análisis resultan unidimensionales, y en general parece como si en efecto mirar las creencias en España fuera de tan mal gusto como mirarle las partes pudendas a la vecina. Uno de los pocos estudios estadísticos lo bastante constantes como para deducir las tendencias a lo largo de los años es obra del Centro de Investigaciones Sociológicas, que lleva haciendo algunas preguntas al respecto a los españoles desde al menos 1996. Son dos preguntas muy básicas: auto-identificación religiosa y nivel de práctica de la religión. Menos da una piedra. Así, sabemos que en julio de 2009 un 76% de los españoles se declaraban "católicos", un 13% "no creyentes", un 7,3% "ateos" y un 2,1% "creyentes de otra religión".

Algunos aspectos quedan un poco oscuros. Por ejemplo, el estudio del CIS hace referencia únicamente a personas con nacionalidad española. Sabemos que en España viven unos cinco millones y medio de extranjeros (fuente: INE), de los cuales algo menos de un millón proceden de países con tradición musulmana, otro millón de países con tradición cristiana ortodoxa, y el resto de estados con tradición cristiana en forma de catolicismo y protestantismo. Atribuyendo estas correcciones así un poco a lo bruto, obtendríamos la siguiente aproximación de la identidad religiosa entre la población española total:



Principales creencias de España: catolicismo y... no creencia.


Otro aspecto un tanto oscuro es la diferencia entre "no creyentes" y "ateos". Los ateos están más o menos claros, pero resulta imposible determinar si la autocalificación de "no creyente" quiere decir "agnóstico", "escéptico", "indiferente" o incluso "ateo sin ganas de bronca". O una mezcla de todo ello. Por suerte, para arrojar un poco de luz al respecto, contamos con un documento singular: el Eurobarómetro Especial 225 de junio de 2005 (pág. 9), elaborado por el grupo británico TNS.

Según este trabajo, el 59% de los españoles declararon "creer en un dios", el 21% en "alguna clase de espíritu o fuerza vital" y el 18% en "ninguna clase de espíritu, dios o fuerza vital". Este 18% se parece mucho al 17,4% de "no creyentes" y "ateos" calculado por el CIS en las mismas fechas, lo que por un lado vendría a validar estos estudios, y por otro nos conduce a pensar que los "no creyentes" y "ateos" formarían en realidad un grupo único caracterizado por su escepticismo en materia religiosa, o falta de fe, y separado únicamente por cuestiones semánticas o de matiz. El número de españoles diversos en los matices pero esencialmente no creyentes ascendería, pues, en la actualidad a unos siete millones de personas: uno de cada cinco ciudadanos de esta nacionalidad mayores de 18 años.

Diversidad y sincretismo en el catolicismo español.

Resultará sin duda interesante estudiar con mayor profundidad al grupo mayoritario que se declaran "católicos", y que vienen a constituir el 76% de la sociedad española. Cualquier persona que salga a la calle sabe que pocos de ellos son católicos practicantes a machamartillo, y que en general la gente pasa bastante de las opiniones morales, religiosas y sociales de los dirigentes eclesiásticos. Y, como decíamos al principio, de la religión en general. Pero, ¿hasta qué punto esto es cierto? ¿De verdad es la religión tan poco relevante en la vida cotidiana de los españoles, o hay una "religiosidad oculta" que no se expresa públicamente pero importa en privado? ¿Qué es ser católico en España, hoy?

Una primera contestación a estas preguntas nos viene de otro Eurobarómetro, el nº 69 de noviembre de 2008. En sus páginas 15 y 16, descubrimos que sólo un 3% de los españoles consideran la religión como un valor importante, muy lejos de la paz (45%), el respeto a la vida (42%) y los derechos humanos (38%). En realidad, es el menos relevante de los valores propuestos a los entrevistados, y está muy por debajo de la ya de por sí débil media europea del 7%. Sólo hay un país que le otorgue menos importancia: Portugal. Otro estudio del CIS (enero de 2008) coincide en afirmar que la religión, junto a la política, constituyen los "aspectos menos importantes" en la vida de los españoles.

Más intrigante resulta analizar las características de esa fe católica que afirman profesar la mayoría de los españoles. Si recordamos el Eurobarómetro Especial 225 mencionado antes, el 59% afirman "creer en un dios", el 21% en "alguna clase de espíritu o fuerza vital" y el 18% en "ninguna clase de espíritu, dios o fuerza vital". Vimos que ese 18% venía a coincidir con el número de "no creyentes" y "ateos" en las estadísticas del CIS, lo cual es bastante lógico.

Sin embargo, si un 76% de los españoles se declaran católicos pero sólo un 59% cree en "un dios" en el sentido clásico, monoteísta, del término... significa que al menos un 17% dice ser católico pero no creer en un dios sino, en el mejor de los casos, en "alguna clase de espíritu o fuerza vital". ¿Cómo es esto posible?


Esto nos conduce a la singular cuestión de los "católicos no practicantes", que según otro estudio del gallego Obradoiro de Socioloxia, constituirían la mayoría absoluta de los españoles (y de los católicos españoles): el 51,3% de la población (y el 64% de los católicos). ¿Y qué es un católico no practicante? Pues la verdad es que nadie lo sabe muy bien. O quizás sí que lo sabemos todos muy bien: es la persona más corriente de esta sociedad, que celebra las bodas, bautizos, comuniones y entierros por el rito católico pero no se le ve el pelo en misa, "cree en Dios pero no en los curas", suele estar en desacuerdo con el discurso de las jerarquías eclesiásticas y en general vive su vida como un no creyente.

Como mencioné al principio, el Centro de Estudios Sociológicos viene también preguntando a los españoles por su asistencia a los oficios religiosos. Y en este caso, la respuesta entre los creyentes resulta abrumadora: un 58,2% no pisa las iglesias más que para los actos sociales. Tan solo un 15,3 va a misa "casi todos los domingos y festivos" o más a menudo, y un 26,1% "algunas veces al mes" o "varias veces al año".



El Obradoiro de Socioloxia, que yo sepa, ha sido el único en preguntarle a sus encuestados en qué creen exactamente. Y de nuevo, sus respuestas nos aportan sorpresas. Más de la mitad de los "católicos no practicantes" no creen que Cristo fuera Dios o hijo de Dios, que naciera de una virgen o que resucitara al tercer día (curiosamente, tampoco lo creen un 20% de los que se consideran "practicantes"). Y más del 60% no creen en el cielo ni en el infierno, en los milagros, en Adán y Eva, en la creación divina del universo o en la supervivencia del alma tras la muerte. Extraordinariamente, sólo el 54% de ellos dicen "creer en Dios", lo que viene a aproximarse a ese 59% que, según el Eurobarómetro, "creen en un dios".


Uno podría preguntarse qué clase de católicos son estos, y también por qué se identifican como católicos ante los encuestadores y eligen a la Iglesia Católica Romana para sus ritos sociales.

Más curiosa resulta su fe en cuestiones esotéricas y paranormales, que entre los no creyentes es residual, desmintiendo aquella frase de G. K. Chesterton según la cual "quien no cree en Dios cree en cualquier cosa". Por el contrario, más del 15% y hasta la cuarta parte de los católicos (practicantes y no practicantes) tiene fe también en la astrología, el mal de ojo, la reencarnación, los fantasmas, la videncia, la comunicación con los muertos y la existencia de personas con poderes maléficos, como las brujas; todas ellas, creencias heréticas e incluso malignas según la doctrina católica. Entre no creyentes, en cambio, la cifra rara vez llega al 10% y normalmente está muy por debajo.

¿Sabes una cosa? Por experiencia personal, doy por buenos estos datos. A fin de cuentas, a las consultas y teléfonos de videntes no les falta clientela, a los sanadores por los santos tampoco, y cualquier conversación ligera sobre tales cuestiones en los barrios y pueblos de España saca a la luz personas que realmente tienen fe estas cosas. Muy rara vez son no creyentes o ateos, sino gente que normalmente se declara católica.

Alcanzaríamos así la conclusión de que una parte significativa, incluso mayoritaria, de los españoles albergan en realidad una gradación sincrética de creencias mixtas, frecuentemente contradictorias con la doctrina eclesiástica, que nominalmente se llaman católicas pero difícilmente se pueden calificar como tales según cualquier criterio razonable. Por otra parte, a excepción del pueblo gitano y su conocida tendencia al evangelismo, los españoles tampoco han derivado a formas alternativas de cristianismo organizado, bajo banderas protestantes, ortodoxas o de cualquier otra clase. El judaísmo, el Islam, los Testigos de Jehová o los demás milleritas y otras minorías siguen siendo meramente testimoniales, así como las denominadas sectas.

Composición sociológica de la religiosidad en España.

Atendiendo a los datos del Obradoiro de Socioloxia, existe una segmentación bastante definida de las creencias en España. Claramente, las personas más mayores y las de menor nivel cultural son las más proclives a creer en los dogmas esenciales del catolicismo (véase el gráfico anterior). Entre la gente menor de 30 años y/o con estudios superiores, ni uno solo de ellos alcanza el 50% y con frecuencia no superan el 35%.

La creencia en cuestiones esotéricas y paranormales, en cambio, está más extendida y hace acto de presencia en los menores de 30 años y las personas con estudios medios, aunque generalmente sin superar el 30%.

En ambos casos, las mujeres son más creyentes que los hombres, con una diferencia en torno a los quince puntos porcentuales.

La religiosidad en España parece haber evolucionado, pues, a un "mar" informe de creencias sincréticas y difusas a las que no se da demasiada importancia en la vida cotidiana, sino sólo en ocasiones puntuales. Y en este proceso, el compromiso con la religión y con formas organizadas de religión ha ido decayendo lenta pero constantemente. Veámoslo.

La evolución de la religiosidad en España.

Nuestro país aún se halla en la zona media-alta de la religiosidad europea, con Francia y varios países nórdicos y bálticos en la parte inferior, mientras que Italia, Polonia, Portugal, Grecia, Chipre y Malta (y Turquía, si entrara en la Unión) son los más creyentes. España, pues, sigue inmersa en la tendencia general de secularización, sincretismo y pérdida de religiosidad organizada que viene caracterizando a las sociedades europeas sin que los varios intentos de las distintas iglesias para reevangelizar o revitalizar la fe tradicional en nuestras sociedades parezcan tener efectos a largo plazo.

Esta tendencia se ha plasmado claramente a lo largo de la última década. En el periodo 1998-2009 el porcentaje de no creyentes y ateos casi se ha duplicado, a costa de los creyentes. Este fenómeno se dio sobre todo entre 1998 y 2005, seguido de una estabilización a lo largo de los siguientes cuatro años y un repunte del escepticismo en el primer semestre de 2009:




Pero esta caracterización que, como hemos visto, es más nominal que otra cosa no refleja el verdadero descenso de la religiosidad organizada –y esto, en España, es decir la Iglesia Católica Romana–. Más allá de la denominación que se dé cada cual, los españoles están abandonando los templos a millones. Los datos de participación en los actos religiosos son impresionantes y hablan por sí solos:




Cabe reseñar que 2004 fue el primer año en que el número de ateos y no creyentes superó al número de católicos que participan en los oficios todos o casi todos los domingos y fiestas de guardar o más a menudo. Para quienes gustan de asociar estos procesos al carácter de los partidos en el gobierno, sin duda les interesará observar que el descenso más acusado de la religiosidad organizada se produce en el periodo del Partido Popular (1996-2004), mientras que durante la pasada legislatura socialista (2004-2008) se constataba una estabilización hasta el reciente repunte del escepticismo y el desapego religioso en 2009. En cuanto a las autoridades eclesiásticas, las mayores caídas se observan siendo Presidente de la Conferencia Episcopal Española el cardenal Antonio María Rouco Varela (1999-2005 y desde 2008), mientras que la estabilización correspondería aparentemente a la presidencia del obispo de Bilbao Ricardo Blázquez Pérez (2005-2008).

Mayor tendencia descendente se constata en el compromiso religioso, manifestado con la caída de las vocaciones. En este caso, me han resultado de gran utilidad las estadísticas de la Comisión Episcopal de Seminarios y Universidades, perteneciente a la Conferencia Episcopal Española. Aunque el número de ordenaciones se mantiene, el número de seminaristas mayores se ha desplomado durante la última década tanto en términos absolutos como relativos:



Resulta obvio que, si bien el número de ordenaciones se puede mantener artificialmente, para satisfacerlo será preciso rebajar el nivel de exigencia al tener que elegir entre un número de aspirantes cada vez menor. La edad media de los sacerdotes y religiosas en la mayoría de comunidades autónomas superó los 60 años hace mucho. El número total de sacerdotes diocesanos ha descendido de 24.300 en 1975 (uno por cada 1.441 habitantes) a 19.307 en 2.005 (uno por cada 2.285 habitantes). Pero en este mismo plazo de tiempo, al menos 6.000 de ellos han contraído matrimonio. Entre las nuevas ordenaciones se cuenta un número cada vez mayor de extranjeros; está por ver cómo absorberán los sectores más conservadores de la sociedad lo de ser pastoreados por un cura inmigrante. Las monjas descendieron otro 6,9% en el periodo 2001-2005. (Datos del Anuario Estadístico de la Iglesia 2007)


Por su parte, el porcentaje de ciudadanos que marcan la "casilla de la Iglesia Católica" en su Declaración de la Renta ha bajado del 42,7% en 1993 al 39,1% en 2001 y el 32,92% en 2005, con un repunte al 34,38% en 2008. Sin embargo, este dato resulta engañoso, pues además de haber sufrido varias transformaciones a lo largo del tiempo (como el cambio a la "doble marcación" con la casilla de "fines sociales"), sólo es representativo de las rentas más altas (las que hacen declaración de IRPF).

Conclusiones y algunas opiniones personales.

A pesar de todo el ruido y la propaganda, resulta obvio a la luz de estos datos que las formas de religiosidad organizada se están perdiendo en España, a favor de la secularización, el sincretismo y el escepticismo. Este hecho es especialmente cierto entre los sectores más jóvenes y mejor formados de la sociedad. La otrora "reserva espiritual de Occidente" está pasando a creer de otra manera o no creer, directamente. En privado, sin mucha algarabía ni grandes manifestaciones.

Resulta curioso observar que nadie ha sido capaz de recoger la representatividad de estas grandes masas sociales. Ni los grupos escépticos o ateos ni otros colectivos religiosos, ni sectas, ni nadie. No de manera significativa, al menos. Gracias a este silencio, la Iglesia Católica puede seguir arrogándose la representación de ese 76% de autodenominados católicos aunque su relevancia real es mucho menor con toda seguridad. Por otra parte, nadie puede hablar actualmente en nombre de los no creyentes, que son ya uno de cada cinco españoles: el segundo grupo más importante del país en términos de perspectiva religiosa.

Lo más parecido a un activismo ateo es el incremento en las solicitudes de apostasía y las voces en contra de un clero que perciben como ultraconservador, alejado de la realidad y vinculado a determinadas opciones políticas situadas en la derecha. Pero tampoco se puede afirmar, ni mucho menos, que todos los no creyentes o ateos se sitúen en la izquierda, aunque probablemente el porcentaje sea más elevado.

Se oye con frecuencia en los ámbitos más ultras del catolicismo que este retroceso de la fe organizada se debe a la pérdida de referentes claros (quieren decir duros), al aggiornamento de muchos sectores religiosos que ellos perciben como tibieza, cuando no traición. También acusan de la caída a un percibido anticlericalismo sociopolítico "que juega a la contra" y que tiende a repetir los clichés de otros tiempos: masonería, comunismo, izquierdismo, homosexualismo, judaísmo... Inevitablemente, disiento con ellos. Ese es un análisis facilón e interesado, acomodaticio, que obvia numerosos hechos históricos, filosóficos y sociológicos a gran escala. Entre estos, yo resaltaría los siguientes:
  • Cosmovisión. Los dogmas inamovibles y la autoridad doctrinal, esenciales al hecho religioso organizado, son fundamentalmente incompatibles con las sociedades democráticas abiertas. Una sociedad que fomenta la individualidad, la pluralidad y el libre pensamiento difícilmente aceptará, al menos de forma mayoritaria, un conjunto único de verdades reveladas establecidas por un grupo único de individuos elegidos bajo el dedo de Dios a quienes no se puede discutir. Paralelamente, la mayoría de referentes sociales, económicos y culturales de las sociedades desarrolladas sustentadas en la economía capitalista de consumo ya no pertenecen al campo de la religión, a diferencia de lo que ocurría en el pasado.
  • Predominio de la epistemología. El extraordinario progreso de la ciencia y la técnica a lo largo de los últimos siglos ha venido ocupando muchos espacios donde anteriormente predominaba la religión. Aunque considerados individualmente ninguno de estos avances resulta devastador para la creencia tradicional, el conjunto de todos ellos y su éxito a la hora de ofrecer explicaciones cosmogónicas y beneficios materiales constituyen un constante goteo que diluye las explicaciones y beneficios de la fe. En la sociedad actual, muchas personas sólo consideran válido el conocimiento obtenido por métodos análogos al científico –datos, pruebas, razonamientos, aunque sean más o menos sesgados–. En sociedades así, las búsquedas de la verdad por fe, por revelación o porque lo diga un libro antiguo o un hombre más antiguo todavía carecen de credibilidad y pierden capacidad de difusión. Pueden funcionar en circunstancias muy emocionales o de aislamiento, pero después se van debilitando ante el predominio del pensamiento racional.
  • Pérdida de liderazgo. Se deriva de las dos anteriores. En el pasado, las religiones organizadas contenían en su seno a los principales creadores de pensamiento, opinión y filosofía. Pero los tiempos de Santo Tomás de Aquino o Guillermo de Occam pasaron hace mucho. Hoy por hoy, esos creadores se hallan en otros ámbitos: las empresas, la política, los medios de comunicación, el mundo científico. Y aunque las religiones organizadas tratan de mantener su presencia en todos ellos, van a rastras y se nota. Ya no poseen las cabezas más brillantes, y se adaptan demasiado lentamente a las innovaciones.
  • Valores desadaptados. En otros tiempos, las sociedades evolucionaban muy lentamente y las religiones orgnizadas iban adaptándose con ellas –cuando no dirigiendo los cambios– a lo largo de siglos. Las sociedades modernas, en cambio, se transforman constantemente y a gran velocidad. Poco a poco, los valores tradicionales van perdiendo su sentido conforme las personas necesitan adaptarse a nuevas formas de vida y pensamiento. Simplemente una buena parte de esos valores ya no le sirven a la gente para nada útil en el mundo real, cuando no son abiertamente contradictorios con las necesidades vitales comunes, y sus proponentes van perdiendo audiencia, interés y respeto.
  • Pluralidad de oferta. Desaparecidas para bien las religiones de estado en el mundo occidental, y existiendo en sociedades abiertas y plurales, las creencias organizadas convencionales tienen que competir constantemente con otras ofertas que para la mayoría del público resultan más agradables y adaptativas. Las religiones ya no son cabeza, autoridad y luz, sino un agente más en un mercado cada vez más amplio y competitivo de ideologías, filosofías y formas de vida. ¡Rápido! ¿Qué prefieres, Física o Química o misa de diez? ¿El lado Coca-Cola de la vida o la vida en el seminario? ¿El horóscopo o el rosario? ¿Este blog o una lectura comentada del Antiguo Testamento (¡bueno, no es tan distinto!)?
  • Conflictividad sociopolítica. La frecuente asociación de las religiones organizadas con determinados ámbitos del poder u opciones políticas específicas aleja, lógicamente, a los sectores sociales que no están de acuerdo con las mismas. Cuando dicha asociación es repetitiva, estos sectores se alejan definitivamente y desarrollan combatividad antieclesiástica. Los intentos de aproximación seguidos de enfrentamiento se interpretan fácilmente como doblez o traición. Y la gente ya no siente la necesidad de permanecer unida a su iglesia a pesar de todo. No en un mundo donde hay muchas más opciones tanto ideológicas como religiosas. Lo más grave de todo es que los cambios en las necesidades políticas cotidianas de los partidos terminan dejando fuera de juego a las religiones incluso ante los suyos.
  • Pérdida de crédito social y distorsión perceptiva. Como consecuencia de todo lo anterior, el abismo entre amplias capas de la sociedad y las religiones organizadas se amplía cada vez más, y las vías de comunicación se van cortando. Por razones de psicología grupal, la gente de religión va perdiendo sensibilidad sociológica y no comprenden, o les cuesta aceptar, lo que millones de personas piensan o desean de ellos. En el proceso, también pierden la compresión de las palancas que mueven a la gente y poco a poco, a veces por escándalos y a veces a la chita callando, también pierden el crédito y el respeto. Todo lo cual no hace sino reforzar los demás elementos, en un círculo vicioso sin fin. Lo cual termina por consolidar un núcleo de partidarios duros entre los duros... y la animadversión creciente de millones. O, peor aún, su indiferencia.
Pienso que las religiones organizadas, en su forma actual, no tienen la capacidad de superar estos problemas en el medio y largo plazo. Con altibajos, como todos los procesos históricos, seguirán languideciendo a menos que encuentren una forma radicalmente distinta de interactuar con la sociedad; y a mí, todas las que se me ocurren implican el abandono o disolución de sus características doctrinarias fundamentales, lo cual imagino que les resulta inaceptable. No obstante, si no son capaces, las tendencias observadas en este artículo seguirán calando y profundizándose hasta disolverlos a ellos, convirtiéndolos en una minoría irrelevante. Estos procesos son lentos, y pueden tomarse generaciones, con avances y retrocesos.

Pero observando lo ocurrido en los últimos 250 años y particularmente en el reciente medio siglo, el proceso parece irreversible. En las sociedades contemporáneas, las religiones tradicionales están atrapadas en una trampa mortal: o mantenerse fieles a su doctrina con el apoyo de un grupo de incondicionales cada vez más reducido y una animadversión social cada vez mayor, o abandonar sus dogmas y entonces dejar de existir para transformarse en otra cosa. Yo no sé si Dios habrá muerto o no, como dijera Nietzsche. Lo que sí sé es que, a este paso, las religiones tradicionales terminarán desapareciendo en las sociedades abiertas. Quizás, lo último en perecer serán sus formas y apariencias externas. Después, nadie sabe qué ocurrirá, ni si surgirán nuevas formas de espiritualidad, quizá mejores, quizá peores. O no.
Resumen de fuentes principales:

Actualización del 23/11/2009:


En una intervención ante la XCIV asamblea plenaria de la Conferencia Episcopal Española, hoy, su presidente Antonio María Rouco Varela parece validar el sentido de algunos datos aportados en este artículo:


«Los sacerdotes somos menos y de más edad que hace algunos años. No podemos dejar de atender a los datos que nos muestran una realidad preocupante: cada sacerdote secular ha de atender, como término medio, a 3.445 personas (en algunas partes de España el número se eleva hasta 9.000); mientras tanto, la media de edad del clero diocesano español es de 63,30 años (alcanzando en algún lugar los 72,04 años). Aun teniendo en cuenta que la población en general ha frenado su crecimiento y que envejece sin parar, estas cifras nos deben hacer reflexionar y nos deben estimular para adoptar decisiones adecuadas.» (Fuente)

EL LIBRO DE LA PIZARRA DE YURI:
La Pizarra de Yuri
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