La pizarra de Yuri

jueves, 15 de julio de 2010

Erika, la que regresó del frío.

Criopreservación, crionización y animación suspendida.

En el invierno de 2001, siendo 24 de febrero, una bebé canadiense de trece meses llamada Erika Nordby cometió la mayor travesura de su corta vida; la clase de trastada infantil que debería haberla matado sin remisión. Mientras su madre dormía, Erika se escapó de la cuna y de la casa por la puerta trasera. Fuera, hacía veinticuatro grados bajo cero y ella ya no fue capaz de encontrar el camino de regreso al calor del hogar. Sólo llevaba puesto su pañal por toda protección.

La encontraron cuatro horas después convertida en un minúsculo montoncito de carne azul en medio de la nieve y el hielo, con una temperatura corporal de 16 ºC. Estaba, por supuesto, clínicamente muerta; llevaba al menos dos horas en parada cardiorrespiratoria. Pero como un intento in extremis de resucitación cardiopulmonar obtuvo algún resultado, la enviaron con la máxima urgencia al Hospital Universitario de Alberta en Edmonton. Allí, con técnicas de medicina intensiva avanzada y amplia experiencia en casos de hipotermia, consiguieron sacarla adelante.

Hoy en día, Erika tiene diez años y no recuerda nada, pues era demasiado pequeña para recordar; pero está bien, no le falta ninguna extremidad y no le han quedado secuelas. Como siempre en estos casos se habló de milagro (entonces, ¿estos otros qué fueron?) y hasta le dedicaron una canción. Erika gateó al frío, murió y regresó de entre los muertos agarrada a la mano de la ciencia. Y ella, a cambio, le hizo un regalo a la ciencia: la demostración palmaria de que es posible morir de frío y retornar sin daños significativos. De que, en último término, la animación suspendida podría tener alguna posibilidad más allá de la pura ciencia-ficción.

Morir y no-morir de frío.

Por supuesto, el caso de Erika no es único; pero sí, con mucha probabilidad, el mejor documentado y más extremo. En 2006, por ejemplo, un funcionario japonés llamado Mitsutaka Uchikoshi se fue con unos colegas a hacer una barbacoa en lo alto de los Montes Rokkō –un destino habitual para excursionistas–. Cuando llegó la hora de bajar los demás lo hicieron en teleférico, pero él decidió darse un paseo por la nieve hasta el valle. Uno podría pensar que el señor Uchikoshi, de 35 años de edad, se había pasado un pelín con el sake; aunque según los médicos sólo consumió agua mineral junto con el resto de productos propios de una barbacoa. El caso es que se perdió, resbaló sobre el hielo y se partió la pelvis. Lo encontraría un montañero veinticuatro días después, ensangrentado y medio sepultado por la nieve.

Sin embargo, Mitsutaka no estaba muerto. Debería haber muerto por al menos media docena de razones –entre ellas hipotermia, deshidratación, hemorragia interna, embolismo graso e inanición– pero presentaba algo de pulso, muy débil, y una temperatura corporal de 22 ºC. Trasladado a un hospital de Kobe, se repuso también por completo de sus lesiones y de haber estado expuesto a la intemperie con temperaturas tan bajas. En su caso no llegó a morir como la pequeña Erika –mantenía la actividad cardiopulmonar, aunque reducida a un mínimo–; lo cual es, si nos ponemos, casi aún más asombroso. Según sus declaraciones, "al segundo día, el sol se había ido... Estaba en un campo, y me sentía muy bien. Eso es lo último que recuerdo."

Los casos de Erika y Mitsutaka son excepcionales. Lo normal en semejantes circunstancias es morir definitivamente: la exposición al frío extremo puede acabar con una persona incluso en pocos minutos. Al menos hasta hace algún tiempo, los procedimientos operacionales de la OTAN para tiempos de guerra sólo contemplaban la búsqueda de un piloto derribado sobre el Atlántico Norte en invierno durante un máximo de una hora; prolongarla más sería una pérdida inútil de tiempo y recursos muy necesarios durante un gran conflicto, pues sin duda el pobre tipo estaría ya pajarito, sumergido en agua a cerca de 0 ºC.

En general, la hipotermia es un viejo enemigo que se nos lleva con facilidad y una extraña dulzura, esa sensación de bienestar que mencionó nuestro superviviente nipón. Se ha llamado de siempre la muerte dulce, pues al parecer hay un momento en que se deja de sentir el frío atroz y éste se ve reemplazado por una especie de fuerte borrachera muy agradable –señal de que te estás muriendo–. No es raro encontrar a los congelados con una sonrisa en la cara, que muchos creen rictus, pero según quienes han logrado sobrevivir se correspondería más bien a ese singular colocón. Y sin ropa: por algún motivo cerebral desconocido, tendemos a desnudarnos paradójicamente cuando nos estamos muriendo de frío.

Más allá de la muerte clínica –el momento en que se interrumpe la actividad cardiopulmonar– los tejidos congelados tardan bastante en morir del todo. En realidad, lo que ocurre cuando nos congelamos es una progresiva ralentización y finalmente paralización de los procesos metabólicos que nos mantienen vivos pero también de los de la muerte (pues unos y otros no son sino reacciones químicas que sólo pueden ocurrir dentro de un determinado rango de temperaturas, como cualquier otra). Con lo cual estamos ante una especie de parálisis inducida, que permite a algunos animales adaptados evolutivamente congelarse y descongelarse con normalidad.

Sin embargo, en humanos –y en los seres de sangre caliente en general– la cosa se complica, pues dependemos de una serie de complejos equilibrios térmicos para que nuestros órganos no sufran daños. De manera muy notoria, la parada cardiorrespiratoria –con la subsiguiente interrupción del flujo de oxígeno y nutrientes– provoca rápidamente graves lesiones isquémicas en el cerebro, que suele congelarse más tarde y por tanto sigue teniendo necesidades de suministro; el encéfalo queda destruido antes de detenerse también, lo que imposibilita la recuperación posterior. Esto es precisamente lo que hace extraordinario el caso de la bebé Erika, que estuvo parada durante más de dos horas.

Conforme la temperatura sigue descendiendo y baja de cero grados, se produce otra lesión masiva y definitiva: la destrucción celular. Por un lado, se forma hielo entre las células, separándolas y provocando daños mecánicos y químicos. Por el otro, si la velocidad de congelación excede la pérdida de agua por ósmosis a los espacios intercelulares, el citoplasma forma cristales que rompen la membrana y dañan la célula irreversiblemente. Un cuerpo congelado, pese a su aspecto posiblemente saludable, tiene las células destruidas y no se puede recuperar. Está definitivamente muerto.

Criopreservación.

Hace muchos años que sabemos cómo conservar algunos tejidos en frío sin que sufran esta clase de daños. En la actualidad se congelan normalmente materiales humanos como el semen, los óvulos, los embriones o la sangre para su utilización posterior. Fue James Lovelock –el de la Hipótesis Gaia– quien se dio cuenta por primera vez de que el daño causado a los glóbulos rojos de la sangre durante la congelación estaba estrechamente relacionado con el ritmo de pérdida de líquidos por ósmosis; y propuso un mecanismo sencillo para impedirlo mediante la modificación de su salinidad. A Lovelock se le recuerda también por la invención del detector de captura de electrones, todo lo cual le pone intelectualmente bastante por encima de la mayoría de sus críticos.

Los órganos para transplantes también se suelen transportar refrigerados (aunque no congelados). En la actualidad, diversas técnicas médicas enfrían al paciente para reducir su metabolismo y ralentizar así los daños causados por un proceso patológico mientras se intenta corregir; como, por ejemplo, en la terapia cardio-hipotérmica.

La idea de congelar a un ser humano para resucitarlo con posterioridad es aún más antigua, y se deriva directamente de la momificación, de la observación de las propiedades conservantes del enfriamiento (por ralentizar o detener todas las reacciones químicas, incluyendo los metabolismos) y de los animales que se pueden hibernar e incluso congelar sin sufrir daños cuando vuelve el calor. El concepto ya fue acariciado por Ben Franklin y por los cosmistas rusos, pero no resultaría plasmado en su forma moderna hasta los años '60 del siglo XX, a raíz de los trabajos del científico norteamericano Robert Ettinger y del particular Evan Cooper; en esencia, ambos propusieron la congelación controlada del cuerpo humano para preservarlo durante un tiempo indefinido.

Los motivos para investigar estas técnicas son variados y potentes: la obligación ética de proteger la vida de un paciente por todos los medios posibles hasta que aparezca en el porvenir una manera de curarlo; la posibilidad de hacerlo hasta que se descubra algún modo de detener o revertir el envejecimiento; facilitar vuelos espaciales a grandes distancias u otras actividades de muy larga duración; avanzar en la medicina de urgencias; mejorar radicalmente la tecnología de conservación para transplantes, permitiendo así el surgimiento de bancos de órganos mucho mejores que los actuales; y otros muchos. Sus críticos también son diversos y fuertes, extendiéndose desde numerosos ámbitos de la ciencia (que lo consideran una remota posibilidad futura y las ofertas comerciales actuales, un simple fraude) hasta la religión, siempre recelosa ante todas estas cuestiones de la vida, la muerte y la reproducción que escapan radicalmente de sus tradiciones y capacidades.

El concepto es sencillo. Consiste en congelar un cuerpo humano o al menos su cerebro a la temperatura del nitrógeno líquido, en la que puede perdurar durante un periodo de tiempo muy largo, de tal manera que sea posible su descongelación y reanimación en el futuro. A partir de aquí, claro, empiezan las dificultades; y no sólo de índole científico-técnica, sino de orden humano común. Por ejemplo: es muy difícil hacer predicciones a largo plazo. Cualquier cálculo a más de veinte o treinta años vista resulta sumamente aventurado, y a más de cincuenta, fantasía.

La conservación del cuerpo y sus condiciones puede verse afectada por numerosos hechos frecuentes en la historia de la humanidad, como guerras y revoluciones de importancia o transformaciones sociales, políticas, ideológicas, religiosas y económicas. El hecho de que en la actualidad estos intentos sean cosa de entidades privadas incrementa la incertidumbre, pues éstas se hallan característicamente sujetas a vaivenes del mercado, la moda, cambios de modelo político-económico o simples cuestiones de éxito y fracaso empresarial. Cuanto mayor sea el plazo antes de la reanimación, mayores serán estas inseguridades: las pirámides de Egipto han perdurado cuatro milenios y medio, pero sus contenidos fueron saqueados antes de que transcurriese el primero (y por tal razón los siguientes faraones optaron por esconder sus enterramientos en desiertos remotos como el Valle de los Reyes, con parecido éxito: ninguno). Y eso que aquella fue una sociedad singularmente estable y ordenada, más lenta y con una duración mucho mayor que cualquiera de las modernas.

Técnicamente, el problema está también lejos de ser resuelto a pesar de la esperanza que nos aportan casos como el de Erika o Mitsutaka. Ambos, y sobre todo la primera, demuestran que es posible un proceso de congelación sin daño cerebral isquémico significativo; sin embargo, la razón exacta de que salieran tan bien parados aún no está clara. Hace poco, investigadores del Centro Fred Hutchinson de Investigación sobre el Cáncer propusieron que pudo deberse –paradójicamente– a que ambos quedaron acostados boca abajo sobre la nieve, con la nariz y la boca bloqueadas al menos parcialmente, y por tanto privados de oxígeno en alguna medida; al parecer, esta privación en condiciones de frío extremo podría lanzar un proceso denominado animación suspendida por anoxia inducida. Y aseguran haberlo aplicado con un 97% de éxito usando unos gusanitos cuyo metabolismo es muy parecido al nuestro.

Parte del problema de todo esto, claro, es que la experimentación aplicada resulta de lo más peliagudo. En todos los países del mundo, congelar a un ser humano hasta pararlo sin reanimarlo inmediatamente a continuación constituye –simplemente– homicidio. Y aunque no fuera así, mediante la incorporación de alguna exención voluntaria, ya estarían los comités de ética dispuestos a echarse las manos a la cabeza. Esto significa que sólo se puede congelar un cadáver, concepto que puede variar según países, costumbres y prácticas generalmente admitidas, pero que siempre implica parada cardiorrespiratoria previa y certificado de defunción. De la misma forma que no se permite la eutanasia en la mayoría de países por mucho que el paciente la pida, tampoco se permite la criogenización en vivo (pues, a efectos legales, sería una forma de eutanasia; no existe ninguna legislación que prevea un tercer estado suspendido además de vivo o muerto, y alguien que no respira ni palpita ni presenta actividad cerebral está técnicamente muerto, con lo que hallaríamos ante un homicidio por eutanasia).

Esto complica enormemente toda posible investigación y convierte a la criopreservación integral, hoy por hoy, en una forma de enterramiento; lo que genera sus propios problemas con las religiones, pues muchas de ellas no la admiten como práctica funeraria. Esto no es lo más grave. Lo más grave es que, al tener que esperar necesariamente a que el paciente esté legalmente muerto, se dificulta muchísimo cualquier posible intento futuro de reanimación (porque los tejidos están ya muy dañados y los procesos de descomposición, iniciados).

Pero, ¿está la criopreservación lo bastante avanzada como para empezar a plantearse estos problemas? Pues depende de quien lo diga. El mero hecho de que estas investigaciones estén tan severamente restringidas, por supuesto, retrasa toda la disciplina. En la actualidad existe la demostración palmaria de que una persona puede pararse en frío –como la pequeña Erika, que no es la única– sin sufrir daños cerebrales dignos de mención. Paralelamente, se está trabajando en las llamadas técnicas de vitrificación y en el uso de crioprotectores (sustancias similares a las que producen de manera natural los seres que son capaces de congelarse y descongelarse sin daños). Pero si alguien plantea directamente la pregunta "¿es posible hoy por hoy congelar a un ser humano con la perspectiva razonable de reanimarlo en el futuro?" la respuesta es "muy probablemente, no".

Sin embargo, hay matices a ese "no". En primer lugar, casi por definición –dado que no podemos prever el futuro– no es posible saber si en tal o cual década será posible reanimar cuerpos que hoy en día consideramos difuntos y bien difuntos; sí es posible predecir razonablemente que, cuanto menos dañado se encuentre el sistema nervioso central, más fácil resultará. Por otra parte, es posible que incluso pequeños avances en vitrificación y crioprotección representen saltos importantes en la posibilidad de criogenizar un cuerpo humano con expectativas sensatas de que se pueda resucitar. En tercer lugar, una apertura legal a la suspensión voluntaria (con las garantías que se quiera) podría acelerar significativamente estas investigaciones sin tener que estar pendientes de accidentes espantosos e incontrolados como el de la pequeña Erika. Que volvió del frío de la mano de la ciencia y, si ella pudo, otros podrán.

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domingo, 11 de julio de 2010

La inteligencia del pulpo.

Aunque no se llame Paul. :-D

Su estirpe y la nuestra se separaron cuando aún no había plantas en la tierra; y de eso hace mucho, una barbaridad de tiempo. Desde nuestro punto de vista como tetrápodos terrestres, mamíferos y primates, resulta difícil concebir un bicho más extraño, más ajeno. Y sin embargo estamos ante un primo lejano asombroso, el más inteligente de los invertebrados, tanto que algunos países lo protegen como vertebrado honorífico. Porque esos inquietantes tentáculos son capaces de manejar herramientas. Porque esos ojos neutros, un poco pasotas y casi alienígenas, ven como los nuestros. Porque tras ellos se esconde una mente capaz de resolver problemas complejos. Una mente que recuerda y aprende y –según algunos– sufre y disfruta. Es el pulpo, ese que se apellida á feira, pero que ya estaba aquí mucho antes de que llegáramos nosotros y seguramente seguirá aquí cuando ya nos hayamos ido. O nos estemos yendo.

Octopoda.

Los pulpos son moluscos, como el mejillón.  Un individuo vive entre seis meses y cinco años, según especies, y puede oscilar desde unos pocos centímetros de longitud hasta los más de seis metros del Pulpo Gigante del Pacífico Norte. Algunas primas sepias, que comparten buena parte de sus características, pueden llegar a los 13 o incluso 14 metros. Para reproducirse, los machos introducen bajo el manto de la hembra un brazo a modo de pene llamado hectocotylus (que además es desprendible y regenerable), lo que seguramente inspiró a muchos mangaka japoneses. Este brazo especializado deposita paquetes de esperma dentro de la hembra, con lo que ésta fecundará varios cientos de miles de huevos. Las hembras están genéticamente programadas para morir poco después de reproducirse, y los machos tampoco duran mucho tras el apareamiento. Las crías, en forma de larva, se pasan un tiempo a la deriva entre nubes de plancton antes de descender al fondo oceánico para desarrollarse y comenzar el ciclo de la vida otra vez.

Al igual que nosotros, los pulpos tienen ADN, son pluricelulares, presentan simetría bilateral, poseen tejidos verdaderos y su embrión se forma a partir de una triple capa germinal. Ahí termina toda la similitud (que tampoco está mal...). Nosotros somos cordados, vertebrados, craneados y con un único encéfalo; mientras que en ellos el sistema nervioso central está repartido por todo el cuerpo, con un cerebro distribuido entre un órgano poco mayor que el de un pez de peso equivalente y los nervios principales de sus ocho brazos (donde se encuentran las dos terceras partes de sus neuronas). Nosotros somos gnatóstomos sarcopterigios tetrápodos, o sea que tenemos mandíbula independiente y aletas carnosas que con el tiempo terminaron convirtiéndose en cuatro miembros; ellos son cefalópodos, tienen una especie de pico en vez de mandíbula y el concepto "aletas" es ajeno a su plan morfológico. Nosotros tenemos un corazón y ellos tres. Nuestra sangre es roja por la hemoglobina en los hematíes, mientras que la suya es azul por la hemocianina en el plasma (más eficiente para transportar oxígeno en condiciones frías y con baja presencia de oxígeno). No usan saco amniótico ni placenta, no dan de mamar a sus crías, no nada.

Y sin embargo, en ellos se manifiestan llamativos fenómenos de convergencia evolutiva: casos donde determinados órganos evolucionan de manera independiente en organismos muy alejados entre sí. Uno de ellos es la presencia de dos grandes ojos no compuestos y provistos de lente única, como los nuestros. Mucho como los nuestros, aunque no del todo: los ojos humanos son bastante más imperfectos e innecesariamente complicados en su distribución.

Con un sistema más eficaz y sencillo, los pulpos ven mejor que nosotros: no sólo detectan con agudeza objetos perfectamente enfocados –algunas especies ven en color, aunque la mayoría no–, sino que también pueden distinguir el ángulo de polarización de la luz y no tienen ningún punto ciego en su retina. Esto de distinguir el ángulo de polarización de la luz –completamente invisible para los humanos– es muy útil para distinguir presas y depredadores bajo el agua; pero además, constituye un canal secreto de comunicaciones en combinación con su capacidad para cambiar de color.

Esta es otra característica extraordinaria de los pulpos: pueden cambiar de color y aspecto cutáneo general con una rapidez asombrosa, bien para ocultarse o para intimidar. Si lo comparamos con un camaleón, por ejemplo, el pulpo lo hace mucho más rápido y con una variedad de colores y formas mucho mayor. Para ello dispone de un montón de células cutáneas especializadas, llamadas cromatóforos. En el caso de los cefalópodos, estos cromatóforos pueden producir patrones de luz polarizada en ángulos precisos, lo que sólo puede ser captado con un ojo capaz de distinguir esta propiedad. Nosotros no podemos hacerlo sin instrumentos tecnológicos, pero ellos sí, lo que podría constituir un canal efectivo de comunicaciones camufladas con otros individuos de la misma especie.



Los pulpos también son capaces de perder brazos y regenerarlos. Esto les dota de otro mecanismo defensivo, porque pueden practicar autotomía: amputarse uno de los brazos, que sigue moviéndose autónomamente para atraer a los depredadores mientras ellos huyen. Y durante esta huída, claro, emplearán su tinta para ocultarse. Algunos de ellos, como el pulpo imitador, pueden hacer algo aún más sofisticado: aprovechan su enorme control muscular y la volubilidad de su cuerpo invertebrado para adquirir la forma de depredadores mucho más peligrosos, asustando así a sus posibles cazadores. Otros, como el pulpo de anillos azules, son además extremadamente venenosos y lo avisan mediante sus brillantes espectáculos de color, en un a modo de disuasión biológica. Algo así como compi, estoy empapado de tetradotoxina y otras cositas por el estilo, así que mejor si no nos hacemos pupa.

Vamos, que los pulpos son mucho más que un mero manjar con patatitas, pimentón, sal gruesa y un chorrito de aceite de oliva. Estamos ante unos animales complejos y extraordinariamente sofisticados, perfectamente adaptados para la supervivencia de modos asombrosos, que no han necesitado adaptarse gran cosa en los últimos 95 millones de años. Y también estamos ante la inteligencia más avanzada de todo lo que no respira aire en este planeta. Una clase de inteligencia distinta, extraña, que a veces es capaz de poner los pelos de punta e invitarnos a soñar. O a tener pesadillas.

La inteligencia extraña.

Todos estos brazos (se llaman brazos y no tentáculos; los tentáculos son otra cosa) con sus miles de músculos, ventosas, cromatóforos y sensores más el par de ojos casi-humanos y los comportamientos sofisticados exigen mucho sistema nervioso para su control y aprovechamiento. Por ello, no es extraño que los cefalópodos se hayan convertido en el más inteligente de los invertebrados. Tienen lo que hay que tener para conseguirlo: un gran número de neuronas y otras células nerviosas especializadas densamente interconectadas entre sí con funciones muy diversas. Casi todos los cefalópodos, además, son depredadores; hace falta una inteligencia bastante desarrollada para salir de caza como lo hace ellos.

Una de las primeras cosas que llaman la atención al observar un pulpo es su destreza. Mueve esos ocho brazos suyos –y el resto de su cuerpo– con una habilidad y rapidez excepcionales. Lo más curioso es que no tiene estereognosis y presenta una percepción de los movimientos de su propio cuerpo muy baja a pesar de sus excelentes sensores táctiles, por lo que utiliza la vista para controlar y calibrar permanentemente sus posiciones. Es cosa sabida que escapan con facilidad de cualquier acuario que no esté herméticamente cerrado, a veces ocasionando algún desastre, pero es que también son capaces de realizar acciones complejas que no se dan en casi ninguna otra parte del reino animal. Por ejemplo, abrir un frasco con cierre de rosca, botellas y toda clase de contenedores si encuentran apetitoso lo que hay dentro:



Ya hemos mencionado sus habilidades cazadoras, que en algunas especies de cefalópodos implican complejos comportamientos grupales (aunque en general son más bien animales solitarios). Y su capacidad de comunicación mediante cambios de color, que en un tipo de sepia –un animal estrechamente relacionado– se evidencia capaz de transmitir dos mensajes distintos a dos individuos diferentes.

Todo esto nos habla de una clara habilidad para resolver problemas complejos, que es quizá la manifestación más indisputable de la inteligencia. Y para ello, son capaces de manipular herramientas. Por ejemplo, aquí vemos a un pulpo venoso utilizando un coco como escudo y refugio:



Los pulpos son también capaces de aprender por condicionamiento clásico y poseen unas habilidades extraordinarias en memoria espacial y en navegación. Lo cierto es que la inteligencia cefalópoda está todavía muy poco estudiada, por tratarse de una disciplina relativamente nueva y porque los presupuestos asignados al respecto no han sido gran cosa.

Por lo demás, este que te escribe es ciertamente aficionado a las ferias y pulperías (lo que en España llamamos pulpería, lector latinoamericano; esto es, un mesón especializado en pulpo). Lo que pasa es que a veces, viendo apalear el bicho al estilo tradicional, hervirlo, descuartizar su cadáver y demás cosas de comer, no puedo evitar un escalofrío (sobre todo cuando voy ya algo cargado de albariño). Y preguntarme con una risilla nerviosa si no nos estaremos zampando a unos primos remotos que –evolución mediante– dominarán el mundo alguna vez. Sobre todo si tenemos en cuenta que algunos de ellos son superdepredadores y que todos tienen muy, muy buena memoria. Así que, Paul, buen rollito, ¿eh? ;-)


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jueves, 8 de julio de 2010

Así se investiga un accidente aéreo.

Aeronáutica forense.

Junio de 2008: Un Boeing 767 de carga dañado por un incendio en San Francisco, mientras se encontraba aún en tierra; ambos tripulantes pudieron escapar a tiempo y no se produjeron víctimas. La investigación determinó que el fuego fue ocasionado por un fallo de diseño que permitía el contacto entre un elemento eléctrico y un componente conductor del circuito de oxígeno, por lo que se hicieron las correcciones oportunas en todos los aviones del mismo modelo. La aeronave, aunque con graves daños, pudo repararse.

Cada vez que un avión aterriza fuera de un aeropuerto (o dentro, pero en más de una pieza) oímos hablar de la investigación. Esto es tan común que ya lo damos por sentado, como cosa natural, pero no siempre fue así y esta investigación no siempre se corresponde con lo que el público espera: mucha gente desea culpables y en vez de eso se encuentra con un ambiguo galimatías técnico. Pero, ¿por qué, para qué y cómo se investiga un accidente aéreo?

Desastres aéreos, culpas y vidas.

Los desastres aéreos se catalogan en accidentes e incidentes. El anexo 13 de la Convención Internacional sobre Aviación Civil, que es la norma máxima mundial en esta materia, define el accidente como cualquier cosa que cause la muerte o graves lesiones a al menos algún ocupante, el aparato resulte gravemente dañado o destruído, o éste se deba dar por perdido. El incidente es cualquier otra cosa que afecte a la seguridad aérea pero no termine con tan malas consecuencias.

Tanto los accidentes como los incidentes son de declaración obligatoria, incluso cuando se salda sin consecuencias significativas, que son la inmensa mayoría de los casos. En cambio, no es preciso declarar una simple avería o error que no afecte a la seguridad del vuelo; sin embargo, por seguridad, se recomienda su notificación a través de otros canales (al fabricante, etc.). Cada país tiene un organismo responsable de investigar los sucesos declarados o, cuando es demasiado pequeño o pobre para sustentarlo, un organismo extranjero de referencia. En el caso de España, esta entidad es la Comisión de Investigación de Accidentes e Incidentes de Aviación Civil (CIAIAC), un órgano colegiado independiente, adscrito a la Subsecretaría del Ministerio de Fomento. En el ámbito militar, en cambio, es función de la Comisión de Investigación Técnica de Accidentes Aéreos Militares. Algunos de los más famosos por su relevancia internacional son el NTSB norteamericano, el MAK del espacio ex-soviético (mayormente ruso) o la BEA francesa.

Una de las cosas que más confunden al público (y a veces, hasta a los mismos jueces con poca experiencia en estos asuntos) es el hecho simple de que la investigación técnica de un siniestro aéreo no busca establecer responsabilidades ni culpabilidades. Malas noticias para quienes acostumbran a exigir cabezas con razón o sin ella, pero así es, y además constituye un concepto esencial de toda la disciplina. Los investigadores forenses aeronáuticos no son policías, jueces ni fiscales. El único propósito legal de una investigación técnica por siniestro aéreo es tratar de impedir que vuelva a suceder. Así lo determina toda la normativa nacional e internacional al respecto:
El único objetivo de la investigación de un accidente o incidente será la prevención de accidentes o incidentes. No es el propósito de esta actividad determinar responsabilidades o culpas.
–Artículo 3.1, Anexo 13 de la OACI.

Las investigaciones a que se refiere el apartado 1 [investigaciones técnicas de accidentes o incidentes aéreos] no perseguirán en ningún caso la determinación de culpabilidades o responsabilidades.
–Artículo 4.3 de la Directiva Europea 94/56/CE, del Consejo.

La investigación técnica tiene como objeto la determinación de las causas de los accidentes e incidentes de aviación civil y las circunstancias en que se produjeron, con la finalidad exclusiva de prevenirlos en el futuro y la formulación de recomendaciones que eviten su repetición. En ningún caso estará dirigida al establecimiento de la culpa o responsabilidad de los mismos.
–Artículo 12.2 de la Ley de Seguridad Aerea 21/2003 (España)
¿Y esto por qué? Pues por muchas razones, pero una de las más fundamentales es que la búsqueda de la verdad suele estar reñida con la búsqueda de culpables. Es una cuestión de simple realismo: cuando se buscan culpables (y quién va a pagar el desparramo, que con cierta frecuencia asciende a cientos de millones de euros), todo el mundo trata de protegerse y desviar la atención hacia otros lugares; lo que termina convirtiéndose a menudo en una prolongada batalla judicial entre bufetes de abogados de mucho postín. En cambio, la seguridad del transporte aéreo necesita algo muy diferente: saber qué ha pasado lo antes posible, para implementar las medidas correctoras necesarias antes de que se repita. Gracias a esta filosofía, mantenida con firmeza a lo largo de las décadas, la aparentemente peligrosa aviación ha terminado convirtiéndose en la forma de transporte más segura. Sí, ya sé que esto se dice muchas veces, pero es que es la verdad.

Por supuesto, puede haber fallos, como en cualquier otra actividad humana. Pero el hecho es que la investigación técnica de estos siniestros fue y sigue siendo la clave de la seguridad aérea que disfrutamos hoy en día y que disfrutaremos cada vez más en el futuro. A pesar del ruido mediático habitual cada vez que alguien se da un golpe, viajar en avión no sólo es la manera segura por excelencia de desplazarse, sino que cada día lo es todavía más. Hay quien lo llama una seguridad montada sobre los muertos, pero a mí me parece mucho más justo hablar de una seguridad donde cada muerto salva vidas. ¿O acaso alguien conoce alguna manera mejor de hacerlo?

Este principio suele tener una limitación: los investigadores técnicos deben comunicar a la autoridad judicial competente si encuentran indicios de delito penal (no tendría mucho sentido que no informaran al juez de que el avión ha podido ser derribado, por ejemplo) y si el juez lo exige, tienen que entregarle las pruebas reservadas que hayan podido obtener.  Y también un aguijón: el informe final constituye documento público, y como tal puede ser utilizado por las partes en un juicio. Sin embargo, suele encontrarse un buen punto de equilibrio entre el esclarecimiento de responsabilidades y la preservación de vidas.

Así pues, los investigadores de accidentes aéreos no son fiscales ni jueces ni policías; pero sí todo lo demás, desde psicólogos hasta ingenieros o forenses. De hecho, estamos ante una actividad singularmente multidisciplinar, porque son muchos los factores diversos implicados en un accidente de aviación, y multitud las fuentes por donde se puede obtener alguna información útil.

La primera investigación de un accidente aéreo.

Probablemente, la primera investigación científica sistemática de accidentes aéreos en el sentido moderno fue la realizada por el Comité Abell, en el Reino Unido, a consecuencia de los accidentes sufridos por un avión muy popular en su tiempo: el De Havilland Comet.

El De Havilland Comet fue el primer reactor comercial del mundo, creado en 1949 y con un aura de leyenda a su alrededor. Con sus características ventanas cuadradas, que nos transportan a una época anterior, era capaz de llevar entre 36 y 44 pasajeros a más de 800 km/h y a distancias superiores a 5.000 km en las condiciones de "tren de lujo" que eran típicas de aquellos tiempos. ¡Y con cabina presurizada integral! La Reina Madre fue uno de sus primeros usuarios y el aparato causó sensación entre las gentes de todo el mundo, a traves de las colonias y ex-colonias del Imperio Británico. Fue muy popular en las rutas atlánticas del sur. Un símbolo del resurgimiento de la metrópoli imperial después de la Segunda Guerra Mundial y...

...y entonces, empezaron los accidentes. El primero fue en el aeropuerto de Ciampino (Roma): la aeronave no pudo elevarse y se estrelló al final de la pista, pero no hubo muertos. Poco después ocurrió un accidente idéntico en Pakistán, muriendo los 11 empleados de la compañía que iban a bordo: el primer desastre mortal de un reactor comercial. Se estableció que el perfil del borde de ataque de las alas dificultaba la sustentación en ciertas configuraciones, y se modificó.

Y llegó la catástrofe.

Era un nuevo tipo de accidente, que nadie lograba entender. El primero ocurrió en la India, el 2 de mayo de 1953. El aparato había despegado de Calcuta con 43 personas a bordo, se vio atrapado en una tormenta y se desintegró en el aire. Fue la primera vez que murieron pasajeros a bordo de un reactor comercial. No sin cierta reticencia, se aceptó que la tormenta había dañado un estabilizador y a partir de ahí se inició una secuencia destructiva de acontecimientos que terminó con el Comet.

Menos de un año después, el vuelo 781 de la BOAC despegaba de Ciampino (Roma) con dirección a Londres. Veinte minutos más tarde, se desintegró en vuelo sin causa aparente ni aviso previo, cerca de la isla de Elba. Murieron sus 34 ocupantes.

El 8 de abril de 1954, volvió a suceder exactamente lo mismo: el vuelo 201 de South African partió de Ciampino hacia El Cairo, con 21 ocupantes, y nunca llegó. El Comet se desintegró sobre el Mediterráneo en medio de la noche llena de estrellas, sin que nadie acertara a explicar por qué.

Algo muy parecido al pánico se extendió por el Imperio Británico y el mundo entero. ¿Qué estaba ocurriendo?

Hubo toda clase de editoriales y rumores (que es como se llamaba entonces a las conspiranoias). Muchos pensaron que se trataba de bombas. En todo caso, prohibieron volar a la flota completa de De Havilland Comet hasta que no se esclarecieran los hechos.

Calladamente, el Almirantazgo británico fue recogiendo restos de los accidentes con sus buques militares, entrevistando a los testigos (particularmente a un grupo de pescadores italianos que habían visto la primera desintegración) y hablando con quienes habían escuchado las comunicaciones de radio de los aviones perdidos.

Hay que reseñar que en aquella época no existían aún las "cajas negras" ni nada parecido.

Sin embargo, los pescadores habían capturado en sus redes fragmentos del vuelo 781 y algunos cadáveres. El estudio forense de los difuntos reveló un patrón común: fracturas de cráneo y pulmones reventados, pero no quemados. Estas lesiones pulmonares eran compatibles con una despresurización explosiva de la cabina en ausencia de gases calientes (no como los causados por una bomba).

Con el prestigio del Imperio en entredicho, se encargó la investigación al Comité Abell, encabezado por Lord Brabazon de Tara: un prestigioso aviador. Los fragmentos fueron transportados al entonces denominado Royal Aircraft Establishment, en Farnborough, y por primera vez se realizó la laboriosa tarea de "volver a montar los restos como un puzzle".

Sospechando ya un fallo de tipo estructural, las autoridades lograron sin muchas dificultades que De Havilland les cediese un aparato para hacer pruebas; De Havilland era el primer interesado en que sus aviones volviesen a volar. Los investigadores metieron este aparato en un tanque de agua y aplicaron presión para simular las condiciones de un vuelo. Y... tras 3.000 ciclos, sucedió: el avión de pruebas se partió por la parte del morro, a partir del marco de la puerta de emergencia de babor.

A partir de este hallazgo comenzaron a investigar las puertas y ventanas cuadradas, hallando que las estructuras en las esquinas estaban sometidas a presiones mucho mayores de lo esperado debido a la concentración de fuerzas: por encima de 40.000 psi. Esta enorme presión, además se trasladaba al fuselaje sin que existiera ningún mecanismo para aliviarla.

Finalmente, quedó establecido que la ruptura de los Comet se debía a un problema de fatiga de materiales en la estructura de las ventanas y del fuselaje, y particularmente de una claraboya que llevaban en la parte superior como cortesía al pasaje.

Tras ser sometido a numerosas modificaciones, el De Havilland Comet volvió a volar y nunca volvió a sufrir accidentes fuera de lo común. Pero su aura legendaria se había tornado en aura trágica. Ya nunca volvió a ser un avión de referencia, y la llegada del Boeing 707 terminó de destruir su posición comercial. Entre este y otros fracasos, particularmente el del misil Blue Streak, De Havilland terminó por desaparecer en 1964. BOAC, por su parte, terminaría fusionándose con BEA en 1974 para constituir la moderna British Airways.

Sin embargo, el Comet modificado sobrevivió durante muchas décadas como aparato militar, convertido en el Hawker Siddeley Nimrod: un avión de patrulla marítima y antisubmarina muchas veces actualizado, que sigue fabricándose en la actualidad bajo el nombre Nimrod MRA4.

La investigación moderna.

Hoy en día, la investigación de accidentes e incidentes aéreos es un proceso normalizado y reglamentado, común a la mayoría de países desarrollados. Esencialmente, consiste en reproducir con la máxima exactitud y certeza posibles la secuencia de acontecimientos que condujeron al suceso. En cuanto se tiene noticia del siniestro, el área se asegura (a menos que el aparato desaparezca en el mar o algo así) y se procede a realizar una serie de técnicas que ocupan muchos ámbitos de la realidad.

Una de las más desagradecidas y menos conocidas es la comprobación documental. Sólo apta para burócratas con espolones, consiste en verificar cada papel relacionado con el vuelo, desde el manifiesto de carga a las reparaciones y mantenimientos o las licencias de los pilotos. A menudo hay que rastrear estos documentos a lo largo y lo ancho de países y continentes enteros, pero con cierta frecuencia este esfuerzo conlleva su premio: piezas piratas, contrabando, cargas peligrosas, exceso de peso, revisiones irregulares, personal no cualificado, etcétera.

Mientras tanto, algunos investigadores ya habrán comenzado a conversar con los testigos. Esto de los testigos es siempre peliagudo; de sobras es sabido que los sentidos humanos no son perfectos, que la memoria hace cosas raras y por supuesto– que algunos de estos testigos pueden tener intereses ocultos. Además, sólo los habrá cuando el siniestro haya sucedido cerca de lugar poblado. Por todo ello, no se puede contar demasiado con su disponibilidad y fiabilidad.

Sin embargo, a veces ven, oyen o saben cosas que no pueden quedar registradas por ninguna máquina, o que han resultado perdidas en el propio accidente. En general, se hablará con los tripulantes, controladores y otro personal técnico; así como con testigos no profesionales que estuvieran en situación de ver algo relevante (el pasaje superviviente no suele estar en esta posición, pero según circunstancias se les puede entrevistar también). Estas conversaciones se deben mantener lo antes posible, pues es cosa sabida que conforme pasa el tiempo las personas tendemos a recordar menos e interpretar más; y el investigador no necesita interpretaciones u opiniones, sino hechos precisos.


Otros especialistas se habrán metido ya con la parte física de los restos hallados. Estos especialistas son fundamentalmente de tres tipos: ingenieros forenses, médicos forenses y los especialistas en grabadoras de vuelo ("cajas negras"). Los ingenieros forenses (también físicos y químicos) tratarán de distinguir qué componentes materiales han podido tener alguna relación con el accidente, y cómo. Los médicos forenses, al estudiar los cuerpos, aportarán numerosos datos sobre la secuencia de acontecimientos; la medicina legal está muy desarrollada y el cuerpo humano, por sus diferentes composiciones, es un muy buen registro de todo lo que le pasa. Los especialistas en grabadoras de vuelo intentarán desentrañar las palabras y datos que éstas registran. 


Una de las técnicas que más información aportan es la topografía del accidente. El mero hecho de representar la posición de los restos sobre el terreno y algunas observaciones adicionales (como árboles o antenas derribados, suelo excavado, etc) permite hacerse una muy buena composición de lugar porque definen la estela de desintegración (debris trail). Esto aporta muchas pruebas. Por ejemplo, una gran cantidad de restos concentrados en pocas decenas o cientos de metros sugieren un impacto directo en el suelo sin mucha desintegración precedente (lo que excluye la posibilidad de explosiones aéreas significativas). En cambio, una estela repartida a lo largo de kilómetros nos habla de una aeronave que empezó a perder su integridad mucho antes de llegar al suelo. La manera como caen los distintos materiales cuando salen despedidos al aire está muy bien estudiada, y aporta también numerosos datos.


En ocasiones, cuando la naturaleza del siniestro y la dificultad de comprenderlo justifican el elevado coste, se recompone la aeronave a partir de los restos encontrados. Al menos, hasta donde es posible. El propósito de esta técnica es permitir a los investigadores una organización más intuitiva de las pruebas físicas. Por ejemplo, una tubería rota y quemada repartida en un montón de cajas se convierte a primera vista en testigo de una llamarada cuando los fragmentos se colocan de nuevo en su sitio. Hoy en día, es posible hacer parte de esta reconstrucción de manera virtual, con medios informáticos; aunque para los casos más complicados se sigue practicando la recomposición tradicional. Esta técnica es muy cara y lenta, por lo que sólo se aplicará cuando se considere verdaderamente necesaria.

El conjunto de todas estas pruebas formará el corazón del informe técnico. Algunas de ellas pueden ser largas y costosas, e incluso llegar a convertirse en un proyecto científico en sí mismas; en otras ocasiones, lo sucedido resultará bastante evidente a primera vista, aunque aún así siempre conviene hacer las comprobaciones oportunas. Si los investigadores encuentran algo muy sospechoso de entrada, emitirán unas recomendaciones de urgencia; a veces erróneas, pero más vale curarse en salud. Después, cuando la mayoría de las pruebas se hayan reunido y exista una comprensión inicial del siniestro, se elabora el informe preliminar. Pero hasta que no se completen todas las pruebas no se emitirá el informe final.

Este informe final contendrá una serie de causas del siniestro (si se han podido esclarecer), normalmente separadas en causas primarias (las que ocasionaron directamente el suceso) y causas contributivas (las que facilitaron que ocurriera). Hoy en día, es sumamente raro que un accidente de aviación obedezca a una sola causa; hay muy pocas cosas que pueden tirar abajo un avión por sí solas en nuestro tiempo, a menos que sean actos violentos. En la inmensa mayoría de los casos, nos vamos a encontrar una combinación de factores que condujo al desastre.

Y por fin, el sentido de todo esto: las recomendaciones finales, que generalmente se convertirán en directrices de obligado cumplimiento. Identificadas las causas primarias y contributivas, es posible hacer estas recomendaciones para prevenirlas en el futuro. Son estas recomendaciones las que salvan vidas pero, sin todo el trabajo precedente, no sería posible realizarlas.

¿Y cuál es el sitio más seguro para sentarse?

Esta es una pregunta inevitable en estos temas, así que ya la planteo yo.  :-D

No existe una respuesta a esta pregunta. Depende del accidente, y cada accidente es un mundo; no hay ninguna posición más segura que otra por encima del margen de error estadístico. Así que no se puede contestar. En general, el estado más seguro es permanecer dentro de la aeronave con el cinturón abrochado mientras ésta mantenga la integridad y no haya explosión; y salir despedido al exterior cuando hay desintegración explosiva cerca del suelo. Pero claro, esto no es algo que se pueda controlar, y el segundo caso depende del azar por completo.

A veces se afirma que la sección de cola es marginalmente más segura, por hallarse lejos de las zonas típicas de impacto primario (que suelen estar en el frontal) y de las áreas donde hay gran cantidad de sustancias inflamables y potencialmente detonantes (las alas y su empenaje). Sin embargo, números en la mano, esta opinión no se sostiene. Es rigurosamente cierto que en un avión vamos todos juntos y compartimos el mismo destino, desde el comandante en su puesto de mando hasta el TCP que se sienta en la banqueta esa rara de la cocina del fondo.

Por ese mismo motivo, la investigación técnica de estos siniestros es tan importante. Cada vez que unas alas de metal se separan del suelo, quienes vamos a bordo (y quienes estamos debajo) vivimos más porque otros murieron y desde más allá de la muerte, nos susurraron un relato. Nos contaron cómo se fueron, qué viento se los llevó. Y los únicos capaces de escuchar este relato de ultratumba y ponerlo negro sobre blanco en un papel para que todos podamos aprender y vivir son los investigadores de accidentes aéreos; un trabajo complejo, difícil, exigente, a veces terrible y con frecuencia sujeto a grandes presiones, pero vital. Literalmente.

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domingo, 4 de julio de 2010

Saudi Aramco, la discreta tiranía global.

¿Microsoft? ¿Wal-Mart? ¿General Electric? ¿ExxonMobil? ¿Petrochina? Tonterías. Si esa gente te parece importante, es porque no conoces a estos.

Sede central de Saudi Aramco en Dhahran. En primer plano, la mezquita
Al-Mujjama. Detrás a la izda., el edificio de ingeniería; y a la dcha., las
dos torres que albergan la administración.
Es la empresa más grande del mundo, una de las que más beneficios deja, y constituye la infraestructura real de una de las peores tiranías del planeta. Nadie sabe hasta dónde llegan sus tentáculos, pero se le conocen inversiones y lobbies en todos los lugares donde se toman decisiones. Tras ella y a través de ella, un extenso clan de teócratas islámicos interviene libremente en los principales mercados globales sin que nadie les tosa ni un poquitín. Hablamos de Saudi Aramco, el gigantesco conglomerado petrolero, gasístico y financiero con sede en Dhahran. ¿Habías oído hablar alguna vez de ella?

Dios, Patria, Rey, Empresa.

Arabia Saudí es una monarquía absolutista al estilo tradicional, donde la religión, el estado, la casa real y Saudi Aramco constituyen un todo inseparable e indistinguible. Cuatro veces más extensa que España, ocupa la mayor parte de la Península Arábiga a caballo entre el Mar Rojo y el Golfo Pérsico. Sin embargo, su población es relativamente baja (veintiocho millones de habitantes, de los cuales 5,5 millones son inmigrantes extranjeros); se halla concentrada sobre todo en la capital Riad y en una estrecha franja de la costa oeste que se extiende desde Jizan, al sur, hasta Jeddah, La Meca y Medina en el norte. La mayor parte del país se encuentra fundamentalmente despoblada, pues está ocupada por el Desierto Arábigo. Este desierto contiene algunos de los lugares más alienígenas del planeta Tierra, como el inquietante Rub' al-Khali, el lugar vacío.

Aunque el país tiene una larga historia –que incluye, notoriamente, la creación del Islam y el Califato original entre La Meca y Medina a principios del siglo VII–, el estado moderno no se fundó hasta fechas recientes: 1932, para ser exactos. En realidad, fue una creación anglosajona a partir del Tratado de Darin (1915), que convertía los territorios bajo control del clan de los Ibn Saud en un protectorado del Imperio Británico. Gracias a ese apoyo, los Ibn Saud –una familia aristocrática tradicional con características culturales beduinas, que ya habían fundado un par de estados antecesores en el área– consiguieron dominar militarmente el territorio allá por 1926. Mediante el Tratado de Jeddah (1927), el Reino Unido reconoció la independencia del entonces llamado Reino de Nejd y Hejaz, bajo el dominio absolutista del monarca Abdul Aziz ibn Saud. Sus oponentes de la casa de los Rasheed –apoyados por el Imperio Otomano– fueron absorbidos o eliminados. En 1932, Nejd y Hejaz fueron unificados como la Arabia de los Saud. Es decir, Arabia Saudita.

El conflicto tuvo un componente religioso. Los Rasheed eran chiítas bastante corrientes; los Saud, sunitas en una versión especialmente estricta y reaccionaria conocida como wahhabismo (aunque ellos prefieren el término salafismo). El wahhabismo o salafismo es uno más de los supuestos retornos a los orígenes que las religiones presentan de vez en cuando, hasta cierto punto parecido a las ramas ultraconservadoras del protestantismo cristiano: reacción ante un clero corrupto y frente a innovaciones (como el sufismo), literalismo e inerrancia de su libro sagrado (para unos la Biblia y para otros el Corán), defensa de la pureza religiosa y los valores familiares tradicionales, oposición a la idolatría (incluyendo las imágenes, monumentos e iconos), oposición radical a cualquier forma de religión popular o tradicional (magia, talismanes, etc), denuncia del culto a los santos o cualquier otro intermediario ante su dios, así como severo puritanismo moral, social y sexual con elementos sexistas y clasistas muy fuertes.

Como consecuencia, el desarrollo de la identidad nacional saudí quedó estrechamente vinculado a este salafismo y a la Casa de Saúd, por oposición al chiísmo, a la Casa de Rasheed y a sus amigos otomanos (o sea: turcos). El país nunca se dotó de una Constitución, ni de instituciones independientes, ni de nada ni remotamente parecido a una separación de poderes, ni de separación entre iglesia y estado, ni de ninguna otra libertad, derecho o característica propia de un estado moderno; en el mundo musulmán, se sitúa así en el extremo opuesto de la Turquía de Kemal Ataturk que vino a reemplazar al Imperio Otomano. No fue hasta 1992, después de la Primera Guerra del Golfo, cuando Arabia Saudí promulgó por primera vez una Ley Básica a modo de Constitución para quedar bien ante sus aliados occidentales; sus artículos 1, 2, 3, 6,7, 8 y 9 rezan como sigue:
1. El Reino de Arabia Saudita es un estado árabe islámico soberano, y el Islam es su religión. Su Constitución es el Libro de Dios [el Corán] y la Sunnah [tradición] de su Profeta [Mahoma], que las oraciones y la paz de Dios sean con él. El árabe es su idioma y Riad, su capital.
2. Las festividades públicas del estado son el Id al-Fitr y el Id al-Adha [el último día del Ramadán y la celebración del sacrificio de Abraham]. Su calendario es el calendario de la Hégira.
3. La bandera estatal será como sigue: (a) será verde [el color del Islam]; (b) su anchura será igual a dos tercios de su longitud; (c) las palabras "No hay más que un Dios y Mahoma es Su Profeta" se inscribirán en el centro con una espada a sus pies [...]
6. Los ciudadanos deben lealtad al Rey de acuerdo con el Sagrado Corán y la tradición del Profeta, en sumisión y obediencia, en tiempos fáciles y difíciles, en la fortuna y en la adversidad.
7. El Gobierno de Arabia Saudí deriva su poder del Sagrado Corán y la tradición del Profeta.
8. [Los principios del] Gobierno de Arabia Saudí se sustentan en la justicia, la consulta y la igualdad según la Ley de Dios [Shari'ah].
9. La familia es el núcleo de la sociedad saudí; sus miembros serán educados sobre la base de la fe islámica, la lealtad y la obediencia a Dios, su Profeta y sus guardianes [...]
...y sigue por un estilo durante decenas de artículos de los 83 que contiene. La propiedad privada es sagrada (artículos 18 y 19), los impuestos se impondrán sólo cuando haya necesidad (art. 20) y la propiedad, el capital y el trabajo son derechos personales de acuerdo con la Ley de Dios (art. 17). Con respecto a las libertades y derechos democráticos, en cambio, sólo encontramos lo siguiente:
12. La consolidación de la unidad nacional es un deber, y el Estado impedirá cualquier cosa que pueda conducir a la desunión, la sedición y la separación.
26. El estado protegerá los derechos humanos según la Ley de Dios [Shari'ah].
44. Las autoridades del estado son: el poder judicial, el poder ejecutivo y la autoridad reguladora. [...]
45. El poder judicial es una autoridad independiente [...] excepto en lo relativo a la Ley de Dios [Shari'ah].

Por su parte, el poder ejecutivo está totalmente concentrado en el Rey. Pero... ¡un momento! ¿No nos falta el poder legislativo? Quiero decir, ya sabes, legislativo-ejecutivo-judicial y todo ese rollo...

No, obviamente no falta. El poder legislativo está igualmente concentrado en la Casa Real, los clérigos (ulemas) que interpretan la Ley Divina y los jueces que la aplican. Estamos, pues, ante una teocracia absolutista de rasgos medievales, a años luz de la Revolución Francesa y lo que ésta significó. El imperio de la ley es el imperio de la ley del rey, el clero y la patria. Dios, Patria, Rey. Y Empresa.

El oro negro y el amigo americano.

Desde su mismo origen, la historia de Arabia Saudí está inextricablemente vinculada al petróleo que abunda a mares bajo sus arenas inhóspitas.Ya en 1932, geólogos norteamericanos de Standard Oil de California (hoy en día Chevron) encontraron petróleo en otro protectorado británico de facto sito en la misma Península Arábiga, o casi: Bahréin. En 1933, apenas un año después de la fundación del país, los Saúd concedieron una concesión a esta misma compañía petrolera para realizar prospecciones en su territorio. En 1936, la Texas Oil Company (ahora llamada Texaco) compró a Standard Oil el 50% de esta concesión. Ya en 1938 estas compañías abrieron el primer campo, precisamente en Dhahran, donde ahora se encuentra la sede de Saudi Aramco.

Durante la Segunda Guerra Mundial, tales pozos ya apoyaron marginalmente el esfuerzo de guerra aliado. Sin embargo, no fue hasta el final de la misma cuando estas compañías norteamericanas comenzaron a explotar a fondo las riquezas petrolíferas de la región; así, dejaron en un remoto segundo lugar a sus primos británicos de BP, que se concentraron en la explotación de los pozos iraníes. En 1944, Standard Oil cambió el nombre a su subsidiaria local –hasta entonces denominada Casoc, o California Arabian Standard Oil Company– por Aramco: Arabian American Oil Company. En 1945, esta Aramco abrió la gigantesca refinería de Ras Tanura, que durante muchos años sería la más grande del mundo y aún hoy ocupa la quinta posición.

En 1948, otras dos de las siete hermanas (ahora conocidas como ExxonMobil, la segunda empresa privada más grande del mundo después de Petrochina) se sumaron al negocio, comprando importantes participaciones en Aramco. De esta forma, las cuatro hermanas estadounidenses –lejos de competir– cooperaron durante décadas para explotar la riqueza petrolera saudí a gran escala.

La Guerra Árabe-Israelí de 1948 comenzó a complicar las cosas. En esta guerra, tanto Estados Unidos como la Unión Soviética se pusieron de parte de Israel y dejaron solos a los árabes, con el resultado que se puede suponer. Entre esto y que los yanquis se estaban haciendo de oro con el petróleo saudí sin que la Casa de Saúd viera más que las sobras, en 1950 amagaron con nacionalizar Aramco por primera vez, imitando lo ocurrido en Venezuela poco antes. En esencia, querían el 50% de los beneficios. ExxonMobil, Texaco y Chevron entraron en pánico y pidieron ayuda al gobierno de los Estados Unidos. El presidente Truman se la prestó, y de qué manera: garantizó a estas compañías petrolíferas una reducción de impuestos equivalente al 50% de los beneficios sobre las ventas de combustibles, de tal modo que le pudieran dar el otro 50% a los Ibn Saúd sin reducir sus ganancias. El dinero se canalizó directamente a través del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos. Este trato de favor a gran escala se conoce como el golden gimmick.

Como en Arabia Saudí no existe separación alguna entre la monarquía y el estado, todas estas riquezas inmensas iban a parar de hecho a las arcas de la Casa Real, que a lo largo de los siguientes años se hicieron famosos en el mundo entero por su estilo de vida lujoso hasta extremos absurdos. Bien es cierto –todo sea dicho en justicia– que aprovecharon para levantar el país, aunque en la práctica el país les pertenecía también. Paralelamente, los países productores de petróleo comenzaron a ser conscientes de los enormes beneficios que podían obtener –y que hasta ese momento se llevaban sobre todo estas compañías extranjeras–, por lo que comenzaron los movimientos para fundar la OPEP.

Y los Estados Unidos protegieron a la Casa de Saúd frente a todos sus enemigos exteriores e interiores, a pesar del problema con Israel. A cambio de esto y de su 50%, el Rey permitía que Aramco siguiera forrándose con el petróleo saudí. Participaron en la Guerra de los Seis Días, por aquello de la solidaridad entre hermanos árabes, musulmanes, etcétera, pero sin muchas ganas (y mucho menos para ayudar a los egipcios, con quienes no se pueden ni ver). Sin embargo, la Guerra del Yom Kippur de 1973 complicó bastante las cosas: la tibieza del riquísimo estado saudí frente al enemigo sionista comenzó a estar muy mal vista en todo el mundo árabe y la Casa Real temió por su estabilidad; pero, por otra parte, tenían las manos atadas porque la muy norteamericana Aramco era la casi única fuente de riqueza para el país y sus monarcas.

La brutal derrota de los árabes en esta guerra del Yom Kippur forzó a Arabia Saudí a participar en el embargo del petróleo de 1973 contra Estados Unidos y Europa Occidental. Y funcionó. La OPEP se hizo consciente de pronto de su poder global; la Casa de Saúd, también. Ahora ya no eran simplemente ricachos, hombres de paja de poderes extranjeros: se habían convertido en operadores de alcance planetario. Pronto, el Movimiento de Países No Alineados –la mayor alternativa que existió jamás a la hegemonía de los Estados Unidos y la URSS– estaba en marcha, incorporando a casi toda la OPEP. En ese mismo año de 1973, la monarquía saudí utilizó una parte de la fortuna acumulada durante todos estos años para adquirir el 25% de Aramco, en lo que constituyó el primer paso para su nacionalización.

A lo largo de los siguientes siete años, la Casa de Saúd (o el estado saudí, que lo mismo da) fue adquiriendo participaciones cada vez mayores en la empresa. En 1980 compraron la última acción, con lo que la otrora norteamericana Aramco se convirtió en saudita por completo; de esa forma, Riad recuperaba el control completo sobre su producción y exportación de petróleo sin depender de los Estados Unidos. Así, ganó una mayor libertad política para moverse entre los polvorines del Oriente Próximo y en los mercados del mundo entero.

Sin embargo, la Casa de Saúd nunca se sintió cómoda lejos del amigo americano, sobre todo teniendo en cuenta que sus rivales egipcios se estaban alejando de la URSS y acercándose a los Estados Unidos. No querían dejar de ser los favoritos de Occidente en el mundo árabe. De tapadillo, siguieron cooperando a todos los niveles. Las operaciones norteamericanas para crear el integrismo islámico moderno contra la URSS en Afganistán y los regímenes seculares prosoviéticos en todo el Oriente Medio se ejecutaron fundamentalmente a través de Arabia Saudita y Pakistán (esos eran los tiempos en que Hollywood nos obsequiaba con un Rambo amigo de los muyahideen contra el pérfido oso comunista). El durísimo salafismo islámico fue exportado a un –por aquel entonces– bastante secularizado Afganistán a través de un tal Osama Bin Laden y sus talibanes con dinero saudita y estadounidense. (Y también misiles de alta tecnología al Irán de los ayatolás a través de –no te lo vas a creer– Israel, sí, Israel, en lo que vino a ser el asunto Irán-Contras).
Durante la presidencia de Ronald Reagan, el apoyo norteamericano a los integristas islámicos se extendió a su maquinaria de propaganda. En la imagen, dos capturas de la película Rambo III donde el héroe estadounidense lucha codo con codo junto a los muyahideen (ahora llamados "terroristas") contra el enemigo soviético. Uno de los organizadores principales de estos muyahideen era Osama Bin Laden, y la ayuda se canalizó fundamentalmente a través de Pakistán y Arabia Saudí.

Saudi Aramco.

Y Aramco siguió creciendo y creciendo y creciendo, ahora bajo control exclusivo saudí. Poseen el campo de Ghawar –el más grande del mundo– y también los de Safaniya-Khafji, Shaybah, Abqaiq, Berri, Manifa o Faroozan más otros muchos por todo el planeta en los que han ido adquiriendo participaciones. Poseen el 20% de las reservas de petróleo de la Tierra. Construyeron el Master Gas System, la red de hidrocarburos más grande del mundo, así como enormes refinerías y plantas de gas licuado. Compraron superpetroleros. Con la permanente ayuda estadounidense, desarrollaron avanzadas tecnologías de extracción, procesamiento y distribución. Se instalaron gigantescos gasoductos y oleoductos, terminales de carga, de todo. En 1988, la empresa fue estatalizada definitivamente bajo el nombre Saudi Aramco.

Saudi Aramco es propiedad exclusiva al 100% de Arabia Saudí –de la Casa de Saúd–, no tiene más accionistas y no sale a bolsa, con lo cual siempre permanece en un discreto segundo plano; carece de obligación de aportar a nadie más que el monarca cuentas de resultados, balances, auditorías y demás cosillas para pobres. En 2005 (actualizado en 2006), un singular documento de Financial Times desveló que las empresas más valiosas del mundo –más grandes en términos económicos– no eran ni Microsoft, ni Wal-mart ni ninguna de esas: la lista estaba encabezada por los gigantes petrolíferos estatales que no tienen que rendir cuentas a nadie más que a sus propios estados.

Y arriba del todo, destacando a enorme distancia de todas las demás, estaba Saudi Aramco.

Con un valor total estimado de 781.000 millones de dólares –repite conmigo: setecientos - ochenta - y - un - mil - millones - de puñeteros dólares–, la muy estatal y muy islámica Saudi Aramco era ya en 2005-2006 tan grande como las dos compañías privadas más grandes del mundo juntas: esas eran, por aquellos tiempos, ExxonMobil y General Electric.

Sus ingresos anunciados en 2008 fueron de 233.000 millones de dólares –repítelo–. Esto la pone en un modesto sexto lugar con respecto a empresas más pequeñas; de ahí come la práctica totalidad de Arabia Saudí. Saudi Aramco es quien paga todas las facturas, a través de una densa trama de nepotismo, clientelismo e ingenierías contables tanto dentro como fuera del país. Controla el 90% de la riqueza nacional. Arabia Saudí es Saudi Aramco.

Saudi Aramco tiene enormes inversiones en el exterior, y de manera muy notable en los Estados Unidos, donde ha estado estrechamente vinculada con los dos presidentes de la familia Bush. Lo hace a través de subsidiarias conocidas y de inversiones mucho menos obvias en los mercados globales. Nadie sabe hasta dónde llegan sus tentáculos. Pero llegan muy lejos.

Aviones de Saudi Aramco en el aeropuerto Rey Fahd.

La tiranía discreta de alcance global.

En Arabia Saudí no existen los derechos humanos. Es el tercer país que más gente ejecuta per capita –incluyendo menores–; las amputaciones de miembros y las tandas de cientos de latigazos se aplican libérrimamente. Su imperio de la ley depende del rey y de los clérigos. Las minorías sexuales son reprimidas brutalmente; el sexo fuera del matrimonio es ilegal. Los derechos de la mujer son un chiste (y los del hombre, sobre todo cuando es pobre, también). Los inmigrantes extranjeros (los pobres, claro) son carne de cañón para el sistema judicial, si es que se le puede llamar así. La policía política está por todas partes. Sin embargo, el caso saudí casi siempre aparece como una nota a pie de página en las declaraciones grandilocuentes sobre la protección de los derechos humanos. En serio, ¿cuántas veces has oído hablar del problema de los derechos humanos en Arabia Saudí?

En Arabia Saudí no existen ni siquiera las formas de una democracia, aunque sea de papel. Los partidos políticos y los sindicatos están rigurosamente prohibidos, y quienes intentaron formar alguno, encarcelados o muertos. No hay ni siquiera un Parlamento de coña. No hay elecciones. No hay ninguna manera mediante la que el pueblo pueda intervenir en el poder. La monarquía es intocable. No se tolera ninguna clase de disidencia. Es como Corea del Norte, pero con pasta. Sin embargo, ¿cuántas veces has oído hablar de la necesidad de llevar la democracia a Arabia Saudí?

Entrevista (subtitulada en inglés) a un verdugo saudí:



En Arabia Saudí no existe la libertad de opinión. Ningún medio de comunicación ni ningún ciudadano particular puede criticar al poder o al Islam. Los periodistas están estrechamente vigilados. Incluso bloggers moderadamente críticos como Fouad Al-Farhan son detenidos durante meses en confinamiento solitario. El acceso a Internet está censurado y controlado mediante un firewall que no tiene nada que envidiar al chino, provisto por la compañía norteamericana Secure Computing. Sin embargo, ¿cuántas veces has oído hablar de los problemas con la libertad de opinión, prensa e Internet en Arabia Saudí?

En Arabia Saudí no existe la libertad de religión. Vamos, ni de coña. Mucho menos que en China, por decir algo. Arabia Saudí es islámica y salafista, punto. La policía religiosa –mutaween– es omnipresente. Los extranjeros que quieran celebrar ritos, pueden hacerlo en su habitación del hotel o del complejo gubernamental para guiris. No se permite difundir materiales de ninguna otra religión (ni siquiera de otras versiones del Islam). Convertirse a otra religión es apostasía, condenada con la pena de muerte; ni en la URSS de Stalin, ni en Corea del Norte ni en la Alemania nazi se vio esto. La minoría chiíta está severamente oprimida y discriminada. La mera idea de construir un templo de algo distinto al salafismo constituye una especie de broma de poco gusto. Según estos absolutistas, cualquier cosa que suene remotamente a relativismo es motivo más que suficiente para hacerlo desaparecer en las arenas, incluso sin juicio. Sin embargo, ¿cuántas veces has oído hablar de la represión religiosa o ideológica en Arabia Saudí?

Ciudadanos prominentes de Arabia Saudí –una tiranía donde todo está controlado– han financiado abundantemente grupos terroristas por todo el mundo, y se dice que siguen haciéndolo. En una situación kafkiana, reprime en su propio país a los mismos militantes que ha fomentado –y puede que fomente– en otros muchos lugares. Allá donde hay mujahideen, hay ciudadanos saudíes, dinero saudí, teología saudí; sea Afganistán, Bosnia, Chechenia, Kosovo... o Nueva York. De los diecinueve autores materiales de los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Manhattan y Washington DC, quince fueron saudíes. Y sin embargo... eso.

El único país del mundo que posee aviones AWACS E-3 Sentry fuera de la OTAN es Arabia Saudí; ni siquiera Israel los tiene. Junto con Kuwait, es también el único país fuera de los Estados Unidos con carros M1A2 Abrams; y uno de los cuatro que opera cazas y cazabombarderos F-15 Eagle. Es el único país fuera de Europa que tuvo el Panavia Tornado y que tiene el Eurofighter Typhoon. A pesar de ser una conocida tiranía con extraordinarias violaciones de los derechos humanos, todo el mundo le vende material policial y represivo por toneladas. No es como si no pudiera pagar todo ello y mucho más, claro; pero las decisiones de compraventa de estas armas tan sofisticadas y poderosas no se rigen exclusivamente por motivos económicos. Ni lo hace el vendedor, ni lo hace el comprador.

Mientras tanto, Arabia Saudí –Saudi Aramco, la Casa de Saúd, el Islam salafista, todo en uno– sigue exportando 360.000 barriles de petróleo por hora –cien por segundo, más que Rusia y los Emiratos Árabes Unidos juntos– hacia todo el sediento mundo. Es el quinto poseedor de reservas de divisa del planeta con 395.000 millones de dólares, inmediatamente detrás de China (2,5 billones), Japón (990.000 millones), la Eurozona (668.000 millones) y Rusia (447.000 millones). Su fondo soberano de inversión SAMA es el tercero de esta Tierra, con 431.000 millones de dólares. La deuda pública nacional asciende al 13,5% del PIB (la de Estados Unidos es del 86,1%, la de Alemania del 77% y la de España del 50%, datos de 2009, por poner tres ejemplos); en deuda externa, eso son 58.600 millones de dólares, menos que Nueva Zelanda y equivalente a su producto nacional bruto de... 57 días. Todo ello según declaración pública, lo que difícilmente incluye las inversiones privadas de los miembros de la extensa familia real.

Sin el petróleo saudí, el mundo se detendría de inmediato. Sin el dinero saudí, los mercados colapsarían de la noche a la mañana.

El resultado es obvio: estos no son moros sino señores árabes a quienes nadie se atreve a incomodar, no vaya a ser que ocurra algo con el petróleo o con las monumentales inversiones que mantienen en todos los sectores. Sus palancas políticas y geoestratégicas son extensas y profundas, y cuanto más desarrollada es una sociedad, más depende de que esos superpetroleros cargados hasta la bandera sigan llegando a su hora –por no mencionar posibles desinversiones en, digamos, los sectores más delicados de tu economía, o de tus negocios en particular–. Mientras tanto, la que probablemente sea la peor tiranía teocrática del mundo sigue su camino suavemente, prósperamente, globalmente. Discretamente. Y de fondo, las inmensas refinerías de Saudi Aramco rielando desde el Mar Rojo hasta el Golfo Pérsico y el mundo entero, acariciadas por las ardientes arenas del lugar vacío.
Un sector de la gigantesca refinería de Rabigh, propiedad de Saudi Aramco. Con una capacidad de procesamiento de 400.000 barriles/día, es la segunda más grande del país y una de las mayores del planeta.

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