La pizarra de Yuri

lunes, 15 de marzo de 2010

Falles 2010

Se'n vorem la setmana que ve.

Nos vemos la semana que viene.



EL LIBRO DE LA PIZARRA DE YURI:
La Pizarra de Yuri
Pídelo en tu librería: Ed. Silente, La Pizarra de Yuri, ISBN 978-84-96862-36-4
o pulsa aquí para comprarlo por Internet

·
La Pizarra de Yuri se ha mudado a www.lapizarradeyuri.com
Por imposibilidad de atender dos blogs a la vez, los comentarios en este quedan cerrados. Puedes ponerte en contacto conmigo a través del correo electrónico o en el nuevo blog.

domingo, 14 de marzo de 2010

Quienes estaban viento abajo.

Durante 14 años, los EEUU realizaron un centenar de pruebas nucleares atmosféricas en Nevada,
a 150 km de Las Vegas. Sólo recientemente empezaron a estudiarse sus efectos.
John Wayne y Susan Hayward podrían contarse entre las víctimas.


Entre 1945 y 1980, y sobre todo hasta 1963, las principales potencias nucleares realizaron más de quinientas pruebas atómicas atmosféricas; es decir, al aire libre. Inevitablemente, los Estados Unidos y la Unión Soviética perpetraron la parte del león, con unas 215 cada uno. El resultado fue una inmensa cantidad de conocimientos sobre este tipo nuevo de arma devastadora y sus aplicaciones científicas y militares; para sorpresa de muchos, tantos cientos de explosiones atómicas apenas han incrementado la radiación de fondo global en mucho menos del equivalente a una radiografía por año.

Pero no en todas partes por igual, claro. La deposición de una explosión o un accidente nuclear depende generalmente de la distancia. Cuanto más cerca, peor. Por eso, la mayor parte de estas potencias optaron por ejecutar estas pruebas en lugares remotos, con muy baja densidad de población y vientos dominantes que transportaran el grueso de la radiación a desiertos u océanos; lo cual es francamente una salvajada, pero evidencia una cierta voluntad de proteger a la población frente a sus efectos peores.

Francia, por ejemplo, realizó casi todas sus pruebas en islotes del Pacífico. China, en el desierto del Gobi. El Reino Unido, en el desierto australiano. La URSS las repartió entre Nueva Zembla, que básicamente está en el fin del mundo, y Semipalatinsk, que no está tan en el fin del mundo –la ciudad, con cien mil habitantes por aquel entonces, se halla a unos cien kilómetros– pero se le parece, en la frontera de Siberia con el Gobi. Estados Unidos también optó por sus posesiones pacíficas para un centenar de estas pruebas... y realizó otro centenar en el campo de pruebas de Nevada.

¿Y cuál es el problema? Pues el problema es que los Estados Unidos continentales no son tan grandes, y están mucho más poblados que todos los demás lugares mencionados. De hecho, el campo de pruebas de Nevada se encuentra a menos de ciento cincuenta kilómetros de Las Vegas, que por aquellos tiempos contaba unos cien mil habitantes, como Semipalatinsk. Pero eso no fue lo más grave. Lo más grave fue que los vientos dominantes empujaban la radiación no hacia océanos, hielos y desiertos, como en los casos anteriores, sino hacia las vastas extensiones agrícolas de las Grandes Llanuras, perfectamente habitadas. Cinco millones de personas absorbieron dosis tiroideas per capita (yodo-131) entre 9 y 16 rads: más que en Kiev a consecuencia del accidente de Chernóbyl, aproximadamente el 5% de lo absorbido por la población de Pripyat y similar a la sufrida en las áreas periféricas de Hiroshima.

Les llaman downwinders: quienes estaban viento abajo. Sobre todo, los niños que se criaron entre 1951 y 1971 absorbieron altas dosis de yodo-131 radioactivo –uno de los radioisótopos más peligrosos que existen– a través de la leche, particularmente en Colorado, Idaho, Montana, Kansas, Dakota del Sur y Utah, pero también en lugares tan lejanos como Florida. Numerosas reservas de los norteamericanos nativos (indios) Navajo, Hopi, Zuni, Ute y Pueblo resultaron severamente afectadas, pero también el área metropolitana de Denver e incontables comunidades agrícolas de las praderas.

Absorción de yodo-131 en tiroides por condados, National Cancer Institute, USA.

Los downwinders de Hanford.

No fueron los únicos, ni todos se debieron a una ignorancia esencial de los efectos radiológicos de las armas nucleares (que no deberían haber tenido, después de años de ocupación del Japón, incluyendo Hiroshima y Nagasaki).

En 1943 se instalaba en Hanford (estado de Washington) la primera planta del mundo de separación del plutonio. Allí se produjo el plutonio para la primera prueba nuclear (Trinity), y para la bomba de Nagasaki. Y después, para las 60.000 armas nucleares creadas por los Estados Unidos a lo largo de la Guerra Fría. Con este objeto, instalaron hasta nueve reactores y cinco plantas separadoras de separación y ultrapurificación. La instalación fue cerrada tras el colapso de la URSS, y hoy en día es el lugar más contaminado de los Estados Unidos.

A lo largo de los primeros años de su existencia, los procedimientos de seguridad radiológica fueron mucho menos que óptimos. Incluso se llegaron a practicar varias emisiones deliberadas de gases radioactivos a la atmósfera, bajo secreto de estado; una de ellas, conocida como Green Run, liberó de 5.500 a 12.000 curios de yodo-131 al aire, a lo largo de dos días. Los detalles de estos experimentos siguen siendo confidenciales 61 años después.

Estas emisiones deliberadas y los descuidos accidentales afectaron a cientos de miles de personas a lo largo del Río Columbia, desde la Columbia Británica canadiense hasta Oregón, e incluyendo al estado de Washington y el área metropolitana de Seattle. Toda esta gente sufrió exposición a niveles no determinados hasta hoy de plutonio-239, yodo-131, cesio-137, estroncio-90 y otras sustancias radiológicas. De nuevo, las comunidades de norteamericanos nativos resultaron expuestas de manera particular. Nunca se ha realizado un estudio exhaustivo sobre los efectos de esta historia aún secreta en su mayor parte.

El uranio de los navajos: quienes estaban tierra abajo.

En 1948, conforme la Guerra Fría comenzaba, la Comisión para la Energía Atómica de los Estados Unidos (AEC) anunció que garantizaba la compra en exclusiva de cualquier cantidad de uranio extraida en el país, para reducir la dependencia del uranio obtenido en el exterior. La AEC no se dedicaría a extraer el uranio, sino que le cedió el derecho a las empresas privadas.

Como consecuencia, se produjo un boom de minas de uranio allá donde se podía encontrar alguna cantidad de este metal. El 92% de estas minas se hallaban en el Altiplano de Colorado, al noroeste de Albuquerque. Muchas de ellas resultaron estar en los territorios ancestrales de los navajos; al menos 1.000 se encontraban dentro de su reserva. Las compañías contrataron a estos norteamericanos nativos, siempre sacudidos por el desempleo, a cambio de cuatro perras. De hecho, para muchos de ellos era el único trabajo disponible en el sector. Miles de ellos se desplazaron a las minas con sus familias para tratar de ganarse la vida con esta oportunidad. Entre 1944 y 1989, extrajeron a las montañas y llanuras casi cuatro millones de toneladas de mineral de uranio, para que sus patronos las vendiesen a la AEC sin riesgo empresarial alguno.

En 1950, el servicio de Salud Pública de los Estados Unidos comenzó a estudiar la relación entre la minería del uranio y los numerosos casos de cáncer de pulmón que surgían entre estas personas. No fue publicado hasta 1962, estableciendo por primera vez una correlación estadística clara entre el radón presente en estas minas y los tumores pulmonares. Sólo que los estudios se mantuvieron durante muchos años envueltos en un aura de secretismo. Nadie se lo explicó a estos humildes trabajadores, muchos de los cuales apenas hablaban inglés; pavorosamente, en navajo no existía ninguna palabra que significara 'radiación', con lo que ni siquiera eran capaces de expresar el concepto. Las autoridades laborales, de acuerdo con la patronal, no reconocían la exposición al uranio y al radón como causa de enfermedades profesionales. A los navajos se les enviaba al subsuelo inmediatamente después de las explosiones, mientras que los trabajadores blancos permanecían en el exterior.

Nadie contó al pueblo navajo que el estratégico uranio de sus tierras ancestrales, que extraían por salarios de miseria para sus empresarios y para los Estados Unidos, podía matarles. Y, de hecho, los estaba matando a un ritmo pavoroso: entre 15 y 200 veces más casos de cáncer de pulmón y estómago que en cualquier otro punto del país. Fueron los que estaban tierra abajo.

La maldición de John Wayne.

En 1955, John Wayne y otras conocidas personalidades de Hollywood se desplazaron a Utah para filmar lo que resultó ser un fiasco sobre la vida de Gengis Khan: una película llamada El Conquistador. El equipo de producción se componía de unas 220 personas, incluyendo al famoso actor, el director Dick Powell, las actrices Susan Hayward y Agnes Moorehead, o el renombrado mexicano Pedro Armendáriz.

Aparentemente, el equipo directivo era al menos en parte consciente de las peculiaridades radiológicas del área; se dice que existe incluso una fotografía de Wayne estudiando el terreno con un contador Geiger. Fuera así o no, la cercanía del campo de pruebas de Nevada no les impidió pasar allí varias semanas, y luego meter excavadoras y remover el terreno para enviar 60 toneladas de la característica tierra local para completar la filmación en Hollywood.

Veinticinco años después, noventa y uno de ellos (el 41%) habían contraído cáncer y 46 habían perecido de esta enfermedad, incluyendo a la totalidad del equipo principal: Dick Powell (linfoma, 58 años de edad), John Wayne (tumor estomacal, 72 años), Susan Hayward (tumor cerebrarl, 57 años), Agnes Moorehead (cáncer de útero, 73 años) y Pedro Armendáriz (cáncer renal, 51 años). Algunos de ellos eran fumadores compulsivos (Wayne era conocido por atizarse seis paquetes diarios), pero otros no, y de todas formas estas tasas de morbilidad y mortalidad son tres veces superiores a las de la media estadounidense, que debería haber sido de unos 30 casos.

Del viento y del silencio.

Al igual que ocurre en Chernóbyl, nadie se pone de acuerdo sobre las cifras de personas muertas o enfermas por todas estas contaminaciones radiológicas. El National Cancer Institute cree que pueden haber sido unas 6.000 muertes por cáncer de tiroides, sobre todo en niños, y unas 1.800 por leucemia en combinación con las pruebas globales, con un número indeterminado de afectados que estiman a partir de 70.000. Los procesos judiciales llevan recorridos de décadas, y suelen saldarse con acuerdos extrajudiciales por agotamiento económico de los demandantes.

En 1990 Estados Unidos aprobó la Radiation Exposure Compensation Act, que garantizaba unos pagos a quienes pudiesen demostrar la relación entre sus problemas de salud –o su fallecimiento– con lo sucedido con la minería del uranio, las pruebas de Nevada o los experimentos secretos de Hanford. Esta demostración ha resultado ser especialmente difícil, en parte porque una cantidad significativa de documentación sigue estando clasificada. Por otra parte, las viudas navajo raras veces podían cobrar debido a que estuvieron casadas mediante rito tribal, no civil; recientemente se han incorporado algunos cambios para facilitárselo, pero mucha gente ha desaparecido o abandonado ya. En total se han aprobado, hasta octubre del año pasado, 21.629 solicitudes, por un total de 1.441 millones de dólares: menos de 70.000 dólares para cada afectado reconocido.

Dado que los dos grandes partidos estuvieron implicados en estos hechos, y con ellos importantes corporaciones vinculadas a la seguridad nacional, el asunto ha sido tratado con extrema discreción en los medios de comunicación de masas. Quienes estaban viento abajo, además de sus males, fueron invisibilizados en la gran resaca de la Guerra Fría, como tantos otros. Poco a poco van desapareciendo, y con ellos una historia cruel, inhumana y deshonrosa. Como si dijéramos, se los llevó el viento.

Sitios web

Bibliografía
  • Connor, Tim (1997), Burdens of Proof: Science and Public Accountability in the Field of Environmental Epidemiology with a focus on Low Dose Radiation and Community Health Studies, Energy Research Foundation (1997).
  • D'Antonio, Michael (1993), Atomic Harvest: Hanford and the Lethal Toll of America's Nuclear Arsenal, Crown Publishers. Inc. New York.
  • Dawson, Susan E and Madsen, Gary E (2007), Uranium Mine Workers, Atomic Downwinders, and the Radiation Exposure Compensation Act. En Half Lives & Half-Truths: Confronting the Radioactive Legacies of the Cold War, 117-143. School For Advanced Research, Santa Fe.
  • Fradkin, Philip L. (1989), Fallout: An American Nuclear Tragedy, University of Arizona Press, Tucson, Arizona.
  • Clarfield, Gerald H. and Wiecek, William M. (1984), Nuclear America: Military and Civilian Nuclear Power in the United States 1940-1980, Harper & Row, New York, p. 208.
  • Gerber, Michele S. (1992), On The Home Front: The Cold War Legacy of The Hanford Nuclear Site, University of Nebraska Press, Lincoln, Nebraska.
  • Hein, Teri (2000), Atomic Farmgirl, Fulcrum Publishing, Golden, Colorado.
  • Medved, Harry y Michael (1984), The Hollywood hall of shame, Perigree Books, New York.
  • Miller, Richard L (1991), Under the Cloud: The Decades of Nuclear Testing. The Woodlands, Two Sixty Press, Texas. pp. 71.
  • Olson, James (2002), Bathsheba's Breast: Women, Cancer and History. Johns Hopkins University Press, Baltimore, Maryland.
  • Roscoe, Robert J et al (1995), Mortality Among Navajo Uranium Miners, American Journal of Public Health: 535-541.
  • Simon, Steven L., Radiation Doses To Local Populations Near Nuclear Weapons Test Sites Worldwide, Health Physics. 82(5):706-725, May 2002.
  • Welsome, Eileen (1999), The Plutonium Files: America's Secret Medical Experiments in the Cold War, The Dial Press, New York.

EL LIBRO DE LA PIZARRA DE YURI:
La Pizarra de Yuri
Pídelo en tu librería: Ed. Silente, La Pizarra de Yuri, ISBN 978-84-96862-36-4
o pulsa aquí para comprarlo por Internet

·
La Pizarra de Yuri se ha mudado a www.lapizarradeyuri.com
Por imposibilidad de atender dos blogs a la vez, los comentarios en este quedan cerrados. Puedes ponerte en contacto conmigo a través del correo electrónico o en el nuevo blog.

viernes, 12 de marzo de 2010

Hoy ha muerto un premio Nobel español

Silencio


EL LIBRO DE LA PIZARRA DE YURI:
La Pizarra de Yuri
Pídelo en tu librería: Ed. Silente, La Pizarra de Yuri, ISBN 978-84-96862-36-4
o pulsa aquí para comprarlo por Internet

·
La Pizarra de Yuri se ha mudado a www.lapizarradeyuri.com
Por imposibilidad de atender dos blogs a la vez, los comentarios en este quedan cerrados. Puedes ponerte en contacto conmigo a través del correo electrónico o en el nuevo blog.

jueves, 11 de marzo de 2010

El secreto bajo la Montaña Mala.

Hay rumores insistentes sobre un enorme complejo subterráneo bajo el monte Yamantau, en Rusia.



Ver mapa más grande

Todo lo que lo rodea es secreto, pero ha circulado alguna información –más bien, rumores– a lo largo de los últimos 15 años. En un lugar remoto de los Montes Urales, dentro de un área prohibida, se encuentra un macizo de nombre inquietante: Yamantau, que en el idioma bashkir local significa Montaña Mala. Y dicen que entre 1996 y 2007 Rusia ha construido bajo él un inmenso complejo subterráneo, a mil metros de profundidad bajo la roca de cuarzo. No se ha hecho público para qué sirve. No se sabe lo que es. Pero es muy grande.

Se rumorea que existen varios lugares así en los Montes Urales, la principal cordillera de Rusia, considerada como inexpugnable bastión contra toda clase de enemigos e invasores. El más notorio de todos ellos es la montaña Kosvinsky, seiscientos kilómetros al norte, generalmente considerado el monte Cheyenne ruso: un centro de mando alternativo para las fuerzas de misiles atómicos, en estado desconocido de operación. Montañeros y excursionistas han observado grandes entradas selladas tan al norte como Kharp: invariablemente, las autoridades locales afirman que se trata de antiguas minas, cuando se molestan en explicar algo. Oficialmente, en Kosvinsky sólo hay una mina de oro y platino –lo que justificaría las medidas de seguridad–, aunque no se conozcan yacimientos notables ni de oro ni de platino en el área.

Oficialmente, en Mezhgorye también hay únicamente una mina vinculada a la industria siderometalúrgica de la región, gestionada por una empresa que ha cambiado de nombre varias veces pero ha permanecido invariablemente dirigida por un general en activo (entre ellos, un tal Leonid Akimovich Tsirkunov). Un antiguo funcionario comunista regional, en cambio, afirmó que se trata de un refugio de última línea para la dirigencia rusa en caso de guerra total; esta es la opinión más extendida en Occidente. Otras voces aseguran que se trataría de un almacén de reserva de armas atómicas: está cerca (lo que en Rusia llaman cerca) del enorme conglomerado de ciudades cerradas para la construcción de armamento especial en torno a Chelyabinsk, equidistante a tres polígonos de lanzamiento de misiles termonucleares (Nizhny Tagil, Yoshkar-Olá y Dombarovsky, este último con capacidad espacial).

Uniendo estas dos últimas ideas, algunos han concluido que la instalación subterránea del Yamantau podría formar parte de una especie de santuario nacional o nido del águila, al amparo del Distrito Militar del Volga-Urales, donde retirarse para dar la defensa final y luchar la última de todas las guerras (o negociar una paz conveniente) en caso de conflicto total. Este santuario de límites difusos se correspondería con un área montañosa secretista del tamaño de España, fácil de defender, provista con numerosos centros industriales, científicos y tecnológicos, cubierta por tres divisiones mecanizadas y varias brigadas spetsnaz, equipada con grandes aeropuertos donde replegar importantes fuerzas aéreas, albergando los tres polígonos de fuerzas nucleares mencionados con misiles SS-25 Tópol, SS-27 Tópol-M y SS-18 Satán (y probablemente los nuevos RS-24 Yars, en un futuro próximo).

Con estas especulaciones sobre la mesa, no es tampoco extraño que la instalación se haya vinculado también al mítico Perimetr, el sistema de mano del hombre muerto que pondría automáticamente en marcha la represalia termonuclear contra sus blancos predeterminados en caso de que la estructura de mando político o militar quedara desarticulada.

Otras fuentes han planteado otras hipótesis, no necesariamente incompatibles con lo anterior; según estas, el complejo subterráneo del monte Yamantau podría ser también un depósito para los archivos y tesoros nacionales más secretos y esenciales de Rusia, heredados de la URSS y del Imperio Zarista. El general Tsirkunov, después diputado en la Asamblea de Bashkiria, aseguró con mucho desparpajo que tan solo se trata de un almacén de comida y ropa para caso de emergencia. Por otra parte, quienes afirman que es un gran centro de mando, control e inteligencia se encuentran con el problema de que el macizo de cuarzo dificulta las comunicaciones, y no hay antenas exteriores visibles; o han tirado fibra óptica por los montes, o el centro de mando no está ahí.

El complejo secreto del Monte Yamantau.

La localidad cerrada de Mezhgorye fue fundada en 1979 bajo el nombre Ufá-105, evidenciando que ya la Unión Soviética tenía alguna intención de hacer algo por esos riscos inaccesibles. Esto de las ciudades cerradas que llevan el nombre de una (distante) población mayor con un sufijo numérico fue una idea soviética, surgida durante la Segunda Guerra Mundial y aplicada masivamente con el desarrollo de los programas nucleares, espaciales y similares. La mayor parte de ellas eran naukogrados, esto es, poblaciones científicas e industriales llenas de personal especializado, casi siempre con la mejor calidad de vida que la URSS podía ofrecer (y en algunas de ellas, no era poca, incluso con rasgos de lujo asiático). Muchas eran de nueva creación, frecuentemente a partir de aldeas o pueblecitos anteriormente irrelevantes en la inmensidad rusa.

Eufemísticamente, se las llamaba apartados de correos, porque esta era la única forma de ponerse en contacto con sus habitantes a menos que fueras un familiar cercano: escribirles una carta a su nombre (real o simulado), seguida de un apartado de correos en alguna localidad de importancia relativamente cercana. Así, para entrar en contacto con un tal Vladimir Popov que residiera en la ciudad cerrada del centro de investigaciones nucleares de Sarov, mandarías tu carta a Vladimir Popov, apartado 16, Arzamas (lo que en la costumbre postal rusa se puede escribir como Arzamas-16); Arzamas es una ciudad comercial y cultural corriente situada a 60 km de distancia. Si llamabas por teléfono, el código telefónico local sería el de Arzamas (y probablemente alguien más escucharía vuestra conversación). Y así con todo.

Ufá-105 ("apartado de correos 105, Ufá"), por tanto, tenía poco que ver con la verdadera ciudad industrial de Ufá. De hecho, está a casi 200 km de distancia. Se estableció como una pequeña comunidad minera, aparentemente compuesta por geólogos e ingenieros de minas. Pronto, el gobierno descubrió que era de lo más conveniente tender una línea del ferrocarril a esos poblachos montañeses y, ya puestos, una estupenda carretera, ¿por qué no? Total, iban de camino 20.000 o 30.000 mineros para extraer... no se sabe qué. Poco después le cambiaron el nombre, aumentando así la confusión: pasó a llamarse Beloretsk-16; la auténtica Beloretsk se halla a unos 30 o 40 km. Tras el colapso de la Unión Soviética, aparecieron otras dos pequeñas localidades mineras en el área, llamadas Beloretsk-15 y Alkino-2.

En 1995, estas tres localidades fueron unificadas en una sola población cerrada, a la que llamaron Mezhgorye. Por esas mismas fechas, el monte Yamantau al completo fue declarado también area cerrada (aparecen como entidades distintas en el registro de zonas cerradas de la Federación Rusa, a pesar de estar juntas). Se cree que las obras comenzaron en 1997 y finalizaron en 2007; al parecer, a partir de esa fecha ha habido algunos conflictos laborales en los tribunales locales debido a que una parte significativa de los mineros han sido despedidos (en tiempos de la URSS habrían sido reasignados a otros proyectos del estado, repartidos por zonas distantes, o les habrían conseguido trabajo en una industria o en el ferrocarril; se ve que la nueva Rusia no puede permitirse eso).

Las características del complejo subterráneo están sujetas a especulación. Diversas fuentes lo han descrito como un termitero dentro de la montaña, a más o menos un kilómetro de profundidad (esto es, a unos 600 metros sobre el nivel del mar; el Yamantau tiene 1.610 metros hasta la cima), lejos de donde puede llegar cualquier cabeza de penetración en el subsuelo. Fuentes occidentales lo describen con el tamaño de la ciudad de Washington hasta la Beltway, no se sabe con cuántos niveles, lo que vendría siendo una monstruosidad y puede que una exageración. Alguna de ellas, vinculada a los servicios secretos norteamericanos y británicos, ha llegado a sugerir que si estuviera compuesta de habitáculos, tendría capacidad para unas 60.000 personas.


 
Esta podría ser una foto (y tengo mis más que serias dudas) de una perforación para la "mina" del monte Yamantau. El resto de imágenes disponibles atribuidas al lugar, aunque más espectaculares, no se corresponden con el mismo en absoluto; y algunas son de lugares tan distantes como Corea del Sur.


Área restringida.

No es posible saber en la actualidad si tales suposiciones tienen visos de verosimilitud. Lo único cierto es que está completamente prohibido penetrar en el área, y los montañeros locales que se han aventurado bajo el paraguas de alguna federación deportiva, dicen que es muy peligroso acercarse a la montaña: cuando lo intentas, pronto descubres que hay soldados controlando tus movimientos desde los bosques circundantes. Si te aproximas un poco más, te piden la documentación y te preguntan qué pintas tú por allí. Que se sepa, nadie ha desafiado hasta el momento esta clara disuasión. A los excursionistas locales se les permite llegar hasta una cima cercana (el Mashaki o Pequeño Yamantau) por senderos autorizados. Afirman, quizá con alguna ironía, que "es más bonita". Según cuentan, en la cumbre del Yamantau propiamente dicho sigue habiendo un busto de Lenin (es el pico más alto de los Urales Meridionales).

La zona está totalmente clausurada a extranjeros e incluso a ciudadanos rusos sin alguna razón clara que justifique su presencia. Para acceder a la población cerrada, hay que obtener una invitación previa de alguna entidad autorizada y luego presentar una solicitud motivada ante el FSB (ex KGB) local vinculado a una cierta "unidad militar 55041" (o ante la Embajada Rusa en tu país). Las autoridades rusas se reservan el derecho de rechazar estas solicitudes sin dar ninguna explicación, o limitarlas a una fecha o recorrido determinados. El espacio aéreo está restringido por completo y es conocido que hay sistemas antiaéreos S-300 en el distrito, así como interceptores MiG-31 en Perm, a menos de quince minutos de vuelo (para ellos...); no se sabe de nadie que haya intentado desafiar esta prohibición.

La legislación rusa prevé severas penas de prisión en algún lugar muy frío para personas –nacionales o extranjeros– capturados en violación de un área cerrada, suponiendo que no ocurra algún accidente durante el arresto. La gente de allí, según dicen, prefiere no tentar la suerte fuera de los caminos autorizados. De todas formas, nadie sabe dónde está exactamente el complejo subterráneo o sus accesos.

Tampoco se sabe cuál es el estado del complejo: si está terminado, si está ocupado, si está mantenido. Uno de estos excursionistas dice haber encontrado a bastante altitud una gran cantidad de maquinaria minera gastada y abandonada a principios de 2008 ("un campo de hierro", en sus propias palabras). Sigue siendo bastante habitual en Rusia abandonar maquinaria pesada deteriorada por un uso intensivo, que no justifique los costes de sacarla de donde esté y trasladarla a algún otro lugar para su destrucción. Los chatarreros suelen beneficiarse de esta costumbre, pero un particular no puede meter allí vehículos sin permiso para recuperarla. Sin embargo, es posible que los propios soldados hayan obtenido algún beneficio vendiéndosela a alguien, lo que también es una práctica corriente.

En apariencia, la construcción de este complejo subterráneo era muy importante para las autoridades rusas. Se propuso en tiempos de la URSS. Se puso en marcha durante los años horribles de Yeltsin, con el país (incluyendo a muchos oficiales militares) pasando hambre y frío, mientras grandes partes del ejército convencional se degradaban hasta la chatarra por falta de mantenimiento. Se continuó a pesar de que Yeltsin era un amigo de Occidente, poco dispuesto a dar pábulo a esta clase de desconfianzas. Y se prosiguió y terminó con Vladimir Putin, lo cual era más lógico: Putin es, en buena medida, un silovik que no da gran importancia a los miedos que pueda despertar en el exterior (y, de hecho, sabe utilizarlos francamente bien).

En todo caso, después de los grandes enigmas que caracterizaron a la URSS durante toda la Guerra Fría, quizás estemos ante el primer gran misterio postsoviético: la instalación subterránea secreta de la montaña Mala, según los antiguos bashkires. Allí abajo (o arriba, según se mire) los rusos han cavado un agujero muy grande, y aunque oficialmente sigue siendo sólo una mina, nadie sabe lo que es. Al menos, nadie que esté dispuesto a publicarlo.

Más información:

EL LIBRO DE LA PIZARRA DE YURI:
La Pizarra de Yuri
Pídelo en tu librería: Ed. Silente, La Pizarra de Yuri, ISBN 978-84-96862-36-4
o pulsa aquí para comprarlo por Internet

·
La Pizarra de Yuri se ha mudado a www.lapizarradeyuri.com
Por imposibilidad de atender dos blogs a la vez, los comentarios en este quedan cerrados. Puedes ponerte en contacto conmigo a través del correo electrónico o en el nuevo blog.

domingo, 7 de marzo de 2010

El pasado era una mierda.

Nunca existió una Arcadia feliz.



No es poca la gente –incluso gente muy joven– que sustenta la idea de que existió un tiempo en el pasado donde la gente vivía felizmente, hasta libremente, en una especie de mundo bucólico y sencillo sin las preocupaciones, presiones y condicionantes del presente. Unos pocos (cada vez menos) siguen creyendo que todo tiempo pasado fue mejor, mientras otros consideran que en algún punto de nuestra historia existió una época dorada, un paraíso terrenal estropeado por nosotros mismos, por nuestra codicia, nuestra cerrazón o nuestra maldad. Algunos aprovechan para arrimar el ascua a su sardina política, tratando de asimilar ese periodo arcádico a algún momento del pasado en que sus ideas eran dominantes; la mayoría, se limitan a referirse a él como un modelo ideal hacia donde deberíamos caminar, pero no lo hacemos por ambición, ceguera y orgullo.

Disiento profundamente de todos ellos. Más allá de vanos idealismos, el pasado era un lugar donde ni tú ni yo querríamos permanecer más de una semana, en plan turista temporal, ni por asomo. Ni por broma, vamos. El pasado era un lugar horrible para vivir, un tiempo de mugre, piojos, dolor de muelas, tiranía, superstición, ignorancia, plagas, niños muertos y mamás adolescentes muertas con ellos. El pasado era una mierda.

Vidas breves.

Hasta la llegada de la medicina moderna, la tasa de mortalidad infantil en todo el mundo oscilaba entre el 20% y el 30%, llegando al 40% en épocas de hambruna, guerra o plaga. Estas cifras se mantuvieron así hasta entrado el siglo XX en lugares de orden social tradicional donde la ciencia médica tardó en penetrar. Las causas más frecuentes eran las infecciones otorrinolaringológicas, la difteria, el sarampión, la viruela y la rubéola, con ayuda de la anemia. Me gustaría que reflexionaras un instante sobre esta cifra. Uno de cada cinco niños nacidos vivos no llegaba a la adolescencia en el mejor de los casos, y normalmente uno de cada tres. Esta es una cifra peor que la del peor infierno del Tercer Mundo presente, donde al menos llega algo de penicilina y algunas vacunas de vez en cuando.

Vamos a expresarlo gráficamente. Toma una hoja de papel y escribe en ella los nombres de diez niños que conozcas. Ahora tacha dos. O tres. O hasta cuatro, en un año malo. Ese era el riesgo de nacer hasta aproximadamente la segunda mitad del siglo XIX en el mundo más desarrollado, y mediados del XX en el resto. Un motivo central de la tendencia a tener muchos hijos presente en todas las culturas es que al menos un porcentaje de ellos sobrevivieran para mantenerte cuando fueras viejo, antes de que existieran las pensiones de la Seguridad Social.

Si lograbas sobrevivir a estas tasas de mortalidad infantil, causadas por la poca diversidad y seguridad alimentaria, la falta de higiene y asepsia y la ausencia de antibióticos y vacunas, entonces era posible que llegaras a vivir hasta los 60 o 70 años; incluso, en algunos casos, hasta avanzada edad. Pero si eras chica, tus probabilidades de que tal cosa sucediera sufrían un nuevo hachazo: las probabilidades de morir en el parto oscilaban entre el 1% y el 40%, normalmente de hemorragia, obstrucción o fiebre puerperal, cuando no de aborto casero. Esto es, a partir de los 12 o 13 años, en cuanto llegaba la pubertad, porque eso de empezar a reproducirse con 18 o más años es otra modernez, una excepción en la historia humana que habría hecho mearse de risa a nuestros antepasados. Menudas viejas, dirían.

Hablando de chicas, el pasado fue un mal momento para nacer con una raja entre las piernas. Ya te digo yo que esas idílicas sociedades matriarcales bajo la tutela de la diosa Gaia que pretenden algunas (y algunos) jamás existieron. En las menos patriarcales y machistas de todas, a lo mejor que podías aspirar era a pudrirte a la misma velocidad que tus hermanos, pero además, pariendo hijos. Lo más normal es que fueses alguna clase de propiedad de los hombres de tu familia, en distintos grados de sumisión. No hay ningún indicio de que las amazonas fuesen mucho más que una fantasía erótica de los escritores griegos, inspirada en mujeres guerreras –de eso siempre ha habido en mayor o menor medida–, pero jamás hubo ninguna sociedad amazónica. Y la diosa esa tan enrollada, según donde te pillase, igual esperaba que le sacrificases algún hijo. O hija.

Si sobrevivías a la infancia y no te mataba la guerra o la peste o la fiebre puerperal o cualquier mal aire, es posible que vivieras un buen puñado de años. Cómo los vivirías es otra cuestión.

Piojos, malaria, tos sangrienta y dolor de muelas.

Se oye con frecuencia que la caries es una enfermedad de la civilización, vinculada a las dietas que asumimos cuando inventamos la agricultura y nos sedentarizamos. Es cierto que la agricultura y la sedentarización, aunque dieron lugar a las civilizaciones, fueron una muy mala idea para quienes las padecieron: la esperanza de vida media de 33 años que habíamos gozado cuando éramos nómadas, en el Paleolítico Superior, colapsó a menos de 30, más bien 25 o 28 y a veces 18, como en la Edad del Bronce. Es incluso probable que las poblaciones nómadas tuvieran que ser sometidas y sedentarizadas por la fuerza, como siervos o esclavos agrícolas, a manos de los aspirantes a convertirse en reyes y emperadores. Otros creen que el proceso pudo ser más voluntario, cambiando una mayor seguridad en el suministro alimentario por un empobrecimiento se su variedad y una menor esperanza de vida. Ocurriera como ocurriese, hacinarse en esas marismas insanas que llamamos tierras fértiles empeoró la mortalidad y la calidad de vida de casi todo el mundo, hasta aproximadamente el siglo XX.

Pese a ello, la caries no es estrictamente una enfermedad de la civilización relacionada con esta menor variedad alimentaria de las comunidades sedentarizadas, como se ha dicho muchas veces. Y no lo es porque está presente en numerosos cráneos recuperados de periodos anteriores, como el Paleolítico; incluso se ha encontrado en dientes del neandertal. Sin embargo, su incidencia era mucho menor. La caries, ciertamente, se multiplicó y agravó enormemente durante el Neolítico, con la agricultura y la sedentarización.Y nadie sabía cómo combatirlas, porque para comprender la necesidad de la higiene bucal (en realidad, de cualquier clase de higiene) hay que comprender primero la teoría de los gérmenes. La única posibilidad era arrancar el diente, pero quedarse desdentado en aquellos tiempos tampoco era una idea muy buena, así que muchas veces se retrasaba hasta que dejaba de doler, conduciendo a infecciones maxilares mucho más severas. La historia de la humandidad es una historia de gente desdentada, con constantes dolores de muelas y graves abscesos faciales, a la que el aliento le olía peor que una alcantarilla. Sin analgésicos, ni antibióticos, ni nada parecido a la cirugía dental y maxilofacial contemporánea.

Nómadas o sedentarios, los piojos vienen acompañándonos desde que surgimos, y despiojarse mutuamente ha sido una de las actividades familiares y sociales más corrientes hasta el surgimiento de los actuales tratamientos quimicos. La familia que se despioja unida permanece unida, o algo así. El caso es que hemos vivido siempre comidos por los piojos, al menos en los lugares con pelo abundante; llamamos ladillas a los que se dan en el vello púbico. Para terminar de arreglarlo, la invención de la ropa permitió la evolución y especialización de una tercera clase de estos parásitos, el piojo corporal, que se nos come de cuello a pies. A diferencia de los dos primeros, incapaces de transmitir ninguna enfermedad en particular más que las molestias cutáneas asociadas a su presencia (picor, irritación, con consecuencia de insomnio y debilidad), este último es un vector conocido del tifus, la fiebre de las trincheras y la borreliosis. Las pieles y ropas resultaron ser un gran avance para... las epidemias.

Otra consecuencia perversa de la sedentarización fue el surgimiento de la tuberculosis, en este caso gracias a un bacilo frecuente en la ganadería. Probablemente se trate de la primera enfermedad de que tuvimos consciencia como un estado específico: en Egipto ya tenían hospitales especializados en su tratamiento allá por el 1.500 a.C. Con dudoso éxito, pues parece que tanto el faraón Akenatón como su esposa Nefertiti murieron por causa de la tisis, su nombre tradicional en castellano; si unos emperadores considerados como dioses morían así, puede imaginarse lo que esperaba al pueblo llano. En la India, los brahmanes tenían prohibido casarse con ninguna mujer cuya familia tuviera un historial de tuberculosis, lo que tampoco resultaba muy eficaz. En Europa, el tratamiento más avanzado consistía en una imposición de las manos del rey, con el resultado que cabe suponer. Paracelso, en otra de sus chaladuras –el mérito de Paracelso no está en lo que creó, sino en lo que destruyó: las supercherías aún mayores de su antepasado Galeno, el de las sangrías–, opinaba que la tuberculosis se debía a algún órgano incapaz de cumplir adecuadamente sus funciones alquímicas, ni más ni menos. Durante el siglo XIX, la llamada Peste Blanca se comía a las jovencitas y no pocos jovencitos y no tan jovencitos por millones, dando lugar a uno de los temas más característicos en el Romanticismo. Tuvo que venir Robert Koch a decirnos que se trataba de un microbio, y únicamente entonces fuimos capaces de combatirla.

La malaria es otra vieja compañera, sólo recientemente erradicada en los países desarrollados, vinculada también a las aguas estancadas y sus mosquitos, los campos de cultivo y la sedentarización. En la Roma clásica, la malaria, la tuberculosis, el tifus y la gastroenteritis se ventilaba cada año a unos 30.000 ciudadanos en los meses enfermizos de julio a octubre. Por no mencionar la tiña (foto de la derecha) u otros males comunes (e incurables) en su tiempo, incluyendo, por supuesto, las enfermedades venéreas de la Antigüedad, que ya te puedes imaginar cómo iba el tema.

Las alternativas para nuestros antepasados eran simples. O permanecer como nómadas cazadores-recolectores, atrapados en el primitivismo Paleolítico y cada vez más rechazados y expulsados por las comunidades sedentarizadas, o sumarse a la sedentarización total o parcialmente, convirtiéndose en súbditos, cuando no siervos y esclavos, de las civilizaciones agrícolas y ganaderas en ascenso.

Inseguridad alimentaria.

Por otra parte, ni nómadas ni sedentarizados tenían garantía alguna sobre la seguridad de su comida y su agua. Las comunidades nómadas eran pequeñas y dispersas porque dependían de lo que la tierra quisiera dar, imposibilitadas para evolucionar y desarrollarse. Las comunidades sedentarias no sólo produjeron durante largo tiempo comida abundante pero poco variada y de ínfima calidad, sino que estaban sometidos a toda clase de plagas y putrefacciones. Esas estupendas mazorcas de maíz, ese trigo perfectamente seguro o esa carne con garantías veterinarias son el resultado de generación sobre generación de hibridaciones, cultivo selectivo y progresos en las ciencias agropecuarias y médicas. En el pasado tenían que apañarse con cosas más parecidas al farro, la escaña y la cebada, que son básicamente un asco como alimentos (cuando no lo que ahora llamamos mala hierba), y con carnes y pescados obtenidos y conservados de maneras realmente creativas. En la imagen puedes ver cómo era el trigo antiguo (derecha) en comparación con el moderno (centro e izquierda).

Hoy en día nos quejamos de que a la comida y al agua le echan cosas y de que es todo artificial. Lamentablemente, las alternativas son el cólera, la gastroenteritis, el carbunco (ántrax), la triquinosis, la salmonelosis, la listeriosis, el botulismo, el síndrome de Guillain-Barré, la gangrena gaseosa, la hepatitis, la diarrea mataniños y otras delicias por el estilo que en el pasado constituían una permanente ruleta rusa. Las epidemias de los cultivos y el ganado no sólo los mataban, provocando constantes hambrunas, sino que incluso cuando no los mataban podían contaminarlos de manera invisible para un mundo sin microscopios. Son especialmente curiosos los casos de ergotismo, un hongo de los cereales con efectos muy parecidos al LSD, que además pasa a los bebés mediante la leche materna.

La potabilidad del agua merece párrafo aparte. Antes de que aprendiéramos a separarla de las aguas fecales y echarle cloro y otros productos químicos, beber agua era tan peligroso como una caja de bombas. De hecho, la gente, si podía evitarlo, no bebía agua. Ni tampoco mucha leche, excepto la materna, pues antes de que aprendiéramos a pasteurizarla (por si no te has dado cuenta, pasteurizar viene de Luis Pasteur, el padre de la microbiología moderna) provocaba masivamente tuberculosis bovina, neuropatía inflamatoria desmielinizante, enteritis, carbunco (ántrax) y demás. Así pues, hasta los niños bebían vino, cerveza o aguardientes si podían permitírselo, que no eran mucho más seguros pero un poquito sí, por la presencia de alcohol: el alcohol es un conocido antiséptico.

Por cierto. Para comer mínimamente bien había que ser rico. Pero rico, rico de narices. La comida era muy cara de producir, conservar, transportar y comercializar, y estaba sujeta a numerosos imprevistos. El precio del pan fue una cuestión de estado durante milenios, sabiendo que un aumento excesivo debido a la escasez o la especulación podía ocasionar revueltas y subversión, dado que la gente no tenía mucho más para comer. Libros revolucionarios clásicos como La Conquista del Pan del anarquista Pyotr Kropotkin, o incluso textos como el Lazarillo de Tormes, Rinconete y Cortadillo o el mismo Sancho Panza en el Quijote nos transmiten una idea de lo muy complicado que era alimentarse para la gente de a pie, y la miseria general en que vivían. Con frecuencia, una familia no podía pagarse las calorías necesarias para alimentar a todos sus miembros; hacerlo de forma saludable o al menos variada era una fantasía de aristócratas, arzobispos, reyes y papas. Estar gordo era la moda y el referente estético de belleza y éxito social, porque sólo los muy adinerados y poderosos podían permitírselo; las personas corrientes estaban flacas como espartos por simple desnutrición y exceso de trabajo físico. Estar flaco era cosa de pobres. Ahora son los pobres los que están gordos, al menos en el mundo desarrollado, debido a la mala nutrición pese al exceso de calorías; y los más acomodados pueden permitirse alimentos, cuidados y tratamientos que les permiten... estar delgados.

Mugre, ignorancia, superstición, tiranía.

El pasado era un sitio sucio y maloliente, con ratas y parásitos por todas partes. Donde había alcantarillado, solía estar abierto; sólo los ricos podían pagarse termas, baños y cosas por el estilo. En la mayor parte de lugares, la higiene era un concepto desconocido e innecesario, porque no sabíamos nada de microbios.

Qué demonios. Éramos ignorantes como piedras: una turba vil y analfabeta presa de tiranos, demagogos, clérigos, santones y toda clase de supersticiones. La alfabetización era un secreto gremial de escribas, monjes y sabios; la mayor parte de la gente no sabía leer o escribir ni su propio nombre y no digamos ya cualquier rudimento de cultura general. Los niños no comenzaron a ir a la escuela sistemáticamente hasta mediados del siglo XIX. Hasta los nobles, y a veces los reyes, eran más brutos que sus caballos. El príncipe del cuento era un asno palurdo y brutal. Y el venerable sabio local, un analfabeto desdentado y maloliente, supersticioso y machista hasta el ridículo que se lo pasaba pipa cuando mandaban brujitas guapas a la hoguera. Las brujitas y en general cualquier hembra, por su parte, tenían exactamente las mismas luces que un trozo de carbón en una habitación a oscuras. En cuanto a los niños, no eran más que una boca que alimentar, una carga tratada a palos que ocupaba el último lugar de la casa, frecuentemente por debajo del ganado en el orden social. Eso de protejamos a los niños es otra modernez buenista; en el pasado, nadie habría puesto a un niño por encima de un adulto capaz de ganarse su propio pan. En cuanto a las niñas, si no te violaban de pequeña era sólo por respeto al honor de tu padre, suponiendo que tu padre fuera hombre libre y ya hubiéramos llegado a ese grado de civilización. Si naciste esclavita, o en una sociedad que no hubiera alcanzado ese punto, mejor no te lo cuento.

En un mundo así, toda clase de supercherías, miedos, religiones y tiranías calaban sin más en amplias masas sociales, desprovistas de las más tenues bases intelectuales para desafiarlos. La forma común de gobierno era garrotazo y tentetieso. No existía nada parecido a la justicia; la idea de que tuvieran que juzgarte con un juez imparcial y un abogado defensor bajo el imperio de la ley sólo se extiende al pueblo a partir de los procesos revolucionarios del siglo XVIII. La vendetta y la ordalía eran formas de justicia común, así como castigar hasta los delitos más leves con tormentos infames. Para los partidarios de volver al endurecimiento de las penas, recordaré que hubo un tiempo en que podían desmembrarte en la rueda hasta por robar gallinas, sobre todo si el dueño de la gallina pertenecía a las castas superiores, y nunca dejó de haber ladrones, violadores o asesinos. De hecho, había muchos más que ahora: la miseria, el hambre, la opresión y la incultura propulsaban constantemente a grupos de población hacia la delincuencia, desde el pequeño robo hasta el bandolerismo y la piratería. En realidad, no había justicia ninguna, en el sentido actual del término: sólo la voluntad de los poderosos.

Hay quienes, por absurda idealización, creen que estos mundos del pasado podían ser mejores que el mundo presente. No lo fueron, jamás lo fueron: para la inmensa mayoría de quienes vivieron allí, constituían un infierno sólo aceptable porque no conocían nada mejor y porque creían a machamartillo en paraísos religiosos. Pero si a cualquier padre o madre del 300.000 a.C., del 30.000 a.C., del 3.000 a.C., del 300 a.C., del 300 d.C., y hasta del 1.900 d.C., le hubiesen dicho que llegaría un tiempo en que podría llevar a su hijo enfermo a un hospital con médicos científicos, antibióticos, TACs, analgésicos, de todo, y que luego se lo podría llevar curado a casa para bañarlo con agua calentita que sale de un grifo a precio ridículo –sí, ridículo: la leña y el carbón costaban el sueldo de un mes–, meterlo en una cama sin piojos, chinches o pulgas y darle de comer toda clase de alimentos y agua que no lo pone más enfermo... si hubiera podido comprenderlo, si hubiera podido vislumbrarlo, habría pensado que éste debía ser el paraíso de los dioses benevolentes prometido en sus profecías. Y desde luego habría firmado cualquier cosa con tal de estar aquí, no allí. Aunque no podía. No sabía firmar.

Pese al fatalismo de los pesimistas, la humanidad ha demostrado constantemente su capacidad de mejorar, de evolucionar, de progresar hacia un futuro mejor. Para ello tuvimos que deshacernos de un montón de rémoras del pasado, estudiar profundamente y transformar la realidad de maneras radicales, a veces pacíficas y a veces violentas. Y tendremos que seguir haciéndolo si queremos ir aún a mejor. En todo caso, mereció la pena y sigue mereciendo la pena. Puestos a malas, yo prefiero morir con morfina en el más infame hospital de nuestro tiempo que sin morfina en cualquier palacio de aquella Arcadia infeliz. ¿Y tú?


EL LIBRO DE LA PIZARRA DE YURI:
La Pizarra de Yuri
Pídelo en tu librería: Ed. Silente, La Pizarra de Yuri, ISBN 978-84-96862-36-4
o pulsa aquí para comprarlo por Internet

·
La Pizarra de Yuri se ha mudado a www.lapizarradeyuri.com
Por imposibilidad de atender dos blogs a la vez, los comentarios en este quedan cerrados. Puedes ponerte en contacto conmigo a través del correo electrónico o en el nuevo blog.

jueves, 4 de marzo de 2010

El 'renacimiento nuclear', en la incubadora.

Pese a toda la propaganda de los últimos años, la energía nuclear de fisión sigue más o menos donde estaba.



Hace ahora unos tres años, fuimos sorprendidos por una reactivación repentina del debate sobre la energía nuclear de fisión. De pronto, todas las agencias de propaganda habituales estaban plagadas de artículos, elegías y (falsas) propuestas para el debate para adelantar las posturas de la industria atómica civil, cuando apenas unos meses antes nadie comentaba ni mú. De hecho, resultaba bastante ridículo ver a los juntapalabras a sueldo de turno (comúnmente llamados periodistas o comunicadores) hablando de temas complejísimos de los que no tenían ni la más remota idea.

Uno, que además de defensor moderado de lo nuclear (o, al menos, contrario al histerismo anti-nuclear) ya va siendo perro viejo, fue captando los matices de este debate con los oponentes silenciados que en realidad no era sino una campaña propagandística para inculcar a las masas que la energía nuclear es lo mejor que se ha inventado desde el pan tierno y quien no lo viera así, es que debía ser un poco tontito. O un peligroso subversivo trabajando para los enemigos de Occidente. O las dos cosas a la vez. Ya dijo Goebbels que la propaganda no se hace para los intelectuales.

Evidentemente, esta campaña estaba relacionada con un intento de posicionamiento de los conglomerados energéticos, que hace décadas que vienen viendo cómo sus subsidiarias atómicas languidecen sin pena ni gloria, al calor de las subidas de los hidrocarburos durante 2006 y 2007. Quizás por vergüenza de verse asociados con esta nueva generación de nuclearistas sin la menor idea de física o economía energética, por el disgusto de sentirse manipulados o por simple realismo, mucha gente que normalmente es partidaria de la energía nuclear en distintos grados pasó de sumarse a la avalancha.

Porque la energía nuclear ni es el demonio que temen unos ni el maná que quieren imponer otros. Su seguridad ha mejorado mucho en los últimos años, pero desde el punto de vista social y económico es tan mediocre como cualquier otra. Entre el "nuclear, sí" y el "nuclear, no", las posturas más razonables se encuentran esencialmente en el medio y oscilan entre una postura y otra. Por eso, muchos países perfectamente sensatos siguen apostando por ella, y otros al menos igualmente sensatos han decidido ignorarla mediante moratorias o cierres.



Por eso, también, a pesar de los monstruosos incrementos de demanda energética mundial de las últimas décadas, el número de reactores permanece esencialmente estable desde hace 25 años; y al no haber construido muchas unidades nuevas en este periodo, su número decaerá próximamente porque la mayor parte andan ya muy viejitos.

(Fuente: European Nuclear Society)

Quizá para horror de algunos miembros de esta nueva generación de nuclearistas, la energía nuclear nunca se ha desempeñado muy bien en el mercado libre; su historia es una historia de estatalismo, monopolios públicos, militares, funcionarios, políticos, subvenciones, ayudas e inversiones con dinero de los contribuyentes. La energía nuclear de mercado no existe, no ha existido nunca. Comenzaremos por aquí.

Con dinero de todos, nuclear sí. Con mi dinero, nuclear ni de coña.

La energía nuclear comercial constituye el caso extremo de tecnología ultra-fomentada y protegida hasta el absurdo por fuerzas ajenas al mercado. Pese al victimismo del que suelen hacer gala sus proponentes, resulta imposible determinar las inmensas cantidades de dinero público y privado gastadas a lo largo de décadas para intentar hacerla rentable y segura, sin un éxito claro (al menos, mientras el gas natural siga por debajo de 5€/MMBtu). Por razones estratégicas, políticas y militares, la energía nuclear contó con subvenciones prácticamente ilimitadas durante la mayor parte de su existencia, bajo la forma de I+D militar, facilidades y ayudas a su instalación, absorción de pérdidas operativas por parte del usuario o contribuyente y sostenimiento público de una miríada de necesidades asociadas como las densas redes de vigilancia radiológica o la presencia de funcionarios de la seguridad del estado para proteger sus locales.


Muchos de quienes ahora lamentan los muy limitados subsidios públicos para el desarrollo de la energía nuclear de fusión suelen olvidar que la de fisión fue íntegramente investigada en laboratorios estatales (casi siempre, militares), a costa del contribuyente; fue implementada a gran coste por compañías eléctricas entonces públicas (Soyuzatomenergo en la URSS, las derivaciones de Atoms for Peace en los EEUU, Central Electricity Authority en el Reino Unido, Electricité de France en Francia, etc); y ha sido operada bajo las condiciones de garantía estatal ya reseñadas. Entre 1947 y 1999, la energía nuclear comercial en los Estados Unidos recibió subvenciones directas (sin incluir el efecto de los trabajos militares o las ayudas asociadas) por importe de 145.400 millones de dólares: el 96% de los subsidios totales al desarrollo energético en ese país (por comparación, la solar/fotovoltaica recibió 4.400 millones y la eólica, 1.300 millones).


A pesar de todo este dispendio, medio siglo después, la energía nuclear de fisión sigue sin ser más que marginalmente rentable, y sólo en algunos casos. Céntimo arriba o abajo, viene a salir como el carbón, el gas natural o la eólica, con una inversión inicial mucho mayor; tanto, que sigue dependiendo de la buena voluntad estatal, como en las recientes garantías sobre créditos que acaba de asegurar Obama para la construcción de dos de los tres primeros reactores nucleares en los EEUU desde los años '70. En Europa, los reactores de nueva generación en Flamanville 3 y Olkiluoto 2 han incurrido ya antes de su terminación en graves sobrecostes, retrasos y advertencias de las autoridades de seguridad nuclear, que se terminarán saldando con más dinero público.

De los 56 reactores nucleares que se construyen en la actualidad, 40 (el 71%) están en China, Rusia, Corea del Sur e India: países con necesidad perentoria de energía para su desarrollo, sobre todo en regiones remotas o pobremente conectadas a las grandes redes internacionales por razones geográficas. Y 50 de ellos (el 89%) pertenecen a empresas estatales monopolísticas, generalmente con intereses en lo atómico mucho más allá del libre mercado energético: los consorcios CNNC y CGNPG de China, Atomenergoprom en Rusia, KHNP de Corea, NPCIL de India, NEK EAD de Bulgaria, Taipower (Taiwan), Energoatom (Ucrania), Nucleoeléctrica Argentina, AEOI de Irán y PAEC de Pakistán, lo que deja sólo seis promovidos por la iniciativa privada y sus riesgos, aunque sean riesgos tan protegidos, intervenidos y subvencionados como ya indiqué.

En la práctica, nadie en el mundo está dispuesto a arriesgar sus bienes en nuevas centrales nucleares sin acceso garantizado por una u otra vía al talonario del dinero público, lo que en Occidente viene constituyendo un ejemplo clásico de privatización del beneficio y socialización de las pérdidas. Fuera de Occidente ni siquiera se molestan en mantener este teatrillo: todo lo nuclear es estatal de hecho, y se entiende como inversión estratégica, nacional y geopolítica con un componente de mercado secundario, a veces casi irrelevante.

De hecho, la liberalización de los mercados eléctricos en Occidente complica la apuesta nuclear. Una compañía estatal monopolística puede estar razonablemente segura de cuál será su demanda de energía y el valor de la misma en el porvenir, por lo que puede destinar grandes inversiones a largo plazo con cierta confianza; mientras que un operador en el mercado energético liberalizado está sujeto a los vaivenes del mismo y las acciones futuras de sus competidores, por lo que contemplará esta opción tan costosa y comprometida con menos interés.

El caso particular del accidente nuclear.

Desde los siniestros de Windscale-Sellafield en el Reino Unido, TMI-2 en los Estados Unidos y Chernóbyl-4 en la Unión Soviética, la seguridad de las centrales nucleares se ha incrementado enormemente (con una inversión también enorme); en la actualidad, se nos hace difícil concebir un accidente a gran escala en un reactor atómico moderno.

Y sin embargo, afirmar que una obra humana no puede sufrir un desastre constituye una vieja insensatez. De manera accidental o deliberada, todo lo que hacemos las personas (de hecho, todo lo que ocurre en este universo) puede salir mal y, a veces, rematadamente mal. Las instalaciones nucleares, por modernas y sofisticadas que sean, no constituyen una excepción.

El problema radica en que las consecuencias potenciales tanto humanas como económicas de una catástrofe atómica son mucho más graves y extensas, en el espacio y en el tiempo, que el peor accidente posible en cualquier otra clase de planta generadora de energía. Si una central térmica a carbón o gas explota, pues explota, arde una semana y se acabó: la mayor parte del mal empieza y termina ahí. Si un pantano revienta, pues hasta aquí llegó la riada, pero al día siguiente enterramos a nuestros muertos y empezamos a vivir otra vez. Si un molino eólico se parte en pedazos, en el peor de los casos le romperá la crisma a algún desdichado. Etcétera.

Un desastre nuclear a gran escala constituye una clase completamente distinta de catástrofe. Nunca se han podido cuantificar con exactitud las pérdidas materiales ocasionadas por el embalamiento de Chernóbyl-4, pero se estiman generalmente en cientos de miles de millones de dólares, incluyendo la pérdida de extensas regiones agrícolas, y diversos autores apuntan que fue instrumental en el estancamiento económico que condujo al colapso político de la Unión Soviética.

Aunque el número de víctimas humanas ha sido y sigue siendo objeto de discusión entre anti-nucleares y partidarios de la energía nuclear tanto allá como acá, resultaron afectadas cientos de miles de personas en distintos niveles de gravedad. El número de casos de cáncer de tiroides se ha multiplicado en las zonas afectadas, sobre todo entre niños y adolescentes, y también se observa una mayor incidencia de leucemias, malformaciones congénitas y empeoramiento generalizado del estado de salud (aunque esto puede estar relacionado con la grave crisis sanitaria, de atención infantil y de calidad de vida que se experimentó en muchas de estas regiones tras el colapso de la URSS). Las cifras, pues, oscilan entre las 47 víctimas directas del desastre y decenas o cientos de miles a lo largo de décadas; un informe conjunto de la Agencia Internacional de la Energía Atómica, la Organización Mundial de la Salud y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo calcula unas 9.000 muertes en total, mientras otros creen que este informe incluye subestimaciones groseras y apuntan cifras aproximadamente razonables entre 10.000 y 60.000 a lo largo de 80 años, con algunos subiéndose a la parra por encima de las 100.000. En todo caso, el número de personas afectadas por diversos males y reducción de su esperanza de vida se contará con toda seguridad en los centenares de millar.

La cuestión es que en Chernóbyl-4 tuvimos mucha suerte. Y tuvimos mucha suerte porque la central se encontraba en una región remota del país más grande del mundo, con lo que la mayor y peor parte de la radiación cayó sobre zonas escasamente pobladas. La cercana ciudad de Kiev, con sus dos millones y medio de habitantes, se salvó porque los vientos dominantes alejaron mucha radioactividad hacia el norte, hacia las inmensas extensiones agrícolas de Bielorrusia; un fenómeno de inversión térmica también evitó que lloviera durante las horas peores.

En Europa Occidental, donde los países son mucho más pequeñitos y la densidad de población es mucho mayor, una catástrofe de este tipo pondría a millones de personas bajo densas lluvias radioactivas en breves horas, sin muchos lugares a donde ser evacuadas rápidamente. Incluso una burda superposición a escala del mapa de España sobre el de la zona de deposición primaria del peligroso radioisótopo cesio-137 durante el accidente de Chernóbyl nos da una idea clara de lo que podría significar para un país como el nuestro:

 
Zona de deposición primaria de cesio-137 durante el accidente de Chernóbyl, con mapa de España superpuesto a escala.


El alcance en el espacio y en el tiempo de un accidente nuclear es muy superior al de cualquier forma convencional de producción energética, y este es un factor que, pese a todos los esfuerzos propagandísticos, permanecerá por mucho tiempo en la memoria de las gentes y de quienes toman decisiones.

La crisis económica global.

Estamos viviendo en la mayor parte del mundo la que probablemente sea la mayor contracción económica desde 1929. Este hecho ha cambiado el perfil de los mercados energéticos globales, y lo que hace apenas tres o cuatro años podía significar una apuesta clara por el renacimiento nuclear, ahora está más bien oscuro por una diversidad de motivos, y entre ellos dos muy notorios:
  • La demanda energética global se ha estancado, y aunque esperan una pronta recuperación, ésta se prevé sobre todo en Asia (donde ya se está plantando la gran mayoría de los nuevos reactores). Como consecuencia, los precios del petróleo y el gas natural han regresado a sus tendencias habituales, lejos de las sacudidas especulativas de 2006 y 2007. A menos que los impuestos sobre el carbono para la prevención del calentamiento global se implanten en todo el mundo, esto significa que la situación que arrancó el renacimiento nuclear con tonos de urgencia ha desaparecido temporalmente, dando lugar a consideraciones más reflexivas. Con el petróleo por debajo de US$100/bbl y sobre todo el gas natural a menos de US$8-10/MMBtu, la energía nuclear no es realmente tan interesante, y aunque seguramente los combustibles fósiles terminarán superando esas cifras, no parece que lo vaya a hacer de manera tan inmediata como se temía hace tres años.
  • La crisis financiera y crediticia juega contra los proyectos que requieren grandes inversiones iniciales y largo tiempo de amortización; este es el caso exacto de la energía nuclear de fisión.  El coste de instalación de una nueva central nuclear oscila entre 2.500 y 9.000 dólares por kW(e), con el reactor de Olkiluoto-2 a US$4.400/kW(e) en estos momentos y todas las estimaciones para las nuevas centrales nucleares norteamericanas por encima de 4.100. Moody's calcula el coste final total para instalar cualquier nuevo reactor nuclear occidental en 5.000 a 6.000 dólares por kilovatio. China asegura haberlo conseguido a 1.300 y 1.500 US$/kW(e), lo que sería realmente competitivo. Pero en Europa o Norteamérica, estos costes de capitalización inicial de varios miles de dólares tienen que competir con los 869 dólares de una central a gas natural (1.558 con captura de carbono) o los 2.567 del ciclo combinado del carbón (3.387 con captura de carbono) (fuente). Esto se traduce en créditos más fáciles de conseguir, por su menor importe y más pronta amortización, que además sufren menor incertidumbre política y comercial. Por no hablar de la década larga que transcurre desde que te planteas en serio hacer una hasta que escupe el primer vatio, debido a su enorme complejidad.

¿Independencia energética?

Se ha postulado insistentemente que la energía nuclear de fisión es una forma eficaz de conseguir la independencia energética frente a países productores potencialmente conflictivos. Sin embargo, la industria nuclear es extremadamente dependiente de un número muy reducido de países, lo que puede conducir de hecho a cambiar una dependencia energética por otra.

Las mayores minas de uranio, por ejemplo, sólo están en Canadá, Australia, Kazajstán, Rusia, Namibia y Níger: muchos menos países que productores de petróleo o gas. Si se opta por combustible reprocesado, únicamente hay reactores regeneradores a gran escala en Rusia.

Hablar de mercado libre del uranio es una especie de chiste. Para empezar, el uranio no se negocia libremente, por motivos obvios. Para continuar no existe un mercado del uranio, sino dos: uno en torno a Occidente (Australia, América, Europa Occidental) y otro más allá de lo que venía siendo más allá del Telón (Rusia, Kazajstán, Europa del Este, China); obsta mencionar el clientelismo y el intervencionismo político que existe en ambos. Como consecuencia, tampoco existe ni siquiera un precio unificado del uranio, más allá de las fantasías de algunos aficionados a apostar en futuros: las condiciones de la operación dependen rigurosamente de las relaciones geopolíticas globales entre comprador y vendedor. En la práctica, una compraventa de uranio es una operación política, no económica.

Algunos componentes esenciales para la construcción de grandes reactores nucleares, debido a la deslocalización industrial, sólo se fabrican en un número muy reducido de países. Este es el caso de las grandes vasijas de presión necesarias para la mayor parte de los diseños presentes de alta potencia, cuyos únicos fabricantes actuales son Japan Steel Works, China First Heavy Industries y OMX Izhora de Rusia, a las que se quieren sumar Corea del Sur, Francia y el Reino Unido. Pero hoy por hoy, por ejemplo, Westinghouse depende por completo de Japan Steel Works para sus nuevos reactores AP1000.

Por tanto, la energía nuclear aumenta la independencia energética en combinación con otras fuentes, pero sólo la sustituye e incluso la reduce en solitario.

Proliferación de armas nucleares.

La proliferación de la tecnología nuclear civil crea un sustrato científico, tecnológico, industrial y económico para la proliferación de armas atómicas. Esto sólo se puede evitar en el caso de estados absolutamente clientes de tecnología nuclear, meros compradores de lo que les quieran vender sin nada que decir ni en el diseño de reactores ni en el ciclo del combustible. En el momento en que un país desarrolla o adquiere tecnología nuclear propia, la producción de armas nucleares se vuelve un problema sencillo de resolver, sólo compensado por las inspecciones de la Agencia Interenacional de la Energía Atómica.

La mayor parte de reactores comerciales actuales están diseñados para que sea difícil producir material militar con ellos: por ejemplo, el VVER-1000/446 que los rusos le están montando a Irán es especialmente incómodo para producir en él plutonio u otras sustancias de uso corriente en armas nucleares. Pero la ciencia nuclear es una sola, y difícilmente distingue entre civil y militar. La fantasía consensuada de los materiales de doble uso oculta el hecho simple de que todo es de doble uso (aunque unas cosas sean más prácticas que otras, a veces con mucha diferencia).

Una vez has formado un par de generaciones de físicos, químicos y tecnólogos nucleares, tus lagunas teóricas para desarrollar armas nucleares –incluso de cierta sofisticación– son mínimas. Si en ese mismo tiempo has desarrollado una industria nuclear extensiva, sobre todo si has hecho incursiones en el ciclo del combustible, los problemas prácticos para construirlas son sólo una cuestión de tiempo, dinero y voluntad política. Quizá no hoy. Quizá no mañana. Simplemente, cuando te lo propongas y quieras pagar el precio.

¿Y entonces, por qué estoy a favor de la energía nuclear?

Por muchos motivos, aunque diversos acontecimientos de los últimos meses me conducen a tenerlo cada vez menos claro. En primer lugar, porque es una energía práctica: plantas una central nuclear y se lía a tirar vatios con independencia de tus yacimientos energéticos, tu situación geopolítica o incluso tu red de distribución. Mira qué barquitos más monguis se están planteando los rusos para garantizar el suministro en zonas remotas.

En segundo lugar porque, no me fastidies, tira vatios sin parar aunque no haga viento, aunque no salga el sol, o aunque haya problemas de suministro con el petróleo o el gas o lo que sea. Es una energía fiable y sin estacionalidad de ninguna clase.

En tercer lugar porque, en el largo plazo y con contratos asegurados y garantizados por el estado, no es mucho menos rentable que la energía producida por medios convencionales. Porque su contribución a la independencia energética, aunque mucho menor que la asegurada por sus defensores, es real en combinación con otras fuentes de energía. Y también porque en las últimas décadas se ha ido volviendo muy segura, mucho más de lo que era en los '60, '70 y '80. Las probabilidades de un accidente nuclear a gran escala son hoy en día realmente bajas. ¿Nulas? No, nulas no. Los seres humanos siempre somos capaces de convertir una máquina que funciona perfectamente en un cráter humeante.

Como en cualquier otra cosa, la prudencia y oportunidad de la energía nuclear debe obedecer a un cuidadoso estudio de los riesgos y beneficios potenciales para cada caso determinado, bajo estrictos reglamentos de seguridad; no a la histeria de unos y la propaganda de otros. En todo caso, que nadie espere virguerías. El problema es que entonces las cosas dejan de estar claras y entramos en la difícil zona de los matices de gris, ya no es un partido Real Madrid vs Barça, ni nada utilizable en una diatriba PSOE-PP, ni una cuestión de buenos y malos o listos y tontos; se convierte en un complejo problema económico, político, científico y tecnológico, y eso no le interesa a los manipuladores de masas. Pero sí debería interesarnos a todos los demás, porque nuestro futuro depende en buena medida de las fuentes energéticas por las que optemos. Y la energía nuclear puede ser, o no, una de ellas.

EL LIBRO DE LA PIZARRA DE YURI:
La Pizarra de Yuri
Pídelo en tu librería: Ed. Silente, La Pizarra de Yuri, ISBN 978-84-96862-36-4
o pulsa aquí para comprarlo por Internet

·
La Pizarra de Yuri se ha mudado a www.lapizarradeyuri.com
Por imposibilidad de atender dos blogs a la vez, los comentarios en este quedan cerrados. Puedes ponerte en contacto conmigo a través del correo electrónico o en el nuevo blog.

domingo, 28 de febrero de 2010

Algo pequeñito.

Algo chiquitito, algo muy bonito.  :-P

 
Lámina de oro-100, donde se han resuelto los átomos individuales organizados en su estructura metálica.
modelo Omicron Low Temperature STM / RHK Technology electronics.
Universidad Tecnológica de Eindhoven (Holanda), 2006.


Átomo individual de xenón (resaltado en azul) sobre placa de níquel, donde se han resuelto los átomos individuales organizados en su estructura metálica. Puede apreciarse un átomo de níquel a través de la nube electrónica del xenón. Se observan tres perforaciones de colimación.
Laboratorio de Visualización, Centro de Investigaciones de Almaden (California, USA), IBM.


Cristal bien ordenado con doce átomos de sodio y dieciséis de yodo sobre una base de cobre (resolución sintética). Durante la captura, los átomos se deformaron espontáneamente hasta constituir un cristal tridimensional. Se los observó también cambiando de estado cuántico al estimular la muestra mecánicamente.
Laboratorio de Visualización, Centro de Investigaciones de Almaden (California, USA), IBM.

Y lo más último de los más plus hasta el momento, digas lo que diges:-P

 
Orbitales electrónicos resueltos en un átomo individual de carbono, en dos estados diferentes.
Instituto de Física y Tecnología de Járkov, Ucrania, 2009.

EL LIBRO DE LA PIZARRA DE YURI:
La Pizarra de Yuri
Pídelo en tu librería: Ed. Silente, La Pizarra de Yuri, ISBN 978-84-96862-36-4
o pulsa aquí para comprarlo por Internet

·
La Pizarra de Yuri se ha mudado a www.lapizarradeyuri.com
Por imposibilidad de atender dos blogs a la vez, los comentarios en este quedan cerrados. Puedes ponerte en contacto conmigo a través del correo electrónico o en el nuevo blog.